LA ZONA FANTASMA. 19 de diciembre de 2010. Competiciones fúnebres

En un breve y atinado artículo de hace unas semanas, Sánchez Ferlosio llamaba la atención sobre la estúpida costumbre imperante de aplaudir en todas las ocasiones, sea o no la ovación merecida, venga o no a cuento, y señalaba dos lugares especialmente impropios para esas salvas: el Congreso y el cementerio, y el mal efecto que le producían. Debo confesar que en el primero de esos sitios ya no me sorprenden. La última vez que me escandalicé al oírlas fue en 2003, y después de eso nada de lo que acontezca en el Parlamento puede indignarme, ni siquiera un actor dando voces para interrumpir una sesión –sin pistola, por suerte–, y quejándose luego de haber sido desalojado y momentáneamente detenido “por ejercer la libertad de expresión”. Bien es verdad que no se desalojó ni detuvo, como debería haberse hecho, a la bancada entera del Partido Popular, en aquella votación de 2003, cuando prorrumpió en una atronadora ovación hacia sí misma por haber aprobado, con su mayoría de entonces, que España se involucrara en una guerra ilegal, injusta e innecesaria. Pero ni aunque se hubiera tratado de la guerra más necesaria, justa y legal, por ejemplo la que en 1939 se declaró contra Hitler: eso no puede ser nunca motivo de regocijo, sonrisas, parabienes y aplausos, sino siempre de tristeza, luto y silencio. La algarabía de los “populares” ante la perspectiva de una matanza me pareció indecente y no la olvidaré jamás, ni perdonaré, en mi fuero interno, a ninguno de sus diputados allí presentes.

A lo de los entierros, funerales y capillas ardientes, en cambio, no he logrado acostumbrarme, y, como le pasa a Ferlosio, esos aplausos “disuenan” en mis oídos y me causan gran vergüenza. Porque, si bien se mira, es evidente que al muerto no se lo está aplaudiendo, puesto que ya no oye ni se entera; tampoco a sus familiares, que en esos momentos no están para vítores y que además sólo comparten indirectamente los méritos del finado, en el mejor de los casos. Por lo que cabe concluir que, cuando los presentes baten palmas en un funeral o en un entierro, en realidad se están aplaudiendo a sí mismos, por seguir vivos, y estar allí, y asistir, y sobre todo por “querer tanto al muerto”. (La única otra interpretación posible sería aún más grave y de peor gusto, aunque no es descartable a nivel inconsciente: se aplaude la muerte del muerto, se celebra que haya desaparecido del mapa, que ya no arroje su sombra sobre los vivos, que no subraye con su talento la mediocridad de tantos. Es como si los aplaudidores exclamaran con alivio para sus adentros: “Uno menos de valía, ahora tocaremos a más brillo”.) Ese exhibicionismo del pesar y del afecto estaría, además, en consonancia con lo que de un tiempo a esta parte viene ocurriendo en España cada vez que fallece alguien célebre: al leer las declaraciones de los supervivientes, o sus artículos de loa (no se los puede llamar “necrológicas”, género mucho más sobrio), se tiene la impresión de que se ha abierto una competición de admiración y cariño, y de que la mayoría pugna por demostrar que es él –o ella– quien más ha lamentado y llorado el óbito, quien ha estado a punto de hacerse el harakiri al enterarse, y por supuesto, también, quien trató más y conoció mejor al difunto. Y así, a lo largo de varios días se suceden unos ditirambos tan superfluos como sonrojantes, con los que los “dolientes” rivalizan unos con otros a ver quién está más desolado y la suelta más gorda, quién arde más en la pira.

El espectáculo resulta obsceno. Si muere Manuel Alexandre, un buen actor secundario, hay que oír que de secundario nada, que era genial y uno de los mejores de la historia, incluyendo a James Stewart y a Charles Laughton. Si el que muere es Berlanga, que hizo unas pocas películas excelentes –sí, unas pocas–, hay quien grita que superaba a John Ford y a Dreyer, no recuerdo si juntos o por separado, para que quede bien claro que el gritón está destrozado. O bien hay otros plañideros, aún más desvergonzados, que aprovechan que Berlanga ya no puede decir nada, para contar cómo éste “encomió” su trabajo y los instó a presentarse a un premio del que el cineasta era jurado (y que ganaron). Esa figura del “arrimista” es muy antigua, pero en estos tiempos desfachatados ha prescindido ya de todo disimulo: su obituario o su columna consisten en contar lo mucho que el muerto lo quería y lo admiraba, la estrechísima relación que tuvieron y lo cómplices que fueron, todo a mayor gloria del que escribe y no del desaparecido. Hasta los curas, prevenidos contra la vanidad, incurren en esto: hace no mucho vi a un jerarca de la Iglesia, director de no sé qué revista, que, al preguntársele sobre Juan Pablo Wojtyla, sólo acertó a exclamar: “Qué voy a decir de ese Papa admirable, si me ordenó a mí cuando visitó Valencia”, dejando bien claro que el mayor mérito de su largo pontificado había sido hacerlo a él sacerdote. Nunca mejor dicho: santo cielo.

[PS. Hace un par de meses escribí aquí un artículo sobre Mourinho que no cayó nada bien y que me trajo multitud de cartas en las que se me hablaba de “eficacia” y de “triunfos” y se me invitaba a dejar de ser madridista, si tan incompatible me sentía con su estilo, su aburrimiento y sus métodos. Tras medirse el Madrid por fin con un equipo en verdad fuerte (el Milán es demasiado añoso), he aquí el resultado: 5-0 en contra, la peor visita al Camp Nou en muchos años. Me gustaría recibir alguna carta más sobre la “eficacia”. Aunque mi depresión y mi bochorno no disminuirían por ello.]

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de diciembre de 2010