‘Armando a Javier Marías’, por Arturo Pérez-Reverte

Tengo una vieja relación de amistad con Javier Marías. Data de hace diecisiete años, siendo vecinos de página en XLSemanal, cuando empezamos a hacernos mutuas alusiones humorísticas que eran seguidas con regocijo por los lectores, y que se convirtieron en habituales después de un texto mío titulado Odio a Javier Marías, motivado por mi indignación cuando uno de mis artículos apareció junto a una página de publicidad que mostraba a un apuesto moro con turbante, mientras que el suyo salía junto a uno de sujetadores de señora, encarnado en un abundante y atractivo escote. Él respondió con otro artículo titulado No aguanto a Pérez-Reverte, y a partir de entonces aquella guasa nos fue acercando cada vez más, y los que antes eran simples lectores uno del otro se convirtieron en amigos.

Después, Javier pasó a escribir sus artículos semanales en el dominical de El País, y allí sigue. Pero la amistad, cuajada en largas charlas sobre películas y libros que amamos, desde John Ford a Joseph Conrad -con incursiones laterales en Senta Berger, Grace Kelly y Ava Gardner-, fue en aumento. Coincidimos después en la Real Academia Española, donde nos sentamos juntos los jueves; y de vez en cuando, al salir, nos vamos a cenar a casa Lucio, en la mesa de siempre. Casi nunca hablamos de literatura; y, desde luego, nunca de literatura actual. A veces dejamos asomarse al otro a la novela que escribe cada cual, aunque para eso él es mucho más hermético que yo. Lo que a menudo sale a relucir son esos libros que ambos leemos y releemos desde que éramos niños, que son realmente el territorio donde, tan distintos como somos, Javier y yo nos reconocemos. Quizá por eso dije alguna vez que nuestra diferencia y afinidad provienen de lo mismo: vimos de pequeños las mismas películas, leímos los mismos tebeos y los mismos libros, pero él quiso escribirlos, y yo vivirlos. Y es ahora cuando nos encontramos de nuevo, cada uno con la mochila bien llena, de vuelta de la isla de sus propios piratas.

El jueves pasado hablamos de la Italia que nos gusta, de Christopher Lee y Billy Wilder, del amor y el trabajo en la madurez, de lo sereno y feliz que lo veo en los últimos tiempos, de la indigencia cultural del presidente Rajoy, de Un escándalo en Bohemia e Irene Adler -la mujer que derrotó a Sherlock Holmes- y de las encarnaduras cinematográficas del detective de Baker Street, del que somos antiguos y cálidos seguidores. «Holmes es el personaje literario que me habría gustado ser», concluyó Javier, brillantes sus ojos al decirlo. Y le conozco ese brillo.

También hablamos sobre la pistola ametralladora británica Sten. Esto último requiere explicaciones complejas, basadas en películas vistas de jovencitos, en libros de guerra y aventuras, en la familiaridad de Javier con lo británico y en su asombroso desconocimiento de las armas y su uso, pues él es un tipo cortés y civilizado, que un día tendrá el Nobel de literatura, y cuya agenda está llena de ex novias y profesores de Oxford -ésa es mi tomadura de pelo habitual-, a diferencia de la mía, donde entre traficantes, mercenarios, proxenetas y criminales figura lo mejor de cada casa. Pero al niño y lector de aventuras que fue Javier se le ve el plumero, entre otras cosas en la magnífica colección de soldaditos de plomo que tiene en su estudio. Así que hace tiempo decidí equipar más a fondo esa zona de su vida, regalándole primero una bayoneta de Kalashnikov, luego el cuchillo de comando del SAS británico, y después el Bowie de los marines en la guerra del Pacífico. Los recibió formal y flemáticamente escandalizado, pero la satisfacción se traslucía en sus ojos y sonrisa. Así que pasé a mayores, regalándole el Colt Pacemaker que usaba John Wayne, luego el revólver Webley de las tropas coloniales británicas, y al cabo la pistola alemana Luger, que motivó una memorable escena en los pasillos de la Real Academia, con Javier montándola y desmontándola, clic, clac, y varios respetables académicos alrededor, mirando acojonados.

Lo último ha sido la Sten inglesa: el arma de los comandos, los paracaidistas y los maquis, con la que me presenté en su casa, llevándola bajo la gabardina. «Estás loco», me dijo riendo. Pero ayer, mientras despachaba su filete empanado, comentó: «He comprobado que para un zurdo la Sten no es difícil de manejar». Lo imaginé en su despacho, después de irme yo, rodeado de primeras ediciones de Sterne y Conrad, corriendo el cerrojo de la metralleta que de pequeño había visto en el cine. Recordando al niño que fue y que en el fondo, por suerte para él y sus lectores, y sobre todo para sus amigos, nunca dejó de ser del todo. Y entonces fui yo quien sonrió, enternecido.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

XL Semanal-Finanzas.com, 23 de noviembre de 2014

La exitosa cosecha literaria de los ochenta inunda las librerías

El idilio de los lectores con los escritores españoles de los años ochenta no solo continúa sino que se aviva en otras lenguas. Una decena de esos autores, consolidados en aquella década o que empezaron entonces, se dan cita en las librerías con novedades absolutas u obras del semestre pasado. Es “una generación de francotiradores”, como la bautiza Juan José Millás, llamados Mendoza, Muñoz Molina, Marías, Díez, Puértolas, Grandes, Cercas, Merino, Landero, Llamazares, Chirbes, Trapiello, Riera, Pombo, Pérez-Reverte, Rivas, Montero, Vila-Matas…

Mundos de una galaxia inédita en el panorama literario español que nace en la Transición, tras la muerte de Francisco Franco, como respuesta al experimentalismo, a una especie de destrucción del lenguaje, un tanto hermético, y al realismo social, en palabras de José María Merino y Luis Landero, que llegan con La trama oculta (Páginas de Espuma) y El balcón en invierno (Tusquets).

Fue la vuelta del contar, del narrar. “Donde cada uno hace de su propia identidad un arma con la máxima de libertad”, explica Jordi Gracia, crítico literario y autor de Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010: Historia de literatura española 7 (Crítica), junto a Domingo Ródenas. Es el hallazgo de los narradores sobre sí mismos sin coacciones externas ni ideológicas. La paradoja más bonita, agrega, “es que la libertad les lleva a explorar formas muy diversas de compromiso literario y ético e ideológico, para, a la vez, dar cuerpo a algo formal y estético. Nacieron en el posmodernismo y han crecido fuera de él”.

Llegaron hasta ahí como resultado de muchas lecturas de escritores traducidos (ingleses, franceses, italianos, estadounidenses…) y, sobre todo, de los latinoamericanos del  que ensancharon la tradición literaria del español, dice Javier Cercas, que acaba de publicar El impostor (Literatura Random House). A la aclimatación de esas lecturas entre los lectores se suman los españoles, dando origen, según Gracia, “a una madurez que es señal de modernidad plena, ¡por fin! De aquello que no tuvo la cultura española durante cuarenta años y que llegó después de la posmodernidad”.

Pero los ochenta nacen en 1976. Así es para algunos expertos y escritores que consideran  La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, como la apertura de una nueva narrativa y forma de abordar la literatura y, especialmente, de mirar y reencontrarse con la propia España. Una generación o grupo, según Mendoza, “marcada básicamente por la liberación que supone no ser una única voz crítica en un régimen de censura”. En la libertad individual está la clave: “Nos dio el poder de ser cada uno. La recuperación de la democracia y la libertad permite no solo criticar la dictadura sino ponerse a escribir de todo”. El escritor barcelonés reconoce la vigencia de este grupo al decir: “Es posible que en un futuro otras generaciones nos vean como un bloque, como nosotros vemos a los Románticos”.

TLA NUEVA PORTADAY en ese big bang destellan  La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez; El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina;  La lluvia amarilla, de Llamazares;  El héroe de las mansardas de Mansard, de Pombo; Todas las almas, de Marías;  Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte; Todos mienten,  de Soledad Puértolas;  Mimoun, de Rafael Chirbes; Amado amo, de Rosa Montero; El caldero de oro, de José María Merino;  Juegos de la edad tardía, de Landero;  Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas…

De dar un nombre a este grupo, Millás, autor de La mujer loca (Seix Barral) arriesga el de “una generación de francotiradores, en el sentido de que cada uno desde su posición distinta crea. Hay pocos factores en común entre todos, al contrario de lo que sucedía con la generación anterior que era experimental y con rasgos fácilmente definibles, y, además, eran amigos casi todos”. En los ochenta, añade, de repente empieza a haber autores cuyas novelas vuelven a conectar con los lectores. “Antes la premisa era que no se entendieran, ahora es todo lo contrario. Nos empezaron a leer primero los españoles, luego nos publicaron en otros países por solidaridad, al vernos como un país salido de una dictadura, y luego por méritos propios”.

Es el arte de contar. La gracia de hacer leer.

Eso es lo que más aprecia Luis Landero de su generación: “La fidelidad con la buena literatura, la fidelidad de esos autores con el oficio y la literatura misma. Miro a personas como Marías, Muñoz Molina o Puértolas y veo que han tenido una trayectoria coherente y honesta en el sentido de que han sido fieles a su vocación y su mundo”. Buscaron, según Merino, un lenguaje más coherente y abrir el campo a la imaginación, a lo fantástico, también, y al cuento.

Casi cuatro décadas después, dice Landero, “se ve que es una generación sólida que empieza a mostrar su perfil histórico”. Tras el feliz descubrimiento y largo romance con los autores del recuerda Landero, los lectores españoles empiezan un idilio, que se prolonga hasta hoy.

AELMEs el final del trayecto, no el principio”, explica Eduardo Mendoza, inaugurador de estos mundos que no hacen más que ensanchar fronteras con obras recientes entre las que figuran El balcón en invierno,  de Landero; Así empieza lo malo, de Marías; La soledad de los perdidos, de Mateo Díez; El final de Sancho Panza y otras suertes, de Andrés Trapiello;  El impostor, de Cercas… y de los que están por llegar:  Como la sombra que se va, de Muñoz Molina;  Miguel de Cervantes. Don Quijote de La Mancha. Edición de la Real Academia. Adaptada por Arturo Pérez-Reverte;  Distintas formas de mirar el agua, de Llamazares…

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 14 de noviembre de 2014

Por alusiones

Foto. Miguel Rajmil

Foto. Miguel Rajmil

John Ashbery. “No tengo ni idea de qué habla mi poesía”

-¿Conoce la poesía española?
-Salvo por García Lorca, y una breve aventura con Góngora, la poesía española es, desgraciadamente, desconocida para mí, en parte al menos porque no hablo español. Lo estudié en tiempos, después de haber estudiado francés e italiano, pero me parecía que cometía errores todo el tiempo.

-¿Y algo de prosa?
-Una de las más importantes experiencias literarias de mi vida han sido las novelas de Javier Marías, en las hermosas traducciones al inglés de Margaret Jull Costa. Leí una hace algunos años e inmediatamente devoré todas las demás. Es uno de los más fascinantes escritores contemporáneos.

MARTÍN LÓPEZ-VEGA

El Cultural, 24 de octubre de 2014

MÍNIMA MOLESTIA. Poco interés

[…] En una columna reciente (“Hasta cuándo esperan los libros”, se titulaba), Javier Marías cargaba la mano contra el suplemento de libros Babelia, al que reprochaba, entre otras cosas, la “desproporcionada atención” que viene concediendo de un tiempo a esta parte a la literatura latinoamericana. Con indisimulada irritación, apreciaba Marías “un voluntarismo rayano en la adulación” en la insistencia empleada a sus ojos en propagar “que hay cien ‘genios’ en México, en la Argentina, en Colombia, en el Perú, en Chile, en cada país de habla española”. Y es cierto que, por razones estratégicas, relativas a los planes del diario al que pertenece, empeñado en conseguir una mayor implantación en Latinoamérica, Babelia ha hecho gala de ese voluntarismo que Marías denuncia y que parece contradecir cuanto vengo observando. Pero ese ocasional voluntarismo, transido a partes iguales de condescendencia y, sí, de adulación, no es la mejor vía para consolidar un interés efectivo, que sólo atraerán las prospecciones de una curiosidad genuina (como la que existe, desde hace mucho, en Francia) y un diálogo mucho más fluido entre los países concernidos.

IGNACIO ECHEVARRÍA

El Cultural, 24 de octubre de 2014

AELM
Libros más vendidos

Javier Marías irá al Hay Festival de Segovia

AELM

Javier Marías hablará de su nueva novela, Así empieza lo malo, el día 27 de septiembre de 2014, sábado, a las 20.30 horas, en el Aula Magna del Campus de Santa Cruz La Real–IE University (calle Cardenal Zúñiga n. 12), dentro del Hay Festival que se celebra en Segovia.

El escritor conversará sobre su nueva obra con Paul Ingendaay, corresponsal de cultura para el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Habrá traducción simultánea del español al inglés.

El precio de las entradas es de 3 €, y se pueden adquirir aquí.

Sterne y Diderot, vecinos en Barcelona

LaurenceSterne_DenisDiderot600-cortadaUna de las colecciones emblemáticas de la Alfaguara de los primeros años fue la de Clásicos, que dirigía Claudio Guillén. Cuidadísimos volúmenes encuadernados en tapa dura, y con una impresionante nómina de autores, títulos y traductores. Así, Pere Gimferrer se encargó de la Obra poética de Ausiàs March; Francisco Rico de las Obras de Petrarca; Antonio Colinas de Poesía y prosa, de Leopardi; Rosa Chacel tradujo Seis tragedias, de Racine, y Aliocha Coll, Teatro, de Christopher Marlowe.

A finales de los setenta, Javier Marías estuvo viviendo una temporada en Barcelona. Su casa estaba en un sexto piso y, justo encima, en el ático, vivía su amigo Félix de Azúa. Marías estaba entonces traduciendo Tristram Shandy, de Sterne —sería Premio Nacional de Traducción en 1979— y Azúa, Novelas, de Diderot, ambos para la colección de Clásicos de Alfaguara.

Y cuentan, Marías y Azúa, cómo se encontraban de vez en cuando en el portal o en el ascensor, o se hacían consultas sobre sus respectivas traducciones, y no podían evitar pensar en que Sterne y Diderot también eran amigos, y que se encontraban también de vez en cuando mientras escribían lo que ellos, doscientos años después, estaban, allí en Barcelona, traduciendo.

JESÚS MARCHAMALO

Alfaguara, 25 de abril de 2014

Mainer-Marías

Mainer reivindica la literatura española del medievo y del XVIII

En este “presente incierto y vivaz” encajan dentro del hilo argumental narradores como Javier Marías, poetas como José Manuel Caballero, ensayistas como Fernando Savater y dramaturgos como Juan Mayorga

Millones de palabras en 50.000 palabras. Infinitas páginas en 201 páginas. Centenares de nombres de escritores, temas, corrientes y tendencias en nueve capítulos. 800 años de creación literaria para leer en unas… cuatro horas. Millares de libros asomados en un libro: Historia mínima de la literatura española (Turner), de José-Carlos Mainer. Un ensayo que se lee como un relato de la creación literaria en España y de la vida del país en el cual destacan las luces reivindicadoras que lanza sobre periodos más o menos eclipsados por la Historia oficial y el imaginario colectivo, como son la Edad Media y el siglo XVIII, mientras arriesga con el presente.

[...]

Siempre es más difícil valorar la creación contemporánea porque no se sabe qué dirá el tiempo, asegura Mainer. Pero aceptó el reto. No como un diccionario ni una lista de nombres ni de obras, sino dentro del hilo argumental del relato que empezó en la Edad Media. Entre los autores contemporáneos presentes en dicha línea argumental de Historia mínima de la literatura española figuran Fernando Savater, Javier Marías, José Manuel Caballero Bonald, Ana María Matute, Juan Marsé, Antonio Muñoz Molina, Antonio Gamoneda, Cristina Fernández Cubas, Juan Eduardo Zúñiga, Enrique Vila-Matas, Álvaro Pombo, Luis Mateo Díez, Eduardo Mendoza, Juan y Luis Goytisolo, Francisco Brines, Félix de Azúa, Rafael Chirbes, Pere Gimferrer, José María Merino, Antonio Colinas, Juan José Millás, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Ignacio Martínez de Pisón, Luis Landero, Jon Juaristi y Fernando Aramburu. De las últimas generaciones figuran autores como Juan Antonio González Iglesias, Ray Loriga, Isaac Rosa, y José Ángel Mañas, el más joven de todos.

[...]

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 26 de febrero de 2014

Javier Marías y ‘Los Modlin’

Los Modlin
LOS MODLIN
PACO GÓMEZ
Fracaso Books, 2013

“Nelson estaba muerto [...] Pero ¿cómo había sido su vida? [...] Hice una búsqueda intensiva en internet y encontré pocos datos relevantes [...] Una curiosa referencia a su nombre en un artículo de Javier Marías.

‘Fantasmas y antigüedades’

Modlin Agenda JM
[...] Por el artículo se podía deducir que Marías no recordaba a Nelson, pero pensé que quizá su memoria se refrescaría si le enseñaba alguna fotografía [...] Le pregunté por Nelson.

-Poco puedo recordar de él, sólo que su nombre está en mi agenda desde hace muchos años. [Vídeo de la entrevista]

Al volver a casa llamé al teléfono que Marías tenía anotado en su agenda. Pensé que sería el número de la casa de Nelson, quizás me contestase Olga, la presentadora del telediario… Sin embargo, una voz al otro lado anunció:

-Archivo de Radio Nacional de España, dígame.” [pp. 45-48]

Alice Munro, Premio Nobel de Literatura

Alice+Munro+Photo_credit+to+Derek+Shapton_international+rights+cleared2-e1349861573238Alice Munro, Duchess of Ontario del Reino de Redonda desde mayo del 2005 en que ganó el Premio que concede la editorial Reino de Redonda, ha sido galardonada con el Premio Nobel de Literatura.

Javier Marías: Munro alcanza grandes cotas de hondura y de emotividad

El escritor español Javier Marías considera “muy justo” el Nobel de Literatura que ha ganado hoy la canadiense Alice Munro, y se alegra en particular de que la Academia Sueca haya reconocido a una autora que, sobre todo, escribe cuentos, un género que “desde hace varias décadas está muy dejado de lado”.

“Munro ha alcanzado en su obra, de una manera muy sobria, grandes cotas de hondura y de emotividad. Sus cuentos son emocionantes”, aseguraba hoy en declaraciones a Efe Javier Marías, que en más de una ocasión había dicho que “si algún escritor vivo merecía el Nobel por encima de cualquier otro era ella”. “Es una escritora excepcional”.

El novelista español no sabe “cómo lo logra Munro”, pero cree que también “es muy destacable” que sus relatos “consigan unas dosis de profundidad y de emoción sorprendentes” y lo hacen “con una considerable economía de medios, con sobriedad, sin casi nunca acentuar nada ni subrayar nada, hablando de personas más bien normales”.

Y en una época, subraya Marías, en la que se da tanto “la literatura de buenos sentimientos, que suele ser empalagosa, como la de malos sentimientos, llena de psicópatas y de estudios sobre la maldad, como si eso en sí mismo tuviera interés”, Munro ha hecho su obra sobre personas normales, “con sus ambigüedades, con sus partes oscuras”.

Al autor de “Corazón tan blanco”, entre otras obras, le alegra en particular que se haya premiado a una autora de cuentos, un género, asegura, que en otros tiempos “tuvo mucho predicamento, pero que desde hace varias décadas está muy dejado de lado y está considerado una especie de hermano menor de la novela, lo cual es totalmente erróneo”. “Hay poco interés en general en publicar cuentos”, asegura.

Munro es una autora que está, “en cuanto a calidad, a la altura de los mejores, de Chéjov, de Kipling o de Maupassant, incluso de Borges, aunque su mundo no tenga mucho que ver con algunos de ellos. Sí con el de Chéjov”, especifica.

Marías no sabe hasta qué punto hay elementos autobiográficos en la obra de Munro -”la procedencia del material de los escritores es indiferente. Lo que cuenta es el resultado”, subraya-, pero está claro que la autora canadiense “tiene una gran capacidad de observación” para la vida de las mujeres y las dificultades con las que se han encontrado a lo largo de la historia, “incluso en el mundo occidental”.

Desde el punto de vista personal, Marías está también contento porque Munro ganó en 2005 el Premio Reino de Redonda, que organiza y financia el propio novelista español.

Con ocasión de ese premio, se puso en contacto con ella “a través de correo ordinario” y le pareció “una mujer muy reservada, pero con mucho sentido del humor y muy simpática”.

“En una ocasión me mandó una foto de ella y de su marido disfrazados con unas túnicas y una especie de casco alado, como si fuera de Mercurio. Y ella está con un cartel en el que pone: ‘el fin se acerca”, recordaba hoy Javier Marías antes de comentar que Munro es el segundo premiado con el Reino de Redonda que luego ha obtenido el Nobel. “El primero fue Coetze”.

EFE, 10 de octubre de 2013

Alice Munro, una Nobel a la altura de los grandes cuentistas universales

Javier Marías recuerda que más de una vez ha declarado que es uno de los escritores vivos que más merecía el Nobel: “Me alegro que se haya destacado a una autora de cuentos, un género que gozó en su momento de gran prestigio pero que en las últimas décadas se le ha considerado algo secundario o como preparación para una novela, y no es así”. El autor y académico español no duda en afirmar que Munro está al nivel de los mejores como Chéjov, Maupassant o Borges. Y da claves de parte de su secreto: “Consigue transmitir una profunda emoción con personas fundamentalmente normales en una época en la cual se privilegia tanto los buenos y malos sentimientos de una manera que rozan la cursilería. Escribe sobre gente normal sin cargar las tintas y consiguiendo unos niveles de emoción y profundidad con poco parangón en la literatura actual”.

El País, 10 de octubre de 2013

De Rafael Sánchez Ferlosio

Todo por el tabaco

Mira que me hizo reir mi amigo Javier Marías, fumador (por tópico suele añadirse ‘empedernido’, pero no sé si en su caso sería injusto) y feroz enemigo de la ley antitabaco, con su rechifla de las convenciones, asambleas, congresos, sobre cualquier tema cultural, científico, humanista y hasta “solidario”; como hoy gustan de llamar a lo que antaño eran cócteles de la alta sociedad a beneficio de tuberculosos, en los inmensos salones y hoteles de Eurovegas, rechifla sobre la que se explayó en su página del suplemento ilustrado de EL PAÍS de los domingos de hará un año o cosa así.

Me gustaría que las dudas de Rajoy sobre el proyecto del magnate norteamericano tuviesen, en el fondo, más que ver con los propósitos y promesas del Gobierno de luchar contra la corrupción nacional que con cualquier relajamiento de la ley antitabaco. A mí, que hará unos 10 años dejé de fumar —y aun antes fumaba muy poco— no me importa nada que se fume o no se fume; don Javier Marías en mi casa fumó lo que quería, y hasta me dio un poco vergüenza pedirle que me permitiese abrir la ventana, por el temor de parecerle uno de esos puritanos que hacen de ello cuestión moral. Lo que me importa es la tremenda fuente de corrupción que trae consigo el juego, no empezando siquiera por la prostitución —con su enorme incremento del tráfico internacional— sino por la propia corrupción económica (que el Gobierno, con todo el Parlamento, jura y perjura querer erradicar), que 700 hectáreas de circulación monetaria, con profesionales cambistas llegarían a desencadenar; me importa no sé si tanto como la permisividad con la prostitución de lujo que de todas las razas y de todos los países volará a ocupar su lugar detrás de las ruletas en los aviones particulares que los proxenetas profesionales al servicio de Mr. Adelson pongan gratuitamente a su disposición, tanto como esto, digo, me importa que el Gobierno no tenga la servidumbre (dicen que el propio Rajoy llegó a recibirlo casi como a un jefe de Estado —pero será una calumnia, ya verás—) de rebajarle al magnate, según se proyecta, del 45% —tipo máximo para el juego— al 10% de impuesto, o “dotando a los modelos de negocio como Eurovegas con una bonificación del 95% en el impuesto de transmisiones patrimoniales” [lo entrecomillado va copiado literalmente de EL PAÍS, porque no sé qué quiere decir, salvo que consiste en otro beneficio].

Queda la arquitectura, con ese monstruo de los rascacielos no sé si resucitado con la estúpida euforia del 2000, salvo que añadiéndole una virtud olímpica: “Altius”, “a ver quién lo hace más alto”. Hasta los países islámicos han entrado en esta carrera. Pues bien, nuestro magnate quiere hacer el rascacielos más alto de España. Los partidarios hablan de Las Vegas americanas, pero allí no eran ni son partidarios de plantar centros de juego cerca de los barrios donde vive la gente decente (por eso Las Vegas está en un desierto). Los rascacielos de nuestro magnate se verían desde todo Madrid, encima de todo Madrid, y es posible que una gran parte de Eurovegas resplandeciese como el infierno durante toda la noche.

Bendito sería Mariano Rajoy si, fuese por el tabaco o no tan tabaco, mandase a hacer gárgaras el nauseabundo proyecto americano, y lograse que el magnate cogiese su avioneta para no volver más.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

El País, 29 de septiembre de 2013

‘Una celebración de la lectura de Javier Marías’

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VÍDEO DEL COLOQUIO

Presentación de Julio Ortega

El coloquio «Una celebración de la lectura de Javier Marías» ha estado organizado en colaboración por el Instituto Cervantes y la Universidad de Brown; lo ha moderado Julio Ortega, de la Universidad de Brown, y diversos autores han participado exponiendo sus aproximaciones a la obra del escritor madrileño: Elide Pittarello —de la Universidad Ca’ Foscari de Venezia—, Jordi Gracia —de la Universidad de Barcelona—, Heike Scharm —de la Universidad de South Florida— y Juan Luis Cebrián —de la Real Academia Española—. El propio Marías interviene tras ellos para hablar sobre su reacción ante las palabras que le han dirigido y sobre su proceso de escritura.

Carta de Rosa Chacel a Javier Marías

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La Fundación Banco Santander recupera ensayos inéditos de Rosa Chacel

Ana Rodríguez Fischer, profesora de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, ha sido la encargada de seleccionar la veintena de inéditos de la escritora Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) que componen ‘Astillas’, editado por la Fundación Banco Santander como volumen de sus Cuadernos de Obra Fundamental. Son una veintena de textos que no habían visto la luz y que no se encuentran tampoco en sus Obras completas publicadas hace unos años. En ‘Astillas’ están su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio, Luis Cernuda, Jean Cocteau y Javier Marías, a quien dirige una serie de cartas al principio de su carrera. También están su religiosidad, el Museo del Prado, los toros y la paz. Una guía por la vida de la escritora vallisoletana, Premio Nacional de las Letras en 1987.

Aquí pueden leer el ensayo ‘Mi religiosidad’ y la primera de las cartas a Javier Marías.

Carta a Javier Marías

Valença, 20 de febrero de 1973

Querido Javier:

Tu libro [Travesía del horizonte] pasó varios días en manos de mi portero porque el calor nos hizo huir de Río -aquí estamos diciendo que hace menos calor, pero en todo caso más de lo que se puede soportar, si no se es del país.

¡Tu libro! Difícil, dificilísimo diagnóstico! Yendo por orden, preciosa edición. Original, sorprendente principio o, más bien, sorprendente tono, que se mantiene a lo largo del libro. Magnífica prosa -recuerdo que respecto al anterior te dije que debías cuidarla y veo que te es sumamente fácil- y trama complicada, más por la diversidad de hechos que por complejidad del drama.

Al terminar el libro queda pendiente una pregunta, verdaderamente inquietante -que no es en absoluto «qué le sucedería a aquel señor en Escocia…? », no, nada de eso-, una pregunta de carácter enigmático, «¿por qué habrá escrito este libro Javier Marías…?». La pregunta no se resigna a morir sin respuesta y trata de llenar un área incalculable con su prole de preguntas menores: «¿por qué tan buena educación en el autor de Los dominios del lobo…?». «¿Por qué esta resurrección victoriana, cuando tenemos todos los días ante los ojos a la juventud inglesa, de minirropa y ceroprejuicio…?». «Por qué…» tantas otras cosas, que no acabaría nunca de preguntar. Lo único que está claro es, precisamente, lo que hace más herméticas las preguntas: lo único que está claro es que el libro es un alarde de posibilidades. El curioso, caprichoso, peregrino, bizarre autor puede escribir como le dé la gana, tiene la suficiente táctica y la suficiente vocación para llevar a cabo cualquier empresa ardua… Después de estas afirmaciones, la interrogación se agrava; «¿por qué este niño descomunal ha escrito tal libro…?». Como yo cultivé siempre la investigación -simpatía por Holmes y entusiasmo por Poe-, me dejó en una gran perplejidad y mayor inconformidad la negación de toda respuesta. Entonces, me dirigí a mí misma la otra pregunta: «¿por qué no lo comprendo…?», y tardé mucho tiempo en encontrar la respuesta, pero al fin la encontré: no lo comprendo porque a todas esas preguntas contesté yo mucho antes que fuese escrito el libro de Javier.

portadatravesia-717459Yo no sé si habrás leído un libro mío, bastante malo, quiero decir atropellado, mal construido, cuajado de defectos y excesos, La confesión. Si no lo has leído, no lo leas: te bastará con lo que yo ahora pueda resumirte. El libro, después de dar cien vueltas al asunto, llega a la conclusión de que nuestros escritores -los pocos grandes que en el mundo han sido- evitaron la confesión por repugnancia -vergüenza, más bien- a la mediocridad de la vida española que vivieron. Esta escapatoria es la madre del cordero y yo creo que como explicación, como respuesta terminante a todo lo anterior basta constatar el hecho patente, persistente, irremediable, desesperante por lo desesperanzado, de la escapatoria en la nueva generación que promete añadir unos pocos -poquísimos- grandes a los pocos que fueron.

No sé, imprevisible criatura, qué efecto te hará este sermón, pero por poco que me conozcas te darás cuenta de que yo no sermoneo más que cuando hay de qué. Si el libro no demostrase, a todas luces, que eres un escritor, no te sermonearía, pero como lo eres indiscutiblemente, no me canso de amonestarte. Porque si hay algo inherente a esa condición, ser un escritor, es la importancia vital de la obra como porvenir, una serie de concomitancias morales -morales, en mi léxico, es término que se agrava o se enriquece cuando asume misiones atentatorias-, una serie de contenidos que se engendran en ella y se difunden como el polen. Esta es la cosa: si la idea de moral te alarma estéticamente -a mí, en la idea de moral, lo único que puede alarmarme es la discreción- entiende mi sugerencia como algo que sólo señala expansión funcional, como, repito, el polen… Si esto te parece demasiado bonito o romántico o démodé, entiéndelo de cualquier otro modo, ¡pero entiéndelo!

Me gustó muchísimo que me mandases el libro con tanta rapidez, a la que no pude corresponder por mi ausencia de Río, y te confieso que la tardanza de mi respuesta, que tal vez te haya indignado, se aumentó porque no sólo lo he leído detalladamente, sino que lo he leído dos veces con toda lentitud y reflexión. Te agradezco mucho la dedicatoria y querría que me dijeses qué te parece mi despiadada crítica; por supuesto, querría que me lo dijeses despiadadamente. Querría saber si en las objeciones que te hago -más bien que te hice, hace tres o cuatro años, porque cuando ataqué a los viejos fue para que lo entendiesen los jóvenes-, querría que me dijeras si hay otras razones -de cualquier índole- que te han llevado por ese derrotero. Y vuelve a plantearse la cuestión ético-estética. Si me dices que el derrotero es sencillamente el que más te gusta, el que, simplemente, te da la real gana, me dejarás convencida, pero no por eso me abstendré de amonestarte. Los que hemos recibido una formación excepcional tenemos la obligación de pagarla educando a los padres: educando a la MADRE PATRIA… No te pongas colorado -yo me pongo, al decirte esta desmesura, pero no importa porque ni tú me ves ni yo te veo.

¿Qué se dice en esa santa casa…? Imagino que el contento es general. Uno de estos días escribiré largo.

Te felicito, te deseo comprensión por parte de la crítica y por parte de los próximos no es dudoso que la tendrás plenaria.

Nuevamente mil gracias y un fuerte abrazo.

Rosa

El Cultural, 18 de junio de 2013

Cartas de Rosa Chacel a Javier Marías

Últimos silencios de Rosa Chacel

Un libro recupera ensayos inéditos de la autora de ‘Barrio de Maravillas’ y las cartas en las que animó y sermoneó a Javier Marías al comienzo de su carrera

[...]

El volumen se cierra con cuatro cartas que Rosa Chacel escribió desde el exilio a Javier Marías en el comienzo de su carrera literaria. Chacel, amiga de la familia, sermonea, aconseja y alienta al joven Marías con “el tono de una abuela gruñona”. “Si el libro no demostrase, a todas luces, que eres un escritor, no te sermonearía, pero como lo eres indiscutiblemente, no me canso de sermonearte”, escribe en una misiva de febrero de 1973.

Tres meses después, desde Rio, Chacel se disculpa por su demorada respuesta: “La causa —la causa es lo que no te puedo explicar— es la misma que hace varios meses me impide trabajar y, si no enteramente vivir, me tiene reducida a un embrutecimiento de marmota”. Y, tal vez ante la inseguridad o preocupación de Marías por su escasa experiencia, que considera un atributo imprescindible para un buen escritor, la autora de Memorias de Leticia Valle le tranquiliza: “Figúrate, allá en el Paleolítico, cuando yo tenía 15, si habré oído hablar de la necesidad de experiencia, tal como la concebían entonces: frecuentación del gran mundo… A los 15 años me asustaba ese fantasma, a los 20 lo mandé al diablo”.

TEREIXA CONSTELA

El País, 16 de junio de 2013

Muñoz Molina y Javier Marías, duelo al sol

con-javier-mariasEl pasado martes, Antonio Muñoz Molina logró el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Es el primer escritor español que lo consigue desde 1998. Aquel mismo día habló del galardón, reflexionando sobre su trayectoria literaria y la de su generación. Y soltó un lapidario “salvo Javier Marías, que ya era cosmopolita, todos los demás apenas habíamos viajado”. Zas, en toda la boca.

¿Habrá contrarréplica del cosmopolita Marías? La historia de sus duelos personales nos dice que sí. ¿Cuándo? Chi lo sa! Rebobinemos que la cosa promete emociones fuertes.

A tortas con Pulp Fiction

19 de abril de 1995. Antonio Muñoz Molina escribió en El País sobre ‘Tarantino y la muerte‘, cuestionándose la violencia de la película Pulp Fiction: “Consiste en la repetición de un solo mecanismo, el de la indiferencia ante el dolor ajeno, o el de la trivialidad del sadismo, todo ello envuelto en una adecuada extravagancia formal y aderezado con citas obvias de otras películas”.

Dos semanas después, el 2 de mayo, Javier Marías le respondió desde el mismo periódico con una ácida columna titulada ‘Y encima recochineo‘. “Esta manera de ver cine (o de leer novelas) a mí me parece un poco elemental”, decía sobre el texto de su colega, “pero sobre todo me parece moralista y no muy alejada de la óptica con que las asociaciones de espectadores más conservadoras intentan (y van consiguiendo) censurar los contenidos de la televisión, se trate de películas, anuncios o programas”.

Consciente del palo que le pegaba –lo de “conservador” a Muñoz Molina le sentó como una patada en los mismísimos– Marías se curó en salud asegurando que “nada me alegra tanto como poder disentir sobre asuntos cinematográficos con un escritor a quien aprecio y con cuyas opiniones a menudo estoy de acuerdo”.

Vale. Muñoz Molina se alegró tanto que, a la semana, volvió a la carga con ‘Tarantino, la muerte y la comedia: una respuesta a Javier Marías‘. Y soltó un sopapo en el primer párrafo, por si acaso: “Con todo mi respeto, temo que en ambos casos Javier Marías hace trampa, o al menos exagera”. De paso, también le dice que sí, que a él también le hace gracia lo de la disensión “con un escritor a quien aprecio y con cuyas opiniones a menudo estoy de acuerdo”.

Marías lanzaba la andanada final el día 28 de mayo con ‘La risa y la moral‘. Como la cosa empezaba a provocar un cierto runrún en los –digamos– ambientes literarios, el texto se abría con un apaciguador “esto no es una polémica ni un enfrentamiento, es una mera discusión”. Después, la estocada certera: “La trampa, en cambio, creo que la hacía él con un recurso frecuentísimo, pero que no habría esperado de un escritor que suele jugar limpio. El recurso consiste en decir que no ha dicho lo que no ha dicho, o -no rehuyamos el verbo- en tergiversarlo”.

Lo de “suele jugar limpio” tiene su aquel, no me lo negarán. Vuelvan a leerlo.

Editoriales, premios y comparaciones

El primer asalto había acabado. La sangre no llegó al río pero nada volvería a ser igual que antes de esa disensión entre “escritores que se aprecian”.

Las carreras de Marías y de Muñoz Molina tienen bastantes puntos en común. Ambos son columnistas históricos del diario El País y ambos abandonaron sus editoriales anteriores –Anagrama y Seix Barral/Planeta, respectivamente– casi a la vez,  a mediados de los 90, para pasarse a Alfaguara, del Grupo Prisa, que dirigía entonces Juan Cruz.

En España, este tipo de saltos tiene siempre una lectura ideológica, por lo que ambos fueron metidos en el mismo saco, el de los “progres filosocialistas”. A Muñoz Molina se le llamó, incluso, El jinete Polanco, jugando con el nombre de una de sus novelas más famosas, El jinete polaco.

Sus carreras literarias son exitosas pero con diferencias evidentes. Así, mientras Muñoz Molina ha sido considerado un escritor más popular –ganó el Planeta, el sumun de lo popular, en 1991–, Marías es reivindicado por los amantes de la “gran literatura”. Al primero nunca le ha hecho hace gracia esta distinción y suele cargar de vez en cuando contra quienes la realizan.

Muñoz Molina suele mostrarse más a la defensiva que Marías, nacido en el seno de una familia acomodada y cosmopolita

De hecho, leyendo las columnas de uno y de otro se nota un tono más defensivo en Muñoz Molina cuando se abordan cuestiones de calado literario. Da la impresión de que lo ha pasado mal, a pesar de los laureles, y de que aún queda algo de aquel “apocamiento pueblerino” –como lo define en su Autorretrato–  con el que aterrizó en Madrid, en 1974, con 18 años.

Hablo con una amiga periodista que ha tratado con ambos y me confirma esa impresión. Muñoz Molina suele mostrarse más a la defensiva que Marías, nacido en el seno de una familia acomodada y cosmopolita –el adjetivo que usó Muñoz Molina el otro día no era gratuito– y que es más abierto en ese contacto superficial.

Por aquellas cosas del destino, en poco más de tres meses ambos han vuelto a ser comparados por culpa de los premios. Esta vez los tiros los han pegado otros en su nombre. Menos mal.

Javier Marías rechazó en octubre del año pasado el Premio Nacional de Narrativa por Los enamoramientos. Alegó motivos de coherencia personal. En enero de este año, Muñoz Molina aceptaba el Premio Jerusalén de Literatura. Y le han llovido piedras desde todas partes. La palabra “incoherente” ha sido muy utilizada.

¿Se puede opinar de España desde Nueva York?

Como los buenos duelistas, ambos respetan mucho al rival. Y no dudan en elogiarlo cuando conviene. Muñoz Molina y Marías comparten muchas cosas, entre ellas la Academia de la Lengua, y saben medir muy bien qué dicen y, sobre todo, cuándo lo dicen.

El penúltimo intercambio de golpes lo inició en marzo Javier Marías. En un artículo titulado ‘En los años de la distracción‘,  cargaba contra Muñoz Molina a propósito de una entrevista en Qué leer en la que éste comentaba que los intelectuales españoles “no habían estado a la altura de las circunstancias” durante la gestación de la crisis que padecemos.

Marías soltó una bomba: “Fiándome sólo de mi memoria, tengo la sensación de que lleva años escribiendo en prensa, principalmente, sobre exposiciones neoyorquinas, fotógrafos, intérpretes de jazz. Lo cual me parece muy lícito y jamás se me ocurriría reprochárselo, menos aún teniendo en cuenta que pasa la mitad del año en Nueva York. Por eso me extraña que él se permita ofender al conjunto de sus ‘colegas’ con unas afirmaciones que en el peor de los casos parecen una falsedad y una injusticia, y en el mejor una exageración a la ligera”.

El zambombazo se oyó hasta en el puente de Brooklyn.

Ignacio Echevarría, antiguo crítico literario de El País ahora en las filas de El Mundo, se ponía del lado de Muñoz Molina en un artículo ‘Críticos y “comprometidos”‘, que se publicó el 3 de mayo. El duelo se convertía así en un extraño ménage à trois. Marías respondía con contundencia quince días después con ‘La actual dificultad de morder’.

Y así estamos. A la espera de acontecimientos. El martes, Muñoz Molina soltó lo de “salvo Javier Marías, que ya era cosmopolita” y los más precavidos se escondieron debajo de la mesa aguardando la caída de la próxima bomba dialéctica del aludido. Atentos a sus pantallas.

JOSÉ LUIS IBÁÑEZ RIDAO

ZoomNews.es, 7 de junio de 2013

[Ignacio Echevarría continuó con ‘Ladridos’]

SILLÓN DE OREJAS. Por un escrache la mar de educado

En uno de los apasionados debates que sostuvieron los jurados del Premio Formentor antes de conceder el galardón a Javier Marías por el conjunto de su obra, uno de ellos afirmó con desparpajo y facundia que, en su opinión, sólo podría considerarse “literatura” (comillas mías) menos del uno por ciento de los libros “literarios” que se publican. Y esos no siempre consiguen que su autor firme muchos ejemplares en cualquiera de los carnavales del libro, como los que se han celebrado esta misma semana. Contra lo que cabría esperar, el apotegma —propio más bien de un varón blanco muerto que de alguien que se baña en las omnipresentes y asépticas aguas del anticanon globalizado— no suscitó mayor escándalo entre los contertulios. Tengo la impresión de que, a lo sumo, los demás, tal vez dotados de más holgadas mangas críticas, habrían ampliado la nómina de los libros “literarios” hasta un dos o un tres por ciento de los que se publican como tales. De qué sea literatura y quién lo decide se habló poco, quizás porque entre todos se entendían, lo que no deja de ser un síntoma y una seña de identidad para un premio que empezó (allá en su prehistoria antifranquista) premiando a Beckett y a Borges, aunque lo hiciera —ay— ex aequo.

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MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 27 de abril de 2013

El Nobel

JM MeulenhoffAL PIE DEL CAÑÓN. Candidatos en Estocolmo

Como pueden imaginarse los escritores que me leen para bien y para mal, en Estocolmo, como en otros tantos lugares este mundo, yo no soy candidato a nada. Por tanto, me tomo la libertad de sugerirles a esos mismos escritores, candidatos a todo, que eviten aparecer con frecuencia por Estocolmo. La curiosidad, también en este caso, mata al gato. Un poetilla que anda por ahí, arrastrando su sombra de juguete roto, cuenta a quienes le quieren todavía escuchar que una vez Camilo José Cela se plantó en su casa de Estocolmo y le dijo: “Justo, vengo a que me gestiones el Nobel”. Escritores candidatos a todo se llegaron a creer que el poetilla, tan premiado, no sólo era el mismo candidato al Nobel de Literatura, sino que él disponía de influencia más que suficiente para otorgarlo a los demás. Había ido a buscar el Nobel de Aleixandre, cuando en realidad tenía que haber ido Carlos Bousoño, por razones que aquí sobra explicar, y eso le dio un cartel de hombre de fuerza que los catetos de este país y de América Latina se creyeron a pie juntillas. El conejo me riscó la perra. O Dios los une y ellos se crían.

Repito que mi consejo es que eviten esta geografía de Estocolmo si aspiran “al máximo”. Digo “al máximo” porque una vez desayunando con amigo escritor, ni bueno ni malo, más que regular un poco mediopensionista, le pregunté entre risas si él aspiraba al Nobel. Muy serio, el tipo se paró en dos patas y me dijo que sí. “Aspiro al máximo”, me confesó ante mi estupor. La ambición humana, como los imbéciles, es ilimitada. No digamos ya los mediocres que se miran en espejo de los grandes escritores y de repente se encuentran un parecido cuanto menos excesivo. Aquí, como en todos los países del mundo, todos los años nos inventamos “candidatos interiores” (así los llamó Javier Marías en una ocasión); candidatos que nunca alcanzan la miel pero siempre están en unas listas que nos inventamos en el interior del populacho intelectual para creernos estrellas brillando en el universo. Y, por supuesto, hay candidatos, aún lejanos en el tiempo, según me dice mi garganta profunda sueca. Entre ellos, Gimferrer, a quien se lee poco en este norte, y Marías, de los más traducidos y editados en sueco. Y en francés. Porque las lenguas de los académicos suecos siguen siendo el propio sueco y, claro, el francés, que siempre propone cuatro o cinco candidatos y, cada lustro, clava al menos un premio de esos. ¿Y nuestros poetas de la lengua? Rafael Cadenas, Eduardo Lizalde, Carlos Germán Belli, Fina García Marruz o Rubén Bonifaz, están listos para recibir el Cervantes, pero Estocolmo les queda demasiado lejos. “¡Que se enteren en Estocolmo, que se enteren en Estocolmo!”, clamaba en el desierto madrileño un viejo escritor y sin embargo sabio y juvenil. No se enteraron y se fue a la tumba con más de un siglo a cuestas sin recibir la más mínima de las respuestas a sus gritos.

Carlos Fuentes, que anduvo tanto por Estocolmo que al final perdió el Nobel, dijo una vez que el próximo Nobel en español sería César Aira. Tal vez fue una respuesta a la broma del argentino de clonar al escritor mexicano en un congreso venezolano que tenía lugar en Mérida, Venezuela. Otro de los escritores que figura en el Parnaso de la paciencia es Ricardo Piglia. “Ha de resistir”. Resistir: he ahí una bonita palabra, un verbo excelente para combatir la desesperanza. A Caballero Bonald, hace dos años, cuando le dieron el Cervantes a Ana Matute, le sugerí que resistiera dos años más y todo se arreglaría. Mi amigo el jerezano me dio dos gritos de aviso y, de todos modos, resistió hasta que el Cervantes, que se le resistía en medio de avatares, fantasmas y reticencias, se le rindió aunque con dificultades.¿Quién no las tiene? Repárese que no hablo de supervivientes, sino de resistentes. Alexander Watt dice en Mi siglo que en todo superviviente hay un canalla. Y yo lo creo. También soy un resistente, no lo olviden los escritores que me leen, que me reinvento cada vez que puedo. Lo hago contento, como estoy ahora, en esta fría primavera de Estocolmo.

J.J. ARMAS MARCELO

El Cultural, 19 de abril de 2013

LE Debolsillo G
Los enamoramientos, 2º libro de bolsillo más vendido

Bonilla, Maiakovski, Marías

Marías traduce para ‘McSweeney’s’

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Javier Marías traduce “A Making of a Man” ["Cómo se hace un hombre"]
de Richard Middleton

McSweeney’s Issue 42

[With the help of guest editor Adam Thirlwell (author of Kapow!, Visual Editions), Issue 42 is a monumental experiment in translated literature—twelve stories taken through six translators apiece, weaving into English and then back out again, gaining new twists and textures each time, just as you'd expect a Kierkegaard story brought into English by Clancy Martin and then sent into Dutch by Cees Nooteboom before being made into English again by J.M. Coetzee to do. With original texts by Kafka and Kharms and Kenji Miyazawa, and translations by Lydia Davis and David Mitchell and Zadie Smith (along with others by John Banville and Tom McCarthy and Javier Marías, and even more by Shteyngart and Eugenides and A.S. Byatt), this will be an issue unlike anything you've seen before—altered, echoing narratives in the hands of the finest writers of our time, brought to you in a book that looks like nothing else we’ve ever done.]

‘Your Face Tomorrow’ entre los mejores

A tres bandasDos reseñas de Your Face Tomorrow 3: Poison, Shadow and Farewell

Si creían que las listas de los mejores de eran sólo cuestión de fin de año, están muy equivocados porque The Guardian ha preguntado a sus lectores por las mejores traducciones que han leído, y entre los más destacados aparecen Your Face Tomorrow, la versión inglesa de Tu rostro mañana, de Javier Marías; Dublinesque, de Enrique Vila-Matas; Traveller of the Century, de Andres Neuman, y ¿cómo no? las versiones al inglés de las novelas de García Márquez, desde Chronicle of a Death Foretold a Nobody Writes to the Colonel

JUAN PALOMO

El Cultural, 5 de abril de 2013

Arthur Machen

thelifeofmachen
THE LIFE OF ARTHUR MACHEN

BLOG. PAPELES PERDIDOS

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

El memorable horror de Arthur Machen, el visionario

Jorge Luis Borges dedicó un par de textos a Arthur Machen –habló del “buen horror que sus fábulas comunican”— y Javier Marías, aparte de referirse a él en Todas las almas como “aquel raro escritor de estilo refinado y sutiles horrores”, y volver a mencionarlo en Negra espalda del tiempo, es miembro de la Arthur Machen society. Pese a esos defensores de peso, este autor galés (1863-1947) no es muy conocido entre los lectores hispanoamericanos.

Machen era uno de esos escritores británicos –otro nombre importante es el de Lord Dunsany- que en el período comprendido entre el fin de siglo XIX y el principio del XX practicaba lo que vino a conocerse luego como ficción “weird” –un subgénero en el que dialogaban la literatura fantástica y la de horror-. Luego vino Lovecraft y aprendió tan bien de ellos que los convirtió en sus precursores. Machen tenía entre sus influencias dispares a Stevenson, la literatura mística, el ocultismo y las tradiciones galesas. Era muy del fin de siglo en su desconfianza de la ciencia y en su convicción de que en medio de la vida civilizada se escondían horrores atávicos (cuentos como “La luz interior” dan fe de ello); en sus mejores páginas, sin embargo, era capaz de desprenderse de las ataduras de su época y convertirse en un visionario: “El pueblo blanco” (1904), en el que una jovencita nos muestra a través de su diario, en un tono inocente, su inquietante iniciación en un culto secreto de rituales y magia negra, es un cuento perfecto que revela un “país extraño” de hadas y ninfas debajo de las “colinas desnudas” del campo.

Había un Machen que lidiaba con problemas financieros todo el tiempo; había otro, más íntimo y solitario, que vivía en la “tierra encantada” de sus relatos. Para empezar a conocer ese mundo sobrenatural son muy recomendables El pueblo blanco y otros relatos del terror (Valdemar, 2004) y El gran dios Pan y otros relatos de terror (Valdemar, 2004).

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

El País, 16 de marzo de 2013