‘Jardines totalitarios’

URDP

El nuevo volumen de Redonda, Un reguero de pólvora, de Rebecca West, es la crónica de los Juicios de Núremberg en 1946, seguido de dos colofones sobre la postguerra alemana, lo que se llamó el milagro alemán, y tres piezas sobre juicios en otras latitudes, un linchamiento sureño de un negro en Carolina, un caso de descuartizamiento en la campiña inglesa y otro sobre espionaje en Londres, que nos hace recordar su estupendo El significado de la traición, publicado también en Redonda.

La autora tiene un don especial para la escritura, la habilidad para calar y perfilar tipos pintorescos, o para cavilar sobre las procelosas aguas de la conducta humana. Valga como ejemplo la historia del jardinero cojo alemán que en medio de la miseria absoluta de la postguerra alemana es capaz de hacer funcionar un invernadero donde cultiva ciclámenes y otras especies de la floristería más selecta. Quizá las semblanzas de los jerarcas nazis dejan algo que desear, acaso porque el juicio de Núremberg ya estaba descabezado desde el principio. Hitler y Goebbels se suicidaron en el búnker de Berlin, sin duda, porque adivinaban el aquelarre soviético que les esperaba. Puede que si la toma de Berlín la hubiesen llevado a cabo los americanos o los ingleses, se hubiesen vestido de gala para esperarlos, sabiendo que eran sin duda, más civilizados que los rusos de Stalin. En todo caso, vemos a Rudolf Hess, tembloroso como un flan, y a otros figurones nazis de segunda fila, sometidos a un juicio que tiene algo de circo judicial. Quizá estamos maleados por el género cinéfilo americano, ya que es dudoso que se imparta justicia en la realidad, al menos en la ficción el culpable acaba pagando con sus huesos o con su vida sus fechorías en este mundo. Hay un pasaje delicioso sobre una viejecita aristócrata alemana, o al menos se comporta como tal, en la que se burla de la ingenuidad inglesa respecto al fiscal Sir David el Escocés, sobre si llamarse David es indicio sobrado o no de pertenencia a la raza judía. Algo similar sucede con una anécdota sobre un poeta neoyorquino del montón, que presumía de leerle poemas a su baby de dos añitos. Y qué le lees, le preguntó otro colega del lirismo sin fronteras : Shelley y alguna cosa mía. Ah, entonces ya tiene la gama completa. No faltan en el libro misiles hilarantes de este tipo, que en mitad de un pasaje árido sobre los tejemanejes protocolarios de un juicio, le hacen a uno soltar la carcajada durante un minuto glorioso.

El nieto de Jack

RW nos cuenta un juicio inglés y despliega ante los ojos del lector su inmenso talento como escritora. Un cazador de patos en unas marismas inglesas al norte del estuario del Támesis, puede que la misma zona que hechizó a Sebald. Conoce bien la fauna inglesa, sus excentricidades y su naturaleza embaucadora, y en la historia de Setty y Hume, nos regala las semblanzas comparadas de un juez budista y un falso héroe de la RAF. La orfandad victoriana es el género estrella de las letras inglesas, por no hablar de su peculiar afición al género de la picaresca eduardiana, si puede llamarse así, y en estas páginas, se nos ofrece una suculenta exhibición de ambos géneros literarios. Todo gira en torno a un tortuoso discípulo de Jack el Destripador y al singular ejercicio de la laberíntica justicia inglesa. Una pieza memorable que justifica la lectura del libro.

CÉSAR PÉREZ GRACIA

El Heraldo, 15 de mayo de 2014

 

Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid

feria 2013

Estará:

El sábado, 31 de mayo, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Rafael Alberti (n.40).

El domingo, 1 de junio, por la mañana (12-14 horas), en la de la Librería Visor (n.158).

El sábado, 7 de junio, por la tarde (19 a 21 horas), en la caseta de la Librería Méndez (n. 57).

El domingo, 8 de junio, por la mañana (12 a 14 horas), repetirá en la Librería Méndez (n. 57).

Firmará ejemplares de todos sus libros y de los de su editorial Reino de Redonda.

Enam
MALA INDOLE DEBOLSILLO
URDP

LA ZONA FANTASMA. 25 de mayo de 2014. El gesto más suicida

Usted, y usted, y usted, están hastiados, cabreados y escépticos. Ya no saben qué hacer para manifestar su descontento, transmitir su decepción y expresar su absoluto rechazo a nuestros políticos y partidos. A todos ellos, aunque probablemente a unos más que a otros, tan sólo un poquito más. Desean castigarlos y aspiran a que se retiren, a que den el relevo a otros más jóvenes o nuevos, que quizá no estén tan corrompidos y maleados, o tan faltos de ideas, o no sean tan acomodaticios al sistema que tenemos y que, para empezar, protege y premia desmedidamente a cuantos consiguen un escaño. Un diputado o un senador inútiles que cumplan un par de legislaturas o quizá tan sólo una, se aseguran una pensión vitalicia muy superior a la máxima a la que pueda aspirar cualquier individuo que haya trabajado cuarenta o cincuenta años. Como es comprensible (pero no menos inmoral por ello), los beneficiados, sean de la ideología que sean, no van a privarse de eso por iniciativa propia, y son los únicos que podrían cambiarlo. Tampoco van a renunciar a nombrar jueces para los más altos tribunales, a los que así conminan y manipulan y tienen en deuda, ni al director de TVE, que así será un pelele sumiso, ni dejarán de colocar a amigos en las cajas de ahorros y en algunos bancos, que así les concederán créditos y financiación en cuanto los necesiten, ni se abstendrán de poner a compañeros de pupitre al frente de las empresas públicas, una vez privatizadas, asegurándose así de que éstos harán hueco en sus consejos a los ministros cesantes de sus partidos.

En fin, están ustedes tan furiosos que hoy, día de elecciones europeas, han decidido abstenerse o tal vez votar en blanco. Yo lo entiendo bien, y no sólo: comparto su indignación y su impulso de no pisar el colegio electoral que me corresponde. “Así se enterarán”, piensan ustedes. “Así verán que no confiamos en ninguno, que no los queremos, que no nos sirven. Si la abstención es elevadísima, las elecciones deberían darse por no celebradas, deberían invalidarse. Significará que los repudiamos a todos, que no nos gusta su democracia, la farsa en que la han convertido”. Ay sí, cómo lo entiendo. Tampoco yo tengo la menor gana de escoger la papeleta de un partido que me repugna, o que me cae como un tiro, o que me parece imbécil, o directamente criminal, y otorgarle un voto que no se merece. Y sin embargo, cuando llegue la hora, lo último que haré será abstenerme, porque, tal como están y son las cosas, sería la mayor estupidez en la que podría incurrir, además del gesto más suicida. Lamentándolo mucho, toca recordar que la abstención no computa, no cuenta, ni jamás será interpretada en el sentido que muchos de ustedes quieren darle. En estas elecciones concretas, será muy fácil achacarla al desinterés de la gente por quiénes vayan a gobernar en Bruselas, que equivocadamente creemos que nos afecta en poco. A la pereza, al buen tiempo, a que muchos estaban de resaca tras las celebraciones merengues o colchoneras de anoche; a la ignorancia (hace unos días leí que sólo el 17% de los españoles estaba enterado de la fecha de esta votación), a la mera indiferencia, al encogimiento de hombros, al apoliticismo, a la creencia de que “da lo mismo, porque son todos iguales”. Será imposible que incluso una abstención del 70% o más sea vista como un castigo a la clase política y a los partidos que se presentan. No, desengáñense: las abstenciones y los votos en blanco y nulos son aire (como el árbitro en quien rebota el balón en los partidos de fútbol), no son nada, no existen. Sólo cuenta lo expresado, y aunque la formación ganadora obtenga un 10% de todos los votos posibles, se proclamará vencedora, se llevará al Parlamento Europeo los escaños que le toquen y seguirá imponiendo en Bruselas las medidas que se le antojen, junto con sus correligionarios de los demás países.

Ya sé que además hay una creciente desafección hacia la Unión Europea. Y no es que no esté justificada. Hace lustros que está dominada por mediocres, por individuos sin imaginación ni carisma, por burócratas cuando no por cretinos y desalmados. Y a pesar de eso … Demasiadas personas ignoran hoy la historia de nuestro continente. Que durante todos los siglos vivimos enzarzados en permanentes guerras de unos contra otros, ingleses, franceses, alemanes, austriacos, españoles, rusos, serbios, croatas, polacos, italianos, una escabechina detrás de otra, la última (si no contamos la de los Balcanes) terminada hace setenta años tras la muerte de millones y millones. En la historia del mundo setenta años es un soplo. Son los que llevamos sin matarnos entre nosotros, muchos en cambio en la vida de una sola persona. Nos hemos malacostumbrado rápido. Esta situación insólita, milagrosa teniendo en cuenta los antecedentes abrumadores, ha sido posible gracias a la hoy denostada Unión Europea. Así que no sólo es fundamental conservarla, impulsarla, consolidarla y tratarla con mimo, sino también quiénes tomen las decisiones en ella, quiénes nos gobiernen en buena medida. Todavía ignoro, cuando escribo esto, qué papeleta depositaré en la urna. Pero, al igual que la mayoría de ustedes (sean sinceros), sí sé cuáles no escogería en ningún caso. Ninguna me hará ilusión. Es más, es probable que la elegida me dé casi asco. Pero sé que alguna tomaré con mis enguantados dedos, porque aún mucho más asco me daría dejarles el campo libre a los fanáticos y convencidos, y permitir que sean ellos los que por mí decidan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de mayo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 18 de mayo de 2014. Como antes de la Revolución Francesa

Según la OCDE, quienes constituyen el 1% más rico en España acumulan el 8% de la totalidad de las rentas. Si aquí hay unos 45 millones de habitantes, eso significa que unos 450.000 individuos se reparten el 8% de los beneficios globales. Pero no se apuren: la cosa es mucho más llamativa en otros lugares, sobre todo en los Estados Unidos, donde ese 1% acapara hasta el 20% del total. En 1981 “sólo” poseía en torno al 8% de la riqueza, así que ya ven lo bien que le han ido los negocios en los últimos treinta años (o las especulaciones, o quién sabe si la progresiva explotación de sus empleados). Por su parte, en el Reino Unido el famoso 1% ha pasado de atesorar el 6,7% a casi el 13% en el mismo periodo, y algo parecido sucede en el Canadá y en Alemania. Respecto al crecimiento, la OCDE alerta: desde 1975, el 47% del total fue para ese 1% en los Estados Unidos; el 37% en el Canadá; en Australia y el Reino Unido el 20%. En España, “sólo” el 10% del crecimiento fue para el dichoso 1%, mientras que, si ampliamos al 10% más acaudalado, éste se llevó el 20%. Con la crisis, avisa la OCDE, el nuestro es uno de los países en que la desigualdad más ha aumentado.

Ante semejante situación, uno diría que lo que les tocaría a los más ricos del mundo sería: a) no llamar mucho la atención, y menos aún alardear de su exuberancia; b) hacerse “perdonar” sus fortunas, sobre todo los que no las hayan obtenido limpiamente y sin perjudicar a nadie (también los hay así, desde luego: basten como ejemplo los deportistas, que no son culpables de que millones de personas estén dispuestas a verlos evolucionar en una cancha o en un estadio; es más, su virtuosismo trae beneficios a muchos otros individuos); c) no quejarse de los impuestos que han de pagar (muy pocos, proporcionalmente, en la mayoría de los países); d) no mostrarse nunca despreciativos hacia los menos favorecidos, sino, por el contrario, respetuosos al máximo; e) no pedir “más” de nada, en concreto aplausos.

Quienes lean las columnas del Premio Nobel de Economía Paul Krugman estarán al tanto de que los millonarios estadounidenses (con excepciones) suelen hacer exactamente lo puesto. No sólo quieren ganar más, y pagar menos impuestos; no sólo se quejan de los enormes gastos que conlleva el tren de vida al que se han obligado a sí mismos, sino que además exigen admiración, gratitud y afecto del resto de la población, y no toleran una crítica. Se consideran “benefactores”, “creadores de empleo”, “impulsores de la economía”, y por tanto dignos de toda alabanza. (Puede ser, pero callan que se benefician e impulsan principalmente a sí mismos.) Y da la impresión de que no les basta con incrementar las ganancias, sino que necesitan que otros no las obtengan, para así poder lucir más ellos. Esto último es novedoso, al menos desde que yo tengo memoria. Debió de ser así antes de la Revolución Francesa, tras la cual empezó a procurarse no subrayar las diferencias y que el grueso de los habitantes fueran mejorando sus condiciones. Los ricos siempre quisieron serlo más, pero no precisaron que el resto fuera muy pobre, ni desde luego aspiraron a ser venerados por éste.

Hace pocos años, unas declaraciones como las recientes de la Presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, habrían sido inimaginables. Ojo, lo inimaginable no es que sujetos como ella pensaran así, o incluso lo dijeran en sus cenas, en privado y entre pares; lo inconcebible habría sido que alguien privilegiado hablara en público de cualesquiera otros en tono tan despectivo e insultante, y protestara por tener que abonar el salario mínimo (bajísimo en España) a quienes “no valen pa nada”. Oriol, recuerdan, puso a caldo a los jóvenes que abandonaron sus estudios para trabajar en la construcción durante la burbuja inmobiliaria, porque al ganar “1.000, 1.500 euros al mes” (para tales matados, según ella, una fortuna), los viernes y sábados se creían “los reyes del mambo” y ligaban mucho. Oriol omitió que sus colegas y representados, los empresarios, eran quienes tentaban y convencían a esos jóvenes, quienes los inducían a dejar los estudios. Y olvidó, asimismo, que algunos de éstos se verían forzados a traer un sueldo a su hogar si todos los miembros de su familia estaban en paro, por ejemplo. Pero aunque todos esos “inútiles” hubieran interrumpido su educación para bailotear en las pistas con sus dinerales (¡1.000, 1.500 euros!) … Cierto que nadie les puso una pistola en la sien para que aceptaran, como tampoco al resto de la población para que solicitara créditos a los bancos para cualquier chorrada (una comunión o un viaje al Caribe). Pero todos sabemos que tanto los empresarios de la construcción como los banqueros instigaron y persuadieron (a menudo mintiendo) a los chicos a convertirse en paletas y a la gente a entramparse. Ahora la culpa es sólo de los ignorantes incautos; de los tentados y nunca de los tentadores; de los corrompidos y no de los corruptores; de los pardillos y no de los pícaros. Ya digo: hace pocos años unas declaraciones así no habrían sido posibles, por la sencilla razón de que Mónica de Oriol y sus equivalentes habrían temido por sus puestos y por su imagen. Y, que yo sepa, esa señora no ha sido destituida ni ninguno de sus iguales le ha retirado el saludo. Eso es lo más preocupante: que la chulería y el desdén de los ricos no les pase factura. (Ojo, es lo más preocupante para ellos mismos, y no se dan cuenta.) Más o menos como antes de la Revolución Francesa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de mayo de 2014

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Un reguero de pólvora’, de Rebecca West

URDP

UN REGUERO DE PÓLVORA

REBECCA WEST

Prólogo de Agustín Díaz Yanes

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, mayo de 2014

Distribuye ÍTACA

Este vigésimo sexto volumen del Reino de Redonda está dedicado a Antonio Gasset Dubois, “Serling” o Director de la Televisión Redondina, apasionado de los juicios de Núremberg, y de los crímenes y juicios en general, en el cine como en la literatura (y naturalmente en la televisión).

EL EDITOR

ÍNDICEURDP PL

La rareza del mundo (Prólogo)
por Agustín Díaz Yanes

INVERNADERO CON CICLÁMENES I (1946)

ÓPERA EN GREENVILLE

INVERNADERO CON CICLÁMENES II (1949)

EL SEÑOR SETTY Y EL SEÑOR HUME

INVERNADERO CON CICLÁMENES III (1954)

LA MEJOR RATONERA

APÉNDICES

Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2014)

Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2014)

Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2014)

URDPPLAl término de la Segunda Guerra Mundial, el semanario norteamericano The New Yorker encargó a la escritora Rebecca West (1892-1983) un reportaje sobre los juicios de Núremberg, en los que, como todo el mundo sabe, se sentaron en el banquillo los miembros más destacados de la élite nazi. “Los enemigos del mundo”, en palabras de la autora. [...] A este reportaje se le añadieron en 1949 y 1956 dos relatos más sobre la situación alemana de postguerra.[...] Junto a las tres piezas alemanas hay tres reportajes más sobre crímenes locales o domésticos [...] Los seis reportajes componen el libro A Train of Powder (1956), que hoy, por primera vez en España publica la editorial Reino de Redonda con el título Un reguero de pólvora.

AGUSTÍN DÍAZ YANES

Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte desvelan sus secretos

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Los tres escritores dialogan en la celebración de los 50 años de Alfaguara

Silencio. Unos 840 lectores escuchan atentos las historias, revelaciones, vericuetos y cotidianidades literarias y felicidades irrepetibles contadas de viva voz por Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Mientras Marías de muy niño casi odiaba los libros porque le quitaban espacio para jugar, Pérez-Reverte jugaba con ellos creando barricadas y Vargas Llosa, que aprendió a leer a los cinco años, le pedía cada 25 de diciembre al niño Dios que le regalara libros y más libros.

Entre el silencio, risas sacadas por un Nobel y dos de los más destacados escritores del idioma español —los tres académicos de la Lengua— al compartir su pasión con el público en los Teatros del Canal, de Madrid. Lo hicieron dentro de uno de los principales actos de celebración de los 50 años de su editorial: Alfaguara.

Murmullos en poco más de hora y media de recorrido por la trastienda de tres grandes autores como creadores y en su tránsito hacia su fin último: el público. En el escenario, bajo varios focos de luz, los tres de camisa blanca, recordaron el primer encuentro con los libros, luego sus primeros escritos, después se encaminaron por la ruta que los lleva a la concepción de su literatura. Hablaban de sus vidas. De la felicidad. Más anécdotas y más secretos desgranados bajo la moderación de Pilar Reyes, su editora: “Un momento emocionante estar con tres figuras icónicas de nuestro catálogo y que representan a la figura más importante de la editorial: el autor”.

Una nube de dudas, titubeos e inseguridades a la hora de escribir los identifica. Vacilaciones que aumentan con los años. Los une también el hecho de que el descubrimiento de la lectura en la infancia se les convirtió en el mejor placer. Después no es que quisieran ser escritores, sino que querían escribir para prolongar las historias que les gustaban, o que no les gustaban para cambiarles el final.

Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), Nobel en 2010 y entusiasta crítico de libros también, debutó hace 55 años, en 1959, con el volumen de cuentos Los jefes. Estaba en París. Allí reafirmó su vocación y descubrió a los autores latinoamericanos que habrían de formar aquella feliz escandalera llamada boom. Él es uno de sus pilares. No sabe aún que le preguntarán qué se siente el saberse el último mohicano de una época fascinante de la literatura.

Más de 800 personas escucharon atentas la trastienda de sus autores favoritos
Marías (Madrid, 1951) publicó su primera novela en 1971: Los dominios del lobo. Gran admirador de William Shakespeare, el autor de Mañana en la batalla piensa en mí y Tu rostro mañana ha reconocido varias veces que la grandeza y misterio del dramaturgo inglés lo invitan a escribir: “Me espolean e incluso me dan ideas”. Por eso cuando Vargas Llosa le pregunta qué escritor le hubiera gustado ser si pudiera elegir, se decanta por el genio británico porque, dice, “nunca acabo de entender cómo funciona su cabeza”.

Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) empezó en la narrativa en 1986 con El húsar. Curtido en el periodismo, 15 novelas y muchos artículos de prensa acompañan al autor de títulos como El club Dumas, La reina del sur y El francotirador paciente. Él hubiera querido ser Joseph Conrad, “porque fue marino antes que escritor, y hay autores como él que envejecen bien y siempre sorprenden”.

Un escritor serio es lo que ha leído, lo que ha vivido más lo que imagina, asegura Pérez-Reverte. Todos coinciden en que las historias los buscan a ellos. Él y Vargas Llosa reconocen que suelen tener temas en nevera y que les produce cierta melancolía el saber que no los podrán escribir, ya que cada libro tiene su momento. “¡Qué envidia me dais!”, exclama Marías. Dice que a él eso no le ocurre: una vez que termina un libro no sabe lo que viene.

En medio de risas, llega la pregunta a Vargas Llosa, formulada por Pérez-Reverte: “¿Cómo se siente al ser el último de los mohicanos y saber que va a apagar la luz de una época…?”. El autor de La casa verde y Conversación en La Catedral ríe. Más de 800 personas ríen con él. Y contesta: “No lo sé”. Pero confesó que hay experiencias que obligan a la modestia: “Un día iba en un avión a Canarias y una azafata me dijo que un pasajero me admiraba mucho y quería conocerme. Acepté. Él se acercó conmovido y me dijo: ‘No sabe lo importante que han sido usted y sus libros en mi vida’. Y ahí vino la cuchillada: ‘Cien años de soledad ha sido muy importante’. No me atreví a decepcionarlo y decirle que yo no era García Márquez”. Todos ríen, mientras concluye: “Así suplanté a García Márquez”.

Y siguieron más historias reales de estos creadores de ficción. Fue por la celebración de este medio siglo de Alfaguara, que se cumplirá este otoño, y que empezó en diciembre pasado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). Un sello que nació en 1964 por iniciativa del constructor Jesús Huarte y bajo la dirección de Camilo José Cela y sus hermanos Juan Carlos y Jorge. En 1975 la editorial tomó un nuevo rumbo bajo la dirección de Jaime Salinas que alentó su vocación contemporánea. Con Salinas llegó Enric Satué, encargado de diseñar esas portadas azules exquisitas. En 1980, la editorial entró a formar parte del Grupo Santillana (del Grupo Prisa, editor de EL PAÍS). En 1993 empezó Alfaguara Global, con edición simultánea en España y América Latina. En marzo de 2014, Santillana vendió Ediciones Generales, que incluye este sello, a Penguin Random House, del grupo Bertelsmann. Con esta operación, Santillana busca centrar y reforzar su línea educativa de gran tradición y presencia en España y América Latina, donde es líder. Sigue una vocación transatlántica donde autores como Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte borran las fronteras.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 13 de mayo de 2014

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Vargas Llosa, Pérez-Reverte y Marías reviven su pasión por la literatura

Si a Javier Marías le dieran la posibilidad de convertirse en otro escritor, elegiría sin dudar a Shakespeare, mientras que a Arturo Pérez-Reverte le hubiera “gustado ser Conrad” y a Mario Vargas Llosa “nunca” le han decepcionado ni Flaubert ni Faulkner.

La pasión que Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte sienten por esos otros grandes autores, y por el oficio de escritor, quedó hoy patente en el diálogo que mantuvieron los tres en los Teatros del Canal con motivo del 50 aniversario de la editorial Alfaguara, el sello en el que publican desde hace años.

Ante un público entregado desde el principio y que abarrotaba la sala mayor del edificio, los tres escritores hablaron de la importancia que tuvieron para ellos las lecturas de su infancia, de sus comienzos en la literatura, de la inseguridad que suele acompañar a este oficio y de los autores que han ido envejeciendo con ellos y que nunca les han defraudado.

Estos tres escritores son pesos pesados de la literatura hispánica, están traducidos a multitud de idiomas y cosechan numerosos premios, pero Mario Vargas Llosa es el escritor vivo más importante de la lengua española y Pérez Reverte lo reconoció de forma muy gráfica:

“Vargas Llosa es la historia de la Literatura, mientras que yo soy una nota a pie de página”, decía el creador del capitán Alatriste, en tanto que Javier Marías se ve tan solo como “una nota del traductor”.

No es frecuente reunir a escritores de la categoría de los tres que coincidieron hoy en los Teatros del Canal y así lo hizo ver Pilar Reyes, la directora de Alfaguara, cuando se los presentó al público y dijo que el encuentro de esta noche es como si se hubiera logrado “reunir a Dumas, a Marcel Proust y a Flaubert”.

“Me quedo con Dumas”, aseguró Marías al comienzo de ese diálogo que moderó Reyes y que estuvo salpicado de anécdotas y de buen humor.

Aprender a leer cambió la vida del escritor peruano, Premio Nobel de Literatura. Fue “una experiencia maravillosa” que enriqueció su infancia “de manera increíble”. Todavía hoy, a sus 78 años, “la lectura sigue siendo el mejor de los placeres, la experiencia suprema”.

Desde muy niño, Vargas Llosa sintió que ser escritor “era lo más maravilloso del mundo”, una opinión que su padre, muy autoritario, no compartía en absoluto y que por eso le puso todas las trabas que pudo al futuro escritor.

“Yo temía a mi padre y una de las maneras de resistir esa autoridad fue dedicarme a ser escritor. Así burlaba su autoridad aplastante”, confesaba hoy el autor de “La casa verde”.
“Nada se hace con tanto ahínco como lo que se hace por fastidiar”, decía Marías.

Los dos novelistas españoles crecieron en casas con buenas bibliotecas, algo que Marías “casi que odiaba” porque había tantos libros acumulados por todas partes que apenas le quedaba “espacio para jugar a las chapas”.

Pero gracias a esos libros, el autor de “Corazón tan blanco” descubrió a autores como Julio Verne y Salgari y desde muy pronto quiso ser escritor, sobre todo para “emular” a los que más le gustaban a él y para contar las historias que más le entretenían.

Aunque la idea que Marías tenía del escritor cuando él era un niño no era nada positiva, y en ello influyó la visita que hizo junto con su padre, el filósofo Julián Marías, a casa de Azorín.
Al autor de “Tu rostro mañana” no le gustó nada el aspecto “desaseado” que tenía Azorín ni que la cama estuviera sin hacer. Y eso le produjo “una cierta aversión” a la idea de ser escritor.

Verne, Dumas, Dickens y Stevenson le sirvieron a Pérez-Reverte para aproximarse “a la gran literatura” y, con el paso del tiempo, también le sirvieron para sobrellevar las durezas de los 21 años en los que fue reportero de guerra. Aquellas lecturas y las que vendrían después le ayudaron “a digerir y a interpretar” lo que veía.

El autor de “El club Dumas” es “un escritor tardío”. Nunca había querido dedicarse a la literatura, pero a la vuelta de una de esas guerras que cubría como reportero, “y con muchas cosas desagradables en la mochila”, sintió la necesidad de reflexionar sobre todo lo que había vivido y de “ordenar el caos” que había dejado atrás. Así se hizo novelista.

Tuvo suerte, sus libros funcionaron bien y a partir de la tercera novela ya pudo dedicarse de lleno a la literatura. “Pero sigo siendo un escritor accidental, un marino lector que accidentalmente escribe novelas”, señalaba Pérez-Reverte, que ha reflejado su pasión por el mar y por la navegación en varios libros.

Vargas Llosa y Marías han sentido “siempre una gran inseguridad” a la hora de escribir. Y con el paso del tiempo, “esto no ha cambiado nada; la inseguridad permanece”, aseguraba el novelista peruano.

“De pronto hay algo que encaja, que hace verosímil lo que escribes y eso es enormemente enriquecedor”, decía Vargas Llosa.

Al novelista peruano “nunca” le decepcionaron Flaubert ni Faulkner, y siempre siente “la misma emoción” cuando lee sus novelas, pero no le sucede lo mismo con Sartre, un escritor al que de joven leyó “con entusiasmo”, pero ya no puede hacerlo “sin sentir que estaba profundamente equivocado”.

“Escribía un pésimo francés, de frases largas y complicadas, de oscuridades tramposas. Sartre es un escritor que se me ha desplomado”, afirmaba Vargas Llosa.

“¿Qué se siente siendo el último de los mohicanos?”, le preguntaba con admiración Pérez-Reverte a Vargas Llosa, quien contaba que ante los múltiples premios y reconocimientos que ha recibido, se siente a veces “un poco desconcertado, pero hay experiencias que obligatoriamente te vuelven modestos”.

Y eso fue lo que le pasó en un viaje en avión a Las Palmas de Gran Canaria, cuando un viajero se acercó a Vargas Llosa y, “profundamente conmovido”, le dijo lo importante que habían sido sus novelas para él, en especial “Cien años de soledad”.

“No me atreví a decirle que yo no era García Márquez. Le di la mano al señor y acabé suplantando a García Márquez”, comentó Vargas Llosa entre las carcajadas del público.

ANA MENDOZA

Efe, 13 de mayo de 2014

Curro Cañete

Curro Cañete

El Mundo

La Vanguardia

El Universal

Europa Press

La Verdad

El Diario

Vanity Fair

Infobae

Telediario. [48’22”]

LA ZONA FANTASMA. 11 de mayo de 2014. Empobrecimiento, embrutecimiento

Me escribe un sacerdote que se dice “de izquierdas, si es que esta palabra aún tiene sentido”, y asume que para la mayoría es “un perro verde”. Pero se lamenta –habla incluso de “desesperación”– porque ve que desde hace diez años, “después de los nefastos días del 11-M al 14-M”, no le queda más remedio que leer este periódico a escondidas en los ámbitos que por su profesión más frecuenta, a callar sus opiniones sobre muchos asuntos, y por supuesto a ocultar que no vota al PP, lo cual todo el mundo que conoce su condición de cura da por descontado. Pero no es sólo ante la gente de ideología “conservadora” ante la que debe disimular. Si trata con individuos de la “contraria”, se encuentra con rechazo y suspicacia en cuanto confiesa ser creyente. Sin saber que además era sacerdote, un chaval de los acampados en la Puerta del Sol hace tres años le torció el gesto cuando mi corresponsal, tras haberle firmado media docena de papeles en contra de los desahucios y otras cosas condenables, rehusó firmarle un séptimo “contra la visita del Papa”. No hubo manera de razonar con él, me cuenta, el joven se cerró en banda y lo despachó con desprecio a partir de aquel instante. El hombre se escandaliza al oír decir a personas cultas e instruidas que El País es “el periódico enemigo de la Iglesia” o que “Zapatero quiso destruir la familia”, pero también de que se llame “fascistas” a todos los antiabortistas y “asesinas” a todas las mujeres que deseen interrumpir sus embarazos. Juzga que la cuestión es lo bastante delicada, y que hay suficientes ciudadanos a favor y en contra, como para que cualquier debate quede secuestrado por los gritones simplistas que cada vez más abundan. Ya lo dije hace pocas semanas recordando los versos de Yeats: “… mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”.

No le auguro a este sacerdote un futuro inmediato más tranquilo, aunque él no pierda la esperanza por una sencilla razón: conoció otros tiempos –antes de 2004– en que sí podía leer abiertamente este diario, o confesarse sacerdote, o reconocer que había votado a un partido no de derechas, sin padecer por ello miradas de censura u odio, retiradas de la palabra y hostilidad instantánea. A lo sumo unos y otros le gastaban bromas, eso era todo. Así que, si hubo esos tiempos no tan lejanos, no ve por qué no podrían regresar para que se normalizara todo un poco. Yo, personalmente, no acabo de entender lo que le ocurre a nuestra sociedad, y que este cura sufre en carne propia. Como ustedes saben, tengo una pésima idea de la actual jerarquía de la Iglesia española; pero eso no me lleva a condenar a todos los religiosos, menos aún a profesar antipatía a todos los católicos, ni a desconfiar de ellos. Lo es uno de mis mejores amigos (también lo eran mis padres), un amigo tan leal, bueno y recto que, si un día me diera la espalda, sólo me cabría pensar que era yo el que había fallado, el que no había estado a la altura. (Bien es verdad que es un católico inglés, en cuyo país su religión no es dominante ni por lo tanto abusiva.) También tengo amigos que son o se han hecho muy de derechas; saben que yo jamás votaría al PP (no tras la Guerra de Irak, no tras las mentiras del 11-M, no tras la presente legislatura neofranquista sin disimulos), ni justificaría a Le Pen o Putin o Berlusconi; pero no por eso me han tachado de su lista de apreciados ni desde luego yo a ellos. La dimensión religiosa de las personas, como la política, es sólo una entre muchas. Nadie se agota en ellas, por suerte, ni faltan temas de conversación en los que no se produzca el desacuerdo inmediato. La mayoría de los individuos –los que no son estereotipos, ni fanáticos, ni meros mastuerzos– son lo bastante complejos, variados y aun contradictorios para que merezca la pena ahondar en ellos y escucharlos.

No otra cosa hacemos, desde luego, con los personajes de ficción que se nos presentan en películas y novelas: casi ninguno nos gusta del todo, de la mayoría no seríamos amigos (peligroso serlo, por ejemplo, de Ricardo III o de Tony Soprano). Y sin embargo nos interesan, seguimos con enorme atención sus razones y vicisitudes, incluso con apasionamiento. A menudo nos atraen los que son muy distintos de nosotros, los paradójicos, los volubles, los difíciles de comprender, los ambiguos (no digamos los sutiles malvados). En cambio no soportamos a los esquemáticos, a los monolíticos, a los que son de una pieza, a los acartonados. Mientras que en la vida real, curiosamente, sólo estamos dispuestos a aceptar a éstos, como el chaval del 15-M que, en lugar de sentir curiosidad por la negativa de su interlocutor a firmar contra la visita del Papa, decidió ponerle la proa o poco menos. Los jóvenes ignoran que uno de los motivos por los que en la Guerra Civil se fusilaba a la gente (de ambos bandos) era porque se la conocía como lectora de tal o cual periódico, grave crimen. Que estemos en un punto en el que alguien –no importa quién– deba esconderse para leer o comprar determinado diario –no importa cuál–, es cualquier cosa menos tranquilizador. Pero es que además el rechazo de plano de quien no coincida con nosotros en todo supone el mayor empobrecimiento imaginable –también el embrutecimiento– en el trato con nuestros iguales.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de mayo de 2014

Sterne y Diderot, vecinos en Barcelona

LaurenceSterne_DenisDiderot600-cortadaUna de las colecciones emblemáticas de la Alfaguara de los primeros años fue la de Clásicos, que dirigía Claudio Guillén. Cuidadísimos volúmenes encuadernados en tapa dura, y con una impresionante nómina de autores, títulos y traductores. Así, Pere Gimferrer se encargó de la Obra poética de Ausiàs March; Francisco Rico de las Obras de Petrarca; Antonio Colinas de Poesía y prosa, de Leopardi; Rosa Chacel tradujo Seis tragedias, de Racine, y Aliocha Coll, Teatro, de Christopher Marlowe.

A finales de los setenta, Javier Marías estuvo viviendo una temporada en Barcelona. Su casa estaba en un sexto piso y, justo encima, en el ático, vivía su amigo Félix de Azúa. Marías estaba entonces traduciendo Tristram Shandy, de Sterne —sería Premio Nacional de Traducción en 1979— y Azúa, Novelas, de Diderot, ambos para la colección de Clásicos de Alfaguara.

Y cuentan, Marías y Azúa, cómo se encontraban de vez en cuando en el portal o en el ascensor, o se hacían consultas sobre sus respectivas traducciones, y no podían evitar pensar en que Sterne y Diderot también eran amigos, y que se encontraban también de vez en cuando mientras escribían lo que ellos, doscientos años después, estaban, allí en Barcelona, traduciendo.

JESÚS MARCHAMALO

Alfaguara, 25 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 4 de mayo de 2014. Gobernación

El ‘caso Gürtel’, por el que al cabo de cinco años todavía no se ha condenado a nadie. El caso Bárcenas, individuo que trabajó para el PP durante un par de decenios y al que nadie de ese partido parece haber conocido nunca; sigue sin saberse de dónde sacó los cuarenta y tantos millones que guardaba en Suiza, de los cuales nada ha devuelto. Donaciones en negro, contabilidad B. Los dirigentes madrileños Ignacio y Botella, jamás votados por nadie. Sus predecesores, Aguirre y Gallardón, se comprometieron para cuatro años, pero de lo dicho no me acuerdo. Millones gastados en las tres candidaturas olímpicas de Madrid; tres veces, tres ridículos, tres fracasos. Concesiones y coba sin fin al turbio magnate Adelson para que instalara sus casinos en la región; aún quiso más facilidades y más adulación y se marchó: otro fracaso (para los políticos, no para la población). Las autopistas de peaje de la zona no las utiliza nadie, sus pérdidas las sufragaremos ahora los contribuyentes, un fracaso más. La faraónica Ciudad de la Justicia, abandonada a medio hacer, más millones para nada. El aeropuerto de Castellón, y el de Ciudad Real, sin un solo avión; el primero ofrece, en cambio, una monumental cabeza de su creador, Carlos Fabra. Este ex-Presidente de Diputación (largo tiempo) tiene juicios pendientes y en alguno ya ha sido condenado; levemente, faltaría más. Más millones a la basura de la TV Valenciana, suprimida ahora; más de TeleMadrid, tan mala y sumisa que ya no le quedan espectadores. TVE cada día más parcial e incompetente, sus telediarios un permanente y tendencioso desastre. Palacios de las Artes que se caen a pedazos o que carecen de función: apenas si se utilizan y costaron un dineral. Millares de urbanizaciones vacías, interrumpidas a medio construir; sólo entran los cacos para llevarse grifos, picaportes, lo que quede por allí. Campos de golf inútiles por los que se talaron bosques o se recalificaron terrenos, hasta en parajes de permanente frío invernal. El Algarrobico sigue en pie. Prórroga de setenta y cinco años a las edificaciones playeras declaradas ilegales por los tribunales, ninguna se demolerá. Todo el suelo es edificable, sin excepción, desde 1996. Podrán erigirse casas y hoteles a sólo veinte metros de la orilla del mar. Al responsable de esta medida se lo premia poniéndolo de cabeza de lista para las próximas elecciones europeas. Se planea una Ley de Seguridad Ciudadana que hasta los jueces ven inconstitucional. Se suben las tasas judiciales, de tal manera que sólo los adinerados podrán presentar recursos. Se suben las tasas universitarias, los más pobres tendrán difícil acceder a una educación superior. Se recortan las becas. Más del 50% de los jóvenes no ha tenido empleo ni lo va a tener (ya no serán jóvenes para cuando la situación mejore). Decenas de miles de ellos se ven obligados a emigrar. También se van los científicos e investigadores, tras habérseles recortado brutalmente los presupuestos. El CSIC está al borde de la ruina, a punto de echar el cierre. El teatro y el cine se mueren, en vista de lo cual se les aumenta el IVA hasta el 21%. Se suben los impuestos, después de prometer que se los iba a bajar. En cambio se amnistía a los grandes defraudadores. A los bancos se los salva con una riada de millones procedentes de los bolsillos de los españoles, a los que esos bancos, sin embargo, no conceden un crédito así los aspen; se les entrega el dinero de todos sin ponerles ni una condición. La gente estafada por las preferentes de esos mismos bancos jamás va a recuperar sus ahorros. Esos bancos se dedican a desahuciar, por incumplimiento, a centenares de miles de familias. Más o menos las mismas que tienen en el paro a todos sus miembros. España es el segundo país europeo con mayor porcentaje de desempleados, un 26%. También es el segundo en pobreza infantil. Las cinco regiones europeas con mayor tasa de paro son españolas; todas (luego vienen dos macedonias). Se han averiado cinco veces los aviones que transportan a la familia real. Siguen cerrando comercios. Siguen arruinándose librerías, apenas si se combate la piratería. La sanidad pública se deteriora; listas de espera más largas, menos camas, menos médicos, los medicamentos se han de “copagar”, es decir, pagar dos veces o tres. Ana Botella se baja el sueldo, mil y pico euros al año, se le queda en unos 100.000 pelados, deberíamos aprender. Aguirre estaciona en el carril bus, se asusta porque van a multarla los guardias, escapa en su coche derribando la moto de uno de ellos; tampoco a ella le alcanzaba su sueldo. Aumentan los accidentes de tráfico, ya no se reparan las carreteras ni nadie gasta en el taller. Se proyecta una Ley del Aborto que lo impedirá hasta en los casos de malformaciones graves del feto. Sin embargo, se recortan las ayudas a los “dependientes” y se renuncia a la justicia universal, así que se deja sueltos a narcotraficantes apresados en el mar: total, no se dirigían a España. Las pensiones de los jubilados pierden poder adquisitivo. Se pretende reinstaurar la cadena perpetua, y eso que, con menos delitos que en la mayoría de países europeos, nuestras cárceles están mucho más llenas. La Iglesia continúa sin pagar el IBI, y todavía se le permite registrar a su nombre la propiedad de lo que nunca fue de nadie; consecuentemente, no cesa de apropiarse de inmuebles, algo vedado a cualquier otra institución o particular. Descubrimos que en España hay diez mil políticos aforados –diez mil–, mientras que en Alemania no hay ni uno. Aunque los jueces hayan dictado condena, aquí el Gobierno otorga centenares de indultos al año, sin argumentar por qué. El Presidente del Gobierno y su prensa pregonan nuestra plena recuperación, económica y moral.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de mayo de 2014

Texto de JM sobre el poema de Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY

Unas líneas sobre “Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

QUEVEDO Y MARÍAS

‘The Infatuations’, edición americana en bolsillo

The Inf KNOPF bolsillo

THE INFATUATIONS
JAVIER MARÍAS
Translated by Margaret Jull Costa
Vintage, April 22, 2014

“This is writing at its purest: elegant, stylish and subtle. The work of Javier Marías transcends such bromides as: “I couldn’t put it down!” It insists that you savor every word; that you stop and reflect on what you have just read; that you parse the sinuously snaking sentences for every nuance they reveal. It is a virtuosic performance that makes it obvious why such literary giants as Bolaño, Sebald, Coetze and Pamuk have lavishly sung his praises. You will understand why he is a shoe-in for the Nobel Prize. And, you will scratch your head in utter befuddlement at the lack of a wider audience for his work in America. Read it and be amazed.” —Conrad Silverberg

“Whatever else we may think is going on when we read, we are choosing to spend time in an author’s company. In Javier Marías’s case this is a good decision; his mind is insightful, witty, sometimes startling, sometimes hilarious, and always intelligent . . . The masterly Spanish novelist [has] a penetrating empathy.” —Edward St. Aubyn, on the cover of The New York Times Book Review

“The Infatuations is mysterious and seductive; it’s got deception, it’s got love affairs, it’s got murder—the book is the most sheerly addictive thing Marías has ever written . . . Marías is a star writer in Europe, where his best-sellers collect prizes the way Kardashians collect paparazzi. He’s been hailed in America, too, yet he’s never broken through like Haruki Murakami or Roberto Bolaño. This should change with his new novel, The Infatuations, which is the ideal introduction to his work.” —Fresh Air/NPR

“The work of a master in his prime, this is a murder story that becomes an enthralling vehicle for all the big questions about life, love, fate, and death.” —The Guardian

“Blindingly intelligent, engagingly accessible—it seems there’s nothing Marías can’t make fiction do . . . Marías’s rare gift is his ability to make intellectual jousting as suspenseful as the chase scenes in a commercial thriller.” —Kirkus Reviews

“A haunting masterpiece . . . The lasting challenge to literature is to achieve a satisfying marriage between high art and the low drives of a simple plot. The Infatuations is just such a novel . . . Just as Macbeth is a thriller that’s also a great tragedy, The Infatuations is a murder story that’s also a profound story of fatal obsession . . . Don Quixote was first published as long ago as 1620. I wouldn’t be surprised if The Infatuations soon acquired an equally devoted following.” —The Observer

“Extraordinary . . . Marías has defined the ethos of our time.” —Alberto Manguel, The Guardian

“Marías [is] a consummate stylist . . . Magic, stupendous.” —Booklist

“Absorbing and unnerving . . . A labyrinthine exploration, at once thrilling and melancholy, of the meanings of one man’s death—and a vivid testimony to the power of stories, for good or ill, to weave the world into our thoughts and our thoughts into the world.” —The Sunday Times (London)

“A novel that further secures Marías’s position as one of contemporary fiction’s most relevant voices.” —Publishers Weekly

“Hypnotic . . . The Infatuations plays off Marías’s enchantingly sinuous sentences. They suck you in and lull you along with their rhythm, which gives the unusual and palpable awareness of how masterfully Marías has made time itself his peculiar object of investigation . . . Powerful.” —Bookforum

“A masterpiece . . . Here, great literature once again shows its true face.” —ABC Cultural (Spain)

“Keeps us guessing until almost the last page. Yet what lingers in the reader’s mind is not the murder mystery, compelling though it is. Rather, it is the author’s examination of the ebb and flow of flawed relationships; the chances that bring us together and the fates (in this case, murderous intent) that pull us apart.” —Financial Times

“I ended up getting angry with myself for not having rationed the reading so it would last longer.” —El País

“Uniquely luminous . . . Like Beethoven, Marías is a brilliant escape artist . . . But Marías is original; he cannot help it.” —Times Literary Supplement (London)

The Infatuations is a metaphysical exploration masquerading as a murder mystery . . . Quietly addictive.” —Spectator

“Smart, thoughtful, morally challenging, and consistently surprising in its tense twists.”—Scotland on Sunday

“Haunting. . . . Evokes verbal puzzle-makers like Borges, and Marías’s ingenious chessboard plots bring to mind the 20th century’s grand-master strategist, Vladimir Nabokov.”—Los Angeles Times

“An arresting story of love and crime.”—San Francisco Chronicle

“The unspoken romance at the heart of Marías’s work is the recuperation of old-fashioned adventure within perfectly serious, cerebral contemporary fiction.”—The Daily Beast

“Great art often emerges from breaking, or at least tweaking, rules. A work that transcends its conventions can produce special results. Here’s such a book . . . The Infatuations takes you where very few novels do.”—Paste magazine

“A masterly novel . . . The classical themes of love, death, and fate are explored with elegant intelligence by Marías in what is perhaps his best novel so far . . . Extraordinary . . . Marías has defined the ethos of our time.”—The Guardian (UK)

“Marías has created a splendid tour de force of narrative voice. . . . A luminous performance.”—Wichita Eagle

“Javier Marías is a master of first lines. He’s a master of other things as well . . . All Marías books feel like chapters in one much longer book. And it’s one you should start reading, if you haven’t already.”—Slate

“Beyond the interesting ideas his work draws on, Marías’s novels are simply a pleasure to read . . . The Infatuations, containing the qualities of Marías’s best work, is an important addition to his oeuvre.”—The Millions

“Marías’s novel operates on so many levels simultaneously, it becomes a piece of evidence itself, an artifact that proves its own argument.”—The Onion, A. V. Club

“Marías’s novel weaves an intricate web, but its triumph is in the power of its narrator. Marías has found the ideal voice—detached, inquisitive, and vigilant—for one of his finest novels.”—Los Angeles Review of Books

0033123a-9490-485e-abfc-831ca1f43a7fThe Infatuations

Everyone needs something to get through the day. For some, it’s faith. For others, drugs, shopping, sex, or love. Reserved, thirty-something María Dolz relies on a man and a woman she sees almost every morning in the café where she has breakfast. Still laughing and joking like the best of friends after years of domestic union, they are, she thinks, the Perfect Couple: a vision of marital bliss. “It was the sight of them together that calmed and contented me before my working day began,” María tells us. Without them, she felt depressed. Then one afternoon the husband is stabbed to death by a homeless man. A tragic accident? Or the perfect crime?

From this scenario and three books (Balzac’s Colonel Chabert, Dumas’s The Three Musketeers, and Shakespeare’s MacBeth), the acclaimed Spanish novelist Javier Marías spins an exquisite web of confessions, lies, and sticky half-truths. That’s only the beginning. For The Infatuations is not merely a tale of love gone wrong, it’s also an evocation of modern sexual manners, a meditation on the relationship between the living and the dead, and a dazzling portrait of the master criminal as a kind of gorgeous spider: careful, patient, venomous. Not since Tom Ripley have I met such a cunning, and envious, creature.

Marías himself likes to work in delicate circles. His sentences are long, conversational, circuitous, their tension constantly redirected by his characters’s shifting doubts, evasions, and desires. More than anything, his prose reflects the brooding tenor of María’s cautious, intelligent mind — a mind agitated by her contact with a widow’s desperate grief and a womanizer’s deft manipulations. For after the Perfect Husband dies, María Dolz falls in love with his best friend: a man she meets only in his apartment, only when he calls her. Thus does one infatuation pave the way for another.

Javier Marías’s has long been acclaimed as one of Spain’s most exceptional writers: an author who builds intoxicating cocktails of philosophy and noir. His masterful murder story culminates in an scene of unforgettable ethical ambiguity. The most sinister thread his novel, however, is the silken connection that Marías traces between crime and confusion. For when the killer is finally cornered, a smokescreen of doubt is enough to enable the unrepentant to escape:

“When you don’t know what to believe,” Marías writes, “when you’re not prepared to play the amateur detective, then you get tired and dismiss the entire business, you let it go, you stop thinking and wash you hands of the truth or of the whole tangled mess—which comes to the same thing.” [319]

In other words, hidden crimes go unpunished not because criminals can’t be caught, but because of our own unwillingness to undertake the burden of sifting truth from deception, crime from camouflage. Thus our apathy abets the spiders of this world.

MARCELA VALDÉS

Critical Mass, March 11, 2014

THE INFATUATIONS – WHY THIS BOOK SHOULD WIN

The Infatuations by Javier Marías rolled into its publication date with more baggage than the Coast Starlight, more anticipation than the Wells Fargo wagon in The Music Man.

Immediately, the griping and whining started. “It isn’t his best book.” “It isn’t as good as (fill in the blank with any of his previous books).” “I really loved the trilogy, but this…” “Knopf paid serious money for the book, did they know what they were getting?” I even heard someone suggest the book was slighted because of readership loyalty to New Directions, Marías’ previous publisher.

However, The New York Times, The Guardian, The Los Angeles Times, NPR, and Slate all made it through their reviews without an audible groan – and for good reason. This is a really good book.

Marías is writing in genre, and he appears to be having a hell of a good time doing it. It’s cerebral in ways similar to Frederick Knott’s Dial M for Murder. It’s less about the crime, less action, and more about the paths and perception – more philosophic than forensic.
I’ve read a boatload of mysteries, but I can’t remember one that does exactly what The Infatuations does. Not going to outline the plot, but the ending, no spoiler alert here, is dropped in your lap.

I love Marías. I don’t care if what he writes is High Fecking Art or not. And you shouldn’t either.

This book should win The Best Translated Book Award.

GEORGE CARROLL

Three Percent, March 12, 2014

LA ZONA FANTASMA. 27 de abril de 2014. Las lecciones de la imaginación

Ya pasó Sant Jordi, el Día del Libro, y de aquí a un mes empezará la Feria madrileña del mismo objeto, con las perspectivas más lúgubres en muchísimos años. No es sólo que las librerías estén ahogadas por la crisis y por la piratería en aumento. No es sólo que los editores busquen desesperadamente algún título que arrastre a las masas a comprarlo, y que a la mayoría ya les dé igual que se trate de una obra digna o de la enésima porquería más o menos sadomasoquista, cateta y machista con origen en Internet, donde habrá cosechado legiones de “seguidores” rudimentarios y descerebrados, de los que se limitan a pedir “más”: más “sexo fuerte”, más violencia, más torturas gratuitas, poco a poco –oh qué moderno– se vuelve a uno de los textos más soporíferos de la historia de la literatura: Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade, escrito en 1785, reiterativo catálogo de atrocidades que acaba por arrancar bostezos hasta a los más voluntariosos depravados. No es sólo que los autores anden preocupados y deprimidos, al ver cómo sus nuevas novelas se venden infinitamente menos que las anteriores (eso los que alguna vez han tenido un número apreciable de lectores) o nacen ya muertas, destinadas a ser devueltas a la distribuidora a las pocas semanas de aterrizar en los escaparates. La última vez que me pasé por una librería y eché un vistazo a las novedades, vi no pocas que superaban las seiscientas páginas y a las que, por su aspecto, o por la descripción leída en las reseñas que las ensalzaban, o por la mera conjunción de nombre, título, grosor y precio, uno no podía augurar más que una rápida caída en el vacío. “Ojalá me equivoque”, pensé con escasa fe. “Ojalá cada una de ellas sea un gran éxito; y sean leídas y discutidas por muchos y recomendadas por los únicos que hoy gozan de verdadera influencia, los lectores desconocidos”.

El íntimo convencimiento de que no será así en casi todos los casos me produjo melancolía. Precisamente porque también me dedico a escribirlos, sé cuánta tarea y esfuerzo hay detrás de cada libro, los largos meses o años empleados en sacarlo adelante; aunque sea malo, o esté hecho de cualquier manera, sólo llenar esa cantidad de páginas requiere un monumental trabajo. No soy de los que creen que fue mejor toda época pasada. Al contrario: estoy seguro de que nunca se han leído (ni comprado) tantos libros como en nuestros tiempos; de que siempre ha habido obras que han caído en el vacío; de que los grandes éxitos jamás habían alcanzado ventas tan superlativas como ahora. Sin embargo sí creo que la magnitud de la indiferencia nunca había sido tan mayúscula como la que aguarda a los libros condenados a ella desde el principio. Y la mayoría de éstos son –ay– los que se ha dado en llamar absurdamente “libros literarios”, es decir, los que tienen ambición y voluntad de estilo, los que no se ciñen a contar una historia más o menos interesante y santas pascuas. Los que tal vez –tal vez– hacen que la gente piense o se fije en el funcionamiento del mundo, los que en el espacio de unas cuantas horas –las que tardamos en leerlos– nos brindan entendimiento y conocimientos que quizá no adquiriríamos por nuestra cuenta ni en el transcurso de una vida completa.

Tengo la sensación de que nos vamos adentrando en una de esas épocas en las que se tiende a juzgar superfluo cuanto no trae provecho inmediato y tangible. Una época de elementalidad, en la que toda complejidad, toda indagación y toda agudeza del espíritu les parecen, a los políticos, de sobra o aun que estorban. Y como los políticos, incomprensiblemente, poseen mucho más peso del que debieran, detrás suele seguirlos la sociedad casi entera. Son tiempos en los que todo lo artístico y especulativo se considera prescindible, y no son raras las frases del tipo: “Miren, no estamos para refinamientos”, o “Hay cosas más importantes que el teatro, el cine y la música, que acostumbran a necesitar subvenciones”, o “Déjense de los recovecos del alma, que los cuerpos pasan hambre”. Quienes dicen estas cosas olvidan que la literatura y las artes ofrecen también, entre otras riquezas, lecciones para sobrellevar las adversidades, para no perder de vista a los semejantes, para saber cómo relacionarse con ellos en periodos de dificultades, a veces para vencer éstas. Que, cuanto más refinado y complejo el espíritu, cuanto más experimentado (y nada nos surte de experiencias, concentradas y bien explicadas, como las ficciones), de más recursos dispone para afrontar las desgracias y también las penurias. Que no es desdeñable verse reflejado y acompañado –verse “interpretado”– por quienes nos precedieron, aunque sean seres imaginarios, nacidos de las mentes más preclaras y expresivas que por el mundo han pasado. Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas; casi todos los sentimientos en las poesías; casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes, y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite “reconocer” a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos. Aunque sea no tener qué llevar a casa para alimentar a los hijos. También esa desesperación se entiende mejor si unos versos o un relato nos la han dado ya a conocer, y nos han preparado para ella. Sí, no se desprecie: sólo imaginativamente. O nada menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 20 de abril de2014. Lo mejores y los peores

Leí hace poco dos viejos versos de Yeats que me parecieron verdaderos, en la medida relativa en que cualquier afirmación lo puede ser: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”. Si me parecieron tan “verdaderos” es porque, hasta cierto punto, y con excepciones, definen la historia de la humanidad, y desde luego la de nuestro país. De lo que no cabe duda, en todo caso, es de que los indiscutibles “peores” del pasado siglo triunfaron más que nada por su vehemencia, por su exageración y dogmatismo, por su griterío ensordecedor, por su extremismo simplificador y chillón. Los nazis, los stalinistas, los fascistas italianos, los maoístas chinos o exportados al Perú, todos estuvieron poseídos de indudable ardor. No hablemos de las fuerzas que acabaron imponiéndose en España durante la Guerra Civil y relegando a los “mejores” a la condición de meros espectadores horrorizados, o de exiliados prematuros, o de leales al bando de la República –por ser el único legal– parcialmente a su pesar, es decir, por decencia pero sin convicción. Ésta, en cambio, les sobró a los franquistas, que encima contaron con la bendición de la Iglesia Católica, o aún es más, con su exaltación justificadora de las matanzas. Y si interviene el elemento religioso, entonces el fanatismo, el entusiasmo aniquilador, se agudizan y pierden todo posible freno. Mucho me temo que esa ha sido una de las principales funciones de las religiones: encender mechas, ofrecer coartadas, prometer dichas ultraterrenas a los asesinos por vocación.

Nada tiene por qué cambiar, y en este siglo XXI los peores siguen rebosando intensidad y amparándose en la religión. Puede ser la religión distorsionada, como en el caso de talibanes y yihadistas, que, lejos de menguar, se extienden como la pólvora; o bien sucedáneos de aquélla, en forma de nacionalismos las más de las veces. Proliferan en Europa, y van ganando adeptos, los movimientos y partidos xenófobos y racistas, los que demonizan a los inmigrantes –legales o no, tanto les da–, los que claman “Grecia para los griegos”, “Francia para los franceses”, “España para los españoles” o “Cataluña para los catalanes de verdad”. En este último lugar hay una señora mandona y ensoberbecida, que preside la llamada Asamblea Nacional Catalana, que sin duda está poseída por la vehemencia más apasionada. En virtud de ella, y no de otra cosa, se permite dictar “hojas de ruta” a los representantes políticos surgidos de elecciones democráticas, mientras que a ella nadie la ha votado jamás. Los peores se hacen fuertes cuando los mejores carecen de convencimiento. Cuando éstos se amedrentan y desisten. Cuando temen verse “sobrepasados” o repudiados. Cuando deciden que razonar, argumentar y pactar ya no sirve de nada. Ese “ya” es lo más peligroso que existe. Señala el momento en que los inteligentes arrojan la toalla, en que se resignan a no ser escuchados, en que se persuaden de que sólo el vocerío vale para hacerse oír, y de que, por tanto, una de dos: o hacen literalmente mutis por el foro o se suben a la grupa del simplismo y el estruendo, del blanco o negro, del conmigo o contra mí, de los patriotas y los antipatriotas, o, como sufrimos aquí a lo largo de cuarenta años, de los españoles y los antiespañoles.

EL CREPÚSCULO¿Por qué los mejores carecen a menudo de convicción, si los asiste la razón, tienen un desarrollado sentido de la justicia y son tolerantes con lo tolerable, procuran entender al contrario y atienden a los argumentos de sus adversarios? Precisamente por todo eso, he ahí la contradicción. Los mejores siempre dudan algo, siempre se paran a pensar, no se sienten en posesión de la verdad, no son simplistas ni radicales, no tienen una sola meta entre ceja y ceja, les repugna el oxímoron “guerra santa”, por no mencionar “sagrada misión” y otras sandeces por el estilo. Desde mi punto de vista uno nunca debería prestar atención a los llenos de apasionada vehemencia. Es más, ésta es para mí motivo de desconfianza y sospecha, y, abundando en los versos de Yeats, suele enmascarar a los peores, a los más dañinos y autoritarios, a los que hacen abstracción de las personas y se muestran siempre dispuestos a sacrificarlas en nombre de la Causa, o del Progreso, o del Proyecto, o de la Nación, tanto da. Son los que olvidan que todos tenemos solamente una vida, y que ninguna puede arruinarse por un abstracto Bien Futuro. A estas alturas deberíamos saber todos que el futuro es una entelequia, que no se puede configurar ni tan siquiera imaginar. Sólo importan los que están aquí, y también algo los que estuvieron, sólo sea porque sus huellas sí se pueden reconocer. A menudo las de los mejores están escondidas, como dice esta otra cita de la novelista del XIX George Eliot: “Que el bien aumente en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que ni a vosotros ni a mí nos haya ido tan mal en el mundo como podría habernos ido, se debe, en buena medida, a todas las personas que vivieron con lealtad una vida anónima y descansan en tumbas que nadie visita”. Es cierto, muchos de los mejores pasan calladamente o hablando en susurros, jamás gritan ni vociferan, porque no están llenos de apasionada intensidad. Pero ay de nosotros si no existieran, si no hubieran existido siempre; si sus tumbas que nadie visita no alfombraran la tierra discreta, la única que de verdad nos sostiene.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de abril de 2014

Shakespeare , el mayor inspirador

Sciammarella

Sciammarella

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.

Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.

Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.

En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a éste y le dice: “My hands are of your colour; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.

Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño que mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

JAVIER MARÍAS

El País, 16 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 13 de abril de 2014. En el inofensivo pasado

 

Marisa Flórez/EL PAÍS

Marisa Flórez/EL PAÍS


La reciente muerte de Adolfo Suárez produce sobre todo melancolía, al menos entre quienes éramos jóvenes cuando apareció, cuando gobernó y cuando fue defenestrado, por los suyos y por casi todo el mundo. Pero la melancolía no viene sólo por lo más evidente, esto es, por la desaparición definitiva de una figura que trajo esperanza, considerable optimismo y suscitó mucha simpatía. Si en algo se distinguió Suárez fue en que, por primera vez en muchísimos años, un gobernante español no inspiraba miedo. Siempre pareció razonable y alejado de todo autoritarismo; es más, como venía del franquismo –pero en nada se asemejaba a éste–, procuró ser todo lo contrario de lo que lo había precedido: respetuoso, conciliador, dialogante, sonriente y cordial, atento y persuasivo. Tal vez, como a la mayoría de los políticos, los consejos le entraban por un oído y le salían por otro, pero se aprestaba a escucharlos e incluso los solicitaba. He contado ya antes cómo, al filtrarse el borrador de la Constitución, mi padre, Julián Marías, escribió un artículo tildándolo de absurdo, erróneo y hasta mal escrito. Ese mismo día Suárez lo llamó, le pidió encontrarse con él para que le explicara más y lo orientara al respecto. Si Suárez no era humilde, lo parecía. Si no le importaba la opinión de los demás, lo disimulaba tan bien que la indiferencia debe ser descartada: todo fingimiento tiene un límite, rebasado el cual deja de serlo. Si desdeñaba a alguien, lo ocultaba. Es difícil recordarle un mal gesto, un desplante, una actitud humillante o despreciativa, ni hacia sus oponentes ni hacia sus correligionarios. Era chulo, sí, pero sólo en el mejor sentido de la palabra: alguien que no se arredraba, que no estaba dispuesto a que lo avasallaran ni pisotearan; sí, en cambio, a que lo convencieran.

No es de extrañar que en estos tiempos desabridos la gente lo eche de menos, con la excepción de los ensimismados cenizos de Esquerra Republicana, el BNG y Amaiur y Bildu, quienes jamás apreciarán a nadie que no les dé la razón en todo: sus integrantes son individuos que sólo admiran a sus obedientes ovejas, si no es esto una contradicción en los términos. Pero la melancolía es también otra: la noche de su velatorio, cenaba yo frente al Congreso con mis amigos Díaz Yanes y ­Gasset, y salíamos a fumar de vez en cuando. Veíamos cada vez (incluso pasada la una de la noche) la larguísima cola de quienes iban a visitar el cadáver. Más allá de que nos pareciera extravagante la costumbre (un poco sevillana), supongo que muchos de los que soportaban el frío y la espera querían expresar así su agradecimiento. El inoportuno anuncio de su “muerte inminente” multiplicó los elogios y los monográficos televisivos. Y eso es lo que produce tristeza, incluso leve amargura. Suárez llevaba muchos años ausente por enfermedad, y aún más fuera de la política. No sólo era ya alguien “inofensivo”, sino que estaba desactivado y no contaba. Es lo propio de España: se vierte una catarata exagerada de alabanzas sólo cuando ha muerto una persona notable, o, si acaso, como aquí, cuando ya no hace sombra a nadie, ni adquiere protagonismo, ni puede soltar declaraciones que pongan en cuestión a ningún vivo. Parafraseando la máxima escuchada en tantos westerns sobre los indios, el único español bueno es siempre el español muerto, o, en su defecto, el que está fuera de juego, el callado, el inhabilitado, el que ha dejado el campo libre a los insaciables ambiciosos que quisieran a su alrededor nada más que un inmenso vacío.

A Suárez, mientras estuvo activo, lo detestaron casi todos: parte del Ejército, la extrema derecha, los del Partido Popular que al principio se llamaba Alianza, los socialistas, la extrema izquierda, los nacionalistas, sus compañeros de la UCD que le hicieron la vida imposible y lo obligaron a marcharse. Cuando fundó su nuevo partido, el CDS, los votantes que hoy sienten nostalgia le dieron la espalda, hasta que hubo de disolverlo y retirarse. Entonces, poco a poco, se empezaron a reconocer sus méritos y su carácter abierto, la dificilísima tarea que había llevado a cabo con mucho más éxito del esperable. Cuando ya no podía quitarle el sitio a nadie. Cuando su figura ya no podía empequeñecer las de los demás. Cuando se lo vio como pasado. El título de esta columna tendría que ser otro, pero ya lo utilicé en una pieza de 1997 y en el volumen recopilatorio que la contuvo: Seré amado cuando falte. Una vez más, es una cita de Shakespeare, que lo expresó casi todo: “I shall be lov’d when I am lack’d”, en Coriolano. Lamentablemente, es el sino de todo español de valía, en cualquier campo: ser reconocido plenamente, ensalzado, añorado y querido sólo tras su desaparición o derrota. A menudo ni siquiera el sentimiento es puro, sino que se utiliza al muerto que en vida fue denostado para denostar a los que quedan, a los que incurren en el imperdonable delito de seguir vivos y no vencidos. “Este que ya no está sí que era bueno”, se aprovecha para decir, “y no como estos mediocres de ahora”. Somos un país condenado a chapotear en el descontento presente, y a sentirnos orgullosos y reconciliados solamente con los que –por fin– ya no respiran y pertenecen al inofensivo pasado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de abril de 2014

Ramón Pernas: “Creo que soy el único escritor que dice en público que le gusta Javier Marías”

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[Menciona a JM a partir del minuto 17]

Entrevista a Ramón Pernas:

“Creo que soy el único escritor que dice en público que le gusta Javier Marías, considero que es uno de los grandes escritores vivos en español. También tengo un afecto literario por Antonio Soler y por un atrevido y excéntrico escritor francés nacido en España, Enrique Vila-Matas que es un magnífico escritor que es está en una etapa de su vida espléndida regenerando la literatura”.

“Esos tres (Javier Marías, Antonio Soler y Enrique Vila-Matas) son suficientes para diagnosticar el estado de salud de la literatura española. Han emergido unos jóvenes escritores como Salomón y tal, pero está a una distancia notable de estos tres”.

LORENZO RODRÍGUEZ

Periodista Digital, 11 de abril de 2014

Marías elige a Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY
EDITED BY ANTHONY AND BEN HOLDEN
Simon &Schuster UK, April 2014

Índice y primeras páginas

En este libro cien intelectuales eligen y comentan el poema que más les emociona. Javier Marías ha elegido el soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”.

QUEVEDO Y MARÍAS

Texto en catellano:

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

LA ZONA FANTASMA. 6 de abril de 2014. La muerte de la discreción

Siempre procuré sopesar lo que contaba y preguntaba. En lo segundo he llegado a ser tan cauto que luego, a veces, se me ha reprochado desinterés o indiferencia; con esas cosas se ha confundido mi enorme aversión al sonsacamiento. Detesto a quienes lo preguntan todo o mucho y quieren estar “enterados” hasta de lo que les trae sin cuidado. Normalmente es gente que trafica con lo que averigua, que sólo ansía saberlo para relatarlo a su vez, para presumir de estar en el ajo y ofrecer primicias. Su discreción está excluida, es un concepto reñido con su naturaleza. Esas personas no sienten curiosidad pura, no se dan por satisfechas con estar al tanto, no son meramente fisgonas, sino chismosas: recaban información para aprovecharse de ella y transmitirla lo antes posible. Algunas se ganan así el aprecio o la tolerancia de otros: hay individuos insoportables que se hacen un hueco en la sociedad, y tienen amistades, tan sólo porque proporcionan cotilleos y entretienen con ellos. De otro modo serían solitarios, si es que no cuasi apestados. No les queda más remedio que tirar a los demás de la lengua –eso para mí tan odioso–: es su manera de medrar y de ser aceptados.

Todo esto es viejo como el mundo. Lo que ya no lo es tanto es la proliferación mundial de estos sujetos, la conversión voluntaria de ingentes porciones de la población en eso, en irredentos cotillas. Para empezar, hay una exposición desaforada de lo propio, mezcla de impudor y narcisismo. En Facebook y Twitter la mayoría de sus usuarios relatan y muestran demasiado de sí mismos, a menudo para su arrepentimiento y con consecuencias desastrosas. Hay gente que ha perdido empleos por haber sido exhibicionista o bocazas en estas redes. Hay delincuentes cretinos que han acabado en la cárcel por haberse jactado de sus hazañas en el ciberespacio, la vanidad los ha condenado. Ya hay legiones de jóvenes reclamando el derecho al borrado y al olvido de lo que “colgaron” un día, y lo tienen difícil, ahí todo deja imperecedero rastro. No hay mayor prudencia –al contrario– con lo que se cuenta de los otros. El planeta está lleno de imbéciles que fotografían con sus móviles cuanto se pone a su alcance, y nada les gusta más que captar una imagen inconveniente o prohibida de alguien más o menos famoso. De ellas sacan a veces beneficios crematísticos, y si no, “visitas”. Lo peor es que la falta de escrúpulos se ha extendido a los medios en teoría serios y responsables. Puesto que han de competir con millones de intrusos, no pueden perder todas las batallas andándose con miramientos.

Uno de los frenos o límites tradicionales a la hora de hacer público algo era la consideración del daño que podía hacerse con ello. También se tenía conciencia de que era fácil dar al traste con una operación militar o policial o de espionaje si se informaba de ella antes de tiempo. Ahora es la propia policía –la española, al menos– la que en ocasiones divulga sus métodos y procedimientos para provecho de los criminales, que así sabrán qué errores deben evitar en el futuro. Y, por supuesto, a casi nadie le importa un pimiento poner en peligro la vida de quienes se han arriesgado llevando a cabo una misión –se supone– vital para su país y sus conciudadanos. Leo que, del equipo de veintitrés hombres que se encargó de Bin Laden, sólo dos siguen vivos. El resto ha muerto en combate, lo cual parece mucha casualidad, dado que aún no se han cumplido tres años de aquella operación. Uno de los dos supervivientes, el que se cree que disparó contra el Enemigo Público Nº 1 –de ahí que su sobrenombre sea “El Tirador”–, volvió a la vida civil con mal pie. Renunció a lo habitual entre los ex-Navy Seals –entrar como mercenarios en empresas de seguridad privada–, y al parecer “no tiene pensión ni seguro médico, sufre artritis, tendinitis, problemas oculares y dolores de espalda, todo producto de sus dieciséis años de servicio al límite. Su situación es tan mala que, pese a estar separado, vive con su ex-mujer en la misma casa por una cuestión meramente económica”. ¿Se ignora su identidad al menos, dadas las masas que querrían vengarse de él? Me temo que la sabrá quien lo desee. En el mismo artículo se dice que, pese al secretismo inicial de la misión, en seguida se reveló que se había encargado el Team Six, la élite de los elitistas Seals, y que los integrantes del comando sabían que eso ocurriría. “Les doy una semana para soltar que han participado los Seals”, le dijo el otro superviviente –más avezado, autor de un libro– a un compañero mientras Obama daba la noticia. “Y una mierda”, le contestó su interlocutor. “Yo no les doy ni un día”. Y así fue. “ABC News”, explica el reportaje, “incluso ofreció las pautas para reconocer a uno de estos supersoldados”. Se trata de contar y contar, lo que sea, caiga quien caiga, se le arruine la vida a alguien o se lo conduzca al matadero. “El Tirador”, por lo visto, vive aterrado, además de con penurias. Ni siquiera existe un programa de protección para individuos como él, esos que permiten cambiar de identidad, trasladarse a un confín remoto del mundo y tener algún guardaespaldas a mano. El hombre ha enseñado a tirar a su ex-mujer, a sus hijos a esconderse en la bañera, y guarda un cuchillo en su tocador “como último recurso”. Mal le pinta el futuro. Así que sigan sonsacando, fotografiando, contando y “colgando”, pero no crean que no hacen daño a nadie. Empezando por ustedes mismos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 30 de marzo de 2014. Proliferación de cabestros y mastuerzas

No sé cómo se las gasta la gente en las demás ciudades. O bueno, sí en alguna que otra, pero como no vivo en ellas ni son la mía, será más prudente y diplomático dejarlas de lado. En Madrid prolifera cada vez más una fauna para mi insólita, y eso que, con excepciones, llevo viviendo aquí desde mi nacimiento en los años cincuenta, cuando había mucha más pobreza, analfabetismo y burricie, o eso parecía. Con la llegada de la democracia hubo un periodo en el que todo mejoró bastante. No sólo en lo político, claro, también en lo cívico. Se deseaba equipararse con los otros países europeos, los ciudadanos mantenían el suelo de sus calles un poco menos guarro, los bares empezaron a no estar tan sembrados de colillas, huesos de aceitunas y cáscaras varias, hombres y mujeres hicieron un pequeño esfuerzo por mejorar su aspecto y por tratarse con algo semejante a la cortesía; la policía, que durante décadas había desplegado autoritarismo y malas maneras, cuando no brutalidad a secas, procuró hacerse educada y amable y ponerse al servicio de quienes le pagaban el sueldo, no por encima de ellos; lo mismo los políticos, a diferencia de los actuales. Nunca se nos fue, con todo, cierto elemento de zafiedad y grosería que parece consustancial a una buena porción de españoles. Nunca la televisión ha dejado de emitir mil programas soeces, hasta hoy mismo. Nunca ha dejado de haber humoristas que, por muy “inteligentes” que a sí mismos se llamen, son herederos directos de Martínez Soria y de Mariano Ozores y tienen la misma gracia que ellos, más o menos. Nunca ha dejado de haber mastuerzos y cabestros por nuestras calles, pero durante un tiempo breve se ejerció cierta presión tácita contra ellos. A veces basta con que la mayoría mire mal actitudes, para que quienes las observan se cohíban un poco, se abstengan otro poco y, en el peor de los casos, incurran en ellas medio a escondidas y con disimulo.

Hace mucho que esto ha acabado. He aquí un ejemplo ilustrativo: llevo años viendo cómo en el callejón de Felipe III, que desemboca en la Plaza Mayor –en pleno centro, en la zona más turística de la capital–, legiones de individuos, una noche sí y otra también, mean contra sus arcos con desparpajo absoluto. Disculpen la ingrata imagen, pero, al tener ese callejón leve cuesta, permanentes chorros bajan hasta la calle Mayor, y como los alcaldes nos han puesto granito –que no se limpia– hasta donde había hierba o tierra, los repugnantes churretones, una vez secos, jamás desaparecen sino que van en bochornoso aumento. No hace falta decir que los meadores, ahí y en otros sitios, solían ser varones. Hasta hace poco, y esto, para mí, pertenece a lo insólito. Las mujeres no hacían eso, no sólo porque la operación les resulta más dificultosa, sino porque tradicionalmente han sido más pudorosas y civilizadas. Hará un mes vi, sin embargo, por vez primera, a una joven hacer sus necesidades en ese desdichado meadero. Estaba claramente “cocida”, lo tomé por excepcional. Pero un par de semanas más tarde pillé a otra en la misma postura animalesca. Dos veces puede ser coincidencia, me dije, tres ya serían tendencia. Pues bien, un reciente jueves a las nueve de la noche, ni siquiera muy tarde ni en fin de semana de borracheras, en la calle del Puñonrostro, casi en la Plaza del Conde de Miranda –es decir, no en hueco discreto sino en espacio abierto–, veo a una mujer, no una jovenzuela, que se ha bajado los pantalones tranquilamente y evacúa su líquido en cuclillas, casi delante de un convento de las Jerónimas en el que se venden dulces. Me dieron ganas de hacer honor al nombre de la calle, pero jamás sería violento con una mujer, etc. A continuación las ganas fueron de afearle la conducta (no era yo el único transeúnte y testigo obligado), pero me di cuenta de que eso tampoco es ya posible. Se ha llegado a tal grado de consentimiento de los comportamientos inciviles que hoy, si uno chista a quienes arman bulla de madrugada, corre el riesgo de que éstos se indignen y le den una paliza; si mira mal a quien tira algo al suelo con papelera a mano, recibirá una sarta de improperios; si en un cine ruega a alguien que no sorba ni mastique hasta el punto de convertir en inaudible la película, le contestará que hace lo que le sale del puro y lo mandará a la mierda (eso con suerte); si se queja al que ha aparcado en doble fila, es probable que éste salga con una llave inglesa y le parta el cráneo; si llama la atención a quien se ha colado en una cola, éste lo pondrá de vuelta y media … Los groseros, los infractores no sólo infringen, sino que sienten que la razón está de su parte. Su reacción habitual es: “Sí, ¿qué pasa? Cállese usted la boca”. Así que, a la altura de la meadora de Puñonrostro, apartándome lo más posible de ella y su flamante charco, sólo me atreví a decir “Jóder”, como quien lo dice para sí mismo. La brutalidad sólo crece –ha alcanzado a las mujeres– en esta ciudad gobernada por el PP desde hace veintitantos años. Por supuesto jamás hay un guardia que le haga la menor observación a nadie. Ni educado y amable como los de hace dos o tres décadas ni tampoco autoritario. Bueno, estos últimos abundan cada vez más, pero suelen estar todos ocupados con los manifestantes pacíficos, en preaplicación de la Ley de Seguridad neofranquista que nos va a aprobar el actual Gobierno, el cual también alberga unos cuantos mastuerzos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de marzo de 2014

Reseñas de ‘Comme les amours’

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COMME LES AMOURS DE JAVIER MARÍAS: UNE DÉAMBULATION TROUBLANTE DANS LE JARDIN DU BIEN ET DU MAL ….

«Vous me croyiez mort, n’est-ce pas, comme je vous croyais morte? Notre position est vraiment étrange ; nous n’avons vécu jusqu’à présent l’un et l’autre que parce que nous nous croyions morts, et qu’un souvenir gêne moins qu’une créature, quoique ce soit chose dévorante parfois qu’un souvenir.» Alexandre Dumas, extrait Les trois mousquetaires.

Editrice madrilène à l’existence discrète, lasse des atermoiements des auteurs dont elle a la charge, María prend chaque matin à proximité de son lieu de travail un petit-déjeuner qu’elle accompagne d’une contemplation: celle d’un couple dont la perfection enchante ses journées et en rend tolérable l’ennui.

Un émerveillement de courte durée quand elle apprend l’assassinat sauvage de l’homme, Miguel Desvern, producteur de renom et époux de Luisa avec laquelle il composait cette partition de conte de fées. Privée de tout optimisme, la vie de María reprend un cours sans saveur et lorsqu’elle croise à nouveau la femme elle ose enfin décliner son identité et lui révéler la joie que lui procurait leur couple. Dévastée par l’absence de l’être aimé, Luisa évoque la ténacité du chagrin et c’est par la petite porte des confidences qu’elle autorise María à entrer dans son intimité, lui présentant quelques proches dont le très séduisant Javier Díaz-Varela, qui fut l’ami de son compagnon. Très vite, le hasard mettra Díaz-Varela sur le chemin de María. De cette rencontre imprévue naîtra une mélodie bien plus sombre, une variation empreinte de duplicité où s’invitera un tout autre deuil: celui de la perte des illusions…

Unaniment salué de par le monde littéraire, le savoir-faire de Javier Marías prend dans ce roman une dimension de conte philosophique à faire pâlir d’envie Monsieur Perrault en personne. S’aidant d’une langue altière et impeccable dont il demeure l’un des indiscutables garants, Javier Marías livre une réflexion exigeante sur les insuffisances de nos jeux de l’amour et du hasard et c’est avec une cruauté délectable qu’il nous invite à méditer sur les roueries et petits arrangements dont peuvent s’entourer les plus nobles sentiments. En choisissant de se glisser dans la psyché et les palpitations d’une narratrice, il témoigne de sa vaste connaissance de l’intériorité féminine et de de sa disposition séculaire à tomber en amour pour ce qui lui échappe, laissant ainsi à l’homme un autre emploi bien connu: celui du prédateur à l’effleurement sensuel animé par la convoitise.

En filigrane de cette incursion dans la fable, Javier Marías se réapproprie avec agilité une autre thématique: celle de la mort et plus largement celle de notre faculté d’oubli. Car une fois la perte du proche acceptée, souhaitons-nous vraiment la réapparition des défunts dans nos vies? Ne préférons-nous pas l’espace cotonneux du souvenir? Une savante digression qu’il met en abyme en nous offrant une relecture admirable de modernité du Colonel Chabert auquel Honoré de Balzac fit dire cette phrase tristement célèbre «J’ai été enterré sous des morts, mais maintenant je suis enterré sous des vivants, sous des actes, sous des faits, sous la société tout entière, qui veut me faire rentrer sous terre.»

Un très grand roman, une écriture délectable parce que rare. Saisissant et venimeux . Beau et imparfait «comme nos amours»…

ASTRID MANFREDI

Laisse parler les filles (Blog), 18 Janvier 2014

COMME LES AMOURS

Si Laura Kasischke joue avec le lecteur et l’inconscient, Javier Marías place la manipulation au cœur même de son sujet avec une brillante déambulation dans les méandres de la conscience. Une performance à déconseiller aux amateurs de péripéties musclées, mais qu’apprécieront les passionnés de grande littérature.

À force de prendre son petit déjeuner chaque matin dans la cafétéria à côté de son bureau, María Dolz remarque l’heureuse complicité qui anime un couple d’habitués. Petit à petit, leur présence agit comme un rituel réjouissant avant de commencer une ennuyeuse journée de travail. Elle ne s’inquiète guère de ne plus les voir à son retour de vacances jusqu’à ce qu’elle apprenne que l’homme, Miguel Deverne a été assassiné de seize coups de couteau par un sdf déséquilibré qui l’accusait de vouloir spolier ses deux filles de leur héritage.

Bouleversée, elle rend visite à Luisa, sa veuve qui la reconnaît, l’accueille et lui confie vivre un chagrin insurmontable. Lors de cette entrevue, elle fait la connaissance du meilleur ami de la victime, Javier Díaz-Varela, un séduisant parleur dont elle pressent qu’il est amoureux de Luisa et avec qui elle entame néanmoins une liaison. Involontairement, María va se retrouver au cœur d’une conspiration diabolique en relation avec la mort de Miguel qui l’obligera à sonder ses propres gouffres, tester son courage, sa loyauté ou sa lâcheté, sa capacité à se convaincre d’une version ou d’une autre, suivant qu’elle apaise ses états d’âme ou non.

Que savons-nous de ceux qui nous entourent? De leurs pensées intimes, de leurs réelles intentions ou de ce qu’ils ont fait par le passé? Quelle vérité nous parvient d’eux au bout du compte? Et quelles mains invisibles pétrissent parfois notre propre destin? D’introspection en fausses pistes, de correspondances littéraires en rebondissements, Javier Marías élabore une réflexion machiavélique sur l’amour, la mort, le deuil et le travail falsificateur du temps.

Par une multitude de circonvolutions, toujours pertinentes, qui passent par une relecture étonnante du Colonel Chabert, ainsi que des références à Shakespeare ou Dumas, il diffuse, à dose homéopathique, un suspense dont les digressions étudient la moindre palpitation du cheminement de María. Mensonges, trahisons, autosuggestion alimentent cette construction philosophique complexe, qui explore chaque recoin de nos douteux arrangements avec la vérité et la morale.

BÉATRICE ARVET

La Semaine, 3 Novembre 2013

LA ZONA FANTASMA. 23 de marzo de 2014. Así protegen los vándalos

Un amigo excelente, de cuyo criterio me fío y al que además admiro, me sugiere que quizá deba hablar menos de política –y por tanto del actual Gobierno y sus medidas, reformas y leyes– en estas piezas dominicales. “No te toca meterte en el fango en el que viven esos a gusto, o sólo de tarde en tarde”. Me temo que no es el único que opina así. Y como suelo tomar en consideración las recomendaciones de quienes respeto, recapacito, como se decía antes. A nadie le agrada dar una imagen de gruñón, cascarrabias o aguafiestas, ni siquiera de ciudadano airado, por más motivos de enfado que vayamos acumulando. También hago recapitulación, y resulta que, de las trece últimas columnas aquí publicadas (pocas más que las de 2014), he dedicado una a la mirada de John Wayne en El hombre tranquilo, otra a la película Almanya, otra al catolicismo de mi padre y a la apropiación de su figura por parte de ciertos políticos y curas, otra a un matrimonio de Texas que me envía insólitos regalos, otra a las armas con que me nutre Pérez-Reverte cada noche de Reyes, otra a la posible inutilidad de los intelectuales, otra a la piratería internética y una más a la discriminación que sufrimos escritores y músicos al no poder legar indefinidamente las obras que nos inventamos. Es decir, ocho artículos que no trataban de política o lo hacían sólo tangencialmente y de pasada; algunos, si no me equivoco, bastante bienhumorados. No sé si es que esos, que a veces llamo “de tregua”, causan menos efecto y se olvidan más rápido (se olvidan todos casi nada más ser leídos, en eso no nos engañemos); en todo caso, parece como si no contaran para dos tipos de personas: aquellas a las que revientan los más críticos (tertulianos de la Cope y del TDT Party, por ejemplo) y las que se preocupan por verme enfangado, como ese querido amigo.

A éste le contesté que tendría en cuenta su comentario (y eso hago), y también que desde mi punto de vista nos encontramos en una situación de emergencia que obliga a mancharse con la suciedad que esparcen nuestros gobernantes de todo signo. Cuando los abusos no son la excepción, sino la regla; cuando no se da abasto a contrarrestar –qué digo: a señalar– los desmanes y tropelías, entonces no hay más remedio que emporcarse. Ningún combate se libra desde el tendido. Y no es que el actual Gobierno sea el causante de todos los males que aquejan a este país de tradición malévola: más de una vez he recordado cómo Richard Ford, el viajero del XIX, observó en sus agudos escritos que España se caracterizaba, desde época prerromana, por dar gente buena y fiable tomada individualmente, bastante peor colectivamente, y siempre, sin falta, caudillos y dirigentes nefastos que arrastraban al conjunto y lo embrutecían. No puedo estar más de acuerdo, y, con excepciones, la cosa no ha cambiado un ápice. Qué más quisiera yo que mirar desde el tendido con aprobación y complacencia, y no soliviantarme con las noticias de cada mañana.

Pero no hay forma. Aparte de lo más grave y evidente, no hay día en que el actual Gobierno no nos cuele medidas vandálicas o autoritarias, y muchas pasan casi inadvertidas, al no darse abasto, como he dicho. La nueva Ley de Costas que prepara es un canto a la destrucción y el pillaje. Ya saben que el Ministro Arias Cañete (santo cielo, el menos mal valorado en las encuestas) permite que se edifique a sólo 20 metros del agua, en vez de a los 100 anteriores; también que ha amnistiado las construcciones ilegales –incluso las metidas en las playas– y les ha dado 75 años (!) de prórroga y autorización para ser vendidas y hacer negocio con ellas. Que no se va a derribar ni un adefesio ni un monstruo condenados por los tribunales. Pues bien, no se queda ahí el vandalismo: el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, lo ha dicho con toda desfachatez: “El impacto que ya está hecho, aprovechémoslo”. No entiendo cómo este sujeto –o sí, por desgracia lo entiendo– no ha sido destituido en el acto. Salvando las insalvables distancias, es como aquellos nazis que reflexionaron: “Ya que nos estamos cargando a tantos judíos, aprovechemos para hacer jabón con ellos”. O, para no ser exagerado, algo más neutro y abstracto: “Ya que hay tantos destrozos, cometamos unos cuantos más y así les sacamos beneficio”. Lo cierto es que esta nueva Ley va a multiplicar los chiringuitos playeros. Duplicará el tamaño que pueden ocupar, hasta los 300 metros; en vez de los 200 hasta hoy exigidos entre uno y otro negocio, ahora serán 150, o, si las actividades son “no similares”, tan sólo 75; ya no se restringirán, sino que se fomentarán en las playas “eventos con repercusión turística” de todo tipo (repugnantes tomatinas, por ejemplo), citas deportivas y “culturales” y fiestas; se recortará la zona de dominio público, esto es, se nos expropiará lo que es de todos para entregarse a los explotadores (ayuntamientos, comunidades autónomas, dueños de garitos y organizadores de chorradas). Bien, cuando no haya donde bañarse, o se levanten olas de 15 metros y arrasen los chiringuitos, las aberraciones arquitectónicas y los chalets invasores, vayan a pedirles cuentas a Cañete y a Ramos. Mientras tanto, las costas serán una verbena permanente y abigarrada, se verán atronadas por música hortera y plagadas de mirones escupiendo desperdicios. Lo mejor es el nombre de esta Ley, que me confirma en el título (“Juro no decir nunca la verdad”) de un artículo reciente que sí me enfangó hasta las cejas: Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. Sublime. Así protegen los vándalos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de marzo de 2014