LA ZONA FANTASMA. 26 de diciembre de 2010. Ocultar y averiguar

Sin duda suele ser divertido saber lo que no nos toca o incluso nos está prohibido. Nos regocija enterarnos de cosas a las que normalmente no tenemos acceso; oír las charlas privadas entre políticos o famosos de cualquier índole, escuchar qué dicen y cómo hablan “en realidad”, dando por descontado que lo que por lo general nos ofrecen es una estudiada representación, algo adecuado a la imagen que han decidido proyectar de sí mismos. Suponemos, por tanto, que todo el mundo finge en mayor o menor medida; que nadie se salva enteramente de ser hipócrita o cuando menos “diplomático”; que con frecuencia se calla lo que de verdad se piensa o se hacen declaraciones falsarias, o, si se prefiere, “de compromiso”; y gusta ver desenmascarados a los personajes notables, o a quienes desempeñan cargos públicos o tienen responsabilidades. Causa hilaridad descubrir que alguien ha metido la pata o que ha sido pillado por una cámara indiscreta, un micrófono abierto o una filtración con la que no contaba. Es natural, así pues, que la divulgación de los llamados “Papeles del Departamento de Estado” a través de Wikileaks y de cinco publicaciones, El País entre ellas, sea motivo de alborozo y jocosidad para parte de la población mundial. Lo que ya es más raro es que también suscite escándalo e indignación. La verdad es que el hecho me parece más divertido que trascendental.

En modo alguno quiero dármelas de blasé, ni presumir de estar al cabo de la calle, no es el caso. Pero, teniendo todos el convencimiento de lo que acabo de decir –de que se nos muestra lo que se nos quiere mostrar y nada más–, no entiendo que nadie se sorprenda o monte en cólera ante las revelaciones que nos están llegando. Es de cajón que cada país maniobre y presione para conseguir sus propósitos, defender sus intereses y beneficiarse; que los menos poderosos procuren no contrariar en exceso a aquellos de los que dependen económica, política o militarmente, y a veces se plieguen a sus indicaciones aunque les siente como un tiro. Y nada tiene de particular que, en privado y creyéndose sin testigos, los embajadores y funcionarios suelten inconveniencias sobre sus homólogos, sus superiores y los líderes mundiales. De hecho, me ha extrañado que no hayan aparecido opiniones más contundentes, del tipo “Ese es un enorme cretino” o “Este es el mayor tonto de la tierra” o “Aquel es un hijo de puta, un malvado”. Casi todo el mundo se despacha a gusto en privado, por lo menos en España, país en el que la exageración es norma: los empleados sobre sus jefes y viceversa, los periodistas sobre sus colegas, los directores de cine sobre sus actores, los escritores sobre los críticos y viceversa, los políticos sobre sus adversarios y sus aliados, los trabajadores sobre sus compañeros y cualquier hijo de vecino sobre sus vecinos. Incluso muchos maridos sobre sus mujeres y viceversa, como la mayoría de los vástagos –más si son adolescentes– acerca de sus progenitores. En ocasiones hablamos todos bien de otros, no es que crea que vivimos en el despellejamiento universal y perpetuo, en absoluto. Pero no es difícil que pongamos algún reparo, circunstancial o de fondo, incluso a las personas que más queremos o admiramos. Y si ese reparo llegase a nuestros oídos, aunque fuese junto a una montaña de elogios, es probable que nos sucediese lo que a Frasier en un episodio de la serie que llevaba su nombre: se invitaba a una docena de radioyentes a opinar sobre su programa, anónimamente; once de ellos lo alababan, y sólo uno manifestaba su desagrado; Frasier, tras escucharlos, se olvidaba en seguida de los once entusiastas y se obsesionaba con el detractor, cuyo nombre averiguaba y a quien perseguía para tratar de ganárselo.

Por eso suele ser mejor que ignoremos lo que dicen de nosotros, cuando no estamos delante, tanto los amigos como los enemigos. La hipocresía (si no es flagrante ni excesiva), la discreción, el secreto, forman parte de la educación y de la civilización, y si esas cosas no existieran, lo más seguro es que casi nadie saludase a casi nadie y que hubiera muchos más homicidios. La mayoría de la gente estaría cabreada con sus semejantes y el aire sería irrespirable. Por eso tampoco comprendo a quienes celebran sin reserva alguna la “transparencia” y abogan por la supresión general del secreto. Es natural que los tengan los diplomáticos, y los gobiernos, y los Estados, como los tenemos todos los seres humanos, y más vale así, desde luego, en pro de la convivencia. Quienes exigen “saberlo todo de todos” están yendo contra sus intereses, porque si se supiera “todo” de ellos no saldrían limpios ni impunes, y se buscarían más de un conflicto, desde ser despedidos por sus denostados jefes hasta pelearse con la familia o granjearse la inquina de muchos o perder sus amistades. Ojo, con esto no quiero decir que me parezca mal tratar de averiguar lo oculto ni de desvelar secretos, sobre todo –por salud– los que no nos conciernen personalmente. La curiosidad es humana. Pero cada cual debe asumir su papel: a unos les toca ejercer de intrusos, de sabuesos, de cotillas respecto a lo de los demás, llámenlos como quieran. Y a los demás les toca evitar por todos los medios a su alcance que aquéllos metan las narices en sus asuntos y espíen sus conversaciones privadas. Quienes guardan los secretos y escamotean datos no hacen mal ni resultan ser unos mendaces incurables: tan sólo cumplen con su deber, como lo hacemos todos cuando se trata de mantener los nuestros a salvo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de diciembre de 2010

Editors’ Choice

 

 

 

WHILE THE WOMEN ARE SLEEPING, by Javier Marías. Translated by Margaret Jull Costa (New Directions, $21.95.) Tales that reveal, by violence, magic or chance, that we all have a place “in the order of dying.”

Having sneaked out of the hotel bed where his wife is sleeping to sit by a pool where a stranger relates a plan to kill his girlfriend before she grows old, the narrator of the title story in Marías’s collection glances nervously back to his own balcony, as if half-suspecting himself of murder. In another story, a soldier returns from war to see his wife strangled by a man who looks exactly like him. Like many of Marías’s narrators, these men are observers whose instinct when confronted with mortal danger is to stand and ruminate. In much of his short fiction, Marías — a Spaniard who spent his 20s translating classics by Conrad and Nabokov, among others — relies on occult devices like doppelgängers and ghosts to remind us of the life-or-death stakes. Other stories, including one in which a butler must dispose of an infant’s corpse, cast their own spells. Few of these tales rise to the level of Marías’s longer works (most of them also adeptly translated by Costa), which build up suspense by punctuating long passages of erudition with moments of brutal violence. But some are quite good on their own terms. Whether by violence, magic or coincidence, they reveal, as one character observes, that “we all have our place in the order of dying.”

JASCHA HOFFMAN

The New York Times, Sunday Book Review, December 24, 2010

“Temen a los delincuentes”

Los parlamentarios de mi país temen de tal manera a los delincuentes -y lo que es más grave: no temen que éstos los apiolen, como en México, sino simplemente que no les voten- que ni siquiera se atreven a aprobar una tímida ley que limite un poco sus fechorías. A mí me gustaría que me salieran gratis la comida y el alquiler, que son indudablemente más básicos que lo vagamente denominado “cultura” y es más bien entretenimiento. Me encantaría “descargarme” cuanto compro y consumo sin pagar un céntimo, y no veo por qué no puedo hacerlo mientras los cobardes y desaprensivos políticos de mi país permiten que mi trabajo, y el de los músicos y cineastas, sí sea pirateado y saqueado. ¿Por qué el nuestro y no el del panadero, el casero, el tendero de la esquina o el banquero?

Acabo de terminar una novela que me ha supuesto dos años largos de tarea. Como el robo legalizado de literatura no es aún tan general como el de cine, televisión y música, supongo que la publicaré dentro de unos meses en España. No creo que pueda hacer lo mismo con la siguiente, mientras nuestros políticos delincuentes -también son delincuentes los cómplices, quienes protegen y amparan el delito, en lugar de impedirlo- sigan echándose a temblar como flanes ante la beligerancia de los piratas y ladrones. Sólo me quedarán dos opciones: o no escribir más, o publicar mis libros en inglés, francés, alemán, italiano o esloveno -donde no queden a la intemperie-, pero nunca, paradójicamente, en la lengua en la que habrán sido escritos.

JAVIER MARÍAS

El País, 23 de diciembre de 2010

John Ashbery recomienda Poison, Shadow, and Farewell

 

 

TLS Books of the Year 2010

One of the events of the past year was the appearance in English of Poison, Shadow, and Farewell, the final volume of Javier Marías’s trilogy Your Face Tomorrow, again translated from Spanish by the amazing Margaret Jull Costa (Vintage). In a previous TLS Books of the Year, Margaret Drabble wrote, “We wait uneasily for volume three”. Both attentiveness and foreboding were, it turns out, superbly justified.

JOHN ASHBERY

The Times Literary Supplement, December 1, 2010

Quince años para otro Nobel


[…] En su alocución, Vargas Llosa dijo que había tres escritores españoles jóvenes (o más jóvenes que él) que le interesaban mucho: Javier Cercas, Javier Marías y Antonio Muñoz Molina. Y entonces recordé que, al hablar en Estocolmo, durante la recepción celebraba en el Museo Nórdico, durante el Nobel, dos académicos suecos me dijeron que había un escritor español que, si seguía escribiendo así, ganaría el gran galardón: Javier Marías. ¿Para cuándo? Más o menos quince años, me dijeron. Claro que para entonces estoy seguro de que quienes me hicieron la confidencia ya no podrán votar el Nobel, aunque también estoy seguro de que lo harán otros y que Marías seguirá a la cabeza de los hipotéticos premiados.

J. J. ARMAS MARCELO

Abc, 19 de diciembre de 2010

LA ZONA FANTASMA. 19 de diciembre de 2010. Competiciones fúnebres

En un breve y atinado artículo de hace unas semanas, Sánchez Ferlosio llamaba la atención sobre la estúpida costumbre imperante de aplaudir en todas las ocasiones, sea o no la ovación merecida, venga o no a cuento, y señalaba dos lugares especialmente impropios para esas salvas: el Congreso y el cementerio, y el mal efecto que le producían. Debo confesar que en el primero de esos sitios ya no me sorprenden. La última vez que me escandalicé al oírlas fue en 2003, y después de eso nada de lo que acontezca en el Parlamento puede indignarme, ni siquiera un actor dando voces para interrumpir una sesión –sin pistola, por suerte–, y quejándose luego de haber sido desalojado y momentáneamente detenido “por ejercer la libertad de expresión”. Bien es verdad que no se desalojó ni detuvo, como debería haberse hecho, a la bancada entera del Partido Popular, en aquella votación de 2003, cuando prorrumpió en una atronadora ovación hacia sí misma por haber aprobado, con su mayoría de entonces, que España se involucrara en una guerra ilegal, injusta e innecesaria. Pero ni aunque se hubiera tratado de la guerra más necesaria, justa y legal, por ejemplo la que en 1939 se declaró contra Hitler: eso no puede ser nunca motivo de regocijo, sonrisas, parabienes y aplausos, sino siempre de tristeza, luto y silencio. La algarabía de los “populares” ante la perspectiva de una matanza me pareció indecente y no la olvidaré jamás, ni perdonaré, en mi fuero interno, a ninguno de sus diputados allí presentes.

A lo de los entierros, funerales y capillas ardientes, en cambio, no he logrado acostumbrarme, y, como le pasa a Ferlosio, esos aplausos “disuenan” en mis oídos y me causan gran vergüenza. Porque, si bien se mira, es evidente que al muerto no se lo está aplaudiendo, puesto que ya no oye ni se entera; tampoco a sus familiares, que en esos momentos no están para vítores y que además sólo comparten indirectamente los méritos del finado, en el mejor de los casos. Por lo que cabe concluir que, cuando los presentes baten palmas en un funeral o en un entierro, en realidad se están aplaudiendo a sí mismos, por seguir vivos, y estar allí, y asistir, y sobre todo por “querer tanto al muerto”. (La única otra interpretación posible sería aún más grave y de peor gusto, aunque no es descartable a nivel inconsciente: se aplaude la muerte del muerto, se celebra que haya desaparecido del mapa, que ya no arroje su sombra sobre los vivos, que no subraye con su talento la mediocridad de tantos. Es como si los aplaudidores exclamaran con alivio para sus adentros: “Uno menos de valía, ahora tocaremos a más brillo”.) Ese exhibicionismo del pesar y del afecto estaría, además, en consonancia con lo que de un tiempo a esta parte viene ocurriendo en España cada vez que fallece alguien célebre: al leer las declaraciones de los supervivientes, o sus artículos de loa (no se los puede llamar “necrológicas”, género mucho más sobrio), se tiene la impresión de que se ha abierto una competición de admiración y cariño, y de que la mayoría pugna por demostrar que es él –o ella– quien más ha lamentado y llorado el óbito, quien ha estado a punto de hacerse el harakiri al enterarse, y por supuesto, también, quien trató más y conoció mejor al difunto. Y así, a lo largo de varios días se suceden unos ditirambos tan superfluos como sonrojantes, con los que los “dolientes” rivalizan unos con otros a ver quién está más desolado y la suelta más gorda, quién arde más en la pira.

El espectáculo resulta obsceno. Si muere Manuel Alexandre, un buen actor secundario, hay que oír que de secundario nada, que era genial y uno de los mejores de la historia, incluyendo a James Stewart y a Charles Laughton. Si el que muere es Berlanga, que hizo unas pocas películas excelentes –sí, unas pocas–, hay quien grita que superaba a John Ford y a Dreyer, no recuerdo si juntos o por separado, para que quede bien claro que el gritón está destrozado. O bien hay otros plañideros, aún más desvergonzados, que aprovechan que Berlanga ya no puede decir nada, para contar cómo éste “encomió” su trabajo y los instó a presentarse a un premio del que el cineasta era jurado (y que ganaron). Esa figura del “arrimista” es muy antigua, pero en estos tiempos desfachatados ha prescindido ya de todo disimulo: su obituario o su columna consisten en contar lo mucho que el muerto lo quería y lo admiraba, la estrechísima relación que tuvieron y lo cómplices que fueron, todo a mayor gloria del que escribe y no del desaparecido. Hasta los curas, prevenidos contra la vanidad, incurren en esto: hace no mucho vi a un jerarca de la Iglesia, director de no sé qué revista, que, al preguntársele sobre Juan Pablo Wojtyla, sólo acertó a exclamar: “Qué voy a decir de ese Papa admirable, si me ordenó a mí cuando visitó Valencia”, dejando bien claro que el mayor mérito de su largo pontificado había sido hacerlo a él sacerdote. Nunca mejor dicho: santo cielo.

[PS. Hace un par de meses escribí aquí un artículo sobre Mourinho que no cayó nada bien y que me trajo multitud de cartas en las que se me hablaba de “eficacia” y de “triunfos” y se me invitaba a dejar de ser madridista, si tan incompatible me sentía con su estilo, su aburrimiento y sus métodos. Tras medirse el Madrid por fin con un equipo en verdad fuerte (el Milán es demasiado añoso), he aquí el resultado: 5-0 en contra, la peor visita al Camp Nou en muchos años. Me gustaría recibir alguna carta más sobre la “eficacia”. Aunque mi depresión y mi bochorno no disminuirían por ello.]

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de diciembre de 2010

Los diversos tonos de una misma voz. Claves del universo narrativo de Javier Marías

[…] La relación Tiempo y Ser (o de los modos de ser en el tiempo y hasta en el espacio y en una lengua-pensamiento), que se desarrolla como indagación permanente (junto con la que versa sobre el Tiempo y la Muerte) hacen de esta obra una novela profundamente existencial. El Jacobo Deza expulsado del tiempo de Luisa y del de sus hijos, que engañosamente había creído que el periodo londinense era sólo un paréntesis, una especie de vida no vivida, que no cuenta mucho y de la que apenas habrá que responder en el gran baile final, acaba averiguando que tal creencia es errada, y de su “sueño de extranjería” despierta sabiendo que “todo insiste y continúa solo, aunque opte uno por retirarse”; que si bien Deza no dejará huella allí, la de aquel tiempo de su soledad londinense sí quedará en él.

ANA RODRÍGUEZ FIScHER

Turia, número 96, noviembre 2010-febrero 2011

La revista también incluye una reseña de Javier Goñi sobre el libro de José María Pozuelo Yvancos: 100 narradores españoles de hoy, que, a su vez incluye las tres reseñas del profesor a los tres tomos de Tu rostro mañana.

LA ZONA FANTASMA. 12 de diciembre de 2010. Machismos involuntarios

Con motivo de la más o menos reciente elección de una filóloga y una novelista para la Real Academia Española y el ingreso de la segunda, y de la recentísima concesión del Premio Cervantes a una escritora, se han publicado unos cuantos artículos redactados por congéneres suyas en los que no se celebraban tanto estos reconocimientos cuanto se aprovechaba la circunstancia para quejarse de la tradicional postergación de la mujer en el campo de las letras y el pensamiento, y, curiosamente, anatematizar a los actuales académicos y jurados, que son quienes intentan remediar la injusticia, dentro de lo posible. Con “dentro de lo posible” quiero decir que, hasta donde sé, no creo que ningún miembro de la RAE, masculino o femenino, esté dispuesto a meter con calzador, y sólo por paliar la desproporción existente entre los de uno y otro sexo, a mujeres que a su juicio no reúnan merecimientos. El argumento esgrimido por algunas feministas a ultranza, de que tal requisito es secundario porque hay y ha habido muchos académicos cuya valía es o era dudosa o nula, es grotesco desde mi punto de vista, pues equivale a sostener que, ya que se han cometido pifias a favor de numerosos hombres, lo aconsejable y justo es que se perpetúen, sólo que a favor del mismo número de mujeres.

Foto. Quim Llenas

Me consta que a la gran mayoría de los actuales académicos no se les escapa, con todo, el enorme desequilibrio de la situación, y tienen voluntad de remediarla, “dentro de lo razonable”. Por desgracia, ya es irremediable que no formaran parte de esa institución la admirable María Moliner, o Emilia Pardo Bazán, o Rosalía de Castro, o Rosa Chacel o Carmen Laforet (en el caso de Carmen Martín Gaite hay que recordar que fue ella quien no quiso que su candidatura fuera presentada, pese a las insistencias, como tampoco lo han querido un puñado de escritores varones notables, como Ferlosio, Marsé, Mendoza o Savater, y contra eso la RAE nada puede hacer). Pero no por “compensar” a quienes ya es imposible compensar se va a elegir a meras congéneres suyas, que no han escrito los mismos libros o diccionarios. Eso sería tan idiota como elegir a diez autores gallegos para compensar la imperdonable ausencia de Valle-Inclán en su día.

Pero lo más preocupante de estos artículos quejosos, y a veces vituperadores, es el terrible y quizá involuntario machismo que rezuman, bajo su apariencia feminista. Uno de los escritos más airados lo firmaba en este diario una catedrática de Lengua y Literatura, y en él se leía: “Esta desconexión de la RAE con los tiempos que corren la paga toda la sociedad española, que recibe una proyección de lo humano cercenada. Pues se nos hurta la particular mirada de la mujer…, lo que deja a oscuras ciertas zonas de nuestro mundo: cierta sensibilidad, ciertas emociones, ciertas vivencias, ciertas sensaciones… En realidad, esta situación consiste en dejar fuera de la RAE a la mitad de la población, con su mundo y conocimientos particulares”. Es difícil incurrir en un mayor desprecio y cosificación de la mujer. Según estos párrafos -y según tantos otros, igualmente llenos de lugares comunes-, las mujeres no son individuos con su propia inteligencia y sus propias características intransferibles e irrepetibles, sino que son homogéneas, monocordes e indistinguibles. ¿Qué quiere decir, si no, que “se nos hurta la particular mirada de la mujer”, como si todas ellas compartieran la misma? ¿Qué significa “la mitad de la población, con su mundo y conocimientos particulares”, como si el mundo y los conocimientos de cada mujer no fueran únicos y no divergieran los unos de los otros tanto como los de los varones? ¿Y cómo es que lo que se “deja a oscuras” son “cierta sensibilidad, ciertas emociones, ciertas vivencias, ciertas sensaciones” -atención a la lista de cosas más o menos epidérmicas, intuitivas, “interiores” o sensoriales, justamente las que el tópico más rancio atribuye a la literatura “femenina” y a la mujer en general-, y no, por ejemplo, cierta inteligencia, cierto pensamiento, cierta capacidad narrativa o reflexiva?

Suponer que las mujeres, por el mero hecho de serlo, tienen afinidades inevitables e irrenunciables me parece, como he dicho, su absoluta cosificación o animalización, en todo caso algo ofensivo. Tan distintas son entre sí como los hombres llegan a ser opuestos, y no serán pocas las que se sientan más próximas a algunos de éstos que a tantas de su propio sexo, como yo me siento más cercano, como escritor -o eso quisiera-, a Isak Dinesen, Emily Brontë, Rebecca West, Ajmátova, Katherine Mansfield, Hannah Arendt, Flannery O’Connor, Patricia Highsmith o Alice Munro que a Cela o Zola, Bukowski o Philip Roth. En otro texto reciente, se decía que a las autoras “no saben mirarlas” -imagino que los varones-. Más vale así, porque a las escritoras, en efecto, no hay que mirarlas, sino leerlas. Y, que yo sepa, ni las palabras ni la ciencia ni la historia ni la literatura llevan incorporado el sexo de quien las emplea o cultiva. Tampoco creo que haya una ni “cierta” sensibilidad, una ni “cierta” inteligencia específica e inequívocamente femeninas. Los hombres y las mujeres nos diferenciamos en unas cuantas cosas, pero no precisamente, por suerte, en nuestras mentes ni en nuestras miradas, en nuestra manera de pensar o investigar o escribir. De forma para mí incomprensible, parece que demasiadas mujeres que se creen ultrafeministas están tan convencidas de lo contrario como el más antiguo de los machistas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de diciembre de 2010

Salvajes y sentimentales

En el pasado Campeonato Mundial de Fútbol, el equipo nacional español supo solventar con inesperada eficacia y brillantez casi todos los obstáculos que le fueron saliendo al paso camino del máximo galardón al que puede aspirar un equipo nacional. Y mientras tal milagro se perfilaba en el horizonte con creciente verosimilitud, dos colectivos, ambos multitudinarios, empezaron a prestar cada vez más atención a lo que ocurría en las pantallas de los televisores permanentemente conectados con Sudáfrica.

Uno de tales colectivos estaba integrado por los escépticos irredentos, esto es, los centenares de miles de masculinos de cierta edad y que al cabo de toda una vida de vergüenza y frustración se habían borrado para siempre del fútbol nacional jurando que nunca jamás en la vida volverían a perder un solo minuto viendo cómo, cada cuatro años, un puñado de millonarios mimados se dejaban ganar por equipos teóricamente inferiores pero que al menos le ponían ganas y vergüenza.

El segundo colectivo, mucho más nutrido que el anterior, lo componían la práctica totalidad de las esposas, madres, hijas o hermanas obligadas a convivir con los desaforados hinchas de unos equipos cuyas victorias sumían a los masculinos de la casa en un estado de histeria y euforia tan insoportable como la negra desesperación en que caían tras una derrota. Cuando España demostró ser capaz de ganar (y encima jugando bien) a equipos como Alemania, los integrantes de ambos colectivos no sólo se replantearon sus respectivas posiciones sino que, en muchos y muy notorios casos, se sumaron a la hinchada nacional con el fervor enfebrecido y fanático del converso.

Es de suponer que los miembros de ambos colectivos habrán leído al Javier Marías novelista y al Javier Marías colaborador de prensa salvo, lógicamente, cuando advirtieran sobre qué iba ese día la columna, momento en que, ¿ahora pretendes venderme el fútbol a mi?, pasaron página sin más. Si tal suposición es cierta, ahora tienen ocasión de enmendar tan lamentable laguna en su capítulo de lecturas, pues Alfaguara acaba de reeditar una serie de crónicas escritas entre 1992 y 2000, a las cuales ha añadido una treintena más, fechadas entre los años 2000 y 2010. Su primera sorpresa será descubrir que un escritor culto, elegante y ecuánime cuando habla de los hombres y sus cosas, se transforma en un salvaje, irracional e intransigente frente a todo lo que no sea el bien de su equipo (el Real Madrid, como el lector tendrá sobradas ocasiones de comprobar). Lo peculiar es que ese salvajismo puede volverse contra el Real Madrid si, en opinión del cronista, la directiva, el cuerpo técnico o los jugadores no están a la altura de las circunstancias y permiten, Dios los confunda, que los rivales nos pasen por encima.

Otras curiosas constataciones, estas de carácter general, las propicia justamente el dilatado periodo de tiempo (más de veinte años) transcurrido entre las primeras y las últimas crónicas. Hablo por ejemplo de la fidelidad al equipo elegido, que en ese caso va más allá de los veinte años abarcados por las crónicas pues se remonta a la niñez. Periodos de brillantez y victorias o temporadas desastrosas marcadas por vergonzantes derrotas frente a los peores enemigos; jugadores fichados a golpe de talonario y que da vergüenza incluso nombrarlos (y no te digo nada si se trata de ser testigo de actos o gestos particularmente desgraciados); la mala suerte; la maldición de los árbitros. Nada de todo ello hace que un hincha acérrimo (per ejemplo Javier Marías) se plantee la posibilidad de ir al campo del rival ciudadano (y hablo sin ir más lejos de aquel Atlético de Madrid de Pantic) para ver jugar al fútbol como dios manda. Jamás.

Luego, según pasan las páginas y los años, otra curiosidad: los equipos de fútbol, como los seres vivos, cambian y evolucionan sin dejar de ser ellos mismos, para bien y para mal. A no ser que se produzca otro fenómeno tan inesperado como puede ser el de la identificación y el trasvase de valores eternos entre dos rivales irreconciliables. Y ahí está el caso del Real Madrid y el Barcelona. Gracias a la ventaja de contar con la perspectiva que proporciona el tiempo, el lector asiste al día a día (o al temporada por temporada) del Madrid y el Barcelona y en muchas ocasiones comprueba que son indistinguibles y que (dios me perdone) lo que se está diciendo hoy del Madrid se ajusta como un guante al Barcelona de ayer o de mañana, igual que si el Barcelona se mete en un laberinto sus estertores no difieren en exceso de los estertores madridistas cuando les toca a ellos atravesar el desierto. O sea que entre unas cosas y otras la lectura de estas crónicas resulta muy entretenida porque, faltaría más, van mucho más allá de un mero rendir cuentas tras una victoria o una derrota. Aunque sea por el fatídico 5-0.

JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO

El Boomeran(g), 6 de diciembre de 2010

La forja de una memoria

Escritores e hispanistas restauran la lápida que guarda en Reino Unido el recuerdo del novelista Arturo Barea

Para los británicos, la memoria no es etérea. Es tan sólida como las piedras. Cuando Arturo Barea murió en 1957 allá por Eaton Hastings, a las afueras de Faringdon, sus cenizas se esparcieron por el jardín de la casa. Pero un amigo, Oliver Renier, que le conoció en los años de la BBC, mientras el escritor en el exilio se hizo famoso por sus crónicas, decidió plantar una lápida en el cementerio.

Estuvo durante años perdida y rodeada de matojos. Pero cuando las letras y las fechas estaban a punto de desvanecerse en un nuevo olvido, William Chislett, otro admirador del autor de La forja de un rebelde, la encontró cerca de la iglesia de All Saints. Decidió restaurarla, pidió presupuesto y consultó a varios admiradores: 23 euros por barba y la lápida luce ahora impecable en el mismo lugar. “Encontrar la lápida ha sido mi obsesión durante dos años”, dice Chislett. “Lo comenté con Antonio Muñoz Molina y decidimos hacer un gesto cívico para honrar su memoria”. Luego se unieron más. Escritores como Muñoz Molina, Javier Marías, Charles Powell, Elvira Lindo; historiadores como Santos Juliá, Paul Preston, Gabriel Jackson, periodistas, editores… No fue difícil.

Barea conoció la cara amable del exilio. Desembarcó en Inglaterra a partir de 1938, junto a su gran amor, la austriaca de origen judío Ilsa Kulcsar, que tradujo su obra. Al llegar, Lord Faringdon, un aristócrata comprometido con la República, le acogió por sus dominios. Barea conoció el éxito inmediato cuando fue publicando su trilogía entre 1941 y 1946, aunque en España fue despreciado hasta que pudo aparecer esa memoria crucial del Madrid de la guerra y sus antecedentes en 1978. “Es el autor que mejor ha retratado esos años”, comenta Santos Juliá.

Pese a que su reconocimiento en España tardó en llegar, los implicados en este homenaje no han querido contar con las autoridades: “Hemos querido romper con el hábito de quejarse y no actuar”, dice Muñoz Molina. El autor de La noche de los tiempos ha confesado que le utilizó en parte como inspiración para crear al protagonista de su última novela. “Me seducía esa segunda vía suya. Su vida activa y feliz en el exilio, su faceta de colaborador en la BBC”.

No sólo triunfó en Europa. Cuando La forja de un rebelde apareció por primera vez en español lo hizo en Argentina, en 1951. Pese a los tiempos felices, llevaba a sus espaldas el drama de un continente. Por eso Oliver Renier quiso plantar esa lápida en el mismo sitio donde descansan los restos de Ilsa y donde ayer tuvo lugar un homenaje. “Hice construir una lápida”, escribió Renier, “porque no podía encontrar palabras para expresar mis sentimientos hacia ellos. Su destino fue simbólico entre las gigantescas pérdidas que sufrió su generación: el drama de España, el de los judíos, el de la social democracia en Alemania, Italia, toda Europa…”.

JESÚS RUIZ MANTILLA

El País Semanal, 5 de diciembre de 2010

LA ZONA FANTASMA. 5 de diciembre de 2010. Ventajas de la zafiedad reinante

Por lo que me cuentan mis amistades extranjeras cuando visitan España y echan un vistazo a nuestras televisiones y diarios, este es el país más grosero de Occidente con diferencia. Ni siquiera Italia, presidida desde hace años por uno de los hombres más soeces y con menos gracia del mundo, Berlusconi, nos llega a la suela del zapato. Esto lleva siendo así varios lustros, y no sé por qué ahora nadie se rasga las vestiduras al oírle decir al alcalde de Valladolid que se imagina cosas inefables con los “morros” de una ministra; o a un anticuado funcionario y locutor que le entusiasman los “chochitos rosáceos” de las quinceañeras; o porque un tipo de aspecto desaseado se permita hablar con desprecio de las mujeres no muy jóvenes, que según él “huelen a ácido úrico”; o porque un columnista patanesco escriba, para referirse a unas señoras que detesta, “Coños de vitriolo y de cianuro”. No, no entiendo que se extrañe nadie, cuando hace un decenio, si no más, que en cualquier programa de televisión (sobre todo en los de despellejamiento, pero no sólo) uno ve hablar a los participantes, con enorme desenvoltura, del tamaño de los penes del personal, de cómo, por dónde y cuántas veces los meten, de los olores corporales y las ventosidades del desdichado en el que se hayan fijado, y escucha, perplejo, los insultos feroces y malvados que se lanzan entre sí y más aún contra los ausentes; cuando no es raro que los columnistas diserten sobre sus hemorroides o cuenten sus actividades en el retrete. Y todo ello con el lenguaje más grueso que quepa imaginar, tanto que se convierte en falaz el argumento de que “empleamos el lenguaje de la gente y de la calle”, porque a la gente normal casi nunca se le oyen -y menos en la calle- semejantes chabacanerías. No, es más bien como si la televisión, la radio y la prensa (e Internet no digamos) lo estimularan. El léxico utilizado en ellas, lejos de ser “natural y espontáneo”, como se aduce, resulta totalmente artificial e impostado. Las mismas personas que sueltan barbaridades, vilezas y groserías sin cuento en las ondas, en las pantallas y en el papel impreso, seguramente se moderarían en el restaurante o en la taberna, porque allí tendrían un público muy restringido, sólo los comensales o los vecinos de barra, un desperdicio.

Poco tiene de particular, así pues, que quienes escriben en prensa o aparecen en televisión, aunque no se ocupen de reality shows ni de cotilleos, se contagien y piensen que es lícito decir en público -más lícito, de hecho, que en privado- las mayores salvajadas con el más brutal vocabulario. A título personal, esta extendidísima costumbre me parece lamentable, y cada vez que alguien extranjero es invitado a un programa español, se me cae la cara de vergüenza ajena imaginándome su estupor cuando le lleguen, a través del intérprete, los comentarios y preguntas salaces soltados por sus anfitriones. Ahora bien, a toda esta situación le veo alguna ventaja. He dicho siempre que una de las más graves estupideces en que incurren el lenguaje políticamente correcto y la pretensión de que todo el mundo lo use, es que eso nos privaría de una fuente de información valiosísima acerca de las personas con las que tratamos, a las que leemos, a las que vemos “debatir” y a las que escuchamos. Si todas hablaran igual de modosamente, no sabríamos a qué atenernos, ni estaríamos prevenidos contra quienes son despreciables o malsanos, racistas o en verdad machistas, farsantes o traicioneros o simplemente gañanes, sean o no “mediáticos”. Con esta absoluta desinhibición verbal, por mucho que nos abochorne a algunos, bastante ganamos: sabemos con facilidad a quiénes tenemos enfrente, con quiénes nos las gastamos; sabemos que jamás veremos una emisión ni leeremos un libro del locutor que usa la expresión -a la vez zafia y cursi- “chochitos rosáceos”; que nunca nos molestaremos en oír las opiniones del tertuliano que olfatea “ácido úrico” por todas partes y que en los muertos de Haití sólo ve que “el mundo hace limpieza”; que jamás saludaremos al individuo capaz de referirse a unas mujeres -las que sean- como “coños de vitriolo y cianuro”; que nunca votaríamos a un rijoso que al ver a una ministra se figura lo que ésta hará con sus “morros”, y sobre todo lo dice (si sólo lo pensara, pues bueno, allá él con sus fantasías).

Me parece bien, insisto, que conservemos esa fuente de información incomparable que es el habla de cada cual, o su escritura. La gente finge mucho, disimula, se hace pasar por lo que no es, esconde sus cartas, a menudo es hipócrita o taimada y enseña una sola cara. Si todo el mundo hablara igual, como se quiere desde demasiadas instancias, estaríamos vendidos ante los numerosos impostores. La degradación de nuestra escena pública no parece tener límites, cierto, pero hay que verle el lado bueno: así no podremos llamarnos a engaño, o de algunos nos salvaremos.

[PS. Si notan que este artículo está peor que de costumbre, tiene su explicación: obediente, llevo siete noches sin dormir, viéndome de cabo a rabo, como me conminó a hacer un señor airado desde las páginas culturales de este diario, las sesenta y una horas de la serie The Wire. Como comprenderán, tengo los ojos arrasados y la cabeza hecha un bombo, así que no sé si ahora me toca “ser feliz” o “pedir perdón por mi arrogancia” -ni a quién, ¿a él?-, como asimismo me ordenó el señor airado.]

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de diciembre de 2010