LA ZONA FANTASMA. 23 de enero de 2011. Delaten, no se priven

Olvídense de que soy fumador y de que, como dije la semana pasada, la nueva ley antitabaco me parece fascistoide en sí misma y atentoria contra las libertades. La batalla ya la hemos perdido, y la mayoría de quienes encendemos pitillos somos más educados y civilizados que quienes llevan a cabo sus feroces campañas contra nosotros. Acataremos la ley y supongo que pisaremos bares y restaurantes con menos frecuencia de lo que solíamos. Sólo se nos permite consumir un producto legal, con el que el Estado español se ha forrado durante siglos y se sigue forrando, en nuestras casas y a la intemperie. Saldremos poco. Cada vez que se nos invite a un domicilio, preguntaremos antes si se nos permitirá fumar en él, y si la respuesta es “No”, no iremos. Ni a cenas ni a fiestas ni a tomar un café. Los fumadores y los no fumadores estaremos cada vez más divididos, posiblemente dejaremos de tratarnos. Ahora que la ignorante Leire Pajín y su padrino Zapatero preparan una Ley Integral de Igualdad de Trato y No Discriminación, con la que esa puritana pareja pretende “que no se humille a nadie y que nadie pueda sentirse humillado”, deben saber que no hay mayor humillación, para un 30% de la población –unos 14 millones de individuos, nada menos–, que verse excluidos de la sociedad por tener una costumbre –o un vicio, tanto da– a la que el propio Estado al que representan nos ha alentado durante décadas, en su beneficio y en el de la Sanidad de todos, que se paga en buena parte con los impuestos del tabaco.

Pero olvídense de esto. Lo que resulta más repugnante de todo el asunto es la actitud de los susodichos ahijada y padrino, que una vez más han demostrado que ni son de izquierdas ni tienen la menor idea de lo que es un sistema democrático, al haber instigado a los ciudadanos a comportarse como lo que no son ni tienen por qué ser, excepto en los regímenes totalitarios. Pajín y Zapatero habrían estado a gusto en la España de Franco, en el Chile de Pinochet, en la RDA de la Stasi, lo estarían en la Venezuela de Chávez, en la Cuba de Castro y en el Irán de Ahmadineyad, lugares en los que se conminó o se conmina a los particulares a ejercer de policías y chivatos y a delatar al vecino, a que todos formen parte indirecta de los Guardianes de la Revolución o como se llamen en cada sitio. Da lo mismo de lo que se trate en cada caso: aquí es impedir que las mujeres muestren un mechón de cabello, allí que nadie se aparte de la doctrina bolivariana, más allá –en nuestro país, durante cuarenta años– que haya “desafectos” o “tibios” y que queden impunes los “enemigos del Régimen”.

Elvira Lindo ve exagerado hablar de “represión” o “totalitarismo” ante una cuestión tan menor como el tabaco, y nos pide que dejemos esos términos “para cuando de verdad hagan falta”. Sólo puedo responderle que, para que de verdad no hagan falta –para que alguien no pueda ir a la cárcel por cualquier estupidez, o porque se les antoja a los gobernantes–, hay que señalar en seguida todo indicio de autoritarismo, por baladí que sea el asunto. Y puede que la libertad de fumar sin causarle daño a nadie –es decir, sólo entre fumadores voluntarios, lo único a lo que hemos aspirado– sea baladí. Pero no lo es, en cambio, que Zapatero y Pajín insten a los ciudadanos a actuar como delatores. Entre denunciar y delatar hay algunas diferencias, pero la principal es esta: el que pone una denuncia contra alguien ha de hacerlo a cara descubierta, firmando con nombre y apellidos, entre otras razones para que el acusado pueda defenderse y exigir al denunciante que pruebe sus cargos o se atenga a las consecuencias; el que delata lo hace a escondidas y anónimamente, sin arriesgarse siquiera a que el delatado le retire el saludo y sin verse obligado a demostrar nada. El delator es un ser despreciable, lo saben hasta los niños, y fomentar la delación es fomentar la difamación y la cobardía, lo que han hecho Zapatero y Pajín. El primero, además, ha añadido cinismo, permitiéndose decir que su ley “no es prohibitiva, sino preventiva”. Aún me acuerdo de cuando prometió que no cambiaría, en 2004. Parecía, por entonces, más persona que el resto de sus colegas.

Por si todo esto no bastara, varias asociaciones se han ofrecido a tramitar las denuncias de los delatores vocacionales, para que puedan conservar aún mejor su anonimato y no se tomen molestias. Una es Facua, que ejerce así de comisaría, lo mismo que Nofumadores.org, de la que no esperaba menos: hará cosa de un año, su Presidenta, Raquel Fernández Megina, me escribió una carta insinuando que, puesto que me oponía a la ley en ciernes, acaso estuviera pagado por las tabacaleras. Una de las cartas más mezquinas que he recibido en mi vida, y les aseguro que ya llevo unas cuantas. Le contesté recomendándole que, antes de hacer semejante insinuación, se informara de a quién se la hacía, porque, en lo relativo a aceptar dinero, yo no lo acepto ni del Estado, gobierne quien gobierne, y por eso declino siempre hasta las más inocuas invitaciones del Ministerio de Cultura o de los Institutos Cervantes. Pero es el franquismo redivivo, lo que estamos padeciendo: si alguien se opone a algo, no es porque esté en desacuerdo, sino porque está “comprado”. Entonces era por el oro de Moscú, se acordarán algunos. Ahora es por la industria tabaquera, o por las ganaderías si se defienden las corridas. Creer eso, o decirlo, es típico del pensamiento totalitario: sólo pueden discrepar de mí, que estoy en posesión de la verdad, quienes están sobornados. Delátenlos anónimamente, no se priven. Ya se sabe que, de las calumnias, siempre algo queda.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de enero de 2011

En busca de Dios, pero la televisión es un buen sucedáneo

Hubo un tiempo en que aquellos que se sentían abandonados por el resto de la humanidad se consolaban con el hecho de que el Todopoderoso, si es que nadie más, era testigo de sus tribulaciones cada día. Hoy esa misma función divina al parecer puede ser servida apareciendo en la televisión.

Recientemente discutí este fenómeno durante un almuerzo en Madrid con mi rey. Aunque siempre he estado orgulloso de mis principios republicanos, hace tres años fui nombrado duque del Reino de la Redonda (mi título oficial es Duque de la Isla del Día de Antes). Comparto este honor ducal con los cineastas Pedro Almodóvar y Francis Ford Coppola, y los escritores A.A. Byatt, Arturo Pérez-Reverte, Fernando Savater, Pietro Citati, Claudio Magris y Ray Bradbury, entre otros, todos nosotros unidos por la cualidad común de ser del agrado del rey.

La isla de Redonda, que ocupa menos de una milla redonda de las Antillas, está totalmente deshabitada, y creo que ninguno de sus monarcas ha puesto el pie en ella. Fue comprada en 1865 por un banquero llamado Matthew Dowdy Shiel.

Según una versión de la historia, Shiel pidió a la reina Victoria que estableciera Redonda como un reino independiente, algo que Su Graciosa Majestad hizo sin la menor vacilación porque no parecía plantear amenaza alguna al Imperio.

Con el tiempo, la isla quedó bajo el control de varios monarcas, algunos de los cuales vendieron el título varias veces, causando riñas entre legiones de pretendientes. En 1997 el último rey abdicó en favor del famoso escritor español Javier Marías, quien empezó a designar duques y duquesas a diestra y siniestra.

Esa es más o menos toda la historia. Suena como una tontería patafísica -esto es, más allá incluso de lo metafísico- pero, después de todo, no cualquier día se convierte uno en duque. El punto, sin embargo, es que en el curso de la conversación durante el almuerzo, Marías dijo algo que se me quedó en la mente. Estábamos hablando acerca del hecho obvio de que hoy la gente está dispuesta a hacer algo para aparecer en la televisión, incluso si es sólo saludar con la mano a su madre desde atrás de la persona que está siendo entrevistada.

Recientemente en Italia, después de ganarse una breve mención en la prensa, el hermano de una chica que había sido asesinada bárbaramente fue a ver a un agente de talentos para tratar de arreglar una entrevista en la televisión, supuestamente con la intención de explotar su trágica fama.

Hay otros que, si pueden disfrutar de la luz de las candilejas durante algún tiempo, están dispuestos a admitir que son cornudos o estafadores. Y, como saben los psicólogos criminalistas, muchos asesinos seriales están motivados por su deseo de ser desenmascarados y ser famosos.

¿A qué se debe esta locura, nos preguntamos Marías y yo? Él sugirió que lo que está ocurriendo hoy es el resultado del hecho de que la gente no cree en Dios. En un tiempo, los hombres y mujeres estaban convencidos de que todos y cada uno de sus actos tenían al menos un espectador divino, quien sabía todo acerca de sus acciones (y pensamientos), que podía entenderlos y, de ser necesario, castigarlos. Uno podía ser un proscrito, un bueno para nada, un don nadie ignorado por sus prójimos, una persona que sería olvidada en el momento en que muriera, pero estaba convencido de que, al menos, alguien le prestaba atención.

“Sólo Dios sabe lo que he sufrido”, decía la abuela, enferma y abandonada por sus nietos. “Dios sabe que soy inocente”, era el consuelo para aquellos condenados injustamente. “Dios sabe lo mucho que he hecho por ti”, decían las madres a los hijos ingratos. “Dios sabe lo mucho que te quiero”, gritaban los amantes abandonados. “Sólo Dios sabe por lo que he pasado”, gemía el pobre miserable cuyas desgracias a nadie le importaban. Dios siempre era invocado como el ojo omnisciente al que nada ni nadie podía eludir, cuya mirada otorgaba significado incluso a la vida más gris y sin sentido.

Hoy en día, si este testigo que todo lo ve ha desaparecido, ¿qué es lo queda? El ojo de la sociedad, de nuestros pares, aquellos ante quienes debemos mostrarnos para evitar descender al negro hoyo del anonimato, al remolino del olvido, incluso si significa hacer el papel de idiota del pueblo, de quedarse en paños menores y bailar sobre una mesa en la taberna local.

Aparecer en la pantalla se ha convertido en el sucedáneo para la trascendencia, y tomando todo en cuenta, es un gratificante. Nos vemos a nosotros mismos -y somos vistos por otro- en este más allá televisado, donde podemos disfrutar simultáneamente de todas las ventajas de la inmortalidad (aunque de un tipo rápido y pasajero) y tenemos la oportunidad de ser celebrados en la Tierra por nuestro acceso al Empíreo.

El problema es que, en estos casos, la gente confunde el significado doble de la palabra “reconocimiento”. Todos nosotros aspiramos a ser reconocidos por nuestros méritos, nuestros sacrificios, o cualquiera otra cualidad que podamos tener. Pero, después de haber aparecido en la pantalla, cuando alguien nos ve en la taberna y dice: “Te vi en la televisión anoche”, sólo te “reconoce” en el sentido de que reconoce tu cara, que es algo muy diferente.

UMBERTO ECO

Los Andes (Argentina), 23 de enero de 2011

Traducción al inglés