Reseña

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Javier Marías: Así empieza lo malo

La semilla de Así empieza lo malo estaba ya claramente perfilada en la anterior novela de Javier Marías, Los enamoramientos, donde se narraban las bajezas y villanías justificadas por una idea tan sacralizada y noble como es el amor, constatando de paso que el número de crímenes desconocidos es infinitamente superior a los sabidos, y que la cantidad de delitos impunes resulta abrumadora frente a los efectivamente castigados. En Así empieza lo malo se entra a fondo en ese territorio del delito, la impunidad, la culpa, la corrupción y el castigo o la venganza que en el anterior relato quedaba solo en un apunte episódico. Un área narrativa que entronca con nitidez con el drama de Hamlet, del que Marías extrae no solo el título de su novela, sino también meditaciones y esquemas de actuación de los personajes. Averiguar la veracidad o falsedad de un comportamiento criminal bajo la dictadura franquista y explorar una traición menor, pero de desproporcionadas consecuencias en la vida conyugal de un matrimonio en los años de la Transición política, alimentan de material genuinamente novelesco un libro que demanda ser leído con apetito, de un tirón, con la avidez de seguir las inesperadas peripecias íntimas de varias vidas cruzadas, donde el tono reflexivo no aminora el ritmo sostenido de los descubrimientos permanentes en existencias repletas de secretos.

La genealogía shakespereana del texto -algo ya clásico en la narrativa de Marías- está indicada al lector, de forma irónica, con el nombre del protagonista: Juan de Vere, a quien le proporciona el apellido el conde de Oxford, Edward de Vere, cortesano y dramaturgo de la época isabelina al que algunos estudiosos han atribuido la verdadera autoría de los dramas firmados por Shakespeare. Juan de Vere, pues, además de incorporar algunos rasgos del propio Javier Marías cuando comenzó a publicar sus primeras obras, porta un apellido vinculado más o menos imaginariamente a William Shakespeate, de modo que personas y personajes quedan entrelazados con este.

El autor de Corazón tan blanco ha dado a sus lectores, en recientes entrevistas, alguna pista más, señalando el Acto II, Escena I, de Hamlet, donde dialoga el cortesano Polonio con su criado Reinaldo. W. H. Auden consideró a Polonio como “una suerte de mirón en lo que atañe a la vida sexual de sus hijos.” Y, en efecto, en esa escena solicita a su sirviente que sonsaque los episodios más salaces y los detalles más escabrosos de la sexualidad de su hijo Laertes: “Esos deslices locos y lascivos que son famosos compañeros de la juventud y la libertad.” Idéntico encargo recibe el joven Juan de Vere, a quien el director de cine Eduardo Muriel le encomienda averiguar la intimidad sexual de su amigo el doctor Van Vechten, significado franquista, con tal de saber si fue un generoso protector de los vencidos o un desalmado e hipócrita criminal con ellos. Solo que las pesquisas se complican aún más cuando De Vere decide, por cuenta propia, indagar también en la vida íntima de la esposa de Muriel, Beatriz Noguera, atraído por el secreto último que esta esconde y por una sensualidad apenas autoconfesada. Así comienza una concatenación de revelaciones y reflexiones que no dan tregua hasta la página final del libro.

Que Marías sea familiar de un cineasta como Jesús Franco, y que las edades de ambos en el periodo de la Transición coincidan con las de los personajes de Así empieza lo malo, se ha prestado a cierta interpretación autobiográfica. Pero sin negar que el novelista madrileño ha condescendido con cierto juego de “autoficción”, la verdad es que De Vere y Muriel son dos construcciones autónomas, con vida independiente de lo biográfico, siendo el cineasta Muriel uno de los grandes personajes de la literatura en lo que llevamos del siglo XXI. Parece elaborado a partir del parche que tapa su ojo tuerto, ese globo ocular izquierdo muerto que cercena su ángulo de visión. Javier Marías llega a enumerar a todos los cineastas con parche -una lista insospechadamente larga, cierto-, pero lo sustancial es que esos límites en la visión constituyen una potente metáfora central en la novela. Nuestra percepción de las cosas es siempre parcial, limitada, con unos datos inequívocamente vistos y otros muchísimos más deducidos o bien obtenidos de segunda mano en versiones interesadas. Un cuadro, nos dice Marías, “plagado de trazos involuntarios y precipitados y tuertos.”

Esto justifica lo que se ha bautizado a veces como el manierismo de Marías. Juan de Vere pocas veces puede ser categórico. Ve algo, pero se le oculta el resto. Debe conjeturar, presuponer, deducir. De ahí las oraciones disyuntivas, las anáforas de frases que comienzan reiteradamente con “quizá”, o aquellas repletas de “nos” o de “nuncas”. Junto a ello, Marías ha alcanzado una destreza incomparable en el diálogo y el habla coloquial, cuyo vocabulario y modismos sitúan a sus personajes en una época, una clase social, una adscripción política, un estado emocional. Algo que combina con soberbias etopeyas, retratos maestros -por algo ha ejercitado con penetración el género de la “semblanza”-, pero al mismo tiempo, los personajes no se muestran íntegros, la inteligente observación de Juan de Vere detecta en ellos amplias zonas oscuras, resortes inaccesibles, recovecos imposibles de descifrar, exactamente lo mismo que en la vida real. Al dejar que ese lado borroso o ininteligible cobre existencia propia, Marías proporciona a su historia una enérgica veracidad. ¿Se debe quitar la careta a todo? ¿Es lícito cerrar la boca ante graves faltas propias o ajenas? ¿Qué hacer entonces con los secretos revelados que evidencian villanías y crímenes repugnantes?

Así empieza lo malo plantea de este modo trascendentales dilemas morales y políticos, de encarnizada controversia en la sociedad española de hoy. El autor denuncia la doble moral de los vencedores en la Guerra Civil, las biografías trucadas de colaboradores con la dictadura que simularon ser víctimas de ella, que cambiaron de chaqueta o disimularon su maldad bajo la apariencia de un comportamiento comprensivo. Ante ellos, planea el mismo mandato que recibe Hamlet: la exigencia de venganza, la reclamación de una justicia ejemplar. Con la particularidad de que Javier Marías se prohíbe a sí mismo dejarse llevar por la moralina o por las recetas simplistas. Recurre para ello a un diálogo de Hamlet con su culpable madre. El lector que tenga curiosidad podrá encontrarlo al final de la Escena IV, del Acto III. Hamlet acaba de matar por error al entrometido Polonio, explicando: “Me lo llevaré, y responderé de la muerte que le he dado. He de ser cruel solo para ser bueno: así empieza lo malo y lo peor queda atrás.”

Un diálogo clave, pues da título a la novela: “Así empieza lo malo…” en una frase que Marías glosa con sutileza en su relato. A veces, es necesario aceptar algo malo o cruel, para evitar algo aún peor o más trágico. En una escala política -y en el contexto de la Transición-, lo malo es transigir con la maldad, como es hacer caso omiso a ofensas, crímenes y desmanes bajo la dictadura, renunciando a lo peor: la venganza e incluso la justicia, con tal de abrir un horizonte de esperanza que soslaye un retorno al conflicto cainita: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Abrir puertas al bien, a costa de una cruel renuncia a la justicia es la difícil lección de ese episodio de Hamlet para esquivar situaciones trágicas que casi siempre los seres humanos se buscan por obstinación.

Javier Marías es muy categórico en este punto. El pasado nunca fue como debería haber sido, y el autor de Mala índole se resiste a falsificarlo con manipulaciones o justicias poéticas. Muriel replica a De Vere: “¿La justicia? -repitió como un rayo-. La justicia no existe. O solo como excepción: unos pocos escarmientos para guardar las apariencias. En los colectivos, no, ahí no existe nunca, ni se pretende. Es iluso apelar a ella después de una dictadura, o de una guerra. ¿Qué sentido tendría no ya procesar, que no es posible ni conveniente tampoco, y en eso estamos casi todos de acuerdo, sino retirarle el saludo a la mayoría de la población?” Seríamos estúpidos justicieros, concluye.

A una criminalidad masiva, ya lejana en el tiempo, le alcanza una amarga especie de prescripción del delito, lo que no exime de culpabilidad pero sí de ejecutar el castigo. Retrospectivamente, Juan de Vere explica así aquella exoneración: “Había aún cierto estoicismo, cierto pudor, no habían llegado los tiempos -todavía perduran- en que todo el mundo vio las ventajas de figurar como víctima y se dedicó a quejarse y sacar provecho de sus sufrimientos o de los de sus antepasados de clase o sexo, ideología o religión, fueran reales o imaginarios. Había un sentido de la elegancia que desaconsejaba alardear de los padecimientos y las persecuciones.” Duro alegato de este pariente espiritual de Shakespeare en la nueva época de la Memoria Histórica. La novela no invita al olvido, sino al uso inteligente y estoico de las verdades que huelen a estiércol y horror.

Se impone el principio de responsabilidad, donde resuena la sabiduría más tradicional: “Nada en exceso”. “Domina el placer”. “Conócete a ti mismo y conoce el momento oportuno.” “La medida y el conocer los límites son el mejor antídoto contra la hybris, el orgullo sin límites que desemboca en lo trágico.” Es decir, asimilar lo malo para sortear lo peor. El recetario, pues, de la gran moral clásica. Bajo ella subyace la convicción de que la política opera con abstracciones simplificadoras y que frente a ella, la gran literatura tiene la obligación de ofrecer la observación de los casos particulares, la variedad real de los seres y las circunstancias. Como sostuviese Alain Finkielkraut, lejos de los redentores políticos, los novelistas deben dar cuenta de lo singular, lo irrepetible, lo complejo, la pluralidad humana, rompiendo el mundo esquematizado de la política. “La pluralidad -recordaba Hannah Arendt- es la ley de la tierra.”

Javier Marías refuerza esa multiplicidad de lo existente desvelando las contradicciones y autotraiciones de sus criaturas. Muriel, que tiene la gigantesca generosidad de renunciar a la venganza de crímenes políticos, no es capaz de perdonar una falta en apariencia de menor trascendencia de su esposa. No acepta lo malo, con el resultado de desencadenar lo peor y más trágico. Algo de lo que Juan de Vere extraerá un aprendizaje vital. Quien pareciese una variante del lacayo mirón sacada de la órbita shakespereana de Polonio, encarna finalmente a un héroe en la más clásica tradición del aprendizaje sentimental e intelectual del bildungsroman. Así empieza lo malo nos procura, de este modo, el placer de la belleza del lenguaje, la ávida intriga de los sucesos, la construcción impecable de un universo, la honda incitación a la reflexión tanto moral como política, pulverizando estereotipos. Javier Marías ha escrito otra obra maestra. Y lo ha hecho contraviniendo sus propias previsiones tras finalizar Tu rostro mañana, cuando anunció que no volvería a escribir novelas, al menos de tanto empeño. Hemos de agradecer esa creativa contradicción. Marías se ha puesto en situación de merecer todos los premios -los acepte o no-, sin descartar el propio Nobel.

RAFAEL FUENTES

El Imparcial, 12 de octubre de 2014

Presentación a los lectores de ‘Así empieza lo malo’

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Javier Marías se detiene en el inicio de lo malo

“¿Hubieses aceptado el Premio Nobel?”, pregunta la periodista Montserrat Domínguez a Javier Marías (Madrid, 1951). “Es como si me preguntas si me hubiera ido con el Mago de Oz de paseo”, contesta el escritor. Las risas llenaron entonces la Casa de América, en Madrid, donde ambos conversaron la tarde del pasado martes sobre la última novela de Marías, Así empieza lo malo (Alfaguara), editada el pasado 23 de septiembre y que ya va por la primera reimpresión. “No veo ningún motivo para que sucediera, pero sí, por qué no, es decir, no lo da el Estado español”, reconoce el autor.

Esa historia de susurros cotidianos y retratos de la cruda rutina que es Así empieza lo malo revela no sólo los secretos que cualquier pareja guarda bajo el colchón, sino también los que se ven a través de la ventana en una España que estrena los años ochenta. Un país que aún estaba desenvolviendo el regalo de la Transición, “que no fue perfecta y tuvo muchos peajes, pero la compensación era suficiente”, apuntó Marías, aludiendo a uno de los asuntos de fondo de la novela. Solo uno de ellos. El amor, el deseo, el rencor, el pasado, las relaciones humanas, la política, el olvido, la verdad… Cada uno es parte y todo de un volumen repleto de historias que se van engarzando con la realidad de un país sin terminar, pero que camina a remolque.

Y la juventud, esa de la que en libro se dice que tiene “el alma y la conciencia aplazadas”. Juan de Vere, recuerda y cuenta su historia cuando tenía 23 años a lo largo de las páginas de la nueva novela. “¿Cómo era Javier Marías con esa edad?”, le pregunta la directora de El Huffington Post. “Una de las cosas que uno descubre es que cuando era joven era demasiado imbécil, a menudo un poco desaprensivo e incluso, en algunos momentos, desalmado. Algo que hoy en día no me hubiese permitido”, sentencia el autor de Corazón tan blanco.

Marías cree que, cuando uno es joven, la construcción de la propia vida ocupa demasiado el tiempo como para pensar en otra cosa. Ni siquiera la muerte se vive con la misma intensidad.

Cuando él tenía 26 años, falleció su madre. Su padre lo hizo en 2005, cuando Marías pasaba los 50: “Uno pensaría que al joven, la muerte de un progenitor lo debería dejar arrasado, porque es más impresionable. En mi caso, estoy convencido de que fue todo lo contrario, aunque recuerde a mi madre a menudo, si no cada día”. Se reconoce como alguien que se estaba incorporando a la vida, con sus propias cuitas, cuando tenía 26. Y un hombre a quien la muerte de un progenitor causó mucha más desolación cuando ya había entrado en la cincuentena.

Al Marías de hoy, con cicatrices incluidas, le preocupan los asuntos de siempre, los que rellenan la vida y a los que lleva dando alas durante todos sus años frente a una hoja en blanco. Y le añade uno más: “Me parece que hay una necesidad de fanatismo, que demasiada gente anda buscando causas y enemigos y motivos de indignación, como si no hubiera reales”.

ISABEL VALDÉS ARAGONÉS

El País, 14 de octubre de 2014

Dos reseñas

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Javier Marías o la novela moral
IÑAQUI EZKERRA
El Correo Español, 29 de septiembre de 20141

 

Así empieza lo malo

Años ochenta. Juan de Vere trabaja como secretario para un cineasta llamado Eduardo Muriel, quien le hace el encargo de averiguar cuanto sepa sobre algunos episodios infames del pasado de un doctor que es un íntimo amigo suyo. Ese es el arranque de la nueva novela de Javier Marías, titulada de nuevo con una cita de Shakespeare.

Así empieza lo malo
se articula en torno a dos tramas que confluyen: la investigación que el protagonista-narrador va a realizar en el pasado del doctor, y el matrimonio insano, desgarrado y por supuesto infeliz entre Muriel y Beatriz Noguera. Todo ello será observado con la mirada de un narrador que en el momento de la acción tenía poco más de veinte años pero que lo cuenta mucho más tarde, desde un tiempo cercano al actual. De ahí el filtro al que es sometida la narración, acompañada como siempre en su caso por consideraciones de índole moral.

Javier Marías es el autor de prosa más reconocible de la literatura española actual. No hay que leer más que una página de cualquiera de sus libros, incluso un párrafo, y un lector mínimamente curtido identifica sus frases de largos períodos y el estilo reflexivo marca de la casa. En la literatura de Javier Marías importa sobre todo el pensamiento que fluye de la cabeza del narrador, mucho más que la acción. En realidad, es como si esta fuera la disculpa para esadisección del ser humano, con sus miserias y sus grandezas (menos de las segundas que de las primeras) que siempre plantea.

No faltan en esta novela –subyugante a medida que se avanza en sus páginas– los guiños: el profesor Francisco Rico, amigo del autor en la realidad, que aparece de nuevo y que es víctima de las bromas del narrador una vez más; las referencias a los represaliados de la postguerra por causa de denuncias más o menos anónimas, que tanto espacio ocuparon en Tu rostro mañana y libros anteriores; el trabajo de director a destajo de su tío Jesús (Jess) Franco; y, por supuesto, ese tratamiento de «joven De Vere» que algunos dan al protagonista. Imposible no recordar que, hasta no hace tanto tiempo, el propio escritor era conocido en ciertos ambientes como el «joven Marías», para distinguirlo de su padre, el filósofo Julián Marías. Hay también algo nuevo, que puede llamar la atención a sus lectores más fieles: el manejo de un vocabulario grueso relacionado con una escena de sexo explícito, algo no muy frecuente en sus páginas hasta ahora.

Cuando publicó Los enamoramientos, algún crítico dijo que Marías rebajaba algo el grado de complejidad de su literatura tras la densidad de los tres volúmenes de Tu rostro mañana. Puede ser. En Así empieza lo malo, hay más trama novelesca en el sentido clásico que en la trilogía y al tiempo más reflexión que en Los enamoramientos, que tampoco era escasa. Por cierto: a un par de semanas de la concesión del Nobel de Literatura, Marías es el autor en lengua española mejor situado en las apuestas.

CÉSAR COCA

El Correo, 29 de septiembre de 2014

Una entrevista y una crítica

Julió Carbó

Julió Carbó

Javier Marías: «Hoy veo que de joven me comporté de forma poco aceptable»

Es uno de los más firmes candidatos al Nobel en las letras castellanas mientras mantiene el refrendo de los lectores con una escritura alejada de la simplicidad. Javier Marías se ha hecho mayor, pero eso no le ha hecho más condescendiente con la realidad.
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Los caminos del éxito editorial son inescrutables pero es evidente que Así empieza lo malo (Alfaguara) está llamado a ser uno de los libros más leídos este otoño. Javier Marías, su autor, ha levantado una alegoría moral localizada en 1980, con aires de viejo melodrama de Hollywood y secretos matrimoniales. Lo ha teñido con su cinefilia -no en vano es sobrino de Jesús Franco- y sirve el conjunto con su prosa sinuosa y digresiva, puro Marías, aquí más adictiva que nunca pues se dirige al galope a un final de alta intensidad literaria.

-En general todas sus novelas van de lo particular a lo general. ¿Es por eso que los secretos inconfesos de un matrimonio son el reflejo de la tabla rasa con el pasado que los españoles establecieron en la Transición?
-Esa es una cuestión sobre la que he pensado mucho, aunque no tenga una postura clara. Da mucha rabia que no se hayan castigado las cosas atroces que los nacionales hicieron durante la guerra civil, pero lo cierto es que no se podía, porque el único que tenía las armas entonces era el Ejército franquista. En mi novela un personaje dice que no es factible llevar a medio país al banquillo. A cambio de eso, hemos tenido durante casi 40 años un país casi normal, con elecciones, alternancia en el poder, sin censura. ¿Hay que recordar que hasta entonces los periodos de libertades se contaban por trienios?

-Mucha gente calificó ese pacto de bajada de pantalones.
-Y claro que lo fue, pero no hubo otro remedio. Y la claudicación, relativa, porque las cortes franquistas accedieron de una forma inverosímil a hacerse el haraquiri.

-¿Y así empezamos a ser un país desmemoriado?
-Bueno, hubo gente que no es que no tuviera memoria sino que habiendo sido complacientes con el franquismo, empezaron a inventarse biografías de ficticias resistencias.

-En la novela menciona concretamente a un pintor y a un filósofo.
-Eso lo dice un personaje.

-Pero son fácilmente reconocibles.
-¿Ah, sí? ¿Quién es el pintor?

-¿El pintor podría ser Tàpies y el filósofo, Aranguren?
-Yo no voy a decir nada que la novela no diga. Pero bueno, es verdad que no hubo confesión por parte de casi nadie. Mi padre solía decir que no creía en las transformaciones políticas de un día para otro. Si veo recorrer un camino a alguien, me lo creo. Como en el caso de Dionisio Ridruejo, que lo hizo tempranamente y con mucho riesgo. Pero otros no lo hicieron.

-¿Hay recuerdos suyos de los años 80? No le veo pateando la Movida.
-No es una novela de ambientación pero es verdad que solo pudo ocurrir en los 80 cuando el divorcio todavía no había llegado. Entonces el rencor era la argamasa para mantener a la gente unida.

-Esta sería, por tanto, una novela sobre el infierno matrimonial relatada por un soltero recalcitrante.
-Soy soltero, sí. He tenido mis parejas, pero una convivencia continuada, casi nunca. Se supone que los novelistas debemos tener imaginación y capacidad de percepción. Y, como decía mi padre, no hace falta ser gallina para describir un huevo.

-La figura del voyeur, ese narrador que está cerca de los hechos pero no los protagoniza, abunda en sus novelas. ¿El voyeurismo sería una buena definición de su escritura?
-De la mía y de la que cualquier escritor. Si uno se para a pensar, leer novelas y ver películas es una actividad voyeurística. Lo más extraordinario que tiene la novela es que muchas veces la sentimos con más intensidad que lo que nos cuenta un amigo.

-En la relación del joven narrador y secretario con Muriel, el marido y director de cine, hay ecos de la suya con Juan Benet. Él le llamaba joven Marías.
-Muriel sería una mezcla imposible de Benet y de mí tío Jesús. Y lleva un parche.

-Como John Ford y tantos otros autores del Hollywood clásico.
-Sí, pero también tiene un carácter simbólico, porque no ve, o no quiere ver, con claridad.

-Respecto a la juventud, no hay en la novela una mirada complaciente. La gente suele contemplar el pasado con nostalgia. ¿Usted no?
-No hay que engañarse pensando que la juventud es un periodo dorado. Lo es en algún momento, en algunos aspectos, pero en otros es bastante rufianesca.

-¿Podía haber escrito una novela como esta antes o necesitaba la madurez que tiene ahora?
-Supongo que la necesitaba. Mi propia juventud no siempre fue agradable. Me comporté de una forma que hoy no me parecería aceptable. Nada muy grave, pero sí hubo cosas de utilización, de fuerte egoísmo. Recuerdo que cuando murió mi madre yo tenía 26 años. Y claro que fue un golpe tremendo, pero no tiene ni punto de comparación a cómo sentí la muerte de mi padre cuando yo tenía más de 50 años. En la muerte de mi madre, a la que echo mucho de menos, estaba demasiado ocupado con mi propia vida, poniéndola en marcha, construyéndola, sufriendo penas de amores. Es el egoísmo fácil de los jóvenes. En cambio en la madurez, eso tiene otra dimensión.

-A partir de los 50 te enfrentas a la mortalidad. ¿Es eso?
-Bueno sí, aunque lo cierto es que yo he pensado siempre en la muerte.

-A lo mejor me equivoco pero diría que esta es su novela con escenas sexuales más explícitas.
-Quizá es la que tenga un mayor erotismo porque sobrevuela la novela entera. Pero es que es uno de sus temas: cómo el deseo a ciertas edades se impone a cualquier consideración o cortesía.

-Y hablando de cortesía, sorprende el lenguaje soez en la escena erótica crucial. Y más en el exquisito Marías.
-Eso se corresponde a lo que piensa un hombre y para el pensamiento no hay testigos. Un hombre no se dice a sí mismo: estoy haciendo el amor, lo piensa en términos un poco más groseros.

-¿Escribir una escena erótica no es entrar en un terreno muy resbaloso?
-No resbaloso, espantoso. O bien se cae en la cursilería, o bien se es soez, o bien, si intentas ser neutral, se acaba siendo obstétrico. Mis escenas de pasión carnal suelen ser raras, porque intento no caer en esos errores. No sé si lo logro, pero habitualmente en ellas no suele haber mucho detalle. La mayoría de las veces no hay en ellas más que un leve roce.

-La sexualidad ha impregnado también la habitual aparición del profesor Rico, a quien dibuja como un conquistador.
-Le gusta jugar a eso, saber que puede estar con una mujer determinada aunque no necesite consumarlo. Aunque, me consta, está muy enamorado de su mujer.

-A Francisco Rico, que en esta novela más que un extra con línea es un secundario de lujo, le divierte comportarse en la vida real como el personaje de sus novelas.
-Esta vez me pidió que le sacará más. Y lo he hecho así solo porque cuadraba en la novela. El otro día en la radio me pusieron una grabación en la que él decía: «Javier Marías, el muy cabrón, veo que me saca mucho con la esperanza de que lea la novela. ¡Pues va listo!». A mí Rico me parece muy gracioso, pero sé que no todo el mundo piensa lo mismo.

-Se ha resistido hasta ahora a hablar de Catalunya, aunque ha estado usted muy vinculado. En su último artículo y primera incursión en el tema habla de miedo.
-Decía que si yo fuera catalán estaría aterrado. Y aunque la gente es muy libre de querer lo que quiera, no se para a pensar a quién le interesa que Catalunya se convierta en un coto cerrado, porque quedaría, y esto es un hecho, fuera de la Unión Europa durante años.

-Catalunya se siente afrentada.
-Y es cierto, pero tengo la sensación de que eso se está utilizando para tapar la política extremadamente de derechas de CiU y también de Esquerra, que de izquierda no tiene más que el nombre.

-El próximo jueves se hará público el Nobel de Literatura. Su nombre está en las quinielas.
-¿Las quinielas de quién, de un grupo de chalados apostadores ingleses? Eso no tiene el menor crédito. Estoy en esas listas como está el Tato o la Chelito.

-Se me ocurre que como los académicos no tienen lector de español pueden acudir a sus traducciones en inglés. Y los libros de Marías deben sonar muy bien en inglés.
-También estoy traducido al sueco. Pero mis libros en inglés suenan mejor que en español porque tengo una traductora excelente.

ELENA HEVIA

El Periódico, 5 de octubre de 2014

AELM

Javier Marías: verdades veladas

¿Qué es la verdad?, se preguntaba en el siglo XVII Francis Bacon al comienzo de sus Ensayos. Ni la pregunta ni la alusión al filósofo son aquí gratuitos, porque, en su nueva novela, Javier Marías vuelve a encarar el problema -colectivo y privado- de acceder a la verdad y las consecuencias que ese acceso comporta. Dicho así parece un asunto tan manido como irresoluble, un tema antiguo y noble que renueva cada generación, cada individuo. Sin embargo, a Marías no le importa aquí si existe o no algo parecido a la verdad -da por descontado que está ahí, él no es un relativista posmoderno-, sino cómo se silencia o disimula, cómo se encubre o tergiversa, cómo se desvía o entierra, cómo se gestiona para que sea rentable, para impedir que desencadene acontecimientos o para provocarlos. En Así empieza lo malo, las verdades escondidas, los secretos y misterios se multiplican en todos los niveles de su estructura y van desde las biografías maquilladas de ciertos canallescos beneficiarios de la dictadura franquista hasta los pecados menores por omisión o acción cuyo desvelamiento puede fracturar cualquier vida.

Bacon no aparece en la novela, pero ha sido uno de los candidatos a la autoría de la obra de Shakespeare -en la ociosa querella que disputa a Shakespeare la paternidad de sus obras-, como el conde de Oxford, Edward de Vere, del que procede el apellido del narrador (Juan de Vere) y sobre el que este entabla una conversación con el profesor Rico, inevitable cameo caricaturesco en las novelas de Marías que aquí crece en relieve y elaboración sin ceder nada de su vis cómica. Quienes sí se mencionan son el escritor Juan Benet y el cineasta Jesús/Jess Franco, amigo y mentor de Marías el primero y tío suyo el segundo, que aquí se combinan, como dos imágenes superpuestas, en la figura del director de cine Eduardo Muriel. Él es el protagonista y el portador de un enigma, el del maltrato y desprecio con que atormenta a su atractiva esposa Beatriz Noguera. Estamos en 1980 (con la movida al fondo) y el «joven De Vere» -tiene 23 años y el epíteto evoca el «joven Marías» del círculo benetiano- trabaja como secretario y desempeña la función de observador y espía tan propia del mundo narrativo de Marías, aunque ahora la tarea de interpretar y reflexionar sobre lo sucedido está aplazada al narrador maduro, el hombre que recuerda más de 30 años después la historia de Muriel y su mujer y quienes estuvieron muy cerca, él incluido.

Como Marías es un escritor que conoce y usufructúa muy bien los mecanismos de la narrativa popular, aquí maneja con suma pericia los paralelismos argumentales, la dosificación de la intriga, las elipsis y anticipaciones, las dilaciones y recurrencias, para armar una trama admirablemente sólida y eficaz, de ensamblaje perfecto. Los recursos de la novela (y el cine) de género están supeditados a una composición superior, al logro de una novela con una profunda carga turbadora que remueve y desasosiega la conciencia del lector, que lo incomoda y lo fascina como solo la gran literatura puede hacerlo.

Estamos ante una fábula moral (esto es, sobre lo mejor y lo peor de la conducta humana), que de forma casi incesante bombardea al lector con preguntas implícitas nada apaciguadoras y que, a la vez, va desenvolviéndose en una escritura sinuosa, oscilante entre la meditación y el relato. Y aunque el epicentro se sitúe en el matrimonio y la sexualidad, no es este el corazón del libro; es simplemente el escenario en el que tiene lugar la representación del oscuro drama de las verdades veladas. Marías ha escrito una de sus mejores novelas y eso es mucho decir.

DOMIGO RÓDENAS

El Periódico, 25 de septiembre de 2014

Una crítica y una entrevista

AELM
La mirada sin tregua
J.A. MASOLIVER RÓDENAS
La Vanguardia, Cultura/s, 1 de octubre de 2014

Dani Duch

Dani Duch

“Nada detiene al deseo”

El pitido del fax interrumpe a veces la conversación con Javier Marías en su piso de Madrid. Ese artefacto, ya casi arqueológico, puntea sonoramente el diálogo sobre su decimocuarta novela, Así empieza lo malo –que Alfaguara pone a la venta la semana que viene–, en la que un narrador maduro recuerda unos episodios que le sucedieron en su juventud, cuando trabajaba como asistente de un director de cine en el Madrid, alegre y noctámbulo, de principios de los años ochenta.

Los gestos de Marías (Madrid, 1951), que fuma tranquilamente y sigue escribiendo sus libros con máquina electrónica, son observados atentamente por los centenares de soldaditos de plomo que tiene distribuidos por todos los rincones del apartamento, por cuyas paredes, estantes y pasillos se van amontonando y extendiendo los libros, de una manera parecida a como opera el musgo sobre las rocas.

En algunos diarios británicos, ahora ponen de fondo el sonido de máquinas de escribir tecleando para motivar a sus redactores. ¿Qué le parece?

Da la impresión de que proliferan las tonterías por doquier. El otro día vi en Barcelona que hacían una carrera corriendo por los túneles del metro. O esos que se echan un cubo de agua helada en medio mundo. Bueno, todas estas son inocuas y bienintencionadas, aunque hay otras.

¿Usted no necesita motivación extra? ¿No ha tenido crisis creativas?

Me he pasado años en blanco, pero de manera normal. Cuando termino una novela, transcurre fácilmente un año sin que empiece ninguna otra. Tampoco tengo tantas ideas… Hay escritores que sí, Mario Vargas Llosa y Arturo Pérez-Reverte me hablan de historias bullendo en su armario y pidiendo paso. Me da envidia que tengan tantas ideas en la reserva.

¿Usted no?

Nada. De hecho, siempre dudo que vaya a hacer otra novela, me parece imposible. Pero, por la experiencia, quizá la habrá…

Posiblemente.

Uno se queda tan vaciado, agotado, al terminar una… Hay que esperar que surja algo que inquiete de verdad, que te dé las suficientes ganas de ponerte en marcha. Nunca me pongo a escribir por escribir. No me digo: venga, me toca otra, que ya han pasado dos años desde la última. No me considero un escritor profesional. Si algo viene, bien, y si no, qué se le va a hacer.

Así empieza lo malo trata de la pasión sexual, del deseo. ¿Forma un bloque con Los enamoramientos, su novela anterior?

Algunos críticos extranjeros han señalado que Los enamoramientos tiene que ver con temas de Todas las almas, que tiene ya 25 años. No son obsesiones, exactamente, pero sí temas que no se me han agotado en una novela ni en dos ni en tres. Muchos escritores no es que hagan siempre la misma novela, pero tienen unas prioridades. A mí, esos escritores que aspiran a que cada novela sea muy distinta… Yo, si leo a Faulkner, me gusta que sea Faulkner. Y si García Márquez no es García Márquez, me molesta.

Habla de la pasión, pero en 1980.

Es un momento en que todavía no hay divorcio en España, hace no tantos años, 34. Eso llevaba a muchos matrimonios que no se aguantaban a mantener el núcleo familiar, lo cual, visto ahora, es una cosa muy extraña.

Otro tema es la memoria histórica, la culpa…

El perdón, más bien. Hay un momento en que un personaje viene a decir: no hay justicia desinteresada, las personas que la exigen normalmente son aquellas que se han visto afectadas por los crímenes. A alguien le cuesta mucho más perdonar algo menor que le han hecho que, en cambio, un crimen bárbaro que a él no le ha tocado. ¿Por qué se perdonan unas cosas y otras no? Tiene que ver con la manera en que nos han afectado, a nosotros, a nuestro padre o al abuelo. Por eso en unas cosas llegamos a compromisos y en otras no.

Hay reflexiones sobre la transición. Y unas referencias veladas a intelectuales y artistas que fueron falangistas y luego pasaron por ser grandes opositores “desde la cuna”, como Aranguren y Tàpies…

No se dan nombres, se cita a un filósofo y a un pintor catalán, podrían ser personajes de ficción, y no seré yo quien diga otra cosa.

¿Hay aquí más sexo que nunca en un libro suyo?

Siempre hay sexo en mis novelas, en escenas algo raras, que intento que no sean ridículas, que es el enorme riesgo de estas cosas en las novelas…

Y en la vida real.

Bueno, en la vida real no hay testigos… normalmente. Pero en novelas y en el cine… En EE.UU. otorgan un premio a las peores escenas de sexo en literatura, que se lo han dado, creo, a autores de peso, como Norman Mailer. Es fácil caer en la grosería o la cursilería o en lo obstétrico o clínico. Esta es una novela que trata sobre el deseo como uno de los mayores motores de la gente, por lo menos hasta cierta edad. Y cómo por el deseo se incurre en cosas muy ruines o bajas o llega uno a infligirse grandes humillaciones, porque la gente está dispuesta a aguantar y a tragar cuando tiene una dependencia sexual o amorosa con alguien. El deseo es muy egoísta: casi todo le importa poco, nada le detiene, e incurre en falsas promesas y bajezas que luego parecen ridículas, al producirse el abaratamiento de ese fuego. Aquí el narrador cuenta algo que le sucedió a los 23 años, y a esa edad, bueno, los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas, suelen ser desaprensivos en ciertos terrenos, desde luego en el del sexo. Por deseo se ha mentido mucho toda la vida, el caso clásico de las promesas de matrimonio para conseguir algo, es el tema de las novelas desde el siglo XVIII.

Hay tres escenas sexuales que uno recuerda: la de él encaramado al árbol…

Algo hitchcockiana, justamente, pero en esa escena no se ve nada, a lo más la cara de una mujer, de la que se deduce que está en un coito, pero el narrador no ve más que la nuca y luego la cara pegada a una ventana. Si eso es una escena de sexo, que quizá sí lo sea, resulta muy indirecta, más deductiva que otra cosa.

La del marido y ella en el ¬pasillo.

No la veo muy sexual, es un contacto vejatorio.

Y la de la cocina.

La más explícita de todas. El narrador cuenta lo que él iba pensando mientras eso sucedía. En Todas las almas había una escena de sexo que fue comentada, porque me decían algunas mujeres: “Por fin sé lo que está pensando un tío mientras…”. Aquí, el joven se da cuenta de que, dentro de muchos años, habrá un hombre mayor, él mismo, que le reclamará el recuerdo de lo que está haciendo en ese momento. Alguien que le dice: “Esto lo querré recordar”. Eso se produce a veces, y nos lleva a tener un distanciamiento incluso en una escena sexual, piensas: mi yo venidero me va a reclamar este recuerdo, cuando sea un hombre mayor sin posibilidad de tener relaciones sexuales. Eso te convierte en observador a la vez que en actor del acto sexual. Espero que no sean escenas ridículas, es tan fácil…

No lo son, esté tranquilo.

Es que esas partes no quedan bien casi nunca. Es curioso: autores que son muy elegantes a lo largo de toda una novela, cuando llega el sexo, se ponen cursis o zafios.

Dani Duch

Dani Duch

Su discurso elegante, su lenguaje y sintaxis características, se ven salpicados, a veces, por palabras soeces que quedan, sin embargo, amortiguadas por el contexto.

Es que en el pensamiento sí somos soeces. Si uno está muy enamorado y hace el amor, no se le ocurre pensar de ese modo. Pero si es algo más ocasional, o debido al deseo más que al amor, es fácil que brote un pensamiento vulgar. Hay términos que pensamos y no decimos, a no ser que haya el acuerdo previo de verbalizarlo. Si uno no es un cursi redomado, se piensa en los términos más groseros: “Se la estoy metiendo a esta mujer”, ¿no?

Sí, algo parecido.

Como si uno no diera crédito a lo que le sucede, ¿verdad? Introduzco esos términos como pensados, y por eso son verosímiles.

Es también un homenaje al mundo del cine, con personajes reales.

Yo estuve en rodajes del tío Jesús, el hermano de mi madre, el director Jesús –o Jess– Franco. Vi a Christopher Lee haciendo de Drácula y de Fumanchú, al actor británico Herbert Lom o al estadounidense Jack Palance, ganador de un Oscar. A finales de los sesenta y en los primeros setenta, trabajé con mi tío, el primer dinero que gané fue gracias a él. Me daba guiones para que se los tradujera al inglés, o viceversa. Incluso participé como extra en una de Fumanchú.

¿Qué dice?

Pero no se me ve, llevo puesto un capuchón de esbirro chino. Mi tío nos vistió de esbirros de Fumanchú. La escena fue rodada en algún pantano cercano a Madrid, que figuraba ser un lago, y teníamos que bajar corriendo a toda velocidad –yo debía de tener 17 años o 18– por lo alto de un monte, descalzos por la ladera, hasta llegar al agua.

¿Armados?

Llevábamos unos cuchillos terribles, creo.

Las cifras que se dan sobre la productividad de su tío son correctas ¿no?

No paraba, es inverosímil. Se calcula que habrá hecho no menos de 200 películas, la mayoría malísimas. Lo que pasa es que son locas, y esa es su gracia, la de lo extravagante.

Y esas historias que traen los actores y productores llegados de Hollywood: sobre el FBI, los Kennedy, chicas de compañía… ¿Se explicaban?

El tío Jesús me hablaba de eso, yo las oía de primera mano. Al productor norteamericano Henry Alan Towers le vi varias veces.

Muriel, el director de cine de su novela, tiene un toque de humor: el parche en el ojo, esa costumbre de tumbarse en el suelo para hablar…

Está por los suelos a menudo, sí. La primera vez que el narrador lo encuentra ahí se cree que le ha dado un soponcio, pero él está a gusto tumbado, no puede caer más bajo y así se piensa bien. Debo confesar que yo lo he hecho bastante.

¿También hablando con los demás?

Con gente de confianza, no con un entrevistador.

Lo del parche…

Hay un elemento simbólico: en muchos libros míos flota la imposibilidad de saber, de ver con nitidez nada, ni los hechos, ni las personas, lo que desarrollé en Tu rostro mañana. El personaje tuerto simboliza que somos incapaces de ver la totalidad, y a veces tampoco queremos ver más que con un solo ojo. Ese es otro tema del libro: ante esto, cierro el ojo, prefiero no verlo, porque enterarme me supondría una pérdida que no estoy dispuesto a afrontar.

También aparece el estamento médico: un pediatra, un cardiólogo, la clínica Ruber…

En un cuento de los menos malos que he escrito, Cuando fui mortal, esbocé la historia de un médico que tiene que ver con que, de niño, yo tuve un pediatra que me consolaba mucho, con sólo verlo ya me sentía mejor. Y luego supe lo que había detrás de esas visitas, de aquel hombre alegre y bromista, que en realidad escondía algo. Y yo debía desarrollar esa historia antes o después. Esas cosas sabemos que pasaban: el aprovechamiento por parte de mucha gente, médicos, jueces y abogados, de la situación de superioridad tras la guerra, el avasallamiento de una parte de la población, la posibilidad de conseguir cosas mediante el chantaje: no voy a denunciarte siempre y cuando… eso fue la vida cotidiana de los años cuarenta y cincuenta.

Resumida, la trama parece un dramón terrible, pero se lee incluso con cierta sonrisa.

Si uno se acerca al realismo, fácilmente se encuentra con elementos de melodrama. Si uno piensa en la propia vida, o en la de otras personas, hay algo de melodrama en todas.

También se habla de técnicas de seducción, y del halago como mejor arma.

Eso es algo muy sabido. Celia, cuando va en taxi con el narrador, comenta cómo muchas mujeres se dejan hacer, por timidez o por educación, por extraño que suene, a veces parece más fácil aceptar algo que negarse, le hablo de mujeres quizá muy jóvenes, muy tímidas o demasiado educadas. También a veces porque se sienten halagadas. Los jóvenes son enormemente susceptibles a eso, la seducción de las personas jóvenes es escandalosamente fácil por parte de alguien de más edad, a base de halagos, tanto por parte de hombres como de mujeres. Los jóvenes están necesitados de reafirmación, quieren ser apreciados por los demás, unos a causa de su inteligencia, otros por su aspecto, porque hay un elemento de inseguridad frecuentísimo en ellos.

XAVI AYÉN

La Vanguardia, Magazine, 21 de septiembre de 2014

Reseñas de ‘Así empieza lo malo’

Sciammarella

Sciammarella

La verdad imprudente

Ésta es la historia de dos desgracias y un final feliz: la desdicha de una mujer, la desdicha de un “país sucio” (que es España, y así lo llama un personaje) y la felicidad de un espectador escarmentado, reflexivo y egoísta, que es el narrador de la historia. Pero Eduardo Muriel es el maestro: un prolífico director de cine raro, supongo que con elementos de Jesús Franco o Jess Frank (tío de Javier Marías), y quizá algún reflejo de Juan Benet, que contrata a un joven de 23 años para asesorarlo en tareas de traducción y secretaría en 1980. Mucho tiempo después, ese joven necesita contar esa breve temporada de convivencia con Muriel y su mujer (dos desgracias juntas), tan decisiva en su vida y también en su modo de asumir y entender la madurez. Así empieza lo malo es quizá la novela de Marías con trama más compacta, y quizá por eso se remata con un epílogo que recapitula y acaba la historia: la vida del narrador ha venido a reproducir diabólicamente las condiciones de la vida de Muriel y su mujer, aunque sin los errores ni el dolor de ellos: callando. Pero no hay sermón ni doctrina, obviamente: este Marías es Marías, impávido y suculento, incluidos algunos de sus manierismos (en particular en la primera mitad de la novela) e incluidas esas magistrales suspensiones narrativas que dejan absorto al lector mientras nada sucede pero todo está pasando.

El centro de la novela es la verdad y sus trampas, los secretos y sus desvelos: saberlos y descubrirlos, saberlos y callarlos. Suena a chismografía barata, pero es la vida de cada día, y por descontado la vida de cada día de cada uno de nosotros con sus secretos dispuestos a convertirse, a la mínima oportunidad, en seísmos devastadores: tú no eres quien dices, la razón de aquel acto fue otra, lo hice por lo que no has imaginado nunca, no quise que lo supieras y ya lo sabes. Lo que redime esta dimensión sumisa es el tejido verbal de la novela, su arquitectura desveladora y la conformidad del narrador en ser espía e interlocutor reflexivo de otros, sobre todo de Muriel. Supo lo que no quería saber, y su mujer, una irresistible Beatriz, lamentará hasta su muy próxima muerte haber desvelado, en un ataque de furia, un secreto antiguo. Ese será el motor que amasará de amargura la vida de ella y en gran medida la de su marido. ¿Con los secretos del pasado colectivo sucede lo mismo?

Porque la historia de Muriel y su mujer es sólo el ángulo privado para un enfoque colectivo sobre la España que sale de la dictadura con una reconversión acelerada de múltiples biografías ligadas al franquismo y, de golpe y en apariencia, desligadas de él y hasta prestigiosamente antifranquistas. La novela desvela unos cuantos camelos y camelistas con ensañamiento pero sin nombres propios, aunque sí alusiones. Hacia 1980 se saben demasiadas cosas de demasiados médicos, abogados, arquitectos, profesores como para que todos comulguen con la versión naíf y disfrazada de su pasado. Verdades omitidas y mentiras consentidas fueron parte de la Transición, y no hay reprobación en la novela de ese enjuague. Pero no todos los secretos y silencios fueron iguales ni todos actuaron como ese médico que dota a la novela de una dimensión trágica y maldita que a ratos se hace turbadora: quién sabe dónde está lo más justo en ese caso, en cada caso conocido de primera mano y con detalle.

Con todo, la novela decae hacia la mitad de sus páginas —las que ceden a la pasión cinéfila del autor, las que se acercan al retrato de costumbres, aunque brille de nuevo algún personaje real, como Francisco Rico o, mejor, la caricatura socarrona y fantasiosa que de él saca Marías. Se resiente el engarce entre los motivos iniciales y las 200 páginas últimas, pero éstas son trepidantes narrativa y reflexivamente, con el lector entregado a la agobiante espiral de la verdad y de lo justo: la verdad secuestrada por interés espurio, la verdad oculta por razones legítimas, la verdad callada por los efectos canallescos de revelarla, la verdad protectora, la verdad imprudente. Y el rencor que desata no haber sabido antes. La novela desafía así el ardor juvenil por la verdad a toda costa para cavilar sobre episodios que pueden merecer el olvido, al menos cuando desempolvarlos comporta tantas dosis de venganza o de rencor como de consuelo pacificador.

Por supuesto, Marías no está por silenciar el pasado ni enterrar a los historiadores, sino por sacar de encima de esa pasión su falsa inocencia, su esquematismo o incluso su uso “desaprensivo”, como lo llama Mainer en la edición actualizada de Breve historia de la literatura española, a propósito de Ayer no más, de Andrés Trapiello. Por eso Marías narra las condiciones de lo real vivido e íntimo con meditaciones que emparentan esta novela con otras espléndidas y recientes de autores algo más jóvenes que él, como el citado Trapiello, Javier Cercas o Ignacio Martínez de Pisón. Tu rostro mañana ya estaba entre las mejores; hoy lo está también esta desazonante, valiente y a menudo turbadora Así empieza lo malo.

JORDI GRACIA

El País, Babelia, 20 de septiembre de 2014

Así empieza lo malo
NADAL SUAU
El Cultural,26 de septiembre de 2014

Javier Marías presenta ‘Así empieza lo malo’

E.P.

E.P.

El escritor Javier Marías teje su nueva novela, «Así empieza lo malo», con historias de la vida íntima en las que reflexiona sobre el deseo, la impunidad y la arbitrariedad del perdón, pero también lo hace sobre la Transición y la decisión de no juzgar los crímenes y vilezas de la Dictadura.

«Tras una dictadura, no se puede llevar a medio país al banquillo o a juicio; la amnistía general quizá fue lo más sensato. No había otra solución», asegura Marías en una entrevista con Efe en la que se muestra en desacuerdo con quienes consideran la Transición«una bajada de pantalones».

«La gente olvida muy pronto que, en España, los períodos de libertad se contaban por trienios a lo largo de su historia. Y llevamos ya casi cuarenta años con libertad y con un país equiparable a cualquier otro europeo, aunque cada uno tenga sus características y sus desgracias», señala.

Pero, «una cosa es que no se juzgara a nadie y otra muy distinta que no se pueda saber lo que pasó en la Dictadura, lo que hizo éste o lo que escribió el de más allá, y eso me causa perplejidad», dice este gran novelista, cuya obra está traducida a más de cuarenta idiomas.

En su nueva novela, publicada por Alfaguara en todos los países hispanohablantes y presentada hoy por el autor en Madrid, Marías atrapa al lector con una turbadora y excelente narración en la que invita a pensar, además, sobre la dificultad de alcanzar la verdad, las consecuencias de los engaños y sobre el rencor, «uno de los vínculos paradójicamente más fuertes» en las relaciones de pareja.

La novela está narrada por un hombre ya maduro, pero cuenta lo que le sucedió cuando tenía 23 años, en 1980, y eso le permite meditar sobre la juventud, una época en la que «se tiene el alma aplazada y la conciencia también».

Recién acabada la carrera de Filología Inglesa (la misma que la del autor), Juan Vere entra a trabajar como secretario personal en la casa de Eduardo Muriel, un director de cine, y de su mujer, Beatriz Noguera, y es testigo de «la misteriosa desdicha conyugal» que se respira entre ambos. Faltaba un año para que se aprobara el divorcio en España.

Marías consigue en «Así empieza lo malo» (el título está tomado de Shakespeare, como en otras obras suyas) páginas magistrales sobre el deseo, el eje central de la novela, y uno de «los motores mayores que llevan a obrar a la gente a veces bien y otras de manera indecente, muy vil y muy baja», señala. En esta novela, «hay una carga erótica mayor» que en otras suyas, aunque no hay escenas de sexo muy explícitas.

«Las escenas de sexo son terriblemente difíciles de hacer en literatura, y yo diría que el 95 por ciento de las veces salen fatal. Hablo como lector. Incluso grandes escritores son una calamidad cuando se ponen a describir escenas eróticas, porque o son muy cursis o muy soeces y zafias, o casi ginecológicas», asegura Marías.

En la Dictadura franquista se cometieron muchos abusos, pero «quizá no se ha hablado demasiado», indica el novelista, de aquellas mujeres que se vieron obligadas a entregarse sexualmente «como medio de pago y para evitar males mayores».

Y esa clase de abusos sale a relucir en esta novela que tiene «algo de melodrama y algún elemento de patetismo». Pero, entre esas «historias tenues» del libro, se cuela también el humor, protagonizado con frecuencia por el académico Francisco Rico, personaje ya habitual de las novelas de Marías.

Con respecto a la situación que vive Cataluña, el escritor entiende que haya «una parte grande» de la población catalana que desee la independencia, pero no puede evitar ver el proceso soberanista «como una especie de cortina de humo y de engañabobos», propiciado por lospartidos nacionalistas. «Todo esto se produce en un momento de crisis económica y en el que hay un gobierno del cual no me extraña que todo el mundo se quiera separar, digámoslo así», afirma Marías.

El autor, que suele expresar sus opiniones sobre cuestiones políticas en sus artículos semanales, reconoce que le «cuesta mucho sentir interés» por las aspiraciones independentistas de los catalanes, quizá porque los madrileños están «más lejos que los de cualquier otro sitio de ese tipo de sentimientos». «Es verdad que Cataluña tiene unas características muy marcadas y es posible que debiera tener un estatuto que no fuera idéntico al de las demás regiones», comenta el autor de «Los enamoramientos».

Pero, en realidad, continúa Marías, «para que en algo que lleva quinientos años mal que bien funcionando, de pronto haya una especie de fiebre por la cual quieren separarse, uno se pregunta: ‘¿qué ha pasado? ¿Ha pasado algo gordo, grave?’. Porque es una medida algo extrema la que plantean». El escritor señala que, en la actual crisis, la Generalitat «ha sido pionera incluso en los recortes más brutales que se han llevado a cabo», los cuales se aplicaron antes de que lo hiciera también el Gobierno central.

Pero hace más de dos años que en Cataluña «no se habla de nada de esto», indica Marías, que no puede evitar ver las propuestas de los partidos nacionalistas catalanes «como una especie de cortina de humo y de engañabobos. Y, precisamente, los catalanes, en términos generales, no se puede decir que sean muy bobos, sino que más bien están por encima de la media en inteligencia».

El autor de «Mañana en la batalla piensa en mí» cree que en este proceso hay «un elemento muy grande de artificialidad, de impostura», pero también sabe que «no se puede obligar a nadie a permanecer en el matrimonio». «Así que, si los catalanes deciden irse, que se vayan. Pero que se vayan haciéndolo bien. Y da la impresión de que todo está demasiado manipulado, demasiado dirigido», subraya Javier Marías.

Pero, si el proceso se hiciera «limpiamente y sin trampas, y saliera la independencia, a mí personalmente tampoco es que me importase demasiado», remata.

EFE, 24 de septiembre de 2014

AELM

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Nueva novela de Javier Marías. ‘Así empieza lo malo’

AELM
ASÍ EMPIEZA LO MALO
JAVIER MARÍAS

Alfaguara, 23 de septiembre de 2014

«No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia, y sin embargo hoy sería imposible. Me refiero a lo que les pasó a ellos, a Eduardo Muriel y a su mujer, Beatriz Noguera, cuando eran jóvenes, y no tanto a lo que me pasó a mí con ellos cuando yo era el joven y su matrimonio una larga e indisoluble desdicha».

SILLÓN DE OREJAS. ‘Un insomnio gozoso y un adiós’

AELMA solo una cincuentena de páginas de la última, el narrador de Así empieza lo malo (Alfaguara) resume el marco argumental de la historia que nos ha ido desgranando: “Uno mete a alguien en su casa y, al hacerlo, lo obliga a ser su testigo”. Como casi siempre en Javier Marías, ese testigo no se limita a contarnos lo que ve “como un criado antiguo, de los que asistían a todo”, sino que interviene y (quizá) modifica el curso de los acontecimientos. ¿Los temas?: los de siempre en Marías, uno de esos escritores que siempre dan vueltas en torno a un libro que será la suma de todos los suyos; como Faulkner, de quien he creído rastrear ecos (el de Quentin Compson, principalmente) en una digresión sobre el tiempo de los suicidas. Marías vuelve a construir una historia mesmerizante y adictiva en torno a sus obsesiones: la verdad y la apariencia, el perdón y el castigo, la culpabilidad y la (improbable) inocencia, el deseo y el olvido. Y el matrimonio, un asunto que preocupa cada vez más a un autor que (salvo sorpresa) nunca se ha casado. Y lo hace vehiculando las ideas en un relato que pone de manifiesto su dominio de los múltiples recursos de los géneros populares novelísticos y cinematográficos: el lector encontrará pasadizos y habitaciones disimuladas, coincidencias, tremendos secretos largo tiempo guardados, espionajes, enigmas, cartas sin contestar, conversaciones que no debían escucharse, improbables encuentros, santuarios misteriosos (y de extrema derecha). Y mediante interminables subtramas y multitud de cameos (directos o indirectos), que son algunos de los modos que tiene Marías de resultar cervantino. Y todo ello haciendo vivir a un puñado de personajes (algunos viejos conocidos) presididos por dos inolvidables y antológicos: el director de cine Eduardo Muriel y su esposa, la rotunda y deseable Beatriz Noguera, quizá la mujer más carnal, enamorable y verdadera de todas las creadas por Marías. La novela, que, como la anterior, se alarga un punto en su primera parte —lo que, por otro lado, permite a Marías presentar el “exterior” de sus protagonistas y desplegar su talento para la comedia social con escenas hilarantes como la de Cecilia Alemany y su chicle—, crece prodigiosamente y se complejiza a partir de su mitad (con el combustible del suspense y las resonancias narrativas, especialidades de Marías), obligando al lector a no tomarse un respiro. Y eso es lo que me ha forzado a pasar todo un día y una noche de gozoso insomnio pegado a este sillón de orejas y enfrascado en una lectura compulsiva que, simultáneamente, quería y no quería que acabara. Algo que, a estas alturas de mi vida, consiguen cada vez menos novelas.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 20 de septiembre de 2014

Javier Marías: “El rencor es una fuerza enorme de la que puede ser difícil prescindir”

Foto. J Rojas

Foto. Julián Rojas

La soledad de su voz fue desterrada cuando el propio Javier Marías abrió la puerta del balcón de su casa en Madrid e irrumpió el rumor babélico de los turistas de la plaza. Él estaba en mitad de sus reflexiones sobre su nueva novela, Así empieza lo malo (Alfaguara), que saldrá a la venta el 23 de septiembre. Dejó entrar las voces y el sol contundente de la tarde, sin parar de fumar ni hablar, en ese momento, de la manera en que algunos españoles no solo se “cambiaron de chaqueta”, como por arte de magia, tras la muerte de Franco, sino que intentaron obrar el milagro de usurparse a sí mismos con nuevas biografías. Fue poco después de que aclarara que no se trata de una novela política, sino sobre el deseo, el rencor y la arbitrariedad del perdón, de pasar por alto cuestiones graves y, en cambio, dejar emponzoñar algunas nimias.

El ojo en una rendija…

…Y el lector como testigo de una historia privada emocional y sentimental sobre la manera en que se fraguan una desdicha amorosa, unos deseos sexuales como motores de la vida, unos recuerdos nobles y rastreros y el arte de enmascarar y querer saber la verdad… ¡La verdad!… ¿Para qué? Y es ahí donde Javier Marías (Madrid, 1951) a la vez que cuenta y recupera el tiempo para comprenderlo, establece un diálogo con el lector.

Es su novela más erótica y feminista, con más humor y desparpajo lingüístico y la segunda más larga (la primera es su trilogía de Tu rostro mañana), en cuyas 534 páginas está el rastro del joven Marías, del Javier Marías que fue, y que es en la memoria y en los recuerdos, llamado aquí Juan de Vere. Él, el joven Juan, es quien desde una edad cercana a los 50 años del presente evoca su vida en 1980. Tenía 23 años, el adiós al franquismo aún estaba presente, la Transición había echado a andar, el mundo parecía reinventarse y el divorcio, el divorcio estaba al caer. Faltaba un año. Ahí está el origen de una novela en cuyo título, una vez más, está la presencia tutelar de Shakespeare, ahora invocado en Hamlet: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Mientras, aquí mismo, y antes de que se cuele el murmullo de voces, la del escritor y académico, sentado en el sofá de su casa bajo un cuadro de Keller-Reuntlingen, donde un pueblo decimonónico entre sombras se refleja en el agua, escenifica lo que dicen de su narrativa: pensamiento en movimiento trenzado de relato y análisis, ahora, mientras habla al lector:

“Si en otras novelas he podido determinar con bastante exactitud el primer latido, como decía Nabokov, aquí no tengo un elemento tan concreto. Cuando uno lleva 43 años publicando y ha tenido varias fases, llega un momento en el cual uno acepta que tiene un estilo, unos temas principales que me preocupan y sobre los cuales se puede ahondar, y no es meramente repetición”.

“Una de las cosas que parece haberse olvidado es que hasta hace relativamente poco no había divorcio en España. Recordé que muchos matrimonios, aunque se llevaran mal y fueran indiferentes, seguían juntos. Eso me llevó a pensar que aparte de no existir el divorcio, una de las cosas que, a menudo, más mantiene a las parejas, y vale tanto para matrimonios como otro tipo de relaciones, es el rencor. Cómo el rencor es una fuerza enorme, y puede ser difícil prescindir de él. Me interesaba también abordar el deseo sexual mezclado, a veces, con amor y como uno de los motores más fuertes entre dos personas, sobre todo en la juventud. El narrador cuenta desde una edad ya madura y eso le permite observarse de joven y a los jóvenes en general. Hay una frase que define parte de la novela: ‘Los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas’, y suelen ser desaprensivos en algunos terrenos. Hay un tercer elemento: la arbitrariedad del perdón. En um momento dado uno de los personajes centrales, Eduardo Muriel, dice que la justicia desinteresada e impersonal no existe”.

No es una novela sobre los jóvenes y la sexualidad, pero… tiene coordenadas sobre ese territorio y la manera en que algunos jóvenes buscan crear recuerdos. Sembrar felicidades.

“Como autor me resulta inquietante que el joven en un momento dado tiene la sensación de haber vivido cosas como una especie de atesoramiento, y viene a decir: ‘Tengo que fijarme bien, tengo que aprehender bien este momento y estar atento a los detalles porque habrá un yo futuro que ya no tendrá tan fácil este tipo de escenas y me reclamará este momento’. Como si uno tuviera presente el espectro que será. A medida que uno cumple años descubre que el joven que fue tenía razón, y que uno ha guardado aquel día, aquella noche, aquel polvo, por decirlo mal, o aquel enamoramiento. No es malo que el lector reconozca cosas en esta novela. Cuando la gente dice que la novela es una forma de conocimiento yo digo no, para mí es una forma de reconocimiento. La novela lo que hace es traerte como lector cosas que sabías pero no sabías que sabías”.

AELM

No es una novela autobiográfica, pero…. Marías, desde el borde del sofá de esta casa donde vive hace 20 años, y con el cigarrillo entre los dedos, desanda sus años juveniles.

“El lenguaje del narrador es más crudo. Sobre todo en el pensamiento, y eso da verosimilitud. Para su configuración recordé pasajes de mi vida de joven. He pensado con cierta honestidad sobre si yo habría hecho una cosa u otra. Y a veces no es fácil reconocer y aceptar que también uno se portó de manera un poco indigna, aunque a eso está uno expuesto en cualquier edad, pero en la juventud hay cosas a las que no se les da importancia porque los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas. Y me temo que sí hay elementos del que fui…”.

No es una novela de amor, pero… tras los retratos de Los enamoramientos, en su exitosa novela anterior, en Así empieza lo malo se asoma a diferentes formas de amor.

“Lo extraordinario es que el amor sea correspondido. ¿Por qué diablos alguien a quien nosotros señalamos va a corresponder y, en caso extraño de que así sea, por qué ha de durar? Lo tenemos como algo que sucede habitualmente. Enlaza con una idea de Corazón tan blanco, cuando se dice que en realidad todo el mundo obliga a todo el mundo. En las relaciones más extraordinarias, amorosas, probablemente, al menos al inicio, hay un cierto grado de forzamiento de las circunstancias de quien toma la iniciativa, incluso en la amistad, aunque luego las tornas se cambien. Es muy raro que todo sea simultáneo. Como cuando un niño le dice a otro: ‘Quiero ser amigo tuyo’. Eso sigue siendo así, aunque no se verbalice. Verse considerado, deseable por alguien, te hace sentir bien y considerar al otro también, cosa que no hubiera sido posible de otra manera. Estamos expuestos a dejar de ser un bulto en el océano, porque si nos avistan, y tampoco ocurre mucho: o se acercan a uno, o nos esquivan.

No es una novela sobre venganzas, pero… palpita ese lado incontrolable del ser humano, junto al de la impunidad y las sombras de la justicia.

“La arbitrariedad del perdón es un misterio. El que no pasemos por alto cosas pequeñas. Quizá tiene que ver con lo que hiere el amor propio y este es enigmático. A veces nos tomamos mal que se ponga en duda algo trivial y no nos importa que se ponga en duda algo básico de nuestra personalidad o comportamiento. Nadie sabe muy bien dónde tiene puesto el orgullo. Si me lo preguntas a mí, no te sabría decir con exactitud, pero probablemente no sería en mis libros. El orgullo no siempre está puesto en lo aparentemente más importante.

No es una novela política ni histórica, pero… el franquismo parece tocarlo todo en España. Su estela es larga y el autor de Todas las almas y Mañana en la batalla piensa en mí no calla.

“Hubo un acuerdo, después de la dictadura, de no pasar factura a nadie. Es algo que ahora la gente reclama mucho, pero olvida que aunque se hubiera querido hacer, en los 80 los únicos que mantenían las armas eran los del ejército que seguían siendo franquistas como se demostró con el fallido golpe de Estado del 23-F. Si alguien hubiera dicho ‘queremos que se juzgue a los culpables del franquismo’ habría caído en el vacío. Fue acertado no llevar a nadie al banquillo, aunque eso supusiera renunciar a muchas cosas. Pero sin duda eso contribuyó a que pasáramos a tener un país más o menos normal, por muy imperfecta que sea la democracia y más imperfecta que esté ahora. No sé si fue una bajada de pantalones, como dicen algunos, pero conseguimos mucho a cambio. Se olvida que los periodos de libertad en España se contaban por trienios y ahora llevamos cerca de 40 años”.

“Una cosa es que no se pasaran cuentas y existiera una especie de amnistía general y otra es que no se pudieran saber las cosas. Y ahí es donde quizá hubo una exageración, en el ocultamiento, y eso es más irritante porque es en lo que seguimos, hasta cierto punto. En la novela hay un personaje que quiere saber algo del pasado de un amigo y luego desiste. Dice que si perdiera esa amistad al involucrarse en lo que él hizo hace muchos años, y que luego ha reparado, sería el mayor imbécil de un país donde nadie está haciendo eso. Donde se están dejando pasar las cosas. Así renuncia a saber. Eso refleja la época, 1980, y lo que ha pasado en este país. Pero no es solo reflejo de una época española sino de la historia de la humanidad. En realidad, en casi todas partes el número de crímenes que han sido juzgados y castigados es mínimo. No se puede llevar a todo un país, y ni siquiera a medio, al banquillo, salvo en una dictadura, si eres Stalin, Franco o Hitler, y ¿quién quería eso?”.

Sin dejar de hablar, Marías se levanta, se acerca al balcón y deja rodear su voz del murmullo, al regresar al sofá y pasar por el muro de sol que entra hace revolotear las finas serpentinas del humo del cigarrillo.

“No es que sea conformista, es la aceptación de que así son las cosas. Hay un momento en que dices: ‘Hay que convivir’. Pero me parece bien que queramos reclamar la verdad, y que se diga lo que sucedió. Una cosa es que no se lleve a nadie al banquillo y otra que algunos hubieran empezado a crearse biografías festivas. A veces los cambios de chaqueta son sinceros. Pero mi padre decía: ‘No creo en arte de magia’. En personas que un día están aquí y al día siguiente allá, hay que ver su desplazamiento. Tenía razón. Incluso muchos intelectuales tuvieron actuaciones dudosas u oportunistas y fueron cambiando, algunos de manera sincera. Nunca es lo mismo una guerra con los demás que con uno mismo”.

“Quizá sea mi novela más feminista en el sentido de que hay mayor conciencia del abuso habitual que se le da y se le ha dado a las mujeres. Cómo se logran de ellas cosas mediante la coacción, la amenaza, el chantaje o la denuncia. O, incluso, se busca satisfacer el deseo con ellas como manera de pago como ocurrió en el franquismo de forma rastrera”.

No es una comedia ni un melodrama, pero… hacia las siete de la tarde el autor de El hombre sentimental emparenta su nuevo libro con el culebrón en su sentido más noble.

“En mis novelas suele haber humor. Ahora, tal vez, como elemento rebajador de la tensión. Quizá porque hay elementos de melodrama en el mejor sentido de la palabra. Eso se ha producido para cierta sorpresa al intentar ser más realista, más verosímil. Al hacerlo me he encontrado con que entre más se acerca uno a la vida de las personas aparece el melodrama. La ocultación o el engaño de muchos tipos suelen estar presentes en las relaciones. Y, a veces, cuando se descubre la verdad, lo que se ha vivido se vuelve desazonador. Entonces se quiere borrar ese periodo de farsa. Pero no puede ser porque se ha vivido, fue real, aunque esa verdad invalide parte de una vida y sea un periodo contaminado”.

No es una novela ni filosófica ni sociológica, pero… Marías abunda en el tema y se pregunta qué haría la gente: ¿saber o no saber algo personal o ajeno quel e involucra? Por lo pronto, él cuenta qué va a hacer ahora.

“No tardaré mucho en empezar algo. El 20 de septiembre cumplo 63 años. La edad casi de un jubilado y si uno no está activo está peor. Antiguamente uno tenía más perspectiva en lo que yo llamaba futuro abstracto, ignoto, en el que cabe todo. Pero ahora vivo en un presente continuo y no se sabe lo que nos deparará la vida”.

Él, que ha escrito 12 novelas, ha sido traducido a 29 idiomas y ganado varios premios, y que se sabe hijo del azar porque su bisabuelo materno estuvo a punto de morir cuando era un bebé, mientras décadas después su padre fue casi empujado a la muerte, durante el franquismo, tras la infamia de un delator, deja su universo literario de Así empieza lo malo con dos personas que se miran y en silencio parecen decirse: “Y no, nada de palabras”.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 14 de septiembre de 2014

Una estela de inteligencia: ‘Un reguero de pólvora’, de Rebecca West

URDPRecientemente se ha publicado Un reguero de pólvora, un volumen que recoge seis ensayos de Rebecca West (1892-1983), autora nacida en Irlanda y criada en Escocia. El libro presenta tres artículos, realizados por encargo de The New Yorker, que hablan de la II Guerra Mundial y la situación en Alemania durante la posguerra. El primero y más largo de los tres es la crónica de los juicios de Núremberg. La fecha lo certifica elocuentemente: 1946.

Se trata de un escrito apasionante que perfila nítidamente qué es un juicio, las limitaciones en las que se debe mover, las garantías que debe procurar, incluso las diferencias entre la manera de entender la ley de las diferentes potencias aliadas; concluye que cuando una sociedad tiene que castigar a una persona debe hacerle el menor daño posible para evitar que se extiendan por ella el tipo de sentimientos que hace que la gente cometa actos delictivos.

De paso, retrata cuidadosamente Núremberg y Alemania; para ello, al conocimiento enciclopédico que caracteriza a la autora, se suma el gusto y el acierto por el detalle revelador. Por ejemplo, cuando muestra cómo la ideología influye en la arquitectura y cómo esta, a la vez, influye en la mente de las personas. Otro detalle podría ser el título compartido de los tres ensayos: “Invernadero con ciclámenes” remite al trabajo como liberación, pero sobre todo, a la gran capacidad de trabajo alemana, un rasgo que a veces la inquieta. También insinúa otra característica de la autora: el amor y la precisión con que describe la naturaleza y la trasciende.

El segundo, escrito en 1949, explica finamente el reparto de Berlín por parte de las potencias aliadas y el inicio de la Guerra Fría. En este artículo, las vicisitudes de la época se vuelven comprensibles a partir de detalles como la manera de ser y de relacionarse de la gente enviada por las diferentes potencias con la población autóctona ocupada, o simplemente a raíz de los avatares de la intendencia.

El tercero y último (1954) es la fundamentada refutación al libro de un político nazi, secretario de uno de los encausados en los juicios (es aterrador, por cierto, que el libro haya merecido hace poco el honor de ser traducido por una editorial barcelonesa). La autora, menos de diez años después de finalizar la guerra, se da cuenta ya del milagro alemán a partir de un detalle aparentemente tan trivial como la forma de vestir de la delegación alemana durante una cumbre de economistas que tiene lugar en Lausana. En definitiva, tres artículos imprescindibles no sólo para entender los juicios de Núremberg o la posguerra en Alemania, sino también la II Guerra Mundial, la situación geopolítica o la condición humana.

Las claves del comportamiento humano continúan desgranándose en tres artículos sobre crímenes -un género bien británico- que se intercalan y completan el volumen. El primero, Ópera en Greenville es la crónica del juicio a treinta y un taxistas que lincharon a un negro en Carolina del Sur; un detalle de cómo es el comportamiento de los acusados con la familia y amistades en los recesos del juicio dan perfecta cuenta del racismo imperante en aquel momento en aquella sociedad. El segundo, El señor Setty y el señor Hume, narra un oscuro asesinato cometido en Londres; en este caso, se centra -el título ya lo insinúa- en el análisis de la psicología del presunto asesino y de uno de los testigos; éste y su familia ejemplifican, además, una gran parte de la buena, sensata y humilde gente del país; también nos hace ver el paisaje de un trocito del sur de Inglaterra (y hace que escuchemos las diferencias entre el ruido de dos aspiradoras; una minucia si se quiere, pero que desmonta dos coartadas).

El tercero, La mejor ratonera, narra un pequeño pero revelador caso de espionaje que anuncia a famosos espías posteriores. West aprovecha la simple génesis de la calle Kensington Palace Gardens y de quien habita sus espléndidos caserones para explicar varias fortunas europeas, así como cambios sociales, económicos y políticos de gran alcance. El retrato y el contexto del embajador británico en Rusia, especialmente el de su mujer, dan cuenta de más de un momento histórico.

La profunda inteligencia de West nunca deslumbra. Al contrario: ilumina y emociona. El análisis profundo siempre se acompaña de la compasión, de una chispeante capacidad de comprensión, de una enorme capacidad de empatía. Trate lo que trate, ya sea cuando razona sobre las experiencias que trascienden y las que no, cuando despliega conocimientos ingentes -siempre pertinentes-, cuando habla ecuánimemente de la situación de las mujeres, o cuando con tres pinceladas cuenta un lugar concreto y, además, el país y el momento histórico (o, incluso, el siglo anterior), todo queda convertido en literatura de la buena, donde la ironía siempre está presente. Hagamos una cata:

“En esta zona [el Tiergarten], los káisers habían dado carta blanca a la escultura, lo que había demostrado que los encargos a los artistas no tienen por qué resultar necesariamente un estímulo para el arte”.

Portada ESDLTHay que agradecer la edición de un Un reguero de pólvora al Reino de Redonda; tres años antes, editó otro importante ensayo de West, El significado de la traición. Aunque no se ha traducido ninguna de sus muchas obras de crítica literaria, en 2001 se publicó el inmenso y portentoso, en todos los sentidos, Cordero negro, halcón gris: un viaje al interior de Yugoslavia; reducirlo a un libro de viajes sería lo mismo que considerar que un libro como La plaza del Diamante de Rodoreda versa sobre palomas.

La dedicación de West -que fue una de las críticas literarias más reconocidas e influyentes del Reino Unido- a la poesía, al reportaje o al ensayo, su dimensión pública, su feminismo, no debería hacernos olvidar su dedicación a la novela. A pesar de que incomprensiblemente es una escritora poco traducida, se han traducido, entre otras, las muy recomendables e interesantes Cuando los pájaros caen (2011) o El regreso del soldado (2008).

Leer a Rebecca West es una de las dedicaciones más placenteras y enriquecedoras a que una puede dedicarse en este mundo.

EULALIA LLEDÓ CUNIT

El Huffington Post, 7 de septiembre de 2014

Versión en catalán

‘Así empieza lo malo’, una novela sobre el deseo, el rencor y la arbitrariedad del perdón

AELM
ASÍ EMPIEZA LO MALO
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, 23 de septiembre de 2014

«No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia, y sin embargo hoy sería imposible. Me refiero a lo que les pasó a ellos, a Eduardo Muriel y a su mujer, Beatriz Noguera, cuando eran jóvenes, y no tanto a lo que me pasó a mí con ellos cuando yo era el joven y su matrimonio una larga e indisoluble desdicha».

Este es el arranque de Así empieza lo malo, «una historia tenue de la vida íntima, de las que no suelen contarse o sólo en susurros», evocada por quien en su juventud fue testigo y partícipe, Juan de Vere, mientras estuvo al servicio de un antaño exitoso director de cine. Ese trabajo le permitió asistir al extraño, desequilibrado presente del matrimonio, así como asomarse a sus misteriosos agravios pretéritos.

En el Madrid excitado de 1980, Muriel encarga al joven De Vere que investigue y sonsaque a un amigo suyo de media vida, el Doctor Jorge Van Vechten, de cuyo indecente comportamiento en el pasado le han llegado rumores. Pero Juan no se limitará a eso y tomará dudosas iniciativas, porque, como él mismo reconoce desde su edad madura, «los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas».

Así descubrirá que no hay justicia desinteresada, sino que está siempre contaminada por el rencor personal, y que todo perdón o castigo son arbitrarios, los individuales y los colectivos. Con su prosa inteligente y profunda, Javier Marías nos da también una novela sobre el deseo, que a menudo se impone a todo escrúpulo, lealtad o respeto, y sobre nuestra imperfecta contemplación de los hechos, siempre tuerta: a veces por fuerza, a veces por entera decisión nuestra.

La crítica ha dicho…

«Javier Marías es un escritor maravilloso.»
John Banville

«Javier Marías es uno de los más grandes escritores vivos.»
Claudio Magris

«Independientemente de nuestras expectativas, al leer elegimos pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión: su mente es profunda, aguda, a veces turbadora, a veces hilarante, y siempre inteligente.»
Edward St Aubyn, The New York Times Book Review

«Un escritor profundamente necesario, un caballero andante, divertido, punzante, lleno de ira y amor.»
The Guardian

«De una inteligencia deslumbrante y cautivadora, parece que no haya nada que Marías no pueda conseguir con la ficción. No es extraño que se lo mencione continuamente como potencial Premio Nobel.»
Kirkus Reviews

«Hechizante… evoca a creadores de acertijos como Borges, y las tramas de Marías, ingeniosas como jugadas de ajedrez, traen a la mente al gran maestro estratega del siglo xx, Vladimir Nabokov.»
Los Angeles Times

«Es uno de esos raros y preciosos seres, un simple novelista que ama las historias e intrigado por el mal.»
Colm Tóibín, New York Review of Books

«Javier Marías es, en mi opinión, uno de los mejores escritores europeos contemporáneos.»
J. M. Coetzee

«Estoy gratamente impresionado por la calidad de la escritura de Marías… por su empeño y precisión.»
W. G. Sebald

«Los libros de Javier Marías me han producido un gran impacto.»
Graham Swift

Más información

SILLÓN DE OREJAS. Bloqueos y ensoñaciones veraniegas
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia, 30 de agosto de 2014

‘En compañía de Rebecca West’

URDP
El pasado año pudimos ver un vídeo donde la madre del pintor Miquel Barceló bordaba un mantel con figuras del bestiario artístico de su hijo. El resultado era maravilloso y al pensarlo recordé, no sé por qué, algo que leí años atrás, donde se comparaba la inteligente prosa de Chacel con la compleja artesanía del bordado. Digo inteligente y complejo porque un bordado puede ser plano o tener profundidad y tanto las novelas de Rosa Chacel como aquel mantel bordado por Francisca Artigues convertían la superficie plástica en ese lugar profundo de donde surge el arte.

Algo de esto -pero al revés: del arte a la realidad- hay también en los libros de Janet Malcolm, libros-pesquisa en los que los mundos de Chejov, Freud, o Gertrude Stein en la Francia ocupada, son desmenuzados y reconstruidos ante nuestros ojos en un meticuloso bordado que convierte distintos fragmentos de vida artística en una forma de arte de vida, con sus secretos al aire. Pero algunos de los que hace años nos gustó Janet Malcolm, desconocíamos a Rebecca West, nom de guerre, de Cicely Isabel Fairfield, del mismo modo que Isak Dinesen lo es de la escritora Karen Blixen.

La ignorancia es a veces una fuente de alegrías. Curarla, quiero decir. Pero también poseerla para poder hacerlo. Cuando escuchamos que alguien dice a los sesenta años “estoy leyendo a Borges por primera vez en mi vida”, lo primero que experimentamos es cierta y bien fundada incomprensión: ¿dónde estaba antes? ¿Cómo ha podido esperar tanto? Pero después nos asalta otro sentimiento: nos gustaría tener en ese momento la misma sensación -disfrutada en un pasado muy lejano- del descubrimiento borgiano que tiene ahora ese lector tan tardío. Yo siempre creí que Rebecca West era una autora de best sellers romanticones y nunca había sentido curiosidad alguna por sus libros. Digamos que mi ignorancia era una forma de estupidez -ni siquiera sabía que había sido amante de Orwell- de la que me sacó el escritor Javier Marías enviándome el magnífico ensayo de West, El significado de la traición, publicado en Reino de Redonda, editorial propiedad del rey de ese reino marino, Xavier I, o lo que es lo mismo, el citado Marías. Sí, hayPortada ESDLT escritores que son monárquicos -es decir, shakespearianos en su visión de la jefatura de Estado- y un escritor, en España, que es monarca y no sólo del tiempo de sus novelas. Desde que leí El significado de la traición -un libro demoledor con la tradición del espía británico en el siglo XX- ya no puedo, ni podré, pensar en Anthony Blunt o en los miembros del círculo de Cambridge de la misma forma que lo hacía antes. Y siempre he de recordar las contundentes palabras de Rebecca West al cerrar su prólogo: “El espionaje es un juego de patanes”. Y yo, que empecé a colaborar habitualmente en prensa con una laudatoria necrológica de Anthony Blunt… En fin: también la ignorancia –curarla- proporciona disgustos desde que existe el fruto del árbol del bien y del mal.

Hace poco, la editorial Reino de Redonda ha publicado otro libro de Rebecca West titulado Un reguero de pólvora. Aquellos que han gustado de Janet Malcolm -y perdón por la insistencia-, corren el peligro, si lo leen, de encontrarla un juego adolescente al lado de la prosa -profunda y minuciosa- de Dame West cuando escribe sobre el juicio de Núremberg y la ocupación aliada de Alemania. La entomóloga pasada por el psicoanálisis –Malcolm- frente a una mujer sabia -a lo Montaigne- y su dominio de la naturaleza humana –West- con sentencias de gran altura. “Cuando la sociedad tiene que lastimar a una persona ha de hacerle el menor daño posible, so pena de que se extiendan por esa sociedad sentimientos de los que impulsan a la gente a cometer actos por los que acaban en la horca”, escribe West. Y aquí nos está hablando de algo íntimamente relacionado con la ley y el estado de derecho: la defensa de la civilización y la constatación de su superioridad moral sobre la institucionalización de la violencia, la traición o, simplemente, el delito común. Porque esa es la impresión que se tiene leyendo el libro: la de estar en el interior de alguien que defiende y nos recuerda cuál debería ser nuestro lugar ya no sólo frente a la barbarie, sino frente a la adulteración, falsedad y torcimiento de la realidad y su complejidad moral. En estos tiempos, una compañía necesaria.

Rebecca West era una mujer muy inteligente y Un reguero de pólvora posee la complejidad arquitectónica de una novela en la que los personajes secundarios son reales y no tienen precio, más la apasionante destreza de un reportaje del llamado Nuevo Periodismo, no inventado aún en su época. Y debería ser de lectura obligatoria en las facultades de Derecho y más que aconsejable entre los profesionales del mismo. El libro trata de Núremberg y sus consecuencias, en los extraordinarios capítulos titulados Invernadero con ciclámenes, escritos en 1946 (el juicio en sí y su entorno), 1949 (las mujeres alemanas en la inmediata postguerra) y 1954 (una lectura crítica del revisionismo alemán). Para ello enlaza con la inquietante mutación que puede sufrir cualquier sociedad y cómo esa mutación se convierte en nobleza y en más miseria en la derrota y más adelante resurge como justificación del pasado y su maquillaje. Sólo por esos capítulos -y el sólo se queda corto y mezquino- Un reguero de pólvora adquiere la altura de la gran literatura (con toda una concepción filosófica de fe democrática, una profunda y vasta cultura detrás que sostienen la fortaleza -porque es fortaleza- de West, y detalles de un humor impagable). Pero también está el seguimiento de tres procesos judiciales y el relato de sus causas, donde Rebecca West vuelve a brillar con un talento superior al de la mejor Agatha Christie en el tratamiento de los detalles, una meticulosidad proustiana hija del más lúcido psicologismo y el encantamiento descriptivo de un buen libro de viajes. Uno de ellos, La mejor ratonera, enlaza en cierto modo con los textos de El significado de la traición, con lo que el placer cómplice es doble. Sólo añadiré que ahora me gustaría continuar flotando en mi ignorancia acerca de Rebecca West, para disfrutar una vez más de la misma manera que lo he hecho con ella en el Reino de Redonda.

JOSÉ CARLOS LLOP

Diario de Mallorca, 3 de agosto de 2014

De crímenes y un milagro (alemán)

URDP PLLa escritora inglesa Cicely Isabel Fairfield (1892-1983) firmó su primer artículo con el seudónimo de Rebecca West en 1912, cuando colaboraba con un semanario feminista —The Freewoman— que más allá del sufragismo abordaba cuestiones de sexualidad y clase social. La elección del heterónimo no era arbitraria sino muy motivada, porque así se llamaba la protagonista torturada y contestataria del melodrama de Ibsen La casa de Rosmer. Rebecca West hizo bueno el seudónimo cuando provocó al escritor H. G. Wells —por entonces ya consagrado— con una crítica de su novela Marriage en donde le llamó “solterona entre los novelistas”. Más adelante, sin embargo, se convirtió en su amante y tuvo con Wells a su único hijo, Anthony West, con quien mantuvo durante toda su vida una relación enfermiza, al parecer no muy distinta a la de Katherine Hepburn y Montgomery Clift en De repente, el último verano.

Respecto a su obra, West escribió novelas —algunas llegaron a ser best sellers—, relatos, poesía, reportajes y ensayos, y desde los años veinte fue una de las críticas literarias más influyentes de Reino Unido. Entre sus obras se cuenta la imponente Cordero negro, halcón gris (1941), que, pese al subtítulo de Un viaje por Yugoslavia, desborda con mucho el género y se ha considerado su mejor libro. Por añadidura, gracias a sus dotes sociales dentro y fuera del mundillo de las letras (fue dama del Imperio Británico), a la intuición con que detectaba lo que podía resultar de interés para el público y a su capacidad para la polémica, alcanzó desde muy temprano el estatuto de figura literaria. A la larga, siendo muy prolífica, también hizo dinero.

URDPEn Un reguero de pólvora, que se publica ahora por primera vez en España, West reunió seis reportajes que tienen por denominador común los procesos judiciales. Por una parte, se encuentran los tres reportajes sobre los juicios de Núremberg que la revista estadounidense The New Yorker encargó sucesivamente a West en 1946, 1949 y 1954. La autora los tituló ‘Invernadero con ciclámenes’. Por otra, el volumen recoge tres crónicas dedicadas a otros tantos crímenes. En la primera de estas, ‘Ópera en Greenville’, la escritora narró el proceso contra un grupo de 31 taxistas blancos acusados del linchamiento de un negro en una ciudad de Carolina del Sur. En la segunda crónica, titulada ‘El señor Setty y el señor Hume’, relató un crimen en los bajos fondos londinenses. Por fin, en ‘La mejor ratonera‘ contó la historia de un joven radiotelegrafista del Ministerio de Asuntos Exteriores británico que entra en contacto con un diplomático soviético y es reo de espionaje.

A decir verdad, estas tres crónicas contrastan con ‘Invernadero con ciclámenes’, de manera parecida a como podrían hacerlo tres breves de sucesos con un artículo de fondo. El interés de los tres reportajes está más en los destellos de lucidez y la elocuencia con que West describe, narra y divaga que en los asuntos, bastante sórdidos y que se resuelven con cierta vaguedad tanto desde un punto de vista ético (salvo, quizás, en ‘Ópera en Greenville’) como literario (no solventan los misterios). Al fin y al cabo, son crónicas realistas, productos de un momento dado en el que todavía permanecen; en ese sentido, hacen relatos menores, aunque en su momento fueran reportajes excelentes.

Por contra, ‘Invernadero con ciclámenes’ justificaría más que de sobra su publicación como libro independiente. Tal vez el editor o la autora, en su día, colaron de rondón las otras tres crónicas para engordar el volumen. Sea como fuere, West escribió uno de sus mejores textos, un documental sobre la evolución de un país devastado por la guerra e invadido por cuatro potencias victoriosas que obra, pese a todas las dificultades y gracias también a la generosidad de los vencedores, lo que dio en llamarse “el milagro alemán”. El invernadero del título hace referencia precisamente al espítitu industrioso germánico del que West fue testigo en Núremberg en 1946, cuando vio cómo un hombre con una sola pierna y una niña de 12 años cultivaban ciclámenes y milagrosamente lograban venderlos en un país donde la gente no tenía qué comer.

Ocho años más tarde, West, estando en Lucerna (Suiza), observó a los economistas que asistían a una reunión de alto nivel. Allí pudo ver que de entre los representantes aliados los americanos aparentaban ser los más ricos con diferencia, hasta que llegaron los de la delegación alemana, y los estadounidenses parecieron pobres a su lado. El trasfondo moral, como no podía ser de otro modo, es el juicio al nazismo y los problemas legales —sobre todo de procedimiento— y de organización que, mal que bien, se arrostraron y se solventaron en los juicios de Núremberg. Algo empezaba entonces que todavía no ha terminado hoy, y West lo contó a las mil maravillas.

FERNANDO CASTANEDO

El País, Babelia, 26 de julio de 2014

‘Los enamoramientos’, de Javier Marías, gana el Premio Tomasi di Lampedusa

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Los enamoramientos, de Javier Marías, ha sido distinguida con el premio literario internacional Giuseppe Tomasi di Lampedusa. El galardón, cuyo jurado está compuesto en esta edición por Salvatore Silvano Nigro, Giorgio Ficara y Mercedes Monmany, lo han recibido anteriormente escritores de la talla de Tahar Ben Jelloun, Claudio Magris, Amos Oz, Kazuo Ishiguro y Mario Vargas Llosa, entre otros. Los enamoramientos, traducida en italiano como Gli Innamoramenti, ha sido publicada en Italia por la editorial Einaudi. La ceremonia de entrega del premio, que celebra este año su undécima edición, tendrá lugar la noche del martes 5 de agosto en Sicilia.

Este premio internacional se suma al reconocimiento y al gran éxito de crítica y público que ha recibido Los enamoramientos (Alfaguara, 2011). En España, fue elegido mejor libro del año por Babelia, en 2011, y recibió el XIV Premio Qué Leer que otorgan los lectores de esta revista literaria. En el extranjero, Los enamoramientos ya se ha traducido a un total de 29 lenguas y ha sido finalista del National Book Critics Circle Award como mejor novela publicada en Estados Unidos en 2013. Además, fue seleccionada por el diario The New York Times entre las cien mejores obras de ficción de 2013. Las ediciones se han sucedido en países como Alemania, Francia, Holanda, Italia, Reino Unido y Estados Unidos.

AELM

La próxima novela de Javier Marías, Así empieza lo malo, la publicará Alfaguara el 23 de septiembre de 2014 en lanzamiento simultáneo en todo el ámbito de la lengua castellana. Así empieza lo malo cuenta la historia íntima de un matrimonio de muchos años, narrada por su joven testigo cuando éste es ya un hombre maduro. Juan de Vere tiene 23 años, acaba de finalizar sus estudios y encuentra su primer empleo como secretario personal de Eduardo Muriel, un antaño exitoso director de cine, en el Madrid de 1980. Su trabajo le permite entrar en la privacidad de la casa familiar y ser espectador de una misteriosa desdicha conyugal.

Alfaguara, 15 de julio de 2014

«Sea lo que sea que creamos que vaya a suceder mientras leemos, estamos eligiendo pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión; su mente es profunda, aguda, a veces chocante, a veces hilarante, y siempre inteligente.

The New York Times Book Review

«Es fácil entender por qué el nombre de Javier Marías se menciona a menudo en las discusiones sobre los potenciales ganadores del Premio Nobel de Literatura ya que Los enamoramientos aborda temas que atacan al corazón mismo de la condición humana. Marías entrelaza argumentos filosóficos, literatura clásica y conversaciones tanto reales como imaginadas que dan forma a una caleidoscópica obra de arte. Un libro para ser saboreado, discutido y releído.»

The Gazette

le-italia
Efe

El País

Abc

20 Minutos

Las Provincias

Revista Arcadia

El Universal

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Premio Giuseppe Tomasi di Lampedusa a ‘Gli Innamoramenti’

 

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Premi: allo spagnolo Javier Marias il “Tomasi di Lampedusa”

“Un romanzo angosciante”. Così Gioacchino Lanza Tomasi, presidente della giuria della undicesima edizione del Premio letterario internazionale intitolato a “Giuseppe Tomasi di Lampedusa”, commenta il romanzo Gli Innamoramenti (Einaudi), opera dello scrittore Javier Marías, vincitore di questa edizione.

La cerimonia di premiazione, condotta dalla giornalista Rai Rosanna Cancellieri, si svolgerà la sera di martedì 5 agosto in Piazza Matteotti a Santa Margherita di Belìce. Sul palco della città del “Gattopardo”, oltre a Javier Marías, anche la cantante Fiorella Mannoia che eseguirà alcuni fra i brani più noti del suo repertorio e l’attore Sebastiano Somma che leggerà alcuni frammenti tratti dall’opera di Tomasi di Lampedusa.

“Una delle idee per l’Expo 2015 – commenta l’assessore regionale al Turismo, Sport e Spettacolo Michela Stancheris – è quella di raccontare il territorio partendo dalle personalità che hanno narrato la Sicilia, come Tomasi di Lampedusa. Un intreccio tra storia e territorio, promuovendo la Sicilia culturale”. Si parte dunque da Santa Margherita di Belìce, luogo tristemente noto per il terremoto del 1968, simbolo della Sicilia del feudo del mondo tomasiano. “Il Premio è diventato patrimonio comune dell’intera cittadinanza – spiega Franco Valenti, sindaco di Santa Margherita di Belìce -. Ascoltare le parole di uno scrittore di fama internazionale è un segnale di crescita culturale”.

Quest’anno il Premio punta sui giovani con una sezione didattica intitolata “L’officina del Racconto” in cui sono stati coinvolti studenti attraverso un laboratorio di scrittura legato ai Ricordi d’Infanzia del Tomasi. “Siamo convinti – aggiunge il vice sindaco e direttore del premio Tanino Bonifacio – che questa idea possa rappresentare un ulteriore passo in avanti per avvicinare i ragazzi alla cultura letteraria”. Alla cerimonia di premiazione parteciperà anche la giuria del Tomasi di Lampedusa, presieduta da Gioacchino Lanza Tomasi, e composta da Salvatore Silvano Nigro, Giorgio Ficara e Mercedes Monmany.

ANSA, 8 Luglio 2014

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Javier Marías vincitore della XI edizione del Premio Giuseppe Tomasi di Lampedusa

E’ Javier Marías, il vincitore della undicesima edizione del Premio letterario internazionale Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Lo scrittore spagnolo, che è anche traduttore, giornalista e saggista, si aggiudica il riconoscimento per il romanzo dal titolo Gli innamoramenti (Einaudi). La cerimonia di premiazione si svolgerà martedì 5 agosto (ore 20.45), in Piazza Matteotti a Santa Margherita di Belìce, la serata sarà condotta dalla giornalista Rai Rosanna Cancellieri. Sul palco della città del Gattopardo, oltre a Javier Marías, anche Fiorella Mannoia che eseguirà in acustico alcuni fra i brani più noti del suo repertorio musicale e Sebastiano Somma che leggerà frammenti tratti da Il Gattopardo. L’attore campano, noto al grande pubblico per le sue interpretazioni televisive, tornerà sempre sullo stesso palco anche l’indomani, e cioè mercoledì 6 agosto, alle 21,00 con un recital-spettacolo per immagini dedicato a Il Gattopardo per la regia di Gaetano Stella.

Il sindaco Franco Valenti: “Siamo molto orgogliosi di ospitare un grande scrittore come Javier Marías. Il Premio è diventato negli anni patrimonio comune dell’intera cittadinanza. Incontrare e ascoltare le parole di uno scrittore di fama internazionale è un segnale di crescita culturale soprattutto per le nuove generazioni”. E proprio sui giovani punta quest’anno il Premio con una sezione didattica intitolata “L’officina del Racconto”. “Abbiamo voluto coinvolgere gli studenti dell’Istituto Comprensivo Giuseppe Tomasi di Lampedusa di Santa Margherita – spiega il vice sindaco e direttore del Premio Tanino Bonifacio – attraverso un laboratorio di scrittura ispirato ai ricordi di infanzia del Tomasi. Sono una quindicina i racconti che abbiamo sottoposto all’attenzione della giuria del Premio, ed alcuni sono veramente emozionanti, il miglior componimento sarà premiato con una targa. Siamo convinti – conclude Bonifacio – che questa idea possa rappresentare un ulteriore passo in avanti per avvicinare i ragazzi alla lettura, alla cultura letteraria”.

Matteo Raimondi, presidente dell’Istituzione Giuseppe Tomasi di Lampedusa, punta sul territorio: “Il Premio è diventato un appuntamento importante non solo per Santa Margherita di Belìce ma per tutto il territorio siciliano. E evidente a tutti come negli ultimi anni il Premio sia cresciuto in maniera esponenziale. Sono migliaia le persone che partecipano alla cerimonia di premiazione, tutto ciò comporta una crescita culturale ma anche uno sviluppo economico per l’intero territorio delle Terre Sicane”. Alla cerimonia di premiazione del 5 agosto parteciperà anche la giuria del Tomasi di Lampedusa, presieduta da Gioacchino Lanza Tomasi, insieme al musicologo Salvatore Silvano Nigro, Giorgio Ficara e Mercedes Monmany.

Nelle precedenti edizioni il riconoscimento è stato assegnato a: Abraham B. Yehoshua con il romanzo La Sposa liberata (Einaudi), Tahar Ben Jelloun con Amori stregati (Bompiani), Claudio Magris con Alla cieca (Garzanti), Anita Desai con Fuoco sulla montagna (Einaudi), Edoardo Sanguineti con Smorfie (Feltrinelli), Kazuo Ishiguro con Notturni. Cinque storie di musica e crepuscolo (Einaudi), alla memoria di Francesco Orlando con La doppia seduzione (Einaudi), Valeria Parrella con Ma quale amore (Rizzoli), Amos Oz con Il Monte del Cattivo Consiglio (Feltrinelli) e Mario Vargas Llosa con Il sogno del Celta (Einaudi).

GuidaSicilia, 9 Luglio 2014

Entrevista con Gioacchino Lanza Tomasi
ALFONSO ARMADA
Abc, 19 de mayo de 2014