LA ZONA FANTASMA. 19 de octubre de 2014. ‘Por qué no están en el manicomio’

Hace ya años que vengo observando una extraña costumbre de la prensa española que no me explico y que da que pensar. Que los periodistas mienten y manipulan es sabido desde hace siglos; que a veces inventan noticias inexistentes, y que ocultan o callan otras, según su conveniencia o sus órdenes y consignas. A estas alturas, nadie debería ser tan ingenuo para creer sin más lo que se nos cuenta en un diario, la radio o la televisión, no digamos en Internet. Obviamente, hay medios más tendentes a tergiversar que otros, o a falsear, y algunos resultan transparentes hasta la puerilidad. Uno diría que los lectores, oyentes o espectadores de éstos se han tenido que dar cuenta y los habrán abandonado, o por lo menos habrán aprendido a poner entre paréntesis o en cuarentena cuanto procede de ellos. Sin embargo no es frecuente que sea así. También sabemos que muchos individuos desean enterarse sólo de lo que previamente les gusta o aprueban, pretenden ser reafirmados en sus ideas o en su visión de la realidad nada más, y se irritan si su periódico o su canal favoritos se las ponen en cuestión. Sólo aspiran a ser halagados, a cerciorarse de lo que creen saber, a que nadie les siembre dudas ni los obligue a pensar lo que ya tienen pensado (es un decir). Nuestra capacidad para tragarnos mentiras o verdades sesgadas es casi infinita, si nos complacen o dan la razón. El autoengaño carece de límites.

Pero cuanto más maduro se hace el mundo cronológicamente, más parecen crecer el infantilismo y la credulidad. Alguien suelta un bulo en Internet y de inmediato se le da carta de naturaleza y corre como la pólvora, pocos se cuestionan su veracidad. No son raras las ocasiones en que dichos bulos alcanzan hasta a la prensa “seria y responsable”, la cual se molesta a veces en rectificar y a veces no. En todo caso el rumor ya queda ahí, “flotando”, y es difícil que no prospere, demasiadas personas se quedan sólo con la primera versión, que pasa a formar parte de lo “acontecido”. Los únicos que acaban por ser desmentidos son los relativos a la muerte de alguien que continúa vivo. Al ver imágenes posteriores del personaje, en movimiento y hablando, la gente acepta que su fallecimiento no tuvo lugar. Es una de las ventajas de las imágenes, que desmienten una falacia o demuestran una verdad.

De ahí que lo que vengo observando en nuestra prensa me resulte tan inexplicable como alarmante, una tentativa de ahogar la fuerza de esas pruebas, de negarlas, de presentarlas con unas palabras previas que “anulen” lo que el espectador va a ver a continuación, o con un titular que no se corresponde con la información. Pondré ejemplos inocuos, no de política (ámbito en el que la cosa clama al cielo), sino de fútbol. Uno está viendo un partido más bien malo y aun soporífero, pero los comentaristas –seguramente porque es su cadena la que lo está ofreciendo– no paran de insistir en el “impresionante duelo” al que estamos asistiendo; repiten que la actuación de tal o cual jugador es “de escándalo” mientras uno no le ve más que vulgaridades, o que ha metido “un golazo para quitarse el sombrero” cuando se ha limitado a empujar el balón tras un rebote. Uno se pregunta si no entienden nada de ese juego en el que presumen de “expertos” o si se han vuelto locos. Pero, si incurren en semejantes despropósitos, debe de ser porque han comprobado que su palabra demente logra convencer a no pocos de que ven efectivamente lo que ellos les aseguran que ven. Aún más llamativo este ejemplo reciente: el locutor del telediario de TVE (cadena hoy falaz donde las haya) anuncia que Mou¬rinho ha “arremetido contra Cristiano” y además ha manifestado su deseo de regresar al Real Madrid. Acto seguido aparece el vídeo de Mourinho, y uno descubre que nada de lo anunciado es cierto. Lo que ese técnico dice es que ahora no tiene relación con Cristiano, puesto que éste es jugador del Madrid y él entrenador del Chelsea. Lo cual es normal (cada uno vive en un país), y la “arremetida” no se ve ni oye por ningún lado. Tampoco expresa ganas de volver al Madrid, sino que dice que no se arrepiente de su experiencia en este club y que, de retroceder en el tiempo, volvería a aceptar el puesto, como hizo en su día. Su deseo de “regresar” no se manifiesta en absoluto. Al día siguiente, no obstante, numerosos medios repiten no lo que han tenido oportunidad de ver y oír, sino lo que el torticero locutor de TVE (ya sé que esto es redundancia) anunció que había pasado. ¿Cómo es que se miente con tamaño descaro, y además justo antes o después de mostrar lo que desenmascara el embuste? No me cabe duda de que la operación está estudiada. Al mundo se lo toma por tan tonto (quizá haya llegado a serlo) que los responsables de los medios saben que una imagen, lejos de valer más que mil palabras, es fácilmente descalificada y anulada por unas cuantas frases, deslizadas antes o después de la contemplación de aquélla. Y si esto se da en el deporte y el entretenimiento, ¿qué no sucederá en la política y en la economía, esferas más opacas y las que de verdad importan? Es grave que hayamos alcanzado un grado de idiotez en el que pueda prevalecer lo que nos aseguran que ocurre sobre lo que vemos que ocurre. Es indudable que hay multitud de personas expuestas a esto, o si no los desfachatados tergiversadores no se arriesgarían tanto a hacer el ridículo, quedar en evidencia, perder todo crédito y ser conducidos al manicomio.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de octubre de 2014

Reseña

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Javier Marías: Así empieza lo malo

La semilla de Así empieza lo malo estaba ya claramente perfilada en la anterior novela de Javier Marías, Los enamoramientos, donde se narraban las bajezas y villanías justificadas por una idea tan sacralizada y noble como es el amor, constatando de paso que el número de crímenes desconocidos es infinitamente superior a los sabidos, y que la cantidad de delitos impunes resulta abrumadora frente a los efectivamente castigados. En Así empieza lo malo se entra a fondo en ese territorio del delito, la impunidad, la culpa, la corrupción y el castigo o la venganza que en el anterior relato quedaba solo en un apunte episódico. Un área narrativa que entronca con nitidez con el drama de Hamlet, del que Marías extrae no solo el título de su novela, sino también meditaciones y esquemas de actuación de los personajes. Averiguar la veracidad o falsedad de un comportamiento criminal bajo la dictadura franquista y explorar una traición menor, pero de desproporcionadas consecuencias en la vida conyugal de un matrimonio en los años de la Transición política, alimentan de material genuinamente novelesco un libro que demanda ser leído con apetito, de un tirón, con la avidez de seguir las inesperadas peripecias íntimas de varias vidas cruzadas, donde el tono reflexivo no aminora el ritmo sostenido de los descubrimientos permanentes en existencias repletas de secretos.

La genealogía shakespereana del texto -algo ya clásico en la narrativa de Marías- está indicada al lector, de forma irónica, con el nombre del protagonista: Juan de Vere, a quien le proporciona el apellido el conde de Oxford, Edward de Vere, cortesano y dramaturgo de la época isabelina al que algunos estudiosos han atribuido la verdadera autoría de los dramas firmados por Shakespeare. Juan de Vere, pues, además de incorporar algunos rasgos del propio Javier Marías cuando comenzó a publicar sus primeras obras, porta un apellido vinculado más o menos imaginariamente a William Shakespeate, de modo que personas y personajes quedan entrelazados con este.

El autor de Corazón tan blanco ha dado a sus lectores, en recientes entrevistas, alguna pista más, señalando el Acto II, Escena I, de Hamlet, donde dialoga el cortesano Polonio con su criado Reinaldo. W. H. Auden consideró a Polonio como “una suerte de mirón en lo que atañe a la vida sexual de sus hijos.” Y, en efecto, en esa escena solicita a su sirviente que sonsaque los episodios más salaces y los detalles más escabrosos de la sexualidad de su hijo Laertes: “Esos deslices locos y lascivos que son famosos compañeros de la juventud y la libertad.” Idéntico encargo recibe el joven Juan de Vere, a quien el director de cine Eduardo Muriel le encomienda averiguar la intimidad sexual de su amigo el doctor Van Vechten, significado franquista, con tal de saber si fue un generoso protector de los vencidos o un desalmado e hipócrita criminal con ellos. Solo que las pesquisas se complican aún más cuando De Vere decide, por cuenta propia, indagar también en la vida íntima de la esposa de Muriel, Beatriz Noguera, atraído por el secreto último que esta esconde y por una sensualidad apenas autoconfesada. Así comienza una concatenación de revelaciones y reflexiones que no dan tregua hasta la página final del libro.

Que Marías sea familiar de un cineasta como Jesús Franco, y que las edades de ambos en el periodo de la Transición coincidan con las de los personajes de Así empieza lo malo, se ha prestado a cierta interpretación autobiográfica. Pero sin negar que el novelista madrileño ha condescendido con cierto juego de “autoficción”, la verdad es que De Vere y Muriel son dos construcciones autónomas, con vida independiente de lo biográfico, siendo el cineasta Muriel uno de los grandes personajes de la literatura en lo que llevamos del siglo XXI. Parece elaborado a partir del parche que tapa su ojo tuerto, ese globo ocular izquierdo muerto que cercena su ángulo de visión. Javier Marías llega a enumerar a todos los cineastas con parche -una lista insospechadamente larga, cierto-, pero lo sustancial es que esos límites en la visión constituyen una potente metáfora central en la novela. Nuestra percepción de las cosas es siempre parcial, limitada, con unos datos inequívocamente vistos y otros muchísimos más deducidos o bien obtenidos de segunda mano en versiones interesadas. Un cuadro, nos dice Marías, “plagado de trazos involuntarios y precipitados y tuertos.”

Esto justifica lo que se ha bautizado a veces como el manierismo de Marías. Juan de Vere pocas veces puede ser categórico. Ve algo, pero se le oculta el resto. Debe conjeturar, presuponer, deducir. De ahí las oraciones disyuntivas, las anáforas de frases que comienzan reiteradamente con “quizá”, o aquellas repletas de “nos” o de “nuncas”. Junto a ello, Marías ha alcanzado una destreza incomparable en el diálogo y el habla coloquial, cuyo vocabulario y modismos sitúan a sus personajes en una época, una clase social, una adscripción política, un estado emocional. Algo que combina con soberbias etopeyas, retratos maestros -por algo ha ejercitado con penetración el género de la “semblanza”-, pero al mismo tiempo, los personajes no se muestran íntegros, la inteligente observación de Juan de Vere detecta en ellos amplias zonas oscuras, resortes inaccesibles, recovecos imposibles de descifrar, exactamente lo mismo que en la vida real. Al dejar que ese lado borroso o ininteligible cobre existencia propia, Marías proporciona a su historia una enérgica veracidad. ¿Se debe quitar la careta a todo? ¿Es lícito cerrar la boca ante graves faltas propias o ajenas? ¿Qué hacer entonces con los secretos revelados que evidencian villanías y crímenes repugnantes?

Así empieza lo malo plantea de este modo trascendentales dilemas morales y políticos, de encarnizada controversia en la sociedad española de hoy. El autor denuncia la doble moral de los vencedores en la Guerra Civil, las biografías trucadas de colaboradores con la dictadura que simularon ser víctimas de ella, que cambiaron de chaqueta o disimularon su maldad bajo la apariencia de un comportamiento comprensivo. Ante ellos, planea el mismo mandato que recibe Hamlet: la exigencia de venganza, la reclamación de una justicia ejemplar. Con la particularidad de que Javier Marías se prohíbe a sí mismo dejarse llevar por la moralina o por las recetas simplistas. Recurre para ello a un diálogo de Hamlet con su culpable madre. El lector que tenga curiosidad podrá encontrarlo al final de la Escena IV, del Acto III. Hamlet acaba de matar por error al entrometido Polonio, explicando: “Me lo llevaré, y responderé de la muerte que le he dado. He de ser cruel solo para ser bueno: así empieza lo malo y lo peor queda atrás.”

Un diálogo clave, pues da título a la novela: “Así empieza lo malo…” en una frase que Marías glosa con sutileza en su relato. A veces, es necesario aceptar algo malo o cruel, para evitar algo aún peor o más trágico. En una escala política -y en el contexto de la Transición-, lo malo es transigir con la maldad, como es hacer caso omiso a ofensas, crímenes y desmanes bajo la dictadura, renunciando a lo peor: la venganza e incluso la justicia, con tal de abrir un horizonte de esperanza que soslaye un retorno al conflicto cainita: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Abrir puertas al bien, a costa de una cruel renuncia a la justicia es la difícil lección de ese episodio de Hamlet para esquivar situaciones trágicas que casi siempre los seres humanos se buscan por obstinación.

Javier Marías es muy categórico en este punto. El pasado nunca fue como debería haber sido, y el autor de Mala índole se resiste a falsificarlo con manipulaciones o justicias poéticas. Muriel replica a De Vere: “¿La justicia? -repitió como un rayo-. La justicia no existe. O solo como excepción: unos pocos escarmientos para guardar las apariencias. En los colectivos, no, ahí no existe nunca, ni se pretende. Es iluso apelar a ella después de una dictadura, o de una guerra. ¿Qué sentido tendría no ya procesar, que no es posible ni conveniente tampoco, y en eso estamos casi todos de acuerdo, sino retirarle el saludo a la mayoría de la población?” Seríamos estúpidos justicieros, concluye.

A una criminalidad masiva, ya lejana en el tiempo, le alcanza una amarga especie de prescripción del delito, lo que no exime de culpabilidad pero sí de ejecutar el castigo. Retrospectivamente, Juan de Vere explica así aquella exoneración: “Había aún cierto estoicismo, cierto pudor, no habían llegado los tiempos -todavía perduran- en que todo el mundo vio las ventajas de figurar como víctima y se dedicó a quejarse y sacar provecho de sus sufrimientos o de los de sus antepasados de clase o sexo, ideología o religión, fueran reales o imaginarios. Había un sentido de la elegancia que desaconsejaba alardear de los padecimientos y las persecuciones.” Duro alegato de este pariente espiritual de Shakespeare en la nueva época de la Memoria Histórica. La novela no invita al olvido, sino al uso inteligente y estoico de las verdades que huelen a estiércol y horror.

Se impone el principio de responsabilidad, donde resuena la sabiduría más tradicional: “Nada en exceso”. “Domina el placer”. “Conócete a ti mismo y conoce el momento oportuno.” “La medida y el conocer los límites son el mejor antídoto contra la hybris, el orgullo sin límites que desemboca en lo trágico.” Es decir, asimilar lo malo para sortear lo peor. El recetario, pues, de la gran moral clásica. Bajo ella subyace la convicción de que la política opera con abstracciones simplificadoras y que frente a ella, la gran literatura tiene la obligación de ofrecer la observación de los casos particulares, la variedad real de los seres y las circunstancias. Como sostuviese Alain Finkielkraut, lejos de los redentores políticos, los novelistas deben dar cuenta de lo singular, lo irrepetible, lo complejo, la pluralidad humana, rompiendo el mundo esquematizado de la política. “La pluralidad -recordaba Hannah Arendt- es la ley de la tierra.”

Javier Marías refuerza esa multiplicidad de lo existente desvelando las contradicciones y autotraiciones de sus criaturas. Muriel, que tiene la gigantesca generosidad de renunciar a la venganza de crímenes políticos, no es capaz de perdonar una falta en apariencia de menor trascendencia de su esposa. No acepta lo malo, con el resultado de desencadenar lo peor y más trágico. Algo de lo que Juan de Vere extraerá un aprendizaje vital. Quien pareciese una variante del lacayo mirón sacada de la órbita shakespereana de Polonio, encarna finalmente a un héroe en la más clásica tradición del aprendizaje sentimental e intelectual del bildungsroman. Así empieza lo malo nos procura, de este modo, el placer de la belleza del lenguaje, la ávida intriga de los sucesos, la construcción impecable de un universo, la honda incitación a la reflexión tanto moral como política, pulverizando estereotipos. Javier Marías ha escrito otra obra maestra. Y lo ha hecho contraviniendo sus propias previsiones tras finalizar Tu rostro mañana, cuando anunció que no volvería a escribir novelas, al menos de tanto empeño. Hemos de agradecer esa creativa contradicción. Marías se ha puesto en situación de merecer todos los premios -los acepte o no-, sin descartar el propio Nobel.

RAFAEL FUENTES

El Imparcial, 12 de octubre de 2014

Presentación a los lectores de ‘Así empieza lo malo’

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Javier Marías se detiene en el inicio de lo malo

“¿Hubieses aceptado el Premio Nobel?”, pregunta la periodista Montserrat Domínguez a Javier Marías (Madrid, 1951). “Es como si me preguntas si me hubiera ido con el Mago de Oz de paseo”, contesta el escritor. Las risas llenaron entonces la Casa de América, en Madrid, donde ambos conversaron la tarde del pasado martes sobre la última novela de Marías, Así empieza lo malo (Alfaguara), editada el pasado 23 de septiembre y que ya va por la primera reimpresión. “No veo ningún motivo para que sucediera, pero sí, por qué no, es decir, no lo da el Estado español”, reconoce el autor.

Esa historia de susurros cotidianos y retratos de la cruda rutina que es Así empieza lo malo revela no sólo los secretos que cualquier pareja guarda bajo el colchón, sino también los que se ven a través de la ventana en una España que estrena los años ochenta. Un país que aún estaba desenvolviendo el regalo de la Transición, “que no fue perfecta y tuvo muchos peajes, pero la compensación era suficiente”, apuntó Marías, aludiendo a uno de los asuntos de fondo de la novela. Solo uno de ellos. El amor, el deseo, el rencor, el pasado, las relaciones humanas, la política, el olvido, la verdad… Cada uno es parte y todo de un volumen repleto de historias que se van engarzando con la realidad de un país sin terminar, pero que camina a remolque.

Y la juventud, esa de la que en libro se dice que tiene “el alma y la conciencia aplazadas”. Juan de Vere, recuerda y cuenta su historia cuando tenía 23 años a lo largo de las páginas de la nueva novela. “¿Cómo era Javier Marías con esa edad?”, le pregunta la directora de El Huffington Post. “Una de las cosas que uno descubre es que cuando era joven era demasiado imbécil, a menudo un poco desaprensivo e incluso, en algunos momentos, desalmado. Algo que hoy en día no me hubiese permitido”, sentencia el autor de Corazón tan blanco.

Marías cree que, cuando uno es joven, la construcción de la propia vida ocupa demasiado el tiempo como para pensar en otra cosa. Ni siquiera la muerte se vive con la misma intensidad.

Cuando él tenía 26 años, falleció su madre. Su padre lo hizo en 2005, cuando Marías pasaba los 50: “Uno pensaría que al joven, la muerte de un progenitor lo debería dejar arrasado, porque es más impresionable. En mi caso, estoy convencido de que fue todo lo contrario, aunque recuerde a mi madre a menudo, si no cada día”. Se reconoce como alguien que se estaba incorporando a la vida, con sus propias cuitas, cuando tenía 26. Y un hombre a quien la muerte de un progenitor causó mucha más desolación cuando ya había entrado en la cincuentena.

Al Marías de hoy, con cicatrices incluidas, le preocupan los asuntos de siempre, los que rellenan la vida y a los que lleva dando alas durante todos sus años frente a una hoja en blanco. Y le añade uno más: “Me parece que hay una necesidad de fanatismo, que demasiada gente anda buscando causas y enemigos y motivos de indignación, como si no hubiera reales”.

ISABEL VALDÉS ARAGONÉS

El País, 14 de octubre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 12 de octubre de 2014. ‘Hasta cuándo esperan los libros’

Algunos agostos aprovecho para echar un vistazo a los numerosos Babelias –suplemento cultural de este periódico– que durante el resto del año no he tenido tiempo de leer, ni de hojear siquiera. Como no descarto hallar algo interesante en ellos, los aparto para mejor ocasión, ahora llegada. Todos sabemos que la lectura de diarios atrasados provoca melancolía. Cuán grave parecía tal noticia en el momento de producirse, pensamos, y al poco se quedó en nada, una gran falsa alarma. O bien: nada ha cambiado, los políticos –sobre todo ellos– siguen hoy exactamente igual que hace un año, con sus sandeces, sus falacias, sus frases inconexas y vacuas, sus minúsculas querellas que a casi nadie importan pero a las que la prensa presta atención desmesurada. O bien: qué ingenuos y optimistas fuimos, al creer que tal o cual cuestión estaba ya arreglada o amansada, y ahora está más virulenta que nunca. O bien (lo más evidente): qué nuevo era esto o aquello, y qué viejo se ha hecho en muy poco tiempo. Qué novedosos resultaron Obama o Francisco I, y cuán velozmente nos saturamos de ellos; la anhelada independencia de Cataluña se ha convertido en asunto vetusto, como las ya descoloridas y casi raídas esteladas que proliferaron en los balcones en 2012: si algún día se alcanza esa independencia, parecerá un hecho anacrónico, anticuado, y es probable que la población lo acoja con indiferencia, si es que no con cansancio. Hasta Felipe VI empieza a semejar rutinario, y en breve lo será Pedro Sánchez, flamante secretario general del PSOE.

Un suplemento literario, sin embargo, debería estar más a salvo de la fugacidad y del rápido envejecimiento de cuanto acontece. Los libros siempre esperan, suelo decir a los lectores que se “disculpan” por no haber leído “todavía” tal o cual novela mía; los libros son pacientes y están acostumbrados a aguardar su turno, que a veces llega al cabo de décadas y a veces no llega nunca. Así solía ser tradicionalmente, pero quizá ya no. Uno va mirando las críticas que aparecieron hace seis o doce o más meses. Lamento decir que la mayoría no son en sí mismas atractivas: en poquísimas hay una idea, o una consideración llamativa sobre algún aspecto literario o sobre la literatura en su conjunto. Tampoco logran invitar a asomarse a las obras objeto de su comentario. En este agosto de Babelias esperaba elaborar una nutrida lista de títulos que me hubieran pasado inadvertidos o de cuya existencia no me hubiera enterado. Lo cierto es que no he anotado ni uno. Apenas ha habido reseñas (con excepción de las que escribía Guelbenzu acaso, pero él hablaba casi siempre de obras traducidas y más bien clásicas que ya conocía; con la de algunas de Manguel y quizá de alguien más) que me hayan incitado a salir corriendo a la librería, sólo fuera por la curiosidad despertada. Los apabullantes elogios que han recibido demasiadas novelas, poemarios y ensayos me han producido un efecto anestesiante, por sonarme a maquinales, o a “obligados”, o a insinceros, o a gratuitos, o a convenientes. Alabanzas sin alma, por decirlo de manera cursi; palabras apasionadas escritas sin pasión reconocible, como si nos hubiéramos acostumbrado en exceso a manejar sólo envoltorios.

En esos Babelias ya viejos veo una desproporcionada atención a lo que viene de las dos principales Américas, la de nuestra lengua y la anglosajona. En lo que respecta a la primera, da la impresión de que haya un voluntarismo rayano en la adulación, como si fuera forzoso insistir en que hay cien “genios” en México, en la Argentina, en Colombia, en el Perú, en Chile, en cada país de habla española. Y no hay ni nunca ha habido cien genios a la vez, ni siquiera en el mundo entero. En cuanto a lo procedente de los Estados Unidos, se trata casi todo ello con una especie de beatería, o de provincial papanatismo, cuando la literatura de ese país (con sus salvedades) lleva decenios alumbrando a menudo obras parecidas entre sí, repetitivas, casi clónicas. Anticuadas para mi gusto, y sin embargo saludadas una y otra vez como lo más innovador del planeta. Los genios estadounidenses no son cien, sino mil por lo menos. Lo más desasosegante de este repaso es comprobar qué se ha hecho de todas esas obras maestras al cabo de unos meses. La inmensa mayoría ha pasado sin pena ni gloria; sólo los exaltadores críticos han visto su importancia, y sus consejos han caído en el vacío para la población lectora. Ni siquiera da la impresión de que esos libros esperen, como lo hacían antaño todos. Más bien parece que la oportunidad se les haya pasado, para siempre. O hasta que una película de éxito basada en ellos vuelva a señalarlos, pero contar con eso es como jugar a la lotería. Al leer todo seguido sobre esos libros jaleados y encumbrados, que no obstante es como si no existieran, uno se pregunta por qué escribimos tantos y no puede por menos de acordarse de los casos contrarios: de Moby-Dick, por ejemplo, se imprimieron menos de tres mil ejemplares en 1851, y a la muerte de Melville, en 1891, era un título inencontrable, al que gran parte de la crítica había puesto verde. Casos como el suyo son la única esperanza inútil a la que nos podemos aferrar los que hoy escribimos: a que un día un libro logre elevarse por encima de la confusión de denuestos y elogios y del magma siempre creciente. Lo malo es que, si se produce, no lo veremos ni sabremos, como no lo vio ni supo Melville con su enorme ballena blanca.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de octubre de 2014

Dos reseñas

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Javier Marías o la novela moral
IÑAQUI EZKERRA
El Correo Español, 29 de septiembre de 20141

 

Así empieza lo malo

Años ochenta. Juan de Vere trabaja como secretario para un cineasta llamado Eduardo Muriel, quien le hace el encargo de averiguar cuanto sepa sobre algunos episodios infames del pasado de un doctor que es un íntimo amigo suyo. Ese es el arranque de la nueva novela de Javier Marías, titulada de nuevo con una cita de Shakespeare.

Así empieza lo malo
se articula en torno a dos tramas que confluyen: la investigación que el protagonista-narrador va a realizar en el pasado del doctor, y el matrimonio insano, desgarrado y por supuesto infeliz entre Muriel y Beatriz Noguera. Todo ello será observado con la mirada de un narrador que en el momento de la acción tenía poco más de veinte años pero que lo cuenta mucho más tarde, desde un tiempo cercano al actual. De ahí el filtro al que es sometida la narración, acompañada como siempre en su caso por consideraciones de índole moral.

Javier Marías es el autor de prosa más reconocible de la literatura española actual. No hay que leer más que una página de cualquiera de sus libros, incluso un párrafo, y un lector mínimamente curtido identifica sus frases de largos períodos y el estilo reflexivo marca de la casa. En la literatura de Javier Marías importa sobre todo el pensamiento que fluye de la cabeza del narrador, mucho más que la acción. En realidad, es como si esta fuera la disculpa para esadisección del ser humano, con sus miserias y sus grandezas (menos de las segundas que de las primeras) que siempre plantea.

No faltan en esta novela –subyugante a medida que se avanza en sus páginas– los guiños: el profesor Francisco Rico, amigo del autor en la realidad, que aparece de nuevo y que es víctima de las bromas del narrador una vez más; las referencias a los represaliados de la postguerra por causa de denuncias más o menos anónimas, que tanto espacio ocuparon en Tu rostro mañana y libros anteriores; el trabajo de director a destajo de su tío Jesús (Jess) Franco; y, por supuesto, ese tratamiento de «joven De Vere» que algunos dan al protagonista. Imposible no recordar que, hasta no hace tanto tiempo, el propio escritor era conocido en ciertos ambientes como el «joven Marías», para distinguirlo de su padre, el filósofo Julián Marías. Hay también algo nuevo, que puede llamar la atención a sus lectores más fieles: el manejo de un vocabulario grueso relacionado con una escena de sexo explícito, algo no muy frecuente en sus páginas hasta ahora.

Cuando publicó Los enamoramientos, algún crítico dijo que Marías rebajaba algo el grado de complejidad de su literatura tras la densidad de los tres volúmenes de Tu rostro mañana. Puede ser. En Así empieza lo malo, hay más trama novelesca en el sentido clásico que en la trilogía y al tiempo más reflexión que en Los enamoramientos, que tampoco era escasa. Por cierto: a un par de semanas de la concesión del Nobel de Literatura, Marías es el autor en lengua española mejor situado en las apuestas.

CÉSAR COCA

El Correo, 29 de septiembre de 2014

Una entrevista y una crítica

Julió Carbó

Julió Carbó

Javier Marías: «Hoy veo que de joven me comporté de forma poco aceptable»

Es uno de los más firmes candidatos al Nobel en las letras castellanas mientras mantiene el refrendo de los lectores con una escritura alejada de la simplicidad. Javier Marías se ha hecho mayor, pero eso no le ha hecho más condescendiente con la realidad.
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Los caminos del éxito editorial son inescrutables pero es evidente que Así empieza lo malo (Alfaguara) está llamado a ser uno de los libros más leídos este otoño. Javier Marías, su autor, ha levantado una alegoría moral localizada en 1980, con aires de viejo melodrama de Hollywood y secretos matrimoniales. Lo ha teñido con su cinefilia -no en vano es sobrino de Jesús Franco- y sirve el conjunto con su prosa sinuosa y digresiva, puro Marías, aquí más adictiva que nunca pues se dirige al galope a un final de alta intensidad literaria.

-En general todas sus novelas van de lo particular a lo general. ¿Es por eso que los secretos inconfesos de un matrimonio son el reflejo de la tabla rasa con el pasado que los españoles establecieron en la Transición?
-Esa es una cuestión sobre la que he pensado mucho, aunque no tenga una postura clara. Da mucha rabia que no se hayan castigado las cosas atroces que los nacionales hicieron durante la guerra civil, pero lo cierto es que no se podía, porque el único que tenía las armas entonces era el Ejército franquista. En mi novela un personaje dice que no es factible llevar a medio país al banquillo. A cambio de eso, hemos tenido durante casi 40 años un país casi normal, con elecciones, alternancia en el poder, sin censura. ¿Hay que recordar que hasta entonces los periodos de libertades se contaban por trienios?

-Mucha gente calificó ese pacto de bajada de pantalones.
-Y claro que lo fue, pero no hubo otro remedio. Y la claudicación, relativa, porque las cortes franquistas accedieron de una forma inverosímil a hacerse el haraquiri.

-¿Y así empezamos a ser un país desmemoriado?
-Bueno, hubo gente que no es que no tuviera memoria sino que habiendo sido complacientes con el franquismo, empezaron a inventarse biografías de ficticias resistencias.

-En la novela menciona concretamente a un pintor y a un filósofo.
-Eso lo dice un personaje.

-Pero son fácilmente reconocibles.
-¿Ah, sí? ¿Quién es el pintor?

-¿El pintor podría ser Tàpies y el filósofo, Aranguren?
-Yo no voy a decir nada que la novela no diga. Pero bueno, es verdad que no hubo confesión por parte de casi nadie. Mi padre solía decir que no creía en las transformaciones políticas de un día para otro. Si veo recorrer un camino a alguien, me lo creo. Como en el caso de Dionisio Ridruejo, que lo hizo tempranamente y con mucho riesgo. Pero otros no lo hicieron.

-¿Hay recuerdos suyos de los años 80? No le veo pateando la Movida.
-No es una novela de ambientación pero es verdad que solo pudo ocurrir en los 80 cuando el divorcio todavía no había llegado. Entonces el rencor era la argamasa para mantener a la gente unida.

-Esta sería, por tanto, una novela sobre el infierno matrimonial relatada por un soltero recalcitrante.
-Soy soltero, sí. He tenido mis parejas, pero una convivencia continuada, casi nunca. Se supone que los novelistas debemos tener imaginación y capacidad de percepción. Y, como decía mi padre, no hace falta ser gallina para describir un huevo.

-La figura del voyeur, ese narrador que está cerca de los hechos pero no los protagoniza, abunda en sus novelas. ¿El voyeurismo sería una buena definición de su escritura?
-De la mía y de la que cualquier escritor. Si uno se para a pensar, leer novelas y ver películas es una actividad voyeurística. Lo más extraordinario que tiene la novela es que muchas veces la sentimos con más intensidad que lo que nos cuenta un amigo.

-En la relación del joven narrador y secretario con Muriel, el marido y director de cine, hay ecos de la suya con Juan Benet. Él le llamaba joven Marías.
-Muriel sería una mezcla imposible de Benet y de mí tío Jesús. Y lleva un parche.

-Como John Ford y tantos otros autores del Hollywood clásico.
-Sí, pero también tiene un carácter simbólico, porque no ve, o no quiere ver, con claridad.

-Respecto a la juventud, no hay en la novela una mirada complaciente. La gente suele contemplar el pasado con nostalgia. ¿Usted no?
-No hay que engañarse pensando que la juventud es un periodo dorado. Lo es en algún momento, en algunos aspectos, pero en otros es bastante rufianesca.

-¿Podía haber escrito una novela como esta antes o necesitaba la madurez que tiene ahora?
-Supongo que la necesitaba. Mi propia juventud no siempre fue agradable. Me comporté de una forma que hoy no me parecería aceptable. Nada muy grave, pero sí hubo cosas de utilización, de fuerte egoísmo. Recuerdo que cuando murió mi madre yo tenía 26 años. Y claro que fue un golpe tremendo, pero no tiene ni punto de comparación a cómo sentí la muerte de mi padre cuando yo tenía más de 50 años. En la muerte de mi madre, a la que echo mucho de menos, estaba demasiado ocupado con mi propia vida, poniéndola en marcha, construyéndola, sufriendo penas de amores. Es el egoísmo fácil de los jóvenes. En cambio en la madurez, eso tiene otra dimensión.

-A partir de los 50 te enfrentas a la mortalidad. ¿Es eso?
-Bueno sí, aunque lo cierto es que yo he pensado siempre en la muerte.

-A lo mejor me equivoco pero diría que esta es su novela con escenas sexuales más explícitas.
-Quizá es la que tenga un mayor erotismo porque sobrevuela la novela entera. Pero es que es uno de sus temas: cómo el deseo a ciertas edades se impone a cualquier consideración o cortesía.

-Y hablando de cortesía, sorprende el lenguaje soez en la escena erótica crucial. Y más en el exquisito Marías.
-Eso se corresponde a lo que piensa un hombre y para el pensamiento no hay testigos. Un hombre no se dice a sí mismo: estoy haciendo el amor, lo piensa en términos un poco más groseros.

-¿Escribir una escena erótica no es entrar en un terreno muy resbaloso?
-No resbaloso, espantoso. O bien se cae en la cursilería, o bien se es soez, o bien, si intentas ser neutral, se acaba siendo obstétrico. Mis escenas de pasión carnal suelen ser raras, porque intento no caer en esos errores. No sé si lo logro, pero habitualmente en ellas no suele haber mucho detalle. La mayoría de las veces no hay en ellas más que un leve roce.

-La sexualidad ha impregnado también la habitual aparición del profesor Rico, a quien dibuja como un conquistador.
-Le gusta jugar a eso, saber que puede estar con una mujer determinada aunque no necesite consumarlo. Aunque, me consta, está muy enamorado de su mujer.

-A Francisco Rico, que en esta novela más que un extra con línea es un secundario de lujo, le divierte comportarse en la vida real como el personaje de sus novelas.
-Esta vez me pidió que le sacará más. Y lo he hecho así solo porque cuadraba en la novela. El otro día en la radio me pusieron una grabación en la que él decía: «Javier Marías, el muy cabrón, veo que me saca mucho con la esperanza de que lea la novela. ¡Pues va listo!». A mí Rico me parece muy gracioso, pero sé que no todo el mundo piensa lo mismo.

-Se ha resistido hasta ahora a hablar de Catalunya, aunque ha estado usted muy vinculado. En su último artículo y primera incursión en el tema habla de miedo.
-Decía que si yo fuera catalán estaría aterrado. Y aunque la gente es muy libre de querer lo que quiera, no se para a pensar a quién le interesa que Catalunya se convierta en un coto cerrado, porque quedaría, y esto es un hecho, fuera de la Unión Europa durante años.

-Catalunya se siente afrentada.
-Y es cierto, pero tengo la sensación de que eso se está utilizando para tapar la política extremadamente de derechas de CiU y también de Esquerra, que de izquierda no tiene más que el nombre.

-El próximo jueves se hará público el Nobel de Literatura. Su nombre está en las quinielas.
-¿Las quinielas de quién, de un grupo de chalados apostadores ingleses? Eso no tiene el menor crédito. Estoy en esas listas como está el Tato o la Chelito.

-Se me ocurre que como los académicos no tienen lector de español pueden acudir a sus traducciones en inglés. Y los libros de Marías deben sonar muy bien en inglés.
-También estoy traducido al sueco. Pero mis libros en inglés suenan mejor que en español porque tengo una traductora excelente.

ELENA HEVIA

El Periódico, 5 de octubre de 2014

AELM

Javier Marías: verdades veladas

¿Qué es la verdad?, se preguntaba en el siglo XVII Francis Bacon al comienzo de sus Ensayos. Ni la pregunta ni la alusión al filósofo son aquí gratuitos, porque, en su nueva novela, Javier Marías vuelve a encarar el problema -colectivo y privado- de acceder a la verdad y las consecuencias que ese acceso comporta. Dicho así parece un asunto tan manido como irresoluble, un tema antiguo y noble que renueva cada generación, cada individuo. Sin embargo, a Marías no le importa aquí si existe o no algo parecido a la verdad -da por descontado que está ahí, él no es un relativista posmoderno-, sino cómo se silencia o disimula, cómo se encubre o tergiversa, cómo se desvía o entierra, cómo se gestiona para que sea rentable, para impedir que desencadene acontecimientos o para provocarlos. En Así empieza lo malo, las verdades escondidas, los secretos y misterios se multiplican en todos los niveles de su estructura y van desde las biografías maquilladas de ciertos canallescos beneficiarios de la dictadura franquista hasta los pecados menores por omisión o acción cuyo desvelamiento puede fracturar cualquier vida.

Bacon no aparece en la novela, pero ha sido uno de los candidatos a la autoría de la obra de Shakespeare -en la ociosa querella que disputa a Shakespeare la paternidad de sus obras-, como el conde de Oxford, Edward de Vere, del que procede el apellido del narrador (Juan de Vere) y sobre el que este entabla una conversación con el profesor Rico, inevitable cameo caricaturesco en las novelas de Marías que aquí crece en relieve y elaboración sin ceder nada de su vis cómica. Quienes sí se mencionan son el escritor Juan Benet y el cineasta Jesús/Jess Franco, amigo y mentor de Marías el primero y tío suyo el segundo, que aquí se combinan, como dos imágenes superpuestas, en la figura del director de cine Eduardo Muriel. Él es el protagonista y el portador de un enigma, el del maltrato y desprecio con que atormenta a su atractiva esposa Beatriz Noguera. Estamos en 1980 (con la movida al fondo) y el «joven De Vere» -tiene 23 años y el epíteto evoca el «joven Marías» del círculo benetiano- trabaja como secretario y desempeña la función de observador y espía tan propia del mundo narrativo de Marías, aunque ahora la tarea de interpretar y reflexionar sobre lo sucedido está aplazada al narrador maduro, el hombre que recuerda más de 30 años después la historia de Muriel y su mujer y quienes estuvieron muy cerca, él incluido.

Como Marías es un escritor que conoce y usufructúa muy bien los mecanismos de la narrativa popular, aquí maneja con suma pericia los paralelismos argumentales, la dosificación de la intriga, las elipsis y anticipaciones, las dilaciones y recurrencias, para armar una trama admirablemente sólida y eficaz, de ensamblaje perfecto. Los recursos de la novela (y el cine) de género están supeditados a una composición superior, al logro de una novela con una profunda carga turbadora que remueve y desasosiega la conciencia del lector, que lo incomoda y lo fascina como solo la gran literatura puede hacerlo.

Estamos ante una fábula moral (esto es, sobre lo mejor y lo peor de la conducta humana), que de forma casi incesante bombardea al lector con preguntas implícitas nada apaciguadoras y que, a la vez, va desenvolviéndose en una escritura sinuosa, oscilante entre la meditación y el relato. Y aunque el epicentro se sitúe en el matrimonio y la sexualidad, no es este el corazón del libro; es simplemente el escenario en el que tiene lugar la representación del oscuro drama de las verdades veladas. Marías ha escrito una de sus mejores novelas y eso es mucho decir.

DOMIGO RÓDENAS

El Periódico, 25 de septiembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 5 de octubre de 2014. ‘Aventuras criminales’

Seré yo el anómalo, como de costumbre. Sin duda por eso la mayoría de las “iniciativas” actuales me parecen imbecilidades, en el mejor de los casos puerilidades. Muchas son inocuas y por tanto carecen de trascendencia, pero, no sé, me cuesta entender que los “cebos” para recaudar fondos y luchar contra enfermedades consistan en que unos corredores barceloneses hagan una carrera por las vías del metro (donde no hay paisaje ni aire), o en que un montón de celebridades mundiales se echen encima cubos de agua helada. Al parecer, la gente paga por verlo (por qué eso atrae, para mí es un misterio) y así hay más dinero para buscar la cura de no sé qué dolencia. Nada mueve tanto a la solidaridad como las maratones, que se celebran todos los domingos del año, arrebatando así las ciudades a los sufridos transeúntes, que ya no pueden pasear jamás por sus centros en día festivo. A esto se añaden las “diversiones”, fomentadas invariablemente por los ayuntamientos cretinos. ¿Qué me dicen de los llamados “perrotones” –el mero nombre merece castigo–, en que los desconsiderados dueños de perros interrumpen el tráfico para trotar, todos juntos, en compañía de sus pobres y desdichados perros (desdichados por padecer a tales amos)?

Pero hay cosas que sí tienen repercusiones, y que cuestan la vida a otros o se la ponen en peligro. Comprendo que al que no le quede más remedio –admirables corresponsales, médicos, ingenieros, alguien a quien obliga su empresa– viaje a países intransitables y feroces, que por desgracia hoy son muchísimos. Ya me resulta más difícil que haya tantos “cooperantes” y “voluntarios” y miembros de ONGs que, ni cortos ni perezosos, se trasladen a regiones árabes o africanas en las que, por su mera condición de occidentales, pasarán a ser codiciadas presas para secuestros, chantajes y –a la postre– financiación de terroristas. Se sabe que gran parte del dinero del que dispuso al principio el autodenominado Estado Islámico procedía de los rescates abonados por España, Francia, Italia y otros países para salvar a compatriotas rehenes. Es fuerte la tentación de pagar lo que sea (todos los Gobiernos niegan hacerlo, pero los únicos que no mienten son los Estados Unidos y el Reino Unido). Y, sin embargo, con cada cesión se está fortaleciendo económicamente a los terroristas y se los anima a seguir recaudando por el mismo procedimiento. Cada vez que un rehén es soltado, respiramos con alivio y nos alegramos, y no solemos pensar que esa liberación va a suponer más secuestros y más armamento con el que se asesinará a mansalva. Sabiéndose todo esto desde hace tiempo, lo que uno no concibe es que los “cooperantes” no refrenen sus ansias de ayudar en zonas impracticables. Cómo no se dan cuenta de que lo más probable es que les salga el tiro por la culata y, en vez de ser útiles a nadie, se conviertan en un gigantesco problema, para sí mismos y para todo el mundo.

Una característica de estos tiempos es que pocos se piensan las cosas dos veces, antes de hacerlas. “Me apetece esto y, si surge un contratiempo, que me saquen las castañas del fuego”, parece ser la divisa imperante. No quisiera estar en la piel de ese montañero que este verano se rompió un tobillo en los Picos de Europa (creo). Un helicóptero de la Guardia Civil fue a socorrerlo, y sus tres ocupantes se mataron en el intento. Hay autonomías que se plantean, o han aprobado, cobrar a los excursionistas negligentes el costo de sus rescates. Es lo de menos, no todo se puede tasar en dinero. Lo grave es que alguien –y hoy son legión– decida correr una aventura que, en el caso de torcerse, puede poner otras vidas en riesgo, y eso sucede en demasiadas ocasiones. Quizá ese montañero no fue imprudente, o acaso lo fueron los tripulantes del helicóptero (lo ignoro, tal vez todo fue pura mala suerte), pero, si yo fuera él, no podría evitar tener sobre mi conciencia, al menos en parte, la muerte de esos tres guardias civiles. “Si no me hubiera subido al monte”, pensaría, “seguirían vivos esos hombres”. En un reportaje de J.A. Aunión en este diario leo unas declaraciones sobre el “auge” del montañismo: “Además, se observó que, cuando los rescatados eran entrevistados por los medios, no eran conscientes de lo que habían hecho y de lo que había supuesto su rescate, dando una sensación de haber tenido una aventura divertida”. Sin duda habrá numerosas excepciones: gente responsable y preparada, que intentará valerse por sí sola y no subestimará la montaña. “El monte ya no impone respeto”, era sin embargo el titular de esa crónica. Y en ella señalaba alguien: “Antes a la montaña sólo iban la gente de los pueblos y los montañeros federados; ahora va todo el mundo”. Sólo en Cataluña hubo 697 rescates en 2013, una media de casi dos diarios, lo cual parece una locura tratándose de actividades para las que no muchos estarán entrenados. Ese es el problema: hay demasiadas personas que lo quieren hacer todo, estén o no facultadas para ello. Personas maleducadas, imbéciles, criminalmente frívolas a menudo. Nada que objetar a que se pongan en peligro si se les antoja. Eso sí, siempre y cuando asuman que es bajo su responsabilidad exclusiva. Que el Estado no tiene por qué pagar una suma millonaria para liberarlas de terroristas, ni otros individuos jugarse el cuello por sacarlas de la cueva en la que se han metido o del risco al que han trepado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de octubre de 2014

Una crítica y una entrevista

AELM
La mirada sin tregua
J.A. MASOLIVER RÓDENAS
La Vanguardia, Cultura/s, 1 de octubre de 2014

Dani Duch

Dani Duch

“Nada detiene al deseo”

El pitido del fax interrumpe a veces la conversación con Javier Marías en su piso de Madrid. Ese artefacto, ya casi arqueológico, puntea sonoramente el diálogo sobre su decimocuarta novela, Así empieza lo malo –que Alfaguara pone a la venta la semana que viene–, en la que un narrador maduro recuerda unos episodios que le sucedieron en su juventud, cuando trabajaba como asistente de un director de cine en el Madrid, alegre y noctámbulo, de principios de los años ochenta.

Los gestos de Marías (Madrid, 1951), que fuma tranquilamente y sigue escribiendo sus libros con máquina electrónica, son observados atentamente por los centenares de soldaditos de plomo que tiene distribuidos por todos los rincones del apartamento, por cuyas paredes, estantes y pasillos se van amontonando y extendiendo los libros, de una manera parecida a como opera el musgo sobre las rocas.

En algunos diarios británicos, ahora ponen de fondo el sonido de máquinas de escribir tecleando para motivar a sus redactores. ¿Qué le parece?

Da la impresión de que proliferan las tonterías por doquier. El otro día vi en Barcelona que hacían una carrera corriendo por los túneles del metro. O esos que se echan un cubo de agua helada en medio mundo. Bueno, todas estas son inocuas y bienintencionadas, aunque hay otras.

¿Usted no necesita motivación extra? ¿No ha tenido crisis creativas?

Me he pasado años en blanco, pero de manera normal. Cuando termino una novela, transcurre fácilmente un año sin que empiece ninguna otra. Tampoco tengo tantas ideas… Hay escritores que sí, Mario Vargas Llosa y Arturo Pérez-Reverte me hablan de historias bullendo en su armario y pidiendo paso. Me da envidia que tengan tantas ideas en la reserva.

¿Usted no?

Nada. De hecho, siempre dudo que vaya a hacer otra novela, me parece imposible. Pero, por la experiencia, quizá la habrá…

Posiblemente.

Uno se queda tan vaciado, agotado, al terminar una… Hay que esperar que surja algo que inquiete de verdad, que te dé las suficientes ganas de ponerte en marcha. Nunca me pongo a escribir por escribir. No me digo: venga, me toca otra, que ya han pasado dos años desde la última. No me considero un escritor profesional. Si algo viene, bien, y si no, qué se le va a hacer.

Así empieza lo malo trata de la pasión sexual, del deseo. ¿Forma un bloque con Los enamoramientos, su novela anterior?

Algunos críticos extranjeros han señalado que Los enamoramientos tiene que ver con temas de Todas las almas, que tiene ya 25 años. No son obsesiones, exactamente, pero sí temas que no se me han agotado en una novela ni en dos ni en tres. Muchos escritores no es que hagan siempre la misma novela, pero tienen unas prioridades. A mí, esos escritores que aspiran a que cada novela sea muy distinta… Yo, si leo a Faulkner, me gusta que sea Faulkner. Y si García Márquez no es García Márquez, me molesta.

Habla de la pasión, pero en 1980.

Es un momento en que todavía no hay divorcio en España, hace no tantos años, 34. Eso llevaba a muchos matrimonios que no se aguantaban a mantener el núcleo familiar, lo cual, visto ahora, es una cosa muy extraña.

Otro tema es la memoria histórica, la culpa…

El perdón, más bien. Hay un momento en que un personaje viene a decir: no hay justicia desinteresada, las personas que la exigen normalmente son aquellas que se han visto afectadas por los crímenes. A alguien le cuesta mucho más perdonar algo menor que le han hecho que, en cambio, un crimen bárbaro que a él no le ha tocado. ¿Por qué se perdonan unas cosas y otras no? Tiene que ver con la manera en que nos han afectado, a nosotros, a nuestro padre o al abuelo. Por eso en unas cosas llegamos a compromisos y en otras no.

Hay reflexiones sobre la transición. Y unas referencias veladas a intelectuales y artistas que fueron falangistas y luego pasaron por ser grandes opositores “desde la cuna”, como Aranguren y Tàpies…

No se dan nombres, se cita a un filósofo y a un pintor catalán, podrían ser personajes de ficción, y no seré yo quien diga otra cosa.

¿Hay aquí más sexo que nunca en un libro suyo?

Siempre hay sexo en mis novelas, en escenas algo raras, que intento que no sean ridículas, que es el enorme riesgo de estas cosas en las novelas…

Y en la vida real.

Bueno, en la vida real no hay testigos… normalmente. Pero en novelas y en el cine… En EE.UU. otorgan un premio a las peores escenas de sexo en literatura, que se lo han dado, creo, a autores de peso, como Norman Mailer. Es fácil caer en la grosería o la cursilería o en lo obstétrico o clínico. Esta es una novela que trata sobre el deseo como uno de los mayores motores de la gente, por lo menos hasta cierta edad. Y cómo por el deseo se incurre en cosas muy ruines o bajas o llega uno a infligirse grandes humillaciones, porque la gente está dispuesta a aguantar y a tragar cuando tiene una dependencia sexual o amorosa con alguien. El deseo es muy egoísta: casi todo le importa poco, nada le detiene, e incurre en falsas promesas y bajezas que luego parecen ridículas, al producirse el abaratamiento de ese fuego. Aquí el narrador cuenta algo que le sucedió a los 23 años, y a esa edad, bueno, los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas, suelen ser desaprensivos en ciertos terrenos, desde luego en el del sexo. Por deseo se ha mentido mucho toda la vida, el caso clásico de las promesas de matrimonio para conseguir algo, es el tema de las novelas desde el siglo XVIII.

Hay tres escenas sexuales que uno recuerda: la de él encaramado al árbol…

Algo hitchcockiana, justamente, pero en esa escena no se ve nada, a lo más la cara de una mujer, de la que se deduce que está en un coito, pero el narrador no ve más que la nuca y luego la cara pegada a una ventana. Si eso es una escena de sexo, que quizá sí lo sea, resulta muy indirecta, más deductiva que otra cosa.

La del marido y ella en el ¬pasillo.

No la veo muy sexual, es un contacto vejatorio.

Y la de la cocina.

La más explícita de todas. El narrador cuenta lo que él iba pensando mientras eso sucedía. En Todas las almas había una escena de sexo que fue comentada, porque me decían algunas mujeres: “Por fin sé lo que está pensando un tío mientras…”. Aquí, el joven se da cuenta de que, dentro de muchos años, habrá un hombre mayor, él mismo, que le reclamará el recuerdo de lo que está haciendo en ese momento. Alguien que le dice: “Esto lo querré recordar”. Eso se produce a veces, y nos lleva a tener un distanciamiento incluso en una escena sexual, piensas: mi yo venidero me va a reclamar este recuerdo, cuando sea un hombre mayor sin posibilidad de tener relaciones sexuales. Eso te convierte en observador a la vez que en actor del acto sexual. Espero que no sean escenas ridículas, es tan fácil…

No lo son, esté tranquilo.

Es que esas partes no quedan bien casi nunca. Es curioso: autores que son muy elegantes a lo largo de toda una novela, cuando llega el sexo, se ponen cursis o zafios.

Dani Duch

Dani Duch

Su discurso elegante, su lenguaje y sintaxis características, se ven salpicados, a veces, por palabras soeces que quedan, sin embargo, amortiguadas por el contexto.

Es que en el pensamiento sí somos soeces. Si uno está muy enamorado y hace el amor, no se le ocurre pensar de ese modo. Pero si es algo más ocasional, o debido al deseo más que al amor, es fácil que brote un pensamiento vulgar. Hay términos que pensamos y no decimos, a no ser que haya el acuerdo previo de verbalizarlo. Si uno no es un cursi redomado, se piensa en los términos más groseros: “Se la estoy metiendo a esta mujer”, ¿no?

Sí, algo parecido.

Como si uno no diera crédito a lo que le sucede, ¿verdad? Introduzco esos términos como pensados, y por eso son verosímiles.

Es también un homenaje al mundo del cine, con personajes reales.

Yo estuve en rodajes del tío Jesús, el hermano de mi madre, el director Jesús –o Jess– Franco. Vi a Christopher Lee haciendo de Drácula y de Fumanchú, al actor británico Herbert Lom o al estadounidense Jack Palance, ganador de un Oscar. A finales de los sesenta y en los primeros setenta, trabajé con mi tío, el primer dinero que gané fue gracias a él. Me daba guiones para que se los tradujera al inglés, o viceversa. Incluso participé como extra en una de Fumanchú.

¿Qué dice?

Pero no se me ve, llevo puesto un capuchón de esbirro chino. Mi tío nos vistió de esbirros de Fumanchú. La escena fue rodada en algún pantano cercano a Madrid, que figuraba ser un lago, y teníamos que bajar corriendo a toda velocidad –yo debía de tener 17 años o 18– por lo alto de un monte, descalzos por la ladera, hasta llegar al agua.

¿Armados?

Llevábamos unos cuchillos terribles, creo.

Las cifras que se dan sobre la productividad de su tío son correctas ¿no?

No paraba, es inverosímil. Se calcula que habrá hecho no menos de 200 películas, la mayoría malísimas. Lo que pasa es que son locas, y esa es su gracia, la de lo extravagante.

Y esas historias que traen los actores y productores llegados de Hollywood: sobre el FBI, los Kennedy, chicas de compañía… ¿Se explicaban?

El tío Jesús me hablaba de eso, yo las oía de primera mano. Al productor norteamericano Henry Alan Towers le vi varias veces.

Muriel, el director de cine de su novela, tiene un toque de humor: el parche en el ojo, esa costumbre de tumbarse en el suelo para hablar…

Está por los suelos a menudo, sí. La primera vez que el narrador lo encuentra ahí se cree que le ha dado un soponcio, pero él está a gusto tumbado, no puede caer más bajo y así se piensa bien. Debo confesar que yo lo he hecho bastante.

¿También hablando con los demás?

Con gente de confianza, no con un entrevistador.

Lo del parche…

Hay un elemento simbólico: en muchos libros míos flota la imposibilidad de saber, de ver con nitidez nada, ni los hechos, ni las personas, lo que desarrollé en Tu rostro mañana. El personaje tuerto simboliza que somos incapaces de ver la totalidad, y a veces tampoco queremos ver más que con un solo ojo. Ese es otro tema del libro: ante esto, cierro el ojo, prefiero no verlo, porque enterarme me supondría una pérdida que no estoy dispuesto a afrontar.

También aparece el estamento médico: un pediatra, un cardiólogo, la clínica Ruber…

En un cuento de los menos malos que he escrito, Cuando fui mortal, esbocé la historia de un médico que tiene que ver con que, de niño, yo tuve un pediatra que me consolaba mucho, con sólo verlo ya me sentía mejor. Y luego supe lo que había detrás de esas visitas, de aquel hombre alegre y bromista, que en realidad escondía algo. Y yo debía desarrollar esa historia antes o después. Esas cosas sabemos que pasaban: el aprovechamiento por parte de mucha gente, médicos, jueces y abogados, de la situación de superioridad tras la guerra, el avasallamiento de una parte de la población, la posibilidad de conseguir cosas mediante el chantaje: no voy a denunciarte siempre y cuando… eso fue la vida cotidiana de los años cuarenta y cincuenta.

Resumida, la trama parece un dramón terrible, pero se lee incluso con cierta sonrisa.

Si uno se acerca al realismo, fácilmente se encuentra con elementos de melodrama. Si uno piensa en la propia vida, o en la de otras personas, hay algo de melodrama en todas.

También se habla de técnicas de seducción, y del halago como mejor arma.

Eso es algo muy sabido. Celia, cuando va en taxi con el narrador, comenta cómo muchas mujeres se dejan hacer, por timidez o por educación, por extraño que suene, a veces parece más fácil aceptar algo que negarse, le hablo de mujeres quizá muy jóvenes, muy tímidas o demasiado educadas. También a veces porque se sienten halagadas. Los jóvenes son enormemente susceptibles a eso, la seducción de las personas jóvenes es escandalosamente fácil por parte de alguien de más edad, a base de halagos, tanto por parte de hombres como de mujeres. Los jóvenes están necesitados de reafirmación, quieren ser apreciados por los demás, unos a causa de su inteligencia, otros por su aspecto, porque hay un elemento de inseguridad frecuentísimo en ellos.

XAVI AYÉN

La Vanguardia, Magazine, 21 de septiembre de 2014

Reseñas de ‘Así empieza lo malo’

Sciammarella

Sciammarella

La verdad imprudente

Ésta es la historia de dos desgracias y un final feliz: la desdicha de una mujer, la desdicha de un “país sucio” (que es España, y así lo llama un personaje) y la felicidad de un espectador escarmentado, reflexivo y egoísta, que es el narrador de la historia. Pero Eduardo Muriel es el maestro: un prolífico director de cine raro, supongo que con elementos de Jesús Franco o Jess Frank (tío de Javier Marías), y quizá algún reflejo de Juan Benet, que contrata a un joven de 23 años para asesorarlo en tareas de traducción y secretaría en 1980. Mucho tiempo después, ese joven necesita contar esa breve temporada de convivencia con Muriel y su mujer (dos desgracias juntas), tan decisiva en su vida y también en su modo de asumir y entender la madurez. Así empieza lo malo es quizá la novela de Marías con trama más compacta, y quizá por eso se remata con un epílogo que recapitula y acaba la historia: la vida del narrador ha venido a reproducir diabólicamente las condiciones de la vida de Muriel y su mujer, aunque sin los errores ni el dolor de ellos: callando. Pero no hay sermón ni doctrina, obviamente: este Marías es Marías, impávido y suculento, incluidos algunos de sus manierismos (en particular en la primera mitad de la novela) e incluidas esas magistrales suspensiones narrativas que dejan absorto al lector mientras nada sucede pero todo está pasando.

El centro de la novela es la verdad y sus trampas, los secretos y sus desvelos: saberlos y descubrirlos, saberlos y callarlos. Suena a chismografía barata, pero es la vida de cada día, y por descontado la vida de cada día de cada uno de nosotros con sus secretos dispuestos a convertirse, a la mínima oportunidad, en seísmos devastadores: tú no eres quien dices, la razón de aquel acto fue otra, lo hice por lo que no has imaginado nunca, no quise que lo supieras y ya lo sabes. Lo que redime esta dimensión sumisa es el tejido verbal de la novela, su arquitectura desveladora y la conformidad del narrador en ser espía e interlocutor reflexivo de otros, sobre todo de Muriel. Supo lo que no quería saber, y su mujer, una irresistible Beatriz, lamentará hasta su muy próxima muerte haber desvelado, en un ataque de furia, un secreto antiguo. Ese será el motor que amasará de amargura la vida de ella y en gran medida la de su marido. ¿Con los secretos del pasado colectivo sucede lo mismo?

Porque la historia de Muriel y su mujer es sólo el ángulo privado para un enfoque colectivo sobre la España que sale de la dictadura con una reconversión acelerada de múltiples biografías ligadas al franquismo y, de golpe y en apariencia, desligadas de él y hasta prestigiosamente antifranquistas. La novela desvela unos cuantos camelos y camelistas con ensañamiento pero sin nombres propios, aunque sí alusiones. Hacia 1980 se saben demasiadas cosas de demasiados médicos, abogados, arquitectos, profesores como para que todos comulguen con la versión naíf y disfrazada de su pasado. Verdades omitidas y mentiras consentidas fueron parte de la Transición, y no hay reprobación en la novela de ese enjuague. Pero no todos los secretos y silencios fueron iguales ni todos actuaron como ese médico que dota a la novela de una dimensión trágica y maldita que a ratos se hace turbadora: quién sabe dónde está lo más justo en ese caso, en cada caso conocido de primera mano y con detalle.

Con todo, la novela decae hacia la mitad de sus páginas —las que ceden a la pasión cinéfila del autor, las que se acercan al retrato de costumbres, aunque brille de nuevo algún personaje real, como Francisco Rico o, mejor, la caricatura socarrona y fantasiosa que de él saca Marías. Se resiente el engarce entre los motivos iniciales y las 200 páginas últimas, pero éstas son trepidantes narrativa y reflexivamente, con el lector entregado a la agobiante espiral de la verdad y de lo justo: la verdad secuestrada por interés espurio, la verdad oculta por razones legítimas, la verdad callada por los efectos canallescos de revelarla, la verdad protectora, la verdad imprudente. Y el rencor que desata no haber sabido antes. La novela desafía así el ardor juvenil por la verdad a toda costa para cavilar sobre episodios que pueden merecer el olvido, al menos cuando desempolvarlos comporta tantas dosis de venganza o de rencor como de consuelo pacificador.

Por supuesto, Marías no está por silenciar el pasado ni enterrar a los historiadores, sino por sacar de encima de esa pasión su falsa inocencia, su esquematismo o incluso su uso “desaprensivo”, como lo llama Mainer en la edición actualizada de Breve historia de la literatura española, a propósito de Ayer no más, de Andrés Trapiello. Por eso Marías narra las condiciones de lo real vivido e íntimo con meditaciones que emparentan esta novela con otras espléndidas y recientes de autores algo más jóvenes que él, como el citado Trapiello, Javier Cercas o Ignacio Martínez de Pisón. Tu rostro mañana ya estaba entre las mejores; hoy lo está también esta desazonante, valiente y a menudo turbadora Así empieza lo malo.

JORDI GRACIA

El País, Babelia, 20 de septiembre de 2014

Así empieza lo malo
NADAL SUAU
El Cultural,26 de septiembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 28 de septiembre de 2014. ‘Si yo fuera catalán’

Poco después de la Diada, se me preguntó en una entrevista por Cataluña, y contesté que hasta ahora no le había dedicado aquí una columna entera principalmente por dos razones: una, para no bailar al son de Mas, Junqueras y Forcadell, como lleva haciendo todo el mundo desde 2012; dos, porque me cuesta sentir el menor interés por esa cuestión. Si a mí me daría lo mismo que dejara de existir una nación llamada España en pro de un conjunto más amplio, Europa, no me pidan que comprenda el empecinamiento de una porción de catalanes en tener pasaporte propio, embajadas, selecciones deportivas y un ridículo ejército, como ha previsto la susodicha Carme Forcadell, esa especie de monja a la vez mandona y presumida, elevada a la categoría de “madre de la patria” pese a su inmensa capacidad para soltar sandeces como la siguiente, el 11 de septiembre: “Hoy, 300 años después de la derrota, hemos recuperado Barcelona”. Supongo que quería decir que la Cataluña más cerril se la había arrebatado a los barceloneses peligrosamente cosmopolitas, porque ya me explicarán a quién, si no.

Es cierto que Cataluña posee unas características muy marcadas, una lengua y una tradición cultural muy fuertes, y que su status no debería ser el mismo que el del resto de comunidades. Es respetable que muchos de sus habitantes deseen ser independientes, sin más razón que su voluntad o antojo. Pero uno se pregunta qué ha pasado, de 2012 a hoy, para que todo eso se haya exacerbado. Tras siglos de convivencia –casi nunca forzada–, ¿ha ocurrido algo muy grave? ¿Ha habido, por ejemplo, un amotinamiento de la población brutalmente reprimido por la Guardia Civil? ¿Se ha suspendido el Estatuto de Autonomía? ¿Se ha destituido o encarcelado al Presidente de la Generalitat? ¿Ha sucedido algo tan imperdonable como para prender la mecha, para que se tome una determinación tan tajante como escindirse de España? Uno no lo ve, aunque se esfuerce. Pequeñas afrentas, sí: una no pequeña la inició la tontuna de Zapatero, la prosiguió el PP al impugnar el nuevo Estatut aprobado en referéndum y la remató el Tribunal Constitucional al darle la razón a ese partido incompetente. Gran tacto el de todos ellos. Pero ¿en verdad es eso tan insoportable e irreversible como para crear la contagiosa fiebre, para romper todo vínculo? No olvidemos que ese nuevo Estatut se molestó en votarlo un número más bien exiguo de catalanes. El día de la consulta no pareció importarle tanto al conjunto. Y menosprecio catalán a los demás lo hay a diario.

Huele a artificial esa fiebre. Se propaga cuando en España hay un Gobierno del PP del que uno entiende que cualquiera quiera separarse. Cuando hay una aguda crisis económica. Cuando la Generalitat se anticipa a Rajoy en sus recortes, de modo que los catalanes los padecen por partida doble. Todo esto pasa inadvertido porque desde hace dos años no hay más urgencia ni asunto que la independencia. Es como si a los catalanes se los hubiera narcotizado o hipnotizado con eso, y hubieran dejado de existir los demás problemas y abusos, que sufren tanto como el resto. Una gigantesca cortina de humo para tapar que CiU y ERC llevan a cabo políticas tan feroces y derechistas como la del PP. Apenas se diferencian.

Personalmente, me traería sin cuidado que Cataluña se independizara, y me consta que lo mismo les ocurre a no pocos madrileños, que piensan: “Pues bueno, y allá se las compongan”. Ahora bien, si yo fuera catalán estaría aterrado ante la posibilidad. Intento imaginarme un Madrid independiente (ya sé que no es comparable, pero al fin y al cabo somos sólo un millón menos que en Cataluña). Un Madrid aislado, al que no salvarían de vez en cuando Andalucía, Asturias, Aragón o la propia Cataluña. Al que tampoco salvaría nunca la Unión Europea, de la que estaríamos excluidos. Un Madrid que quedaría a merced del PP durante décadas, si no para siempre. En el que el partido gobernante haría lo que le diera la gana sin cortapisas y sin rendir cuentas a nadie. Lo decisivo de una independencia no es el hecho en sí, sino en manos de quién queda uno, sin que nadie pueda venir en nuestra ayuda. El panorama catalán no es mucho mejor, en ese aspecto: una casi segura alternancia de CiU y ERC. El primero con todas las trazas de ser tan corrupto como el que más en España, tan dedicado a los negocios (y no al bienestar de los ciudadanos) como el PP. El segundo, además de calamitoso, frívolo y aventado, parece tener una dificultad congénita para entender la pluralidad y la democracia, así como nula idea de cómo gobernar, y quizá por eso se resiste a entrar en la Generalitat. La única vez que lo hizo, en tiempos recientes, fue en el llamado “tripartito”, con las responsabilidades difuminadas, y aun así su relativo mando resultó desastroso.

Esa es la cuestión. La independencia, muy bien. El aislamiento, lo sobrellevaremos y nos bastamos. Pero ¿en qué manos quedamos? ¿Quién podrá venir en nuestro auxilio si las cosas salen mal o nos arrepentimos? Yo doy gracias a que España no esté sola y dependa no sólo de Europa, sino del conjunto de sus comunidades, lo cual impide dictaduras o que ningún Gobierno se eternice. Eso no sucedería en un Madrid independiente, me temo, ni en una Cataluña independiente, estoy casi seguro. Así que lo dicho: con las perspectivas actuales, si yo fuera catalán tendría pánico.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de septiembre de 2014

Javier Marías presenta ‘Así empieza lo malo’

E.P.

E.P.

El escritor Javier Marías teje su nueva novela, «Así empieza lo malo», con historias de la vida íntima en las que reflexiona sobre el deseo, la impunidad y la arbitrariedad del perdón, pero también lo hace sobre la Transición y la decisión de no juzgar los crímenes y vilezas de la Dictadura.

«Tras una dictadura, no se puede llevar a medio país al banquillo o a juicio; la amnistía general quizá fue lo más sensato. No había otra solución», asegura Marías en una entrevista con Efe en la que se muestra en desacuerdo con quienes consideran la Transición«una bajada de pantalones».

«La gente olvida muy pronto que, en España, los períodos de libertad se contaban por trienios a lo largo de su historia. Y llevamos ya casi cuarenta años con libertad y con un país equiparable a cualquier otro europeo, aunque cada uno tenga sus características y sus desgracias», señala.

Pero, «una cosa es que no se juzgara a nadie y otra muy distinta que no se pueda saber lo que pasó en la Dictadura, lo que hizo éste o lo que escribió el de más allá, y eso me causa perplejidad», dice este gran novelista, cuya obra está traducida a más de cuarenta idiomas.

En su nueva novela, publicada por Alfaguara en todos los países hispanohablantes y presentada hoy por el autor en Madrid, Marías atrapa al lector con una turbadora y excelente narración en la que invita a pensar, además, sobre la dificultad de alcanzar la verdad, las consecuencias de los engaños y sobre el rencor, «uno de los vínculos paradójicamente más fuertes» en las relaciones de pareja.

La novela está narrada por un hombre ya maduro, pero cuenta lo que le sucedió cuando tenía 23 años, en 1980, y eso le permite meditar sobre la juventud, una época en la que «se tiene el alma aplazada y la conciencia también».

Recién acabada la carrera de Filología Inglesa (la misma que la del autor), Juan Vere entra a trabajar como secretario personal en la casa de Eduardo Muriel, un director de cine, y de su mujer, Beatriz Noguera, y es testigo de «la misteriosa desdicha conyugal» que se respira entre ambos. Faltaba un año para que se aprobara el divorcio en España.

Marías consigue en «Así empieza lo malo» (el título está tomado de Shakespeare, como en otras obras suyas) páginas magistrales sobre el deseo, el eje central de la novela, y uno de «los motores mayores que llevan a obrar a la gente a veces bien y otras de manera indecente, muy vil y muy baja», señala. En esta novela, «hay una carga erótica mayor» que en otras suyas, aunque no hay escenas de sexo muy explícitas.

«Las escenas de sexo son terriblemente difíciles de hacer en literatura, y yo diría que el 95 por ciento de las veces salen fatal. Hablo como lector. Incluso grandes escritores son una calamidad cuando se ponen a describir escenas eróticas, porque o son muy cursis o muy soeces y zafias, o casi ginecológicas», asegura Marías.

En la Dictadura franquista se cometieron muchos abusos, pero «quizá no se ha hablado demasiado», indica el novelista, de aquellas mujeres que se vieron obligadas a entregarse sexualmente «como medio de pago y para evitar males mayores».

Y esa clase de abusos sale a relucir en esta novela que tiene «algo de melodrama y algún elemento de patetismo». Pero, entre esas «historias tenues» del libro, se cuela también el humor, protagonizado con frecuencia por el académico Francisco Rico, personaje ya habitual de las novelas de Marías.

Con respecto a la situación que vive Cataluña, el escritor entiende que haya «una parte grande» de la población catalana que desee la independencia, pero no puede evitar ver el proceso soberanista «como una especie de cortina de humo y de engañabobos», propiciado por lospartidos nacionalistas. «Todo esto se produce en un momento de crisis económica y en el que hay un gobierno del cual no me extraña que todo el mundo se quiera separar, digámoslo así», afirma Marías.

El autor, que suele expresar sus opiniones sobre cuestiones políticas en sus artículos semanales, reconoce que le «cuesta mucho sentir interés» por las aspiraciones independentistas de los catalanes, quizá porque los madrileños están «más lejos que los de cualquier otro sitio de ese tipo de sentimientos». «Es verdad que Cataluña tiene unas características muy marcadas y es posible que debiera tener un estatuto que no fuera idéntico al de las demás regiones», comenta el autor de «Los enamoramientos».

Pero, en realidad, continúa Marías, «para que en algo que lleva quinientos años mal que bien funcionando, de pronto haya una especie de fiebre por la cual quieren separarse, uno se pregunta: ‘¿qué ha pasado? ¿Ha pasado algo gordo, grave?’. Porque es una medida algo extrema la que plantean». El escritor señala que, en la actual crisis, la Generalitat «ha sido pionera incluso en los recortes más brutales que se han llevado a cabo», los cuales se aplicaron antes de que lo hiciera también el Gobierno central.

Pero hace más de dos años que en Cataluña «no se habla de nada de esto», indica Marías, que no puede evitar ver las propuestas de los partidos nacionalistas catalanes «como una especie de cortina de humo y de engañabobos. Y, precisamente, los catalanes, en términos generales, no se puede decir que sean muy bobos, sino que más bien están por encima de la media en inteligencia».

El autor de «Mañana en la batalla piensa en mí» cree que en este proceso hay «un elemento muy grande de artificialidad, de impostura», pero también sabe que «no se puede obligar a nadie a permanecer en el matrimonio». «Así que, si los catalanes deciden irse, que se vayan. Pero que se vayan haciéndolo bien. Y da la impresión de que todo está demasiado manipulado, demasiado dirigido», subraya Javier Marías.

Pero, si el proceso se hiciera «limpiamente y sin trampas, y saliera la independencia, a mí personalmente tampoco es que me importase demasiado», remata.

EFE, 24 de septiembre de 2014

AELM

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Nueva novela de Javier Marías. ‘Así empieza lo malo’

AELM
ASÍ EMPIEZA LO MALO
JAVIER MARÍAS

Alfaguara, 23 de septiembre de 2014

«No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia, y sin embargo hoy sería imposible. Me refiero a lo que les pasó a ellos, a Eduardo Muriel y a su mujer, Beatriz Noguera, cuando eran jóvenes, y no tanto a lo que me pasó a mí con ellos cuando yo era el joven y su matrimonio una larga e indisoluble desdicha».

LA ZONA FANTASMA. 21 de septiembre de 2014. ‘Guarrería’

Hace ya nueve años publiqué aquí un artículo titulado “La vergüenza de regresar”, y aunque la memoria de los lectores es corta, no quisiera repetirme en exceso. Pero lo he dicho otras veces: la realidad es tan repetitiva que a todos nos obliga a serlo, sobre todo cuando se trata de una reiteración siempre a peor. Cada vez que uno se ausenta de Madrid, e independientemente de los lugares que visite, al volver no da crédito. Ya lo era en 2005, y eso que entonces aún no había crisis ni gobernaba Rajoy con el deterioro intencionado como meta –de todo lo que aprecian los ciudadanos–; en 2014 no hay la menor exageración si se afirma que la capital del Reino es la ciudad más guarra de Europa, una pocilga repugnante (y eso que entre los sitios por los que he pasado este verano está Palermo, con fama de descuidada y ruinosa). No hay nada comparable a la guarrería de aquí, sobre todo en los barrios del Centro, incluido Malasaña. Los anteriores alcaldes, Manzano y Gallardón, se dedicaron a poner granito en todas partes, y cualquiera sabe que la mancha sobre granito no sale jamás, de manera que los suelos tienen acumulada la suciedad imborrable de más de un decenio: verdaderos churretones de meadas, vómitos y quién sabe qué son ya una huella indeleble que además va siempre en aumento. Y la porquería atrae la porquería. Si algo está muy pulcro y limpio, da reparo estropearlo. Si está hecho una inmundicia, en cambio, los ciudadanos y turistas piensan: “Total, qué más da, para como está”. Así que lo tiran todo a la acera, vuelcan las papeleras que nadie vacía, orinan contra arcos y fachadas. La Plaza Mayor y sus aledaños despiden un hedor que la alcaldesa Botella, como nos recordó en Buenos Aires en supuesto e hilarante inglés, encuentra ideal para tomarse un café con leche con gran relajación y entre ratas que corretean por las mesas, como ya conté.

Pero no es sólo esto. Los alcaldes suelen ser canallas en casi todas partes, y tienden a utilizar las ciudades para hacer negocios y arrinconar a la población. Los barceloneses están ahogados por el turismo salvaje, y la sublevación de los vecinos de La Barceloneta espero que sea el anuncio de un amotinamiento general. Soria, que bien conozco, ha sido destrozada e indeciblemente afeada por las obras que me impelieron a largarme hace casi tres años… y que aún no han concluido. Todo para hacer un parking subterráneo que nadie necesitaba. Y sin duda no ignoran ustedes por qué en tantos paseos y plazas españolas ya no hay ni un solo árbol ni un banco, o éstos han sido “sustituidos” por cubos de piedra sin respaldo, ardientes en verano y en invierno helados: para que quien quiera darse un respiro deba entrar en un bar o sentarse en una terraza y pagar una consumición. Muchas ciudades están secuestradas por sus ayuntamientos; literalmente se ha producido una expropiación. La invasión y aprovechamiento del espacio público no conoce límites: puestos de ferias, chiringuitos, escenarios, terrazas, ocupan hasta los paisajes más nobles (la Plaza de Oriente madrileña está a menudo plagada de adefesios varios). Pero vamos con la Rana. En pleno Paseo de Recoletos, enfrente de la Biblioteca Nacional, el Gran Casino de Madrid ha instalado una gigantesca y espantosa estatua de rana. Mide casi cinco metros, su bronce verdín pesa unas toneladas, y creo no haber visto algo tan feo desde las vidrieras de Kiko el de los “kikos” en la Catedral de La Almudena (pero éstas, al menos, no invaden la calle). Cinco metros de espanto, se dice pronto. Creo que el Casino la ha ofrecido en “agradecimiento” a la capital, pero su colocación parece más bien producto del odio. Es obra de un escultor que se hace llamar dEmo, al que Madrid ya ha premiado con otras afrentas para la vista, y que en mi opinión merecería sólo destierro. La rana permanecerá ahí un año o dos, y luego –creo– se quedará para siempre si a “la gente” le gusta. Como “la gente” tiene con frecuencia el gusto estragado por la televisión y ya se hace selfies batrácicos junto a las ancas, podemos hospedar ese agravio indefinidamente. ¿Cómo ha permitido la alcaldesa la mera instalación del armatoste en un paseo emblemático? Sólo por cuanto llevo enumerado, Botella debería haber sido destituida hace tiempo.

En este contexto resulta desvergonzada (y cómica) la intención del PP de alterar las reglas para la elección de alcaldes: que lo sea el más votado, ea. Veamos: aunque a un alcalde lo elija el 40% de los votantes, eso significa que el 60% no lo quiere, por mucho que ese 60% reparta sus papeletas entre varios candidatos. Pero lo más esperpéntico es que el PP (que tan sólo ansía conservar así ayuntamientos que en mayo próximo podría perder) insiste en que este nuevo método sería “más democrático”. Ojo, lo dice un partido que, en la ciudad más habitada, lleva tres años con una alcaldesa y un Presidente de Comunidad a los que no votó nadie. Los votados, recuerden, fueron Gallardón y Aguirre, que nada más ser elegidos se largaron de sus puestos como almas que llevara el diablo. Si esa modificación se confirma, contra el criterio de toda la oposición menos la honrada CiU, ya saben lo que toca hacer para que el PP no culmine la destrucción de Madrid (lleva veintitantos años ininterrumpidos en ello): votar masivamente a otro candidato, sólo a uno. No creo que obligarnos a concentrar el voto sea precisamente lo más democrático. Pero no habrá más remedio si queremos acabar por fin con las guarrerías, monstruosa rana incluida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de septiembre de 2014

SILLÓN DE OREJAS. ‘Un insomnio gozoso y un adiós’

AELMA solo una cincuentena de páginas de la última, el narrador de Así empieza lo malo (Alfaguara) resume el marco argumental de la historia que nos ha ido desgranando: “Uno mete a alguien en su casa y, al hacerlo, lo obliga a ser su testigo”. Como casi siempre en Javier Marías, ese testigo no se limita a contarnos lo que ve “como un criado antiguo, de los que asistían a todo”, sino que interviene y (quizá) modifica el curso de los acontecimientos. ¿Los temas?: los de siempre en Marías, uno de esos escritores que siempre dan vueltas en torno a un libro que será la suma de todos los suyos; como Faulkner, de quien he creído rastrear ecos (el de Quentin Compson, principalmente) en una digresión sobre el tiempo de los suicidas. Marías vuelve a construir una historia mesmerizante y adictiva en torno a sus obsesiones: la verdad y la apariencia, el perdón y el castigo, la culpabilidad y la (improbable) inocencia, el deseo y el olvido. Y el matrimonio, un asunto que preocupa cada vez más a un autor que (salvo sorpresa) nunca se ha casado. Y lo hace vehiculando las ideas en un relato que pone de manifiesto su dominio de los múltiples recursos de los géneros populares novelísticos y cinematográficos: el lector encontrará pasadizos y habitaciones disimuladas, coincidencias, tremendos secretos largo tiempo guardados, espionajes, enigmas, cartas sin contestar, conversaciones que no debían escucharse, improbables encuentros, santuarios misteriosos (y de extrema derecha). Y mediante interminables subtramas y multitud de cameos (directos o indirectos), que son algunos de los modos que tiene Marías de resultar cervantino. Y todo ello haciendo vivir a un puñado de personajes (algunos viejos conocidos) presididos por dos inolvidables y antológicos: el director de cine Eduardo Muriel y su esposa, la rotunda y deseable Beatriz Noguera, quizá la mujer más carnal, enamorable y verdadera de todas las creadas por Marías. La novela, que, como la anterior, se alarga un punto en su primera parte —lo que, por otro lado, permite a Marías presentar el “exterior” de sus protagonistas y desplegar su talento para la comedia social con escenas hilarantes como la de Cecilia Alemany y su chicle—, crece prodigiosamente y se complejiza a partir de su mitad (con el combustible del suspense y las resonancias narrativas, especialidades de Marías), obligando al lector a no tomarse un respiro. Y eso es lo que me ha forzado a pasar todo un día y una noche de gozoso insomnio pegado a este sillón de orejas y enfrascado en una lectura compulsiva que, simultáneamente, quería y no quería que acabara. Algo que, a estas alturas de mi vida, consiguen cada vez menos novelas.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 20 de septiembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 14 de septiembre de 2014. ‘Completos bobos’

La operación empezó ya con brío antes de agosto, y prepárense para lo que ha de venir, es interesante: el Gobierno de Rajoy intentando convencer a la población de que las cosas son exactamente lo contrario de lo que ésta vive, percibe y padece a diario. Si el Gobierno lo consigue, habrá que aceptar que la realidad ya no cuenta y que somos peleles idiotizados, incapaces de pensar ni ver por nosotros mismos, meros rehenes de la propaganda institucional (y de los medios de comunicación afines, o más bien serviles, o temerosos en algunos casos); que las palabras falsas poseen más fuerza que las evidencias y que nos hemos convertido en seres domesticados y en completos bobos. Todo puede ser.

Algunos recordarán cómo, en la última época de Zapatero, el PP deseaba con fervor que la economía y el país fueran mal y hacía todo lo posible para que así sucediera. No tenía que esforzarse mucho (el país y su economía iban fatal), pero aun así puso todo el ahínco imaginable en que marcharan aún peor, para así ganar las elecciones de 2011 como las ganó, por mayoría arrasadora. Ahora, cuando faltan pocos meses para las municipales y autonómicas, y catorce para las generales del 2015, le toca afirmar que España está en plena recuperación (!), que es casi la nueva Alemania, e incluso que es “la tierra de las oportunidades” (!), mientras no cesa el éxodo de jóvenes titulados, y no tan jóvenes, hacia otros países porque aquí sólo les espera la cola del paro o un trabajo precario o una explotación descarada por parte de los empresarios, con las manos libres gracias a la reforma laboral de Báñez y Rajoy. El Gobierno recurre a datos vacuos y manipulados. Los desahucios están disminuyendo, dice, pero calla que eso es lo natural, por la sencilla razón de que ha habido ya tantos durante sus tres años de gobernación que, lógicamente, apenas queda ya gente por desahuciar. Es como si se asegura que un país en guerra está finalmente pacificado cuando uno de los dos bandos ha sido exterminado: ya no hay nadie vivo beligerante. Otro tanto ocurre con las cifras del paro. El Gobierno presume de que el número de desempleados “ya” no aumenta e incluso ha descendido un poco en primavera y verano, cuando mucha gente es breve y parcialmente contratada en los sectores de hostelería y turismo. Lo que calla es que los parados computables son menos porque: a) muchos han abandonado la búsqueda de trabajo, han desistido tras años de frustración; b) otros muchos han ido cumpliendo una edad en la que ya es seguro que nadie los contratará jamás; c) centenares de millares han emigrado al extranjero y por tanto ya no llaman a la puerta del INEM ni de nada español; d) no pocos parados de larga duración han muerto (bastantes suicidados), por lo que, obviamente, tampoco cuentan; e) otra gran porción de la población ha optado por las chapuzas en negro, ha convertido en su modus vivendi la actividad clandestina o sumergida, y por tanto no tiene el menor interés en figurar en ningún sitio oficial; f) cerca de un millón de inmigrantes de los años noventa y dos mil han regresado a sus lugares de origen o se han dispersado por Europa, también han dejado de contar. Si el Gobierno va eliminando a gente desesperada, a la larga, por fuerza, le queda menos gente desesperada. Lo increíblemente cínico es exhibir esto como un triunfo y decir que es producto de las sabias medidas dictadas por Rosell y los suyos y ejecutadas obedientemente por Báñez y Rajoy.

Cuando la recuperación llegue de verdad –si es que llega–, habrá que mirar las bajas, aunque casi nadie lo hará: una o dos generaciones echadas a perder, a las que sus años más productivos se les habrán escapado; un montón de jóvenes cualificados que no aportarán nada al país que los formó, sino al Reino Unido, Francia, Alemania, Suiza u Holanda; millares de pequeñas y medianas empresas que habrán echado el cierre por falta de créditos bancarios y por el empobrecimiento general de su clientela; incontables científicos, investigadores, arquitectos, artistas, que habrán debido suspender sus tareas y actividades: España será de nuevo un desierto intelectual, artístico y científico, como durante el franquismo. Pero lo mejor es esto: Rajoy y Montoro (que ahora anuncian ridículas “bajadas” de impuestos tras haberlos subido a lo bestia, y que –no lo duden– los volverán a subir en cuanto hayan pasado las elecciones, si las ganan) reconocen que esa “recuperación plena” aún no la notan las familias, esto es, las personas. ¿Y quién se supone que la ha de notar si no son las personas, los ciudadanos? España consiste sólo en eso, en sus ciudadanos, como cualquier otro lugar. Ningún país es un ente abstracto, o lo es tan sólo para los grandes financieros y los bancos. Nosotros, las personas de aquí, hemos perdido 12.000 millones de euros con el rescate público de un solo banco, Catalunya Banc. Esa monstruosidad de dinero equivale a lo que Rajoy ha recortado en sanidad y educación, dos esferas que el Gobierno habrá dejado devastadas cuando llegue la “recuperación”. Con este panorama, que durará largo tiempo si no siempre, ¿cómo puede nadie atreverse a pronunciar esa palabra, y añadirle el adjetivo “plena”? Pues ahí la tienen, llenando la boca del Presidente y sus acólitos, y más que se la llenará de aquí al 2015. Ya lo he dicho: si acaban convenciendo a alguien, será que nos hemos convertido en completos e irremediables bobos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de septiembre de 2014