LA ZONA FANTASMA. 20 de febrero de 2011. El Compasivo y las italianas

Hacía veinte meses que no iba a Italia, ahora he pasado seis días repartidos entre Udine, Milán y Venecia; y aunque la gente allí sigue siendo en general grata y simpática –sin el desabrimiento y la mala leche que nos gastamos en España, como si la amabilidad y la buena fe nos parecieran debilidades–, nunca había percibido, en mis visitas a ese país, un grado de desesperación semejante. Cierto que uno trata con personas que, para empezar, leen libros, y que por lo tanto pertenecen a una minoría. Pero cuantas me han hablado –incluidos numerosos periodistas, algunos de medios berlusconianos– oscilaban entre el desistimiento ante la actual situación política (“Lo peor es que no se ve salida”) y una exasperación que afectaba a su razonamiento (“No es descartable una guerra civil a medio plazo”). Cuando uno les preguntaba cómo era posible que sus conciudadanos no reaccionaran ante lo que ya es, a todas luces, una dictadura cada vez menos encubierta, no sabían responder, ellas mismas no acertaban a explicárselo.

En lo que sí se ponían de acuerdo era en considerar que Berlusconi posee un talento empresarial y propagandístico extraordinario, y que ya no cabe menospreciarlo ni como adversario ni como amenaza real y seria. En que, a través de sus televisiones y periódicos, de sus sobornos y escándalos, ha conseguido “anestesiar” a buena parte de la población. Ha logrado convertirse en un espectáculo en sí mismo, en una permanente fuente de entretenimiento de la que ya no quieren prescindir los italianos que se alimentan de reality shows y de sucesos sexuales. Tengo la impresión de que, cuantas más patéticas orgías seniles se le descubran, cuantos más episodios grotescos indignos hasta de las más bufas películas de Sordi, Gassman o Tognazzi, más beneficiado saldrá Berlusconi, porque los italianos no son puritanos y perdonan esas cosas –o las ríen y jalean, incluso si hay menores involucradas–, y porque además distraen de lo verdaderamente grave. Un chófer de edad avanzada, que me llevó de Venecia a Milán y vuelta (y que además resultó ser lector de Wittgenstein y de Bertrand Russell), defendió el comportamiento de su Primer Ministro con esta escueta frase: “Bueno, pero es que las jóvenes levantan el espíritu”. También he visto en televisión cómo una señora de las que allí llaman “per bene”, bien vestida, católica y aparentemente educada, sostenía con aplomo que no le cabía duda de que Berlusconi se limitaba a ayudar a muchachas con problemas porque era un hombre compasivo y bueno, sin que le llamara la atención que todas esas muchachas, casualmente, sean agraciadísimas cuando no directamente explosivas. Aún he de ver a alguna “beneficiada” por el Compasivo que sea fea, desastrada o mayor de treinta y cinco años, porque estoy seguro de que habrá muchísimas así que necesiten tanta ayuda o más que las jóvenes bien parecidas. Alguna de éstas, por ejemplo, cuenta con un novio más o menos narcotraficante, gente por lo general adinerada.

La inteligente periodista Conchita di Gregorio, directora de L’Unità, me decía que en estos momentos, si había una salvación para Italia, habría de venir de las mujeres, o de una parte de ellas: son las únicas no anestesiadas y que conservan intacta su capacidad de indignación, y en estos días así lo he comprobado, en una limitada experiencia, desde luego. Pero lo cierto es que no he sentido en casi ningún varón la vehemencia, la cólera justa y la rebeldía que desprendían todas las mujeres con las que he hablado. Lo interesante es que ese asco y ese hartazgo de Berlusconi y de su aliado Bossi –también de la inoperante y sospechosa izquierda paquidérmica, que no parece del todo incómoda ante una situación de cuasi dictadura ultraderechista– no se debían sólo a una cuestión vagamente feminista, esto es, al desprecio de los gobernantes hacia la mujer y al machismo primitivo y ufano de que hacen gala. No, las italianas no pierden de vista lo verdaderamente anómalo y peligroso: la confección de las leyes a conveniencia del Compasivo, para que no deba ser enjuiciado ni condenado; los constantes ataques de éste a la independencia judicial, con calumnias a los fiscales que lo investigan, bien amplificadas por su monopolio mediático; su propensión a saltarse las decisiones del Parlamento que lo contrarían (pocas) y a hacer decretos; su indisimulada compra de votos en ese mismo Parlamento, cuyas actividades decide suspender durante unas semanas para no exponerse a un revés previsto; su demagogia burda y frenética; su impunidad; la connivencia de la Iglesia; su increíble desfachatez al presentarse como una víctima perseguida (el opresor que se finge oprimido); su censura; su tergiversación sistemática de la realidad; su racismo y su homofobia; su reivindicación de la brutalidad –en lo que Bossi no le va a la zaga–, es decir, su desdén por algo que no es agradable –la hipocresía– pero que siempre es mejor que el cinismo. Como escribí hace años y también opina Claudio Magris, la hipocresía, dentro de todo, implica una conciencia de lo que está mal y debe disimularse; es algo civilizado y supone el reconocimiento de ciertos valores, aunque se los violente a hurtadillas. El cinismo, en cambio, ni siquiera admite esto, es la expresión de la brutalidad en estado puro. Lo que Berlusconi y Bossi vienen a decir es: “No hay nada malo en una dictadura de facto, ni en el machismo, ni en el racismo, ni en la acaparación de poderes y el fin de su separación, ni en la xenofobia, ni en el desprecio a las leyes y al Parlamento. Sean como nosotros, atrévanse, no hay nada malo en ello”. Huelga recordar cuál es el mayor ejemplo histórico de reivindicación de esa brutalidad y voluntario, “fuera máscaras”. Sí, me lo han quitado de la punta de la lengua.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de febrero de 2011

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