LA ZONA FANTASMA. 22 de diciembre de 2013. Las bandas de la banda ancha

Cada aparato kindle, o e-book, o de libro electrónico existente en Francia, compra una media de 4,6 libros al año. En Italia, país con fama de no muy honrado, son 4,4 los que adquiere legalmente cada usuario. En España, el porcentaje es de 0,6. Cada individuo con uno de esos dispositivos de lectura en pantalla paga más o menos medio libro en el plazo de doce meses. ¿Quiere esto decir que los españoles que se han hecho con un e-book (o como finalmente se llamen) lo tienen de adorno en sus casas y no lo utilizan para su función lectora? En absoluto. Lo que significa es que casi cuanto se lee en ellos es pirateado, robado con total impunidad y con el beneplácito vengativo de nuestro Gobierno. Fue a partir de la Navidad de 2011 cuando el juguete llegó aquí de veras y se puso de moda. El resultado es que las ventas de libros en papel han disminuido brutalmente. Tengo un informe en el que se comparan las de las novelas última y penúltima de varios autores de best-sellers como Dan Brown, Ken Follett, Paulo Coelho y unos cuantos españoles cuyos nombres omitiré para no darles “mala prensa”. Sus últimas obras respectivas han vendido un 52%, un 62%, incluso un 70% menos que las anteriores. Cierto que no hay dos libros iguales, aunque sean del mismo escritor: unos caen más en gracia que otros; el público se cansa fácilmente (“Ya he leído dos de éste, me da pereza un tercero”), las modas son efímeras. Y, por supuesto, está la crisis, pero ésta ya llevaba varios años antes de la Navidad de 2011. Últimamente los editores, las agentes, los libreros –independientes o de grandes superficies–, hasta algunos autores, todos me aseguran que la salvaje caída de las ventas se debe mucho más a la piratería que a la situación económica que el Gobierno de Rajoy nos agrava día tras día.

Me disculpo por utilizarme como ejemplo y por resultar didáctico, pero en este país lo segundo es recomendable siempre. De aquí a un par de meses espero haber terminado una nueva novela que rondará –calculo– las 500 páginas. Habré empleado en ello dos años y pico, con unos veinte meses de muy intenso trabajo (al principio hay mucho tanteo). Lo que ganaré con esta novela dependerá de sus ventas, exclusivamente. Si su precio es de 20 euros, a mí me llegarán unos 2 por cada ejemplar despachado. Eso en papel. En libro electrónico costará unos 8 euros, luego percibiré alrededor de 0,80 por cada uno comprado legalmente. Así, si se venden 10.000 ejemplares en papel, mi tarea de dos años largos se remunerará con 20.000 euros. Si se venden 100.000, multipliquen por diez. Todos dependemos del interés de los lectores; nada se nos regala; si ellos deciden no asomarse a nuestro texto, no cobramos, o muy poco. Cada individuo que piratee esa novela futura mía me estará robando –o me privará de ganar– 0,80 o 2 euros, según el soporte. Si 5.000 personas hacen eso, me habrán restado 4.000 o 10.000 euros (a los editores y libreros más, naturalmente).

Imaginen ustedes, se dediquen a lo que se dediquen, que les quitaran esas cantidades de sus sueldos o ganancias, simplemente porque quienes se benefician de su trabajo pueden hacerlo sin que pase nada. Pueden disfrutar de él gratuitamente. Bueno, no del todo: pagan una buena cantidad a las empresas de telefonía por una banda muy ancha que les permite “descargarse” el producto del esfuerzo de ustedes. El escritor en España (como el músico y el cineasta) no hace negocio con eso, no percibe nada (recuerden: 0,6 libros vendidos al año por dispositivo electrónico). Pero las telefonías sí lo hacen, y perciben muchísimo “ofreciendo” tácitamente el goce del trabajo ajeno. Lo que no se le dice al usuario, pero se le insinúa, es: “Si se compra un e-book y contrata una banda anchísima, leerá gratis lo que se le antoje. Usted no le pagará al autor ni al editor, ni yo tampoco. Usted me pagará a mí por el mecanismo que lo facultará para robar tranquilamente. El autor, el editor y el librero, que se fastidien”.

Yo no sé hasta qué punto la gente es consciente de lo que se trae entre manos, con la connivencia inconfesada de las telefonías, que son las que cobran y sacan tajada de mis dos años largos ante la máquina (el talento posible es otro asunto y no voy a presumir de poseerlo, pero es algo que también merece recompensa en los casos indudables). Cada novela corre su suerte, ya lo he dicho. Pero, si cuando salga la que estoy cerca de acabar (no creo que antes de septiembre, y si le doy el visto bueno), sus ventas respecto a la anterior bajan tanto como un 70%, deberé plantearme si valdrá la pena acometer otra más adelante, a sabiendas de que mis posibles ganancias me las estarán esquilmando a lo bestia. Figúrense a un profesor al que no se le abonan muchas de sus horas de clase; a un banquero que debe dar gratis parte de sus servicios; a un empleado al que sólo se le pagan cinco horas de las ocho que trabaja a diario; a un zapatero que debe entregar por nada un porcentaje del calzado que crea y produce; a un ministro que ha de regalar sus conocimientos y su gestión parcialmente. Y así con cualquier oficio. Repito: yo sólo cobro si a los lectores les da la gana de leer lo que escribo. Si se la da, pero muchos no pagan nada por ello, ya me dirán qué clase de tonto sería si continuara atado a la silla, devanándome mis pocos sesos para llenar, línea a línea, 500 páginas supuestamente interesantes o turbadoras o placenteras. Uno no debería estar dispuesto a que lo perjudiquen quienes lo aprecian. Como si no bastara con los otros.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 15 de diciembre de 2013. Neofranquismo

Por si no bastara con cuanto comenté hace una semana, y que lleva a gran número de españoles a avergonzarse de su país y a no poder defenderlo, el Gobierno de Rajoy, a través de su Ministro del Interior Fernández, planea una nueva Ley de Seguridad Ciudadana de inspiración innegablemente franquista. Ya se ha hablado mucho de ella: de cómo va a penalizar y limitar las protestas, el derecho de manifestación y cuanto moleste a los gobernantes y a la policía mandada por ellos; de las multas demenciales con que va a castigarse casi cualquier insumisión o desacuerdo, o lo que las propias fuerzas del orden consideren “amenazas, insultos, coacciones, injurias o vejaciones” contra los agentes. Es decir, éstos podrán moler a palos a los manifestantes, arrastrarlos, soltarles barbaridades y detenerlos con o sin motivo, y los manifestantes no podrán responder de ningún modo, ni siquiera verbalmente, bajo riesgo de perder mil euros si, por ejemplo, llaman “bestia” al uniformado galáctico que les propina una paliza. Fernández había decidido inicialmente que eso pudiera costar hasta 600.000 euros (sic), lo cual nos da idea de la “seguridad” que esta Ley brinda: con ella se echa a los ciudadanos a los pies de los caballos y se blinda a los policías y a los políticos que se sirven de ellos. Lo propio de un Estado policial, sin duda.

Con todo, lo más indisimuladamente franquista del proyecto es lo siguiente, según Jesús Duva en este diario: “Las denuncias de los policías tienen presunción de veracidad y, por tanto, es el denunciado quien debería demostrar que lo dicho por los agentes es inveraz”. Era así exactamente como funcionaba la represión durante la dictadura, o en todas las dictaduras, mejor dicho. De todo el mundo es sabido que la mayor perversión de la justicia, lo que la hace impracticable, es dar crédito al denunciante y eximirlo de aportar pruebas, y cargar al acusado con la tarea de demostrar su inocencia. Esto último es simplemente un imposible: si yo sostengo que Rajoy y Fernández han asesinado a una mujer el 30 de noviembre, y no me veo obligado a demostrarlo porque tengo “presunción de veracidad”; si Presidente y Ministro carecen de coartada en esa fecha y se los emplaza a probar que no mataron a esa mujer, ya me dirán cómo podrían lograrlo. Demostrar que uno no ha hecho algo, si se parte de la base de que sí (si la mera acusación equivale en principio a condena), es enteramente imposible. Es la justicia al revés y la negación de ésta, lo mismo que regía en tiempos de Franco, cuando un gris podía detener a cualquiera porque no le gustaba su aspecto, y acusarlo impunemente de la felonía que se le antojara. La práctica la consagraba la Ley de Vagos y Maleantes, nombre que no sé por qué no recupera también el proyecto de este Gobierno, en vista del parecido.

Pero ojo, a esto se añade que a partir de la Ley nueva estarán castigadas la grabación y difusión de fotos o imágenes de policías “que supongan mofa para ellos o algún riesgo para la seguridad”. Como serán los propios polis quienes decidan cuándo hay mofa o riesgo, lo que de hecho quedará sancionado será la captación y utilización de cualquier imagen de guardias, de manera que los denunciados tampoco podrán probar su inocencia mediante documentos visuales. Veamos un caso reciente, el de los ocho mossos d’esquadra que apalearon en masa al empresario Benítez y le causaron la muerte –todo supuestamente–. Pese a que una mossa se presentó más tarde en casa de una vecina y la obligó a borrar lo que había filmado con su cámara, salieron a la luz otras grabaciones en las que se ve cómo ocho valientes le dan una tunda al empresario (según ellos, “lo reducen”). Este presunto homicidio ha sido calificado por el jefe de ese cuerpo, Prat, de “actuación más o menos correcta”, y el conseller de Interior, Espadaler, lo ha respaldado. (El Gobierno de la Generalitat, de CiU con el apoyo de Esquerra escondiendo siempre la mano, es idéntico al de Rajoy, lo cual hace cada vez más ridículo que el primero se quiera independizar del segundo; se entendería algo si fueran opuestos, pero es que resultan gemelos en su totalitarismo neofranquista.) Imaginen por tanto en qué habría quedado el episodio si no hubieran existido imágenes. Los bravísimos mossos habrían gozado de la “presunción de veracidad”, podrían haber inventado una patraña a su gusto (que el empresario empuñó una metralleta, que era Hulk y se puso verde y atacó él solo a los ocho poniéndolos en grave peligro) y haberse ido de rositas a casa. Está por ver que no lo consigan, pese a todo. Ya se encargaron, en el momento, de borrar el rastro de sangre que habían dejado, “por higiene”, y de destruir las grabaciones de su “actuación correcta” que localizaron.

La nueva Ley de Seguridad Ciudadana, así pues, invalidará toda imagen de agentes del orden delinquiendo o abusando o sobrepasándose. Fotografiarlos o filmarlos en la comisión de un exceso o un crimen será una infracción castigada por dicha Ley. Ésta los declara por definición honrados, veraces, impolutos e infalibles. Ante semejantes ángeles por decreto, está claro quiénes serán los culpables y los mentirosos en cualquier conflicto con ellos: los desprotegidos ciudadanos. Esta Ley supone la definitiva vuelta del franquismo descarado, por si no teníamos ya bastantes indicios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 8 de diciembre de 2013. Es cosa nuestra

Lo malo de la democracia es que uno no puede encogerse de hombros ante las acciones de sus gobernantes, no enteramente. Aunque no los haya votado y no se sienta responsable directo de sus tropelías, sabe que otros como él los eligieron y que por desgracia, hasta la próxima llamada a las urnas, nos representan a todos, en contra de lo que proclama ese slogan optimista y desiderativo que a menudo se corea. La vergüenza que el actual Gobierno nos causa es así mucho mayor que la que nos provocaba el franquismo a quienes lo vivimos. Éste se había impuesto por la fuerza y por ella seguía mandando. A sus oponentes los había fusilado, encarcelado, enviado al exilio o represaliado; en el mejor de los casos los mantenía en las catacumbas. Los que estábamos en desacuerdo podíamos desentendernos íntimamente de sus crímenes y abusos: éramos meras víctimas de ellos, sojuzgadas por una tiranía que nadie había votado (aunque demasiados españoles la abrazaran, sobre todo una vez victoriosa), que prohibía los partidos políticos y las elecciones, ejercía una censura total y minuciosa, castigaba con prisión cualquier opinión disidente o “tibia”, o verdad que no le gustara. A ese régimen, durante muchos años, le trajo sin cuidado la imagen de España en el exterior. “Que hablen. Nos tienen envidia por ser la reserva espiritual de Occidente”, era el lema, de clara inspiración eclesiástica. Y nosotros podíamos sacudirnos toda responsabilidad, en lo que respectaba a esa visión que ofrecíamos: “Nada tenemos que ver, somos los primeros damnificados, los que la padecemos sin tener arte ni parte”. Y a los de mi generación nos cabía añadir: “Esta dictadura estaba ya cuando nacimos”.

En ese aspecto, la cosa es ahora más peliaguda. Hemos tenido arte y parte. Hemos votado, aunque lo hiciéramos sometidos a engaño: el PP y Rajoy han incumplido con desfachatez casi todas sus promesas electorales, sobre todo las que les permitieron ganar por mayoría absolutísima. Aun así, no podemos intentar derrocarlos, porque, bajo engaño y todo, les dieron su confianza nuestros conciudadanos. Entre tantas otras cosas que aproximan cada vez más a este Gobierno al franquismo, está la indiferencia con que arrastra en el extranjero la imagen de España. Dicen sus representantes que les importa mucho, pero no es cierto. Se les llena la boca con la ridícula expresión “marca España”, pero hacen todo lo posible por que el nombre del país vaya unido al bochorno. En lugar de abstenerse de mancharlo, tratan de convencer a los medios internacionales de que no lo cuenten: Rajoy pidió a una cadena estadounidense que suprimiera de una entrevista lo relativo al caso Bárcenas; ahora nos enteramos de que, en plena fase de recortes salvajes, el Gobierno invitó con los gastos pagados a un grupo de responsables de prensa alemanes para explicarles in situ las maravillas económicas (!) de su gestión y atajar las críticas que casi a diario le dedica esa prensa. El propio Rajoy apareció en la reunión, a ver si les lavaba el cerebro. En honor a los alemanes, hay que decir que se sintieron ofendidos porque se pretendiera sufragarles el viaje y la estancia. Si la sesión de propaganda no nos costó dinero, no fue gracias a Guindos ni a Montoro, sino a la honradez extranjera.

Fuera de estas tentativas, que oscilan entre la censura, el adoctrinamiento y el soborno poco encubiertos, el Gobierno no cesa de ensuciar el país, a veces literalmente. La capital ha estado emporcada por una huelga de limpiadores justificada, mientras el Ayuntamiento, culpable último de la situación (es a él al que abonamos los impuestos, no a las tacañas concesionarias subcontratadas), se lavaba las manos frívolamente durante días: yo he visto cómo un indigente de la Plaza Mayor aplastaba de un pisotón a una relaxing rata gorda que, para estupor de turistas, se paseaba no de noche, sino a las 6.30 de la tarde. También se nos conoce últimamente porque el Ministro del Interior, hombre que presume de piadoso, vuelve a tapizar de cuchillas la verja de Melilla (una medida canallesca de Zapatero en 2005, rectificada en 2007), para rajar a lo vivo a los inmigrantes que osen saltarla. Ante la declaración de Rajoy al respecto, se hace difícil saber si el Presiente es tonto o se lo finge: “No sé exactamente si eso puede producir daños a las personas. Tendremos que verlo, he pedido un informe”. El misericordioso Fernández Díaz ha corrido a tranquilizarlo: “Sólo heridas leves, jefe”. Me gustaría que los dos se fueran a la verja e hicieran ellos mismos la prueba: el uno sabría “exactamente” y “vería”, y el otro comprobaría en su piel la “levedad” de las sangrías. Aparte de esta crueldad infame, España también es hoy famosa por la sentencia del Prestige: todo el mundo, incluido el Gobierno del PP de entonces, tuvo una actuación “correcta” y gracias a eso no se extendió el vertido del barco por el entero Océano Atlántico. ¿A santo de qué va a tener que pagar nadie? Añadan que en numerosas comunidades (Madrid, Cataluña, Valencia, y las que seguirán) han dejado de ser gratuitas las vacunas del neumococo y del retrovirus para bebés. Los padres que carezcan de 600 euros pueden prepararse a ver cómo sus críos más tiernos pillan una meningitis o una neumonía, o se deshidratan de gastroenteritis. Hay más, pero por hoy ya se nos cae la cara de vergüenza lo suficiente. Sin que ni siquiera podamos decirnos: “Pero esto no es cosa nuestra”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 1 de diciembre de 2013. Tutelas permanentes

Las novelas, se dijo hace ya mucho, cuentan, entre otras cosas, la vida privada de las naciones, y lo más curioso es que a mi parecer la cuentan mejor y más nítidamente las que no nacen con ese ánimo, las que no pretenden ser realistas ni costumbristas ni trazar un “fresco” de su época. Yo veo mejor el Londres del siglo XIX en las obras de Dickens, llenas de personajes estrafalarios e inverosímiles, de casualidades que bordean lo inaceptable y de exageraciones sin cuento, que el Madrid de Galdós, que a menudo me resulta acartonado, sobre todo en tantos diálogos impasables y en tantas estampas apegadas en exceso a la literalidad de su tiempo, es decir, al reportaje. Uno de los reproches más tontos y rancios que se pueden hacer a una ficción (todavía increíblemente frecuente) es señalar que la gente no habla “así”, esto es, como los personajes. Dan ganas de contestar: “Pues claro que no, por fortuna. Una pieza literaria es siempre un artificio, un destilado de la realidad, algo calculado y despojado del soporífero ritmo del habla verdadera. La cortesía del autor es no obligarnos a tragarnos lo que ya conocemos y padecemos en la vida diaria. La reproducción exacta de las peculiaridades verbales de los individuos (eso que tanto elogian los críticos rudimentarios, que cada personaje tenga ‘su voz reconocible’) no deja de ser un abuso y una grosería”.

House_of_Cards_Serie_de_TV-644965875-largePero me he ido por las ramas. Quizá una de las razones por las que hoy vemos tantas series televisivas es que son éstas las que mejor nos muestran cómo son las sociedades actuales, sobre todo –de nuevo– las que no aspiran a ser “documentos”. Al fin y al cabo la realidad se cuela por todas partes, querámoslo o no, por lo que empeñarse en meterla con sus pormenores es una redundancia que además condena a la obra en cuestión a envejecer a velocidad de vértigo. Está más viva y nos dice más de Francia la estilización de Proust que el naturalismo de Zola, con todas sus “comprobaciones”. Ahora veo House of Cards, esa serie política con Kevin Spacey, y me llama la atención un pequeño episodio que revela mucho: una joven va en su coche; al pasar junto a un depósito de agua con forma de melocotón inmenso, envía un SMS a su novio con la gracia que se le ha ocurrido (“Cuando lo ves, ¿no te recuerda a un culo gigante?”), y se estrella. Un político rival primero, pero luego también los padres de la joven y la comunidad en pleno se lanzan a culpar del accidente a Spacey, por haberse opuesto en su día a que se derribara “el melocotonoide”, como es llamado. La responsable de su muerte no es en modo alguno la joven, por haberse distraído y puesto a manipular el móvil mientras conducía. La culpa es del depósito, por estar ahí, tan llamativo, y de quien impidió que se demoliera, y a nadie parece caberle la menor duda de eso. Sólo a Spacey, que sin embargo no osa argumentar públicamente lo que es de sentido común. De hacerlo, habría sido linchado o poco menos.

Me temo que ese episodio refleja, sin subrayados, lo que está aconteciendo en nuestras sociedades, que reclaman una minoría de edad y una tutela permanentes para los ciudadanos. Hace más de veinte años (he utilizado ese ejemplo en otros artículos) leí en Time lo siguiente: un ladrón se cuela en un aparcamiento, roba un coche, sale a toda pastilla y se empotra en un árbol; queda malherido y ha de pasar en el hospital varios meses; entonces demanda al aparcamiento por no haber tenido la vigilancia suficiente para haberle impedido robar el automóvil; de haber sido más cuidadosos, él no lo podría haber afanado, no habría salido escopetado ni habría sufrido roturas múltiples. El juez de turno admite a trámite la demanda, lo cual ya es asombroso. Todo lo estadounidense nos acaba llegando, sobre todo lo pésimo. Leo una carta en el diario que, a propósito de la tragedia del Madrid Arena, dice esto: “Ayer escuché por radio los testimonios de algunos jóvenes que denunciaban indignados que nadie les pidió el DNI a la entrada ni les pusieron trabas para pasar con recipientes de bebidas de hasta cinco litros…” Hay motivos para estar “indignado” con la organización de aquella fiesta y con la alcaldesa Botella. Pero la palabra choca en ese contexto, porque me imagino que en su momento esos jóvenes se frotaban las manos ante tantas facilidades y negligencias, y también choca que al redactor de la carta le parezca natural esa indignación a posteriori. ¡Tenían que habernos pedido el DNI y habernos prohibido el acceso! ¡Y habernos obligado a dejar fuera nuestros cinco litros! Recuerda demasiado a la actitud del ladrón americano: ¡cómo es que se me permitió robar un coche! A este paso, y salvando las insalvables distancias, los violadores excarcelados tras la invalidación de la doctrina Parot mal aplicada, podrán exclamar airados: ¿cómo es que no me pararon cuando forcé a dieciocho mujeres? La culpa no es mía. Si acaso de ellas, por existir y salir a la calle. Y lo mismo los terroristas de ETA: ¿cómo es que la policía no estuvo atenta y pude colocar una bomba? ¡Tenían que haberme interceptado! Si yo fuera Director de Tráfico, estaría temblando, porque cualquier individuo siniestrado podría espetarme: ¿cómo es que colocaron ustedes un cartel que ponía “Madrid 50 km”? Me distraje intentando dilucidar qué significaba esa misteriosa abreviatura, “km”. A quién se le ocurre tamaña imprudencia, ponernos jeroglíficos mientras conducimos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 24 de noviembre de 2013. Un hombre de buen conformar

portada-tristram-shandy_grande“Mientras tú te rizas ese mechón”

En mi juventud pasé dos años conviviendo con él a diario, desentrañándolo y reproduciendo en mi lengua las 700 u 800 páginas de su obra maestra, Tristram Shandy, y unos pocos sermones de los que soltaba a sus feligreses en el pueblo de Coxwold, cerca de York, donde vivía cuando no estaba en Londres o viajando por el Continente, esto último sólo tras el gran éxito de esa novela, que resulta innovadora incluso ahora. Aprendí tanto de él, y me divertí tanto traduciéndolo, que, pese a haber hablado de Laurence Sterne otras veces, y aun a riesgo de repetirme, me sentiría un ingrato si no celebrara el día de hoy y le rindiera homenaje, ya que ese escritor jovial y atrevido, ingenioso y compasivo (pero jamás sensiblero), nació el 24 de noviembre de 1713, hace exactamente trescientos años. Sus dos obras principales, la mencionada y Viaje sentimental, se siguen editando y traduciendo a diferentes lenguas. Se reconoce que Joyce sale de él en buena medida, y no son pocos los novelistas actuales que lo veneran y reivindican, entre ellos Kundera y Vila-Matas.

Pero el que nació hace hoy tres siglos no fue el escritor, sino el individuo, y, por cuanto de él conocemos, parece haber estado en consonancia con el literato libre y jocoso. No siempre sucede así: hay textos intensos debidos a hombres o mujeres gélidos; hay libros que inducen a pensar en la generosidad de quien los alumbró, que sin embargo era alguien especulador y mezquino; hay obras encantadoras escritas por seres viles: traidores, delatores, esbirros de dictaduras, megalómanos y hasta homicidas. A veces el autor se vale de la ficción (la poesía lo es, no se olvide) para fingirse lo que no es, para ocultar su cara torva y ofrecer una noble y conmovedora. A veces se trata de algo más complejo, del espejo de las contradicciones. En el caso de Sterne se puede ir sobre seguro. Era un hombre divertido y festivo, capaz de hacer bromas sobre cualquier asunto, y su espíritu era cordial y amable. Claro que tuvo enemigos: irritaba a los solemnes, de los que no podía evitar burlarse cuando incurrían en idiotez supina, pero su sarcasmo solía ser indirecto y suave. Un añoso marqués francés pretendió la mano de su hija Lydia. Lo primero que le preguntó a Sterne fue cuánto podría darle a ella ahora y cuánto le dejaría a su muerte. Sterne le contestó: “Señor, le daré diez mil libras el día del casamiento. Mis cálculos son los siguientes: ella no ha cumplido los dieciocho, vos tenéis sesenta y dos, ahí van cinco mil; … ella tiene muchos talentos, habla italiano, francés, toca la guitarra; y como me temo que vos no tocáis ya instrumento de ninguna clase, … aquí termina la cuenta de las diez mil libras”. Un conocido lo describió así: “Todo adquiere el color de la rosa para ese feliz mortal; y lo que a otros se aparece oscuro y melancólico, para él presenta tan sólo un aspecto jovial y alegre”. Y él mismo anunció: “Cuando muera, se pondrá mi nombre en la lista de esos héroes que murieron bromeando”, la cual, aseguraba, encabezaba Cervantes.

Así, no es difícil imaginar que no habría objetado a los desaires póstumos, empezando por el que sufrió su cadáver. Murió en Londres en 1768 sin molestar a nadie, y fue enterrado sin pompa en una iglesia de Hanover Square. A los pocos días fue robado su cuerpo y entregado al profesor de anatomía de la Universidad de Cambridge. Cuando éste acababa ya la disección, un testigo reconoció al difunto. El profesor, incómodo por haber troceado a una gloria literaria, procuró que al menos se conservara el esqueleto, pero durante muchos años se buscó su calavera sin éxito entre los huesos cantabrigenses. No sé si al final hubo suerte: junto a la iglesia de St Michael, en Coxwold, que visité hace algún tiempo, hay una tumba y una lápida con su nombre, pero vaya usted a saber lo que encierran. Ahora me envían de Shandy Hall (la que fue su casa en Coxwold y ahora es lugar de visita y museo) un opúsculo en el que una tal Erica Van Horn relata brevemente su paso por el lugar natal de Sterne: Clonmel, en Tipperary, en el sur de Irlanda, donde él vino al mundo por mero azar: el regimiento de su padre, un abanderado, se hallaba allí cuando lo dio a luz su madre. Pero en fin, pocos son los pueblos que puedan presumir de haber sido el inicial albergue de un genio de la literatura. En Clonmel, sin embargo, sólo hay una borrosa placa conmemorativa, situada a demasiada altura para que los transeúntes la vean. En 2009 se inauguró un Bar Sterne. Los discursos del alcalde y de ex-alcaldes varios, de un profesor y de dignatarios, se alargaron tanto que a la gente se la desvió a otro bar, hasta que concluyeran. Para cuando por fin lo hicieron, a nadie le apetecía abandonar el segundo bar para pasar al recién inaugurado. Incluso las autoridades se trasladaron al que estaba animado, mientras en el Sterne una banda tocaba quedamente para nadie, o quizá sólo para la calavera y el esqueleto errantes. Tan sólo un año después de esas ceremonias, el Bar Sterne de Clonmel cerró sus puertas a sus doce mil almas.

Laurence Sterne se habría reído. Era hombre de buen conformar, eso que no existe ahora. Cuando la muerte se le venía ya encima, dijo que le “habrían gustado otros siete u ocho meses … pero sea como Dios lo quiera”. Lo conté en otro sitio hace más de veinte años, pero no importa: un testigo relató su ultimísimo aliento. “Ya ha llegado”, se limitó a decir Sterne, y levantó la mano, como para parar un golpe.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 17 de noviembre de 2013. Una comicidad irresistible

Si no fuera porque en nuestro mundo sin escapatoria todo trae consecuencias; si no fuera porque muchas de las sandeces se toman en serio y se traducen en prohibiciones y en pérdida de libertades; si no fuera porque cada vez están peor vistos la ironía y el sarcasmo, y acabarán perseguidas la broma y la guasa; si no fuera por todo esto, nuestra época sería de una permanente comicidad irresistible; y, pese a la crisis y la creciente penuria de demasiadas personas, las amenazas terroristas, los inmigrantes que mueren y todo lo que nos oprime y angustia, nos bastaría con hojear el periódico o echar un vistazo a las noticias para recuperar el humor y reírnos un minuto a carcajadas. No descarto ser yo el anómalo, desde luego, pero casi todo lo que sucede me parece ridículo de un tiempo a esta parte. No me refiero, claro está, a las actuaciones de nuestros políticos, que nada tienen de graciosas y en su mayoría son injustas y graves para la población, aunque casi siempre vengan acompañadas de explicaciones en sí mismas hilarantes, por chocarreras, zarrapastrosas, inconsecuentes o directamente imbéciles. Sino a las reacciones de la sociedad ante los hechos “menores”. En la cara amable del mundo (llamémosla así), casi todo es solemne y desmedido.

Veamos algunos ejemplos más o menos recientes. El nefasto Presidente de la FIFA, el suizo Joseph Blatter, que aún no ha hundido del todo el fútbol pese a llevar muchos años esmerándose en ello, se reúne con estudiantes de Oxford y, con cara enrojecida y aspecto de estar muy bebido, hace una parodia sin gracia del jugador Cristiano Ronaldo (ya saben, el famoso humor suizo, que tantas aportaciones ha hecho a la historia de la risa). En vez de limitarse a contemplar su performance con indiferencia y lástima, el Real Madrid envía un comunicado de campanuda protesta, y el propio Cristiano se siente agraviado porque Blatter lo haya “militarizado” comparándolo con un comandante y lo considera un insulto a él, a su club e incluso a su país entero (Portugal, célebre por su belicosidad y sus ejércitos). Y centenares de miles de internautas y tuiteros se abalanzan a manifestar su indignación y a exigir la dimisión del aparente beodo (no que no haya otros motivos, de más peso, como llevar un Mundial a Qatar, sin ir más lejos). Poco después, ese simpático modisto llamado Lagerfeld declara que “Nadie quiere ver gordas en las pasarelas”, lo cual, aparte de intranscendente, puede ser bastante cierto, o si no los desfiles estarían llenos de obesas y obesos, ante la demanda de la concurrencia. La frase, sin embargo, le ha valido ser denunciado ante la justicia francesa por ser “difamatoria y discriminatoria contra la comunidad de mujeres gordas” (sic); aunque éstas estén repartidas por todo el planeta y no se conozcan entre sí, forman una comunidad, por lo visto. Lo más sublime es el nombre de la asociación que llevará al modisto ante los tribunales, a poco que un juez tieso y severo admita a trámite la denuncia: Guapa, Gorda, Sexy y Lo Acepto. En realidad, sólo por lo logrado del nombre (y por sus mayúsculas), merecen esas mujeres que se les haga caso.

Hace un par de años defendí aquí a otro modisto, el pobre Galliano, que fue crucificado y perdió el empleo por encararse en un café, borracho –es decir, en ocasión privada–, con unos pesados y decirles algo así como que Hitler había hecho mal su trabajo por no haberlos exterminado. Como solía saber todo el mundo, la gente suelta barbaridades a menudo cuando está embriagada, y lo normal era no tenérselas demasiado en cuenta. La reacción universal me pareció tan desproporcionada que desde entonces Galliano se ha convertido en uno de mis idolillos: un tipo que acostumbra a aparecer festivamente disfrazado de torero, de gaucho, de marinerito o de zíngara no puede ser, a la fuerza, sino pueril y casi inofensivo. Sigue pidiendo perdón por doquier y haciendo méritos, porque quienes lo filmaron en su exabrupto le arruinaron la carrera. En otro extremo del globo, el Presidente de Venezuela, Maduro, asegura con grandilocuencia que la cara de Chávez se ha dibujado en una pared del metro, y sus feligreses le creen sin esbozar ni una sonrisa; con anterioridad lo había “sentido” convertido en un pajarito (hasta imitó sus silbidos), lo cual es sin duda un fenómeno: dado el grosor que alcanzó el Comandante, resulta milagroso que lo encajara todo en un “pajarito chiquitico”. Me habría parecido más verosímil que formara parte de las Guapa, Gorda, Sexy y Lo Acepto. Francamente.

La Academia de la Publicidad ha obsequiado a la RAE, por su tricentenario, con un anuncio en el que una madre riñe a un niño en un español desastroso, y luego, tras mirar el Diccionario, le vuelve a echar la regañina con corrección gramatical y léxica. También han llovido improperios: ¿por qué ha de ser una mujer la que hable mal? Supongo que tenía que ser una mujer o un varón, una de dos, y que daba lo mismo. Quizá los de la Publicidad deberían haber elegido a un progenitor hermafrodita, transmitiendo así una imagen muy realista. Claro que entonces se habrían soliviantado los escasos hermafroditas, con mayor razón, imagino. La verdad, no hay manera de decir ni hacer nada sin ofender hoy a alguien y ser objeto de denuncia. La vocación inquisitorial es la más extendida, y el mundo está dominado por la susceptibilidad exacerbada. Si no fuera porque ésta trae consecuencias –ya lo dije al principio–, aquél sería un lugar bienaventurado, de una comicidad irresistible.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 10 de noviembre de 2013. Las no tan viejas lealtades

Dentro de un rato veré el primer Barça-Madrid de la temporada, y descubro que en gran medida lo voy a hacer por inercia, por costumbre, porque uno ya no tiene edad de cambiar de hábitos ni de despreciar esos partidos. En un pasado no lejano me desesperé en Nueva York el día de este mismo encuentro: recorrí todas las cadenas que me ofrecía el hotel con la esperanza de que alguna –tal vez hispana– se dignara retransmitirlo, pero no hubo suerte. En otra ocasión, en Buenos Aires, me puse ante la televisión a una hora absurda, desatendiendo quehaceres en la ciudad que visitaba. Y una noche maldije a mi antiguo compañero de colegio y médico de cabecera José Manuel Vidal –no me arrepentí, pues son diarias las bendiciones que le envío desde hace catorce años– por habernos convocado a los miembros de nuestra promoción, en su casa, justamente un sábado de Barça-Madrid. Luego recordé que además no tenía culpa, pues ya en los recreos nos había mirado por encima del hombro a los futboleros.

portada-salvajes-sentimentales_grande¿Qué me pasa este año, y me pasó también en los tres anteriores? Aunque escribí hace mucho un artículo titulado ”La recuperación semanal de la infancia”, en el que me asombraba del ánimo pueril con que en plena edad adulta uno se disponía a ver los partidos cruciales, quizá mis años de ahora ya no me permiten volver a los diez u once nunca, ni siquiera cuando saltan al campo los blancos y los blaugrana. Tal vez. Pero curiosamente mi indiferencia coincide con la llegada de Mourinho a mi equipo de toda la vida. Ya no está en él este individuo que era la negación absoluta de lo que para mí había representado el Madrid. Ya no está, pero uno no se recupera de semejante baldón de la noche a la mañana, menos aún cuando su espíritu megalómano y fullero parece haber impregnado a parte de la masa social del club y –todavía más grave– a su presidente, que al fin y al cabo fue quien lo trajo y le otorgó plenos poderes, quien defenestró por complacerlo a alguien que sí entendía al Madrid como Valdano y orilló a Zidane por si acaso, y se puso de su parte en su persecución de Iker Casillas. Y me doy cuenta ahora de que no soy tan distinto del de los diez u once años. Por entonces el Madrid echó a Di Stéfano injustamente, y los niños de la época nos enfurecimos tanto que a punto estuvimos de hacernos del Español (!), al que se marchó nuestro gran ídolo. Los niños son fieles y apasionados y a veces mortalmente serios en sus lealtades. Tienen memoria y son agradecidos, a diferencia de muchos de los adultos que los suplantan. Poseen un fuerte sentido de la justicia y se indignan ante su opuesto. Y Casillas, pese a ser portero, y de la cantera, es hasta cierto punto el Di Stéfano de nuestros tiempos, con el añadido de que, al ser también guardameta de la selección, ya no pertenece sólo al Madrid, sino un poco a todos. Conozco a culés desaforados que le profesan simpatía y respeto, algo apenas visto hacia un jugador del rival máximo. Al parecer, su gran pecado –por el que todavía paga–fue resistirse a las imposiciones de un entrenador ponzoñoso y ególatra que, para colmo, ejerció pésimamente su oficio, como demuestran el feo juego y sus fracasos a lo largo de tres temporadas eternas.

El declive al que todo futbolista está condenado ni siquiera se había iniciado en Casillas cuando lo privó de la titularidad el enfermizo fatuo. Que el insustancial Ancelotti perpetúe su suplencia sin motivo claro hace sospechar que obedece órdenes de arriba, del valedor de Mou­rinho. Lamento que Diego López, un buen y paciente portero, aparezca como “usurpador”. Carece de culpa, y además es hombre discreto. El problema estriba en que, sin negarle sus cualidades, resulta que Iker Casillas es de los que obra milagros. No es lo mismo ver la meta guardada por un jugador competente que por uno capaz de evitar goles en contra que uno da ya como seguros, y que le hace maravillarse de que no hayan entrado. Si algo no perdonan los niños –ni siquiera los niños adultos– es la ingratitud. El paso de Mourinho por este club fue infeccioso, y la infección aún perdura. Ese individuo logró convertir en verdades todas las falacias que los antimadridistas llevaban décadas propalando: un equipo prepotente y desdeñoso, que intentaba intimidar a árbitros y rivales, que ganaba con jactancia y perdía con malos modos. Incluso le añadió un sambenito que nadie le había achacado: un equipo victimista y quejoso. En los últimos años el Madrid ha sido ingrato con Raúl y Guti, jugadores a los que los aficionados deben alegrías sin cuento y proezas inverosímiles, al primero, y toques de distinción, al segundo, como no se recordaban desde Velázquez o casi. Ahora lo está siendo con Casillas, que desde los tiempos en que se lo llamaba “el muchacho” no ha cesado de obrar milagros bajo los palos, y encima se ha comportado siempre con dignidad y compañerismo y una nada demagógica nobleza. No sorprende que lo odien los tertulianos maleantes de la extrema derecha, los mismos que idolatran a Mourinho: Dios los cría y ellos se juntan, en España más que en ningún otro sitio. Esa es una de las razones de mi indiferencia de hoy: no ver saltar al césped a Casillas es como no ver hacerlo a Di Stéfano cuando yo era niño. En eso, al menos –en la fidelidad y el agradecimiento–, compruebo que por fortuna no he cambiado tanto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 3 de noviembre de 2013. ¿Por qué nada sirve nunca de nada?

Van a cumplirse dos años desde las últimas elecciones. Sí, sólo dos años, aunque parezca que Rajoy, Sáenz de Santamaría, Montoro, Mato, Wert y demás conmilitones lleven burlándonos una eternidad. Como me considero un hombre común, estoy convencido de no ser el único al que lo siguiente causa perplejidad: en este periodo se han aplicado incontables recortes en todo lo habido y por haber, pero sobre todo en lo que a la gente le importa más, con el consiguiente deterioro en sanidad, educación, ciencia, investigación, cultura, limpieza y transportes públicos. Las partidas presupuestarias han caído en todos los ámbitos; los enfermos “copagan” sus medicamentos (es decir, los pagan dos veces); los “dependientes” se han quedado sin asistencia y algunos pacientes crónicos han de contribuir a sufragar las ambulancias que los transportan para sus tratamientos; la electricidad ha subido varias veces, mientras los sueldos bajan o permanecen congelados desde hace años y en cambio el IPC continúa creciendo; los pensionistas han visto mermado su escaso poder adquisitivo (un aumento del 0,25% anual es una merma salvaje, teniendo en cuenta cuánto más se encarece la vida); en el Ejército empieza a faltar personal de adiestramiento; el mal funcionamiento de los organismos públicos se ha agravado por la reducción de plantillas; se jubila por la fuerza a médicos y sus plazas no se cubren, y lo mismo sucede con los profesores, de secundaria y de estudios superiores; las tasas universitarias están por las nubes, se restringe la concesión de becas. Todos los impuestos nos han sido elevados, en contra de lo prometido por el candidato Rajoy. En vez del 15%, nos retienen el 21%, y esa medida “transitoria” ya está prorrogada para 2014. También el IVA está en el 21% para casi todo, y eso ha conducido al cierre de cines y teatros y a la pérdida de más y más empleos. El presupuesto para bibliotecas públicas fue de cero euros en 2013. Según Sérvulo González, de este diario, “La carga fiscal nunca ha sido tan alta en al menos dos décadas … Rajoy ha impulsado la mayor subida tributaria de la historia reciente … Pero las bases imponibles siguen en caída libre debido a un empobrecimiento de los hogares (hay menos renta que gravar, menos consumo y las empresas ganan menos)”.

No hemos acabado, se rasca hasta el miserabilismo: las gasas, tiritas y demás, que hasta ahora soportaban un IVA del 10%, lo acarrearán en breve del 21%. Los bancos, no se olvide, han recibido miles de millones de los contribuyentes, pero niegan líneas de crédito a la mayoría de pequeñas y medianas empresas, así como a los particulares que los salvaron de la bancarrota. La perplejidad es elemental: ¿cómo puede ser que todos estos brutales recortes y ahorros, y toda esta monstruosa operación recaudatoria (un saqueo, un expolio en regla), no sirvan nunca de nada? Está previsto que el paro crezca aún más, las empresas siguen arruinándose, los comercios echan el cierre, el consumo está por los suelos. El déficit empeora y la deuda apenas mejora. ¿Dónde va a parar todo ese dinero, el que no se gasta en servir a los ciudadanos y el que se les sustrae con variadas triquiñuelas legales? ¿Por qué nada surte efecto? Hay una respuesta obvia: estamos en manos de incompetentes que además carecen de escrúpulos. Pero ¿tan incompetentes? Excede toda verosimilitud. Para la ausencia de escrúpulos no hay límite de verosimilitud.

Lo prueba que, en medio de esta depauperación general, el Gobierno cuente con unos 600 “asesores”, es decir, individuos opacos designados libremente y a los que nadie ha votado, y que, al no ser funcionarios, tampoco ven rebajados ni congelados sus arbitrarios sueldos. El Ayuntamiento de Barcelona, a su vez, cuenta con 262, y el de Madrid no se sabe si con 231 o 254, mientras el de París, con más millones de habitantes, se asesora sólo con 36, según Acosta Vera, lector de este diario. Multipliquen por el número de ciudades de España. Añadan los “asesores” de los 17 gobiernos autonómicos, y les saldrán millares de personas nombradas a dedo, en su mayoría inútiles y parasitarias (ya se ve cómo funciona todo) y que cobran cantidades misteriosas de los Presupuestos del Estado. Lo más sangrante, con todo, es esto: si alguien es Presidente, ministro, alcalde, consejero autonómico o concejal, se supone que posee conocimiento y criterio para desempeñar su cargo y que no necesita de ningún asesor, no digamos de 262. Es como si yo no escribiera mis libros –aunque los firmara– y tuviera a mi disposición un nutrido equipo de “consejeros” y “negros”, por qué no. De la misma manera que si soy novelista se da por descontado que sé escribir mis novelas y decido en ellas sin ayuda de nadie, y me documento si me toca hacerlo, de un cargo público debe esperarse que él o ella sean sus propios “asesores”, y que dimitan si no es así y dejen su puesto a quien sepa de verdad. O bien que el salario de los 262 “asesores” de Barcelona, los 231 de Madrid y los 600 del Gobierno central se reste de los que respectivamente perciben Xavier Trias, Ana Botella y Mariano Rajoy. Al fin y al cabo, el primero tiene el sueldo político más elevado de España. Lo cual, dicho sea de paso, también carece de explicación, e incluso de verosimilitud.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 27 de octubre de 2013. El negocio de prohibir

Ya no se sabe si la avidez recaudatoria de las actuales autoridades españolas no conoce límites –bueno, saqueadora–, o si la vieja pasión prohibidora de este país emerge al menor pretexto, o si se trata de una mezcla de las dos, lo más probable. En poco tiempo nos han obsequiado con varias medidas, a cual más injusta, demente y desfachatada, todas dictadas por esos dos ánimos: prohibir por prohibir y estrujar aún más al ciudadano, como si no bastaran las enloquecidas subidas de impuestos de Rajoy y Montoro, en contra de sus promesas electorales y, según dijeron, “provisionales”, pero ya prorrogadas uno o dos años más, por lo menos hasta 2015. Como en esa fecha habrá elecciones, bajarán algo esos impuestos a ver si los votan los de su propio partido. Visto lo que podemos fiarnos de su palabra, y de la del PP en general, es seguro que, si redujeran la presión fiscal, sería para incrementarla en seguida en 2016, y de lo dicho nada, y además “no hay otra solución”.

Pero a lo de ahora. Primero se nos comunicó que a partir de pronto se harán pruebas de alcoholemia a los peatones infractores y se los multará. Es decir, si alguien lleva prisa y se salta un semáforo porque no se ve ni un coche en lontananza, habrá que comprobar si ha bebido un vaso de vino o dos, y, de ser así, se la cargará bien cargada. Otro tanto si un transeúnte desciende a la calzada y camina junto al borde, cosa que en Madrid, por ejemplo, nos vemos obligados a hacer todos a menudo porque las aceras están intransitables, llenas de obstáculos puestos por el Ayuntamiento: pivotes de piedra o de hierro, chirimbolos, motos y bicis a las que se permite aparcar, gigantescos contenedores, bandas de pseudojazz, vallas y zanjas de obras inútiles, papeleras desbordadas, andamios por doquier. Así, las autoridades ocupan las aceras hasta impedirnos ir por ellas, y a continuación deciden cobrarle al que las abandona para avanzar. Negocio redondo, el de forzarnos a infringir las reglas para luego multarnos por ello.

Al poco nos enteramos de que la alcaldesa de Fuengirola, del inevitable PP, ha prohibido que en la Feria de su localidad suene música en otra lengua que el español, y –ojo– español de aquí: no sólo no permite “géneros como funk, rap, reggaeton, electrónica, metal, alternativa, hip hop, reggae, heavy metal, country, punk y gótica”, sino tampoco “ritmos latinos en general”, aunque estén cantados en español. Asimismo ha dictaminado sobre la decoración de las casetas, que deberá basarse en “elementos relacionados con Andalucía, su cultura, arte y tradiciones”, y al que no cumpla lo visitará la policía. Que esta tal Doña Oña imponga a sus conciudadanos lo que han de oír y bailar, y hasta cómo deben engalanarse, es sin duda anecdótico, pero delata un espíritu totalitario que ríanse de Stalin. De hecho la aproxima mucho a Franco, que proscribió todos los nombres extranjeros, de cines, hoteles, cafeterías y demás. Oí contar que el cine Colón de mi infancia se había llamado Royalty, hasta que el dictador lo condenó por poco español.

A continuación nos anuncian una nueva ordenanza municipal para Madrid, y a raíz de eso se nos revela que está parcialmente inspirada en las ya vigentes en Sevilla, Barcelona, Málaga, Benidorm, Bilbao, Granada y otras ciudades. Al leer la lista de lo que prohibirá y multará esa ordenanza, uno se pregunta si queda algo que no sea una infracción, y si pronto no nos cobrarán por salir a la calle y transitar. Junto a algunas prohibiciones razonables y ya existentes, pero que no se suelen respetar (orinar en la vía pública, algo que uno ve hacer de continuo con total impunidad; no llevar perros peligrosos sin bozal; encender hogueras, etc.), nos encontramos con que habrá multas de hasta 750 euros por limosnear ante un centro comercial; de hasta 1.500 por intentar limpiar un parabrisas o vender kleenex en los semáforos, por “juegos o apuestas con dinero” (esto en una comunidad que ahora adora a la Virgen Tahúr de Eurovegas y a San Adelson el Turbio, será para que ningún trilero haga competencia a sus casinos), o por “promover la prostitución”. No se aclara qué cae bajo ese verbo ambiguo, guiñarle un ojo a un viandante debe de ser parte de ello. También se pregunta uno cómo pagarán 750 o 1.500 euros un mendigo, un vendedor de kleenex o un limpiador espontáneo, más aún cuando, gracias a la política de recortes y despidos fáciles del Gobierno y la CEOE, cada día más gente se ve empujada a tan miserables menesteres porque no le queda otro remedio. Y luego se pregunta uno qué se hará con los no pagadores, que serán todos: ¿se los meterá en la cárcel, estando todas ya saturadas? ¿Se los expulsará de la ciudad o del país? Todo da la impresión de ser un capítulo más en el proceso de eliminación de los pobres. A usted se lo multa y persigue sólo por eso, por ser pobre, hay que ver. Lo sangrante es que al mismo tiempo este Gobierno hace todo lo posible por incrementar su número, y por que pasen a serlo quienes no lo eran ni lo son. Entre eso y la nueva emigración forzosa de jóvenes y no tan jóvenes, uno empieza a sospechar que a lo que aspira el PP es a despoblar el país y a que en España no queden en libertad más que sus votantes y unos cuantos indiferentes. Sería la única manera de asegurarse la perpetua reelección. El único inconveniente es este: ¿quién quedaría para tributar a Hacienda, esto es, para pagar a sus miembros y “asesores” sus cuantiosos sueldos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 20 de octubre de 2013. Suerte que no hay simios en Ohio

1382108523_322679_1382112485_miniatura_normalCreo que era el Estado de Ohio, pero ya no estoy seguro. De hecho ni siquiera lo estoy de haber oído bien en un telediario, de si fue un espejismo auditivo o lo he soñado. No he visto luego la noticia en prensa, ni he leído una línea al respecto. Lo que más me hace dudar, sin embargo, es mi resistencia a aceptar –y miren que estamos escarmentados– que los idiotas lo sean tanto y que además tengan poder y manden. Sobre la imbecilidad se vienen soltando sentencias desde la Antigüedad. Se atribuye a Plinio –o tal vez a Apuleyo, en todo caso a un romano– la frase “Si los tontos volaran no se vería el sol”, y a menudo es citada por mis colegas la irónica vacilación de Einstein: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y carezco de certeza acerca de la primera”. Bien es verdad que a veces hacen suyas estas citas individuos que yo considero memos completos. Cuando le leí a un articulista “Si hubiera un tonto más en España, no cabría, se caería al mar” (o algo por el estilo), recuerdo que pensé de inmediato: “Debería aplicarse el cuento y tirarse por la borda”. Así que, cuando uno habla de imbecilidad, debe hacerlo con precauciones, porque su percepción es subjetiva, y cualquier lector podría decirse ahora lo mismo: “Mira quién fue a hablar, el cretino de Javier Marías”.

Pues bien, admitiendo la posibilidad de que yo sea un cretino –nunca se sabe a quién se lo puede uno parecer, aunque me reconforta que me tengan por tal algunos escritores, columnistas y políticos, su aprobación me preocuparía–, soy incapaz de juzgar con ecuanimidad la decisión del Estado de Ohio, que además se aprestaban a imitar, en cuanto entrara en vigor, varios Estados más de los llamados Unidos, a saber: se ha sancionado como “discriminatorio” hacia los ciegos que, como sucedía hasta ahora, no se les permita tener licencia de armas, ni portarlas ni hacer uso de ellas, de modo que a partir de la nueva ley estarán autorizados a poseer arsenales y a pasearlos por las calles, ya que, como ustedes sabrán, los fanáticos de la NRA o Asociación Nacional del Rifle no se suelen contentar con guardar un Colt o una Glock en sus hogares, sino que se proveen con frecuencia de metralletas, granadas, fusiles de asalto y hasta bazookas o sus equivalentes más modernos. A partir de cierta edad los conductores de coches son sometidos a pruebas médicas periódicas para comprobar cómo andan de reflejos y de la vista, y el carnet no se renueva a los que no las pasan, por el peligro que suponen. Varios Estados americanos, en cambio, con el de Ohio a la cabeza, han dictaminado que privar del derecho a la tenencia y uso de armas a quienes no ven ni torta y podrían disparar “al bulto” y a voleo, no es una medida sensata y prudente, sino “discriminatoria” con los pobres e indefensos invidentes. Por si acaso, no pondré pie en Ohio, temeroso de encontrarme con tipos fieros que en una mano lleven bastón blanco y en la otra un Kalashnikov de gatillo paranoico y fácil, que apretarán “de oído”.

Estamos alcanzando un punto en el que no sé qué habrían dicho Plinio o Einstein de haber llegado hasta nuestros días. A este paso, habrá enfermos de Parkinson con temblorosas manos que verán “discriminatorio” que no se les permita ser cirujanos; mancos que protestarán porque no se los admite en concursos de halterofilia o en combates de boxeo; viejos decrépitos que reivindicarán su derecho a ser figuras del toreo; alfeñiques que recurrirán ante los tribunales por no haber sido aceptados en los cuerpos de policía o de bomberos “con menosprecio de su aspecto físico”; cojos que se enfurecerán porque el London Royal Ballet ha rehusado hacerles pruebas como bailarines; sordos que no se contentarán con componer, como Beethoven, sino que reclamarán su oportunidad de ser críticos musicales. Les ruego que no se tomen todo esto como exageración ni como broma, porque ya estamos en ello: hay montones de escritores incompetentes a los que se les publican sus libros (eso sí, después de que las editoriales hayan quitado las faltas de ortografía y adecentado el texto ilegible); traductores que desconocen las dos lenguas, la de origen y la de destino; las radios y las televisiones están llenas de individuos a los que Dios no había llamado por la senda de la comunicación, con desagradables voces –tipo Montoro– o con frenillo, con horribles dicciones e incapaces de completar una frase con sentido (¿qué es todo eso para “discriminarlos”?); hay cientos de actores mascullantes que requerirían subtítulos; y no son raros los casos de personas en sillas de ruedas que deciden escalar el Everest, lo cual me parece bien, allá ellas, pero no deberían esperar un rescate si el vehículo se les atora en un risco. (Quizá sí exagero en este ejemplo, pero no mucho.)

Dado que hoy hay numerosos “animalistas” (incluidos miembros del PSOE) que exigen que se conceda el estatuto de “personas” a todas las bestias, pero sobre todo a los grandes simios (Proyecto Gran Simio lo llaman, creo), supongo que no está lejos el día en que a los chimpancés y gorilas se les otorgue el permiso de tener, portar y usar armas, para no “discriminarlos”. Entonces nadie podrá hacer la vieja comparación castiza “Ese tío tiene más peligro que un mono con una ametralladora”, por racista e inadmisible. Menos mal que, de momento, y que yo sepa, en Ohio no hay grandes simios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 13 de octubre de 2013. Y luego van y lo cuentan

No se ha visto en los últimos años mayor ejemplo de “Trágame, tierra” que el de los informativos de TVE y los diarios gubernamentales con la candidatura Madrid 2020. Esos informativos se volcaron, hicieron un monográfico permanente, enviaron a un montón de colaboradores hasta Buenos Aires en un momento en que esa institución sufre recortes sin cuento; emitieron desde allí sus telediarios y ofrecieron en directo las penosas intervenciones de las que hablé hace una semana, para que admiráramos bien el don de lenguas –incluido el español– de varios de nuestros representantes. Huelga recordar que el tono de los locutores era de lo más triunfalista, se ignora por qué motivo o hay que suponer que recibían órdenes. Parecía que se iba a asistir a la coronación de Madrid, y por ende de España, y por ende del PP y del Gobierno. En cuanto la ciudad quedó eliminada a las primeras de cambio, sin ni siquiera suspense, esos informativos se pusieron a silbar y a mirar hacia otro lado, como si lo que acababan de ofrecernos en programación machacona y única jamás hubiera acontecido o, en el mejor de los casos, les trajera sin cuidado. Se aproximaron en su reacción de despecho a la que padeció el jefe de Opinión –jefe de Opinión, santo cielo– de uno de esos diarios gubernamentales. Con una cursilería infinita, contó al día siguiente cómo, mientras aguardaba el resultado de la votación en ascuas, salió “a rezar un padrenuestro al cielo de Madrid”. “Un hombre pío”, pensé al leerlo, “que cree en la eficacia de las plegarias hasta para las mayores chorradas.” Pero en vista de que ni Dios ni los miembros del COI le hicieron caso, su espíritu cristiano se desvaneció al instante y concluyó su pieza con la misma maldición que eligió para titularla, “¡Que les parta un rayo!”, sin que sus lectores tengan claro a estas alturas si les deseó la muerte a esos ingratos miembros o a Dios y a sus cohortes de ángeles, por desoír su padrenuestro, los muy cabrones.

Algo se ha hablado, pero poco, de lo que le han costado al erario las tres tentativas fallidas y consecutivas de Madrid para ser sede olímpica. Dinero tirado, esquilmado a los ciudadanos. Tampoco se ha hablado lo bastante del masivo desembarco de individuos en Buenos Aires: unas 180 personas según unas fuentes, cerca del doble según otras. Mientras aún duraba la fiesta injustificada en los telediarios, los locutores no tenían reparo en anunciar: “Parece que por fin va a acudir Fulano, y Mengana, y Zutano”. La capital argentina se llenó de ministros, funcionarios, miembros olímpicos y deportistas. Con todo respeto, y sin desdeñar sus méritos, uno se preguntaba cómo podía influir la presencia allí de un campeón de taekwondo al que conocen seis, o de las medallistas de waterpolo a las que conocen doce… y desde luego ningún miembro del COI con derecho a voto. Toda esa gente hizo vuelos de ida y vuelta de unas doce o trece horas, se alojó una o dos noches (o más, no sé) en un hotel bueno; desayunó, almorzó y cenó, me imagino; fue llevada y traída y paseada inútilmente en tiempos en que se nos obliga a todos a no gastar, con la congelación o la bajada de salarios, la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones, los brutales recortes y desmantelamiento de lo que nos importa (sanidad, educación, investigación, ciencia, cultura).

Resulta que, además, al individuo encargado de los discursitos, y de dar clases de interpretación (?) a los ponentes, se le pagaron 220.000 euros por tamaña porquería. Ni siquiera se entiende que hubiera que contratar a nadie para “crear” semejantes vulgaridades, se le habrían ocurrido sin ayuda al más ignaro concejal del Ayuntamiento o a la propia Botella. También se pagó a otra agencia 2,4 millones de euros por la “estrategia internacional de comunicación”. Es de esperar que tanto esta agencia británica como el “entrenador” y autor de los textos, Terrence Burns, se hundan en el descrédito profesional a partir de ahora. ¿A quién se le ocurre utilizar como reclamo la Plaza Mayor y el Madrid de los Austrias, tal como los han dejado los últimos alcaldes del PP y los tiene hoy Botella? La primera hace años que está decorada por pobres indigentes –filas enteras– que duermen bajo sus soportales; sus arcos de acceso se han convertido en los urinarios de borrachos y sobrios, con el inaguantable hedor consiguiente, y, como ya he contado aquí, las ratas corretean de noche entre las mesas de las terrazas, algo sin duda “relajante”. Los suelos de granito de todo el centro eternizan hasta la mancha de un chicle arrojado, luego están todos llenos de churretones repugnantes. Las papeleras se vacían poco y desbordan, Madrid es la ciudad más guarra que he visto, y he visto unas cuantas. Las plazas céntricas (Sol, Callao) también han sido granitizadas y ahora se cuentan entre las más feas del mundo: espacios sucios, desabridos, inhóspitos, con un solo arbolillo suelto o ninguno, sin un banco en el que tomar asiento, transformadas en contra de los ciudadanos. Hasta la secundaria Plaza de las Cortes se la ha cargado el célebre Siza, que continúa amenazando el Paseo del Prado: si ha sido tan buen arquitecto, parece como si el talento abandonase a todo el mundo en cuanto entra en contacto con nuestro Ayuntamiento contaminante. Mientras los turistas han aumentado este año en toda España, Madrid ha perdido un 22% sólo en agosto. A nadie se le ocurre pensar que tal vez sea porque a la mayoría les da por pasearse por nuestra deteriorada Plaza Mayor y nuestro inconcebible centro, y luego van y lo cuentan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 6 de octubre de 2013. Para entendernos por ahí perfectamente

Como a los columnistas del dominical nos toca entregar las piezas dos semanas antes de su publicación, rara vez debemos ocuparnos de los asuntos más llamativos. Para cuando nuestros textos vean la luz, habrán ustedes leído docenas de artículos al respecto y se habrá dicho cuanto cabía decir sobre ellos. Si a eso añadimos los instantáneos e incontables tuits planetarios, carece de sentido que ahora agregue yo una sola palabra sobre la infausta presentación de la candidatura olímpica de Madrid 2020, en Buenos Aires. Pero compréndanme: soy madrileño de Chamberí y vivo cerca de la Plaza Mayor, y creo que mi conocimiento de la lengua inglesa me autoriza a emitir juicios sobre el dominio que de ella poseen los españoles “importantes” que se atreven a hablarla: he vivido en Inglaterra y algo en los Estados Unidos, he traducido obras difíciles de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, he dado clases, conferencias, lecturas y entrevistas en ese idioma. Y precisamente por eso sé que hoy, y desde hace tiempo, ir por el mundo sin desenvolverse en inglés es como caminar con una pierna, ver sin gafas cuando uno padece un montón de dioptrías o –más ajustada la comparación– mostrarse como un imbécil completo sin capacidad de intelección ni entendimiento.

El inglés es una lengua endiablada, y lo sabemos quienes llevamos toda la vida manejándonos con ella, siempre de manera imperfecta: está llena de excepciones a las reglas y de excepciones a las excepciones; la distancia entre la ortografía y la fonética es enorme; las construcciones sintácticas pocas veces son sencillas. Pero también es cierto que el mundo está lleno de gente extranjera que consigue expresarse en ella decentemente, incluidos futbolistas, por mencionar un gremio sin mucho motivo para aplicarse en su estudio. Y si hay futbolistas que la dominan, no hay excusa para que no lo hagan nuestros presidentes de Gobierno ni nuestros ministros, o la alcaldesa de Madrid y el presidente de nuestro Comité Olímpico, Alejandro Blanco, que se supone que llevan años viajando por ahí, “haciendo lobby” –como se dice en pseudoespañol últimamente– y recabando votos para lograr algo difícil, todo a cargo –en parte– de los contribuyentes. A Ana Botella, como a su marido, Aznar, hace tiempo que los engaña alguien que les ha hecho creer que hablan y entienden el inglés, cuando es un idioma apenas comprensible a sus oídos y estropajoso y casi ininteligible en sus bocas. Como el matrimonio parece soberbio, mujer y marido se han apresurado a creerse el engaño, y a hacer el ridículo por tanto. Uno se pregunta en cuántas más cosas –de mayor importancia– son engañados los políticos por sus infinitos consejeros aduladores, y cómo es que aquéllos están siempre dispuestos a tragarse las trolas que los halagan. ¿Son todos tan jactanciosos y fatuos como parecen? Aparte de eso, hubo por lo visto un “autor” del discursillo memorizado de Botella, un tal Burns, responsable de una empresa que ha cobrado no sé si uno o dos millones de euros por prestarle semejante plática y servicios similares. No se sabía si Botella estaba en la teletienda, soltando un anuncio de agencia de viajes o –su donairosa entonación y su gesticulación “pícara” inducían a pensarlo– invitando a los miembros del COI a echar una cana al aire: “Madrid is fun! A quaint romantic dinner in el Madrid de los Austrias! The magic of Madrid is real!” Todo pronunciado macarrónicamente e incluso con los acentos cambiados: “Friend-shíp”,dijo, como si fuera vocablo agudo … El rubor arrasó mis blancas mejillas.

Pero aún más sonrojante y grave fue el caso del señor Blanco, adalid de nuestro proyecto. Se le oyó menos, pero lo suficiente. “No listen the ask”, respondió una vez, alegando que no había oído una pregunta. Pocos días más tarde lo vi en televisión: “Bueno, hablamos inglés como la mayoría de los españoles, pero vamos, le aseguro que lo bastante bien para entendernos por ahí perfectamente”, algo así dijo, con suficiencia. Pues no. Les juro que alguien capaz de contestar “No listen the ask” (pongamos “Escuchar no lo cuestionar”, y soy benévolo con la equivalencia) no puede entenderse en inglés con nadie, ni en lo más elemental. Y ese señor no es “la mayoría de los españoles”, que ya tienen bastante con hablar su lengua, sino un individuo que lleva años pagado por el Estado –en parte–, efectuando una tarea para la que no es competente, y él ha de ser el primero en saberlo.

Cuando pasaron al español tras la eliminación de Madrid, no fue mejor la cosa. Veamos. Ese señor Blanco declaró con pompa: “La derrota supone también una victoria” (???). Y no contento con la sandez y la contradicción en los términos, insistió: “Nos podrán derrotar, pero nunca seremos vencidos” (???). A Botella le gustó la imbecilidad o sinsentido, porque se apuntó de inmediato: “Un proyecto lo podremos perder, pero nunca nos podrán derrotar” (???). Bueno, ya saben que en el PP todos son ecos de ecos. Otro día volveré sobre las favelas, la asquerosa mugre y las ratas a la carrera “in Plaza Mayor” e “in el Madrid de los Austrias”, que la alcaldesa tuvo la desfachatez de vender como lugares “románticos y relajantes”. Habrá habido otras razones de peso para que Madrid haya perdido, pero habría bastado con escuchar a esos dos representantes, en cualquier lengua, para colegir que el proyecto estaba en manos de ineptos. ¿Cómo se le iba a confiar a gente así la organización de unos Juegos? El pobre Príncipe Felipe, él sí con su inglés excelente, quedó sin duda barrido por los tópicos bochornosos, los balbuceos ininteligibles y las necedades.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 29 de septiembre de 2013. Hoteles ahuyentadores

El primer aviso fue hace un par de años. Hacía una gira de promoción de un libro por Alemania, y en Fráncfort (si no me confundo, los escritores somos a veces como viajantes de comercio) me metieron en un hotel “original y supermoderno”. Mi sorpresa fue tan grande como desagradable al descubrir que la habitación, cómoda y amplia, carecía de cuarto de baño propiamente dicho. Sólo había un minúsculo gabinete para los menesteres más prosaicos, a los que un caballero no debe referirse ni tampoco una dama; bien es verdad que ya no quedan apenas caballeros ni damas, ni siquiera en las columnas de opinión de los periódicos. Como desde la infancia tengo por costumbre bañarme por las mañanas, y no ducharme (un baño rápido, no crean, necesito sumergirme entero para darme cuenta de que estoy vivo y despejarme), busqué con aprensión, como loco, una bañera, pero no la había. Sí, al menos, un lavabo en una esquina de la habitación misma, como si hubiéramos vuelto a los cuartos de pensión antigua, sólo que aquel hotel era más bien lujoso y “a la última”. Y luego, en medio de la estancia, muy cerca de la cama, se erigía una especie de cabina telefónica que era una ducha. No sólo quedaba fatal allí plantada, sino que le hacía a uno temer que, de hacer uso de ella, acabaría mojándolo todo: suelo, muebles, sábanas, un desastre. Supuse que habría algún medio de cerrarla herméticamente, pero la mera idea me causaba claustrofobia. ¿Y si conseguía que no se saliese el agua pero luego era incapaz de salir yo mismo de la cabina? Llamé en seguida a recepción y solicité que me cambiaran a otra habitación, con cuarto de baño separado y bañera. Debí haber imaginado la respuesta: “No tenemos ninguna así. Lo moderno es prescindir de esas cosas”. Si no recuerdo mal, a la mañana siguiente “fingí” que me daba mi imprescindible baño en la espantosa cabina telefónica que rozaba la cama, y desde luego, al salir de ella, y pese al cuidado que puse, empapé parte del suelo estupendo.

Cada vez me encuentro con más dificultades para encontrar habitaciones –en hoteles buenos e incluso en alguno buenísimo– que reúnan las condiciones que antes ofrecían casi todos, hasta los regulares. Por un lado está lo del fumar, ya me conocen. Este verano, en España, he debido descartar no pocos por ese motivo, y algún empleado ha tenido la osadía de decirme: “Es que por ley no podemos”. Falso. La ley permite que los hoteles, si así lo deciden, dispongan de cuartos para fumadores. Pero como muchos son serviles con sus talibánicos turistas americanos, alemanes y nórdicos, han resuelto prescindir de ellos. Y claro, es ridículo que un autodenominado hotel de lujo prohíba el lujo de fumar a quien tal vez va a pagar más de 300 euros por noche. Lo de la ausencia de bañera empieza a extenderse. Algunos brindan un jacuzzi circular en medio de la habitación (no en el cuarto de baño, reducido siempre a la mínima expresión), que le roba espacio e indefectiblemente la afea, y con el que uno se tropieza en cuanto se mueve. Ya puestos a suprimir comodidades, también se sacrifica el bidet a menudo. Como ustedes saben, esa pieza es desconocida para los bárbaros del norte: no la hallarán en Alemania, en Gran Bretaña, en Holanda ni en los Estados Unidos. Es más, todos hemos visto películas de este último país en las que los personajes, al encontrarse con uno de esos refinados artilugios en Francia, Italia o España, se llevan las manos a la cabeza, se preguntan como paletos para qué diablos sirve e incluso se escandalizan suponiendo que su único uso posible es obsceno. “Some French perversion”, deducen esos personajes. Cierto que el bidet fue un invento francés, y que, si se quiere, es un lujo, por lo que no tiene sentido que los hoteles de lujo de nuestra área geográfica, más civilizada en lo relativo a la higiene, opten por no ofrecer a sus clientes dicho lujo. Tal vez piensan que los turistas septentrionales podrían abominar de su mera visión y largarse.

Es lo que hice yo este verano al llegar a un hotel “original” y costoso en el que no había nada de lo habitual y proponían, en cambio, una de esas grandes camas comunes, al aire libre, para disfrutarla en plan “chill out” en compañía de otros huéspedes. La verdad, no sé a quién le apetece echarse en un lecho ya ocupado por otros, con un vaso en la mano, y –como puede ocurrir– bajo un aguacero. Cuando me largué de ese hotel y llamé a otro, me disculpé con quien me atendió por hacerle preguntas absurdas (pero ya necesarias en el futuro): a) ¿Hay habitaciones de fumador? b) ¿Hay cuarto de baño fuera de la habitación, o está mezclado con ella? c) En ese cuarto de baño, ¿hay bañera? d) ¿Hay bidet en él? e) ¿Hay espacio para el neceser o ha de dejarlo uno en el suelo? f) En la habitación, ¿hay un jacuzzi que le impida moverse? g) ¿Hay cama privada en ella o es de compartir? h) De hecho, ¿hay cama?

Los hoteleros se quejan de la crisis. Quizá lo primero que tendrían que hacer es volver a ofrecerlo todo, lo normal, lo habitual, además de lo superfluo y las “originalidades”. Lo que solían brindar hasta los de medio pelo. De otra manera, habrá muchos más clientes que seguirán mi ejemplo y se largarán al ver una cabina de ducha encima de la cama.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de septiembre de 2013
T I camisa

Los Angeles Times

LA ZONA FANTASMA. 22 de septiembre de 2013. Rendición incondicional

Desde que el Profesor Alexis Grohmann reunió mis artículos sobre cuestiones de la lengua en el volumen Lección pasada de moda,abandoné la vieja costumbre de anotar disparates y sandeces que oía en televisión o leía en la prensa o –más grave– en libros, tanto escritos en castellano como vertidos de otros idiomas. Pensé que era tarea infinita y que además no servía de nada. Me rendí ante la inevitable disgregación del español, su deterioro imparable, su cada vez más veloz conversión en un mejunje del que cada cual saca lo que se le antoja y allá se las compongan los oyentes o lectores: éstos, mientras puedan, habrán de hacer sus traducciones del pseudoespañol reinante: “Ah”, piensa uno, “habrá querido decir esto otro”, al oír o leer una frase o expresión que en sí mismas carecen de sentido. Llegará un día en el que los que aún utilizamos una lengua no del todo emborronada y falsa, por fin no entenderemos lo que quieren decir los numerosísimos hablantes de la “pseudo”, y entonces la comunicación desaparecerá, o se hará conjetural y muy tenue; los equívocos se multiplicarán y an­daremos todos a tientas, como intérpretes con conocimientos ru­dimentarios de la jerga que escuchamos. No es ajena a esta situación –lamento decirlo– la Real Academia Española a la que pertenezco. Ella no puede ni debe impedir que la gente se exprese como le venga en gana ni que efectúe, con el uso, cuantas modificaciones decida en lo que respecta al léxico, e incluso a la gramática y la sintaxis. Pero si, acobardada y temerosa de parecer “elitista” o “autoritaria”, admite incontables barbaridades “porque los hablantes las emplean”, los está invitando a seguir con ellas y a “inventar” diez mil más al año. Quienes consultan el Diccionario no se fijan en si hay una marca tras cada vocablo, menos aún en si indica “vulgar” o “desaconsejable”. Sólo reparan en que el vocablo o la expresión en cuestión “están en el DRAE”, y por lo tanto sancionados por él como correctos.

Aunque he abandonado esa costumbre, no me resisto a consignar unas pocas locuras apuntadas antes de mi rendición. Como todos sabemos, los informativos de TVE son una verdadera escuela de trituración de la lengua, no creo que haya otra institución que haya hecho tanto para destruirla. Y es en ese medio en el que he oído cosas que provocarían gran risa si no fueran reflejo de ese machacamiento insaciable. “Hay quien lo verá todo obtuso”, aventuró un locutor, que quizá pasó de “negro” a “oscuro”, y de ahí, tranquilamente, a ponernos ante un panorama en verdad de lo más obtuso. Otra locutora sentenció: “Hace tiempo que ese matrimonio rompe aguas”, con lo cual nos comunicó –aunque ella no se enterara– que a los dos cónyuges hacía mucho que se les había roto a la vez la bolsa que envuelve a un feto, y se les derramaba por la vagina el líquido amniótico. Y una reportera de este diario (que también ha contribuido lo suyo) escribió: “En el ecuador de sus 85 años, Elmore Leonard …” Ahora que este novelista ha fallecido, me pregunto en qué “ecuador” estará, para la avezada reportera. En fin, otros se tomarán la molestia de seguir anotando, yo he izado bandera blanca.

Pero hay otra cuestión. Cada vez es más frecuente que personas supuestamente cultas, con carrera y con cargos de responsabilidad –representantes nuestros–, suelten burradas dignas de gañanes, o de los gañanes más patanes. Tengo anotada esta perla de Inés Alberdi (10 de marzo de 2012), que entre otras cosas fue –atención– Directora del Fondo de Naciones Unidas para la Mujer, esto es, tuvo un cargo internacional:“Los libros antiguos decían: ‘Dios creó al hombre en siete días’, pero se puede decir ‘la especie humana’. En la lengua hay posibilidades de hacer un uso menos sexista”. Analicemos tan breve cita: 1) Lo que para ella son “los libros antiguos”, así, a voleo, me temo que es exactamente la Biblia, o el Génesis si se prefiere. 2) Según las lecturas de Alberdi, a Dios le costó un huevo de tiempo crear al hombre o a la ‘especie humana’, tanto da: lo mismo que asegura la Biblia que le llevó crear el mundo entero (“y al séptimo descansó”, ya saben). Si creemos a Alberdi, no se entiende cómo es que salimos tan defectuosos, con lo que hubo de sudar ese Dios torpe. 3) A “los libros antiguos” hay que echarles la bronca, por no haber hecho “un uso menos sexista” de la lengua, así que –se sobreentiende– conviene que los alteremos.

Que yo sepa, para ser barrendero, guarda forestal, bombero o policía, hay que superar unas oposiciones en las que se demuestre un mínimo de cultura elemental, además de conocimientos relacionados con esos oficios. No se puede ser analfabeto para ejercerlos, y eso que en principio ningún miembro de esos cuerpos va a tener que hablar nunca en público, y menos en las Naciones Unidas. Tampoco va a tomar decisiones (estará siempre a las órdenes de superiores) ni va a manejar o a repartir dinero de los contribuyentes. Para ocupar cargos representativos, en cambio, a nadie se le hace un examen de mera cultura general, sólo sea para que no nos saque los colores. La disgregación de la lengua no tiene remedio, y al fin y al cabo los hablantes hacen con ella lo que quieren. La ignorancia sí lo tiene, o al menos no conviene premiar, por sistema, con prebendas, consejerías, actas de diputado, corresponsalías, alcaldías, ministerios y hasta Presidencias de Gobierno a los ignorantes supinos; como es la norma en España.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de septiembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 15 de septiembre de 2013. Que esto no se cuente

En contra de lo que se asevera a menudo, tengo la sensación de que vivimos una época de peligroso aletargamiento de las sociedades. Se supone que gracias a Internet y Twitter y los infinitos foros, ocurre justamente lo opuesto, y los usuarios de las redes sociales se vanaglorian de no dejar pasar ni una, de poner a caldo a quien lo merezca, de protestar por todo lo injusto, de boicotear marcas y empresas; en suma, de denunciar y hacer presión y castigar. Pero yo no veo que nada de eso traiga nunca verdaderas consecuencias en lo importante, ni haga rectificar ninguna ley, ni obligue a dimitir a casi ningún cargo, a excepción de los políticos americanos infieles a su pareja y los alemanes que han plagiado sus tesis doctorales. Muy poca cosa en conjunto. Es más, tengo la impresión de que tantas voces chillando por esto o lo otro, todas a la vez, se anulan indefectiblemente entre sí o en el mejor de los casos son víctimas de su sobreabundancia y de la dispersión. Quienes gobiernan se han acostumbrado ya a ese griterío de fondo y han aprendido a hacer caso omiso de él. Una jaula de grillos en la que caben todos los grillos del universo, en realidad es conveniente que estén agrupados ahí: amortiguan recíprocamente sus indignaciones, hacen indistinguibles las justificadas y graves de las arbitrarias y leves, los clamores necesarios de las pataletas superfluas, los abusos intolerables de las cien mil sandeces que se sueltan a diario en el mundo. “Las redes están que arden”, oye o lee uno a veces, por tal o cual cuestión. ¿Y? ¿Han visto ustedes que esos incendios varíen algo en alguna ocasión? Algo significativo y de peso, quiero decir.

En cambio, me parece observar que la capacidad de influencia y contagio de los políticos y de “los que mandan” (financieros, grandes multinacionales, banqueros) no hace sino crecer, y con ella, asimismo, su capacidad para desorientar a las poblaciones. Cada vez logran más que pasen por buenas prácticas que solíamos saber que estaban mal. Desde que se desahucie y lance al arroyo a una familia por un impago al que se ha visto forzada –no por ánimo de engaño ni por mala voluntad– hasta que las condiciones laborales de la gente vayan pareciéndose insólitamente a las de los tiempos de Dickens, a dos pasos de la esclavitud. Una de las más malsanas ideas que nos están “colando” es la muy antigua de culpar a quien denuncia las injusticias y abusos cometidos por los Gobiernos, algo típico de las dictaduras, que no admiten ninguna crítica. Pero esto sucede en democracias aparentes, viejas o nuevas. Las autoridades estadounidenses, en vez de enfurecerse con los pilotos que en Irak o Afganistán ametrallaron a civiles sin la menor necesidad, vierten su ira contra el soldado Manning, que con sus famosas filtraciones permitió que se supiera de esos asesinatos a sangre fría. En vez de llamar a capítulo a la NSA por su indiscriminado espionaje en Internet, organizan una persecución contra Snowden, que reveló su existencia, si es que eso fue una revelación. La cantinela habitual en estos casos es que esas denuncias y exposiciones “dañan la imagen del país”, cuando a nadie nos habría cabido duda, hace muy poco, de que lo dañino eran los asesinatos gratuitos y “semifestivos” y el espionaje masivo, la desaforada intromisión en las vidas privadas de los ciudadanos.

En España ocurre lo mismo: “perjudican a la Marca España” (esa enorme catetada e imbecilidad) quienes publican fotos de los españoles rebuscando en los contenedores de basura, o de grandilocuentes edificios oficiales dejados a medio construir o bien vacíos e inútiles, o de aeropuertos en los que jamás se ha posado ningún avión. Los políticos no reaccionan coléricamente –como debería ser– contra quienes han llevado a que muchos no tengan qué comer, ni contra quienes han despilfarrado el dinero público en sus megalomanías personales, malgastándolo en mamotretos inservibles, o contra Fabra y Camps, que se atrevieron a inaugurar con boato “su” aeropuerto de Castellón. Son sólo tres ejemplos, entre centenares de ellos. Quienes perjudican la imagen de España son los banqueros que nos han conducido a la ruina, los gobernantes que nos saquean y expolian fiscalmente sin que además valga de nada (la situación económica general nunca mejora), la CEOE que cada vez exige más siglo XIX y más paro, los promotores inmobiliarios y alcaldes que han destruido nuestras ciudades y costas y seguirán en ello hasta que no quede un palmo de suelo sin sus adefesios. Son todos esos los que arrastran por el fango la imagen de nuestro país, junto con los incontables corruptos de los que da puntual noticia la prensa internacional. No cae sobre ellos la furia, sino que el actual Gobierno la descarga sobre quienes lamentan y denuncian sus atropellos. La consigna no es “Que esto no se haga más”, sino “Que esto no se cuente”, y lo peor es que la perversa idea se contagia a los ciudadanos. Párense un segundo a pensar: salvando las distancias, es como si, ante las atrocidades nazis, el enfado no hubiera ido dirigido hacia ellos, sino contra quienes divulgaron sus matanzas con el fin de que se castigaran y no volvieran a tener lugar. Quien se enfada con los divulgadores y cubre a los criminales y estafadores, a los derrochadores y ladrones, es que en realidad los aprueba y pretende que las injus­ticias y abusos continúen teniendo lugar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de septiembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 8 de septiembre de 2013. Lerdos, y gracias

Aunque los desapruebe, uno a veces comprende los procederes canallescos de políticos y empresarios. Entiende que quieran hacer lo que les venga en gana, que barran siempre para casa, que los unos aspiren a disfrutar de un poder cada vez más absoluto y amedrentador y los otros a mejorar hasta el infinito sus márgenes de beneficio a costa de la explotación de sus trabajadores y de encarecer sus productos. Uno se explica, hasta cierto punto, que todos añoren los tiempos de los señores feudales y ansíen retroceder lo más posible hasta ellos; al fin y al cabo, les resulta lo más cómodo y ventajoso. Todo partido político mira con envidia las épocas totalitarias (o los regímenes, que perduran en demasiados lugares), y su sueño sería, en el fondo, obtener en las elecciones lo que una vez se llamó “mayorías a la búlgara”, es decir, un porcentaje de votos del 98% o así. Y todo empresario desalmado siente nostalgia de los días en que los empleados carecían de derechos y de protección, cuando podían contratar y despedir sin aviso ni indemnización alguna, cuando nada era “improcedente” en su ámbito y decidían a diario, caprichosamente, qué jornaleros trabajaban y cuáles no, tanto en las faenas del campo como en numerosas fábricas. Echan de menos ser temidos y también ser vistos como “dispensadores de favores”, como individuos magnánimos que podían espetarle a un desesperado: “Mira, te voy a hacer el inmenso favor de permitirte trabajar hoy para mí. Como el favor es inmenso, habrás de agradecerme que te pague una miseria y que disponga de todo tu tiempo a mi voluntad. No te quejarás de nada, faltaría más, ni pretenderás conseguir más de mí, ni por tu eficacia ni por tu antigüedad. Ten en cuenta que si te retiro el favor, tú y los tuyos no tendríais ni qué comer”. Expresado así, este discursillo suena a siglo XIX si no a medieval, pero si suavizan un poco los términos y se paran a pensar, verán que de hecho es a lo que se intenta volver, en gran parte del globo y desde luego en nuestro país.

Y ya digo, uno lo entiende, que estas condiciones las quieran recuperar los políticos y empresarios sin escrúpulos. Lo que ya le cuesta más concebir es que, tras un larguísimo periodo en el que las relaciones laborales no han sido así, en el que la gente ha aprendido a luchar por sus derechos y a trabajar con dignidad, esos individuos sean tan tarados (lo utilizo como se hace en el lenguaje coloquial) que ni siquiera sepan disimular y llevar a cabo su retroceso con discreción. Creo que todos nos condenamos y perdemos mucho más por lo que decimos que por lo que hacemos, y que se tolera mejor el doblegamiento y la explotación que la chulería y el recochineo. Son estos últimos los que a veces llevan a la gente a saltar, a agarrar una tea e incendiar unas oficinas o un banco, o a agredir al cretino de turno que ofende además de pisotear. La CEOE –los empresarios españoles– parece estar en manos de completos idiotas desde hace mucho, ellos sabrán por qué los eligen, o quizá es que en sus filas no hay más. Fue Presidente suyo Díaz-Ferrán, que no se abstuvo de soltar vilezas antes de parar en la cárcel acusado de delitos de gravedad. Ahora la preside Juan Rosell, que recientemente ha hablado de los “privilegios” de los contratos indefinidos (se refería a derechos, pero para él es “privilegio” cuanto no sea sometimiento e indefensión del trabajador) y ha propuesto retirárselos para incrementárselos a los contratos temporales, como si eso fuera a ser verdad. Es tan falso como que la reducción de salarios redunde en mayor empleo: redunda tan sólo en el dinero que los empresarios se ahorran y guardan, y eso lo saben hasta las cabras, aunque no el FMI ni el comisario europeo Olli Rehn.

Rosell ha destacado que los temporales son el 90% de los contratos que se hacen, y ha añadido como un ceporro: “y gracias”. Esa chulería y ese recochineo encorajinan a la gente infinitamente más que las propias condiciones abusivas de la “reforma laboral” de este Gobierno. Como, más que ver emigrar a los vástagos porque no encuentran empleo aquí, a los padres los enfurece que Esperanza Aguirre afirmara: “Los jóvenes se van por espíritu aventurero”, o que Fátima Báñez, precisamente Ministra de Empleo, redujera el forzoso éxodo a mera “movilidad exterior”. O que el de Educación, Wert, sostuviera que si los chicos no estudian, no es por las caras tasas que ha impuesto, sino porque muchas familias “no quieren dedicar dinero a la educación de sus hijos”; cuando es sabido que es lo primero que los padres procuran desde tiempo inmemorial. Aún más que ver a sus niños malnutridos, a la gente le indigna que los tertulianos afines al PP critiquen que en Andalucía se les diera una modesta merienda a esos críos y la califiquen de abuso al contribuyente y clamen: “Ya, y qué más. Que les regalen también una bici, si te parece”.

He hablado otras veces de la conveniencia de la hipocresía. Cuando los empresarios y políticos son tan zotes que prescinden de ella y se dedican a chulearse, están tensando demasiado la cuerda, y ninguno queremos ver agresiones ni teas. Lo sabe cualquiera que haya leído dos libros de historia. Ya se ve que estos sujetos ni siquiera han leído uno en su vida. ¿Qué hacen ahí, tamaños lerdos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de septiembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 1 de septiembre de 2013. Los despertares

Ya estamos de vuelta los que nos hayamos ido, y los que no, nos ven regresar más bien con desagrado, quizá pensando: “¿Por qué no permanecen donde estaban? Sin ellos la ciudad parecía más tolerable y llevadera, sin tanto tráfico ni aglomeraciones, sin tanto mal humor y tanto ánimo bajo, al menos andábamos más repartidos”. Y sin duda también habrá esta reacción generalizada, tanto entre los ausentados como entre los inmóviles: “¿Por qué hemos de soportar de nuevo la presencia continua, obsesiva, de nuestros gobernantes nefastos, que jamás traen alegría alguna y sí amarguras constantes? Todo ha funcionado algo mejor sin sus decisiones de los viernes o de cualquier otro día; sin sus declaraciones canallescas o estúpidas, sin que viéramos sin cesar sus caras y escucháramos sus argumentaciones burdas y cínicas. Hemos comprobado, durante agosto, que se vive un poco menos mal sin su agobio. ¿Por qué no continuar así, por qué no se van a sus casas y se retiran? No se trata de que no gobiernen (eso sería pedir demasiado), pero podrían ser más modestos y desaparecer de nuestra vista”.

Al término de las vacaciones se habla siempre de lo arduo que resulta volver al trabajo, abandonar la burbuja de relativos descanso y ocio en que nos hemos instalado. Ese tiempo parece irreal en seguida, un espejismo que se desvanece pronto ante la aplastante realidad de la rutina, once meses ocupados. No creo que ya sea así. El que conserva el trabajo celebra retornar a él, comprobar que en su ausencia no se lo han quitado o no han suprimido su tarea, o que no se ha producido en su empresa un despido masivo. El que ya lo había perdido desearía encontrar por fin uno, sentirse útil, no depender de la familia, traer dinero a casa. Lo que hoy nos deprime a la vuelta es más bien el reencuentro con los facinerosos a los que en mala hora votamos. Gente que engañó, y presentó un programa para incumplirlo a rajatabla, que habló de transparencia y cada vez es más opaca, que anunció limpieza y aparece enfangada. Se aduce que los casos de corrupción y de prácticas indecentes que se descubren (pueden ser indecentes cosas legales) pertenecen al pasado y no al presente, como si ignoráramos que se tarda tiempo en destapar lo que se procura ocultar por todos los medios. A nadie le cabe duda de que lo sucio que esté ahora pasando se sabrá sólo, con suerte, dentro de unos cuantos años. Vistos los precedentes, lo que nadie cree es que ahora ya no haya corrupción ni prácticas indecentes; al revés, damos ya por sentado que sigue habiéndolas y que quienes incurren en ellas se estarán esmerando todavía más en borrar las huellas. Sabemos que el saqueo de la ciudadanía a base de impuestos, de arbitrarias inspecciones de Hacienda que cambian la legalidad y las reglas a traición y a su conveniencia, de imparables subidas de la electricidad y otros servicios básicos, de reducciones de sueldos, de condiciones laborales al dictado de los empresarios; sabemos que es todo eso lo que nos aguarda otra vez, aumentado.

A la vuelta del verano a muchas personas les cuesta conciliar o conservar el sueño. Uno se mete en la cama, y en ese traicionero intervalo entre la actividad y el adormecimiento de la conciencia, se ve asaltado por las consideraciones pesimistas y los mayores temores. “¿Qué va a ser de mí y de los míos?” A mí me ocurrió eso durante bastantes años, conozco bien esos momentos de acentuación de la incertidumbre, de debilidad y “vacío”. Desde hace tiempo, sin embargo, la sensación de abismo se me ha trasladado a los despertares. A la hora de retirarme he aprendido a pensar: “Bueno, el día ha acabado y aún estamos aquí, y lo que parecía fatal no lo ha sido; hay una tregua en principio, por mucho que uno esté expuesto siempre”. Es en cambio por la mañana cuando todo me parece espantoso y sin esperanza. No hablo de esperanza personal, sino colectiva. Sé que la tregua nocturna ha terminado, lo mismo que ahora ha concluido la parcial de agosto. Miro el periódico con aprensión, encogido, y el pensamiento predominante, en medio de la confusión (tardo en volver a mi ser plenamente), es: “¿Qué habrán hecho hoy, qué prepararán estos desalmados? ¿Qué nueva medida contra la gente habrán ideado? ¿Qué ley insensata o injusta habrán aprobado, qué derechos y libertades nos habrán mermado, qué falta de piedad querrán aplicar, qué mentiras habrán inventado?”

No soy el único en verse invadido por esta sensación predominante, en absoluto. Algo muy grave sucede cuando gran parte de la ciudadanía percibe a sus gobernantes como un peligro y una amenaza, como gente de la que no cabe esperar salvación ni ayuda ni mejoras ni soluciones, sino condena y obstáculos y empeoramiento y problemas. Hay quienes lamentan que estas columnas mías a las que regreso sean reiterativas en los últimos tiempos; que critique al Gobierno (y a otros políticos, no se olvide) y a esa idiosincrasia española (incluye la catalana y la vasca, lo siento) que nos ha llevado, entre otros males, a tener casi siempre dirigentes funestos, algo invariable a lo largo de nuestra historia. Pero es que han de sonar las alarmas cuando, al volver del verano, lo que nos acongoja y abruma no es reanudar el trabajo, sino enfrentarnos otra vez, inermes, a nuestros gobernantes. Mientras esto sea así, habrá que insistir, ya lo deploro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de septiembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 28 de julio de 2013. Alerta y sanos y salvos

Un supersticioso diría que se trata del número, del año 13, pero algunos no murieron en los siete meses que llevamos de él, sino antes, no sé cuándo exactamente. Un estoico lo vería como mera casualidad, o como “racha”, y es verdad que a veces se tiene la sensación de que hay periodos muy malos en que se concentran las desgracias. También es cierto que cada uno se fija más en las bajas de su entorno profesional, o de aquellos ámbitos a los que presta atención, por afición o cercanía. Yo me he acostumbrado a mirar la sección de Obituarios con aprensión, y cuando veo que desconozco a los muertos destacados del día –cuando se trata de un industrial o de un físico–, respiro con un poco de alivio, como pensando: “No ha caído nadie que me importe, o que para mí forme parte del mundo; si ignoraba su existencia, mal puedo lamentar que ésta haya tocado a su término”. Me imagino que, en cambio, quienes sepan de física o industria sentirán que han sufrido una pérdida, aunque no conocieran personalmente al fallecido. Y me atrevería a suponer que en todos los terrenos hay hoy la misma sensación, de muertes atropelladas, superpuestas, tanto que ni siquiera da tiempo a llorarlas como es debido, o a encajarlas, o a recordarlas.

En el campo de las artes y del periodismo –a muchos de sus integrantes les guardo agradecimiento–, está siendo este un tiempo demasiado luctuoso, y en particular en España. Claro que hay individuos cuyo fallecimiento nos deja perplejos porque los creíamos muertos desde hacía mucho, o semimuertos: es el caso de la actriz juvenil Deanna Durbin, famosísima en época de mis padres; o el de Esther Williams, la nadadora coreográfica que protagonizó simpáticos delirios en mi infancia y de la que nada se sabía hacía siglos. Otros mueren a edades provectas y por lo tanto “lógicas”, como Stéphane Hessel o José Luis Sampedro. Pero lo cierto es que han muerto ahora, cuando podían haberlo hecho antes, “naturalmente”, y sin embargo sobrevivieron. jesus-franco-muere-680x415-e1364934319293Otros también eran mayores, aunque no tanto: mi tío Jesús Franco, Sara Montiel, Moustaki, Querejeta, Tomeo, Miguel Narros, Landa, Borau, Fernando Guillén, María Asquerino, me vienen a la memoria y la cantidad me sorprende. Los ha habido asimismo más jóvenes: Esther Tusquets, Constantino Romero, Eugenio Trías, Sancho Gracia, José Sancho, Bigas Luna, el admirable ­James Gandolfini, el librero de cine Jesús Robles, la gratísima Concha García Campoy, Tony Ronald… Hasta ha muerto Matt Mattox, que nadie sabe quién fue salvo los muy aficionados al cine: el hermano con barbita de chivo de Siete novias para siete hermanos, se lo recuerda bailando inverosímilmente con un hacha en la nieve. Y Jérôme Savary, el escritor Chinua Achebe, Ray Manzarek de The Doors, el torero Pepe Luis Vázquez, el legendario editor Nadeau, el cuentista Medardo Fraile, Manuel Fernández-Montesinos. En el mundo de las letras y del espectáculo es como una catástrofe continua. En el plano personal –el que desde luego más importa– la cosa no mejora, y a lo único a lo que aspira uno es a que las bajas no nos toquen muy cerca. Pero a quién no le van llegando noticias de este o aquel conocido que ha desaparecido de la faz de la tierra, a veces inesperadamente, o que ha sufrido un ictus o un infarto y se ha salvado de milagro.

Para mí no hay superstición, ni noción estoica de mala racha sin causa. Y no, no voy a caer en una variación del dicho italiano “Piove, porco governo”, adaptándolo a “La gente muore, porco governo”. Pero no puedo por menos de creer que la situación económica y política en que nos encontramos desde hace ya demasiados años –y que nuestros Gobiernos agravan a conciencia, lejos de ponerle remedio o alivio– tiene algo que ver, algo influye. El desánimo resta vitalidad, y acaso rebaja las defensas. Quita ganas de luchar y de vivir, sin que apenas nos demos cuenta. Agota, consume fuerzas. Las preocupaciones y los temores nos hacen más débiles, no me cabe duda de eso, y la falta de horizontes apaga poco a poco cualquier brío. Es curioso que haya muerto tanta gente de cine y teatro en España, justo cuando el Gobierno de Rajoy ha dado una estocada definitiva a sus mundos. En la reciente película Hannah Arendt, de Margarethe Von Trotta, la filósofa explica a sus alumnos cuál fue la máxima perversión de los nazis: hacer creer a las personas –sobre todo a los judíos, alemanes o no– que eran superfluas, que su trabajo no servía de nada aunque tuvieran que seguir haciéndolo. Nada mina tanto las energías como eso: sentirse inútil, improductivo, innecesario, sobrante, prescindible, un estorbo. Sentir que la propia desaparición no altera nada o incluso resulta beneficiosa para los que mandan. Cada vez más deben de tener esa sensación los millones de parados de larga duración en España; los jóvenes que no encuentran hueco y se marchan, los “dependientes” a los que ya no se ayuda, los enfermos crónicos, los pensionistas que notan la prisa de tantos políticos por que de una vez desalojen. También la gente cuya profesión es tratada como si fuera un lujo (¡y se incluye a los científicos e investigadores!), un mero gasto, un engorro. En lo que respecta a la literatura y a las artes, cuantos piratean libros, películas, canciones –con la connivencia de este cobarde Gobierno–, contribuyen a que así nos sintamos quienes nos dedicamos a ellas. No es así. Y si escribo estas reflexiones no es para deprimirlos a ustedes justo antes de sus vacaciones. Sino para que se mantengan alerta, saquen fuerzas de flaqueza y regresen todos sanos y salvos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de julio de 2013

[La zona fantasma cierra en el mes de agosto, el Blog no]

LA ZONA FANTASMA. 21 de julio de 2013. Por donde Franco solía

Hace muy pocas semanas me referí a las noticias menores –así las llamé– a las que no se presta atención y que de hecho no causan alarma, cuando suelen ser indicativas de la grave transformación que están sufriendo nuestras leyes a manos de un Gobierno que aplica su mayoría absoluta sin control, con arbitrariedad, sin rendir cuentas ni buscar consensos, exactamente como actúan las dictaduras.

Sí, la diferencia con éstas es que dentro de dos años y medio votaremos y podremos quitarnos a estos peligrosos gobernantes de encima. Eso será en la teoría, claro, porque de aquí a entonces no sabemos si el Gobierno, que domina el Parlamento y ahora también los Tribunales Constitucional y Supremo, a los que ha restado independencia y convertido en poco menos que títeres suyos, seguirá cambiando de tal modo las leyes que el resultado de las elecciones próximas esté predeterminado. Estamos plenamente embarcados en el modelo de falsa democracia que ha regido Italia durante la época de Berlusconi o Venezuela durante la de Chávez, perpetuada por su patético imitador Maduro; Rusia durante la ya larga de Putin y Ecuador durante la de Correa, Hungría durante la de Orbán y Argentina durante la de los Kirchner. Al PP no le importa copiar a quienes declara sus adversarios, si de ellos aprende a mantenerse en el poder, a acallar voces contrarias, a difamar a los discrepantes (véanse las acusaciones indiscriminadas del Ministro de Hacienda a los colectivos o gremios que considera “críticos”) y a gobernar con cada vez menos garantías para los ciudadanos.

Esas noticias menores a las que casi nadie hace caso son como la letra pequeña de los contratos: nadie la lee, pero es la que acaba por desahuciar a la gente, o por estafarla. De repente llegan unos policías y lo desalojan a uno de su casa. ¿Cómo puede ser?, se preguntan los semipropietarios perplejos, ¿cómo se ha llegado a esto? Lo mismo que quienes compraron preferentes o acciones sin enterarse y se encuentran de pronto desprovistos de sus ahorros. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo se ha llegado a esto? La respuesta es invariable: se llegó con las cosas que se pasaron por alto, con aquellas de las que nadie protestó, ni siquiera los partidos de la oposición, que andan todos en sus limbos sin atender a sus deberes. Los unos con sus EREs de Andalucía, los otros con sus berrinches con la Monarquía, los de más allá no con su “derecho a decidir” (porque decidir entre opciones es lo que está justamente excluido), sino con su imposición a proclamar la independencia, velis nolis.

Hace unas semanas hablé de los detectives privados. Bueno, piensa la gente, tampoco somos tantos los que recurrimos a sus servicios. Unos meses atrás, de los agentes del CNI. Bueno, esos siempre son huidizos y secretos, al fin y al cabo. Y así nada tiene importancia. La noticia menor que hoy me ocupa nos podría afectar a cualquiera, pero todo el mundo lo verá improbable, hasta que un día un civil se encuentre ante un tribunal militar acusado de traición o de cualquier otro delito, y se pregunte: ¿Cómo puede ser? ¿Cómo se ha llegado a esto, como si estuviéramos en tiempos de Franco? Pues se habrá llegado en estos días, sin que ninguna voz se alce. El código militar hasta ahora vigente estipulaba unos pocos casos en los que los civiles podían verse sometidos a su jurisdicción, y uno de ellos era “en tiempo de guerra”. La propia ley aclaraba que ese tiempo se extiende desde la declaración formal de guerra o la ruptura generalizada de hostilidades con una potencia extranjera hasta el cese de éstas. Pero como las guerras ya no se declaran sino que sin más se libran, el Ministerio de Defensa acaba de modificar su código, y donde ponía “en tiempo de guerra”, ahora pone “en situación de conflicto armado”; eso sí, sin explicar a qué llama exactamente conflicto armado, ni quién lo declara ni cuándo comienza o termina. Se trata de un concepto totalmente ambiguo, difuso, indeterminado. ¿Estábamos en esa “situación” mientras atentaba ETA? ¿Lo estamos ahora, bajo la permanente amenaza de ataques terroristas islamistas? ¿Lo estaríamos si en España operaran regularmente mafias sanguinarias como las de Italia? ¿Si hubiera una criminalidad sostenida y cruenta como las de México, Guatemala u Honduras? ¿Bastaría con que se desplegaran unidades del Ejército por cualquier motivo –proteger el Congreso de manifestantes, por ejemplo– para considerar que ya estábamos “en situación de conflicto armado”? No sé si se percatan de que, con este descarado cambio en el código militar, los civiles estamos expuestos a que ya no nos juzgue un tribunal civil en cuanto al Gobierno de Rajoy se le antoje. Las consecuencias no son tan menores: en esa “situación” tan imprecisa, cualquier español que difundiera información clasificada o de interés militar que perjudique la defensa de España o sus aliados –como un periodista, sin ir más lejos–, podrá ser acusado de traición y condenado, por un tribunal militar, a veinte años de cárcel (!). Y cualquier civil que desobedezca un bando militar podrá serlo a seis años (!). Si esto no es militarizar a la población de nuevo, privarla de sus derechos fundamentales y entregarla a la discreción y arbitrariedad del Ejército, que venga el General Franco y lo vea. Se frotaría las manos, les daría un gran abrazo a Rajoy y a sus ministros y les diría: “Bravo, muchachos, se ve que sois de los míos. Volvemos por donde solíamos”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de julio de 2013

LA ZONA FANTASMA. 14 de julio de 2013. La excelencia de la purria

Lo que uno ve desde que nace le parece “lo normal” durante años, o por lo menos normal, hasta que se asoma al mundo y comprueba su variedad infinita, lo que se ha perdido u otros se pierden, las pautas tan diferentes por las que se rigen los individuos. Sería ingenuo o fanático dar por bueno cuanto aprendió uno en su casa, pero hay conductas que, sometidas a la comparación más tarde, y sopesadas con la razón –no con la mera costumbre–, sigue encontrando recomendables o incluso obligadas. Una de ellas es la de no favorecer a un hijo, a un progenitor, a un hermano, a un cuñado o a un cónyuge si se ejerce un cargo público –y por tanto se maneja dinero de los contribuyentes– o si se goza de una posición de poder o influencia en un campo determinado, o de una tribuna en prensa como la de esta página. O por lo menos debe uno advertir, en este último caso, de la vinculación existente. Las veces en que he hablado aquí, o en otro sitio, del libro o la pelícu­la de un amigo, creo haber confesado de antemano lo que nos unía, para que el lector tuviera todos los datos y supiera que mi opinión podía ser parcial, aunque fuera sincera o así yo lo creyera. Cuando he hablado de mi padre, he solido disculparme por ello y casi siempre me he limitado a hablar de la persona y de su biografía, no del escritor que fue, sobre el cual difícilmente podría ser objetivo. Mientras vivió, los dos procuramos evitar al máximo opinar públicamente sobre la obra del otro, aunque, ante la insistencia de periodistas, quizá no siempre lo conseguimos. Nos resultaba empalagoso que un padre elogiara a un hijo o un hijo a un padre: no como individuos particu­lares, lo cual es más o menos aceptable, sino como “profesionales”, ya que eso nos podía reportar “beneficios”. Pero no era sólo una cuestión de buen o mal gusto: también nos parecía que no era algo muy recto, y que era mejor abstenerse.

Lo he recordado recientemente en una entrevista: hace casi veinte años una de mis novelas fue candidata al Premio Fastenrath, que otorgaba la Real Academia Española. En la sesión deliberatoria, mi padre se ausentó del pleno para que sus compañeros opinaran con entera libertad, y no participó en la votación, como es lógico. En su día expliqué que durante doce años –desde la primera vez que se me “tanteó”– no quise ni oír hablar de mi posible candidatura a esa misma institución: mientras mi padre viviera y perteneciera a ella, lo juzgaba improcedente. Nada más ser nombrado mi hermano Miguel Director General de Cinematografía, bajo el Ministro Semprún, entregó un escrito en el que más o menos decía: “El director de cine Jesús Franco es tío mío; el también cineasta Ricardo Franco es primo mío; el novelista Javier Marías es hermano mío. Ante cualquier proyecto en el que estén involucrados cualquiera de ellos, me abstendré de opinar y de influir a favor o en contra de posibles ayudas del Ministerio”.

Nada de esto me parecía digno de elogio ni de mérito, sino algo de cajón, obligado. Por eso me cuesta comprender que en España la norma sea más bien la contraria. Da lo mismo que mi cuñado sea un profesional competentísimo, e idóneo para tal puesto que de mí o de mi partido depende: precisamente por ser mi cuñado, no puede ocuparlo. ¿Salimos perjudicados? Muy posible. Pero así deberían ser las reglas: a veces se ha de ser perjudicado para que no quepa duda de que no se ha sido favorecido. Desde los tiempos del hermano de Alfonso Guerra hasta hoy, la tendencia de nuestros políticos ha sido la opuesta: colocan a sus cónyuges, a sus vástagos y a la parentela al completo. Privatizan empresas públicas y se las entregan a sus compañeros de colegio, cuando no a sí mismos mediante la “puerta giratoria”: quien fue consejero de Sanidad y privatizó hospitales pasa, al cabo de un ridículo lapso de tiempo que la ley exige, a tener un importante cargo en la empresa que los explota ahora. Sólo siete años después de ser nadie en política, la mujer de Aznar ya fue alcaldesa de Madrid (no elegida como tal por los votantes). Un tal Baltar, cacique gallego, ha colocado a decenas de personas con las que tenía parentesco o amistad y ha dejado de delfín a su hijo, como Pujol casi al suyo. La familia de Carlos Fabra lleva generaciones repartiéndose o pasándose cargos, no es raro que su hija Andrea les gritara “¡Que se jodan!” a los parados, en el mismísimo Parlamento. Y así hasta la náusea.

Hace poco vi cómo tres periodistas opinaban, en la televisión pública, sobre la política de becas del Ministro Wert, calificada por casi todo el mundo de injusta, discriminatoria y clasista. Una de esas periodistas era su actual pareja o cónyuge o lo que sea. Para mi sorpresa –sí, aún me sorprendo por estas cosas–, no se retiró de la mesa, ni se excusó de hacer su comentario (favorable al Ministro, claro está); que yo sepa (no vi todo el programa), ni siquiera advirtió a los espectadores de que su visión del asunto podía estar comprensiblemente sesgada. No: con entero ­desahogo habló de “críticas demagógicas” y de “aversión al mérito y a la excelencia” (cito de memoria). A los políticos del PP y periodistas afines se les llena la boca con esta última palabra. No se miran. No ven lo mediocres e ineptos que son la mayoría, ni su falta de mérito para desempeñar sus cargos. Ni su corrupción de nepotismo y amiguismo. No ven que en demasiados de ellos la palabra “excelencia” suena a chiste cruel. Como si se la aplicara a sí misma la purria que retrata en sus novelas Eduardo Mendoza. Que, dicho sea de paso, es amigo mío.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de julio de 2013

LA ZONA FANTASMA. 7 de julio de 2013. Esclavizados y transparentes

Si desde hace una década o más mis amistades me insistían con fervor exagerado en que utilizara ordenador e email y móvil y cuantas maravillas electrónicas vinieron luego; si, al ver que no había forma de convencerme, me miraban con una mezcla de horror y conmiseración, como si al excluirme de su mundo feliz me hubiera convertido en un primate; si dudaban entre reírme la gracia o considerarme paranoico cuando yo aseguraba que todos esos inventos, pese a sus enormes e innegables ventajas, me parecían sobre todo instrumentos de dominio y control; si así eran las cosas, desde hace poco empiezo a recibir comentarios envidiosos del tipo: “Qué astuto fuiste al no entregarte en cuerpo y alma a las nuevas tecnologías. No sabes de la que te has salvado. Por culpa de ellas vivimos en un permanente infierno, sin descanso”. Muchas personas –al menos las que aún trabajan– se levantan de la cama y se encuentran con 20 o 40 mails nuevos en su correo. Eso después de haberse quedado la noche anterior hasta tarde contestando los más posibles de la jornada previa. Jamás tienen ya la sensación de haberse despejado el terreno, de haber cumplido con sus tareas y poderse dedicar un rato a leer, dar un paseo, ver una película o –lo que es más increíble– trabajar en lo que de hecho trabajan, para lo cual no les queda apenas tiempo. A mí mismo –sin email ni móvil ni nada– me ocurre a veces: se supone que escribo novelas, y que a algunos individuos les conviene que lo siga haciendo: a mis agentes, a mis editores varios, a los libreros, a los distribuidores. Pues bien, a menudo he de luchar contra los propios interesados y contra mucha más gente para encontrar “huecos” en los que dedicarme a lo que me dedico. Me lleva tanto tiempo despejarme el campo de asuntos aledaños a mi oficio que hay días en que, cuando por fin me siento ante la máquina para meterme en mi absurdo mundo ficticio, estoy agotado y se me han hecho las seis de la tarde. Estoy seguro de que si además tuviera correo electrónico, nunca volvería a escribir una novela. Nada grave para el conjunto de la población, por otra parte.

Pero cada vez hay más “arrepentidos”. Un periodista inglés me dijo hace poco que se había instalado un dispositivo que le impedía acceder a su email cinco horas diarias. Él mismo calificó de “patético” haber debido recurrir a la autoprohibición, como esos ludópatas que, en un momento de sobriedad, piden a los casinos que les denieguen la entrada. Hay gente que tiene los programas Freedom y SelfControl -explícitos nombres– para limitarse la navegación por Internet. El novelista Franzen extrajo la tarjeta inalámbrica de su ordenador y cortó el cable Ethernet para convertir aquél en una mera máquina de escribir sin acceso a la Red. Un ex-director de medios en Twitter, experto tecnológico, ha resuelto usar un viejo móvil Nokia sólo para hacer llamadas, se deshizo de su iPhone, toma notas con bolígrafo y cuaderno y lee libros en papel nada más. Otros sujetos “a la vanguardia de la tecnología están poniendo todo su empeño en hacerla retroceder unos pasos”, informa Nick Bilton, al menos en lo que respecta a sus vidas: desconectan el móvil al salir de casa, el wifi por las noches y los fines de semana, asimismo leen en papel en vez de píxeles en una pantalla.

Añadan a todo esto las recientes “revelaciones” hechas por el digno y sensato Edward Snowden, al cual persigue ahora la Administración de Obama por denunciar los abusos de dicha Administración y de la del Reino Unido en el espionaje masivo de las comunicaciones de los ciudadanos del mundo entero. He escrito esa palabra entre comillas porque hacía falta ser muy ingenuo para creer que cuanto se lanza a Internet no estaría sujeto, antes o después, al escrutinio de nuestros Gobiernos cada vez más totalitarios. Al contrario, se lo hemos puesto en bandeja. Si siguiéramos utilizando papel, sobre y sellos, como hasta hace nada, no digo que no pudieran inspeccionar nuestras misivas, pero les costaría muchísimo más tiempo y esfuerzo. Hoy mismo leo que, según Snowden, el Reino Unido pinchó más de 200 cables de fibra óptica, y que cada uno de ellos traslada en un día la información equivalente a 192 veces el contenido de todos los libros de la Biblioteca Británica. “Estamos empezando a dominar Internet”, decía con ufanía el autor de un documento ahora filtrado. Lo que más me inquieta es “empezando”, porque significa que lograrán ir mucho más lejos. Los investigados son, en su inmensa mayoría, “ciudadanos sobre los que no pesa sospecha alguna”. Y no se debe olvidar que, si el Estado puede conocer y almacenar nuestras comunicaciones, eso estará también al alcance de cualquier otra organización preparada.

Ustedes verán. Pero si nuestros Gobiernos nos tratan como a delincuentes, si han decidido saberlo todo sobre nosotros, lo público y lo privado y lo íntimo, si ya no podemos tener secretos de ninguna índole, habremos de actuar como delincuentes. Ya saben que la Mafia siciliana se comunica sólo mediante los piccini, papelitos escritos a mano que un recadero lleva del remitente al destinatario: la única manera de que nadie intercepte el mensaje, en principio al menos. Nos obligarán a seguir su ejemplo. Si nos ven como a criminales, nos tocará esquivar a nuestros gobernantes e intentar defendernos. Para cualquier cosa que no queramos que nadie sepa, habrá que volver al siglo XIX. Un gran engorro, desde luego. Pero, puestas así las cosas, yo no me asomaría a Internet, jamás, para nada que alguien pudiera volver en mi contra.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de julio de 2013

LA ZONA FANTASMA. 30 de junio de 2013. Este gobierno prohíbe a Sherlock Holmes

En medio de los sucesos alarmantes o catastróficos con que desayunamos todos los días desde hace mucho, hay noticias comparativamente menores que a pocos preocupan y de las que la prensa informa durante una o dos fechas y luego, como es lógico, las abandona. Apenas suscitan reacciones, los articulistas andan demasiado ocupados con las cosas graves y los políticos de la oposición en permanente Babia, y así nuestro autoritario Gobierno toma una medida o crea una nueva ley abusiva e intolerable sin que casi nadie proteste y no muchos se enteren. Los que se enteran se olvidan pronto y todo sigue su curso hacia un Estado en teoría democrático pero que cada vez se parece más a una dictadura. El carácter democrático de un Ejecutivo, lo he repetido hasta la saciedad, no se lo confiere sólo la forma en que fue elegido –que es el mínimo exigible–, sino el modo en que ejerce su poder a diario. Si la mayoría absolutísima del PP decidiera poner a la venta los cuadros del Museo del Prado, o reformar la Constitución a su antojo, o disolver el Parlamento, o militarizar a los jueces, o –lo que ya ha hecho– permitir la construcción de monstruos urbanos a veinte metros de la orilla del mar, estaría atentando contra el patrimonio y los intereses del país –aquellos que están por encima de cualquier Gobierno– y obrando de manera ilegítima, por facultado que estuviera legalmente para actuar así.

Y conviene prestar gran atención a las noticias menores, síntomas del mal mortal. Siempre pongo el ejemplo de lo que contó Stefan Zweig: una de las primeras decisiones nazis contra los judíos fue prohibirles tomar asiento en los bancos de los parques. Bueno, se dirían muchos alemanes, no es gran cosa ni clama al cielo, sin tal vez pararse a pensar en lo arbitrario e injusto de disposición semejante. Después vino lo que vino. Hace unos meses señalé aquí una de esas noticias de eco escaso: la privatización o comercialización parcial de nuestros agentes del CNI, a los que se autoriza a estar en nómina de empresas privadas o públicas, nacionales o extranjeras; es decir, a no servir al Estado español en exclusiva –como nuestros soldados y policías–, sino a obedecer también órdenes de una multinacional de base rusa, saudí, estadounidense o china, una locura sumamente peligrosa para nosotros. Gente que leyó mi columna se quedó atónita: “Pero ¿esto es verdad?” “Bueno, yo no me lo he inventado, la información apareció en el diario”. Sin embargo no he visto que ningún diputado haya interpelado al Ministro del Interior al respecto, ni ningún otro artículo escandalizado.

Ahora este Ministro, Fernández Díaz, desde mi punto de vista –y bajo su apariencia suavona y beata– uno de los miembros del gabinete que menos entiende en qué consiste la democracia (y cuenta con rivales muy serios), suelta otra de esas noticias menores. El anteproyecto de la nueva Ley de Seguridad Privada estipula que los investigadores deberán firmar un contrato con cada cliente particular que les haga un encargo, del que inmediatamente tendrán que dar cuenta a la policía. Y no sólo eso, sino que tanto ésta como la Guardia Civil podrán acceder a los informes elaborados por los detectives a efectos de control e inspección. Las imposiciones no acaban ahí. Uno podría pensar: “Bueno, pues que los detectives no escriban informes, que lo tengan todo en la cabeza o en notas sueltas”. Para evitarlo, la nueva ley establece que “por cada servicio que les sea contratado, los detectives privados deberán elaborar un único informe en el que reflejarán el número de registro asignado, los datos de la persona que encarga y contrata el servicio, el objeto de la contratación, los medios usados, los resultados, los detectives intervinientes y las actuaciones realizadas”. Es decir, todo, y se añade que tal dossier “estará a disposición de las autoridades policiales competentes para su inspección”. Por último, los detectives estarán obligados a comunicar a la policía “cualesquiera circunstancias e informaciones relevantes para la prevención, el mantenimiento y restablecimiento de la seguridad ciudadana”. Esto es tan amplio y ambiguo que nada escaparía a su control.

Ni la dictadura franquista fue tan lejos. Esta ley supone exactamente la desaparición y prohibición de los investigadores privados, porque ya nada será privado. La policía sabrá al instante si usted sospecha la infidelidad de su cónyuge, si quiere comprobar la insolvencia de quien le debe dinero, si indaga sobre sus orígenes o sobre el niño que le robaron nada más parirlo. La discreción, el secreto, la reserva, el pudor, la intimidad y la privacidad quedarán abolidos. De todo tendrán conocimiento inmediato las autoridades, con el inquisidor Fernández Díaz a la cabeza. El actual Gobierno ha decidido suprimir esa actividad cuyos representantes más antiguos –al menos con fama– fueron los investigadores de la Agencia Pinkerton, que ya operaban en 1850 en Chicago. Si por este Gobierno fuera –tan autoritario que ya es casi totalitario y policial, le falta poco–, no habrían existido Sherlock Holmes ni Philip Marlowe ni Sam Spade ni Poirot ni Lew Archer, por mencionar sólo a clásicos. Todos le habrían soplado a la policía en seguida las cuitas de sus clientes. Sin confidencialidad posible, sin silencio garantizado, sin ética, ¿quién contratará a ningún detective (el adjetivo “privado” pasará a ser una burla)? Esta ley se limita a prohibirlos, en la práctica. No me digan que no es un derecho más –y bien importante– del que se nos desposee.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de junio de 2013

LA ZONA FANTASMA. 23 de junio de 2013. San Mamés y nuestros recuerdos

El otro día vi un reportaje sobre San Mamés, el legendario estadio del Athletic de Bilbao que, tras cumplir un siglo de existencia, va a ser demolido. El que lo sustituirá está previsto que se inaugure en septiembre. Al parecer su emplazamiento es cercano al del antiguo, y esas instalaciones ya inminentes ofrecerán ventajas: mayor aforo, más comodidad, todo lo que justifica la renovación. Por lo visto nadie se opone al cambio. Cien años de servicio es mucho tiempo, es normal que se haya deteriorado San Mamés, que se haya quedado insuficiente y viejo. Algunos ex-jugadores particularmente ponderados y educados, como Sarabia, Alkorta e Irureta, hablaban de ello con conformidad, tal vez con un punto de resignación, que es cosa distinta aunque algunos crean que no. Lo que había en sus palabras era inconfundible nostalgia anticipada, si es que no melancolía: gran parte de sus carreras futbolísticas tuvieron lugar en un sitio que va a dejar de existir. Habrá otro nuevo, acaso parecido y es de suponer que mejor, pero ya no será el mismo. Hubo un partido amistoso para despedir al estadio, entre el Athletic y una selección vizcaína, creo, y nadie se lo quiso perder en Bilbao, pese a lo intrascendente del resultado. Vi algunas imágenes de esa ocasión: los actuales jugadores (Adúriz, Toquero, Llorente) aparecían emocionados, conteniendo a duras penas las lágrimas, y eso que la mayoría de ellos van a seguir en el equipo, sus trayectorias no terminan aquí. Muchos espectadores, desde niños con corta memoria hasta ancianos con muy larga, sí que eran incapaces de contenerlas, pese a que mantendrán sus abonos y continuarán acudiendo a los partidos en el nuevo estadio. Leí que, al término del encuentro, la gente se resistía a abandonar el sentenciado San Mamés. Me imagino que pensaban: “Aún estamos aquí, como tantas veces. Mañana ya no, y nunca más. Pero hoy aún vemos el querido lugar, con sus arcos anticuados y su atmósfera única, que no se repetirá. Déjennos quedarnos unos pocos minutos más”.

Nunca he estado en San Mamés, pero es un sitio y un nombre mítico desde que tengo uso de razón. Y aunque jamás haya puesto el pie allí, entiendo bien el sentimiento de pena que embargó a los bilbaínos, y su negativa a marcharse, esa última vez. También entiendo la tristeza de muchos barceloneses al saber, en estos días, que desaparece el cine Urgel, al que durante décadas han estado asistiendo. En Madrid sabemos demasiado de eso, porque en esta ciudad, con nula conciencia cívica, nunca se han respetado ni los edificios ni el paisaje, menos aún la memoria de las personas. Hace poco leí un artículo sobre los palacios “perdidos” de la Castellana. Más de veinte cayeron bajo la desalmada piqueta franquista, en los años sesenta y setenta, como habían caído también los palacetes de la calle Génova y de otras cercanas, desapareció muy pronto la fisonomía de la ciudad de mi infancia. Pasan los años, cambian los regímenes, pero eso no varía: los responsables municipales se han cargado el entorno de Las Vistillas y mil cosas más, y no renuncian a masacrar el Paseo del Prado, la zona más bonita, que sólo hay que conservar y adecentar de vez en cuando, no destruir para satisfacer a alcaldes y arquitectos megalómanos, a turistas a los que hay que depositar en autobús a la puerta del Museo del Prado (no vayan a herniarse por caminar un trecho), y quién sabe si para enriquecer –aún más– a fabricantes de granito.

También aquí hemos visto morir muchos cines, casi todos los de la Gran Vía y Fuencarral, para dar paso a más y más centros comerciales en los que ahora –con la crisis, con los recortes a mansalva– nadie compra nada. En breve caerán más salas, gracias al IVA de Rajoy, subido de golpe del 8% al 21%, sin justificación (como era de prever, Hacienda no recauda más por ello). A veces tiene uno la extraña sensación de que los políticos de nuestro país carecen de algo común a la mayoría de los humanos: la memoria sentimental, el apego a los lugares y a las costumbres, la necesidad de la repetición placentera, de la familiaridad con el entorno. No es que yo crea que hay que conservarlo todo indefinidamente. Hay cosas que cumplen su función durante un tiempo y ya está, como seguramente San Mamés. Pero lo que supone una agresión para los individuos es el cambio gratuito y la demolición constante, con vistas a enriquecerse unos cuantos. Todos vamos encajando paulatinamente la pérdida de quienes nos importan. El adverbio es fundamental: paulatinamente. Lo que suele suceder en España con nuestras ciudades y costas, nuestros campos y bosques, es el equivalente a que perdiéramos de golpe a todos los seres queridos y no reconociéramos más nuestro mundo. Sería insoportable, algunos se morirían literalmente de pena. Los lugares no son como las personas, de acuerdo, pero son parte de nosotros, el escenario de nuestras vidas y el consuelo del tiempo ido. He dicho muchas veces que el espacio es el depositario del tiempo, lo que finge retener un poco lo que nunca “vuelve ni tropieza”, según Quevedo. Aunque sólo sea por eso, no se puede acabar con ellos así como así, con los lugares, sin necesidad y sin el menor respeto hacia los ciudadanos. Que son quienes sin embargo votan, incomprensiblemente, a la mayoría de los criminales alcaldes, dedicados sin tregua a arrasar nuestro tiempo y nuestro espacio; es decir, nuestros recuerdos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de junio de 2013

LA ZONA FANTASMA. 16 de junio de 2013. Lo mejor es no haber nacido

Una vez más me veo obligado a abrir con una preocupación sobre mí mismo, además de con una perplejidad. Como tan a menudo me sucede en estos tiempos, la opinión mayoritaria sobre algún asunto me lleva a pensar, inevitable y modestamente, que el imbécil y el loco debo de ser yo. Yo el equivocado, yo el cretino, yo el insensible, y más vale que así sea, porque de lo contrario sería el mundo el que estaría no sólo lleno, sino dominado por gente errada, insensible y cretina. Preferiría con mucho que el daño se viera limitado a una sola persona, o a unas cuantas como yo.

Lo cierto es que desde que la famosa actriz Angelina Jolie anunció que se había practicado una doble mastectomía preventiva y que meditaba si extirparse también los ovarios con el mismo ánimo de evitación de un cáncer en dichos órganos, en España no he leído más que grandes elogios a su decisión (en los Estados Unidos ha habido más prudencia), incluidos los de un editorial de este diario, escrito, supongo, por alguien con conocimientos médicos, de los que yo carezco, claro está. Al parecer, por sus antecedentes familiares y sus mutaciones genéticas, la actriz tenía un 87% de posibilidades de desarrollar, a lo largo de su vida, cáncer de mama o de ovarios. En fin, líbreme el cielo de discutir su resolución, a título personal. Cada cual tiene sus miedos y toma las medidas que se los aplaquen. Pero la deliberada publicidad otorgada a su solución tan drástica trasciende lo estrictamente personal, y así lo demostraba la índole de los casi unánimes elogios: lo celebrado no era tanto lo que Jolie había hecho con su cuerpo o con determinadas partes de él cuanto que lo hubiera anunciado a los cuatro vientos, con una intención innegablemente proselitista. La argumentación que he leído aquí y allá viene a ser esta: si uno de los iconos de la belleza contemporánea está dispuesta a cortarse, por si acaso, algunos de los atributos o símbolos de esa belleza, ¿no ayudará enormemente a que sigan la misma senda infinidad de mujeres menos agraciadas, y menos ricas y populares? Más aún teniendo en cuenta que vivimos en una época enfermizamente mimética, en la que un indecente número de personas esperan a ver qué hacen u opinan otros –sobre todo si son celebridades– para adecuar sus conductas y sus ideas a ello. La prueba de esta epidemia de mímesis es que no hay necedad que no prospere y no triunfe, que no consiga al instante una ingente cantidad de adeptos y seguidores.

La gente está cada vez más entregada a la superstición de las estadísticas y los porcentajes, los toman por un oráculo olvidando que en todo hay dosis de incertidumbre. El antiguo líder comunista Carrillo, que fumó desde quién sabe cuándo hasta el último día de su vida, murió con noventa y siete años, y su foto debería figurar también en las cajetillas de cigarrillos, porque existe la posibilidad –aunque porcentualmente pequeña– de alcanzar su edad con buena salud entre nubes de humo. Lo probable no es sinónimo de lo seguro, y ni siquiera un 87% de posibilidades condena a nadie con certeza a padecer un cáncer de mama. Debo decir que, al conocer la decisión de la actriz, no pude evitar acordarme de lo que propuso George Bush Jr –una afamada lumbrera– en un momento de su mandato: sugirió que se talaran varios bosques para evitar incendios forestales. Si no hay árboles, venía a ser su razonamiento, no habrá riesgo de que ardan. Si no hay glándulas mamarias ni ovarios, no puede aquejarlos un cáncer, desde luego, pero de algo suele servir cuanto el cuerpo posee. Ni siquiera lo que sirve de poco –el apéndice– anda la gente quitándoselo preventivamente, para ahorrarse una posible apendicitis que, con mala suerte, podría derivar en mortal peritonitis. Voy a cortarme la cabeza, podría decirse alguien, por si me sale un tumor en el cerebro. O los testículos al menos, sin los cuales se puede vivir, tengo entendido (sin la cabeza no, ya lo sabemos, perdón por el ejemplo exagerado).

Parece como si muchas personas actuales hubieran renunciado a creer en lo azaroso y en la suerte, y se hubieran dado al fatalismo que traen consigo las estadísticas. En cuanto sale una noticia sobre lo nociva que es una sustancia, hay millones de individuos que la abandonan radicalmente. No hablemos ya de un alimento que tal vez esté “contaminado” o de un medicamento puesto en tela de juicio. No tenemos en cuenta que algunas de estas campañas o malas famas son interesadas, lanzadas por la competencia, y que al cabo de tantos meses o años se “descubren” las bondades de lo que un día fue estigmatizado y proscrito. El azúcar fue pésimo para todo durante largo tiempo, y ahora parece que ya no lo es tanto. La leche se juzgó sanísima y necesaria para el crecimiento, y ahora tiene, por lo visto, consecuencias indeseables. Hay quien anatematiza el vino y quien lo recomienda en cantidades moderadas. Ya lo dice el viejo chiste: “Vivir es sumamente perjudicial para la salud”. A la luz de nuestras tendencias, hay que ir aún más lejos. Parafraseando a Madame du Deffand, la mejor manera de blindarse contra el cáncer y contra toda dolencia, accidente y angustia es sin duda no haber nacido.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de junio de 2013

Thank you and goodbye, Roger Dobson

Roger D

It happened nearly thirty years ago, during my first few months in Oxford, where I held a post as lector and lecturer at the University. It must be said that, while there, I was not exactly required to work my fingers to the bone and spent a lot of my free time rummaging around in Oxford’s many second-hand bookshops, most of which have since closed down. I was on the hunt for various little-known authors whose books did not exist in any modern editions, authors such as Aickman, Lord Berners, Thomas Burke, John Meade Falkner, Collier, Vernon Lee, Lord Dunsany, Shiel, Stenbock and Arthur Machen. I was particularly keen on Machen, the most recent editions of whose lesser-known works dated from the 1920s and 30s. At the time – long before the Internet – you could still pick up the occasional bargain in those sometimes refined and expensive and sometimes vast and chaotic bookshops, as well as in the jumble sales held in church halls, fire stations or the reception rooms of London hotels. I began to feel slightly uneasy when I kept spotting the same man frequenting the same places as me. Whenever you identify someone as sharing your peculiarities or obsessions, you inevitably see in him a faint reflection of yourself, and that troubled me, just as, at the dawn of the video age, again in England, I had the odd discomfiting encounter, in video shops, with a fellow who did not seem entirely right in the head; he would mutter and murmur to himself and was rather eccentric-looking; and I used to wonder if, without realising it, I was rather like him. One day, when he noticed me looking at a copy of the Vivien Leigh and Robert Taylor film, Waterloo Bridge, he sidled up to me and said, eyes glinting: ‘That’s the best film ever made, wouldn’t you agree?’ In order not to antagonise him, I said ‘Yes, possibly’, because the truth is I found him vaguely repellent. However, given his choice of film, I realised that he was probably just an innocent, sentimental and doubtless solitary soul, and thereafter I never again eyed him with aversion or misgivings.

I did not feel in the least repelled by the man who haunted the bookshops, but he did look slightly strange, with his rather long nose, which seemed permanently on the verge of catching a cold, his small, quick eyes, and his decent but rather shabby clothes; I seem to remember that he wore one of those raincoats my mother would have described as a ‘dole-queue raincoat’, and although the dole queue may seem an old-fashioned concept now, it’s one that could well be making a comeback. One Sunday morning, he appeared at my house and rang the doorbell. He explained that the owners of a bookshop called Titles had given him my address because, they said, I was a collector of Machen’s books, and he was an expert on Machen (he was unaware, however, that Machen was also one of Borges’ favourite writers). In my now oldish novel All Souls, I described a similar conversation between the narrator and the character Alan Marriott, who turned up accompanied by a three-legged dog. Roger Dobson – for that was his name – had no dog, but he was the first person to tell me about the legend of the Kingdom of Redonda and about its drunken beggar king, John Gawsworth, and both kingdom and king have had a certain importance in my life. We did not become friends, nor did we arrange to meet again, but after that first meeting we would always greet each other whenever we met in bookshops and would exchange information and discoveries. Later, however, over the years, we did write to each other from time to time, and when the former ‘King of Redonda’, Jon Wynne-Tyson, decided to ‘abdicate’ in my favour, Dobson, perhaps the greatest ‘redondologist’ in the world, was happy to accept me. I ‘bestowed’ on him the title Duke of Bridaespuela – the Duke of Bridlespur – as a homage to Machen and his work Bridles and Spurs.

He spoke little about his private life. He contributed to various strange and sometimes downright weird magazines, writing learned articles about forgotten authors, especially those who wrote about the supernatural. I don’t know how he earned his living. With some difficulty, I imagine. He moved away from the centre of town (he used to live in a house Tolkien had once lived in); he mentioned once that he worked as an extra on films made on location in Oxford; and on learning that he was in financial straits, I was able to pay him for the editorial work he did on a biography of Machen written by Gawsworth – a belated discovery – a task he had initially carried out gratis et amore. A couple of months ago, I received a letter from Ray Russell, one of the founders of the society known as the Friends of Arthur Machen, asking if I knew what had happened to Dobson. He had vanished without trace, no longer replied to e-mails, and Russell was concerned that he might be ill. I feared the worst. Dobson had no phone. I wrote to him, in vain. A week later, Russell confirmed my pessimistic suspicions. Dobson had died in April, but Russell did not know when or how or why, nor if there had been a funeral or if there was going to be one. Sometimes we can find out more about the dead than about the living, for the former are no longer around to guard their secrets. So far, however, this has not proved to be the case. The only new information I have gleaned is that Dobson was brought up in Manchester. Otherwise, I still know nothing, only that the person whom, years ago, I once saw as my own rather troubling reflection is no longer in the world. One does occasionally meet people like him, recondite, bookish, silent enthusiasts for the things they choose to study or do, or to which they decide to devote themselves, often someone or something that no one else much cares about. People who put all their energies into rescuing from oblivion someone who has been unjustly forgotten, even at the risk that they themselves may become even more forgotten, in life as in death. I will not forget that remarkable man, Roger Dobson, for unwittingly and almost unknowingly, he, in some measure, played a part in my own literary fortunes. Thank you, Alan Marriott, Thank you and goodbye, Roger Dobson.

JAVIER MARÍAS

Translated from the Spanish by Margaret Jull Costa

[En castellano]

IN MEMORIAM – ROGER DOBSON

The funeral service for Roger Alan Dobson (1954-2013), author, actor, bookman and good friend, will be held on Thursday 4 July 2013, at 11.30am, at Oxford crematorium. There will then be a buffet lunch at 12.30 at The Talk House, Wheatley Road, Stanton St John, OX33 1EX.  All Roger’s friends will be welcome at the service, and afterwards. Those who cannot join us may wish to hold Roger’s memory in their thoughts during this day.

LA ZONA FANTASMA. 9 de junio de 2013. Gracias y adiós, Roger Dobson

De Llanddewi Fach a Llanfrechfa, el paseo favorito de Machen

De Llanddewi Fach a Llanfrechfa, el paseo favorito de Machen

Ocurrió hace casi treinta años. Eran mis primeros meses en Oxford, en cuya Universidad tenía un puesto de lector y lecturer. No me deslomaba, la verdad sea dicha, y empleaba buena parte de mi tiempo libre en explorar y rebuscar en las numerosas librerías de viejo entonces existentes allí, la mayoría ya han cerrado. Andaba a la caza de autores y volúmenes raros, de los que no existían ediciones modernas, entre aquéllos Aickman, Lord Berners, Thomas Burke, John Meade Falkner, Collier, Vernon Lee, Lord Dunsany, Shiel, Stenbock y Arthur Machen. De este último quería conseguirlo todo, y las más recientes ediciones de sus títulos menos conocidos databan de los años veinte o treinta. En aquella época –mucho antes de Internet– todavía podían encontrarse gangas, en esas librerías a veces finas y caras, a veces enormes y deslavazadas, y también en los mercadillos dominicales que se organizaban en claustros de iglesias, en la estación de bomberos o en el salón de un hotel londinense. Empezó a ponerme nervioso un individuo con el que me cruzaba a menudo en esos sitios. Cuando uno identifica a alguien con las mismas manías o aficiones, es inevitable verse un poco reflejado en él, y el reflejo me inquietaba, del mismo modo que en el albor de los vídeos, también en Inglaterra, me desagradaba toparme en las tiendas con un tipo que no daba la impresión de estar totalmente en sus cabales: murmuraba y farfullaba solo, tenía una pinta estrafalaria, y me preguntaba si no respondería yo al mismo patrón, sin darme cuenta. Por fin se dirigió a mí una vez, al verme coger El puente de Waterloo, con Vivien Leigh y Robert Taylor. “Esa es la mejor película de toda la historia, ¿verdad?”, me dijo con la mirada encendida. Le contesté que posiblemente, para no entrar en discusión con él, la verdad es que me repelía algo. Pero por su elección comprendí que se trataba de un alma cándida, sentimental y sin duda solitaria, y ya no seguí contemplándolo con aversión, ni con recelo.

El sujeto de las librerías no me repelía, pero su aspecto era extraño: una nariz algo larga y que parecía siempre resfriada, unos ojos pequeños y rápidos, una ropa decorosa pero gastada, si no recuerdo mal solía llevar una gabardina de las que mi madre habría calificado como “de cesante”, un concepto pretérito que acaso esté volviendo. Un domingo por la mañana se presentó en mi casa y llamó al timbre. Los dueños de la librería Titles, me dijo, le habían dado mis señas y le habían hablado de mí como coleccionista de Machen, y él era un experto en Machen (ignoraba, sin embargo, que era un predilecto de Borges). Relaté una conversación parecida a la que tuvo lugar en mi vieja novela Todas las almas, entre el narrador y el personaje Alan Marriott, que se presentaba acompañado de un perro con tres patas. Roger Dobson –ese era su nombre– no tenía perro, pero fue el primero en hablarme del Reino de Redonda, de su leyenda y de su Rey borracho y pordiosero, John Gawsworth, que en mi vida han tenido cierta importancia. No hicimos amistad, no solíamos quedar, pero desde entonces nos saludamos en las librerías e intercambiábamos informaciones y hallazgos. Luego, sin embargo, nos fuimos escribiendo, de tarde en tarde, a lo largo de todos estos años, y cuando el anterior “Rey de Redonda”, Jon Wynne-Tyson, decidió “abdicar” en mi favor, Dobson, quizá el mayor “redondólogo” del mundo, no tuvo inconveniente en aceptarme. Lo “nombré” Duke of Bridaespuela, en homenaje a Machen.

thelifeofmachenDe su vida personal contaba poco. Escribía artículos eruditos en revistas raras o directamente friquis, sobre autores olvidados, del género sobrenatural principalmente. No sé cómo se ganaba la vida. Mal, supongo. Se mudó del centro (vivía en una casa que había sido morada de Tolkien); alguna vez mencionó que hacía de extra en películas rodadas en Oxford; cuando supe que andaba en apuros, vi de pagarle la edición de una biografía de Machen escrita por Gawsworth, hallada tardíamente, que él había realizado gratis et amore en principio. Hace un par de meses me escribió Ray Russell, uno de los creadores de la sociedad The Friends of Arthur Machen, preguntándome si sabía de Dobson. No había rastro de él, no contestaba a los e-mails, esperaba que no estuviera enfermo. Ya entonces me temí lo peor. Dobson no tenía teléfono. Le escribí, en vano. Una semana más tarde Russell me confirmó mis negras sospechas. Dobson había muerto en abril, no sabía cuándo ni cómo ni por qué, ni si había habido funeral o iba a haberlo. A veces uno averigua más sobre los muertos que sobre los vivos, aquéllos ya no pueden proteger sus secretos. De momento, no ha sido el caso. El único dato nuevo que me ha llegado es que Dobson se crió en Manchester. Por lo demás, sigo sin saber nada, sólo que ya no está en el mundo quien vi, hace muchos años, como un reflejo de mí algo inquietante. Hay personas así, recónditas, librescas, silenciosamente entusiastas de lo que eligen estudiar o hacer, de aquello a lo que se dedican y que no a muchos importa. Personas que ponen sus energías en sacar del olvido a quienes están injustamente olvidados, aun a riesgo de que se los olvide aún más a ellos, en la vida y en la muerte. Yo no lo olvidaré, al singular Dobson: sin él pretenderlo ni ser muy consciente de ello, labró en cierta medida mi fortuna literaria. Gracias, Alan Marriott. Gracias y adiós, Roger Dobson.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de junio de 2013

LA ZONA FANTASMA. 2 de junio de 2013. Puras hipocresía o contradicción

La idea de la Marca España es la de una apropiación indebida. Con alguna excepción (quizá el deporte en los últimos veinte años), la política de este país ha sido poco propensa a ayudar a las personas de talento e iniciativa; más bien les ha puesto trabas y obstáculos, y en la actualidad –de nuevo– las insta u obliga a emigrar. Está reciente el caso de Diego Martínez Santos, elegido mejor físico joven del continente por la Sociedad Europea de Física casi al mismo tiempo que la Secretaría de Estado de Investigación le denegaba aquí una beca Ramón y Cajal alegando, precisamente, su falta de “liderazgo internacional”. Dios les conserve la perspicacia a sus miembros. También el de Nuria Martí, cuarta firmante del hito mundial del año en investigación biológica (la obtención de células madre humanas), huida a Oregón tras haber sido despedida del Centro Príncipe Felipe de Valencia por un ERE en 2011. Hay una larguísima tradición en España de expulsión, encarcelamiento o persecución de sus mejores intelectuales, artistas, científicos e investigadores. Desde Goya y Blanco White y Jovellanos y Moratín hasta Cernuda, Machado, Juan Ramón, Salinas, Carner, Guillén, Aub, Ayala, Zambrano, Alberti, Chacel, Corpus Barga, Chaves Nogales, Barea y tantos otros. Durante unos años pareció que el ambiente español se hacía respirable, e incluso regresaron los exiliados republicanos que quedaban vivos. Ahora, bajo este Gobierno declaradamente enemigo de la cultura y la ciencia, toca otra vez largarse o quedarse aquí resistiendo. Mi padre, recuerdo, explicó en sus memorias, Una vida presente, por qué no se marchó del país tras la victoria de Franco, estando como estaba en peligro y con negras perspectivas. Había razones de carácter personal, pero me interesa la siguiente: “Aunque no me hacía grandes ilusiones sobre mí mismo, pensaba que si los que tienen capacidad de expresión abandonan a su pueblo, es muy difícil que no decaiga, que pueda levantarse”. A veces permanecer, con privaciones y hostilidad, requiere más esfuerzo y valor que marcharse. Si todo el mundo de valía se va, ¿qué posibilidad de mejora le resta al territorio desértico? ¿O de “salvación”?

Todavía hoy, los españoles que destacan no lo hacen por serlo, como pretende fingir el concepto de Marca España, sino por casualidad, cada uno en su campo, y en muchas ocasiones pese a serlo. ¿A qué viene entonces apropiarse institucionalmente de los logros individuales y azarosos, debidos al talento y al denuedo de las personas, sino a una hipócrita tentativa de instrumentalización? Más aún cuando el Gobierno de Rajoy ha elegido como primeras víctimas de sus recortes a la cultura, a la educación, a la ciencia y a la investigación. ¿Qué diablos haría mi imagen, o la de cualquier otro escritor, “adornando” ese vídeo del que hablé hace una semana y que se presenta con pompa pasado mañana en Bruselas, mientras el presupuesto de este año para las bibliotecas públicas ha sido de cero euros, o se mantiene la más absoluta permisividad con la piratería de textos en Internet, que a la larga nos llevará a unos cuantos a dejar de escribir? ¿Qué la de cualquier cineasta o actor, cuando los teatros y cines han pasado de golpe de un 8% de IVA a un 21%, convirtiéndonos en el país europeo con el mayor gravamen impuesto a los aficionados a esas dos artes que el Gobierno rebaja a meros “espectáculos”, y en consecuencia se cierran salas sin parar? ¿Qué cualquier músico o cantante haciendo propaganda no de su país, sino de un Gobierno que raquitiza las escuelas de música clásica y –como los anteriores, en eso no hay diferencia con los socialistas– hunde la industria, de nuevo con su pusilanimidad ante los internautas más desaprensivos? ¿Qué la de cualquier médico notable, mientras la sanidad pública es desmantelada, privatizada, reducida y encarecida? ¿Qué la de cualquier científico o investigador de renombre, cuando a sus colegas se les ha cercenado o suprimido toda ayuda económica para realizar su labor y se los empuja a irse de España para sobrevivir?

El Gobierno no desea apoyar la ciencia ni la cultura (no hay medios para eso, aduce), pero su aversión a ellas es tal que ni siquiera está dispuesto a consentir que las financie la sociedad civil, como sucede desde siempre en los Estados Unidos. No otra explicación tiene que una posible Ley de Mecenazgo, que permitiera desgravarse las aportaciones a museos, publicaciones culturales, conciertos, representaciones teatrales y demás, esté congelada o cuente con la abierta oposición del Ministerio de Hacienda. ¿Qué sentido tiene, así pues, que la Marca España presuma de los rostros y nombres de personas destacadas en el terreno de las artes, mientras desdeña y combate esas artes?

No sé qué habrán contestado los demás individuos a los que la Marca España haya pedido autorización para utilizar su imagen, pero mi respuesta fue escueta: “Le agradezco su proposición y su interés, pero no voy a participar en algo auspiciado por un Gobierno, como el actual, que atenta incesantemente contra todas las actividades culturales españolas. Su política en ese campo y el proyecto de que me habla son pura contradicción”. Preferí este último vocablo al otro que barajaban mis dedos, “hipocresía”. Debo decir que recibí en seguida –justo es consignarlo– una contestación aún más escueta, pero sumamente educada y comprensiva. Al menos sabe guardar las formas ese Alto Comisionado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de junio de 2013

LA ZONA FANTASMA. 26 DE MAYO DE 2013. La Marca España y las ratas

A través de Yolanda Cortés, encargada de prensa de la Editorial Alfaguara, me llega una aparente petición (luego se verá que no lo es tanto) cuyo remite tiene el pomposo y ridículo nombre de “Alto Comisionado para la Marca España”. Ya la mera idea de considerar España una “marca” (como también se hace con Cataluña, Andalucía y demás) habla del carácter venal y propagandístico de ese “ente”, auspiciado por el actual Gobierno, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores y amparado al parecer por la Corona. A su frente está Carlos Espinosa de los Monteros, que ha sido Presidente, “entre otras compañías”, de Iberia, Mercedes-Benz, Daimler-Chrysler y González-Byass, para que no quepa duda de cuáles son los propósitos (más bien quiméricos, como comentaré el próximo domingo) de dicha Marca.

Este Alto Comisionado ni siquiera sabe cómo tratar a las personas en su petición, relacionada con un inminente acto de presentación de la Marca en el Parlamento Europeo en Bruselas, en el que se mostrará un vídeo al final del cual “habrá una parte dedicada a aquellos ‘rostros que nos representan allá donde vayan”. Así que están contactando “con gente destacada de varios sectores”. “La imagen”, dicen, “se proyectaría junto con el nombre y el oficio durante un breve periodo de unos tres segundos (dependerá de cómo encaje todo)”, para lo que piden la autorización de los elegidos.

Ya es bastante preocupante, e incluso amenazante, descubrir que uno, sin comerlo ni beberlo, y según este Alto, “representa” a algo más que a uno mismo “allá donde vaya”. Es decir, no tiene escapatoria. Si uno es español de nacimiento y pasaporte (cosa accidental en gran medida), y ha hecho alguna cosa “destacada” en su “oficio”, está representando a España le guste o no, tenga la opinión que tenga de este país y de sus Gobiernos, y haya o no intentado, a lo largo de su vida, apartarse y luchar contra lo que se ha considerado más típica o genuinamente español. En mi caso particular, durante al menos treinta y cinco de los cuarenta y dos años que llevo publicando, gran parte de los críticos, colegas, funcionarios literarios y prensa poco menos que me negaron la nacionalidad, pese a haber escrito siempre en español. “Es un inglés que se traduce a sí mismo, y su castellano está lleno de extranjerismos e incorrecciones”, vendría a ser, en resumen, el veredicto que recibí de muchos durante mucho tiempo. Ahora resulta, sin embargo, que “represento” a España –santo cielo– “allá donde vaya”. Da lo mismo si viajo a un país u otro o si me quedo aquí sin moverme: en la frente llevo un cartel que no pone mi nombre –lo único de lo cual respondo y que “represento”, otra aspiración me parecería megalómana–, sino “Marca España”. Lo que me vienen a comunicar es esto: “Usted es español y se lo conoce algo por ahí fuera, así que se jode”.

Pero ya he dicho que la petición no es tal del todo. Me imagino que esa autorización para el uso de la imagen y el nombre se la habrán solicitado a muchísimas personas más famosas y notables que yo, y que lo habrán hecho en parecidos términos: “Este vídeo”, sigue la carta, “va a utilizarse también como vídeo promocional de la Marca España, así que se pretende tenga una gran proyección nacional e internacional. Si estuviera interesado en aparecer le agradecería” la mencionada autorización, “y si quisiera podría enviarnos también alguna imagen o vídeo suyo”. No sé si se dan cuenta, pero de pronto la petición se ha convertido sibilinamente en un favor que el Alto le va a hacer a uno. “Si estuviera interesado en aparecer”, se permiten añadir de repente, como si la iniciativa no partiera de ellos. No “Si tuviera a bien aparecer” ni “Si aceptara …” ni “Si no tuviera inconveniente en …”, nada de eso. Bueno, pase que a mí me tomen por un piernas, probablemente lo sea. Pero supongo que habrán recibido una carta similar celebridades como Nadal, Montserrat Caballé, Savater, Fernando Alonso, Casillas, Penélope Cruz, Adrià, Plácido Domingo, Pérez-Reverte, Almodóvar, los Gasol, Barceló, Amancio Ortega, Banderas, Mendoza, Alejandro Sanz, Ruiz Zafón, Iniesta o Bardem. El Alto debe de creer, por lo visto, que todas estas personalidades enloquecerán (iba a escribir “perderán el culo”, pero es algo grosero) por que su rostro y su nombre aparezcan durante tres segundos –con suerte– en una promoción de la Marca España. Será que andan necesitadas de “proyección nacional e internacional”, y ese vídeo va a proporcionársela.

El domingo que viene contaré cuál fue mi respuesta, y también en qué consiste hoy la Marca España, en mi opinión propia de un piernas. Pero les adelantaré ahora una escena reveladora y reciente, que jamás había contemplado en mi ciudad, ni siquiera en los años cincuenta en que nací. La Marca España, entre otras cosas, son las RATAS que ya he visto varias noches correteando como conejos por entre las mesas de las terrazas de la Plaza Mayor de Madrid, una de las más turísticas y emblemáticas del país (como para sentarse a esas mesas). El Madrid deteriorado de la alcaldesa Botella de Aznar. El Madrid controlado por el PP desde hace más de veinte años. Peligrosas, insalubres, transmisoras de enfermedades, campando a sus anchas en pleno centro de la capital del Reino. Esa es una de las imágenes actuales que debería meter en su vídeo ese Alto Comisionado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de mayo de 2013

Nuevo libro de Javier Marías. ‘Tiempos ridículos’

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TIEMPOS RIDÍCULOS
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, mayo de 2013

Índice y Nota del editor

Con las noventa y seis columnas de este volumen, aparecidas en El País Semanal entre febrero de 2011 y febrero de 2013, Javier Marías cumple diez años de colaboración dominical en este medio.

Durante este tiempo se ha convertido en alguien fundamental para infinidad de lectores, que aguardan con impaciencia su dosis semanal de valentía, originalidad, argumentaciones sólidas, sentido del humor y excelente prosa. El periodo aquí cubierto es el de la actual crisis económica y política, por lo que su tono es quizá más amargo que en otras ocasiones.

Pero en sus artículos también hay lo que el autor llama «treguas», de modo que el lector encontrará piezas emotivas o divertidas y siempre agudas: sobre la muerte de su tío, el músico Odón Alonso, o el caso Strauss-Kahn, o la nueva Ortografía de la RAE, sobre cómo Mourinho lo ha llevado a ser menos madridista que nunca, o los premios literarios, o sus peripecias en una adusta librería de Viena, o los héroes de los tebeos de su infancia, o la conmovedora carta de un lector…

LA ZONA FANTASMA. 19 de mayo de 2013. La actual dificultad de morder

Hace dos meses largos publiqué aquí una columna –“En los años de la distracción”– en que me hacía eco de unas declaraciones de Muñoz Molina sobre “la pérdida del espíritu crítico” de sus “colegas” y en las que afirmaba que “el único intelectual comprometido que había en 2007 en España era El Roto”. Sin restarle mérito a este viñetista, le oponía una serie de nombres, ciñéndome a los que escriben en este diario (en cuya hemeroteca se había zambullido Muñoz Molina). Ahora Ignacio Echevarría, que fue notable crítico literario en El País y por cuya exclusión de éste protestamos pública y privadamente en su día numerosos escritores, sale al paso de aquella columna mía –“Críticos y ‘comprometidos”, en El Cultural de El Mundo–. Y entre otras cosas escribe: “Produce incomodidad, … en la lista de Marías, ver amontonados según qué nombres. Es preocupante que no advierta las diferencias sustanciales” entre ellos, ni “el valor y el peso que les confieren sus respectivas actitudes personales, públicas, políticas”. Y concluye: “Pese a las comillas que emplea, si Marías piensa que a todos esos nombres les cabe el calificativo de ‘comprometidos’, … no hay más que hablar. Pero sí, sí hay”.

Pues hablemos algo más. Ladinamente, Echevarría omite lo que yo añadí justo después de mi enumeración, a saber: “Nos pueden gustar más o menos sus respectivos estilos, sus ideas, su forma de argumentar. A algunos los podemos encontrar detestables, demagógicos y a menudo errados, pero lo que no cabe decir es que no hayan estado ‘comprometidos”. (Las comillas para este último término venían por ser el de Muñoz Molina, no por otro motivo.) En modo alguno, así pues, “amontonaba” yo ni dejaba de “advertir diferencias” entre los autores citados. Parece como si para Echevarría el dudoso vocablo “comprometido” quedara reservado, cuando se habla de escritores y periodistas, a los que apoyan sólo ciertas posturas. Como si hubiera quedado secuestrado por la izquierda, por simplificar y para entendernos. Para mí, sin embargo, D’Annunzio, Marinetti y Malaparte estuvieron muy comprometidos en política, con el fascismo italiano; como Ruano, Sánchez Mazas, Foxá o el primer Ridruejo con el franquismo, además de otros muchos. Hoy, entre los nombres que mencioné, mi desacuerdo con Vargas Llosa es absoluto cuando dedica loas a seres tan dañinos y despreciativos como Thatcher o su pajecillo Esperanza Aguirre, pero no puedo decir que no esté “comprometido”: contra todas las dictaduras y a favor del liberalismo a ultranza. En Savater, por poner otro ejemplo, eché de menos una actitud más crítica hacia los Gobiernos de Aznar, pero en su denuncia de ETA y de los nacionalismos se ha comprometido hasta jugarse la vida. Nadie puede estar en todos los frentes, cada uno se centra en el que le parece más grave y peligroso. Que yo encuentre demagógico y permanentemente errado a Jiménez Losantos (por recurrir a alguien que escribe en el mismo medio que Echevarría) no me impide reconocer que está comprometido. Comprometidísimo, con sus ídolos políticos y con sus odios.

Pero en la pieza de Echevarría había una inferencia aún más ladina: si tantas denuncias de intelectuales ha habido, “por qué no han surtido ningún efecto”, se preguntaba. ¿No será que, “lejos de intimidar a los responsables de tanto desaguisado, terminaron por inmunizarlos” con “artículos retóricos, gesticulantes, … sin verdadera mordiente crítica e impugnadora?” [sic] Puede ser, no digo que no. Pero a un crítico perspicaz como fue Echevarría no puede escapársele que hoy en día nada “muerde” a los políticos, aún menos a los financieros. Hace ya mucho que los “responsables de los desaguisados” aprendieron la lección: no hay que preocuparse de lo que diga nadie, así tenga prestigio o “mordiente”, porque nada dura y todo se olvida en seguida. Si los políticos actuales han desactivado a los sindicatos y al Parlamento; si las protestas y manifestaciones les traen sin cuidado, y las huelgas; si pasan por alto a la sociedad civil, invadida, reducida a la mínima expresión, convertida en meros pagadores de impuestos; si han minado la independencia de la justicia, ¿cómo van a sentirse “intimidados” por las opiniones de los escritores? No está bien hacerse el cándido. Sí, en la época de la hoy denostada Transición había ministros, y hasta Presidentes de Gobierno, que mandaban a buscar el periódico del día siguiente a los quioscos de madrugada preocupados por el veredicto de un editorial o de un intelectual influyente. ¿Es eso imaginable ahora? Seguro que Echevarría no es tan ingenuo como se fingía en su artículo. Muchas veces he reconocido que los que escribimos en prensa –y hacemos lo que podemos– sabemos de cuán poco servimos ahora. Damos algo de consuelo a los lectores que nos aprecian, tal vez los ayudamos a veces a ver un asunto desde una perspectiva distinta, eso es todo. “Tanta ineficiencia” no nos es enteramente achacable, aunque al crítico le convenga echarnos la culpa. Él no ignora que los políticos, como ante tantas otras cosas, se han tapado los oídos, se han blindado. El problema es que en su soberbia, y en el extraño poder que democráticamente se les ha entregado para que lo ejerzan con autoritarismo e impunidad, ya no se inmutan por ningún griterío ni aceptan ningún consejo de nadie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de mayo de 2013