Javier Marías en Frankfurt
10 Martes abr 2012
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10 Martes abr 2012
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08 Domingo abr 2012
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Quiere la leyenda futbolística, con extraño acuerdo universal, que sean cuatro los Genios Supremos, hasta la fecha: Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. Ha habido tentativas de añadir algún nombre más, como Ronaldo o Zidane en años recientes, pero por uno u otro motivo no han cuajado: bien han tenido un declive prolongado, bien han deslumbrado sin la suficiente continuidad, y así se han quedado un escalón por debajo, junto con otros jugadores extraordinarios como Puskas, Gento, Van Basten, Suárez, Garrincha, Beckenbauer, Romário, Charlton, Best, Laudrup, Butragueño, Raúl, Kubala, Xavi, Baresi, Gullit, Bettega y tantos más. Para ser admitido en la exclusivísima lista de los Genios Supremos hacen falta muchas cosas: dominio sobrenatural del balón; concepción telescópica y aérea del juego (como si el futbolista, además de sobre la hierba, estuviera suspendido en el aire, a gran altura, y tuviera una visión global del campo, “la visión de Dios”); una carrera larga y sin altibajos notables; una capacidad para hacer campeones a sus equipos aunque sus compañeros sean sin más competentes (fue el caso del Nápoles de Maradona y del Santos de Pelé, y aun del Barça de Cruyff); la facultad de lograr goles milagrosos y de gran belleza, de los que dejan a los espectadores estupefactos y preguntándose cómo han sido posibles pese a la dificultad que entrañaban o a la inocuidad inicial de la jugada. ¿Algo más? Sí, quizá algo más.
Por la trayectoria que lleva hasta ahora, parece ya indudable que Messi es el quinto Genio Supremo de la historia del futbol. Los madridistas llevamos unos cuantos años observándolo con atención y padeciéndolo y temiéndolo con motivo, sin posible exageración. Es un futbolista capaz de cumplir todas las amenazas, de esos que provocan pavor nada más coger el balón, aunque lo hagan a gran distancia de la portería contraria. Uno cree que podrá sortear a siete adversarios y marcar, salir a trompicones de cualquier barullo con la pelota limpia en los pies, filtrar un pase mortal a un compañero, dejar atrás por velocidad a cualquier defensa, hacer gol de falta, de vaselina, de potente disparo desde fuera del área y hasta de cabeza a veces, pese a su corta estatura, y también sin ángulo y de tacón, al primer toque o tras conducir el balón por todo el campo, cosido al pie. Es asombroso que la mayoría de los rechaces le vayan a él, y al respecto se ha dicho que posee una extraña intuición para “adivinar” hacia dónde va a salir despejada o rebotada una pelota, lo cual ya es mucho adivinar, dada la velocidad con que se desplaza una bola y su natural imprevisibilidad. Tiene la virtud de paralizar a los rivales; no se entiende bien que pueda correr tantas veces en paralelo a la línea de meta, desde la posición de extremo y al borde del área, hasta quedar centrado y encontrar un hueco para chutar sin que nadie logre interrumpir ese prolongado avance. Seguramente sea habilidad suya, o se deba a la imposibilidad de quitarle el cuero si no es en falta, pero la impresión que se saca es de que los defensores dudan, no se atreven, se lo quedan mirando boquiabiertos y aterrorizados y se rinden ante lo inevitable: la única manera de dejar de temer una desgracia es que la desgracia se produzca, y cuanto antes mejor. En el fondo es más llevadero lamentarse por lo ocurrido que sentir pánico a lo que va a ocurrir.
A mí no me cabría duda de que Messi es no sólo el quinto Genio Supremo, sino de que probablemente sea el mejor de los cinco, con la salvedad de que a él lo vemos varias veces a la semana y a Pelé no lo vimos apenas en Europa y a Di Stéfano sólo de tarde en tarde y cuando éramos niños, por lo que las comparaciones son difíciles. Si he empleado el condicional es no obstante por otras dos razones; aún no sabemos si su carrera será lo bastante larga y sin altibajos, dada su juventud. La segunda es más indefinible y sutil. En las artes más manuales o más matemáticas se han dado numerosos casos de superdotados (pintores, escultores, músicos) que sin embargo eran un tanto simples como individuos. Ha sucedido también con poetas -a menudo- y hasta con algún novelista sobresaliente: cuando hablan, o se explican, o escriben artículos, resultan decepcionantes, su inteligencia no parece corresponderse con su talento o don. Uno está seguro de que esa sensación, en cambio, no se habría producido con los más grandes, con Dante, Cervantes, Shakespeare, Proust o Eliot. Ya sé que un futbolista no es un artista. Ni siquiera tiene por qué hablar. Pero, llegados al nivel de genialidad, para que la figura sea completa y suprema hace falta que se perciba en ella una mínima complejidad, una inteligencia no estrictamente futbolística, o al menos una personalidad levemente enigmática, como la de Zidane. No sé Pelé, pero Di Stéfano y Cruyff dejaban traslucir esa complejidad. Maradona no, pero parecía atormentado, y por tanto encerraba algo de misterio y desprendía humanidad. Es lo que le falta a Messi, en el que no hay rastro de drama y sí algo robótico, tanto en las maravillas que realiza en el campo como en su personalidad. Le sobra planicie, le faltan pliegues y rugosidad. No cabe sino rendirle pleitesía sobre el césped, pero un Genio Supremo nunca lo será enteramente si además no provoca lo que los ingleses llaman “awe”, una mezcla de admiración y espanto, asombro y reverencia y fascinación. Messi inspira las cuatro primeras cosas, pero, ay, la quinta no.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 8 de abril de 2012
07 Sábado abr 2012
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06 Viernes abr 2012
Javier Marías ganó el premio America Award 2010, que concede la prestigiosa revista norteamericana Green Integer, por su contribución a la literatura universal.
Entre los autores galardonados en anteriores convocatorias están: Harold Pinter, José Donoso, Rafael Alberti, Eudora Welty, Peter Handke, Adonis, José Saramago, Julien Gracq y John Ashbery.
01 Domingo abr 2012
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Los enamoramientos de Javier Marías y Libertad de Jonathan Franzen, galardonados con el 14º Premio Qué Leer de los lectores
Los enamoramientos (Alfaguara) es una novela en la que Javier Marías vuelve a demostrar su maestría en el arte de parar el tiempo, de rebobinar y de hacernos ver la realidad de una muerte fortuita desde ángulos sorprendentes y llevarnos a través de la reflexión erudita, no exenta de humor, hasta el fondo de nuestras propias contradicciones. El autor, al serle comunicado el premio, ha querido mandar este mensaje a los lectores:
“Al terminar de escribir mi novela Los enamoramientos tuve tantas dudas respecto a su interés que estuve a punto de no publicarla, o al menos consideré seriamente esa posibilidad. Que, al cabo de casi un año de su aparición, los lectores de la revista Qué Leer hayan tenido la amabilidad de distinguirla me llena de contento y de satisfacción, y les agradezco muchísimo su decisión. Tal vez gracias a ellos aprenda a desconfiar un poco menos de lo que escribo, lo cual ya sería una gran bendición. Gracias de verdad”.
Libertad (Salamandra/Columna) ha sido comparada con grandes novelas río de la historia de la literatura universal como las de Tolstói, en tanto que gran fresco social y moral. A través de la cotidianidad de los personajes, en este caso los Estados Unidos de los últimos veinticinco años, radiografía con acidez e inteligencia el estado físico y emocional de nuestro tambaleante Occidente. Jonathan Franzen también ha querido expresar su agradecimiento a este premio:
“Me siento honrado y encantado de aceptar el Premio Qué Leer de los lectores. Gran parte del mérito hay que atribuirlo a mi nuevo editor, Salamandra, y al maravilloso trabajo de traducción de Isabel Ferrer Marrades”.
Este año no habrá una entrega pública del premio en forma de fiesta el 22 de abril, como venía siendo tradicional. Será un paréntesis y la revista Qué Leer ya hace planes para 2013 y cuenta con todos para la siguiente convocatoria de los premios, nuevamente con su tradicional cita socioliteraria la víspera de Sant Jordi del próximo año.
Qué Leer, abril de 2012
Los enamoramientos, de Javier Marías, y Libertad, de Jonathan Franzen, han sido galardonados con el XIV Premio Qué Leer, que otorgan los lectores de esta revista literaria.
Los enamoramientos (Alfaguara) es una novela en la que Javier Marías explora el lado oscuro de ese estado que denominamos enamoramiento, al tiempo que también reflexiona sobre la impunidad, algo que le preocupa especialmente en una sociedad en la que casi nada escandaliza ni sorprende.
Según un comunicado de Qué Leer, el autor ha dicho desde Madrid: “Al terminar Los enamoramientos tuve tantas dudas respecto a su interés que estuve a punto de no publicarla, o al menos consideré seriamente esa posibilidad”.
Y añade: “que al cabo de casi un año de su aparición, los lectores de la revista Qué Leer hayan tenido la amabilidad de distinguirla me llena de contento y de satisfacción, y les agradezco muchísimo su decisión. Tal vez gracias a ellos aprenda a desconfiar un poco menos de lo que escribo, lo cual ya sería una gran bendición”.
La otra novela premiada por la revista, Libertad (Salamandra/Columna) ha sido comparada con grandes novelas río de la historia de la literatura universal como las de Tolstói, en tanto que gran fresco social y moral.
A través de la cotidianeidad de los personajes, en su caso los Estados Unidos de los últimos 25 años, Franzen radiografía con acidez e inteligencia el estado físico y emocional de nuestro tambaleante Occidente.
Desde Nueva York, informa la publicación, Franzen también ha asegurado sentirse “honrado y encantado” y ha descargado “gran parte del mérito” en su nuevo editor español, Salamandra, y en “el maravilloso trabajo de traducción de Isabel Ferrer Marrades”.
Por primera vez, la revista no hará este año una entrega pública del premio en forma de fiesta la víspera del Día del Libro, el 23 de abril, como venía siendo tradicional.
“Será un paréntesis y la revista Qué Leer ya hace planes para 2013 y cuenta con todos para la siguiente convocatoria de los premios, nuevamente con su tradicional cita socioliteraria”, anuncia.
Efe, 30 de marzo de 2012
01 Domingo abr 2012
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Esta semana me visitó un curioso periodista alemán, Tobias Wenzel, que quería dos cosas de mí: una entrevista radiofónica sobre mi última novela y que participara en un proyecto en el que diferentes escritores se fotografiarían en un cementerio de su elección y harían comentarios al respecto. A lo segundo le dije que no. Aparte de odiar que me retraten (me aburro), y someterme sólo a las sesiones “obligatorias”, le expliqué que, tras haber escrito esa novela en la que están muy presentes los muertos, andaba un poco saturado para añadir nada más, y encima en un paisaje de tumbas … A su primera petición no puse inconveniente, claro, pero me llamó la atención la cantidad de preguntas que me hizo acerca de un pasaje episódico del libro, aquel en el que un personaje, una viuda cuyo marido ha sido muerto en la calle de forma violenta e inesperada, le cuenta a la narradora cómo a partir de esa desgracia ya es incapaz de oír las numerosas sirenas estrepitosas de nuestras ciudades -ambulancias, coches de policía o de bomberos, altos cargos que juzgan que todo el mundo debe apartarse a su paso- como las oía antes y las oímos todos: con indiferencia y fastidio, aguardando a que se alejen y nos dejen de atormentar, sin ya preguntarnos casi nunca qué ha podido suceder, tan frecuentes se han hecho, posiblemente tan innecesarias en ocasiones (es sabido que los conductores a veces hacen sonar las sirenas para su comodidad, no porque haya verdadera urgencia). Ahora -viene a decir la viuda-, cuando sé que mi marido fue recogido por una de esas ambulancias y que en su trayecto hacia el hospital se debatía entre la vida y la muerte, vuelvo a estirar el cuello cada vez que oigo una sirena o incluso me asomo sobresaltada al balcón, y me pregunto a qué persona o personas concretas se intenta acaso salvar, y si se salvarán.
El periodista me preguntó, entre otras cuestiones relativas a ese pasaje (también me pidió que lo leyera en voz alta para su radio), si a mí me ocurría lo mismo que a mi personaje, tras haberlo escrito. Le dije que no, puesto que a mí no me había sucedido lo que a la viuda en la ficción. Insistió, sin embargo, y me contó que al novelista colombiano Héctor Abad Faciolince, con quien había conversado, al cabo de los años seguía sobresaltándolo el ruido de una moto acercándose, pues su padre (Abad lo ha relatado en un famoso libro) había sido asesinado en Medellín por dos sicarios que, como no era infrecuente durante algunos años allí, lo habían tiroteado desde uno de esos vehículos. No me pareció extraño, no me lo parecería que ese sobresalto acompañara a Abad el resto de su vida. También me acordé de que Arturo Pérez-Reverte me ha dicho alguna vez que los horrores que vio en las guerras de la antigua Yugoslavia -que no suele querer detallar, y le comprendo- son responsables de que cada vez que en una calle de Madrid, lejos ya de aquello en el tiempo y en el espacio, oye a dos personas hablar en serbio o croata, incluso en cualquier lengua eslava, los sentidos se le pongan alerta con una mezcla de instintivo rechazo, prevención, e injustificable furor, durante segundos. Tampoco me parecería extraño que eso le siguiera pasando hasta el fin de sus días.
Así que, ante la persistencia de Wenzel, recordé algo por fortuna no violento, a diferencia de las experiencias de mis dos colegas. Yo no vivía en Madrid cuando mi madre enfermó de gravedad, y además mi padre no quiso hacernos partícipes de esa gravedad, a mis hermanos y a mí, hasta muy tarde. Tan tarde que yo llegué a la ciudad (“Ven ya”, me dijo él por teléfono un día, de pronto) tan sólo unas horas antes de que ella muriera. Era diciembre de 1977. Caída la tarde del 23, mi tío Ricardo, médico, hermano suyo, nos quitó toda esperanza y nos dio una receta para que fuéramos a comprar un medicamento que la ayudara, o la aliviara de cualquier posible dolor, no recuerdo qué era. Las farmacias ya habían cerrado, así que había que buscar una de guardia. Cogí la receta, bajé a la calle, vi que la más cercana abierta estaba a cierta distancia y entonces eché a correr (era joven) como no creo haber corrido nunca ni antes ni después, con el pensamiento fijo de que cada minuto que tardara en comprar la medicina y regresar sería un minuto de mayor padecimiento para mi madre. Siempre corrí rápido, pero deseé poder volar, y la distancia se me hizo interminable, tanto al ir como al volver. Ella murió a la madrugada siguiente, creo o espero que sin apenas sufrir, y tras haberse podido despedir de todos, uno a uno.
Han transcurrido nada menos que treinta y cuatro años, le dije a Wenzel, y sin embargo, todavía hoy, cada vez que veo a un joven correr por la calle como alma que lleva el diablo, no puedo evitar acordarme de mí aquella noche. Deseo pensar que el joven en cuestión tan sólo lleva prisa porque llega tarde a una cita, o al trabajo; o que simplemente intenta pillar un autobús o un tren a punto de arrancar; o incluso que huye de una carga de la policía como los de mi generación huíamos de los “grises” a veces, y también entonces corríamos como posesos. Lo cierto es que, como el personaje de mi novela que al oír una sirena ya se sobresalta siempre, y piensa qué le estará pasando a alguien concreto y le desea la salvación, cada vez que yo veo correr a una joven o a un joven, confío en que no vayan en busca de una farmacia, para paliarle a nadie una agonía ni un dolor.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 1 de abril de 2012
31 Sábado mar 2012
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Xavier I, Rey de Redonda, ha nombrado al escritor británico Jonathan Coe: “Duke of Ciruelas”.
Coe nació en Birmingham, en 1961, y estudió en las universidades de Cambridge y Warwick.
Gran aficionado a la música -escribe con ella de fondo-, en los años ochenta tuvo un banda de pop, The Peer Group.
Entre sus obras destacan: ¡Menudo reparto! (Premio The Mail on Sunday/John Lewellyn Rhys y Prix Meilleur Livre Étranger), La casa del sueño (Writer’s Guild Best Fiction y Prix Médicis Étranger), El Club de los Canallas (Premio Arzobispo San Clemente) y El Círculo Cerrado.
Ha sido colaborador de London Review of Books y The Times Literary Supplement.
Ha elegido como título “Duke of Ciruelas” por la canción de su admirado Frank Zappa The Duke Of Prunes.
31 Sábado mar 2012
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Del 2 al 4 de abril se celebrará en la Universidad de Stirling (Escocia), la conferencia anual de la Asociación de hispanistas de Gran Bretaña e Irlanda, en la que habrá dos ponencias sobre la obra de Javier Marías:
“The effects of lannguage choice and intralingual translation in Todas las almas, Corazón tan blanco and Mañana en la batalla piensa en mí, by Javier Marías”, por Marta Pérez Carbonell (Universidad de Londres).
“Madrid in Javier Marías’s Veneno y sombra y adiós: A sort of homecoming”, por Seána Ryan (U.C.C. Cork).
25 Domingo mar 2012
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Sí, he insistido ya tanto que hasta acaba de “sobrevenirme” un libro de casi doscientas páginas, Lección pasada de moda, con mis artículos relativos a cuestiones de lengua. El título peca de pesimista, a juzgar por las vehemencias que ha suscitado el magnífico informe de Ignacio Bosque “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”, que suscribieron mis colegas de la RAE en el pleno del 1 de marzo y que yo habría también suscrito de haber asistido a él. Unos días después, el incansable Winston Manrique me llamó de este diario para preguntarme por qué creía que estos asuntos levantaban tantas pasiones, y le respondí lo mejor que supe. Intentaré ampliar y precisar aquí un poco mis improvisadas palabras de entonces.
La lengua es lo único que poseemos todos, incluso en las peores circunstancias. La tienen por igual los pobres y los ricos, los sabios y los ignorantes, los sanos y los enfermos, los de izquierdas y los de derechas. Cada uno de una manera distinta, claro está, y con un grado de dominio diferente. Pero todos hablamos, y además hablamos sin parar, y aun escribimos sin parar de nuevo, pues no otra cosa hacemos con los SMS y en las redes sociales. A quien nada le queda, le quedan la lengua y el habla, que le sirven para mendigar o para maldecir, para lamentarse y, sobre todo, para contar sus males a quien quiera escuchárselos. Contar es el mayor alivio, aunque raramente solucione nada. Pero no es poco poder desahogarse, en medio de las calamidades. Utilizamos la lengua para mostrar nuestro afecto y para insultar, para defendernos y atacar, para persuadir y disuadir, aconsejar, inducir, advertir, convencer, argumentar, quejarnos, amenazar, rebelarnos y protestar, para amar y odiar. Para expresarnos y comunicarnos con los demás, también para explicarnos lo que nos pasa. Y, siendo la lengua común, y perteneciendo a todos y a nadie, no hay dos hablas idénticas. La manera de hablar de cada persona es tan única como nuestras huellas dactilares. Quien más quien menos tiene preferencia por ciertas construcciones y vocablos, o bien les profesa aversión y los evita. Tenemos tics, o afición a determinadas locuciones y términos, algunos son inconscientes y “heredados”, otros elegidos y deliberados. Incluso podemos cambiar de registro según con quién estemos hablando: un adolescente no se dirige de la misma forma a sus compañeros que a sus padres o abuelos, por poner un solo ejemplo. Es lo que se ha llamado “traducción intralingüistica”, es decir, a veces nos traducimos a nosotros mismos (nuestra manera habitual de expresarnos) dentro de la misma lengua (para que nuestro interlocutor nos entienda mejor o no desconfíe o no nos rechace). La lengua la sentimos como algo tan personal y propio -en verdad tan íntimo, aunque la compartamos con todos- que vemos como una injerencia intolerable, una intromisión y una agresión, cualquier tentativa de dirigirla, manipularla, uniformarla o “guiarla”, no digamos de imponernos fórmulas artificiales “desde arriba”. Son atentados a nuestra libertad: no se olvide, hablar -con prudencia- es lo único que les ha quedado a los pueblos sometidos a dictaduras y tiranías. Hablar como a cada cual le parezca es irrenunciable.
La Academia no impone nada. No está en su mano, como tampoco multar ni enviar a nadie a la cárcel por hablar como un perro (las prisiones estarían abarrotadas de políticos y tertulianos). Sugiere, orienta, aconseja, despeja dudas, dice qué juzga correcto o incorrecto desde un punto de vista gramatical u ortográfico o léxico. Alguna gente la escucha y la mayoría no le hace ni caso. Todo el mundo seguirá siempre diciendo lo que le venga en gana, sin consecuencias. Y si algo en principio incorrecto cuaja y prospera a lo largo de suficientes años, la RAE se plegará a la tácita decisión del conjunto y lo aceptará como correcto. Su misión principal es registrar, tomar nota, ponderar los cambios espontáneos y masivos, y a la larga adoptarlos. Lo que la RAE no hace, a diferencia de otros colectivos e instituciones, es forzar, manipular, dictar leyes, incurrir en el dirigismo. Todo forzamiento y dirigismo son percibidos por los hablantes como intrusiones inadmisibles. Hoy hay quienes “exigen” que el Diccionario suprima acepciones que no les gustan, desde “jesuítico” hasta “judiada”. La RAE no puede hacer eso, porque se limita a recoger lo que los castellanohablantes han dicho y escrito a lo largo de los siglos, y no está facultada para censurar. Tras la eliminación de esos vocablos podría venir la de todos los tacos o palabras “malsonantes”, como sucedía en tiempos de Franco, si a los puritanos les diera por “exigir” eso.
No me resisto a acabar con algo que ya recordé hace mucho: hay quienes se niegan a decir “el hombre” y optan por “género humano” o “ser humano”. Son muy libres. Pero: a) ¿Por qué aceptan el adjetivo “humano”, que se deriva del sustantivo “hombre”? Es tan contradictorio como rechazar “león” y aprobar “leonino”. b) ¿Por qué no entienden que nuestra especie es llamada “el hombre” como otras son llamadas “la jirafa”, “la cebra” o “la foca”, sin que cada vez que nos referimos a ellas hayamos de aclarar que también incluimos a los “jirafos”, “cebros” y “focos”? c) Ya que a menudo se invocan remotas etimologías para “condenar” un vocablo por “sexista”, ¿por qué no se tiene en cuenta que “hombre” proviene indirectamente de “humus”, en latín “tierra”, lo más neutro que imaginarse cabe, y que los romanos empleaban sobre todo “vir” (“varón”) para el individuo masculino de la especie?
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 25 de marzo de 2012
21 Miércoles mar 2012
18 Domingo mar 2012
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Javier Marías presentará en Suiza y Alemania su novela Die sterblich Verliebten (Los enamoramientos) que desde su publicación, hace un mes, va ya por la cuarta edición (53.000 ejemplares).
Hoy, 18 de marzo, a las 20 horas, en el hotel Kaufleuten (Pelikanstrasse 18) de Zürich.
Mañana, 19 de marzo, a las 20 horas, en el hotel WDR (Klaus-von-Bismarck-Saal Wallrafplatz) de Köln. Moderará Paul Ingendaay.
Martes, 20 de marzo, a las 20 horas, en Babylon Mitte (Rosa-Luxemburg-Straße 30) de Berlin. Moderará Paul Ingendaay.
Miércoles, 21 de marzo, a las 19,30 horas, en Literaturhaus (Schöne Aussicht 2) de Frankfurt.
18 Domingo mar 2012
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Uno de los momentos más temibles en la historia de cualquier país se produce cuando a la gente empiezan a parecerle aceptables o incluso normales medidas o leyes que son completamente anómalas y de todo punto inaceptables. Suelen aparecer poco a poco, luego se van acelerando. Las primeras nunca resultan muy graves -aunque sean injustas, arbitrarias y sin sentido-, y por eso casi nadie se rebela. Pero cuesta creer que a estas alturas no sepamos que después de esas primeras vendrán otras peores, y que por eso hay que denunciar aquéllas, por inocuas que parezcan, y no consentirlas. Una de las pioneras normas “raciales” nazis fue prohibir a los judíos que se sentaran en los bancos de los parques. Si no recuerdo mal, no se les impidió entrar y pasear por ellos, sino sólo eso, tomar asiento en sus bancos. Poca cosa, debieron de pensar sus conciudadanos arios, por mucho que la regulación fuera absurda e injustificable. Pero, como contó Stefan Zweig en El mundo de ayer, la interdicción supuso muy pronto que su madre, ya anciana, dejara de visitar los parques porque se cansaba de caminar sin descanso posible. No es que pretenda establecer, por fortuna, comparación alguna entre las iniciales leyes de Núremberg y nada de lo que ocurre en nuestro país actualmente. Es tan sólo que aquellas leyes son un ejemplo muy gráfico de cuán sibilino puede ser lo paulatino y de cómo, sin que apenas nos demos cuenta, se va produciendo un crescendo de injusticias y atropellos que se van aceptando con facilidad, uno tras otro; al cabo del tiempo nos percatamos de que la situación se ha hecho intolerable, pero para entonces ya es tarde. Hay asuntos en los que consentir lo mínimo equivale a dar carta blanca a las autoridades para que -siempre gradual, taimadamente- alcancen lo máximo. El máximo abuso.
Hace no mucho, el Gobierno del PP ha hecho uno de esos anuncios anómalos e inaceptables ante el que escasas voces se han alzado. Como es sabido, las diferentes Administraciones (Gobierno central, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos) acumulan una deuda comercial de unos 40.000 millones de euros con sus proveedores, entre los cuales destacan los farmacéuticos por el ruido que han armado. 40.000 millones, uno se pregunta cómo se ha podido llegar impunemente a semejante cifra. Por “impunemente” quiero decir que a cualquier particular que debiera el 0,0001 % de esa suma se lo multaría o embargaría, o, como mínimo, dejaría de abastecérselo. No hablemos ya si la deuda fuera con Hacienda: ésta se abalanzaría sobre el moroso sin tardanza, si echara en falta el pago de 40.000 euros, y además le cargaría intereses. Pues bien, el Gobierno de Rajoy ha anunciado, como si fuera normal o aceptable, que cobrarán antes -parte de lo que se les adeuda- aquellos proveedores que renuncien a cobrar parte de lo que se les debe, es decir, quienes “perdonen deuda”. Veamos cómo es el proceso: usted les adelanta a las Administraciones unos servicios, un material, unas prestaciones, un trabajo, unos medicamentos o lo que sea, gracias a los cuales los responsables de esas instituciones presumen de su beneficencia y de su eficacia ante los ciudadanos y se ganan sus votos. Usted, de hecho, está financiando o sufragando a esas instituciones, sólo que nadie lo sabe porque éstas lo ocultan y se cuelgan todas las medallas. Llega un momento en que usted, su negocio, su empresa, están ahogados y al borde de la quiebra, o ya en ella. No pueden seguir adelantando trabajo o provisiones indefinidamente. No pueden subvencionar, a título particular, a quienes además no se lo agradecen ni lo hacen saber a la sociedad. La sociedad sólo se entera cuando la magnitud de la deuda resulta inasumible para esas Administraciones morosas. Y lo único que a éstas se les ocurre es que usted, para cobrar “al menos” parte de lo que se le debe, renuncie para siempre a cobrar otra parte… de lo que ya ha dado o proporcionado. Sí, es cierto que se perdona deuda a los países pobres, por ver si así recomponen un poco sus maltrechas economías y salen de su marasmo. Pero se las perdonan países muy ricos u organismos financieros internacionales como el Banco Mundial o el FMI (como quien dice, grandes magnates que no necesitan cobrar esas deudas para su supervivencia). Lo insólito de la medida propuesta por el Gobierno del PP es que se aspira a que el pequeño le perdone la deuda al grande, el pobre al rico, el particular al Estado, el farmacéutico al Ministerio o a la Consejería de Sanidad. ¿A ustedes les parece esto normal y aceptable? A mí, que siempre he pensado que todo trabajo hay que pagarlo, me parece de una desfachatez inconmensurable.
Más o menos en consonancia con esto, el Ministro Montoro ha declarado con su vocezuela que “las autonomías somos todos” y que por tanto no hay que culparlas de sus deudas y déficits descomunales. Como la gran mayoría de ellas llevan tiempo regidas por el PP, le conviene que nadie las culpe. Pero ni usted ni yo hemos celebrado fastos innecesarios sin cuento: ni visitas del Papa ni carreras de Fórmula – 1 ni veinte días seguidos de mascletàs, ni hemos construido aeropuertos sin aviones, o televisiones ruinosas, ni le hemos soltado dinero a raudales a una red de corrupción llamada Gürtel. Al señor Montoro hay que contestarle que, si las Comunidades Autónomas somos todos, no todos somos los que malgastamos sus fondos ni contraemos sus deudas
injustificables. Eso lo hacen individuos con nombre propio que al parecer no responden de sus ineptas o fraudulentas acciones y omisiones. Va siendo hora de que sí respondan.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 18 de marzo de 2012
18 Domingo mar 2012
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En la Universidad de Edimburgo, el pasado 15 de este mes, Elide Pittarello, catedrática de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, dio una conferencia titulada: “Contar con el miedo: una pasión de Javier Marías”.
Esta conferencia aparecerá en el monográfico de la revista Ínsula que, sobre la obra de Javier Marías, están preparando los profesores Alexis Grohmann y Domingo Ródenas, y que se publicará en el mes de mayo.
17 Sábado mar 2012
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“Der Verliebtheit gegenüber bin ich skeptisch”
Por Annika Müller
Neue Zürcher Zeitung, 15 de marzo de 2012
La entrevista completa en castellano
Ha explicado que después de haber terminado la trilogía Tu rostro mañana tuvo serias dudas de si volvería a escribir más novelas. ¿Qué es lo que ha hecho desaparecer estas dudas?
En realidad no han desaparecido, pese a que la existencia de Los enamoramientos parezca asegurar lo contrario. Nunca sé si va a haber otra novela, cuando termino una. Nunca lo he sabido, no tengo un “proyecto literario”, sino que me pongo ante la máquina sólo cuando tengo ganas, cuando algo me inquieta o perturba lo suficiente. Así sucedió con Los enamoramientos, y “resulta” que eso ha dado lugar a otra novela, cuando, en efecto, después de Tu rostro mañana estaba tan exhausto que dudé que tuviera algo más que añadir en el campo de la novela. Yo sigo creyendo que esta última es mi mejor novela, aunque lo que yo crea importa poco, claro está, y que todo lo que venga después estará a menor altura. Pero, dada la buena acogida de crítica y lectores a Los enamoramientos, es muy posible que esté equivocado.
En Los enamoramientos se expresan unas ideas muy pesimistas y casi cínicas del amor. (Algunas de las conclusiones de la lectura son que en el fondo todos somos sustitutos de alguien, que muchos nos emparejamos por comodidad, y que el amor en última instancia incluso nos puede convertir en asesinos.) ¿Tiene usted una visión algo oscura de este aspecto de la vida, o sólo la tienen sus personajes?
Comparto algunas de las visiones de los personajes, no todas. Pero sí, el enamoramiento suele verse como algo muy deseable y positivo. Lo es a menudo, pero también puede ser lo que active algunas de las peores actitudes del ser humano. Como los personajes, yo he visto a personas nobles y generosas comportarse de manera innoble y mezquina porque estaban enamoradas, algo que, además, parece justificar muchas conductas injustificables. Y también hay una tendencia, por parte de los enamorados, a pensar que el destino los ha unido, cuando quién nos toca en suerte (de quién nos enamoramos) depende a menudo de quién está libre, de quién se fija en nosotros, de dónde vivimos y de qué edad tenemos. Por eso se dice en la novela que eso –el emparejamiento amoroso– se parece mucho a una rifa o sorteo de feria al final del verano.
En una entrevista del año 2007 dijo que para usted sería difícil narrar con la voz de una persona de otro sexo y que sería casi un ejercicio acrobático. Sin embargo ha decidido contar la historia de Los enamoramientos desde el punto de vista de una mujer. ¿Por qué? ¿Ha sido un desafío tan grande como el que había imaginado?
Estoy acostumbrado a la primera persona desde 1986, y esta historia sólo podía contarla una mujer (si usted cambia de sexo a los personajes, comprobará que la historia sería del todo inverosímil). Así que me arriesgué. A la postre no resultó tan difícil como había imaginado. Los hombres y las mujeres nos diferenciamos en muchas cosas, pero no tanto a la hora de narrar. Y, al menos en mis novelas, narrar significa: contar, observar y reflexionar. Toda mi vida la he pasado cerca de mujeres que sabían hacer muy bien esas tres cosas. En el fondo sólo tuve que recordarlas. Y también, en algunos momentos, ponerme en su lugar e imaginar cómo me vieron a mí cuando tuve relación con ellas. Probablemente para algunas resulté mucho más enigmático e imprevisible de lo que, obviamente, nunca fui para mí mismo.
Uno de los temas de Los enamoramientos es la impunidad. Un tema muy polémico actualmente en su país. ¿Qué le parece la manera actual de juzgar el pasado?
La novela es pesimista y sombría en este aspecto, y refleja lo que creo que está pasando actualmente, no sólo en mi país. La mayor parte de la gente va aceptando que muchos delitos queden impunes, va considerando que los crímenes no le atañen, sobre todo los cometidos por los individuos poderosos, sean políticos o banqueros. En España hay una enorme tolerancia con la corrupción de los políticos, por ejemplo, sobre todo por parte de los votantes del Partido Popular, que eligen una y otra vez a individuos con toda la apariencia de ser corruptos. Ahora ha sido condenado el juez Garzón, de manera rara y sospechosa, y lo llamativo es cómo lo ha celebrado la derecha que hace unos años lo adoraba. ¿Por qué? Quizá porque Garzón estaba investigando la trama Gürtel, un caso masivo de corrupción de políticos de la derecha. Es muy desalentador sospechar que la justicia es cada vez menos independiente.
El año pasado se cumplieron cuarenta años de su primera novela, Los dominios del lobo. ¿Cómo ha evolucionado el proceso creativo desde la primera hasta la decimotercera novela?
La pregunta es demasiado amplia. Es como si me pregunta cómo ha evolucionado el muchacho de diecinueve años que publicó aquella primera novela hasta ser el maduro hombre de sesenta que soy ahora. No podría explicarle mi vida en una entrevista, ¿verdad? Tampoco querría.
En Los enamoramientos, al igual que en otras novelas suyas, encontramos citas de Macbeth. Algunas de sus novelas tienen títulos que ha tomado prestados de Shakespeare. ¿Qué significa Shakespeare para usted?
Para mí es una inspiración y un “fertilizador”. Muchos escritores rehúyen la relectura de los más grandes autores porque en cierto modo disuaden de escribir nada nuevo (“¿Qué hago yo llenando hojas, si ya existe esto?”). Shakespeare, a mí, por el contrario, me invita a escribir. Es tan misterioso a menudo, dejó tantas cosas sugeridas e inexploradas, abrió tantas bocacalles por las que no llegó a adentrarse, que por eso me resulta “fértil” y un acicate. Lejos de disuadirme, me incita a escribir.
¿Qué importancia tiene el trabajo como traductor para usted? ¿Se refleja esta faceta en su obra literaria?
Mucha importancia. Aprendí mucho traduciendo, cuando lo hacía. Y en cierto sentido me ha dejado en herencia una forma de trabajar. Yo corrijo mucho cada página –no, en cambio, la obra una vez acabada–, y el primer borrador de cada una me funciona un poco como me funcionaba el texto original en la traducción. Sólo que, claro está, al escribir tengo toda la libertad del mundo para añadir, suprimir o cambiar. Pero necesito tener un referente a partir del cual elaborar, como me sucedía con el original cuando traducía (ahora hace muchos años que no lo hago apenas).
¿Por qué ha decidido fundar su propia editorial, Reino de Redonda? ¿Qué criterios utiliza para elegir los libros que publica?
No sé por qué. Es un negocio más bien ruinoso. No hago números, es la única forma de que la pequeña editorial siga adelante (mientras el Reino no entre en bancarrota). Sólo publico dos o tres títulos al año, y el criterio es caprichoso. Recupero obras que me gustan y ya no se encuentran, o publico textos que nunca habían existido en español y que desde mi punto de vista merecen conocerse.
¿Cómo se convierte uno en el Rey de Redonda, la pequeña isla deshabitada que dio nombre a su editorial?
En mi caso, el anterior “rey”, Jon Wynne-Tyson, cansado de su cargo, quiso “abdicar” y me eligió a mí, porque en mi novela Todas las almas había hablado de esa bonita leyenda y porque era escritor (es un reino que no se hereda por la sangre, sino por la letra). Dudé un poco, pero la cosa me pareció tan novelesca que pensé: “¿Qué clase de novelista sería si no acepto que lo que parece ficticio entre en mi vida?”. Algún día tendré que nombrar a un “heredero”. Tendrá que ser escritor, eso seguro.
Usted utiliza máquina de escribir. ¿Qué tiene la máquina de escribir que no tiene el ordenador? ¿Cuántas cajas de manuscritos corregidos tiene en casa?
Estoy acostumbrado a escribir sobre papel. Cada versión de una página luego la corrijo a mano, hago mis tachaduras, mis cambios, pongo flechas, etc., y la vuelvo a teclear entera con las correcciones incorporadas. Así cuantas veces haga falta. En un ordenador el proceso sería distinto, a menos que imprimiera cada vez, y eso me parece absurdo. Me gusta escribir sobre papel, eso es todo. Antes tiraba cada hoja descartada, hasta que una amiga me dijo que eso podía ser valioso. Yo no lo creo, pero le regalé varios borradores de mis novelas. Ahora los guardo no sé muy bien para qué. Los borradores de Tu rostro mañana son millares de páginas, claro.
En Alemania se han vendido más de un millón y medio de ejemplares de Corazón tan blanco? ¿Cómo se explica el enorme éxito que tiene sus obras en el extranjero?
No tengo explicación para lo de Alemania, aparte de que Corazón tan blanco tuvo la suerte de merecer los elogios de Marcel Reich-Ranicki en su entonces muy popular programa de televisión. Pero en España no tengo queja tampoco. Los enamoramientos ha vendido ya 140.000 ejemplares, en un año muy malo económicamente, y en particular para el mercado del libro. Para mí ha sido una gran sorpresa. No tenía mucha fe en esta novela. Incluso dudé si publicarla, una vez terminada. En todo caso, en el extranjero no suelen intervenir factores “extraliterarios”, como sí los hay en el propio país, para cualquier escritor, yo creo (antipatías o simpatías, enemistades, rivalidades, envidias, manías). Por eso aprecio más cuando un libro mío gusta fuera: pienso que el gusto es más sincero y que no está condicionado por “turbiedades”.
En sus últimos libros, la narración siempre se desarrolla en primera persona. Eso hace que el lector tienda a confundir el autor con el narrador. Además, en todos sus libros el lector puede encontrar algunos paralelismos entre la vida real de Javier Marías y la vida de sus protagonistas. ¿Mezclar realidad y ficción es sólo un pequeño juego que se permite de vez en cuando o hay más de “no ficción” en su obra de lo que se puede pensar?
Uno a veces echa mano, para caracterizar a un personaje, por ejemplo, de lo que tiene más cerca, y lo que tengo más cercar soy yo mismo. Es así de sencillo. Debo decir que presto rasgos míos a los personajes más negativos u odiosos, casi nunca a los más positivos. No hay mucha “no ficción” en mis novelas. La mayor parte es ficción. Quizá todos los novelistas de todos los tiempos han recurrido a elementos de su vida o de su persona de vez en cuando, no es nada nuevo. La diferencia está en que antes se solía saber poco de los autores y de sus vidas, y ahora se sabe demasiado. Pero no creo que en mis novelas haya más del autor de lo que hay de Cervantes en el Quijote o de Dickens en sus obras.
En una conferencia pública en el Instituto Cervantes ha hablado sobre las diferencias entre escribir artículos y escribir novelas. Ha mencionado que a veces hay más realidad en la ficción que en sus artículos. ¿Cómo es eso posible?
No recuerdo eso. Hace muchos años (unos diecisiete) que no acepto invitaciones de los Institutos Cervantes, ni del Ministerio de Cultura, ni de nada oficial o estatal de mi país. Lo que sí he dicho hace poco es que uno es más verdadero y más sincero en la ficción que en los artículos de prensa. En estos últimos uno intenta “ayudar”, no ser demasiado pesimista, no desalentar en exceso al lector de prensa, es decir, uno es en ellos un ciudadano que se dirige a sus conciudadanos, con cierta responsabilidad. En las novelas el ciudadano no entra ni sale, no es uno quien habla con su propio nombre, y en ellas se puede permitir mostrar las cosas tal como verdaderamente cree que son, o decirlas a través de las reflexiones del narrador o de los personajes. Si lee usted a Proust, verá lo cruel y desolador que es a veces, y también lo verdadero que resulta: uno lo reconoce, uno lo ve al leerlo. Por fortuna, para la vida diaria uno procura olvidarse de lo que en la ficción ha visto y ha sabido. Lo contrario sería bastante insoportable en ocasiones.
¿Está actualmente trabajando en una nueva novela?
Estoy dándole vueltas a una idea, a una posible historia. He escrito algunas líneas, sólo líneas. Veremos si lo que me ronda la cabeza se condensa lo bastante para convertirse en nueva novela. Posiblemente, pero yo soy muy lento en mis comienzos. Y siempre muy inseguro, en mis inicios, en mis desarrollos y en mis finales. Una maldición, esa inseguridad que, en lugar de disminuir, sólo aumenta con la experiencia y los años.
ANNIKA MÜLLER
Crítica
17 Sábado mar 2012
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“Traducir es celebrar, iluminar una obra literaria, renovar su condición de clásica”. “La traducción es un proceso sin fin”. “Es como si la traducción no tuviera un autor, sino autores, una comunidad que crece según las distintas etapas o estadios de la lengua, según la época”, escribe Justo Navarro, autor, crítico y traductor, en las páginas dedicadas a la traducción de clásicos de todas las épocas, el tema que ocupa mañana la portada de Babelia…
Desde aquí enlazamos otros artículos escritos en Babelia y en El País sobre el mismo tema por Justo Navarro (La traducción sin fin) y por Miguel Sáenz (Traducciones, ‘pachinkos’ y karaokes). También el texto publicado en Babelia (Mientras tú te rizas ese mechón) a finales del año pasado por Javier Marías, con motivo de la publicación de su traducción revisada de Tristram Shandy, de Laurence Sterne (Alfaguara), y una entrevista con Juan Gabriel Vásquez publicada en la revista Letras Libres,en la que habla largamente del tema de la traducción. Marías, que ha entrado en el catálogo de la colección Modern Classics, de Penguin, publica ahora su traducción, junto a Alejandro García Reyes y Miguel Temprano García, de Mitologías, de W. B. Yeats (Acantilado)…
Mª INÉS AMADO
El País, Papeles perdidos, 16 de marzo de 2012
14 Miércoles mar 2012
Como una flor que tiene belleza y gracia
Y mientras con su frescura perfuma el campo
Llega el arado y cruelmente arranca las raíces.
Ariosto
La seriedad es un continente misterioso del cuerpo que sirve para ocultar los defectos del alma. La ironía, la risa, la burla son sus manifestaciones como objeto precioso, y sólo les es entregada a algunos, pues en manos de todos perdería su sentido. El carácter irónico que encubre todo lo desacralizado, es un abrevadero de la inteligencia que le impide perderse en la nostalgia o en la melancólica soberbia. Desde tiempos lejanos se sabía que los hombres inteligentes solían ser demasiado melancólicos, poseían el mal del alma, eran dolorosos. El rostro de los hombres serios semeja más al dolor de la pedantería. Lo grave del semblante se asocia más al temor por vivir que a la sabiduría, la voz sabia no es grave, prefiere la burla, alguna vez, el poeta John Donne dijo que a los sabios se les reconoce porque ríen mucho, aunque debió agregar, y porque sufren su mundo.
Existen caracteres que definen a los pueblos, y dicen que a los ingleses, los distingue la gravedad, a los franceses, la gracia. Ello más que una verdad es una apreciación injusta que sólo demuestra que no conocen ni a unos ni a otros. O más bien que se sienten pensadores con la gracia de los antropólogos o en el peor de los casos, con la sutileza de los dianéticos.
La risa es un tanto engañosa cuando se le asocia con la felicidad. El mundo se divierte o ríe sin suponer en ese momento la vida feliz. La felicidad y la inteligencia son paralelas: no se tocan. La risa y la inteligencia habitan un mundo claro pero doloroso: la ironía.
La risa en Bergson provocó una explicación de sus fuentes, asimismo Freud buscó sus relaciones en el inconsciente y dicen que esa tradición proviene del genio de Estagira, con un supuesto tratado sobre la comedia como complemento a su Poética. Desde la edad media la asociaron a lo diabólico, aunque para los escritores con genio se convirtió en un instrumento útil para su desarrollo narrativo. Desde los pilares de las letras occidentales, Rabelais, Cervantes, Swift o Sterne, la estruendosa carcajada como medio correctivo e irónico del mundo se escucha hasta nuestros días. La sentencia “de lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso” vive y explota los últimos rincones de la pedantería universal con don Quijote, concluye y empieza la mirada sobre las novelas de Caballerías. El portento de caballero con fiel escudero aventuran algunas de las más espectaculares escenas de la ironía, al grado que pocos se percatan que se encuentran más que frente a un escritor, frente a un verdadero héroe de la modernidad. No está loco es simplemente un espejo de la locura intelectual.
Resulta generalizado, resaltar el momento de la concepción del ser humano como uno de los momentos más sublimes de la existencia. En Laurence Sterne, no es sino causa de burla, es un dato que revela lo absurdo de la situación que sus padres viven, aunque captura la sórdida acción de dar cuerda al reloj o más aún la convención normal y universal que detenta la vida humana: ¿Qué hora es?. Francois Lyotard afirma que en ese sentido Sterne o Proust no son menos que Heisenberg o Einstein.

En La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy Laurence Sterne propone el paradigma que dará trabajo a los críticos de literatura y durante la segunda mitad del siglo XX, hará creer a algunos escritores que descubren aquello que el irlandés tomó a burla hace varios siglos: la novela y la crítica sobre los elementos constitutivos de la misma. Los grandes novelistas consagran sus obras aunque olviden acciones detalles y momentos del propio discurrir de la acción en ella. Las novelas más hermosas se realizaron en los siglos XVI y XVII, se detallaron en el XIX y se volvieron melancólicas en el XX y, algo más, siempre estuvo un irlandés. Desde Sterne y Swift hasta Joyce o Beckett, o más aún hasta Flann O’Brian, el arte narrativo colaboró y se divirtió con las posibilidades y derroteros de la narrativa, a diferencia de los españoles que con Cervantes inicia y termina la tradición; a los franceses que siempre -y hasta olvidando a François Rabelais con Gargantúa y Pantagruel- siguen pensando en hacer un Nouveu Roman, excepto A la recherche du temps perdu, que logra lo que muchos ni imaginan.
Algunos novelistas estudiosos de la novela y capaces de encontrar la errata a la obra maestra son incapaces de realizar algo como sus regañados maestros (Cfr. Fuentes, Eco o Kundera), Cervantes pierde al Rucio, Sterne va más lejos pierde un capítulo completo y demuestra que ello es cierto. Según el autor de Viaje a Italia, la conversación al interior de la novela, estructurado como crítica, comentario o incluso discusión son elementales y parte de la convivencia natural entre autor y lector, que como se evidencia en la historia de la novela Milorad Pavić es uno de los pocos que entendió la lección. Sin embargo, la lucidez del divertimento planteado por Sterne junto a la convivencia, es algo que hasta la fecha no se ha alcanzado sino por fragmentos.
Tristam, nuestro héroe, lejos de pretender lo que, de por sí le corresponde, comparte con su padre y con su tío Toby, la reflexión que entre broma y broma es capaz de volver sospechosa su técnica. Su obra impactó al impresionante Ben Jonhson quien predijo que lo extravagante no sobreviviría y lo extravagante en Sterne es imprescindible, su obra se acerca en la literatura lo que Bach representó a su época con su música. La combinación que logra entre la literatura y el sistema filosófico de su adorado Locke, no sólo es un triunfo de las letras sino de su época.
Sin embargo, aparece como lugar común la conexión entre el sistema filosófico que propone John Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano, y las ideas y estructura de la novela del Sterne, pues si bien es cierto que parte de esa concepción, no lo es menos que es en un plano irónico, el que le da vida a Tristam Shandy, no podemos obviar que el filósofo no estaba de acuerdo con algo que para Sterne era elemental como la asociación de ideas y de ellas Locke, siempre previno contra ella como una exacerbación negativa, y la consideraba incluso como enfermedad irracional. Ello no es ningún descubrimiento, pues Javier Marías, su traductor, lo desvela con claridad en su ensayo sobre el autor de su novela preferida.
Sterne no era un filósofo tenía el atributo de la gracia y la sagacidad que faltaba a los que practicaban esa profesión. No era un escritor tradicional a la manera de Pope o Thackeray, éste último, autor de una de las novelas más socorridas hasta principios del siglo XX, La feria de las vanidades, incluso lo censuró. La verdad es que casi todos sus contemporáneos (Goldsmith, Richardson, Walpole, Dr. Johnson, Grey e incluso el actor Garrick) criticaron con severidad la obra de Sterne. Mientras que Sterne caminaba por las encrucijadas de Burton, el crítico, y traductor de una de las más bellas obras de la literatura universal, Las mil y una noches (Arabian nights); el máximo exponente de la literatura burlesca Rabelais y su alma gemela de la ironía Johnatan Swift.
Sterne desde que concibe a su personaje lo asocia etimológicamente a lo triste aunque no descarta la polisemia que le ofrece y ello lo reposa en la alegría, lo chiflado o lo voluble de sus personajes, este rasgo sorprende pues el autor nace en 1713, más en la era victoriana que en la de “nosotros, los otros victorianos” como diría Foucault en su Historia de la sexualidad. La mediocridad de su vida como párroco, la transfiere a sus personajes. Con ellos no sólo reformula planteamientos lockianos sino que los pretexta, los interrumpe y se interrumpe, juega con las palabras y con los lectores, como político o, mejor dicho, como sacerdote, promete explicaciones y salvamentos. Escucha, observa, piensa y de pronto descubre que está ahí.
Vuelvo al principio. La seriedad es un misterioso continente que en Laurence Sterne parecía inevitable, su nacimiento es una Irlanda que pocas veces ha tenido la oportunidad de ser un pueblo feliz con la pretensión inmediata de la pérfida Albión. Su formación en humanidades y filosofía, y como sacerdote desde el Jesus College, Cambridge, fue un tanto parca y sin mayores dividendos que algunos sermones que le otorgan cierta distinción local, al igual que algunas intrigas políticas y religiosas. Después de un matrimonio fallido del que tiene una hija. Cercano al medio siglo de vida decide publicar un Romance político que es una sátira contra un religioso y un año más tarde publica el primer libro de Tristam Shandy (1760), obra que siete años después concluirá.
Su breve vida como escritor le permitió, además crear su inmortal obra Viaje sentimental a Francia e Italia (A sentimental Journey througth France and Italy). En 1762 enferma de tuberculosis, por lo que viajará hacia aquellos lugares donde pueda remediar su enfermedad que, como acontece en toda su vida, también de ella extrajo frutos. Morirá en de 1768. Su risa permanece inmaculada.
ALDO BAEZ
Sexenio (México), 13 de marzo de 2012
13 Martes mar 2012
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“Liebe wird überschätzt”
Entrevista por Annika Müller.
Die Welt, 11 de marzo de 2012
Crítica
Spannende Reflexionsathletik
11 Domingo mar 2012
Posted in La zona fantasma
Hace ya muchos años que los fallos y sentencias de bastantes jueces españoles -no digamos de los jurados, ese invento demagógico y nefasto- producen estupor entre la población, cuando no indignación. Recuerdo un par de casos, ya antiguos, en los que el ensañamiento fue descartado porque, si bien el asesino había asestado cincuenta o sesenta puñaladas a su víctima, lo más probable era que ésta hubiera ya muerto a la primera o segunda, y, siendo cadáver, no se habría enterado de las cuarenta y ocho o cincuenta y ocho restantes. Como si el apuñalador hubiera tenido precisos conocimientos forenses y hubiera sabido al instante qué cuchillada había sido mortal. Por otra parte, en el supuesto de que lo hubiera sabido, ¿por qué le siguió clavando la navaja una y otra vez? Sí, son muchos los fallos que parecen sin pies ni cabeza, o ir contra el sentido común. A menudo los magistrados, tendentes al corporativismo hasta el punto de ser calificados de “casta”, se escudan en la famosa y estricta aplicación de la ley y de sus sutilezas, que el vulgo, según ellos, ignora palmariamente. A veces se escuchan de sus labios comparaciones tan impropias como ridículas: lo mismo que la gente no está capacitada para opinar sobre el quehacer de un cirujano, tampoco lo está para criticar la tarea de un juez. Gran falacia, ya que, si bien un ciudadano común carece de parecer sobre cómo y dónde se debe aplicar el escalpelo, sí está facultado para dirimir y juzgar, al menos en principio, puesto que la justicia que imparten los jueces emana del conjunto del pueblo, del que ellos son tan representantes como lo puedan ser los gobernantes. Y la prueba de que sí se considera al ciudadano corriente capaz de discriminar y juzgar es que de tanto en tanto se lo obliga a hacerlo, cuando se lo convoca como jurado, no sé si con buen criterio, por lo demás: en el reciente proceso al ex-Presidente valenciano Camps y a su acólito Costa, por ejemplo, los jurados han dado la impresión de pifiarla, bien por desconocimiento, bien porque fueran simpatizantes o votantes previos del PP al que pertenecían y aún pertenecen los acusados. Lo cual no sería extraño, dadas las reiteradas y abrumadoras mayorías que ese partido alcanza en su Comunidad.
Lo cierto es que, se pregunte a quien se pregunte, la percepción que la ciudadanía española tiene de su justicia y de sus jueces no es mejor de la que tienen los italianos sobre los suyos. Si éstos llevan decenios viendo a Berlusconi eludir con triquiñuelas sus procesos e imputaciones, nosotros no llevamos menos con la impresión de que nuestros tribunales son selectivos, exasperantemente lentos, a menudo parciales, incompetentes o corruptos; de que muchos jueces son despóticos y arbitrarios, de que otros están grillados, de que entre ellos hay no pocos venados e individuos groseros; y, por supuesto, de que bastantes están al servicio de los partidos o se dejan influir por sus creencias particulares a la hora de emitir sus veredictos; y también, últimamente, a raíz de los tres procesos simultáneos a Garzón, de que no son ajenos a las rencillas, las banderías, la inquina y la conspiración. No estoy afirmando nada, claro está -me faltan elementos para ello-, hablo sólo de una impresión generalizada, y esa impresión, sea o no acertada, es una de las más graves que los ciudadanos de un país pueden tener: si éstos desconfían de sus jueces y su justicia, si se sienten desamparados ante ellos, si perciben que se castiga o se exonera por conveniencia, o por presiones, o por la relevancia o irrelevancia del reo; si ven salir impunes a quienes tienen todas las trazas de ser culpables -ya sé que las trazas no lo son todo, pero son algo a lo que no se puede evitar atender-, y que en cambio se aplica la máxima severidad a quien durante lustros ha parecido un juez tenaz y trabajador que sacaba los colores a la mayoría de sus colegas; si ocurre todo esto, digo, la justicia está por los suelos y por lo tanto también lo está el entero sistema democrático. Es más, está a dos pasos de que se lo considere una farsa.
Ante semejante situación, al presuntuoso Presidente del Poder Judicial, Carlos Dívar, no se le ha ocurrido otra cosa que reconvenir a quienes tienen la impresión que acabo de describir. “Esa constante deslegitimación de una institución clave como el Poder Judicial produce unos efectos sobre su credibilidad que son de costosa y difícil reparación”, dijo en el Congreso, así como que percibía “constantes críticas a las resoluciones y actuaciones judiciales”, incluso de medios extranjeros (los cuales le “preocupaban” más). Curioso que el actual Presidente de Valencia, Alberto Fabra, se haya quejado también de que las críticas a su policía y a su Gobierno “desprestigian a su Comunidad”. ¿De verdad cree el señor Fabra que hay algo exterior, a estas alturas, que la pueda desprestigiar aún más, tras los inacabables escándalos de corrupción, ruina y derroche en Castellón, Alicante y Valencia? De esa Comunidad cabría decir que se basta y se sobra para hundir su propia imagen, y que son precisamente las críticas a sus desafueros las que intentan que éstos cesen o mengüen. De la misma forma, habría que decirle al señor Dívar que si la credibilidad y la reputación de la justicia y los jueces están en el fango, es porque los segundos han metido allí a la primera. Quienes critican a una y a otros tratan justamente de sacarlos del lodazal. Nada puede ser “deslegitimado” desde fuera si antes no lo han hecho quienes lo controlan y se apropian de ello, y, desde dentro lo pervierten y mancillan.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 11 de marzo de 2012
10 Sábado mar 2012
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Susanne Lange über ihre Arbeit als Übersetzerin
Entrevista con Paul Ingendaay en Frankfurter Allgemeine Zeitung
Marías: Gar nicht schön, verliebt zu sein
Für Javier Marías ist die Liebe sterblich
Javier Marias als Alltagsphilosoph
Die Wahrheit ist nie klar
Die sterblich Verliebten
Hauptsache weiterwursteln
Die Liebe wird gewesen sein
Für andere Ohren
Javier Marías: Mit einem Paukenschlag zurück
Gehobener Psychothriller: “Die sterblich Verliebten”
Javier Marías: Gibt es Liebe auch nach dem Tod?
10 Sábado mar 2012
MITOLOGÍAS
W.B. YEATS
Traducción de Javier Marías,
Alejandro García Reyes y Miguel Temprano García
Acantilado, 2012
Índice
«El crepúsculo celta»
«La rosa secreta»
«Historias de Hanrahan el Rojo»
«La rosa alquímica, las tablas de la ley y la adoración de los magos»
«Per amica silentia lunae»
04 Domingo mar 2012
Posted in La zona fantasma
Mis padres, como la mayoría, procuraban no alarmar a sus hijos, y hablaban de los problemas cuando no estábamos presentes. En una ocasión, sin embargo, teniendo yo unos once o doce años, me enteré, no sé cómo, de que a mi padre le había llegado una carta anónima insultante y amenazante, de falangistas o de franquistas (a menudo eran los mismos, pero no siempre, al menos en los años sesenta), y, como es natural, el hecho me inquietó y asustó. Así que mi padre cogió el toro por los cuernos y me habló del asunto. Estaba acostumbrado, me dijo, llevaba soportando ese tipo de misivas desde el final de la Guerra, de vez en cuando, más cuanto más conocida se hacía su figura, siempre de la misma gente -la que tenía el poder absoluto, no se olvide-, o bien de católicos fanáticos que no le perdonaban -a él, que era católico- que defendiera a Ortega y Gasset y otros graves pecados por el estilo. “A veces le dan a uno ganas de contestar, pero a eso no se arriesgan, claro”, me dijo. “Así que las tiro a la basura y no hago caso”. Debí de preguntarle algo así como: “Pero ¿y no te da miedo que cumplan sus amenazas y te hagan algo?” “No”, contestó, “nunca hay que tener miedo a un anónimo o a un pseudónimo; eso es lo que intentan, que se amedrente uno y deje de decir lo que piensa. No hay que darles el gusto de que se salgan con la suya, y además es improbable que se decidan a hacer nada, al menos individualmente. Son cobardes, como lo prueba que se oculten y ni siquiera se atrevan a dar su nombre. Al revés, hay que seguir adelante”. Huelga recordar que era poco lo que mi padre u otros podían decir públicamente en aquella época, dada la censura omnímoda que ejercía la dictadura de Franco. Pero hasta ese poco –entre líneas o de manera críptica- quería acallarse.
Desde entonces me quedó la idea de que obrar anónimamente era una de las cosas más despreciables del mundo, sobre todo cuando se hacía desde una posición de fuerza o en una democracia con libertad de expresión (otra cosa es cuando se actúa en obligada clandestinidad contra una dictadura o una tiranía). Con el tiempo he sido yo quien ha recibido bastantes anónimos o pseudónimos insultantes o amenazantes, la mayoría -también, nunca cambian, ni ganan en valentía- de gentes de extrema derecha o ultracatólicas. E incluso de gentes “literarias”: desde hace dieciocho años me llegan insistentemente cobardes boletines y cartas con remites falsos que invariablemente detecto, de unos sujetos que se dedican a poner a parir a casi cuantos publicamos, con la excepción de Juan Goytisolo, quien al parecer ayudó a financiarlos durante algún tiempo. Desde hace más de diecisiete no abro sus sobres: todo lo que venga de encapuchados me parece despreciable. Tampoco abro ninguna carta que no lleve su remite claro y completo, porque ya sé lo que contiene. No merece ni atención, quien se enmascara.
Pero algo ha cambiado con Internet y las redes sociales, donde pocos utilizan su propio nombre. Los llamados “nicks” (es decir, alias o pseudónimos o sobrenombres) les resultan a los usuarios de lo más normal; no los ven como lo que son y han sido siempre, algo traicionero y menguado, equivalente a ampararse en la masa para insultar o linchar a alguien. “Si somos muchos”, piensa cada cobarde, “pasaré inadvertido, no podrán individualizarme. Si somos muchos, el futbolista, o el reo que entra en el juzgado, no podrán encararse conmigo, luego estoy a salvo y puedo tirar adelante con mis injurias o fechorías”. Van encapuchados los etarras y otros terroristas; fueron encapuchados los miembros del Ku-Klux-Klan, sobre todo cuando hacían una batida para darle una paliza a un negro o incendiar su casa o colgarlo de un árbol. Iban embozados los salteadores de caminos, los atracadores se calaban medias distorsionadoras en la cabeza. Llevan máscaras los integrantes del colectivo Anonymous, bien llamado para que no quepa duda de su carácter. Lo llamativo es que estos últimos individuos -que aseguran abogar por las libertades-, y con los precedentes mencionados, se sientan orgullosos de su cobardía, de ocultarse y de escurrir el bulto. No les da ninguna vergüenza tirar la piedra y esconder la mano, comportarse como masa impune, actuar a resguardo. Y, mientras se protegen ellos, recientemente se han permitido filtrar los móviles, correos y domicilios de políticos, cineastas y músicos partidarios de la ley “antidescargas”. Hasta han exhibido fotos de la “puta casa” de alguno de ellos. Y han amenazado a quienes no se han pronunciado, por si acaso: “Si en un futuro esas personas hacen algo que creamos merecedor de castigo, toda nuestra ira les caerá encima”. “Si hacen algo” significa aquí “Si opinan lo que no nos gusta”, lo cual equivale a establecer una censura previa como la de Franco y a coartar la libertad de expresión de los que no se plieguen a su mandato. Pero aún han ido más lejos: no sólo han filtrado los datos de quienes les llevan la contraria (con razón o sin ella, esa es otra historia), sino de familiares suyos. Cuando se amenaza a su familia para atemorizar a alguien, se ha dado un salto cualitativo muy grave. Los Anonymous, al cruzar esa línea -y por suerte sólo en ese aspecto, por ahora-, ya no se asemejan a los bandoleros ni a los atracadores, sino a los etarras, a los mafiosos, a los Klansmen, a los narcos y a los franquistas o falangistas que solían amenazar a mi padre –y a su familia, acabé viendo la carta-, sin dar la cara. Los miembros de ese colectivo, que tanto claman por sus libertades, verán si quieren seguir pareciéndose a tamaña clase de individuos.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 4 de marzo de 2012
01 Jueves mar 2012
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Con ocasión de la reedición revisada del Tristram Shandy de Laurence Sterne -una de las obras más complejas de la literatura europea del siglo XVIII-, el prestigioso escritor y traductor al castellano reflexiona para Gentleman sobre las dificultades y los premios de su hazaña.
Su actualidad viene dictada porque Los enamoramientos ha sido elegido uno de los mejores libros de 2011, porque le ha sido otorgado un nuevo reconocimiento internacional (el Premio Austriaco de Literatura Europea) y porque el presidente y el entrenador del club de sus amores, el Real Madrid, le han “quitado del fútbol”. Pero el motivo por el que hablamos con Javier Marías es la reedición de su alabada traducción (le valió el Premio Nacional en 1979) de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy en la nueva tirada que pone en el mercado Alfaguara, obra cumbre de Laurence Sterne y de la literatura universal. Javier Marías, que posee uno de los únicos nueve volúmenes de la primera edición (aparecidos entre 1759 y 1767) firmado por el propio autor, tradujo la complicadísima obra, que permanecía inédita en español, durante un par de años en que vivió en Barcelona, en los años setenta.
En un esfuerzo por situarnos en la época de la publicación de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, ¿qué cree usted que fue lo que provocó que tuviera el éxito que tuvo?
Su enorme originalidad y la risa que provoca. Tristram Shandy apareció por entregas, entre 1760 y 1767, creo recordar, y la gente esperaba cada una con impaciencia e intriga, y eso que no era una novela con “argumento”, como los folletines posteriores del siglo XIX. Su éxito fue muy grande, hasta el punto de que cuando Sterne visitó París fue recibido con admiración por los más afamados intelectuales. Es sabido que Diderot le copió párrafos en su Jaques el fatalista. Sterne fue un innovador, en una época receptiva a las novedades como fue el siglo XVIII.
¿Cuál es, para usted, la singularidad del libro, lo que ha hecho que su reputación llegue hasta hoy?
Sin duda se adelantó a su tiempo, aunque en su tiempo, como acabo de decir, fuera comprendido y apreciado también. Es una obra que en muchos aspectos parece más del siglo XX que del XVIII. Influyó mucho en el Ulises de Joyce, considerada por tantos la novela más arriesgada de la historia. Tristram Shandy lo es más aún, a mi parecer, entre otras razones porque vino mucho antes. Luego, autores contemporáneos como Kundera, Cabrera Infante, Flann O’Brien y tantos otros han sido grandes entusiastas. Todos lo sentimos como un libro intemporal, o contemporáneo. Y eso es lo que suele sucederles a los verdaderos clásicos.
Laurence Sterne nació en Irlanda en 1713 y murió en Londres en 1768: todo un programa. ¿Hasta qué punto es importante en Tristram Shandy la singular vida y personalidad de su autor?
Su vida no era conocida en su tiempo, su personalidad sí, porque se trasluce en la novela y en su Viaje sentimental. Se percibe que era un espíritu risueño, lleno de ingenio y de humor, con una malicia benévola, si vale la aparente contradicción. Al leer Tristram Shandy se tiene la impresión de que quien concibió y escribió sus páginas había de ser por fuerza simpatiquísimo y encantador, alguien en cuya compañía a uno le gustaría estar. Algo semejante a lo que ocurre con Cervantes. A casi todo lector del Quijote le habría gustado conocerlo personalmente. Sus voces son persuasivas, amistosas, inteligentes y alegres, y eso es impagable.
¿A qué atribuye que esta novela no estuviera traducida en España hasta los años setenta del pasado siglo?
A su extremada dificultad, en parte. Y en parte a que durante largo tiempo España desconoció mucho de la mejor tradición literaria en lengua inglesa, más volcada en la francesa casi siempre. Pero yo creo que se tuvo por una novela casi intraducible, por sus numerosos juegos de palabras y originalidades sin fin. Pese a que sí se hubiera traducido a otras lenguas (al italiano por el famoso escritor Ugo Foscolo, por ejemplo). Aún no sé ni cómo me atreví: empecé mi traducción a los veintitrés años. Sería osadía de juventud.
¿En qué cambió la traducción la percepción que tenía del libro como lector?
En todo. Cuando uno traduce un libro, aunque lo haya leído antes con atención, se da cuenta de mil detalles más. Al traducirlo me pareció una obra mucho más compleja y ambiciosa. Y percibí en mayor medida el extraordinario ritmo de la prosa, así como la caracterización de los personajes principales, bastante más profunda de lo que parece a primera vista. El tío Toby y el cabo Trim, salvando las distancias, son casi tan entrañables como Don Quijote y Sancho.
¿Qué fue lo que más aprendió, como escritor, de la traducción de este libro?
Es difícil señalar algo concreto de sobresaliente. Si uno ha sido capaz de reescribir aceptablemente una obra monumental como esa, es indudable que su instrumento -la lengua, su dominio- se verá enormemente afinado. Es como si uno hubiera escrito varias novelas, sólo que además ha de comprobar que su versión no desmerece mucho de la original. Supongo que, como escritor, gané en flexibilidad, en seguridad, en léxico, en atrevimiento. En todo, en suma.
Un lema de Sterne es I progress as I digress, “Progreso con las digresiones”. La sensación que uno tiene, como lector de sus novelas, es que terminó por adoptar ese lema, pero quizá a raíz de Todas las almas y, sobre todo, en Tu rostro mañana, donde la digresión alcanza el mayor nivel en su obra (pienso en la suspensión del tiempo en la escena de Tupra y la espada en el lavabo de la discoteca). ¿Es la mayor herencia que recibió de Sterne? Y si está de acuerdo con mi afirmación previa, ¿fue algo que caló en usted con el tiempo, no de manera inmediata?
Sí, no fue de manera inmediata, seguramente. En Tristram Shandy aprendí que el tiempo de la novela es justamente el tiempo que en la vida real no puede existir. Que en la novela se puede jugar con la duración, que se puede detener la acción e incluso el tiempo mismo, sin por ello perder el interés del lector. Que una digresión aparente es a veces parte del argumento o historia, o eso se descubre más tarde. Yo he aplicado ese aprendizaje en mis novelas, sí, de manera distinta, claro está. No olvide, por otra parte, que Cervantes ya había hecho algo similar en ocasiones, y que, por supuesto, Proust también lo hizo, mucho más tarde. Es algo arriesgado, sin duda, porque hay lectores muy impacientes que sólo quieren saber qué va a pasar al leer una novela. La magia de Cervantes, Sterne o Proust es que consiguen interesar al lector en las “interrupciones” tanto como en las llamadas “peripecias”. Los tres eran enormemente elegantes, además, tanto en su espíritu como en sus respectivos estilos.
¿Está de acuerdo con la afirmación de Nietzsche de que se trata de la novela más libre de todos los tiempos? ¿Por qué?
Bueno, cuando Nietzsche lo dijo seguramente era así. Sterne hace lo que le da la gana, no se atiene a las convenciones ni a las reglas de la novela, no ya de su tiempo, sino incluso de la posterior. Se para a hablar con el lector, le anuncia que deberá esperar para saber tal o cual cosa, lo interpela, lo lleva de la nariz, le pide que colabore (incluso que rellene un capítulo que aparece en blanco), y consigue que ese lector lo acompañe dócil y encantado de la vida. Tantas de las cosas que luego se han presentado como “novedades” están ya en Tristram Shandy. Todo escritor debería leerlo, aunque sólo fuera para saber que existe y no repetir lo que él ya hizo hace dos siglos y medio.
JOSU LAPRESA
Gentleman, marzo de 2012
29 Miércoles feb 2012
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26 Domingo feb 2012
Posted in La zona fantasma
Algo muy raro pasa en España. Como siempre, por lo demás. El Tribunal Supremo, compuesto esta vez por los señores Giménez, Varela, Monterde, Martínez Arrieta, Colmenero, Berdugo y Marchena -nombres que conviene no olvidar, por si nos vemos algún día ante ellos-, ha condenado por unanimidad al juez Garzón, acusado de prevaricación por los imputados de la trama Gürtel. Y no sólo lo ha condenado con severidad -once años de inhabilitación suponen el fin de su carrera-, sino que en su sentencia le ha echado un rapapolvo humillante y descomunal. Ambas cosas contrastan con el silencio y la pasividad aplicados a otros casos semejantes, es decir, casos de escuchas de las conversaciones entre reos y abogados sin que aquéllos estuvieran imputados por terrorismo, como estipula la ley que deben estarlo para que dichas escuchas no sean ilegales. Entre ellos, el de Marta del Castillo, en que se espió para intentar averiguar el paradero de su cadáver, y el del abogado Vioque, en que se grabó a su letrada para prevenir el posible asesinato del fiscal antidroga a manos de un sicario.
Los magistrados del Supremo, la portavoz del CGPJ y gran parte de la prensa (la de derecha o extrema derecha, matiz cada vez más inapreciable en nuestro país) se han apresurado a negar toda intención política en el proceso y en el fallo, y de hecho los han presentado como un triunfo de las libertades en el marco de un dictamen imparcial y en todo atenido a derecho. Evidentemente, uno no puede juzgar intenciones -que están en el ánimo de cada cual- ni menos aún entrar en tecnicismos, al ser profano en leyes. Pero algo muy raro pasa, si se piensa que Garzón está sometido a otros dos procesos, casi simultáneamente, uno de ellos por haberse declarado competente para investigar crímenes del franquismo, los que según él no habrían prescrito al ser crímenes contra la humanidad. Uno diría, en todo caso, que la condena de un relevante juez no puede ser motivo de alegría, haya sido o no justa la sentencia, sino de deploración. No lo ha visto así alguien con responsabilidad como Esperanza Aguirre -aunque lunático, ya lo he dicho aquí-, quien corrió a declarar: “Yo creo que es un día muy alegre para la democracia. Los fines no pueden justificar los medios”. Y qué decir de esa prensa de derecha o de extrema derecha: se notaba que sus columnistas y editorialistas habían escrito sus piezas bailando encima de sus mesas, y uno de ellos, con chulería, recurría a los sobados símiles futbolísticos y se ufanaba de la goleada: “siete a cero”, decía, en referencia a la unanimidad de los jueces. De los tertulianos televisivos ni hablemos, sólo les faltaba soplar matasuegras.
Es normal que la izquierda oficial apoye a Garzón: no en balde hizo detener a Pinochet (muchos siempre se lo agradeceremos) y ha atendido el deseo de saber de víctimas del franquismo. Ahora bien, ¿por qué lo detesta la derecha ahora? ¿Por qué baila sobre las mesas al verlo inhabilitado? No siempre fue así. El panegírico más demente que yo haya leído de este juez lo firmó, no hace diez años, Juan Manuel de Prada, conspicuo columnista de Abc y del Grupo Vocento, a menudo inspirado por la Conferencia Episcopal. En un artículo de ese diario del 6-7-02, llamaba a Garzón” el gran héroe de nuestro tiempo”, y explicaba: “Escribo mientras mi hija recién nacida patalea en la cuna…; a los veinte años oirá hablar de Garzón con esa veneración que se reserva a los personajes que rectifican el curso lánguido de la Historia” . Arremetía contra sus “detractores, que son legión” y sus “insidias tan casposillas”. En cuanto al motivo de su condena actual, que sus correligionarios celebran y justifican, se despachaba así: “¿Qué importa, frente a tanta grandeza, que sus métodos no sean del todo ortodoxos ni ajustados a los tiquismiquis de los leguleyos?” Si fuera coherente, hoy debería tildar de tales a los siete magistrados cuyos nombres no conviene olvidar. Prada, que a 11-2-12, e igualmente en Abc, ve a Garzón “movido por la ambición” y “sometido al peaje del progresismo”, terminaba así aquel texto de 2002: “Al acabar de escribir, le muestro a mi hija un retrato de Garzón, para que empiece a distinguir las facciones de un hombre único, que pertenece a la raza de los héroes …” Es sólo un ejemplo. Si me quedó memoria de este ditirambo concreto, fue justamente porque me preocupó un poco aquella niñita en su cuna. “Aunque bueno”, pensé, “podría ser peor, si a su padre le diera por ponerle delante, qué sé yo, un retrato de Escrivá de Balaguer”. No era este columnista ultracatólico el único que adoraba a Garzón. Entonces éste perseguía a ETA, al narcotráfico, a la corrupción y al GAL. Lo mismo que ahora, en los tres primeros casos. ¿Qué no perseguía, que hoy sí? Los crímenes del franquismo y la red Gürtel, corruptora de numerosos políticos del PP. Ha bastado que investigue esa trama para que “los tiquismiquis de los leguleyos”, según expresión de Prada, hayan pasado a ser sacrosantos. Para los siete del Supremo, para Esperanza Aguirre y buena parte de su partido, para los periodistas que han bailado mientras redactaban sus columnas y editoriales. Una de las cosas raras que pasan es que, si bien no todo el PP es de extrema derecha ni franquista, casi todos los individuos franquistas y de extrema derecha están en el PP o votan por él. Por el partido -no sé si se acuerdan- que nos gobierna y nos va a gobernar largo tiempo, y con mayoría absoluta además.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 26 de febrero de 2012
26 Domingo feb 2012
Posted in Los enamoramientos, Varios
«Junto a un hombre tan trajeado como él uno habría esperado ver a una mujer de sus mismas características, clásica y elegante, aunque no necesariamente previsible, con faldas y zapatos de tacón alto las más de las veces, con ropa de Céline, por ejemplo, y pendientes y pulseras notables pero de buen gusto. En cambio ella alternaba un estilo deportivo con otro que no sé si calificar de fresco o de desentendido, nada historiado en todo caso. Tan alta como él, era morena de piel con una media melena castaña muy oscura, casi negra, y poquísimo maquillaje. Cuando llevaba pantalón -a menudo vaquero-, lo acompañaba de una cazadora convencional y de bota o zapato plano; cuando llevaba falda, los zapatos eran de medio tacón y sin originalidad, casi idénticos a los que calzaban muchas mujeres en los años cincuenta, o en verano sandalias finas que dejaban al descubierto unos pies pequeños para su estatura y delicados. Nunca le vi ninguna joya y sus bolsos eran de bandolera.»
JAVIER MARÍAS
El País, Smoda, 25 de febrero de 2012
25 Sábado feb 2012
El título que se ha elegido para esta colección de artículos tiene algo de guiño cómplice dirigido al buen entendedor. Si tenemos en cuenta que ya en el siglo I a. de C. se produjo en Grecia un movimiento llamado aticismo que pretendía preservar la pureza de la lengua tal y como se hablaba en el periodo de máximo esplendor (siglos V y IV a. de C.) bien se puede considerar pasado de moda cualquier intento de preservar la pureza de una lengua, en este caso la castellana, en pleno siglo XXI.
Repasando la cincuentena de artículos seleccionados por el editor, Alexis Grohmann, se advierte que no se trata de un mero recurso para salir del paso (por ejemplo cuando llega la hora de entregar la colaboración semanal y no hay “tema”) ni tampoco una manía personal recurrente a lo largo de los años. Al fin y al cabo Javier Marías no sólo vive del idioma sino que basa gran parte de su prestigio en el buen uso que hace del mismo, tanto en su faceta de escritor como de traductor.
Ello le lleva a salir reiteradamente a la palestra para dar unas lecciones que además de pasadas de moda entrañan un riesgo evidente para quien las ofrece. En palabras de Manuel Seco, “una lengua es patrimonio de una comunidad, y quien la hace y la deshace es la masa, la mayoría”. En ese sentido, pretender apoderarse de una lengua y querer dirigirla es un empeño tan censurable como desentenderse de ella y dejar que se corrompa. Pero quien se decida a romper lanzas a favor de una lengua hará bien en delimitar muy claramente dónde queda la frontera que separa el dirigismo abusivo de la permisividad igualmente abusiva. Y como no es una tarea fácil, el propio Javier Marías ofrece numerosos ejemplos de lectores que se sienten agredidos por las opiniones del articulista y así se lo hacen saber, bien directamente o bien mediante cartas al Director.
El asunto de la frontera entre dirigismo y pasotismo es de suma importancia porque, como queda dicho, la lengua no es de nadie y es de todos, con la particularidad de que en su misma esencia radica la facultad de variar, crecer, aceptar nuevos conceptos y – lo cual es maravilloso – dar origen a otras lenguas a partir de la degeneración de la original. Y ahí están todos los brotes que le salieron al latín cuando la decadencia del Imperio rompió los lazos que vinculaban a los diversos pueblos y cada uno buscó sus propias vías de expresión. Por lo tanto, que una lengua evolucione no es malo en sí mismo y los usuarios tienen todo el derecho del mundo a reivindicar sus hallazgos y a esperar que no les fustiguen los puristas acérrimos. Pero como al mismo tiempo asistimos diariamente a las múltiples agresiones que sufren las lenguas, es lógico que haya voces que se alcen en su defensa, por más que en numerosas ocasiones sea como una prédica en el desierto.
El mayor peligro de corrupción suele venir de la lengua dominante, actualmente el inglés. Por pereza, desconocimiento o servilismo de los receptores, las lenguas dominantes imponen nuevas palabras que no siempre implican una mejora y que muchas veces podrían ser reflejadas en vocablos propios y cuyo uso ha quedado sancionado por la tradición. El peligro es evidente en el caso de la jerga relativa a los negocios y la economía, pero es extensible al idioma cotidiano debido a los coladeros que en ese sentido son los libros, los periódicos y revistas, el cine y, sobre todo, la televisión. Javier Marías ofrece incontables ejemplos de supuestos neologismos que son en realidad fruto de una mala traducción o de un uso defectuoso del idioma, muchas veces del opresor pero muchas veces también por desconocimiento del idioma propio.
El dirigismo, el intento de apropiarse de un idioma para usarlo como arma política (nacionalismo) o los intentos de imposición que surgen de los propios grupos sociales están a la orden del día y defenderse de ellos es una tarea casi titánica. Ahí está, por ejemplo, el caso de “lo políticamente correcto”, que si bien puede surgir de unos intentos bienintencionados de facilitar la convivencia (defensa de las minorías, igualdad de géneros, no menosprecio por razas y tantos otros) pueden acabar en verdaderas aberraciones. Con el agravante de que, al uniformizar la forma de hablar, se priva al oyente de una fuente de información fundamental acerca de la verdadera ideología e intención del interlocutor. El tema, como verá el lector que se adentre en este peliagudo laberinto de dimes y diretes en el que Javier Marías se mueve con envidiable soltura y humor, daría en realidad para bastante más de los cincuenta artículos aquí reunidos.
JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO
El Boomeran(g), 20 de febrero de 2012
23 Jueves feb 2012
Posted in Ediciones extranjeras, Libros, Los enamoramientos
DIE STERBLICH VERLIEBTEN
JAVIER MARÍAS
Traducción de Susanne Lange
Susanne Lange über ihre Arbeit als Übersetzerin
Traducción al alemán de Los enamoramientos
20 Lunes feb 2012
Posted in Entrevistas, Libros
El escritor Javier Marías tiene “cada vez más la sensación” de que luchar contra el deterioro de la lengua “es una batalla perdida” y afirma que, “al ritmo que vamos”, dentro de cincuenta años los lectores tendrán dificultades no ya para entender el Quijote sino lo que escriben los novelistas actuales.
“Creo que es una batalla perdida la que todavía nos empeñamos en librar unos pocos, llamando la atención sobre los disparates que se dicen”, asegura Marías en una entrevista telefónica con Efe con motivo de la publicación del libro Lección pasada de moda, que reúne medio centenar de artículos de este gran escritor relacionados con el idioma español.
En ese libro, publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y con prólogo de Alexis Grohmann, responsable también de la edición, Marías trata de hacer frente a la “marea continua de disparates” que se oyen y escriben a diario y reflexiona sobre incorrecciones gramaticales y ortográficas, el lenguaje grosero e injurioso o el políticamente correcto, entre otras cuestiones.
Tradicionalmente, los hablantes han tratado de dominar la lengua, “unos con mayor soltura y otros con menos conocimientos”, le dice el escritor a Efe, pero “ahora da la sensación de que la lengua domina a los hablantes, de que es una especie de magma”.
“La lengua es una especie de sopa boba en la cual la gente chapotea. Todos los dichos, frases y modismos se utilizan indiscriminadamente”, asegura Marías antes de recordar que hace unos días escuchó la expresión “la relación de esta pareja va ‘miel sobre hojuelas’”. “Eso no significa nada. ‘Miel sobre hojuelas’ quiere decir una cosa buena sobre otra cosa buena, pero ya se confunde con ‘ir como la seda’”.
También oyó en un telediario que un determinado ciclista “se conoce los Pirineos ‘como anillo al dedo’. Será “como la palma de la mano”, dice con resignación.
Elegido académico de la Lengua en 2006, este novelista cuya obra está traducida a más de cuarenta lenguas no ve bien que la Real Academia Española acabe aceptando ciertas incorrecciones con el argumento de que “están muy extendidas”.
“Eso es un error”, afirma tajante. “Evidentemente, la Academia no puede imponer nada; su función es orientar, sugerir y responder dudas” pero, “si se rinde ante los usos incorrectos, la gente se siente con permiso para utilizarlos”.
Y es que, recientemente, Marías descubrió “con estupefacción” que la Academia ha aceptado la expresión “hacer aguas”, que “se emplea ahora continuamente en prensa y televisión para lo que es ‘hacer agua’”.
Como recuerda el novelista, tradicionalmente “hacer aguas menores sería hacer pis y aguas mayores, hacer caca”. Por eso, cuando en un partido de fútbol dicen que “el Barcelona empezó a hacer aguas a mitad de tiempo”, a Marías le suena “como si el equipo entero se hubiera puesto a orinar”. Tampoco “hace aguas” un bote ni la relación de un matrimonio.
“Pero me temo que es una batalla perdida”, insiste Marías a quien le preocupa la creciente pobreza de vocabulario que tienen los hablantes, para muchos de los cuales “empiezan a ser molestas y poco comprensibles las frases largas, con subordinadas o subjuntivos”.
“Un lector actual puede entender bien, con ayuda de notas a pie de página, el Quijote, un libro escrito hace cuatro siglos, pero creo que al ritmo de deterioro que lleva la lengua, sobre todo en España, dentro de cincuenta años más los lectores tendrán dificultades para entender, por ejemplo, mis novelas, las de Pérez-Reverte o las de Eduardo Mendoza”, señala.
A la hora de buscar culpables, Marías señala a la televisión y a los medios de comunicación en general. “La gente que interviene en ellos cada vez habla peor y se contamina todo”. “Hasta en los propios telediarios se dicen barbaridades continuamente”, añade.
Con frecuencia el escritor arremete en sus artículos contra la corrección política aplicada al lenguaje, que desaconseja emplear términos como “judiada” o “negro”, entre otros.
“Normalmente quienes están tan preocupados por ese tipo de cosas son los verdaderos racistas”, subraya el autor de Los enamoramientos, esa excelente novela, considerada la mejor de 2011 por medios especializados y que se está traduciendo a más de veinte idiomas.
Las lenguas, concluye Marías, “se han ido haciendo a lo largo de siglos y cada vez han sido más exactas y precisas, pero ahora tenemos la tendencia contraria: da igual matizar, da igual un término que otro, si al fin y al cabo nos entendemos”.
“Es cierto que nos entendemos, pero acabaremos haciéndolo como los hombres de las cavernas”, subraya.
ANA MENDOZA
Efe, 20 de febrero de 2012
20 Lunes feb 2012
En Lección pasada de moda, Javier Marías recopila sus artículos sobre el uso cerril del idioma. Casi podría asegurarse que, salvo raras excepciones, se hace un uso penoso o lamentable de lenguaje, sobre todo, en su uso público, que es el que vulnera e intoxica más a las personas. Hace un siglo, todavía existían islotes rurales donde se usaba un léxico precioso, pero me temo que eso ha pasado a la historia.
Para más inri, el nuevo académico Javier Marías, discrepa de las normas ortográficas de la Academia. De modo, que la plaga o peste del mal uso del idioma, va por barrios. Barrios doctos y barrios chungos. Un buen ejemplo es el nombre del emirato Qatar, que deviene en Catar, quizá para promocionar el Rioja en Kuwait y limítrofes. En el reciente volumen Ni se les ocurra disparar, trata de un asunto nada banal. “El país que perdió el humor”. En su día, Juan Benet propugnó una Federación española de Golpes de Estado. Humor negro de altísima calidad. Hay alianzas léxicas muy chuscas, dignas del Vocabulario de ideas cerriles de Flaubert.
Democracia cristiana o pensamiento navarro, son ejemplos clásicos de oxímoron. Se diría, si hacemos caso a Javier Marías, que hemos perdido la sal de la vida, el humor, la gracia, la zumba. Quienes sostenían hasta hace cuatro días, confundiendo opulencia con somnolencia, prosperidad con iniquidad, cultura sofisticada con cultura subvencionada, que España era la California de Europa, deberán corregir el tiro cuanto antes, no vaya a suceder que les salga por la culata, que hagamos la risa, allá donde todavía distinguen de tan refinadas materias.
CÉSAR PÉREZ GRACIA
Heraldo, 16 de febrero de 2012
19 Domingo feb 2012
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Allá por el pasado septiembre, cuando todavía eran ocho o nueve los candidatos que competían por la nominación republicana para las próximas elecciones a Presidente de los Estados Unidos, hubo en la prensa resúmenes de sus respectivas posturas, que, a decir verdad, diferían poco o tan sólo en matices. Según el corresponsal Antonio Caño, para esos hombres y mujeres la solución a los problemas nacionales pasaba en todo caso por “menos regulación, menos control, más libertad a las empresas y menos impuestos o ninguno en absoluto… Se presentaron propuestas como la de retirar a los policías de los aeropuertos y dejar la seguridad en manos de las compañías aéreas, o la de negarle al Estado toda autoridad en materia educativa y entregársela plenamente a las familias”. Al parecer, la mayor ovación que se oyó en el debate que tuvo lugar entonces fue cuando alguien recordó que Texas había ejecutado hasta aquella fecha a 234 presos, un récord nacional. El Gobernador de ese Estado desde hace diez años (ahora ya retirado de la carrera, no sé si por suerte o desgracia), defendió con orgullo esa marca y apostilló, como si hiciera falta: “Eso no me quita el sueño”. Por supuesto, todos los aspirantes echaron pestes de la tímida reforma sanitaria de Obama -que intenta que no se mueran sin más quienes enfermen y no dispongan de medios para costearse la carísima atención médica privada- y juraron eliminarla en su hipotético primer día en la Casa Blanca.
Otra cosa en la que también coincidieron -y esto es lo más llamativo- fue en rechazar la teoría de la evolución de Darwin porque, “a su entender, el hombre fue creado por Dios”. Si digo que es lo más llamativo no es -o no solamente- por su primitivo e irracional repudio a la ciencia, sino porque, mientras negaban la selección natural de las especies, con sus propuestas intentaban impulsarla y desarrollarla, reimplantarla entre los humanos y dejarle el camino expedito, sin frenos ni trabas. Si el papel del Estado y de los Gobiernos queda reducido al mínimo, como ellos pretenden; si las empresas deben campar por sus fueros sin control ni normas, y la educación de los niños depender tan sólo de los medios económicos y las peculiares creencias de cada familia; si la doctrina es que cada cual se las arregle por sí solo y el que sufra pobreza, o mala salud, o ancianidad desvalida, o impedimento físico o psíquico, o simplemente mala suerte, que allá se las componga o perezca, no me digan que esto no es una entronización de la ley del más fuerte, también llamada ley de la selva, a fin de que sobrevivan sólo los agraciados por la fortuna o por la naturaleza, los que nacen ricos y sanos, y -claro está- los depredadores más fieros. Una de las cosas que nos distinguen de los animales -a los hombres” creados por Dios”, según estos individuos-, es nuestra disposición a renunciar voluntariamente a parte de nuestro poder y de nuestra fuerza, a dotarnos de leyes que no condenen a la desaparición “natural” a los débiles y desfavorecidos, así como nuestra capacidad para sentir cualquiera de las palabras modernas -”empatía”, “solidaridad”- que han venido a sustituir a otras más tradicionales, como “caridad” o “piedad” o “misericordia”. Pero, según buena parte de la actual derecha mundial, esos conceptos están de sobra, de tal manera que los que más dicen detestar a Darwin resultan ser, en realidad, los más fervientes partidarios de lo que él se limitó a describir y exponer.
Y esa no es la única contradicción o hipocresía flagrantes. Esa derecha que aboga por el “Sálvese quien pueda, y el que no púdrase”; que se opone a la intervención del Estado para ayudar a la gente en apuros; que detesta la sanidad pública y la educación universales; que considera meros parásitos a quienes no se pueden valer por sí mismos o ya han nacido casi abocados a la marginación y la indigencia; que culpa a quienes enferman o se ven arruinados por el motivo que sea; esa derecha, digo, se reclama “cristiana” invariablemente. Y, o yo he olvidado mi catecismo, o el cristianismo predica con énfasis lo que sus supuestos representantes hoy repudian: la compasión, la piedad, la caridad y la misericordia.
Esperanza Aguirre, confesa admiradora del Tea Party que inspira y domina a los beatos candidatos republicanos, ha impuesto recortes del salario a los funcionarios madrileños que no puedan acudir al trabajo por enfermedad. Se trata de luchar contra el “absentismo”, según ella, pero lo cierto es que un médico, un celador o un enfermero de hospital público perderán el 40% de su sueldo a partir del cuarto día de baja; otros funcionarios, adscritos a otras consejerías de la Comunidad de Madrid, tardarán más tiempo en perder y perderán algo menos. Pero a quien enferme de veras y durante largo tiempo se le añadirá el castigo de ver muy mermados sus ingresos, precisamente cuando es probable que deba afrontar muchos más gastos. Sé de una maestra que lleva muriéndose varios meses, que no va a mejorar ni a volver al trabajo. Se está muriendo, ¿comprenden?, sólo le queda irse despidiendo y esperar a que suceda. Pero mientras agoniza y espera se ve condenada a ser mucho más pobre y a angustiarse más por la situación en que dejará a sus hijos. Si eso no es lo contrario de la piedad y la misericordia -si eso no es crueldad y ensañamiento con los desamparados y los desventurados y débiles-, que venga el Cristo al que adoran y que sea él quien lo vea.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 19 de febrero de 2012