¡Todo es puro cuento!

¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?

Por ejemplo… Minutos después de las tres de la madrugada llegó un MSN a tu celular: al Juanelo Guerrero, el más sano y bien portado de la banda, lo sorprendió una embolia. Increíble: ahora estás en un velatorio, custodiando el féretro de tu mejor amigo. Junto a los padres y la viuda, recibes también el pésame de los que van llegando. Casi no escuchas a nadie porque sigues sin poder recuperar el hilo de los acontecimientos, hasta que se apersona doña Coty, una de las ancianitas tías del Juanelo. Abraza y besa a la familia. Luego se aproxima a ti, te toma ambas manos y dice: “Ay, hijo, por algo pasan las cosas”. Tú, claro, no sabes por qué carajos pasan las cosas y quieres agarrar a patadas a la viejita.

Uno más… El día de tu cumpleaños recibes un correo electrónico: te ofrecen un empleo en una ciudad del sur del país que te parece espantosa; sin embargo, sonríes: “Es mi regalo. Gracias, Diosito”. Ni siquiera lees en el mail que el sueldo es inferior al que percibes actualmente.

Entonces, ¿por qué nos pasa lo que nos pasa? ¿Todo tiene una razón de ser, un sentido? Tal es uno de los cuestionamientos eje de Fiebre y lanza, el primer volumen de Tu rostro mañana, la más reciente novela de Javier Marías (Madrid, 1951). Y su respuesta muy probablemente no te va a gustar: Tendemos a pensar que hay un orden oculto que desconocemos y también una trama de la que quisiéramos formar parte consciente, y si de ella vislumbramos un solo episodio que nos da cabida o así lo parece, si percibimos que nos incorpora a su débil rueda un instante, entonces es fácil que ya no sepamos volver a vernos desgajados de esa trama entrevista, parcial, intuida –una figuración– nunca más… Nada peor que buscar el sentido o creer que lo hay. O sí lo habría, aún peor: creer que el sentido de algo, aunque sea del detalle más mínimo, dependerá de nosotros o de nuestras acciones, de nuestro propósito o de nuestra función, creer que hay una voluntad, que hay un destino, e incluso una trabajosa combinación de ambos. Creer que no nos debemos enteramente al más errático y desmemoriado, divagatorio y descabezado azar, y que algo consecuente se puede esperar de nosotros en virtud de lo que dimos o hicimos, ayer o anteayer.

Excéntrica en el contexto de la novelística de Marías, Tu rostro mañana es una obra que arranca con muy poca acción: a lo largo de las casi cuatrocientas páginas de su primer volumen, prácticamente no ocurre nada; sin embargo, se reflexiona mucho y, prestidigitación del lenguaje mediante, en sintonía con los argumentos de sus personajes principales, se cuenta mucho: La gente va y cuenta irremediablemente y lo cuenta todo pronto o más tarde, lo interesante o lo fútil, lo privado o lo público, lo íntimo y lo superfluo, lo que debería permanecer oculto y lo que ha de ser difundido, la pena y las alegrías y el resentimiento, los agravios y la adoración y los planes para la venganza, lo que nos enorgullece y lo que nos avergüenza, lo que parecía secreto y lo que pedía serlo, lo consabido y lo inconfesable y lo horroroso y lo manifiesto, lo sustancial –el enamoramiento– y lo insignificante –el enamoramiento–. Ciertamente, junto con Jacobo Deza, el protagonista del libro, el lector va convenciéndose de que palabra mata acción: lo que tan sólo ocurre no nos afecta apenas o no más que lo que no ocurre, sino su relato (también de lo que no ocurre), que es indiscutiblemente impreciso, traicionero, aproximativo y en el fondo nulo, y sin embargo casi lo único que cuenta, lo decisivo, que nos trastorna el ánimo y nos desvía y envenena los pasos, y seguramente hace girar la perezosa y débil rueda del mundo. Dicho en corto, Javier Marías busca probar, ¡en una novela!, que todo es puro cuento, un relato que jamás recrea fielmente a la realidad: nada es nunca objetivo y todo puede ser tergiversado y distorsionado… Y con todo, tejones porque no hay liebres, que para narrar el mundo hemos sido expulsados del Paraíso: … lo que más nos define y más nos une: hablar, contar, decirse, comentar, murmurar, y pasarse información, criticar, darse noticias, cotillear, difamar, calumniar y rumorear, referirse sucesos y relatarse ocurrencias, tenerse al tanto y hacerse saber, y por supuesto también bromear y mentir. Esa es la rueda que mueve al mundo… por encima de cualquier otra cosa; ese es el motor de la vida…, ese es su verdadero aliento. Por eso, narrando compartimos y nos sumamos, unos más otros menos, a la pandilla de los humanos: Queremos sentirnos parte de una cadena siempre…, víctimas y agentes de un inagotable contagio, el cuento.

GERMÁN CASTRO

La Jornada Aguascalientes (México), 17 de septiembre de 2009

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