El agradecimiento que jamás se salda

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En el fútbol hay poco objetivo, por más que los goles, los puntos, los triunfos, las derrotas, las eliminaciones y los títulos den a entender lo contrario. Se equivocan quienes afirman que nadie se acuerda de los finalistas ni de los segundos. Los que vimos a la Holanda de 1974 la conservamos en la retina mucho más que a la Alemania que la venció en el último y crucial partido. Se nos desdibuja hasta Beckenbauer, mientras que Cruyff, Neeskens y Rep aún bailan en nuestra memoria. Así, a quienes alcanzamos a admirar a Di Stéfano (y más aún si éramos niños y adolescentes), es difícil convencernos de que haya habido mejor futbolista a lo largo de la historia. En cuantos han venido después, algo echamos siempre en falta, por comparación o por nostalgia. No es fácil saber qué exactamente. A Pelé nunca tuvimos mucha ocasión de contemplarlo, pero digamos que al lado de Don Alfredo nos parecía frívolo. El que más se le aproximó fue tal vez Cruyff, porque lo igualaba en inteligencia; probablemente no, sin embargo, en capacidad organizativa ni tampoco en amor propio (o fastidio ante la derrota, si se prefiere). Maradona fue sin duda más rápido y habilidoso, pero siempre dio la impresión de ser corto de luces, pendenciero y poco noble. Es seguro que Messi es más malabarista y más mortífero, pero le falta humanidad o acaso es entendimiento: se lo ve demasiado ajeno a todo, como un autómata portentoso algo desentendido del conjunto del juego y de sus compañeros.

Todo esto es muy subjetivo, ya digo. A los ídolos de la niñez es casi imposible desplazarlos, y en cierto sentido Di Stéfano compartía honores con el Capitán Trueno, y D’Artagnan, y Miguel Strogoff, y Sandokan. El físico no lo acompañaba: su prematura calva lo hacía parecer demasiado mayor a los ojos infantiles, no era sencilla la identificación inmediata. Eso quedaba paliado, compensado, por la generosidad y la nobleza que transmitía. Las masas lo adoraban, pero jamás tuvo aires de divo. Su genialidad era incuestionable, y él, no obstante, insistía en la importancia de los compañeros sin falsa modestia, consciente de que él solo no bastaba. De tanto en tanto se le veían malas pulgas (una bronca a un defensa del equipo; una advertencia a un contrario, con ojo airado o irónico); qué menos que un héroe capaz de imponer su autoridad o su saber, o de pararle los pies a un rival irrespetuoso o sucio. También uno esperaba de D’Artagnan y del Capitán Trueno que supieran defenderse y escarmentar al que se lo mereciera.

En alguna ocasión he escrito que a los futbolistas se los reconoce en seguida por los andares y por cómo corren, como a los actores de cine inolvidables. ¿Quién no es capaz de representarse al instante los pasos de John Wayne, Henry Fonda, Cary Grant, Gary Cooper o James Stewart? La estampa de Di Stéfano sobre la hierba pertenece a esa estirpe. Quien lo vio lo sigue viendo: lo ve avanzar con el balón o sin él, dar un taconazo o colarse por sorpresa entre los defensas contrarios; impartir órdenes a sus compañeros o parar el balón y retenerlo bajo el pie —imponiendo una inverosímil pausa— en un momento de desconcierto o desarbolamiento; lo ve regatear sin florituras o rematar de cabeza, o celebrar un gol con los dos brazos en alto y un saltito, su forma tan característica, el gesto breve y sin excesos. Yo lo veo, sobre todo, llegar solo con la pelota a la portería desguarnecida, tras superar a todos los adversarios. Detener un segundo el balón ante la línea de meta, el mínimo tiempo justo para que cien mil almas contuvieran el aliento y pudieran preguntarse: “Pero ¿a qué espera?”. El tiempo justo para que el gol inminente no fuera gol todavía. Y entonces, con la suela de la bota, hacer traspasar el balón suavemente esa línea, sin impulsarlo al fondo de la red, en modo alguno: sólo hacerlo cruzar la raya blanca y dejarlo allí depositado. Él ha cruzado ahora esa raya y está dentro de la meta, para siempre, con nuestra mayor gentileza y afecto, el imborrable recuerdo y el agradecimiento que jamás se salda.

JAVIER MARÍAS

El País, 7 de julio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 6 de julio de 2014. ‘El mundo hiere’

En 1984 daba yo unos cursos de Traducción en el Wellesley College de Massachusetts. Les pasaba a las alumnas (era una Universidad femenina) breves textos en español e inglés para que los vertieran a la otra lengua, como ejercicio. Uno fue un pasaje de Juan Rulfo en el que, si mal no recuerdo, lo más osado que había era un comentario sobre lo caliente que estaba la tierra sobre la que dormían tres personajes de viaje, una mujer y dos hombres, y cómo ese calor emanado por el suelo se trasladaba a los cuerpos, que despedían a su vez su calor de unos a otros (pero a distancia, no se crean). Una alumna se me acercó y me dijo que su moral le impedía traducir aquel fragmento, y me pidió uno alternativo. No entendí nada, en verdad no sabía a qué se refería ni qué “moral” podía entrar en conflicto con algo tan inocente y neutro. No sé, si les hubiera dado el arranque de Santuario de Faulkner, en el que una mujer es violada con una mazorca de maíz (de nuevo si no me equivoco) … La joven insistió en que aquello era demasiado sexual. Yo no veía sexualidad por ningún lado y no me hacía mucha gracia crear un precedente de traducciones “a la carta”, digamos. Cualquier mojigata podía ver obscenidad en Platero y yo, por ejemplo, y así hasta el infinito. Pero consulté con las colegas del departamento y las órdenes fueron tajantes: “Dale otra pieza. Las alumnas son susceptibles y podrían meternos en líos. Total, no vale la pena arriesgarse”. Obedecí (al fin y al cabo yo estaba allí de paso) y la estudiante tranquilizó su conciencia y su ánimo turbado por el pobre Rulfo.

Me he acordado de esta anécdota remota (que me disculpen los memoriosos si ya la he contado; son muchos años) al leer que cada vez hay más alumnos estadounidenses que ponen reparos a las lecturas que sus profesores les recomiendan o programan. Y exigen que, como mínimo, se les advierta de lo que van a encontrar en ellas. De que El gran Gatsby “contiene pasajes violentos y misóginos”, o de que en Huckleberry Finn “hay vocablos y actitudes racistas”. Consideran que lo que hagan o digan los personajes ficticios de una novela o de un drama “puede herir su sensibilidad”, o algunas escenas causar “síntomas de estrés postraumático” a quienes hayan sido víctimas de violaciones o ex-combatientes de guerra, o tengan pánico incontrolable a esas amenazas. En la Universidad de California (Estado pionero de casi todas las pusilanimidades), el consejo de estudiantes ha solicitado formalmente que se incluyan estos avisos. Y claro, las obras que menos se libran son las que ocupan lugar fijo en los planes de estudios: El mercader de Venecia, “por contener ideas antisemitas”, o La señora Dalloway, de Virginia Woolf, “porque supuestamente incita al suicidio”. La cosa se parece a los carteles que en el ámbito anglosajón aparecen al principio de las películas y series televisivas (destinados a padres y niños), en los que se advierte que lo que va a proyectarse incluye “violencia, tacos, escenas de sexo, desnudez” y últimamente, en el colmo de la histeria pacata, “escenas en que se fuma”. Esto habrán de agregarlo a todas las cintas de la historia anteriores al 2000 por lo menos, de La diligencia a Casablanca, de Cantando bajo la lluvia a Sonrisas y lágrimas, a menos que prosperen las demenciales propuestas de borrar digitalmente todos los cigarrillos, habanos y pipas del celuloide (Groucho Marx quedaría idiota en todos sus planos, con una mano vacía en la boca; pero de todo es capaz la grotesca censura contemporánea).

A lo que más recuerdan estas prácticas, sin embargo, a los que las conocimos, es a las fichas que colgaban a las puertas de las iglesias durante el eterno franquismo, en las que se advertía a los feligreses de los peligros acechantes en tal o cual película, por mucho que el “permisivo” Gobierno hubiera autorizado su exhibición en las salas. Tras un resumen del argumento, al final se señalaba: “Defectos de forma” (eso significaba que se veía un escote o una mujer en combinación, por ejemplo). “Defectos de fondo” (eso, que había adulterio o conductas “inmorales” entre los personajes). “Ambiente malsano, falta de arrepentimiento, comportamientos licenciosos” y gravedades por el estilo. No hace falta decir que cuantas más líneas para rehuir el pecado, más gente corría a ver la película. Algunos profesores americanos se llevan las manos a la cabeza ante estas iniciativas tan semejantes a las de la Iglesia cómplice y beneficiaria de una interminable dictadura: “Cualquier alumno que se sintiese aludido por alguna materia que se impartiese en clase podría presentar una queja y desencadenar un proceso legal muy tortuoso para la comunidad educativa”, alega uno. Pero llevan las de perder, me temo, puesto que hay otros que se alinean con los estudiantes más puritanos y remilgados: “Tenemos alumnos con problemas graves y hay que tratarlos con respeto y consideración”, opina una vicedecana. Lo cual supone alertarlos o evitarles desde la Ilíada y la Biblia (en las que hay adulterios y matanzas sin cuento) hasta Hamlet (en la que hay fratricidio, más adulterio, crueldades psicológicas y atisbos de incesto). Aquí ya tenemos una legión de cursis que suprimen de los cuentos infantiles cuanto les parece violento, triste, sexista o desagradable. En realidad estos jóvenes y quienes los “protegen” quisieran evitarse y evitarles la vida. Yo no sé por qué sus padres los pusieron en el mundo y sus profesores algodonosos consienten que en él sigan; porque es un lugar que antes o después hiere la sensibilidad de cualquiera.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de julio de 2014

 

MÍNIMA MOLESTIA. ‘Una institución narrativa’

CTB 2Desde que la leí por primera vez, hace más de veinte años, se me quedó grabada esa frase de Corazón tan blanco en la que dice el narrador que “el matrimonio es una institución narrativa”. Con frecuencia he visto corroborada, desde entonces, la idea que Javier Marías acierta a sintetizar tan bien.

En una muy recomendable novela de Elizabeth Taylor, Una vista del puerto (de 1947, publicada por Alfaguara en 1990), Tory Foyle, una mujer divorciada, le confiesa a un amigo: “Sabes, he llegado a la conclusión de que el verdadero objetivo del matrimonio es hablar. Es lo que lo distingue de otros tipos de relación entre hombres y mujeres, y es también lo que más se echa en falta a la larga, por extraño que parezca: la profusión de comentarios cotidianos sobre trivialidades. Creo que es una necesidad humana fundamental, mucho más importante que una pasión violenta, por ejemplo”.

La fórmula de Marías apunta más allá del rutinario parloteo al que Tory Foyle alude: sugiere que, en el marco del matrimonio (o de la pareja estable, por aliviar ahora al asunto de su carga contractual), el “otro” se convierte en recipiente del relato que cada uno hace de sí mismo. Un relato que al otro, como “lector”, le corresponde respetar en términos generales, aun si, como todo relato, posee sus zonas oscuras, sus silencios, sus debilidades, sus trucos y engaños, sus motivos recurrentes, sus efectos de estilo.

De resultas de haber conversado sobre la cuestión con Pablo Muñoz, escritor todavía en ciernes a quien envidio su voracidad y agudeza como lector, éste me mandó un estupendo pasaje de El cuento de nunca acabar (1983), de Carmen Martín Gaite. Allí se lee: “Incluso en la actualidad, cuando los asuntos amorosos tienden a entablarse aceptando la transitoriedad de su condición y esquivando el compromiso derivado de idealizar su propio comentario, la queja implícita en el desengaño de un amante a punto de verse abandonado por otro reside primordialmente en el ‘’ya no me hace caso’, ‘’está distraído cuando le hablo’, ‘’no atiende a lo que le cuento’. El hecho de que haya variado el material narrativo que hoy se ofrecen unos enamorados a otros, enfocando menos hacia la descripción de sus propios sentimientos y más, por ejemplo, hacia el comentario de aficiones comunes no quita validez a lo que digo. Lo que busca siempre un enamorado es mantener despierto el interés del otro, no tanto por su vida como por su palabra, lograr que le escuche sin pensar en otra cosa. La traición amorosa es, sobre todo, rechazo de narración”.

Un nuevo y contundente testimonio (los hay por doquier, parece mentira cómo una fórmula feliz predispone a su comprobación a cada rato) de eso sobre lo que Javier Marías indagaba a su modo en Corazón tan blanco y que se me antoja, conforme he especulado ya en otro lugar, toda una clave para observar y analizar los rumbos y las maneras de la narrativa contemporánea.

Cuando se discurre sobre ésta, muy pocas veces se considera algo tan obvio y tan determinante como es la improbabilidad cada vez mayor de que, en la esfera privada, el individuo consiga sostener un relato continuado a través del tiempo, ni consiga retener a un público fiel (vale decir su propia pareja).

Las conductas narrativas no dejan de ser -en buena medida, al menos- expresión o reflejo de las que el sujeto emplea cotidianamente para contarse a sí mismo. La discontinuidad que entraña el nuevo orden -o desorden- amoroso, la reiterada disolución del “pacto narrativo” que uno establece tácitamente con su pareja, la tendencia creciente a recomenzar una y otra vez el propio relato o a abandonar el recién empezado, probablemente vengan siendo factores determinantes de algunas tendencias de la narrativa contemporánea. En cuanto a esa “profusión de comentarios cotidianos sobre trivialidades” a las que Tory Foyle se refiere, también ellos se han dispersado entre un sinfín de interlocutores, casi siempre virtuales. Los teléfonos inteligentes, el correo electrónico, la promiscuidad y la densidad de los tráficos sociales vaporizan esa actividad parlanchina, que en su multiplicidad va perdiendo la capacidad de tejer redes firmes y duraderas sobre las que sostener el propio relato, con la consiguiente pérdida del sentido de responsabilidad que lo acreditaba. Habría que ver si la locuacidad, la inestabilidad, la volubilidad, la inanidad, la falsa confidencialidad de buena parte de la narrativa contemporánea no tienen que ver con eso.

IGNACIO ECHEVARRÍA

El Cultural, 27 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 29 de junio de 2014. ‘Esa tendencia abominable’

No es la primera vez que escribo de esto y me temo que no será la última, dado que la abominable tendencia, lejos de remitir, no hace sino ir en aumento e invadir todos los campos. Empezó siendo algo propio del deporte. En cuanto un compatriota gana algo, lo primero que hacen prensa y buen número de aficionados no es felicitarlo y congratularse, sino preguntarle por la próxima hazaña, como si la que acaba de lograr, por ya lograda, no valiera de nada. Una vez más lo vimos hace poco, cuando Nadal obtuvo su noveno título de Roland Garros, algo que ningún tenista había conseguido nunca.

Sí, claro, hubo unos parabienes someros y una hinchazón de elogios huecos, pero en seguida se pasó a pedirle un décimo campeonato dentro de un año; a hacer cálculos sobre si podría, con la edad que tiene, alcanzar las suficientes victorias en torneos de Grand Slam como para batir el récord de Federer, que ha acumulado diecisiete (mientras que Nadal “sólo” lleva catorce). Otro tanto sucedió con el Real Madrid cuando se alzó con su décima Copa de Europa, doce años después de la novena. Los periodistas e hinchas imbéciles, los que jamás hacen nada de mérito, tardaron unos diez minutos en agobiar a los jugadores inquiriéndoles por la undécima. Así ocurre casi siempre. Estoy harto de ver a ciclistas que llegan muertos a la meta tras vencer en un Tour o en un Giro, a los que, sin dejarles ni recobrar el aliento, una pandilla de cretinos con micrófono azuzan: “Qué, y ahora a por el siguiente, ¿no?” Me maravillan la educación y la paciencia de la mayoría de deportistas, que en lugar de mandarlos a la mierda (lo que se merecen), dan un sorbo a una botella y contestan a duras penas lo obvio: “Bueno, vamos a disfrutar un poco de este triunfo”. Si yo fuera uno de ellos estaría seguramente en la cárcel, tras haber estrangulado a algún reportero con el manillar de la bici.

Vicente_BosqueCuando ustedes lean esto habrá terminado la fase de grupos del Mundial de Brasil, y se sabrá qué ha sido de la selección. Yo lo escribo poco después de su derrota por 1-5 ante Holanda, la cual ha llevado a medio país a escarnecer a Del Bosque y a sus futbolistas, a jubilarlos a todos, a hablar de humillación, ridículo mundial y demás exageraciones. Lo que no veo es que nadie se haya parado a pensar lo que yo pensé en cuanto acabó ese partido y empezaron a correr los comentarios del tipo: “Holanda y Robben se vengan con saña”. Porque veamos, ¿ustedes creen que Robben y cualquier holandés no habrían firmado gustosos ganarle a España la Final de 2010 en Sudáfrica, por 1-0 y en la prórroga, y a cambio perder por 1-5 el primer encuentro del Mundial siguiente, el actual de Brasil? A mí no me cabe duda de que sí. Aquel partido de cuatro años atrás suponía un título, el mayor entre selecciones, mientras que el de ahora son sólo tres puntos, con posibilidad de enmienda. Vencer en aquella Final significaba que España pasase a engrosar la exigua lista de naciones que alguna vez han sido Campeonas del Mundo, algo que aún le falta a Holanda, con sus tres finales perdidas a lo largo de la historia. ¿Creen que Holanda y Robben estaban en condiciones de “vengarse”? Por seguir con el término, la única “venganza” posible por la pérdida de un título es un enfrentamiento en el que ese mismo título esté otra vez en juego. Y no ha sido el caso.

A Del Bosque y a esos jugadores ahora execrados se les debería tener un agradecimiento inamovible. Aunque hayan sido eliminados a las primeras de cambio –espero que no, lo ignoro– y con tres goleadas. Da lo mismo. Hay cosas tan difíciles y admirables que bastan para justificar una existencia, y nada puede anularlas. La última novela que publicó García Márquez en vida, Memoria de mis putas tristes, era bastante irrisoria y cursi, aunque los críticos no se atrevieron a decirlo y la pusieron por las nubes. Pero ese borrón ni salpicó al autor: diez novelas igual de malas no habrían menoscabado El amor en los tiempos del cólera ni Crónica de una muerte anunciada. Quien las escribió merece gratitud y admiración infinitas. Flaubert publicó muy pocas novelas, pero bastan dos de ellas para que conserve hasta el final de los libros un lugar de honor en la historia de la literatura. Ahora hay la abominable tendencia a considerar que sólo cuenta el presente. O ni siquiera: lo venidero. Así, de un escritor que ha hecho obras maestras se exclama con alborozo “Está acabado” si las más recientes no llegan a tanto. Como si Shakespeare o Conrad, Cervantes o Faulkner hubieran estado siempre a la misma altura (todos tienen algún patinazo, pero eso, al lado de sus cimas, no importa nada; son éstas las que continúan iluminando a una generación tras otra, y van unas cuantas).

Los futbolistas de la selección han ganado dos Eurocopas y un Mundial seguidos. ¿No basta? No, en este país estúpido, deshonesto, perezoso y desagradecido no basta. Aquí nunca nada es suficiente, ni siquiera lo que acaba de acontecer, que se ve ya como “pasado”. La maldita pregunta “¿Para cuándo la próxima?” delata a una sociedad insaciable, es decir, descontenta consigo misma y mezquina con casi todos. Si cada uno hiciera lo suyo con honradez y competencia –lo suyo modesto y anónimo–, probablemente no habría tanto desprecio ni tanta ansia de revancha contra los que destacan. Parece que aquí nada brindara más placer que ver a los mejores “darse el batacazo”, desprestigiados y caídos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 22 de junio de 2014. ‘Ecuanimidad o histerismo’

Dado que nos gobierna desde hace tiempo con mayoría absoluta y arbitrariedad permanente, de la derecha española, más bien desalmada, he hablado aquí muchas veces. Lo preocupante es que, si uno echa un vistazo a la llamada izquierda, se encuentra con una muy rara y que hace escaso honor a su nombre. Me quedé de piedra cuando, en un debate previo a las elecciones europeas, oí al candidato de Izquierda Unida hacer una apasionada loa de Putin, es decir, de un individuo que también es el ídolo de la extrema derecha europea (empezando por Marine Le Pen); que ha llenado su país de oligarcas; que ha cercenado la libertad de prensa y no está claro que no haya tenido algo que ver en el asesinato de periodistas críticos; que va de la mano con la Iglesia ortodoxa más retrógrada; que encarcela a disidentes; que persigue a los gays y considera “propaganda homosexual” cualquier intento de respirar de este colectivo; que exhibe sus ansias expansionistas e “imperialistas”; que, aunque haya sido elegido, en modo alguno gobierna democráticamente (siempre hay que recordar que también los nazis fueron votados, y que con eso no basta para legitimar indefinidamente a un Gobierno: la legitimidad se tiene que refrendar día a día). Se entiende que la extrema derecha adore a Putin. No que lo admire una formación que se dice democrática y de izquierdas.

Aparece otra, Podemos. Al ver que militaba en ella el antiguo Fiscal Anticorrupción, Jiménez Villarejo, figura sensata y respetable, uno concibe cierta esperanza. Pero resulta que también es muy rara: varios de sus dirigentes son admiradores confesos de Hugo Chávez, un militar golpista; luego elegido, sí (aunque nunca arrepentido de su golpe fallido; al contrario), pero hay que aplicarle lo dicho antes entre paréntesis. Y Chávez, como su grotesco sucesor Maduro, convirtió rápidamente una democracia formal en una cuasi dictadura. Para mí, admirarlo es algo menos grave que admirar a Pinochet o a Franco, y algo más que admirar a Berlusconi, tan afín a él. Que cualquier “izquierda” lo considere un referente hace dudar de que la denominación sea verdadera.

Estas “izquierdas” han salido en tromba, tras la abdicación del Rey, a reclamar un referéndum sobre monarquía o república. (También podrían pedirlo sobre las listas cerradas, las autonomías, la ley ­D’Hondt y cien cuestiones.) Bien está, y en la teoría también yo prefiero las repúblicas. Sin embargo la teoría es teoría, y uno procura contar con la realidad. No creo que esos partidos sean tan ingenuos como para pensar que podría salir como Presidente de la República elegido alguien que a ellos les gustara. ¿Julio Anguita? (Santo cielo, la de sermones y regañinas que nos caerían.) Es imposible. Lo más “de izquierdas” que podría darse es, me temo, José Bono, que siempre me pareció un submarino del PP inserto en el PSOE. Lo más probable es que nos cayera como Presidente un Aznar, una Esperanza Aguirre, acaso un Rouco Varela. ¿Felipe González? Dudo que se prestara, y en todo caso no sería del agrado de quienes más claman por la República. Debe uno colegir, por tanto, que éstos preferirían un estandarte como los mencionados antes que el Príncipe, o Felipe VI cuando se publique esto. Y uno se pregunta, de nuevo, qué clase de izquierda es esa que en la realidad quiere a Aznar, a Bono o a Aguirre como Jefe del Estado. Si pudiera ser Vicente Del Bosque … Pero juiciosamente no está en política.

Con Don Juan Carlos ha habido en los últimos años un histerismo contradictorio. Mientras numerosos políticos corruptos (del PP, y del PSOE, y de IU, y de CiU, etc) recibían la más absoluta tolerancia de los ciudadanos, que volvían a votarlos pese a los abrumadores indicios, al Rey se lo ha salpicado –empapado– porque un yerno, y quizá una hija, hayan podido incurrir en prácticas turbias. Nadie es responsable de las acciones de sus padres, y nadie de las de sus vástagos. La gente se rasgó también las vestiduras porque el Rey cazó un elefante. No me parece simpático –no me gusta la caza–, pero vaya novedad. Se sabía de siempre que Don Juan Carlos se cobraba piezas, y no veo peor cargarse a un paquidermo moribundo que abatir a una saltarina liebre. En poco tiempo parece haberse olvidado no ya su actuación durante el 23-F, sino que fue el Rey quien traicionó al franquismo (por suerte) y se empeñó en instaurar la democracia. Quien consiguió que el Ejército dejara de ser una amenaza para los españoles y se abstuviera de intervenir en política. Quien se ha mostrado imparcial y respetuoso. Quien ha trabajado a destajo en sus misiones representativas y en la consecución de importantes contratos para las empresas nacionales. Quien ha mediado discretamente en unas cuantas crisis, por ejemplo con el Canadá o Marruecos. Quien ha sido eficaz, ecuánime y utilísimo. Su hijo Felipe da buena impresión: no parece menos imparcial, ecuánime, democrático y respetuoso. En un país tan propenso a eso, el histerismo, y tan sectario, no tengo inconveniente alguno en dejar de lado la teoría. Me parece mucho más deseable que la Jefatura del Estado recaiga en alguien en verdad apolítico (que no pertenezca a “la casta”, como dicen ahora copiando el viejísimo apodo italiano), que en cualquier individuo severo, poseído de su verdad y proclive al sermoneo y la riña, se llame Anguita o Rouco Varela.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de junio de 2014

Un siglo del nacimiento de Julián Marías

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Javier Marías cree que Julián Marías “fue un oasis para mucha gente en el franquismo”

El escritor Javier Marías sabe que estos días se celebran diferentes homenajes con motivo del centenario del nacimiento de su padre, el filósofo y ensayista Julián Marías, pero cree que “cada vez se ignora más” que este gran pensador “fue una especie de oasis para mucha gente” durante el franquismo.

“Mi padre era una persona sensata, razonable, moderada, que pensaba y argumentaba y que, para muchos, fue una especie de oasis en medio de un período difícil y más bien pobre en general, en el ámbito cultural”, afirma el novelista en declaraciones a Efe.

Fallecido en diciembre de 2005, a los 91 años, Julián Marías fue un destacado discípulo de Ortega y Gasset y un prolífico escritor, con más de setenta obras publicadas. Durante el franquismo no pudo dar clases en España por discrepancias ideológicas, pero sí las impartió en varias universidades de Estados Unidos.

Y, como recuerda Javier Marías, su padre organizó “seminarios y cursos en el Instituto de Boston”, para los que contó con intelectuales españoles, y a mediados de los 50 pudo volver a escribir en la prensa española, aunque “con las limitaciones de la censura franquista”.

“Pero pretender que alguien se acuerde ya de todo eso es mucho pretender”, asegura Javier Marías, para quien España “es un país con muy mala memoria; un país -lo ha sido toda la vida, no es ninguna novedad- muy poco agradecido”.

Y esa actitud de los españoles le parece “penosa” al autor de novelas como Corazón tan blanco o Tu rostro mañana, que siente gratitud hacia “mucha gente” por lo que le han enseñado, “por el placer” que le han dado “o por lo bien que lo han hecho en sus diferentes tareas”.

En España “hay una larga tradición no ya de olvidarse de los muertos sino incluso de maltratar a los vivos más valiosos. Y esa es una viejísima característica española que, lamentablemente, sigue en pie y quizá con las redes sociales vaya a más, porque todo eso tiene mayor repercusión”, opina el novelista.

En España, prosigue, “hay un cierto gusto por la denigración, basada a menudo en la ignorancia”, y parece que “se da por descontado que el que destaca en algo algún provecho habrá sacado”.

Javier Marías no ha querido participar en ningún homenaje a su padre, porque todo lo relacionado con el centenario de su nacimiento le resulta “incongruente y muy triste”.

“Me parece incongruente que se cumpla el centenario de una persona que, para mí, es como si la hubiera visto anteayer mismo”, afirma el escritor, que ya reflejaba estos sentimientos en el artículo que publicaba ayer en El País Semanal.

Así, ha rehusado la invitación que le hicieron a participar en el número de homenaje que la revista Cuenta y Razón, fundada por su padre en 1981, le rinde al filósofo.

Ese número será presentado mañana en un acto convocado por la Fundación de Estudios Sociológicos (FUNDES), creada por Julián Marías en 1979, en el que intervendrán los directores de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, y de la Academia de Bellas Artes, Antonio Bonet, y Helio Carpintero, académico de Ciencias Morales y Políticas, entre otros.

“En el fondo es que no hace tanto que murió mi padre”, insiste Javier Marías, para quien, en 1998, “no se percibió igual el centenario del nacimiento de Lorca, que había muerto en 1936, que el de Vicente Aleixandre, que murió pacíficamente en el 84″.

Y qué decir de aquellos a los que “les ha pillado el centenario en vida, como a Francisco Ayala. Eso es más incongruente todavía”, asegura.

El autor de Los enamoramientos se alegra de que Alianza haya reeditado el libro España inteligible, de Julián Marías, una obra “muy valiosa” de su última etapa, por mucho que la visión de España que tenía el filósofo “no coincida exactamente” con la suya.

La Biblioteca Nacional le rendirá también homenaje al pensador, el próximo miércoles, en un acto que contará con un cierre musical a cargo de Álvaro Marías, hijo del filósofo; de Alejandro Marías Revenga, nieto del pensador, y del clavecinista Jordan Fumadó.

Efe, 16 de junio de 2014

 

Entrevista a los hijos, por Juan Cruz

[...]

De ello ha escrito mucho Javier. Y esto nos dijo, cuando íbamos a trazar este perfil familiar: “Con su permiso le atribuí el personaje de Juan Deza, en Tu rostro mañana… Ahí se narra la delación de que fue objeto, a él no le gustó que yo nombrara al delator… Discutíamos en casa, discutíamos mucho. Era estimulante para los hijos discutir con él. Él lo propiciaba: decía que el primer pensamiento no bastaba, que había que pasar al siguiente. Lo primero que se te ocurre no vale, sigue pensando, a ver qué se te ocurre, prueba a llevarte la contraria. Para un joven impaciente eso era un poco exasperante. Y a la larga es una cosa bastante inolvidable. Nos enseñaba a pensar. Intentaba siempre que siguiéramos pensando”.

No se fue al exilio. Entre otras cosas, reflexiona su hijo Javier siguiendo lo que su padre decía, porque si todo el mundo se iba entonces este país se quedaba abandonado, “y se fueron muchísimos”. Él se quedó, vivió un exilio interior, extrañado en un país sobre el que pensó para hacerlo, como reza un famoso título suyo, “inteligible”.

[..]

El País, 17 de junio de 2014

“Anteayer mismo”, por Javier Marías

“Lucidez y humanidad”, por Álvaro Marías

”Apropiación y menosprecio de Julián Marías”, por César Romero

Abc

El Cultural

El Mundo

LA ZONA FANTASMA. 15 de junio de 2014. ‘Anteayer mismo’

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Especial sobre Don Julián Marías

Uno estaba acostumbrado a que los centenarios de las personas estuvieran bastante alejados de las fechas de sus muertes. Me refiero, claro, a los de los individuos públicos o notables. Lo normal era que hubieran transcurrido veinte, treinta, cuarenta años desde que los homenajeados desaparecieron del mundo, o mucho más en los casos de muertos jóvenes. Teniendo lugar el mismo 1998, no podían verse de igual forma el de Lorca, asesinado en 1936, y el de su amigo y colega Aleixandre, que se apagó apaciblemente en 1984. Ahora hay gente tan longeva que su centenario la pilla con vida, como sucedió hace no mucho con Ernst Jünger y Francisco Ayala. Imagino que debieron de sentirse perplejos, por decirlo suavemente. Pasado mañana, día 17, se cumple el del nacimiento de mi padre, Julián Marías, y me parece una incongruencia. Por eso, en parte, no he querido participar en ningún homenaje, simposio, número monográfico de revista, descubrimiento de una placa en la casa en la que vivió, y en la que también viví yo largo tiempo. Murió el 15 de diciembre de 2005, hace ocho años y medio, pero para mí es como si lo hubiera visto anteayer mismo. Tampoco habría tenido sentido que me pusiera a hacer el elogio de su personalidad o de su obra. No me corresponde, al no poder ser objetivo. Él detestaba el empalago, y siempre resulta empalagoso que los hijos hablen bien de los padres o los padres de los hijos, los maridos de las mujeres y éstas de los maridos, y a fe mía que en España, país descarado e impúdico, casi nadie se priva de ensalzar a sus parientes y hacerles la propaganda, tanto da que hayan fallecido o que estén danzando y en pleno medro.

Pero en fin, también sería raro y feo que en estos días no dijera ni una palabra, así que ustedes me perdonarán la leve evocación: es más porque no se diga que por otro motivo. Una vez concluidas las vidas, las mira uno en perspectiva, dentro de lo que cabe (siempre le faltarán muchos datos). Y en el conjunto de la de mi padre veo a un hombre enormemente trabajador, optimista e ingenuo. Escribió montones de libros y artículos, tradujo, viajó por medio mundo dando cursos y conferencias, y en todo solía poner confianza y entusiasmo, y esto último bien se lo envidio, lo mismo que sus saberes monumentales, que nos llevaron a mis hermanos y a mí, cuando éramos niños o muy jóvenes, a preguntarle sobre cualquier asunto. Él se impacientaba a veces y respondía: “Pero ¿qué os creéis, que soy un diccionario andante?” La verdad es que lo era bastante, y una enciclopedia, y una gramática, y una historia universal, y un diccionario de cinco lenguas, además del castellano. Su capacidad personal aparte, es obvio que la enseñanza de 1914 y décadas posteriores era muy superior a la de estas últimas. Su optimismo le permitió sin duda sobreponerse a varias calamidades y desgracias, a la Guerra en la que fue soldado de la República, a las represalias franquistas que le impidieron enseñar en la Universidad, a la temprana muerte de un hijo, a la de su mujer, a la frialdad y el desdén –también hostilidad– con que fue tratado en su país a menudo, primero por la derecha y después por la izquierda. En ocasiones lo vi dolido por eso, pero nunca desalentado ni resentido: lo salvaba el incorregible optimismo, creía que todo era susceptible de mejora y que él podía contribuir a ella. En cuanto a su ingenuidad, lo hacía algo vulnerable y relativamente fácil de engañar, por quienes lo adulaban con insinceridad y fines espúreos (también él escribía “espúreo”) o trataban de utilizarlo. Esto último perdura, y veo con desagrado cómo se lo “apropian” personajes casi calcados de los que lo persiguieron desde 1939 en adelante. Qué se le va a hacer, tampoco él es mío ni de mis hermanos.

Hace poco estuve en su casa, que permanece casi intacta. No había nadie más ese día, y me senté unos minutos en el sillón en que solía leer, e intenté mirar con sus ojos la gran y bonita biblioteca construida a lo largo de su vida. “Aquí pasó muchísimas horas”, pensé, “y esto es lo que veía cuando levantaba la vista de sus relecturas predilectas, Simenon y Conan Doyle y Dumas y Cervantes”. Al primero volvía cada pocos años, y en los últimos de su vida anoté los títulos que tenía y cada vez que iba a Francia le buscaba los que le faltaban. Al traérselos se le iluminaba la cara como a un niño. Como era muy aficionado a las policiacas, le regalaba a autores “nuevos”, para que probara. Le entusiasmaba Colin Dexter (inadvertido en España), cuyo Inspector Morse otros han copiado sin sonrojo y con peores resultados. Le divertían Patricia Cornwell y Donna Leon y Jean-Françoise Parot, cuyo Comisario Le Floch indaga en el París del XVIII, que mi padre tan bien conocía. Y nunca perdió el gusto por el cine. Físicamente me parecí siempre a mi madre, pero desde que él murió me sucede algo extraño: me sorprendo haciendo gestos que son suyos, como pasarse el nudillo del pulgar por la barbilla, mientras pienso, o apretarme levemente la frente con algún pequeño objeto (un encendedor en mi caso), como si con esa presión tratara de estrujarse mejor el cerebro. Al fin y al cabo se pasó la vida pensando, y pensando más, no quedándose en el primer pensamiento, eso me consta. Creo que esos gestos no eran míos cuando él vivía, quién sabe. Quizá no haga falta decir que otra de las razones por las que no participaré en las conmemoraciones es que toda esta incongruencia me pone muy triste.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de junio de 2014

SILLÓN DE OREJAS. ‘Abdicaciones’

URDPAhora que a casi todo el mundo le ha dado por abdicar —incluyendo entre las abdicaciones las renuncias a seguir trabajando de dos de mis reyes favoritos: Philip Roth y Jean Luc Godard—, el único que parece seguir inconmovible en su trono inmaterial y literario es Javier Marías, actual monarca de la isla caribeña de Redonda, despreocupado de los pronunciamientos republicanos de alguno de sus cortesanos. Testarudo y contumaz, pero siempre muy atento a la recepción y procesamiento de su obra —ahí tienen, sólo para abrir boca y mercadotecnia, sus tempranas manifestaciones acerca de su nueva novela Así empieza lo malo, que no aparecerá hasta septiembre—, resulta porfiado hasta en sus errores. Porque feliz error —en sentido estrictamente comercial— es esa carrera de editor exquisito en la que persiste tozudamente, a pesar de que pierde dinero casi con cada libro que publica, por más que el catálogo de Reino de Redonda esté repleto de deslumbrantes joyas y alguna bisutería de lujo de las que hacen las delicias de connaisseurs y amantes de las rarezas. Su última entrega, Un reguero de pólvora, de Rebecca West (prólogo de Agustín Díaz Yanes), pertenece a la primera categoría. En un momento en que, quizás ahítos de tanta ficción clónica, los lectores recurren a la crónica en busca de más refrescantes narratividades, estos ensayos de la señora West —por cierto, duquesa de Redonda desde 1951, durante el reinado más bien dipsómano de John Gawsworth— en torno a juicios sonados o menores, resultan una lectura más que agradecida. El más extenso de ellos, Invernadero con ciclámenes compuesto en tres partes escritas entre 1946 y 1954, fue en su origen un reportaje sobre los procesos de Núremberg que le encargó The New Yorker, tres lustros antes del que encargaría a Hannah Arendt sobre el juicio de Adolf Eichmann. La crónica de West tiene la contundencia de la inmediatez y de la cercanía al horror, lo que le confiere un especial interés que se incrementa con sus observaciones de primera mano acerca de la psicología de los acusados. Los otros tres ensayos se refieren a asuntos más domésticos, pero en ellos también se examinan con lucidez y buen hacer literario los eternos mecanismos del crimen, el castigo y el perdón, motivos, por cierto, muy presentes en las novelas de Xavier I, nom de trône del señor Marías.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 14 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 8 de junio de 2014. ‘Lo crucial y urgente’

Procuro no hablar mucho aquí de aquellos asuntos en los que “todos” estamos de acuerdo. Agregar mi apoyo o mi condena a una situación o a una causa evidentes suele parecerme superfluo, y podría dar la impresión de que sólo aspiro a colgarme la decorativa medalla, o de que me guardo las espaldas para que nadie me acuse de no haberme pronunciado sobre cuestiones que claman al cielo. Sin embargo hay alguna excepción de tarde en tarde, y se hace difícil callarse cuando por fin, y “gracias” al secuestro de casi trescientas niñas y adolescentes nigerianas por parte del grupo sanguinario-deficiente llamado Boko Haram, hay cierta reacción planetaria ante el sojuzgamiento de que son objeto las mujeres en grandes porciones del globo. Hay demasiados sitios en los que se las trata no ya como a ciudadanas de segunda, sino como a menores de edad permanentes, a prisioneras, a propiedades, a siervas, a animales de crianza o de carga, a prostitutas particulares, a esclavas. A individuos sin voz ni derechos ni autonomía, a criaturas forzosamente parasitarias a las que no se permite trabajar, ni ir a un hospital por su cuenta si están enfermas o heridas, ni conducir, ni mostrar el rostro ni el cabello, ni salir a la calle más que acompañadas de varones, es decir, de “tutores” o más bien dueños. También los hay, como se sabe, en los que se tirotea o envenena a las niñas por ir a la escuela, por intentar aprender algo, por negarse a languidecer en la oscuridad y la ignorancia como todas las generaciones que las precedieron. Hay niñas y profesores (y sobre todo profesoras) que se juegan la vida a diario por acudir a un aula, lo que en la esfera occidental constituye la cotidianidad más rutinaria de millones de críos. En algunos lugares esas aulas han de estar custodiadas por gente armada, para evitar atentados o raptos como el mencionado (antes hubo muchos otros).

Más acá, en Europa o América, son millares las mujeres que inmigran con la promesa de un empleo o de una boda “conveniente” y que, una vez llegadas a su destino, descubren que todo fue un engaño para dedicarlas a labores sexuales en régimen de esclavismo, con las consiguientes palizas, drogadicciones forzosas, amenazas continuas a sus familias (no digamos a sus hijos si los tienen); amenazas con frecuencia cumplidas. Todo esto se sabe, por lo que no entiendo a mis congéneres europeos. No soy puritano de derechas ni de izquierdas (tan coincidentes), y creo que quien elija dedicarse a alquilar su cuerpo –o sus órganos sexuales– es libre de hacerlo, lo mismo que otros alquilan sus manos, su espalda o su cerebro (casi todos algo alquilamos, y no por gusto). Jamás he estado con una puta, pero si un día –espero que no– me viera tentado o “necesitado”, lo último que se me ocurriría sería recurrir a una extranjera en mi país, africana, del Este, latinoamericana: nadie podría garantizarme que no era alguna de esas muchachas obligadas, embaucadas, cautivas. La mera sospecha me lo impediría.

Tampoco entiendo a muchas mujeres de nuestro ámbito, que pierden sus energías en denuncias absurdas, en vez de ir a lo crucial y urgente. Hace poco, la cineasta Jane Campion logró titulares al señalar que, de las sesenta y tantas ediciones del Festival de Cannes, sólo una directora –ella, creo– se había alzado con el mayor premio. Sí, suena fatal en principio. Pero ¿cómo no iba a ser así si durante décadas apenas había mujeres que dirigieran? Hasta hace una veintena de años –digamos–, se contaban con los dedos de las manos: Mabel Normand, Dorothy Arzner e Ida Lupino en Hollywood, Agnès Varda en Francia, Leni Riefenstahl, Margarethe Von Trotta y Danièle Huillet en Alemania, Ana Mariscal en España … En mucho menor grado, algo semejante ha sucedido con compositores, pintores y hasta escritores. Claro que si esto ha sido así, se ha debido a la tradicional relegación de la mujer a las tareas domésticas y a los impedimentos con que se ha encontrado para dedicarse a lo que le interesara. Pero así ha ido el mundo durante demasiados siglos. Quejarse de lo que se quejaba Campion viene a ser tan inútil, salvando algunas distancias, como protestar por que apenas haya habido generalas y almirantas.

Hay cosas, en cambio, que sí claman de verdad al cielo en nuestra parte de la tierra, y la más palmaria e incomprensible es que en nuestros países las mujeres perciben remuneraciones inferiores a los varones, exactamente por el mismo trabajo, por ocupar idénticos puestos y tener las mismas responsabilidades. Que semejantes afrenta y discriminación se perpetúen día tras día, y los Gobiernos no obliguen a los empresarios a igualar los salarios, es para mí uno de los mayores enigmas, además de la mayor injusticia. Pero los Gobiernos no prestan atención a cuestiones que afectan a la mitad de la humanidad, y por eso no tratan como a parias a países como Irán o Arabia Saudí, y tantos otros, en los que las mujeres malviven, sometidas y sin libertades. Hay quienes hablan de “diferentes” costumbres y “culturas” que se han de respetar y en las que no cabe inmiscuirse. Es como si se dijera que no había que inmiscuirse en la costumbre sudista de tener esclavos en las plantaciones, o en la “cultura” de los nazis de gasear judíos, homosexuales y gitanos. Salvando algunas distancias de nuevo, que en este caso –y bien mirado– no resultan tan insalvables.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de junio de 2014

‘Así empieza lo malo’, la nueva novela de Javier Marías

JM Meulenhoff

ALFAGUARA PUBLICARÁ EN SEPTIEMBRE DE 2014 ASÍ EMPIEZA LO MALO, LA NUEVA NOVELA DE JAVIER MARÍAS

El 23 de septiembre de 2014, Alfaguara publicará Así empieza lo malo, la nueva novela de Javier Marías, en lanzamiento simultáneo en todo el ámbito de la lengua castellana.

Así empieza lo malo cuenta la historia íntima de un matrimonio de muchos años, narrada por su joven testigo cuando éste es ya un hombre maduro. Juan de Vere tiene 23 años, acaba de finalizar sus estudios y encuentra su primer empleo como secretario personal de Eduardo Muriel, un antaño exitoso director de cine, en el Madrid de 1980. Su trabajo le permite entrar en la privacidad de la casa familiar y ser espectador de una misteriosa desdicha conyugal.

«Es un libro sobre el deseo, como uno de los motores más fuertes en la vida de las personas, que a veces lleva a pasar por encima de cualquier lealtad, consideración e incluso respeto en el trato con los demás. Otro de los temas de la novela es la impunidad y la arbitrariedad del perdón y del no perdón. Cómo la idea de justicia que la gente reclama a veces tiene mucho que ver con que el acto en sí nos afecte o no», afirma el autor. Así empieza lo malo trata también sobre la obstinación amorosa y sobre las relaciones íntimas, un asunto que el escritor ya trató en novelas anteriores.

Así empieza lo malo se publica tres años después de la última novela escrita por Javier Marías: Los enamoramientos (Alfaguara, 2011), que fue acogida con gran éxito de público y crítica. En España, Los enamoramientos fue elegida mejor libro del año por Babelia en 2011 y recibió el XIV Premio Qué Leer que otorgan los lectores de esta revista literaria. En el extranjero, Los enamoramientos ya se ha traducido a un total de 29 lenguas y ha sido finalista del National Book Critics Circle Award como mejor novela publicada en Estados Unidos en 2013. Además, Los enamoramientos fue seleccionada por el diario The New York Times entre las cien mejores obras de ficción de 2013. Las ediciones se han sucedido en países como Alemania, Francia, Holanda, Italia, Reino Unido y Estados Unidos.

«Sea lo que sea que creamos que vaya a suceder mientras leemos, estamos eligiendo pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión; su mente es profunda, aguda, a veces chocante, a veces hilarante, y siempre inteligente.»

The New York Times Book Review

«Es fácil entender por qué el nombre de Javier Marías se menciona a menudo en las discusiones sobre los potenciales ganadores del Premio Nobel de Literatura ya que Los enamoramientos aborda temas que atacan al corazón mismo de la condición humana. Marías entrelaza argumentos filosóficos, literatura clásica y conversaciones tanto reales como imaginadas que dan forma a una caleidoscópica obra de arte. Un libro para ser saboreado, discutido y releído.»

The Gazette

Alfaguara, 6 de junio de 2014

 

fumando

Javier Marías publicará en septiembre una novela sobre el deseo y el perdón

El deseo como “uno de los motores más fuertes en la vida de las personas” es el eje central de la nueva novela del escritor Javier Marías, Así empieza lo malo, una obra que se publicará el 23 de septiembre y en la que reflexiona también sobre la impunidad y “la arbitrariedad del perdón o del no perdón”.

“Esta novela tiene quizás una carga erótica mayor que otras mías, aunque no hay escenas muy explícitas; son más sugerentes que otra cosa”, afirma Marías en una entrevista con Efe, en la que adelanta las claves de este libro que editará Alfaguara simultáneamente en todos los países hispanohablantes.

Así empieza lo malo -el título, como sucede en otras obras de Marías, es una cita de Shakespeare- llegará a los lectores tres años y medio después de Los enamoramientos, cuya escritura suscitó tantas dudas en su autor pero con la que triunfó en España, Alemania, Francia, Holanda, Italia, Estados Unidos y Gran Bretaña.

El escritor se enfrenta ahora a la corrección de pruebas de su nuevo libro, más largo de lo habitual en él (unas 580 páginas), y con buenas dosis de intriga y humor.

Hay también en la novela elementos que “enlazarían” con Los enamoramientos, como “lo que se es capaz de hacer por obstinación amorosa” y la arbitrariedad del perdón.

“En la reclamación de justicia a menudo hay un componente civilizado, todavía de venganza. Lo sorprendente es que, a veces, se perdonan cosas mucho más graves que otras simplemente porque no nos las han infligido a nosotros. Y en cambio, cosas que son muy leves, en la medida en que me las han hecho a mí, no hay manera de que eso se perdone nunca”, señala el autor.

Los comienzos de las novelas de Javier Marías suelen ser magistrales y el de Así empieza lo malo (la cita completa es “así empieza lo malo y lo peor queda atrás”, y es de Hamlet) no defraudará al lector.

“No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga-, y sin embargo hoy sería imposible”, escribe Marías.

La novela está ambientada en el Madrid de 1980, cuando “todavía no había divorcio” en España, pero el libro “no es nada historicista ni de recreación de época”.

El narrador se llama Juan Vere o Juan de Vere y cuenta, desde la época actual, lo que le ocurrió cuando tenía 23 años, hacia 1980.

El libro “no es particularmente autobiográfico”, pero Marías le presta algunas vivencias a Juan Vere, que, “recién terminada la carrera de Filología Inglesa (la misma que el escritor), entra a trabajar como ayudante de Eduardo Muriel, un director de cine.

“Es innegable”, dice, que hay elementos de su tío Jesús Franco, el director de cine, y cosas de rodajes a los que Marías asistió. Salen en pequeños papeles actores como Jack Palance y Herbert Lom.

Pero “no es una novela ambientada en el mundo del cine”, aclara Marías. El narrador trabaja en la casa de Muriel y de su mujer, Beatriz Noguera, que llevan unos veinte años casados, en medio de “una misteriosa desdicha conyugal”.

Juan Vere empieza a recibir, por parte del director, “encargos y misiones” relacionados con el pasado de ese matrimonio, en el que también intervino el doctor Van Vechten.

Y al investigar el pasado saldrán a relucir hechos de la posguerra española, “nada truculentos aunque sí desagradables”.

La novela está centrada en las relaciones personales y narra “historias tenues, las de la vida privada, que son a veces las que no se cuentan nunca”. Pero también “se podría hacer una interpretación política” de algunos asuntos, comenta Marías.

Eduardo Muriel es tuerto y “lleva un parche de lo más clásico” sobre el ojo derecho. Hay “un elemento simbólico en esa ‘tuertez'”, comenta el escritor antes de pedir “disculpas por el barbarismo”.

“Y es que no queremos ver más que parcialmente o vemos selectivamente. A veces es deliberado, es conveniente que tengamos una visión tuerta del mundo”, señala el autor de Tu rostro mañana, cuya nueva novela tiene que ver, “evidentemente”, con otras suyas.

“Ya hay algunos críticos -dice- que sostienen que mis novelas forman una gran novela, un magma novelístico que se va completando”.

El otro simbolismo del ojo tuerto es “el de nuestra parcialidad en el conocimiento de lo que vivimos. Siempre tenemos una visión incompleta. Siempre nos movemos de manera tuerta en el mundo”.

La novela reflexiona también sobre la juventud, cuando se tiene “el alma aplazada y la conciencia también”, comenta el autor, de 62 años, “una edad en la que se da uno cuenta de que el tiempo de la juventud era totalmente distinto del de la madurez”.

“Hace poco yo recordaba que hubo un año, en 1983, en el que cambié de proyecto de vida varias veces. Me iba a ir a Estados Unidos, estuve a punto de casarme, fui a Oxford…”, recuerda el novelista.

De la nueva novela de Marías habla con verdadero entusiasmo Pilar Reyes, directora de Alfaguara: “Es un libro de una potencia simbólica inmensa. Es gran literatura”.

ANA MENDOZA

Efe, 6 de junio de 2014

 

Foto. Luis Sevillano

El deseo sexual y el perdón se citan en la nueva novela de Marías

Del deseo sexual a la arbitrariedad del perdón, cruzada por la mirada del otro de la cual no se puede huir. Todo está casi listo para la publicación de Así empieza lo malo (Alfaguara). Solo falta que Javier Marías dé una última revisión a la novela y elija la portada con la que saldrá el 23 de septiembre. Será su novela número 12. Llegará después de tres años de Los enamoramientos, con la que ha obtenido gran acogida de crítica y público en España y en el extranjero, a donde ha sido traducida a 29 idiomas.

Aunque Así empieza lo malo (otra vez las palabras tutelares de Shakespeare en los títulos de Marías, esta vez bajo la presencia de Hamlet) no es una continuación de Los enamoramientos, sí es una especie de otro estadio de aquella temática, y, sobre todo, una pieza más que se integra de manera individual y a la vez complementaria de toda su obra.

En dos frases la novela es, según Javier Marías (Madrid, 1951): “Sobre la impunidad y la arbitrariedad del perdón, de cómo perdonamos algunos hechos graves mientras somos incapaces de hacerlo con los pequeños. De la incapacidad de pasar por alto cuestiones intrascendentes; y sobre el deseo sexual y la obstinación amorosa, del deseo como motor de las acciones de la persona y cómo eso se puede utilizar de manera noble o rastrera”.

Una ampliación del universo Marías, en extensión y profundidad. Y como parte de su creación literaria en la que personas, hechos o emociones se definen más por lo que no son, Así empieza lo malo también permite esa aproximación:

No es una novela autobiográfica, pero sí tiene vivencias de la juventud del autor.

No es una novela política, pero sus resonancias están allí.

No es una novela sobre los años 80, pero la acción transcurre en esa década.

No es una novela histórica, pero las esquirlas de la posguerra Guerra Civil, en los años 40 y 50, alcanzan a sus personajes.

No es una novela de amor, pero sí de la desdicha del matrimonio protagonista.

No es una novela erótica, pero sí tiene más escenas o referencias de las habituales en la narrativa del escritor.

No es una novela realista al uso, pero sí tiene la intención del autor a su manera.

No es una novela de venganzas, pero sí sobre la impunidad y la arbitrariedad del perdón.

No es una novela sobre la justicia, pero sí sobre la idea que tiene cada individuo sobre la justicia objetiva y arbitraria.

No es una novela sobre cine, pero si está esparcida de muchas referencias cinematográficas conectadas con la realidad de los personajes.

No es una novela sobre el vouyerismo, pero sí sobre cómo la mirada del otro y la propia sobre los demás determina el curso de los hechos, y “algunas escenas avistadas por los jóvenes se guardan como un tesoro”.

No es un melodrama, pero “tiene algunos elementos en el sentido noble del término; algo inevitable en cuanto uno se asoma a la vida de las personas y se parece a algo como el realismo”.

No todo es apariencia. Todo se define por lo que hay más allá de lo que se ve a primer golpe de vista. Porque Así empieza lo malo es sobre todo, cuenta Marías, “una novela sobre la vida privada de las personas, con aplicación al ámbito privado y un reflejo social. Sobre las historias tenues, aspectos de la vida íntima que se guardan y se llevan consigo”.

Y es en la arbitrariedad de justicia y perdón donde la novela de Javier Marías conecta especialmente con la realidad más actual de España: el Rey y la Casa Real. “No soy monárquico”, adelanta el escritor, “pero ha habido cierto histerismo alrededor de la figura del Rey y su familia en los últimos tiempos”. Señala que, sin desconocer las equivocaciones de esa institución, todo lo lleva a una reflexión y una pregunta: “Se ha sido injusto con la figura del Rey que ha sido importante para este país. ¿Me pregunto: dónde está esa severidad que se aplica a esa institución y no a los políticos corruptos a los que se sigue votando en lugar de castigar y contribuir a cambiar la situación?”. Marías tiene confianza en Felipe VI.

Han sido tres años, desde Los enamoramientos, vertiginosos para Marías, no solo por la acogida de la novela, sino también por varios premios como el Formentor y rechazado el Nacional con gran revuelo. Pero lo que peor ha llevado ha sido la promoción de la novela por el tiempo que le quita para la escritura.

¿Cómo sale del mundo de Los enamoramientos del que habla constantemente en las promociones y luego entra en el de Así empieza lo malo? “Se compagina como se puede”, es la primera reacción. Luego explica que siempre es molesto cualquier tipo de interrupción durante ese proceso de creación: “Una vez llego de una promoción, siempre cuesta volver a meterse y retomar la novela. Aunque al principio es con un poco de dificultad pero luego…”.

La sensación, durante y al final de la escritura es la misma en los últimos libros: “Vuelvo a decir que cuantas más novelas hago, menos entiendo cómo se hacen; y me asombra que la gente las lea sin queja. Sobre todo porque debido a esas interrupciones las escribo por fragmentos”. Y recuerda que es un autor que escribe sin mapa, sin brújula, que es lento y que trabaja mucho cada página, “incluso hay días que escribo solo una página por día”. Así han salido obras como Tu rostro mañana, Negra espalda del tiempo, Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí. En él se agudiza la tentación de ir a tientas. Se sorprende, por eso, que haya cada vez más escritores

Entre viajes y escritura, Javier Marías ha creado su nueva novela entre 20 o 21 meses de manera continuada. Literatura y realidad se juntan para cerrarse con la continuación de la frase de Shakespeare que da título a la novela: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 6 de junio de 2014

John Banville, Premio Príncipe de Asturias de las Letras

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El escritor irlandés es Duke of Infinidades del Reino de Redonda.

“Javier Marías es un escritor maravilloso”

Es uno de los últimos escritores de una estirpe, según Javier Marías: “La de ser consciente del estilo. Él procura tener un estilo artístico. Posee una prosa fluida, diáfana e inquietante con un alto grado de profundidad”.

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También ha sido galardondao el arquitecto Frank Gehry, Duke of Nervión del Reino de Redonda, con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

JM y el rey Juan Carlos

Javier Marías cree “un poco demencial” plantear ahora lo de la República

periodista digitalEl escritor Javier Marías es “republicano de corazón”, pero cree que el reinado de Juan Carlos I ha sido, “probablemente, el período más largo de paz y bienestar que ha tenido España”, por lo que considera “un poco demencial” que se pida un referéndum para ver si se quiere continuar con la monarquía.

“Por mucho respeto que se le haya perdido en los últimos tiempos a la figura del Rey, creo que todavía es más respetado por parte de un país con tendencias iconoclastas de lo que podría serlo cualquiera que fuera elegido presidente de la República”, afirma Marías en declaraciones a Efe.

Este escritor, uno de los más importantes en lengua española de las últimas décadas, defiende la monarquía para España, dado que “la alternativa sería un presidente de la República elegido y que podría ser desde José Bono hasta José María Aznar, Esperanza Aguirre o Rouco Varela”.

El rey Juan Carlos, añade el escritor, es una figura a la que, “personalmente”, le tiene “mucho aprecio y mucho agradecimiento y respeto. Y no hay que olvidar que impulsó la democracia en España”.

“Digamos que, siendo republicano de corazón, hace ya muchos años que, tal como es este país y tal como ha ido este reinado, creo que no está mal que haya una figura que tampoco interfiere realmente (en los asuntos de Estado), porque es verdad que el Rey reina pero no gobierna”, comenta.

El autor de Corazón tan blanco no es de los que consideraba “necesario” que el Rey abdicara en su hijo Felipe, al que ve preparado para reinar. “El Príncipe tiene buena pinta”, dice con humor.

Más bien opina que “todo lo que ha habido en torno a la figura del Rey en los últimos tiempos es histérico y exagerado a más no poder”.

“España es un país absurdo. Se toleran las corrupciones de montones de políticos, a los cuales se ha votado en elecciones a sabiendas de que eran absolutamente corruptos, aunque no hubiera sentencias en firme, y aquí nadie se ha rasgado las vestiduras por eso”, asegura el novelista.

Al escritor no le casa esa “tolerancia absoluta” hacia los políticos con “la intransigencia” que muchos han mostrado tras producirse en el seno de la familia real “un posible caso de corrupción en la figura principalmente de un yerno y, quizá, de la hija del Rey”.

“Ha habido como una especie de histeria generalizada y se ha decidido que eso salpicaba enormemente a la propia figura del Rey y a la familia real en su conjunto. Yo no lo veo”, insiste el autor de novelas como Mañana en la batalla piensa en mí, Tu rostro mañana o Los enamoramientos.

Pero respeta la decisión del Rey de abdicar en su hijo.

Don Juan Carlos “es un hombre con una edad considerable y quizá también le haya parecido que no era cuestión de convertir al Príncipe Felipe en una especie de Carlos de Inglaterra, que ya está en la edad de la jubilación y no se sabe qué hacer con él. Esa es la impresión que da”.

Y “ha sido sabio” por parte del Rey no abdicar “en el momento en que se le reclamaba que lo hiciera con más gritos, sino hacerlo cuando había retomado sus actividades y había vuelto a viajar de nuevo”, concluye Marías.

EFE, 4 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 1 de junio de 2014. ‘¿Tarugos todos?’

Nunca he sido muy lector de biografías, y las películas llamadas biopics, que ilustran la vida de los grandes artistas, descubridores, cantantes e incluso políticos y militares, me parecieron desde la infancia aburridas. Tengo la impresión de que antaño todas estas obras eran proclives a la mitificación, cuando no directamente hagiográficas. Sigo sin prestar mucha atención a esos géneros, pero, por lo que leo en prensa o cae ante mis ojos a veces, no me cabe duda de que desde hace decenios la intención se ha invertido. Probablemente no se venda un ejemplar biográfico si no se pone a caldo al protagonista, o, en su defecto, se le descubren variados vicios y taras o se “demuestra” que sí, que tendría enorme talento en lo suyo, pero como ser humano era despreciable, odioso y despótico, cuando no un maltratador, un abusador de niños, un superdrogadicto, un pronazi, un esclavista o un borracho violento. Sin escándalo y vituperio no hay negocio, esa es la consigna. Y si el biografiado llevó una existencia normal y decente, entonces una de dos: o se queda sin libro y sin película o se tergiversan, manipulan y tuercen los hechos hasta convertirlo en un malvado, para lo cual basta con dar crédito a los testimonios de personas que le tenían inquina o a las que desdeñó, o que quieren sacarse dinero o fama fáciles presumiendo de lo mucho que conocían al ilustre (“Yo lo vi, lo viví; pocos lo saben, pero a mí se me confiaba”), haciendo revelaciones insólitas … por lo general incomprobables. Pero no vayan a pedirle a un biógrafo de hoy que compruebe en exceso, o que ponga en entredicho los datos más “jugosos”.

Si las vidas de las personas, contadas de arriba abajo, tienden a resultar tediosas (a menos que sea la de un aventurero, pero apenas si quedan de éstos), de la actual proliferación de biografías, “autorizadas” o no, se puede extraer alguna conclusión o por lo menos síntomas. Uno intuye que hoy existe una especie de resentimiento global, alentado por la supuesta repercusión de las redes sociales, que no sólo alcanza a todo bicho viviente sino muriente, es decir, también a los bien muertos y enterrados. A los que se recuerda, claro, que son por fuerza los que destacaron. Es como si esos numerosos resentidos universales encontraran consuelo si se les cuenta: “Sí, Fulano fue un genio, pero infeliz, un despojo; Mengana maravillosa, pero estaba como una cabra y se acostaba hasta con animales; Zutano una celebridad, pero violaba a su mujer y tal vez a sus hijos”. Últimamente hay otra modalidad: “Perengano hizo obras maestras, pero se las debía a su mujer (o Perengana a su marido), a la que frustró y relegó a la sombra”. De hecho hay una escuela cerril-feminista que ha decidido que Bach compuso lo que le oía tararear al ama de llaves; que a Velázquez le pintaba los cuadros su señora; que Tolstoy sólo contaba lo que le había oído a su madre.

Parodio y exagero, pero con base. He visto la película Hitchcock y parte de The Girl, ésta sobre el acoso del director a Tippi Hedren. En ambas se presenta a Hitchcock como a un acomplejado, un enfermo, un salido, un impotente, un envidioso, un megalómano, un cerdo vengativo, un semimaniaco, un asesino en potencia que contuvo sus instintos sublimándolos en sus obras. Puede ser, todo ello. Estoy seguro de que algunos seres admirables y algunos genios dejaron mucho que desear como individuos, y fueron los miserables que hoy se dice que fueron. Pero ¿todos? ¿Y ninguno realizó lo que se le atribuye, sino que se lo copiaron o encargaron todos a su mujer o marido o a un discípulo o al vecino? En el caso de Hitchcock, de un tal Gervasi y con pésimo guión de un tal McLaughlin, el mensaje es claro y burdo: a la que se le ocurría lo brillante y audaz, la que de verdad valía y poco menos que “creaba”, era Alma Reville, la señora Hitchcock. Él casi carecía de ideas o no sabía plasmarlas sin la guía de ella. Sin duda esa mujer colaboró con él, fue a veces guionista, le sirvió de grandísima ayuda, él le consultaría, como hace todo el mundo con su pareja de una vida. Pero de ahí a otorgarle a ella el mérito de un montón de obras maestras va algo de trecho. Lo peor y más inverosímil de estas dos películas es que Hitchcock aparezca como un memo, un tarugo y un pelele. Puede que fuera cuanto antes he enumerado, pero desde luego no un idiota ni un frívolo. Pocos autores han explicado lo que habían hecho con tanta profundidad y conciencia (basta leer las conversaciones con Truffaut en El cine según Hitchcock). No era precisamente un intuitivo, ni un “buen salvaje” con un don, como ciertos pintores, músicos, poetas y hasta novelistas. Sabía perfectamente lo que hacía y por qué, hasta la saciedad incluso. En estas películas recientes es difícil decidir cuál de los actores que lo interpretan lo hace peor y está más chafarrinoso, si Anthony Hopkins o Toby Jones. El primero se limita a mirar al elevado vacío y deformar la boca cada vez que habla o no habla; el segundo es un fantoche grotesco (bueno, también Hopkins). En fin, pase que todos los mayores talentos que ha dado la tierra fueran unos depravados, desgraciados, psicópatas, tiranos, fatuos o aprovechados. Si eso reconforta a nuestro rencoroso mundo, y le permite dormir más tranquilo, bien está. Pero, por favor, que no pretendan convencernos de que además eran imbéciles, de Homero a Newton, de Shakespeare a Einstein, de Cervantes a John Ford, del primero al último.

JAVIER MARÍAS

EL País Semanal, 1 de junio de 2014

‘Jardines totalitarios’

URDP

El nuevo volumen de Redonda, Un reguero de pólvora, de Rebecca West, es la crónica de los Juicios de Núremberg en 1946, seguido de dos colofones sobre la postguerra alemana, lo que se llamó el milagro alemán, y tres piezas sobre juicios en otras latitudes, un linchamiento sureño de un negro en Carolina, un caso de descuartizamiento en la campiña inglesa y otro sobre espionaje en Londres, que nos hace recordar su estupendo El significado de la traición, publicado también en Redonda.

La autora tiene un don especial para la escritura, la habilidad para calar y perfilar tipos pintorescos, o para cavilar sobre las procelosas aguas de la conducta humana. Valga como ejemplo la historia del jardinero cojo alemán que en medio de la miseria absoluta de la postguerra alemana es capaz de hacer funcionar un invernadero donde cultiva ciclámenes y otras especies de la floristería más selecta. Quizá las semblanzas de los jerarcas nazis dejan algo que desear, acaso porque el juicio de Núremberg ya estaba descabezado desde el principio. Hitler y Goebbels se suicidaron en el búnker de Berlin, sin duda, porque adivinaban el aquelarre soviético que les esperaba. Puede que si la toma de Berlín la hubiesen llevado a cabo los americanos o los ingleses, se hubiesen vestido de gala para esperarlos, sabiendo que eran sin duda, más civilizados que los rusos de Stalin. En todo caso, vemos a Rudolf Hess, tembloroso como un flan, y a otros figurones nazis de segunda fila, sometidos a un juicio que tiene algo de circo judicial. Quizá estamos maleados por el género cinéfilo americano, ya que es dudoso que se imparta justicia en la realidad, al menos en la ficción el culpable acaba pagando con sus huesos o con su vida sus fechorías en este mundo. Hay un pasaje delicioso sobre una viejecita aristócrata alemana, o al menos se comporta como tal, en la que se burla de la ingenuidad inglesa respecto al fiscal Sir David el Escocés, sobre si llamarse David es indicio sobrado o no de pertenencia a la raza judía. Algo similar sucede con una anécdota sobre un poeta neoyorquino del montón, que presumía de leerle poemas a su baby de dos añitos. Y qué le lees, le preguntó otro colega del lirismo sin fronteras : Shelley y alguna cosa mía. Ah, entonces ya tiene la gama completa. No faltan en el libro misiles hilarantes de este tipo, que en mitad de un pasaje árido sobre los tejemanejes protocolarios de un juicio, le hacen a uno soltar la carcajada durante un minuto glorioso.

El nieto de Jack

RW nos cuenta un juicio inglés y despliega ante los ojos del lector su inmenso talento como escritora. Un cazador de patos en unas marismas inglesas al norte del estuario del Támesis, puede que la misma zona que hechizó a Sebald. Conoce bien la fauna inglesa, sus excentricidades y su naturaleza embaucadora, y en la historia de Setty y Hume, nos regala las semblanzas comparadas de un juez budista y un falso héroe de la RAF. La orfandad victoriana es el género estrella de las letras inglesas, por no hablar de su peculiar afición al género de la picaresca eduardiana, si puede llamarse así, y en estas páginas, se nos ofrece una suculenta exhibición de ambos géneros literarios. Todo gira en torno a un tortuoso discípulo de Jack el Destripador y al singular ejercicio de la laberíntica justicia inglesa. Una pieza memorable que justifica la lectura del libro.

CÉSAR PÉREZ GRACIA

El Heraldo, 15 de mayo de 2014

 

Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid

feria 2013

Estará:

El sábado, 31 de mayo, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Rafael Alberti (n.40).

El domingo, 1 de junio, por la mañana (12-14 horas), en la de la Librería Visor (n.158).

El sábado, 7 de junio, por la tarde (19 a 21 horas), en la caseta de la Librería Méndez (n. 57).

El domingo, 8 de junio, por la mañana (12 a 14 horas), repetirá en la Librería Méndez (n. 57).

Firmará ejemplares de todos sus libros y de los de su editorial Reino de Redonda.

Enam
MALA INDOLE DEBOLSILLO
URDP

LA ZONA FANTASMA. 25 de mayo de 2014. El gesto más suicida

Usted, y usted, y usted, están hastiados, cabreados y escépticos. Ya no saben qué hacer para manifestar su descontento, transmitir su decepción y expresar su absoluto rechazo a nuestros políticos y partidos. A todos ellos, aunque probablemente a unos más que a otros, tan sólo un poquito más. Desean castigarlos y aspiran a que se retiren, a que den el relevo a otros más jóvenes o nuevos, que quizá no estén tan corrompidos y maleados, o tan faltos de ideas, o no sean tan acomodaticios al sistema que tenemos y que, para empezar, protege y premia desmedidamente a cuantos consiguen un escaño. Un diputado o un senador inútiles que cumplan un par de legislaturas o quizá tan sólo una, se aseguran una pensión vitalicia muy superior a la máxima a la que pueda aspirar cualquier individuo que haya trabajado cuarenta o cincuenta años. Como es comprensible (pero no menos inmoral por ello), los beneficiados, sean de la ideología que sean, no van a privarse de eso por iniciativa propia, y son los únicos que podrían cambiarlo. Tampoco van a renunciar a nombrar jueces para los más altos tribunales, a los que así conminan y manipulan y tienen en deuda, ni al director de TVE, que así será un pelele sumiso, ni dejarán de colocar a amigos en las cajas de ahorros y en algunos bancos, que así les concederán créditos y financiación en cuanto los necesiten, ni se abstendrán de poner a compañeros de pupitre al frente de las empresas públicas, una vez privatizadas, asegurándose así de que éstos harán hueco en sus consejos a los ministros cesantes de sus partidos.

En fin, están ustedes tan furiosos que hoy, día de elecciones europeas, han decidido abstenerse o tal vez votar en blanco. Yo lo entiendo bien, y no sólo: comparto su indignación y su impulso de no pisar el colegio electoral que me corresponde. “Así se enterarán”, piensan ustedes. “Así verán que no confiamos en ninguno, que no los queremos, que no nos sirven. Si la abstención es elevadísima, las elecciones deberían darse por no celebradas, deberían invalidarse. Significará que los repudiamos a todos, que no nos gusta su democracia, la farsa en que la han convertido”. Ay sí, cómo lo entiendo. Tampoco yo tengo la menor gana de escoger la papeleta de un partido que me repugna, o que me cae como un tiro, o que me parece imbécil, o directamente criminal, y otorgarle un voto que no se merece. Y sin embargo, cuando llegue la hora, lo último que haré será abstenerme, porque, tal como están y son las cosas, sería la mayor estupidez en la que podría incurrir, además del gesto más suicida. Lamentándolo mucho, toca recordar que la abstención no computa, no cuenta, ni jamás será interpretada en el sentido que muchos de ustedes quieren darle. En estas elecciones concretas, será muy fácil achacarla al desinterés de la gente por quiénes vayan a gobernar en Bruselas, que equivocadamente creemos que nos afecta en poco. A la pereza, al buen tiempo, a que muchos estaban de resaca tras las celebraciones merengues o colchoneras de anoche; a la ignorancia (hace unos días leí que sólo el 17% de los españoles estaba enterado de la fecha de esta votación), a la mera indiferencia, al encogimiento de hombros, al apoliticismo, a la creencia de que “da lo mismo, porque son todos iguales”. Será imposible que incluso una abstención del 70% o más sea vista como un castigo a la clase política y a los partidos que se presentan. No, desengáñense: las abstenciones y los votos en blanco y nulos son aire (como el árbitro en quien rebota el balón en los partidos de fútbol), no son nada, no existen. Sólo cuenta lo expresado, y aunque la formación ganadora obtenga un 10% de todos los votos posibles, se proclamará vencedora, se llevará al Parlamento Europeo los escaños que le toquen y seguirá imponiendo en Bruselas las medidas que se le antojen, junto con sus correligionarios de los demás países.

Ya sé que además hay una creciente desafección hacia la Unión Europea. Y no es que no esté justificada. Hace lustros que está dominada por mediocres, por individuos sin imaginación ni carisma, por burócratas cuando no por cretinos y desalmados. Y a pesar de eso … Demasiadas personas ignoran hoy la historia de nuestro continente. Que durante todos los siglos vivimos enzarzados en permanentes guerras de unos contra otros, ingleses, franceses, alemanes, austriacos, españoles, rusos, serbios, croatas, polacos, italianos, una escabechina detrás de otra, la última (si no contamos la de los Balcanes) terminada hace setenta años tras la muerte de millones y millones. En la historia del mundo setenta años es un soplo. Son los que llevamos sin matarnos entre nosotros, muchos en cambio en la vida de una sola persona. Nos hemos malacostumbrado rápido. Esta situación insólita, milagrosa teniendo en cuenta los antecedentes abrumadores, ha sido posible gracias a la hoy denostada Unión Europea. Así que no sólo es fundamental conservarla, impulsarla, consolidarla y tratarla con mimo, sino también quiénes tomen las decisiones en ella, quiénes nos gobiernen en buena medida. Todavía ignoro, cuando escribo esto, qué papeleta depositaré en la urna. Pero, al igual que la mayoría de ustedes (sean sinceros), sí sé cuáles no escogería en ningún caso. Ninguna me hará ilusión. Es más, es probable que la elegida me dé casi asco. Pero sé que alguna tomaré con mis enguantados dedos, porque aún mucho más asco me daría dejarles el campo libre a los fanáticos y convencidos, y permitir que sean ellos los que por mí decidan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de mayo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 18 de mayo de 2014. Como antes de la Revolución Francesa

Según la OCDE, quienes constituyen el 1% más rico en España acumulan el 8% de la totalidad de las rentas. Si aquí hay unos 45 millones de habitantes, eso significa que unos 450.000 individuos se reparten el 8% de los beneficios globales. Pero no se apuren: la cosa es mucho más llamativa en otros lugares, sobre todo en los Estados Unidos, donde ese 1% acapara hasta el 20% del total. En 1981 “sólo” poseía en torno al 8% de la riqueza, así que ya ven lo bien que le han ido los negocios en los últimos treinta años (o las especulaciones, o quién sabe si la progresiva explotación de sus empleados). Por su parte, en el Reino Unido el famoso 1% ha pasado de atesorar el 6,7% a casi el 13% en el mismo periodo, y algo parecido sucede en el Canadá y en Alemania. Respecto al crecimiento, la OCDE alerta: desde 1975, el 47% del total fue para ese 1% en los Estados Unidos; el 37% en el Canadá; en Australia y el Reino Unido el 20%. En España, “sólo” el 10% del crecimiento fue para el dichoso 1%, mientras que, si ampliamos al 10% más acaudalado, éste se llevó el 20%. Con la crisis, avisa la OCDE, el nuestro es uno de los países en que la desigualdad más ha aumentado.

Ante semejante situación, uno diría que lo que les tocaría a los más ricos del mundo sería: a) no llamar mucho la atención, y menos aún alardear de su exuberancia; b) hacerse “perdonar” sus fortunas, sobre todo los que no las hayan obtenido limpiamente y sin perjudicar a nadie (también los hay así, desde luego: basten como ejemplo los deportistas, que no son culpables de que millones de personas estén dispuestas a verlos evolucionar en una cancha o en un estadio; es más, su virtuosismo trae beneficios a muchos otros individuos); c) no quejarse de los impuestos que han de pagar (muy pocos, proporcionalmente, en la mayoría de los países); d) no mostrarse nunca despreciativos hacia los menos favorecidos, sino, por el contrario, respetuosos al máximo; e) no pedir “más” de nada, en concreto aplausos.

Quienes lean las columnas del Premio Nobel de Economía Paul Krugman estarán al tanto de que los millonarios estadounidenses (con excepciones) suelen hacer exactamente lo puesto. No sólo quieren ganar más, y pagar menos impuestos; no sólo se quejan de los enormes gastos que conlleva el tren de vida al que se han obligado a sí mismos, sino que además exigen admiración, gratitud y afecto del resto de la población, y no toleran una crítica. Se consideran “benefactores”, “creadores de empleo”, “impulsores de la economía”, y por tanto dignos de toda alabanza. (Puede ser, pero callan que se benefician e impulsan principalmente a sí mismos.) Y da la impresión de que no les basta con incrementar las ganancias, sino que necesitan que otros no las obtengan, para así poder lucir más ellos. Esto último es novedoso, al menos desde que yo tengo memoria. Debió de ser así antes de la Revolución Francesa, tras la cual empezó a procurarse no subrayar las diferencias y que el grueso de los habitantes fueran mejorando sus condiciones. Los ricos siempre quisieron serlo más, pero no precisaron que el resto fuera muy pobre, ni desde luego aspiraron a ser venerados por éste.

Hace pocos años, unas declaraciones como las recientes de la Presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, habrían sido inimaginables. Ojo, lo inimaginable no es que sujetos como ella pensaran así, o incluso lo dijeran en sus cenas, en privado y entre pares; lo inconcebible habría sido que alguien privilegiado hablara en público de cualesquiera otros en tono tan despectivo e insultante, y protestara por tener que abonar el salario mínimo (bajísimo en España) a quienes “no valen pa nada”. Oriol, recuerdan, puso a caldo a los jóvenes que abandonaron sus estudios para trabajar en la construcción durante la burbuja inmobiliaria, porque al ganar “1.000, 1.500 euros al mes” (para tales matados, según ella, una fortuna), los viernes y sábados se creían “los reyes del mambo” y ligaban mucho. Oriol omitió que sus colegas y representados, los empresarios, eran quienes tentaban y convencían a esos jóvenes, quienes los inducían a dejar los estudios. Y olvidó, asimismo, que algunos de éstos se verían forzados a traer un sueldo a su hogar si todos los miembros de su familia estaban en paro, por ejemplo. Pero aunque todos esos “inútiles” hubieran interrumpido su educación para bailotear en las pistas con sus dinerales (¡1.000, 1.500 euros!) … Cierto que nadie les puso una pistola en la sien para que aceptaran, como tampoco al resto de la población para que solicitara créditos a los bancos para cualquier chorrada (una comunión o un viaje al Caribe). Pero todos sabemos que tanto los empresarios de la construcción como los banqueros instigaron y persuadieron (a menudo mintiendo) a los chicos a convertirse en paletas y a la gente a entramparse. Ahora la culpa es sólo de los ignorantes incautos; de los tentados y nunca de los tentadores; de los corrompidos y no de los corruptores; de los pardillos y no de los pícaros. Ya digo: hace pocos años unas declaraciones así no habrían sido posibles, por la sencilla razón de que Mónica de Oriol y sus equivalentes habrían temido por sus puestos y por su imagen. Y, que yo sepa, esa señora no ha sido destituida ni ninguno de sus iguales le ha retirado el saludo. Eso es lo más preocupante: que la chulería y el desdén de los ricos no les pase factura. (Ojo, es lo más preocupante para ellos mismos, y no se dan cuenta.) Más o menos como antes de la Revolución Francesa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de mayo de 2014

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Un reguero de pólvora’, de Rebecca West

URDP

UN REGUERO DE PÓLVORA

REBECCA WEST

Prólogo de Agustín Díaz Yanes

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, mayo de 2014

Distribuye ÍTACA

Este vigésimo sexto volumen del Reino de Redonda está dedicado a Antonio Gasset Dubois, “Serling” o Director de la Televisión Redondina, apasionado de los juicios de Núremberg, y de los crímenes y juicios en general, en el cine como en la literatura (y naturalmente en la televisión).

EL EDITOR

ÍNDICEURDP PL

La rareza del mundo (Prólogo)
por Agustín Díaz Yanes

INVERNADERO CON CICLÁMENES I (1946)

ÓPERA EN GREENVILLE

INVERNADERO CON CICLÁMENES II (1949)

EL SEÑOR SETTY Y EL SEÑOR HUME

INVERNADERO CON CICLÁMENES III (1954)

LA MEJOR RATONERA

APÉNDICES

Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2014)

Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2014)

Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2014)

URDPPLAl término de la Segunda Guerra Mundial, el semanario norteamericano The New Yorker encargó a la escritora Rebecca West (1892-1983) un reportaje sobre los juicios de Núremberg, en los que, como todo el mundo sabe, se sentaron en el banquillo los miembros más destacados de la élite nazi. “Los enemigos del mundo”, en palabras de la autora. [...] A este reportaje se le añadieron en 1949 y 1956 dos relatos más sobre la situación alemana de postguerra.[...] Junto a las tres piezas alemanas hay tres reportajes más sobre crímenes locales o domésticos [...] Los seis reportajes componen el libro A Train of Powder (1956), que hoy, por primera vez en España publica la editorial Reino de Redonda con el título Un reguero de pólvora.

AGUSTÍN DÍAZ YANES