Una monarquía atípica: el reino de Redonda

Cuando Colón emprendió su segundo viaje al Nuevo Mundo, en 1493, le acompañaba Fray Bernat Boil, nombrado vicario apostólico de las Indias Occidentales por el papa Alejandro VI. Había sido ermitaño en Montserrat: lo recuerdan seis relieves de bronce con escenas del descubrimiento y evangelización de América que en 1892, cuarto centenario, se colocaron en los púlpitos de la basílica y que ahora están en la puerta de la sacristía. En ese viaje dieron a una de las islas entonces descubiertas el nombre de Montserrat (periódicamente se habla de ella cuando un volcán que hay allí entra en erupción). También descubrieron, entre otras islas, una que fue llamada Santa María la Antigua, y entre ésta y la de Montserrat una des escasos tres kilómetros cuadrados, que por su forma llamaron Redonda. Durante siglos sólo era un refugio ocasional de contrabandistas y corsarios, pero modernamente se comenzó a explotar el guano, el fertilizante resultante de la acumulación de excrementos de las aves marinas, y entonces los ingleses la anexionaron a la vecina Antigua, que era colonia suya.

Un hombre de negocios de la isla de Montserrat, Matthew Dowdy Shiel, contemplando el islote vecino de Redonda tuvo la idea de constituirlo en reino para su hijo primogénito, Matthew Phipps. En 1880 lo hizo coronar rey de redonda por el obispo de Antigua. M. P. Shiel fue un escritor notable, alabado por autores tan famosos como Henry Rider Haggard, Edgar Allan Poe, Dashiell Hammett y Lawrence Durrell. Shiel quiso que este reino tan pintoresco tuviera un contenido positivo que sería el de crear una nueva aristocracia basada en el mérito del espíritu, y no en la sangre. Obtuvo del gobierno inglés el derecho de crear títulos nobiliarios, a condición de no perjudicar la política colonial británica. Shiel transmitió la realeza a su discípulo John Gawsworth, nacido en 1912. En la Segunda Guerra Mundial fue piloto de la RAF, pero llevaba una vida tremendamente desordenada. Se pasaba la vida en las tabernas de Londres y otorgaba títulos nobiliarios a todo el mundo que realizaba una acción que él tuviera por meritoria, o simplemente le hacía un donativo. Como resultado de esta vida irregular, cinco o, según algunos, nueve personas aseguraban haber recibido de él la realeza. En 1970 la BBC le dedicó un reportaje, siguiéndolo de taberna en taberna, completamente borracho. Murió después en un hospital público.

En 1984 el famoso escritor Javier Marías fue a Oxford como profesor de lengua española. De los dos años de aquella experiencia resultó la novela Todas las almas, donde habla de Gawsworth. Los lectores pensaban que era uno más de los personajes ficticios, pero era real. Las discusiones entre los pretendientes del trono de Redonda no se acababan nunca, invocando todos abdicaciones, herencias y compras. Gawsworth cedió todos sus derechos a Jon Wynne-Tyson, que tomó el nombre de Juan II, editor y también novelista. Había luchado por desautorizar los competidores, pero estaba ya harto. Leyó Todas las almas de Javier Marías, con las referencias a Gawsworth, y le ofreció la corona. Con el nombre de Xavier I de Redonda, desde 1997, Marías ha podido retomar lo que había de mejor en la idea original de Shiel y de Gawsworth: un reino no político basado en la nobleza intelectual. Su lema es ride si sapis, que yo traduciría por “ríete si lo entiendes”. Bajo la parafernalia de nombramientos pintorescos está el noble propósito de homenajear a personalidades culturales y hacer asequibles obras remarcables. Los títulos otorgados son extravagantes, y los agraciados tienen que escoger un pseudónimo o sobrenombre. He aquí algunos duques: Pedro Almodóvar, duque de Trémula; Antony Beevor, de Stalingrado; Guillermo Cabrera Infante, de Tigres; Pietro Citati, de Remonstranza; Francis Ford Coppola, de Megalópolis; Umberto Eco, de Isla del Día de Antes; John Elliot, de Simancas; Eduardo Mendoza, de Isla Larga; Mario Vargas Llosa, de Miraflores; Fernando Savater, de Caronte… También ha nombrado a un “emisario infiltrado en las Naciones Unidas”, con el sobrenombre de Philby, embajadores en distintos países y, con gran sorpresa mía, me ha designado embajador en la abadía de Montserrat, con el sobrenombre de Bernardo Boil. Bromas aparte, Javier Marías ha creado el sello editorial Reino de Redonda, que, sin ánimo de lucro, publica en español obras que considera importantes, muy bien traducidas, con excelentes introducciones suya o de algún especialista y pulcramente editadas.

HILARI RAGUER
(Monje de Montserrat e historiador)

Catalunya Cristiana, 30 de julio de 2009

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