‘Juan II de Redonda’, por Javier Marías

JWT en RJon Wynne-Tyson y yo nos hemos visto una sola vez en persona, y fue adecuadamente un 23 de abril, que en España es el Día del Libro y la fecha en que murió Miguel de Cervantes. En la misma fecha del mismo año murió también William Shakespeare, aunque al parecer los calendarios español e inglés fueran levemente distintos en 1616. Era 1997 cuando Jon y yo nos vimos.

Me citó para almorzar en el Basil Street Hotel de Londres, después de habernos cruzado unas cuantas cartas tímidas, sigilosas y casi sinuosas en las que a mí me costó saber que lo que él me estaba proponiendo era “abdicar” de su título de Rey de Redonda en favor mío. Jon estaba cansado de aquella “tarea indeseada”, o más bien de los ataques y acosos de otros “aspirantes al trono” con los que quizá había cometido la imprudencia de enzarzarse en discusiones, de responder a sus reclamaciones e intentar razonar con ellos. Él conocía mis novelas y quería que su “heredero” fuera un escritor de verdad, que además se hubiera interesado y ocupado de la muy literaria leyenda redondina en sus escritos, como había hecho yo en Todas las almas y volví a hacer en 1998 en Negra espalda del tiempo.

Pero, claro está, antes de tomar una decisión definitiva deseaba verme y conocerme personalmente, aunque fuera una vez. Ya no recuerdo con nitidez nuestra conversación durante el almuerzo, pero sí que después me llevó a su casa, creo que para que también me viera y conociera su mujer, Jennifer, y una hermana de ella que estaba allí. Tuve la impresión de que Jon necesitaba el visto bueno o la aprobación de Jennifer, como si se fiara más de su criterio que del propio. Conservo el recuerdo de una mujer dulce, sonriente y afectuosa, a la que no debí de parecer mal del todo. Yo tenía entonces cuarenta y cinco años y probablemente parecía más joven. Quizá eso ayudó a que Jennifer me considerara con benevolencia.

Una vez hecho el “traspaso de poderes”; una vez que me convertí en albacea literario y en propietario de los derechos de autor de los anteriores “Reyes”, M P Shiel y John Gawsworth o Felipe I y Juan I; una vez nombrado nuevo “monarca” de Redonda, Jon y yo hemos hablado varias veces por teléfono y nos hemos escrito numerosas cartas. Las suyas, incluso ahora, cuando se acerca a los noventa años, son siempre inteligentes, estimulantes, llenas de humor y con un inglés tan perfeccionado que en ocasiones me cuesta un poco entenderlo (a mí, que en su día traduje Tristram Shandy de Sterne, y a Sir Thomas Browne, y a Joseph Conrad y a Yeats y a Hardy y a Wallace Stevens). Cada vez que recibo un sobre suyo es un gran motivo de alegría.

He intentado llevar su legado de la mejor manera posible: con dignidad, sin incurrir en baraturas, sin hacer el ridículo y procurando que eso afectara poco a mi nombre como novelista, que ya había empezado a establecerse cuando, a los diecinueve años, publiqué mi primera novela en España. Una de las cosas que más me satisfacen es notar que Jon Wynne.Tyson no se ha arrepentido de su elección, que juzga no haberse equivocado. O quizá fue Jennifer la que no se equivocó.

En cuanto a la parte más ardua de la “tarea”, yo no la he padecido. Como ya le anuncié a Jon durante aquel almuerzo del Basil Street Hotel, no he entrado en “disputas dinásticas”, no he litigado con ningún usurpador ni pretendiente a la corona redondina. Creo que le dije algo así como: “That would be the only kingly thing to do”. Que él, durante su “reinado”, se comportara de manera distinta no lo convierte en absoluto en un “Rey” menor, y habla sólo de su buena fe y su delicadeza hacia los demás, incluso hacia los farsantes y aprovechados. Aún más larga vida a Juan II.

JAVIER MARÍAS


‘Juan II of Redonda’

El agradecimiento que jamás se salda

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En el fútbol hay poco objetivo, por más que los goles, los puntos, los triunfos, las derrotas, las eliminaciones y los títulos den a entender lo contrario. Se equivocan quienes afirman que nadie se acuerda de los finalistas ni de los segundos. Los que vimos a la Holanda de 1974 la conservamos en la retina mucho más que a la Alemania que la venció en el último y crucial partido. Se nos desdibuja hasta Beckenbauer, mientras que Cruyff, Neeskens y Rep aún bailan en nuestra memoria. Así, a quienes alcanzamos a admirar a Di Stéfano (y más aún si éramos niños y adolescentes), es difícil convencernos de que haya habido mejor futbolista a lo largo de la historia. En cuantos han venido después, algo echamos siempre en falta, por comparación o por nostalgia. No es fácil saber qué exactamente. A Pelé nunca tuvimos mucha ocasión de contemplarlo, pero digamos que al lado de Don Alfredo nos parecía frívolo. El que más se le aproximó fue tal vez Cruyff, porque lo igualaba en inteligencia; probablemente no, sin embargo, en capacidad organizativa ni tampoco en amor propio (o fastidio ante la derrota, si se prefiere). Maradona fue sin duda más rápido y habilidoso, pero siempre dio la impresión de ser corto de luces, pendenciero y poco noble. Es seguro que Messi es más malabarista y más mortífero, pero le falta humanidad o acaso es entendimiento: se lo ve demasiado ajeno a todo, como un autómata portentoso algo desentendido del conjunto del juego y de sus compañeros.

Todo esto es muy subjetivo, ya digo. A los ídolos de la niñez es casi imposible desplazarlos, y en cierto sentido Di Stéfano compartía honores con el Capitán Trueno, y D’Artagnan, y Miguel Strogoff, y Sandokan. El físico no lo acompañaba: su prematura calva lo hacía parecer demasiado mayor a los ojos infantiles, no era sencilla la identificación inmediata. Eso quedaba paliado, compensado, por la generosidad y la nobleza que transmitía. Las masas lo adoraban, pero jamás tuvo aires de divo. Su genialidad era incuestionable, y él, no obstante, insistía en la importancia de los compañeros sin falsa modestia, consciente de que él solo no bastaba. De tanto en tanto se le veían malas pulgas (una bronca a un defensa del equipo; una advertencia a un contrario, con ojo airado o irónico); qué menos que un héroe capaz de imponer su autoridad o su saber, o de pararle los pies a un rival irrespetuoso o sucio. También uno esperaba de D’Artagnan y del Capitán Trueno que supieran defenderse y escarmentar al que se lo mereciera.

En alguna ocasión he escrito que a los futbolistas se los reconoce en seguida por los andares y por cómo corren, como a los actores de cine inolvidables. ¿Quién no es capaz de representarse al instante los pasos de John Wayne, Henry Fonda, Cary Grant, Gary Cooper o James Stewart? La estampa de Di Stéfano sobre la hierba pertenece a esa estirpe. Quien lo vio lo sigue viendo: lo ve avanzar con el balón o sin él, dar un taconazo o colarse por sorpresa entre los defensas contrarios; impartir órdenes a sus compañeros o parar el balón y retenerlo bajo el pie —imponiendo una inverosímil pausa— en un momento de desconcierto o desarbolamiento; lo ve regatear sin florituras o rematar de cabeza, o celebrar un gol con los dos brazos en alto y un saltito, su forma tan característica, el gesto breve y sin excesos. Yo lo veo, sobre todo, llegar solo con la pelota a la portería desguarnecida, tras superar a todos los adversarios. Detener un segundo el balón ante la línea de meta, el mínimo tiempo justo para que cien mil almas contuvieran el aliento y pudieran preguntarse: “Pero ¿a qué espera?”. El tiempo justo para que el gol inminente no fuera gol todavía. Y entonces, con la suela de la bota, hacer traspasar el balón suavemente esa línea, sin impulsarlo al fondo de la red, en modo alguno: sólo hacerlo cruzar la raya blanca y dejarlo allí depositado. Él ha cruzado ahora esa raya y está dentro de la meta, para siempre, con nuestra mayor gentileza y afecto, el imborrable recuerdo y el agradecimiento que jamás se salda.

JAVIER MARÍAS

El País, 7 de julio de 2014

Texto de JM sobre el poema de Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY

Unas líneas sobre “Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

QUEVEDO Y MARÍAS

Shakespeare , el mayor inspirador

Sciammarella

Sciammarella

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.

Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.

Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.

En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a éste y le dice: “My hands are of your colour; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.

Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño que mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

JAVIER MARÍAS

El País, 16 de abril de 2014

Marías elige a Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY
EDITED BY ANTHONY AND BEN HOLDEN
Simon &Schuster UK, April 2014

Índice y primeras páginas

En este libro cien intelectuales eligen y comentan el poema que más les emociona. Javier Marías ha elegido el soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”.

QUEVEDO Y MARÍAS

Texto en catellano:

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

Einaudi cumple 80 años

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“En el octogésimo aniversario de Einaudi”

Que un hombre o una mujer cumplan hoy ochenta años no parece cosa de gran mérito ni excepcional, a diferencia de lo que ocurrió durante la mayor parte de nuestros siglos. Que los cumpla, en cambio, una empresa o una tienda empieza a resultar no sólo milagroso, sino incluso levemente anacrónico.

A lo largo de centenares de años se daba por descontado que las obras de los humanos duraban más que ellos mismos, y en cierto sentido se erigían y llevaban a cabo con ese propósito: con el de perdurar y ser memoria de los pasajeros seres que las acometían. Un escritor,  sin ir más lejos, solía tener la esperanza de que sus escritos le sobreviviesen, de que otros siguieran leyéndolos después de su muerte y de que así se perpetuase lo que Quevedo llamó conversar en silencio con los difuntos. Hoy parece que la mera idea de posteridad pertenezca al pasado y no sea ya concebible: nuestros libros tienen suerte si duran un año, no digamos diez o doce. La aceleración insensata de nuestra época hace que todo nazca ya envejecido, o casi; que cualquier cosa, por existir y ser ya presente, pase a ser en el acto pasado. En contra de lo sucedido a lo largo de nuestra historia, la sensación de fragilidad y fugacidad de las obras supera a la que tenemos de nosotros mismos. Un escritor actual, si no es muy ingenuo u optimista en exceso, cuenta con asistir en vida al declive del interés por él de sus lectores, cuenta con ver cómo su novela de mayor éxito se convierte en una antigualla que pocos recuerdan y aún menos continúan leyendo.

Así, que una editorial, dedicada precisamente a publicar y cuidar esas obras efímeras, alcance los ochenta años nos da un leve consuelo de continuidad y permanencia, y nos hace concebir que quizá, en nuestro mundo, no todo sea tan transitorio como siempre lo fuimos los hombres y las mujeres.

Javier Marías

Gli auguri di Javier Marías

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Las obras de Javier Marías publicadas por Einaudi

‘Las huellas dispersas’ en el Ciclo de Oxford

Las huellas dispersas

LAS HUELLAS DISPERSAS
JAVIER MARÍAS
Introducción y edición de Inés Blanca
CICLO DE OXFORD
Debols!llo, octubre de 2013

Las huellas dispersas es una colección de textos de Javier Marías relacionados con su Ciclo de Oxford. Visitan estas páginas los personajes -también sus reversos históricos- de las novelas que, hasta la fecha, lo componen. También se recorren aquí sus lugares ingleses, hasta colarse en el gabinete del autor, alguien que trabaja realidad y ficción y las convierte en literatura. Como una nueva perspectiva de sí mismo, este volumen ensancha la obra de Marías y completa la lectura de Todas las almas, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana.

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CICLO DE OXFORD:
TODAS LAS ALMAS
NEGRA ESPALDA DEL TIEMPO
TU ROSTRO MAÑANA

Las huellas dispersas
JAVIER MARÍAS
Edición de Inés Blanca
Debols!llo, octubre de 2013

El discernidor máximo

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La muerte de Marcel Reich-Ranicki certifica todavía más la defunción de una figura que hacía ya tiempo que pertenecía al pasado: la del crítico casi universalmente respetado en su ámbito de influencia, la del discernidor máximo, o, como la llamé hace muchos años, la del “árbitro” literario. Este último término es adecuado porque había algo de arbitrario, por fuerza, en los juicios de estos individuos. Sólo que, a diferencia de tantos otros que hoy ejercen su profesión (y nadie les hace caso), argumentaban sólidamente los porqués de sus entusiasmos o de sus denuestos. Podía estarse o no de acuerdo con tales argumentaciones, pero nunca faltaban, las había siempre: el crítico no se limitaba a exclamar: “Esto no me llega”, o “Esto no me lo creo”, o “Siento un nudo en la garganta y me emociono”, fórmulas con las que hoy se despachan a veces libros, películas, obras de teatro y conciertos.

Reich-Ranicki era sin duda un hombre apasionado. Cuando, hacia 1996, me pasaron un vídeo de su programa El cuarteto literario, en el que había hablado generosísima y exageradamente de mi novela Corazón tan blanco, me alegré sobremanera de estar ya enterado de la calidez de su dictamen, porque viéndolo hablar y gesticular —y no entendiendo yo el alemán—, su vehemencia podría haberse debido perfectamente a la cólera, y no a la satisfacción que le había producido mi libro. También leyendo sus textos críticos o biográficos sobre Thomas Mann o Shnitzler, Döblin, Böll o Kafka, se percibe ese apasionamiento, lo que jamás encuentra uno en ellos es desgana o rutina. Y su autobiografía, Mi vida,muestra que también era un narrador excelente, capaz de mantener la atención del lector sin recurrir a la invención, a lo ficticio, que dispone de muchos más recursos que lo acaecido.

Reich-Ranicki es una de las personas a las que estoy completamente seguro de deberles mucho. Tuve la suerte de que le cayeran en gracia mi novela mencionada y Mañana en la batalla piensa en mí. De la primera dijo, en televisión —es increíble que un programa literario gozase de tanta popularidad—, que debía ocupar el número uno en las listas de libros más vendidos alemanas, y sus compatriotas le obedecieron, al menos durante una o dos semanas. Me llegó, por terceros, que eso le había causado gran contento… y también que había halagado enormemente su vanidad, que no disimulaba. Se ufanaba no tanto de su “poder” cuanto de su capacidad para “educar” a los lectores. Los escritores lo temían, pero, como me dijeron en mi editorial de entonces, que él se ocupara de una obra era ya algo que celebrar, aunque después la destrozara.

Al poco de aquella generosidad suya conmigo, mostró interés en conocerme, y lo fui a visitar una tarde en su casa de Fráncfort. Nos podíamos entender en inglés, pero quiso la presencia de un traductor porque, dijo, “lo primero que le voy a transmitir deseo transmitírselo con toda exactitud, y mi inglés no da para eso”. Aquellas palabras no fueron vehementes ni jactanciosas, todo lo contrario. Nunca he oído hablar a ningún crítico con tanta modestia de su tarea, ni con tanto agradecimiento hacia los escasos momentos de exultación que su paciente oficio le había reportado. Recuerdo que tuvo curiosidad por saber cuál era mi músico favorito, mi poeta favorito (me confesó que, del siglo XX, su preferido era Brecht, el Brecht poeta). Pero todo eso fue ya en inglés. Lo que me dijo en alemán lentamente y me fue traducido a mi lengua frase a frase, siguiendo sus pausas, se cuenta entre las palabras más conmovedoras que jamás le he oído sobre la literatura a un hombre dedicado a ella, a un hombre de letras. Eso es exactamente lo que era Reich-Ranicki: un verdadero hombre de letras, de los que ya casi no quedan.

JAVIER MARÍAS

El País, 19 de septiembre de 2013

Marías habla de Cervantes

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La revista Ínsula dedica un número doble (n. 799-800), de los meses de julio-agosto de 2013,  a un monográfico sobre las Novelas ejemplares de Cervantes. Javier Marías publica el artículo inédito “Aquí me paro”.

Thank you and goodbye, Roger Dobson

Roger D

It happened nearly thirty years ago, during my first few months in Oxford, where I held a post as lector and lecturer at the University. It must be said that, while there, I was not exactly required to work my fingers to the bone and spent a lot of my free time rummaging around in Oxford’s many second-hand bookshops, most of which have since closed down. I was on the hunt for various little-known authors whose books did not exist in any modern editions, authors such as Aickman, Lord Berners, Thomas Burke, John Meade Falkner, Collier, Vernon Lee, Lord Dunsany, Shiel, Stenbock and Arthur Machen. I was particularly keen on Machen, the most recent editions of whose lesser-known works dated from the 1920s and 30s. At the time – long before the Internet – you could still pick up the occasional bargain in those sometimes refined and expensive and sometimes vast and chaotic bookshops, as well as in the jumble sales held in church halls, fire stations or the reception rooms of London hotels. I began to feel slightly uneasy when I kept spotting the same man frequenting the same places as me. Whenever you identify someone as sharing your peculiarities or obsessions, you inevitably see in him a faint reflection of yourself, and that troubled me, just as, at the dawn of the video age, again in England, I had the odd discomfiting encounter, in video shops, with a fellow who did not seem entirely right in the head; he would mutter and murmur to himself and was rather eccentric-looking; and I used to wonder if, without realising it, I was rather like him. One day, when he noticed me looking at a copy of the Vivien Leigh and Robert Taylor film, Waterloo Bridge, he sidled up to me and said, eyes glinting: ‘That’s the best film ever made, wouldn’t you agree?’ In order not to antagonise him, I said ‘Yes, possibly’, because the truth is I found him vaguely repellent. However, given his choice of film, I realised that he was probably just an innocent, sentimental and doubtless solitary soul, and thereafter I never again eyed him with aversion or misgivings.

I did not feel in the least repelled by the man who haunted the bookshops, but he did look slightly strange, with his rather long nose, which seemed permanently on the verge of catching a cold, his small, quick eyes, and his decent but rather shabby clothes; I seem to remember that he wore one of those raincoats my mother would have described as a ‘dole-queue raincoat’, and although the dole queue may seem an old-fashioned concept now, it’s one that could well be making a comeback. One Sunday morning, he appeared at my house and rang the doorbell. He explained that the owners of a bookshop called Titles had given him my address because, they said, I was a collector of Machen’s books, and he was an expert on Machen (he was unaware, however, that Machen was also one of Borges’ favourite writers). In my now oldish novel All Souls, I described a similar conversation between the narrator and the character Alan Marriott, who turned up accompanied by a three-legged dog. Roger Dobson – for that was his name – had no dog, but he was the first person to tell me about the legend of the Kingdom of Redonda and about its drunken beggar king, John Gawsworth, and both kingdom and king have had a certain importance in my life. We did not become friends, nor did we arrange to meet again, but after that first meeting we would always greet each other whenever we met in bookshops and would exchange information and discoveries. Later, however, over the years, we did write to each other from time to time, and when the former ‘King of Redonda’, Jon Wynne-Tyson, decided to ‘abdicate’ in my favour, Dobson, perhaps the greatest ‘redondologist’ in the world, was happy to accept me. I ‘bestowed’ on him the title Duke of Bridaespuela – the Duke of Bridlespur – as a homage to Machen and his work Bridles and Spurs.

He spoke little about his private life. He contributed to various strange and sometimes downright weird magazines, writing learned articles about forgotten authors, especially those who wrote about the supernatural. I don’t know how he earned his living. With some difficulty, I imagine. He moved away from the centre of town (he used to live in a house Tolkien had once lived in); he mentioned once that he worked as an extra on films made on location in Oxford; and on learning that he was in financial straits, I was able to pay him for the editorial work he did on a biography of Machen written by Gawsworth – a belated discovery – a task he had initially carried out gratis et amore. A couple of months ago, I received a letter from Ray Russell, one of the founders of the society known as the Friends of Arthur Machen, asking if I knew what had happened to Dobson. He had vanished without trace, no longer replied to e-mails, and Russell was concerned that he might be ill. I feared the worst. Dobson had no phone. I wrote to him, in vain. A week later, Russell confirmed my pessimistic suspicions. Dobson had died in April, but Russell did not know when or how or why, nor if there had been a funeral or if there was going to be one. Sometimes we can find out more about the dead than about the living, for the former are no longer around to guard their secrets. So far, however, this has not proved to be the case. The only new information I have gleaned is that Dobson was brought up in Manchester. Otherwise, I still know nothing, only that the person whom, years ago, I once saw as my own rather troubling reflection is no longer in the world. One does occasionally meet people like him, recondite, bookish, silent enthusiasts for the things they choose to study or do, or to which they decide to devote themselves, often someone or something that no one else much cares about. People who put all their energies into rescuing from oblivion someone who has been unjustly forgotten, even at the risk that they themselves may become even more forgotten, in life as in death. I will not forget that remarkable man, Roger Dobson, for unwittingly and almost unknowingly, he, in some measure, played a part in my own literary fortunes. Thank you, Alan Marriott, Thank you and goodbye, Roger Dobson.

JAVIER MARÍAS

Translated from the Spanish by Margaret Jull Costa

[En castellano]

IN MEMORIAM – ROGER DOBSON

The funeral service for Roger Alan Dobson (1954-2013), author, actor, bookman and good friend, will be held on Thursday 4 July 2013, at 11.30am, at Oxford crematorium. There will then be a buffet lunch at 12.30 at The Talk House, Wheatley Road, Stanton St John, OX33 1EX.  All Roger’s friends will be welcome at the service, and afterwards. Those who cannot join us may wish to hold Roger’s memory in their thoughts during this day.

Marías traduce para ‘McSweeney’s’

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Javier Marías traduce “A Making of a Man” ["Cómo se hace un hombre"]
de Richard Middleton

McSweeney’s Issue 42

[With the help of guest editor Adam Thirlwell (author of Kapow!, Visual Editions), Issue 42 is a monumental experiment in translated literature—twelve stories taken through six translators apiece, weaving into English and then back out again, gaining new twists and textures each time, just as you'd expect a Kierkegaard story brought into English by Clancy Martin and then sent into Dutch by Cees Nooteboom before being made into English again by J.M. Coetzee to do. With original texts by Kafka and Kharms and Kenji Miyazawa, and translations by Lydia Davis and David Mitchell and Zadie Smith (along with others by John Banville and Tom McCarthy and Javier Marías, and even more by Shteyngart and Eugenides and A.S. Byatt), this will be an issue unlike anything you've seen before—altered, echoing narratives in the hands of the finest writers of our time, brought to you in a book that looks like nothing else we’ve ever done.]

El tío Jess y la luz encendida

jesus_franco_jess_muere_n-672xXx80Hacía muchísimos años que no veía al tío Jesús, pero lo he mencionado y tenido algo presente en los últimos tiempos, en la novela que intento escribir ahora. Era él quien se mantenía apartado de la familia. No por enfado ni nada parecido, sino porque, como decía mi madre, su hermana mayor que lo había cuidado de niño (le llevaba diecisiete años), “Jesús es muy descastado, no lo puede remediar”. No es que a nadie le importara gran cosa, era su manera de ser, eso es todo.

Su figura me hacía enorme gracia, en cualquier caso, y nunca olvidaré sus favores, siempre le estaré agradecido. Fue él quien me permitió ganar mi primer dinero, encargándonos a mi primo Carlos Franco y a mí la traducción de varios guiones de Drácula y Fu-Manchú, de las películas que en los años setenta rodó con esos personajes para el productor inglés Harry Alan Towers. En una de ellas, del maléfico chino creado por Sax Rohmer, mi primo Ricardo Franco y yo incluso hicimos de extras: nos obligó a bajar, descalzos y a la carrera, una ladera pedregosa, hasta el borde de un lago o pantano, y quizá a alguna otra nadería peligrosa. No se nos puede reconocer, ya que llevábamos capuchas negras, íbamos disfrazados de esbirros chinos, con los pantalones preceptivos. Pude ver brevemente a Christopher Lee y con eso me di por satisfecho. En otros rodajes logré echarles el ojo a Jack Palance, a Herbert Lom y a George Sanders, míticos para mí entonces y ahora.

En otros sitios he contado cómo gracias a él escribí mi primera novela, Los dominios del lobo, en su casa de París que me cedió con generosidad, a mis diecisiete años. También cómo me colaba de niño en su cuarto, cuando iba a casa de mis abuelos —sus padres, con los que aún medio vivía—, los cuales, muy religiosos, no debían de tener ni idea de que Jesús guardaba allí un arsenal de revistas eróticas, algo escaso en tiempos de la dictadura y que a mí me abrieron los ojos como platos. Era muy bromista, muy simpático, muy exagerado y muy fantasma. Como algún otro hermano suyo, sumamente mentiroso. No hace demasiado le leí en una entrevista un embuste que me hizo gracia: “Fíjate si hay gente malvada”, le decía al periodista, “que dicen que he nacido ¡en 1930!”, que era exactamente el año en el que había nacido (él andaba quitándose así como una docena). No le faltaba algo de razón: a veces hay que ser muy malvado para contar la verdad de alguien que intenta ocultarla.

Sus películas primeras son muy apreciables, Gritos en la noche, Rififí en la ciudad, la comedia Tenemos 18 años o el disparate musical Vampiresas 1930. Entre las incontables más que rodó hay de todo, pero no se puede negar que tenía imaginación y desfachatez y osadía. Incluso componía la música en ocasiones, bajos sus queridos pseudónimos. Según mi madre, era muy miedoso y aprensivo, como el personaje que interpretó como actor en la legendaria El extraño viaje, de Fernán Gómez. Cada noche despertaba a media casa con alguna alarma, la más llamativa de las cuales fue cuando una madrugada anunció angustiado a padres y hermanos que le había ocurrido algo mortal de necesidad: “Me he tragado la nuez, me estoy ahogando sin remedio”. Era incapaz de dormir sin una luz encendida y, según me confirmó mi primo Ricardo (que fue ayudante de dirección de bastantes películas suyas en los años setenta) seguía conservando esa manía todavía de adulto. Quizá por eso hizo tantas películas de terror. Confío en que en su última hora la habitación no estuviese a oscuras.

JAVIER MARÍAS

El País, 3 de abril de 2013

Juan Benet, 20 años de su muerte

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BENET (1)
BENET (2)
Javier Marías habla de Juan Benet
”El técnico y el sentimental”

Los artículos de Juan Benet siguen vigentes a los 20 años de su muerte

Hace veinte años que murió Juan Benet, autor de obras que han pasado a la historia de la Literatura española como Volverás a Región o Herrumbrosas lanzas, y su obra y su pensamiento, que el madrileño no escatimó compartir en sus artículos de prensa, siguen hoy “igual de vigentes” que entonces. “Siempre dijo que escribía para sí mismo, que no pensaba ni en el lector ni en el editor ni en nada; de hecho, creía que tenía mucha suerte cuando alguien le llamaba para editarle algún libro suyo”, recuerda su hija Juana en una entrevista con Efe.

Juan Benet está considerado como uno de los novelistas más originales de la narrativa castellana contemporánea y un gran estilista, aunque para algunos su obra resulta oscura y difícil. Sobre todo, se le conoce por su escritura, pero también fue Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y su profesión “le encantaba”. Juana cuenta que nunca le gustó el concepto de “intelectual comprometido”, pero recuerda que “como individuo español, opinaba mucho: de política, sociedad, de todo lo que pensaba que merecía una opinión”. Y sus artículos tienen hoy mucha vigencia. Recuerda Juana algunos escritos sobre la crisis de 1984, “cuando estaban los socialistas en el poder, que te valen para hoy”, u otro sobre una presunta prohibición de fumar en sitios públicos, que se hubiera podido “publicar hoy mismo”.

Con esa mente visionaria de la que habla su hija, Benet ya apostó en la conferencia inaugural de la XVIII Semana de la Carretera, en la Sevilla de la Expo 1992, por un concepto de la gran metrópoli del siglo XXI como una “necesidad indeseada y creada por una voluntad superior a la del individuo”. El escritor se mostraba convencido de que los ciudadanos del siglo XXI (a los que no llegaría a conocer) “serán capaces de hacer todo lo que esté en su mano para no habitar en la metrópoli o para huir de ella en cuanto hayan cumplido con las necesidades que le retienen allí”. Nada de visionario tuvo el título de su primer libro que vio la luz, una colección de relatos titulada Nunca llegarás a nada, en 1961. Porque Benet se reveló como un gran narrador con su primera novela, Volverás a Región, publicada en diciembre de 1967 tras años de elaboración, muchos rechazos y varias reescrituras, hoy de obligada lectura en el bachillerato. Su producción abarcó novelas, ensayos, colecciones de artículos, obras de teatro y relatos por los que recibió varios premios. Fue propuesto varias veces como candidato a la Real Academia Española de la Lengua, pero en ninguna ocasión obtuvo suficientes votos.

Javier Marías, un escritor que se reconoce discípulo de Benet, afirma en una entrevista publicada en la prestigiosa revista de cultura Jot Down que Benet fue para él “un maestro vital: alguien que me enseñó a mirar, a razonar, que tenía un oído finísimo para la música y un ojo extraordinario para la pintura. Sabía enseñarte a ver y oír”. Y refuerza el dato que comparte Juana de que era “muy divertido”, a pesar de la fama de huraño que le ha quedado.

“Era muy teatrero, con un humor muy especial: en casa -recuerda su hija-, nos teníamos que vestir casi de etiqueta para hacerle de público y escuchar las cosas que iba escribiendo, porque él compartía sus cosas con nosotros, nos pedía opinión y nos hacía leer, aunque a veces no entendíamos nada”. En ese sentido, Juana advierte que “no es un escritor fácil”. “Soy su hija y tengo que reconocer que tengo pendientes un par de cosas porque desde el vocabulario al estilo, todo es difícil, lo complica todo mucho y hay que dedicarle mucha atención. No son libros para leer en el metro, para nada”, resume. Su literatura se quedó para una élite, explica, “por su complejidad, no de los argumentos, sino del estilo, de su forma de escribir”.

Han pasado veinte años desde que un fulminante tumor cerebral detectado tres meses antes de su fallecimiento acabase con su vida un cinco de enero. En su casa, dice su hija, “aún todo recuerda a él”. En los hogares donde se aprecia la buena literatura, también.

ALICIA G. ARRIBAS

Efe, 5 de enero de 2013

Javier Marías escribe sobre Eduardo Mendoza

ENTRARÁ EN LOS ANALES

La figura de Eduardo Mendoza pasará a los anales no solo de la literatura espa­ñola, sino de la entera sociedad española. Nunca se ha visto nada igual en ella: a punto de cumplir setenta años, de los cuales lleva treinta y ocho como autor publi­cado y querido; tras haber debutado con una no­vela de enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, que además ha quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco; tras haber visto su larga trayec­toria acompañada de ventas masivas que se han mantenido hasta su obra más reciente, El enredo de la bolsa y la vida; tras ser elogiado de mane­ra constante por las reseñas más visibles (las de prensa) y también por los estudios universitarios de varios paí­ses, y contar sus novelas con numerosísimas traducciones a los principales idiomas así como a los más improbables (doy por hecho que están incluidos el vietnamita y el macedonio), resulta ser un escritor al que sus colegas, le­jos de tenerle la tirria que en nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y ensombrece a los demás, lo admiramos profunda y confesamente. Y no solo eso: también los periodistas, columnistas y tertulianos —gente proclive a encontrar defec­tos y a poner a caldo al transeúnte— hablan bien de él y de su obra con la mayor simpatía. Y no solo eso: en un país en el que a los individuos les suele reventar que triunfe alguien, aunque se dedique a algo que ellos nunca han tenido intención de pro­bar —recuerdo que mi padre decía que la verdadera envidia no es la de los colegas, comprensible, sino la del ama de casa a la que pone negra que un torero corte orejas, aunque ella jamás haya albergado el propósito de saltar a un ruedo—, resulta que hasta las amas de casa adoran a Mendoza y celebran sus hazañas. Conozco a centenares de ellas que darían gustosas el bolso por hacerse una foto a su lado.

No se trata, desde luego, de que Mendoza sea un hombre discreto y que no busque pelea, que sea modesto y no se pavonee de sus logros, porque ha habido otros que han sido así y les ha lucido el pelo: hoy, y en otro ámbito, el educado y respetuoso Pep Guardiola, cuyas educación y respeto sus enemigos han llegado a convertirlas en venablos que arrojarle al hoyuelo. Tampoco es que sea simpático y amable (que lo es): más alegre y simpático que Lorca parece que no había nadie, y ya sabemos cómo acabó, el po­bre; y nos parece, al leerlo, que no pudo existir hombre más grato, noble y risueño que Cervantes, y sin embargo se la cargó en vida, cuando Lope de Vega, sus partidarios y muchos otros no soportaron que un anciano intruso se sacara de la manga, cuando ya nadie esperaba de él nada, la mayor obra maes­tra de nuestra literatura, que además fue un éxito instantáneo e internacional entre los lectores de la época. No, aquí nadie se ha librado de los ataques y fobias, del vudú y el mal de ojo, por muy caballeroso que haya sido, o comedido en su comportamiento.

Y tampoco es que Mendoza haya sido esto últi­mo. En entrevistas, o en las columnas de prensa que escribió una temporada, suelta sus impertinencias, o proclama que la novela ha muerto para efímera indignación no tanto de quienes las escriben cuan­to de quienes desearían escribirlas y no se atreven o no les salen. Mendoza es cualquier cosa menos un pacato o un soso. No solo es gracioso en su litera­tura (a menudo), sino en persona. Si interviene en un acto, la sala está abarrotada. Si se presta a una sesión de firmas, la cola es interminable. Si pasea por la calle, los viandantes lo van parando, y nin­guno para increparlo, al contrario. ¿Puede alguien resultar más irritante? Difícil. Entonces, ¿por qué no irrita Mendoza, sobre todo en un país dispuesto a encolerizarse hasta con sus ídolos, a las primeras de cambio?

Si yo fuera él, no sabría, la verdad, si congratu­larme y bendecir mi suerte o preocuparme. En el se­gundo supuesto, la pregunta sería: “Con tanto como tengo a favor, ¿cómo es que no caigo mal y no mo­lesto, por qué no me ponen verde?” Pero no creo que se preocupe Mendoza por eso, porque salir indemne de este país-trituradora es algo que sospecho que ha buscado. No consigo olvidar que hace mucho, qui­zá tras la aparición de La ciudad de los prodigios, me dijo un día: “Estoy harto de ser, o de que se me considere, el primero de la clase”. No puedo evitar pensar que a eso, a dejar de serlo, se ha aplicado desde entonces, sin demasiado afán por otra parte. Lo que ya roza el milagro es que ha logrado no parecerlo, mientras sin embargo continuaba siéndolo. Los únicos que en realidad no se han dado cuenta de que seguía siéndolo son quienes otorgan premios oficiales o institucionales: ni el Cervantes, que merecería desde hace lustros, ni el Príncipe de Asturias, ni el llamado Premio de las Letras o sub-Cervantes, ni siquiera el Nacional de Narrativa que se concede año tras año a la supuesta mejor novela del anterior. Nunca se ha juzgado que ninguna de las suyas fuera digna de ese galardón, que ha recibido hasta el último mono. Bueno, miento: no lo obtuvieron jamás Juan Benet, ni Jaime Gil de Biedma en poesía, ni Juan García Hortelano… Prueba de que Mendoza pertenece a esa estirpe, la de los mejores. Razón de más para que se lo deteste, por tanto. No es así, sino al revés. Un insondable misterio. Un endemoniado enredo. Pasará a los anales.

JAVIER MARÍAS

Mercurio, noviembre de 2012

‘El bienvenido opio’

Creo que, por primera vez en mucho tiempo, una competición de selecciones nacionales (la inminente Eurocopa) va a ser libre y claramente aceptada como un oasis, una tregua, un paliativo, una evasión de la realidad, un mundo falso y paralelo, un bienvenido opio. Y que será abrazada como tal, sin vergüenza ni reserva ni remordimiento, no sólo por los Gobiernos europeos que la organizan y a los que conviene, sino por la mayoría de la población del continente. Sí, un antiguo comunista pondría el grito en el cielo, y no sólo condenaría esta actitud sino el campeonato mismo, al que tildaría de engaño, estafa, distracción de los problemas graves e infame placebo. Pero esta clase de denuncia tendría sentido sólo si la gente fuera inconsciente e ingenua y no estuviera al tanto de que el fútbol no le cambia la vida ni resuelve sus problemas ni los empeora; no procura un empleo al que carece de él ni pone fin a la precariedad y la zozobra del que aún lo conserva y teme perderlo todos los días.

No, los ciudadanos, con muy escasas excepciones, están hoy al cabo de la calle. Saben que durante los noventa minutos que dura un partido podrán instalarse en esa ficción (el fútbol pertenece a esa dimensión casi tanto como las novelas y las películas), y fingir, en consecuencia, que lo único que importa es el triunfo de su equipo, y que al lado de esto su desempleo, sus apuros económicos, su preocupación por el futuro de sus hijos, incluso su afectada salud, palidecen y pasan a segundo plano. He dicho fingir porque hoy conocen bien la verdad: que, una vez terminado el encuentro, todas las desdichas y los temores seguirán ahí, inalterados, independientemente de lo que su selección haya logrado. Y sin embargo se prestan a ese breve fingimiento, o es más, necesitan de él en mayor medida que en las últimas cuatro o cinco décadas, que ya es tiempo.

Esta droga que permite un pasajero olvido no les sirve tan sólo a los aficionados al fútbol: como es sabido, en la Eurocopa y en el Mundial casi todo el mundo acaba poniéndose delante de la televisión, extrañamente contagiado; hasta quienes no se sentarían ni una vez a ver evolucionar a jugadores, así fueran geniales, en los dos años que median entre competición y competición de alto rango. Los habitantes tienen una ilusión, algo de lo que estar pendientes en compañía del resto, y llega un momento en el que las victorias del equipo de un país no son importantes por la victoria en sí, sino porque cada una le permite avanzar y jugar un nuevo partido, que no sería posible si quedara eliminado: lo fundamental de los triunfos es que éstos posibilitan que dure un poco más el encantamiento colectivo.

La gente no está por tanto “narcotizada”, sino que ha comprendido lo cruciales que son los respiros, las sublimaciones, las ensoñaciones y los hechizos transitorios; no sólo los asume con plena conciencia de que son sólo eso, sino que los exige. En el caso de España, además, se llega a este campeonato con las expectativas ya colmadas por los pasados títulos europeo y mundial de 2008 y 2010, respectivamente. Es decir, sin ansia. Si el equipo fracasa, no habrá ningún drama, sino agradecimiento por lo que ya se conquistó en las anteriores citas. Será fácil achacar las posibles derrotas a las bajas de Puyol y Villa, o a la mala suerte, o al natural menor rendimiento de los jugadores más veteranos. Así que tampoco habrá que ver sospechosa y ridícula patriotería en el deseo de que la selección siga adelante, sino sobre todo lo ya apuntado: cuanto más lejos llegue España, más durará el oasis, la tregua, el paliativo que concluirá en todo caso, la bendita ficción que nos descansa.

Una de las razones por las que me hice novelista hace muchos años fue porque me parecía un oficio que merecía doble agradecimiento: no sólo lo pasaba bien uno, sino que contribuía —con suerte, claro— a que lo pasaran bien otros. Lo mismo se puede decir de quienes hacen cine o crean series como Juego de tronos o The Big Bang Theory. También de quienes saltan al campo y logran que durante noventa minutos suspendamos nuestras cuitas. Ahí continuarán una vez consumidos, y lo sabemos. Un campeonato como el que va a comenzar no nos engaña, nos alivia tan sólo, y eso ya es mucho en los tiempos oscuros.

JAVIER MARÍAS

El País, Eurocopa 2012, 7 dejunio de 2012

Traducir es celebrar

“Traducir es celebrar, iluminar una obra literaria, renovar su condición de clásica”. “La traducción es un proceso sin fin”. “Es como si la traducción no tuviera un autor, sino autores, una comunidad que crece según las distintas etapas o estadios de la lengua, según la época”, escribe Justo Navarro, autor, crítico y traductor, en las páginas dedicadas a la traducción de clásicos de todas las épocas, el tema que ocupa mañana la portada de Babelia

Desde aquí enlazamos otros artículos escritos en Babelia y en El País sobre el mismo tema por Justo Navarro (La traducción sin fin) y por Miguel Sáenz (Traducciones, ‘pachinkos’ y karaokes). También el texto publicado en Babelia (Mientras tú te rizas ese mechón) a finales del año pasado por Javier Marías, con motivo de la publicación de su traducción revisada de Tristram Shandy, de Laurence Sterne (Alfaguara), y una entrevista con Juan Gabriel Vásquez publicada en la revista Letras Libres,en la que habla largamente del tema de la traducción. Marías, que ha entrado en el catálogo de la colección Modern Classics, de Penguin, publica ahora su traducción, junto a Alejandro García Reyes y Miguel Temprano García, de Mitologías, de W. B. Yeats (Acantilado)…

Mª INÉS AMADO

El País, Papeles perdidos, 16 de marzo de 2012

El invisible amigo del sable

Desde que hace once años heredé el legendario y semiimaginario Reino de Redonda no son pocas las personas que han pasado a formar parte de mi vida sin presencia física alguna, o, dicho de otra manera, sin aportar un solo recuerdo material o real. Algunas de ellas, además, serán así ya para siempre, porque han muerto sin que nunca llegáramos a estar frente a frente, a vernos el rostro. Nos cruzamos tan sólo unas cuantas cartas, y por supuesto leí lo que habían escrito para ser publicado, y he visto —aún veo— sus fotografías.

Fue el caso del magnífico historiador del arte Francis Haskell, quien al poco de ser nombrado “Duke of Sommariva” del Reino, me escribió disculpándose con inverosímil delicadeza por haber aceptado el título sin saber que iba a disfrutarlo durante muy escaso tiempo: acababan de diagnosticarle una enfermedad incurable, lo cual, sin embargo, no hacía menguar su contento por pertenecer a una “aristocracia intelectual” ideada hacia 1945 por dos escritores extravagantes y oscuros, que dejaron a la posteridad más vidas singulares y dificultosas que una obra en verdad memorable. Fue también el caso del gran W. G. Sebald, quien en seguida me pidió que me olvidara del significado de sus iniciales y que lo llamara Max, y a quien en seguida atrajo la leyenda redondina. Estaba dispuesto, me escribió en una carta, a ocupar cualquier cargo “humilde”, por ejemplo el de “guardián de los dominios menores”, pero sus extraordinarios libros lo hicieron acreedor al título de “Duke of Vértigo”. Cuando murió inesperadamente, me enteré por un fax enviado por un librero de Londres, John de Falbe, que es el Real Librero de Redonda en el Reino Unido, y que por tanto se refirió a él por su “ducado”: “Stop-press”, rezaba: “Vértigo killed in car crash”, o, lo que es lo mismo: “De última hora: Vértigo muerto en accidente de coche”. Un íntimo amigo suyo desde la infancia, el pintor Jan Peter Tripp, me hizo llegar más tarde lo que podríamos llamar la “colilla” de uno de los lápices (al parecer los gastaba hasta casi consumirlos), que ahora guardo junto a sus libros: lo único material del hombre que nunca se materializó ante mi vista. Cada vez que veo en casa esa “colilla” de lápiz que sostendrían tantas veces sus dedos vivos, me viene indefectiblemente a la memoria —una asociación caprichosa— la empuñadura de sable que salió de la tumba de la que habló Claudio Magris en una de sus primeras obras, por la que siempre he tenido especial debilidad, Conjeturas sobre un sable. Fue cuando tres oficiales alemanes se presentaron en Villa Santina, en la región friulana de Carnia, en los años cincuenta, y exhumaron el cadáver de un soldado cosaco para llevárselo a otro cementerio: tal vez el del General Krasnov, que hacia el final de la Segunda Guerra Mundial había luchado en la zona, empleado y manipulado por los nazis, en la confianza de ver nacer allí, en esa fronteriza y montañosa parte del noreste extremo de Italia, una improbable y anacrónica Kosakenland o patria cosaca, esto es, un territorio no menos imaginario que el de Redonda, aunque se corresponda con éste una isla deshabitada de las Antillas. “Una empuñadura”, escribe Magris, “… que parece sugerir soledad, promesa de gloria y sello de vanidad, breve ilusión de seguridad y apoyo para la mano que la aferra y cree sentirse menos sola en el fluctuar de la cosas”. Acaso también mi mano se sienta así, menos sola, cuando empuño la “colilla” del lápiz de Sebald.


Cada vez que se otorga el Premio Reino de Redonda y a mí me toca escribir al ganador, explicarle la historia y preguntarle si tiene a bien aceptarlo, me recorre un temor a que el galardonado anual me tome por loco. No resulta fácil condensar en pocas palabras la leyenda de Redonda y de sus más bien malogrados reyes, la creación de su “nobleza literaria” y su actual pervivencia. Siempre tengo miedo de que el distinguido escritor o cineasta al que me dirijo arroje mi carta o mi fax a la papelera con un pensamiento displicente y breve: “Panda de lunáticos” o algo por el estilo. Es sin duda deseable —quizá necesario— que el premiado tenga sentido del humor y cierto gusto por los juegos estrafalarios. Cuando, en 2003, los “Dukes” del Reino decidieron otorgar el Premio que yo me limito a organizar y financiar a Claudio Magris, le escribí con el habitual temor y el debido respeto. Por lo que había leído de él, pensaba que una historia así no le parecería desdeñable, tantas son la comprensión y la simpatía que ha mostrado en su obra por personajes reales —convertidos por él en literarios— que se han desenvuelto mal en la vida, o que no han sabido medir sus capacidades o sus ambiciones, o en los que se ha cebado la desgracia, o que han salido perdiendo en las empresas que han acometido, o que han albergado la ilusión de ser más grandes de lo que eran: personajes, sin ir más lejos, como el propio Atamán Krasnov, el cosaco que pasó el penúltimo tramo de su ajetreada vida recorriendo y asolando el Friuli, bien lejos de sus orígenes. Pero, al mismo tiempo, Claudio Magris transmite una imagen de gran rectitud moral, la cual va acompañada demasiadas veces de una excesiva seriedad, por lo que asimismo temía que esa dinastía excéntrica de reyes nunca reinantes y literarios le pareciese una frivolidad excesiva.

Magris, sin embargo, no sólo aceptó de buen grado y divertido el Premio, sino que eligió, probablemente, el título más humorístico de la historia entera de Redonda, “Duke of Segunda Mano”. Desde entonces ha pasado a ser otra más de esas presencias exclusivamente epistolares*, aunque yo conozca bien su rostro aún juvenil y algo ingenuo, por las numerosas fotografías, y desde luego su obra admirable. Es la persona más atenta y amable que se pueda imaginar, porque jamás deja de contestar a ninguna nota o envío de libro, incluso cuando contestar no hace falta. Lo hace además a mano, aunque, eso sí, con una letra tan difícil de desentrañar que cada tarjeta suya es para mí como —de nuevo— la aparición de una misteriosa empuñadura de sable a la que, al faltarle la hoja, le falta también su historia. Como nos escribimos en italiano, y es esa una lengua en la que me manejo con osadía pero que jamás he estudiado —la aprendí “por deducción” durante unos años en los que parte de mi vida transcurrió en Venecia, no lejos del Trieste en que habita Magris—, a veces le he pedido a una amiga veneciana que me “transcriba” lo escrito por el autor del Danubio, porque lo que no soportaría es quedarme sin saber lo que en cada ocasión me dice, o que no apareciera la hoja del sable. En esas cartas, por fortuna, está a la altura del autor que se adivina en sus libros: generoso, agudo, pausado, sereno, curioso, con un sentido del humor muy fino. Lleno de comprensión y de afecto, y sin eso que es casi imposible no encontrar en los escritores españoles (y me incluyo): malicia, por no decir algo peor.


Todavía no nos hemos conocido personalmente, pero tengo la sensación, muy grata, de que eso poco importa. Hoy en día, con tantos viajes, con tantos “encuentros” entre escritores y “festivales literarios” a los que casi nunca acudo, parece extraño que pueda darse una amistad sin que los amigos se hayan visto la cara ni hayan compartido una conversación. No siempre fue así: antiguamente las personas solían estarse en su sitio, y se carteaban. Y era mucho más frecuente la existencia de “amigos invisibles”, que no por no verse eran amigos de una calidad inferior. Es más, esas amistades lejanas y lentas no están expuestas a vaivenes ni desgastes ni roces, y por ellas pasa el tiempo como debe pasar para los individuos, según las propias palabras de Magris: “… mientras que para un individuo doce años pasan como la espera bajo una marquesina, cuando se ha perdido un enlace de trenes y se aguarda allí sentado al siguiente sin perder de vista las maletas, para la historia una docena de años es una época, llena de grandes avatares y mutaciones decisivas…” Si un día por fin nos encontramos, para mí será un honor y un placer seguro. Pero no es necesario. No, por supuesto, para mi admiración literaria. Para mi estima personal, tampoco. Y al fin y al cabo, si se me apura, quizá esto sea lo más adecuado en el territorio que nos ha acercado: una isla que ni él ni yo hemos visto nunca, habitada sólo por alcatraces y cabras y serpientes y ratas, y por los fantasmas de los contrabandistas que en los siglos XVII y XVIII se refugiaban en ella aprovechando que era de difícil acceso para los barcos. Su fama en las Antillas, se cuenta, es equivalente a la que en Europa tiene Tansilvania: el de un lugar algo espectral, acaso poblado por monstruos y seres fantásticos. Tan fantásticos como un Atamán cosaco de frondoso bigote blanco, con sable, que cabalgó hasta consumirse y yacer durante doce años en una tumba sin lápida, quizá sólo en la imaginación de los hombres, muy cerca de donde vive Magris. Que él siga viviendo ahí largos años individuales, o hasta las eternidades de Redonda y de Trieste, mejor dicho.

JAVIER MARÍAS

Turia, n.100, noviembre de 2011-febrero de 2012

[*Este artículo se escribió en 2008 cuando JM y CM no se conocían personalmente, acontecimiento que tuvo lugar en enero de 2011, en la entrega del Premio Nonino a JM y a la que pertenecen estas fotos]

Mientras tú te rizas ese mechón

En verdad hace tantos años que me disculparán cuando la memoria me falle. Acababa de cumplir veintitrés cuando Claudio Guillén, entonces flamante director de la colección Clásicos Alfaguara, me citó en una cafetería y me propuso traducir para él La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, que durante sus dos siglos y pico de existencia jamás se había podido leer en español. Con la inconsciencia de las edades tempranas, me apresuré a aceptar el encargo, para contento de Juan Benet, recuerdo, al que parecía escandaloso que nunca se hubiera traducido esa novela, y espanto de Vicente Molina Foix, que me vaticinó el más absoluto fracaso en el empeño y me auguró: “No sólo te dejarás la piel en el intento, sino el prestigio que hayas podido adquirir”. No es que gozara de mucho, francamente. Había publicado dos novelas precoces y me había atrevido a traducir un cuento de John Updike, ‘Museos y mujeres’, y el volumen de sombríos y maravillosos relatos de Thomas Hardy titulado El brazo marchito, en los que ya me había dejado unas cuantas capas de piel.

Pero Tristram Shandy era otra cosa: la edición de la Penguin English Library que yo había manejado como estudiante de Filología Inglesa sumaba casi 700 páginas de letra apretada, y la de 1792 que había en casa de mi padre, 822 repartidas en dos tomos. Su autor había nacido en 1713 (dentro de dos años se cumplirá su tricentenario) y había muerto en 1768, luego su inglés era naturalmente algo arcaico. Además de eso, Tristram Shandy se consideraba la novela más cervantina posterior al Quijote y el precedente más claro y directo del Ulises de Joyce: por la complejidad de su estructura y su excéntrica ambición, su carácter innovador e irrespetuoso, la dificultad de su lenguaje, sus endiablados juegos de palabras y su disparatada erudición, por sus atrevimientos sintácticos, tipográficos y de puntuación, por su incesante humor para muchos “intraducible”. No le faltaban motivos a Molina Foix para mostrarse agorero. La confianza de Benet contaba aquí poco: en realidad era un hombre optimista, despreocupado e irresponsable en lo que se refería a sus amigos. Siempre pensaba que saldríamos de todo con bien.

Al poco de contratar mi traducción, me marché a vivir a Barcelona, y fue allí donde, durante un par de años o quizá más, conviví a diario con Sterne y su Tristram Shandy, que en efecto me dejaron sin piel. Quiso el azar -o no fue el azar- que en el piso de arriba de donde yo vivía -un sexto- viviera, en el ático, Félix de Azúa, al cual le había encomendado Guillén, a su vez, la traducción de La religiosa, El sobrino de Rameau y Jacques el fatalista. En esta última obra Diderot había copiado casi literalmente algunos párrafos de Tristram Shandy, y Sterne, por su parte, había saqueado no poco (reconociéndolo casi siempre, eso sí) a Cervantes, Montaigne y Rabelais, de manera que Azúa recurría a veces a mi traducción en marcha y yo a su mejor conocimiento del francés, en busca de la exactitud de las fuentes. (Así como al Quijote sin intermediarios, claro está.)

Aparte de la traducción misma, escribí un millar de notas, algunas innecesarias, otras imprescindibles. Muchas, desde luego, las saqué de las ediciones británicas o americanas con que trabajaba (no tenía sentido ponerme a investigar lo que ya estaba investigado), pero otras habían de ser de mi cosecha por fuerza, así que me entró el vicio de la erudición y quise “mejorar” o completar las de los estudiosos anglosajones. Recuerdo mi enorme y absurda satisfacción cuando descubría las fechas de nacimiento y muerte de un oscuro cirujano francés mencionado en la novela, que se les habían escapado a mis predecesores, o datos que éstos desconocían sobre un aún más recóndito relojero suizo. Asomarme al abismo de enfermedad tan incontenible y de tan poca consecuencia me hizo jurarme que nunca entraría en la Universidad, lugar en el que es fácil acabar zampándose siete volúmenes para incluir un detalle que a nadie le importa, en una nota a pie de página que casi nadie se molestará en leer, o sólo para criticarla. Por la misma razón, la experiencia me vacunó también contra la tentación de escribir algún día una novela histórica, ese género al que hoy se entregan con alegría e Internet hasta quienes jamás han abierto un libro de Historia.

Pero la traducción de Tristram Shandy me sirvió sobre todo -además de para ganarme muy modestamente la vida durante aquellos años barceloneses- para aprender. El traductor no es sólo un lector privilegiado, como se dice a menudo. Es también un escritor privilegiado si lo que le toca es reescribir en su lengua una obra maestra. Si lo hace aceptablemente bien, habrá ejercitado su escritura con mucho mayor provecho que redactando “a ciegas” varias novelas inventadas por él. Con “a ciegas” quiero decir que esas creaciones suyas no tendrá con qué compararlas, mientras que su traducción deberá compararla continuamente con el original, lo cual le permitirá preguntarse: “¿He sabido hacer esto? ¿He logrado reproducir aquello? ¿He salido airoso de este desafío, de este enrevesamiento, de esta extrema dificultad? ¿He conseguido conservar la música, la agilidad, el donaire? De haber sabido Sterne español, ¿habría optado por lo que yo he optado? Y es más, ¿habría reconocido como aún suyo este texto, en una lengua en la que él habría sido incapaz no ya de escribirlo, sino de concebirlo?”

Por una de esas frecuentes casualidades del mundo editorial -sospechosamente frecuentes-, hubo dos traducciones más de Tristram Shandy en aquellos años setenta del pasado siglo, cuando, como he dicho, nunca se había podido leer en español desde su aparición por entregas entre 1760 y 1767. No soy quién para juzgar esas versiones; o sí, pero mi juicio parecería interesado y parcial. No me importó, en todo caso, porque mi experiencia y mi aprendizaje eran intransferibles. Vi desde dentro, literalmente desde su interior, cómo se hacía la novela “más libre” de todos los tiempos, según palabras de Nietzsche. Asistí a su creación y me encargué de su recreación. Vi cómo se podía suspender el tiempo una y otra vez, cómo se podían aplazar o diferir los acontecimientos, la historia, sin perder por ello interés; cómo era factible incorporar al lector al texto e interpelarlo, crearle la ilusión de intervenir cuando en realidad se lo estaba llevando de la nariz en mayor medida que en cualquier novela tradicional; cómo cabía ser grave y bromista al mismo tiempo, declaradamente imitador y profundamente original; cómo el ritmo de la prosa lo es casi todo a la hora de envolver y arrastrar al lector, la mayor lección junto con esta otra: hay que ser osado, pero no por serlo gratuitamente y para llamar la atención, sino porque siempre es uno quien manda en lo que escribe. Hay que andarse con cuidado, sin embargo, en la frecuentación de Tristram Shandy, porque ese libro hace al instante viejas cuantas obras se presentan hoy como voluntariosamente innovadoras o “rompedoras”. Demasiadas las envía al desván, nada más nacer.

Se reedita ahora aquella traducción mía abocada al fracaso, que finalmente salió en 1978, cuando acababa de cumplir veintisiete años. Al revisarla para corregir las erratas y omisiones que se colaron entonces y han persistido hasta hoy, se me aparece como una de esas tareas que uno no entiende cómo pudo llevar a cabo, del mismo o parecido modo que uno no entiende cómo, de niño, salvaba de un salto un enorme tramo de escaleras de mármol en el edificio de su colegio. Sin darse un batacazo y romperse la crisma, quiero decir. Pero también siento, de pronto, lo que el propio Sterne acertó a describir mejor que muchos: “No voy a discutir sobre esta cuestión: el Tiempo se desvanece con demasiada rapidez: cada letra que escribo me habla de la velocidad con que la vida sigue a mi pluma; sus días y sus horas [...] vuelan por encima de nuestras cabezas como nubes ligeras de un día ventoso, para nunca más volver; todo se precipita: mientras tú te rizas ese mechón, ¡mira!, se hace gris; y cada vez que te beso la mano para decirte adiós, y cada ausencia que sigue, son preludios de esa separación eterna que pronto habremos de padecer”. Ya me doy por contento con que, al cabo de treinta y tres años, cuando tantas nubes ligeras han volado por encima de nuestras cabezas, este texto que reescribí de joven aún encuentre lectores y no esté caduco, aún se pueda leer.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 30 de diciembre de 2011

Algo que nos perturba


Tras terminar los tres volúmenes de Tu rostro mañana, en verdad creí que no escribiría más novelas. Que me había agotado en todos los sentidos y no tenía más que decir en ese campo. Por fortuna o desdicha, siempre hay algo que nos perturba lo suficiente para volver a sentarnos ante la máquina.

Como pasa a veces, la idea que me rondaba antes de empezar a escribir Los enamoramientos se quedó fuera de ella, o sólo entró sesgadamente. Era esta: una mujer se une al hombre que le causó la desgracia mayor imaginable, a sabiendas. Es una forma de reparación extraña. Es también una venganza extraña: se obliga al causante del mal a “restituir” la felicidad robada y a convivir con una de sus principales víctimas, la mujer que va a conservar siempre el recuerdo de su marido muerto. En la novela se bordea esta situación o idea, que sin embargo no está en ella, o no con la nitidez que me movió a darle de nuevo a la tecla.

Lo que ha resultado el núcleo de Los enamoramientos empezó siendo, en cambio, algo accesorio, instrumental. ¿Cuál podía ser esa desgracia? Recordé lo ocurrido a una amiga años atrás: su complacida contemplación de una “pareja perfecta”, el posterior descubrimiento de que el hombre había sido asesinado de manera absurda, pésima suerte. Por varias razones, la historia había de contarla una mujer. Con una excepción breve, mis narradores habían sido siempre masculinos. Miré a mi alrededor e hice memoria: conozco a un montón de mujeres reflexivas e inteligentes, cuyas cabezas no se diferencian apenas de las de los varones reflexivos e inteligentes que conozco. Más de una vez me he encontrado con este reproche respecto a esa narradora, María Dolz: “Una mujer no piensa así”. Para mí no hay mayor desprecio que hablar de “las mujeres” como si fueran uniformes, perros o gatos. En todo caso, y si no la había, ahora hay al menos una mujer que piensa “así”. Pues también cuentan -contamos con ellas- las criaturas que sólo existen en la literatura. Esa es la fuerza de la ficción, que se incorpora a nuestro conocimiento y a nuestra experiencia casi tanto como lo real. E incluso, cuando la realidad es pálida, a veces nos constituye un poco más.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

‘El escritor aislado’

  Creo que la mayoría de los escritores tendemos a sentirnos aislados y además deseamos estarlo, sobre todo a partir de cierta edad. Quizá no sea así al principio -y para los que empiezan jóvenes-. En años tempranos se produce la ilusión de pertenecer a un nuevo grupo o generación, supuestamente renovadores. A menudo se desprecia a los autores que nos precedieron justo antes, principalmente a los del propio país o a los de la propia lengua. Se los juzga equivocados, desfasados, antiguos, no se tiene ninguna conmiseración por ellos y hay prisa por jubilarlos. De manera a veces injusta, se les niega toda valía y se los considera un tropiezo en la historia de la literatura, destinado a pasar pronto al olvido. Esos jóvenes saltan por encima de sus padres literarios y con frecuencia “recuperan” a sus abuelos, a los que ya ven débiles, poco amenazantes y en retirada. Pero esta sensación de compañía y combate, de formar parte de un grupo “innovador”, no dura mucho. En el momento en que un escritor deja de mirar a su alrededor, deja de preocuparse por el “estado” o el “futuro de la literatura” en su país o en su lengua -descubre que eso es lo que menos le importa y que además no es responsabilidad suya-, y se dedica a lo que le toca dedicarse, es decir, a escribir su obra como si no hubiera ninguna otra en el mundo, en ese momento comienza a sentirse aislado. En parte por su propia voluntad, en parte porque no le queda más remedio si quiere sacar adelante sus escritos.

 No se trata sólo, claro está, de la famosa -y cierta- soledad en que lleva a cabo su tarea, sobre la cual mucho se ha escrito y que no tiene mayor transcendencia: es la forma de pasar sus días que el novelista elige -el novelista más que el poeta, el dramaturgo o incluso el ensayista-, como otros individuos eligen o se ven obligados a pasarlos en una oficina o en una fábrica, en permanente acompañamiento. Se trata, más que nada, de la necesidad que siente de ser casi único, de no verse ya nunca más como mero miembro intercambiable de una generación o grupo, ni siquiera como “hijo de su tiempo”. Nada molesta tanto al verdadero escritor como los críticos, los profesores y los periodistas culturales, que se empeñan en ponerle etiquetas y encuadrarlo, en establecer relaciones entre su obra y la de sus contemporáneos, en adscribirlo a tendencias a las que presuntamente pertenece, o a movimientos, o a modas, en calificarlo de “novelista realista” o “histórico” o de “autor literario” -esa gran estupidez y redundancia que ya ha adquirido carta de naturaleza en nuestra estúpida época-, o de cultivador de la “autoficción” -otra de las majaderías hoy reinantes-, o de “escritor postmoderno” -nunca he sabido lo que significaba ese adjetivo, que por suerte ya va cayendo en desuso-. También le revienta, al verdadero escritor, que se le busque y adjudique un “lugar” en la tradición de su país o de su lengua, que se lo “entronque” con esa tradición o con los viejos maestros. El escritor sabe que el país en que nació y la lengua en que se expresa son importantes, pero secundarios, algo hasta cierto punto accidental, azaroso y reversible. Sabe que Proust podría haber existido en italiano o inglés, Lampedusa en español o alemán, Thomas Mann en checo o en sueco, incluso Cervantes en francés o portugués: sabe que la lengua no es más que un vehículo, una herramienta, nunca un fin en sí mismo ni algo sagrado, en modo alguno superior a quienes se valen de ella. No determina nada, o si acaso sólo en los autores “ornamentales”, aquellos que en español, por ejemplo, parecen querer oír “¡Olé!” tras cada frase castiza, primorosa o garbosa. De poco le sirve al escritor compartir el idioma con Shakespeare o Dante, Montaigne o Hölderlin, Conrad o Nabokov o Wittgenstein. Menos aún cuando recuerda que los tres últimos cambiaron de lengua en algún momento de sus vidas y eligieron en cuál deseaban expresarse.

 Al escritor le fastidia todo esto, y es conveniente que le fastidie. Porque sólo si trabaja en la falsa creencia de que su libro es el único libro existente en el mundo, logrará sacarlo adelante y completarlo. Si levanta la cabeza de la máquina o del ordenador -yo escribo aún a máquina-, si mira hacia el pasado o hacia el futuro y ve su trabajo reducido a un nombre más en una inacabable lista; o si mira hacia el presente y se distrae preguntándose cómo les va a sus colegas, qué estarán haciendo y qué han conseguido y cuánta originalidad o profundidad hay en ellos; o si piensa en sus predecesores y no digamos si se deja aplastar por cuanto de maravilloso se ha escrito antes y seguramente se escribirá después de su vacilante paso por la tierra, entonces está perdido. Por eso el escritor precisa aislarse, mientras escribe. No hace falta decir que sólo entonces. En realidad sabe bien que su creencia, como acabo de decir, es falsa y además pasajera. Sabe que su obra, una vez que salga de su habitación y se exponga a otros ojos y sea publicada, se confundirá con centenares de millares de otras obras, y la verá como una gota en el océano que, como todas las demás, pedirá ser atendida. Tendrá la sensación de que, si algo es, es superflua.

 Al escritor actual, además, no le cabe ya la posibilidad o consuelo de pensar en la posteridad, de refugiarse en lo venidero lejano, de confiar en que el tiempo haga su labor de selección misteriosa y lo señale un día en el que él ya no estará presente. Pensar en la posteridad siempre fue un poco ridículo y un bastante patético. Hoy en día es grotesco, cuando la duración de las cosas se va reduciendo siempre más y más -y a velocidad de vértigo-; cuando la aparición de una película, una música, un libro, los convierte ya en “cosa pasada”; cuando da la impresión de que sólo existe lo que aún no existe y se anuncia, y de que la mera existencia de algo -la película que ya puede verse, la música que ya puede oírse, el libro que ya puede leerse- dictamina su caducidad, lo hace “pretérito”. Esto ya está visto, oído, leído, venga ahora algo nuevo, es decir, que debamos aguardar todavía. Es como si la idea de perdurabilidad perteneciera ya sólo a otras épocas, y dicha perdurabilidad, por tanto, estuviera nada más al alcance de aquellos que ya la lograron -Shakespeare, Montaigne, Cervantes, incluso Conrad y Nabokov- en los tiempos en que tal idea tenía cabida o era posible. Como si ya no fuera alcanzable para ninguno de los que estamos vivos. Pensar hoy que se nos recordará está reñido con el hoy que vemos, en el que todo resulta “viejo” por el simple hecho de haber nacido. Es incompatible con cuanto nos rodea; es, en efecto, grotesco, y el escritor actual se siente por ello aún más aislado y fugitivo. “En realidad sólo existo mientras escribo”, piensa. “Es decir, mientras nadie me ve y mientras nadie conoce lo que estoy haciendo. Paradójicamente, existo sólo mientras mi tarea y yo estamos ocultos, cuando para el mundo aún no somos. Dejaremos de existir, en cambio, y nos confundiremos con la turbamulta impaciente y veloz que todo lo engulle y digiere y expulsa, en cuanto aparezcamos”. “Publication is the auction of the mind of man”, escribió Emily Dickinson, y es una cita a la que recurro a menudo: “La publicación es la subasta de la mente del hombre”, o “de la mente humana”, como se prefiera. Es el infame contacto con lo exterior, con la muchedumbre, con los millones de páginas parecidas a las nuestras, animadas por semejante impulso. Es la obligación de vernos enmarcados en la tradición, sea la de nuestro país, la de nuestra lengua o la de la historia entera de la literatura (como nota a pie de página, probablemente). Es la evidencia de que, lejos de ser únicos, tenemos mucho que ver con nuestros predecesores y con nuestros contemporáneos: de que los primeros, a los que tal vez ni siquiera hemos leído, hicieron lo mismo que nosotros mucho antes; y de que los segundos, sin conocernos ni saber de nuestra existencia, escriben cosas enojosamente conectadas con las nuestras. Es el doloroso momento de aceptar que hay un Zeitgeist, y de que estamos involuntaria e inconscientemente a su servicio.

 De vez en cuando hay un recordatorio aún mayor de que somos un nombre más que se añade a otros muchos, de que formamos parte de una lista. Esta ocasión es uno de esos recordatorios, aunque se revista de la forma más agradable posible. Creo que, entre los premios que he recibido (la mayoría extranjeros, rara vez españoles), nunca había sido honrado con uno tan antiguo como este Premio de Literatura Europea del Estado Austriaco, que comenzó a otorgarse, según he visto en su lista, en 1965. En ella encuentra uno nombres, por tanto, que no sólo admiró desde muy joven -cuando sólo era lector, y ni siquiera escritor oculto-, sino que le parece que estuvieron a tiempo de alcanzar la posteridad, puesto que su época admitía aún ese concepto: nombres como el del gran poeta Auden y el dramaturgo Ionesco, el magnífico Italo Calvino y Simone de Beauvoir, Dürrenmatt y Manganelli. Figuras que uno vio como extraterrestres, en algún caso desde la infancia, y con las que estuvo seguro de no tener nada que ver, inalcanzables, por la distancia de edad y por la distancia artística. Luego ve otros nombres admirables, pero de escritores aún vivos o recién muertos y pertenecientes, en consecuencia, a los tiempos confusos, desmemoriados y raudos en que nos movemos: Kundera y Rushdie, Esterházy y Lobo Antunes, Eco y Semprún, Barnes y Enquist y Magris. A alguno de ellos lo he conocido brevemente, incluso, pero -cómo decirlo- para mí siempre han sido “ellos”, “los otros”, aquellos a quienes leía y de quienes me sentía separado. De modo que al recibir este Premio de Literatura Europea del Estado Austriaco, no puedo evitar experimentar una gran perplejidad (a la vez que agradecimiento) al ver mi nombre añadido a una lista que me hace ser menos yo y existir menos. O tal vez me haga existir un poco más, quién sabe, cuando, como ahora, no estoy encerrado en mi habitación, o a escondidas, tecleando en mi vieja y anacrónica máquina (o “jugando en casa, como un niño, con papel”, como dijo Stevenson), y en modo alguno puedo creer que mis libros estén aislados. Cuando con benevolencia y claridad se me muestra, por el contrario, que, me guste o no, forman parte de una muy larga y noble cadena llamada literatura europea. Muchas gracias.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 3 de septiembre de 2011

[Javier Marías recibió el pasado mes de julio en Salzburgo el Premio de Literatura Europea del Estado Austriaco . Este es el discurso que pronunció en la entrega del galardón.]

Javier Marías recuerda a Vicente Aleixandre

La colección ‘Poetas y ciudades’ viaja a la Málaga añorada por Aleixandre

[...]

Los escritores Javier Marías y José Manuel Caballero Bonald contribuyen con textos preliminares a esta reedición de Sombra del paraíso. El autor de Corazón tan blanco rememora las visitas a la casa del poeta, que conservaba a pesar de su avanzada edad una extraña pureza que le mantenía bondadoso y le permitía exhibir “una capacidad de sorpresa admirable”. Para Marías, Aleixandre era un hombre de cualidades infrecuentes en España. “Nunca fue muy conocido del público, ni siquiera cuando recibió el Premio Nobel, y es una verdadera lástima que un país como éste, en el que no abundan los personajes a la vez generosos, inteligentes y cálidos, se lo perdiera en gran medida como persona”, lamenta…

Diario de Sevilla, 25 de julio de 2011

‘El espantoso futuro del héroe’

Por mucho que algunos optimistas se empeñen en hablar, cada cierto número de años, de unas posibles vigencia o resurrección del western, me temo -y bien que lo lamento- que se trata de un género casi muerto y enterrado, perteneciente a otros tiempos más crédulos, más inocentes, más emotivos y menos aplastados o sofocados por la plaga atroz de lo políticamente correcto. Cada vez que se estrena una nueva película del Oeste, con todo, voy a verla, aunque ya con poca esperanza. En el último decenio recuerdo tres inútiles remakes muy inferiores a sus modelos, cuando además éstos no eran precisamente obras maestras: El tren de las 3:10, de James Mangold; El Álamo, de John Lee Hancock, y Valor de ley, de los hermanos Coen, todos ellos hechos rutinariamente y sin convencimiento, mucho menos inspirados que los ya irregulares originales de Delmer Daves, John Wayne y Henry Hathaway, respectivamente. También recuerdo la interesante pero mortecina El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik, la sosísima y carente de alma Appaloosa, de Ed Harris, la insoportable Enfrentados, de David von Ancken, y la australiana La propuesta, de John Hillcoat, de la que mi memoria no ha guardado una imagen. Los únicos westerns recientes que han logrado entusiasmarme han sido televisivos: Los protectores, de Walter Hill, y la serie Deadwood, cuya tercera y última temporada nadie se ha dignado publicar en DVD en España, lo cual da idea del escaso éxito que en ese mercado debieron de cosechar las dos magníficas primeras. Un poco más antigua que todas estas producciones, Open Range, de Kevin Costner, es el último western realizado para la gran pantalla que a mi modo de ver valió la pena, pese a que esté de moda, desde hace lustros, poner por los suelos cuanto hace ese estimable actor y director.

"Deadwood"

¿Qué ha sucedido, para que un género que dio en el pasado incontables obras maestras y aún más incontables películas estupendas, o por lo menos dignas, languidezca de forma harto penosa? Quienes hoy lo abordan ocasionalmente lo hacen por capricho y con amaneramiento en el mejor de los casos, si es que no con ampulosidad y con espíritu arqueológico. Lo que nunca tienen es naturalidad ni frescura ni algo de ingenuidad, elemento este último imprescindible. Dicho de otro modo: no se creen lo que cuentan y muestran, no se atreven a creérselo, la épica les parece anticuada, ridícula cuando no vergonzosa, y, absurdamente, desconfían de la posible complejidad de sus personajes y de sus historias. Si digo “absurdamente” es porque el western ha ofrecido algunos de los personajes e historias más complejos del arte cinematográfico. John Ford no es menos profundo que Orson Welles -era éste quien admiraba a aquél-, ni Anthony Mann que Bergman, ni por supuesto Peckinpah que tantos charlatanes hoy venerados como Von Trier o González Iñárritu.

Quizá algo tenga que ver lo siguiente: el western ha sido un género que tradicionalmente ha expuesto como aceptables -en serio, y no como caricatura- sentimientos y conductas que hoy escandalizan a la hipócrita masa mundial de biempensantes voluntariosos; es decir, de aquellos que se esfuerzan con ahínco por apartar de sí, y además condenan, una serie de pasiones connaturales a la humanidad de todas las épocas. En el western el odio no está mal visto, ni el afán de venganza, ni la ambición, ni la obstinación infinita en la persecución de un enemigo, el deseo de hacerle daño o matarlo, ni la búsqueda de reparación a un agravio, también la de justicia a veces. Los personajes interpretados por James Stewart en Winchester 73 y El hombre de Laramie, ambas de Anthony Mann (por ejemplo, y por recurrir a dos películas no especialmente violentas ni despiadadas), son capaces de abandonarlo todo y dedicarse en cuerpo y alma a la caza de quienes acabaron con la vida de su padre y su hermano menor, respectivamente. El primero, Lin McAdam, no tiene otra ocupación que la de perseguir por medio Oeste a un individuo llamado Dutch Henry Brown, que no es sino su propio hermano y que asesinó al padre de ambos por la espalda. El segundo, Will Lockhart, se instala en un absurdo pueblo en el que nada se le ha perdido, Coronado, porque allí se lo ha maltratado y arrastrado con un lazo y porque se malicia que algún individuo del lugar vendió a los apaches los rifles de repetición con los que éstos emboscaron y mataron a su joven hermano, soldado de Caballería. Por así decir, nada más cuenta para McAdam y Lockhart, el resto de su existencia -si hay resto- está a la espera, indeterminado, suspendido por la única tarea que les importa. Los personajes del Oeste a menudo carecen deliberadamente de futuro, o es más: temen que, una vez concluida la misión que se han impuesto, se les aparezca esa noción incómoda, la de futuro, sin la que la humanidad de nuestros días es en cambio incapaz de vivir y por la que andamos todos endeudados y esclavizados. Tal vez por eso en los westerns se nos suele hurtar o escamotear esa fase: las películas terminan casi siempre cuando el protagonista ha hecho lo que sentía que debía hacer; se nos suele evitar ese momento horrible en el que levanta la cabeza, mira a su alrededor y, como si saliera de un sueño, ya apaciguado, ha de preguntarse: “¿Y ahora qué? No he muerto en este empeño. ¿Qué me toca hacer ahora con esta vida que he conservado?”.

"El hombre que mató a Liberty Valance"

Una de las mejores películas de la historia del cine, El hombre que mató a Liberty Valance, de Ford, no nos muestra tampoco esa vida, pero nos obliga a imaginárnosla. Es éste, en verdad, un western que marca un antes y un después en la historia del género, por varios motivos, no sólo por el apuntado, del que me ocuparé más tarde. Contiene un breve tratado de política, una disertación shakespeareana sobre la libertad de expresión y de elección y un dilema ético explícito. El personaje de nuevo interpretado por James Stewart, Ransom Stoddard, viene del Este, es abogado, se sorprende y espanta ante la brutalidad del bandido Liberty Valance y la impunidad de que goza, amparado por los grandes rancheros que lo contratan de vez en cuando y por el miedo que siembra entre la población de Shinbone, otro pueblo perdido en el que Stewart decide asentarse porque sí, porque allí ha sido afrentado y tundido con el mango de un látigo. Pero pretende imponer la ley y llevar a Valance a juicio y a la cárcel, ante la irrisión o el pavor generalizados. (La historia es bien conocida a estas alturas; quien se la sepa, que me disculpe). El personaje que encarna John Wayne, Tom Doniphon (que tiene una de las historias más tristes que yo he conocido), le advierte desde el primer momento que deberá procurarse un arma y aprender a usarla, que allí no hay ley ni juicios que valgan. Stewart se resiste, pero al final no le quedará más remedio y, contra toda verosimilitud y pronóstico, mata a Liberty Valance en un aparente duelo desigual: el pistolero experto, jactancioso y temido cae ante un hombre vestido con un delantal de cocina y que jamás había disparado contra nadie. Más adelante, cuando Stewart se niega a aceptar un nombramiento político -con el que iniciará una larga carrera que lo llevará hasta el Senado- por estar su prestigio basado en un hecho de sangre que contraviene todos sus principios, John Wayne le explica lo sucedido: fue él, y no Stewart, quien, oculto en un callejón, mató a Valance con una escopeta que disparó a la vez que Stewart disparaba su único y atolondrado tiro. Ante la sorpresa mayúscula de éste, que le pregunta por qué lo hizo, por qué le salvó la vida condenándose así a perder a la mujer que amaba, Hallie, que aquella misma noche descubrió o reconoció su amor por Stewart al verlo al borde de la muerte, Wayne responde con sobriedad (ningún otro actor ha sido capaz de expresar tantas cosas con una sola mirada, en ésta y en otras películas): “Asesinato a sangre fría. Pero yo puedo vivir con eso”. No puede resumirse mejor en tan pocas palabras la profundidad y la complejidad frecuentes en los westerns: en ellos se tiene en cuenta que no todos los hombres son iguales, que unos son capaces de arrostrar ciertos hechos, ajenos o propios, y otros no (Stewart no habría sido capaz, desde luego); que a algunos el futuro no les importa nada, aunque exista, como en el caso de Tom Doniphon, que por encima de todo deseaba la felicidad de Hallie aunque eso supusiera su propia desdicha, y que para conseguir aquélla cometió un asesinato a sangre fría con el que permitió que viviera el hombre a cuyo lado se quedaría ella (dicho sea de paso, uno de los personajes, en la memorable interpretación de Vera Miles, más conmovedores de John Ford, y eso es decir mucho).

La película empieza y termina con el entierro de Wayne, al que acuden desde Washington el ahora senador Stoddard y su mujer, Hallie, envejecidos, muchos años después de los hechos. Los periodistas de Shinbone, que desean saber por qué tan importante político se ha desplazado tan lejos, hasta un lugar perdido del Oeste, sólo para asistir a un entierro, se preguntan al principio: “¿Quién ha muerto en el pueblo?”. Ni se han enterado. Y cuando se les dice el nombre, Tom Doniphon, ni siquiera saben de quién se trata. El espectador atento se ve obligado, como dije antes, a imaginarse los largos años de soledad y ostracismo y olvido del personaje de John Wayne, aislado en su pequeño rancho de las afueras junto con su fiel criado negro Pompey, viendo pasar los decenios sin esperanza ni cambios -su suerte echada para siempre-, probablemente abismado en el recuerdo de aquella lejana noche en la que cometió un asesinato a sangre fría (de un individuo bestial, bien es cierto; “Un asesinato. No más”, como dijo una vez el mosquetero Athos), que en modo alguno le convenía. Es uno de los pocos westerns en que, si no asistimos a él, sí nos vemos forzados a figurarnos el espantoso futuro del héroe, una vez que ha cumplido con su cometido. Una vez que ha llevado su elección a cabo.

Nuestra sociedad no admite que todos los hombres no son iguales, como tampoco lo son las mujeres. No admite que unos se horrorizan de lo que se ven obligados a hacer, o acaso lo escogen, y otros no tanto, los que están dispuestos a asumir su responsabilidad o su condena y a soportarlo. Sino que cree que todos han de pensar lo mismo y abstenerse, en todo caso, de hacer lo que la mayoría juzga condenable. No acepta que algunos crímenes son menos crímenes, según quién y contra quién los cometa, según también por qué causa. Conoce el odio, la codicia y el afán de venganza, ya lo creo, pero finge no conocerlos en su gran virtud, y por supuesto abomina de quienes no lo fingen y le recuerdan a esa sociedad su verdad y su pasado; no digamos de quienes abrigan un odio imperecedero o se toman la justicia por su mano. Con razón, no lo niego. “No estamos en el salvaje Oeste”, se oye o se lee a menudo. Y así es, por suerte. Pero tal vez ha llegado una época tan pusilánime que ni siquiera tolera ya bien las historias serias de otros tiempos, cuando los hombres eran menos respetuosos de la ley y menos obedientes y justos, pero también más complejos, más contradictorios y más profundos.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 16 de julio de 2011