LA ZONA FANTASMA. 13 de septiembre de 2009. El modesto caso de la cigüeña cadáver

Desde el mirador del piso que tengo alquilado en Soria se ven dos nidos de cigüeñas durante las épocas que pasan en la ciudad estas aves: uno en el campanario de la Iglesia de San Francisco, el otro en el mucho más bajo de la Ermita de la Soledad, dentro del bonito parque llamado la Dehesa. A veces hay un tercero visible, construido en la copa de un árbol alto del mismo parque y por lo tanto más inestable que los dos primeros. Quien me mantiene informado de todo esto, y de las andanzas de las respectivas familias, es Carme, que tiene pavor a cualquier animal con plumas si se le acerca -y en particular detesta a las palomas, esas ratas dañinas y aladas con absurda buena prensa-, pero a la que gusta y divierte observarlos a distancia, con un telescopio que se trajo al efecto, sobre todo a las curiosas cigüeñas de estos nidos cercanos, que ya son parte del paisaje, por no decir la ridiculez de que son como de la familia. Su interés la ha llevado a comprarse y leer, incluso, algunos libros sobre estas aves, y cada vez que hace una pausa en su trabajo aprovecha para echarles un vistazo y comprobar cómo les van las cosas y en qué momento están de su ciclo: si aún aguardan a su pareja, si están edificando, si están incubando, si les han nacido ya las crías, si las están alimentando o enseñando sus primeros aleteos.

Cuando entré en ese piso el pasado 2 de agosto, tras mes y medio de ausencia, ella ya había llegado de Barcelona unas horas antes. En la escalera había notado un olor raro, malo, y se lo comenté nada más saludarla. “No te lo vas a creer cuando veas de lo que es”, me dijo, y me condujo hasta una ventana que da a un patiecito interior, de un metro por dos o menos, en el que guardamos bidones de gasóleo. Había allí una cigüeña muerta, desde hacía quién sabía cuántos días o semanas. Aunque seguramente era una cría, éstas adquieren en seguida un tamaño parecido al de las adultas, de gran envergadura. En fin, no era un gorrión ni una asquerosa paloma ni una simpática urraca ni un ruidoso mirlo, que podríamos haber recogido sin problemas -bueno, yo; desde luego no ella-. Supusimos que el animal habría tenido la mala suerte de caer en sus vuelos de tanteo, y la pésima de haberlo hecho justo en nuestro diminuto patio, del que no habría podido salir, cuando en la casa no había nadie para echarle una mano. Las defecaciones blanquecinas a su alrededor indicaban que el pobre bicho no habría muerto en el acto. ¿Qué hacer? ¿Cómo sacarlo? ¿Dónde depositar el cadáver?

Como en general inspiran confianza, se me ocurrió llamar a los bomberos locales. Expliqué el caso al que me cogió el teléfono, que me preguntó acto seguido: “Pero, ¿la cigüeña está viva?” “No”, le contesté sorprendido, “acabo de decirle que debe de llevar tiempo muerta”. Entonces comprendí que su absurda pregunta tenía tal vez como fin desentenderse. “Ah, es que entonces no es cosa nuestra. Si estuviera herida, sí, trataríamos de rescatarla. Pero muerta, eso ya no nos toca”. “¿Y a quién podría recurrir?”, le pregunté. “Ah, no tengo ni idea”. La siguiente tentativa fue con la policía municipal, algunos de cuyos miembros sorianos son amables y otros de una llamativa antipatía, según mi experiencia. Expuse el caso al que me respondió, que era más bien de estos últimos. “Pero, ¿la cigüeña está en la vía pública?”, fue la sorprendente pregunta de turno. “No, le acabo de decir que está en un patiecito interior de la casa”. “Ah, pues si está en un inmueble ya no es cosa nuestra. Si estuviera en la calle, sí, la recogeríamos”. Y al consultarle asimismo a quién podría dirigirme, su respuesta fue aún más chocante que la del bombero: “Ah, no tengo ni idea. Lo mejor es que la cojan ustedes, la metan en una bolsa y la tiren a un contenedor de basura”.

Menos mal que no le hicimos caso. Probamos con Protección Civil, que nos pasó con la Guardia Civil y ésta, a su vez, con Seprona, el Servicio de Protección de la Naturaleza de este cuerpo. Creo que empecé así: “No le voy a hablar de una cigüeña viva ni de una muerta en la calle, que al parecer tienen quienes se encarguen de ellas, sino de una que está cadáver en mi casa…” Los de Seprona se portaron como caballeros competentes y a la mañana siguiente se personó un agente a retirar al infortunado bicho (necesitó dos enormes bolsas, que quedaron respectivamente atravesadas por el pico y las patas) y a interrogarnos minuciosamente, al ser la cigüeña una especie protegida: “Pero, ¿seguro que estaba ya muerta? Etc”. Cuando esa tarde el húngaro Zoltan nos hizo el favor de venir a desinfectar el patio lleno de moscas y le comentamos el asunto, nos dijo con razón: “Hicieron bien en no seguir el consejo de la policía. Si esta misma los hubiera visto salir con unas bolsas camino de la basura, pico y patas asomando, lo mismo los habría detenido, creyendo que se la habían cargado”. No en balde el agente de Seprona que me atendió por teléfono me había hecho una pregunta enternecedora, pese a saber desde el principio que el animal estaba muerto: “Bien, dígame entonces, ¿cuál es la dirección de esta cigüeña?” Como si fuera una persona, y además domiciliada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de septiembre de 2009

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