LA ZONA FANTASMA. 30 de marzo de 2014. Proliferación de cabestros y mastuerzas

No sé cómo se las gasta la gente en las demás ciudades. O bueno, sí en alguna que otra, pero como no vivo en ellas ni son la mía, será más prudente y diplomático dejarlas de lado. En Madrid prolifera cada vez más una fauna para mi insólita, y eso que, con excepciones, llevo viviendo aquí desde mi nacimiento en los años cincuenta, cuando había mucha más pobreza, analfabetismo y burricie, o eso parecía. Con la llegada de la democracia hubo un periodo en el que todo mejoró bastante. No sólo en lo político, claro, también en lo cívico. Se deseaba equipararse con los otros países europeos, los ciudadanos mantenían el suelo de sus calles un poco menos guarro, los bares empezaron a no estar tan sembrados de colillas, huesos de aceitunas y cáscaras varias, hombres y mujeres hicieron un pequeño esfuerzo por mejorar su aspecto y por tratarse con algo semejante a la cortesía; la policía, que durante décadas había desplegado autoritarismo y malas maneras, cuando no brutalidad a secas, procuró hacerse educada y amable y ponerse al servicio de quienes le pagaban el sueldo, no por encima de ellos; lo mismo los políticos, a diferencia de los actuales. Nunca se nos fue, con todo, cierto elemento de zafiedad y grosería que parece consustancial a una buena porción de españoles. Nunca la televisión ha dejado de emitir mil programas soeces, hasta hoy mismo. Nunca ha dejado de haber humoristas que, por muy “inteligentes” que a sí mismos se llamen, son herederos directos de Martínez Soria y de Mariano Ozores y tienen la misma gracia que ellos, más o menos. Nunca ha dejado de haber mastuerzos y cabestros por nuestras calles, pero durante un tiempo breve se ejerció cierta presión tácita contra ellos. A veces basta con que la mayoría mire mal actitudes, para que quienes las observan se cohíban un poco, se abstengan otro poco y, en el peor de los casos, incurran en ellas medio a escondidas y con disimulo.

Hace mucho que esto ha acabado. He aquí un ejemplo ilustrativo: llevo años viendo cómo en el callejón de Felipe III, que desemboca en la Plaza Mayor –en pleno centro, en la zona más turística de la capital–, legiones de individuos, una noche sí y otra también, mean contra sus arcos con desparpajo absoluto. Disculpen la ingrata imagen, pero, al tener ese callejón leve cuesta, permanentes chorros bajan hasta la calle Mayor, y como los alcaldes nos han puesto granito –que no se limpia– hasta donde había hierba o tierra, los repugnantes churretones, una vez secos, jamás desaparecen sino que van en bochornoso aumento. No hace falta decir que los meadores, ahí y en otros sitios, solían ser varones. Hasta hace poco, y esto, para mí, pertenece a lo insólito. Las mujeres no hacían eso, no sólo porque la operación les resulta más dificultosa, sino porque tradicionalmente han sido más pudorosas y civilizadas. Hará un mes vi, sin embargo, por vez primera, a una joven hacer sus necesidades en ese desdichado meadero. Estaba claramente “cocida”, lo tomé por excepcional. Pero un par de semanas más tarde pillé a otra en la misma postura animalesca. Dos veces puede ser coincidencia, me dije, tres ya serían tendencia. Pues bien, un reciente jueves a las nueve de la noche, ni siquiera muy tarde ni en fin de semana de borracheras, en la calle del Puñonrostro, casi en la Plaza del Conde de Miranda –es decir, no en hueco discreto sino en espacio abierto–, veo a una mujer, no una jovenzuela, que se ha bajado los pantalones tranquilamente y evacúa su líquido en cuclillas, casi delante de un convento de las Jerónimas en el que se venden dulces. Me dieron ganas de hacer honor al nombre de la calle, pero jamás sería violento con una mujer, etc. A continuación las ganas fueron de afearle la conducta (no era yo el único transeúnte y testigo obligado), pero me di cuenta de que eso tampoco es ya posible. Se ha llegado a tal grado de consentimiento de los comportamientos inciviles que hoy, si uno chista a quienes arman bulla de madrugada, corre el riesgo de que éstos se indignen y le den una paliza; si mira mal a quien tira algo al suelo con papelera a mano, recibirá una sarta de improperios; si en un cine ruega a alguien que no sorba ni mastique hasta el punto de convertir en inaudible la película, le contestará que hace lo que le sale del puro y lo mandará a la mierda (eso con suerte); si se queja al que ha aparcado en doble fila, es probable que éste salga con una llave inglesa y le parta el cráneo; si llama la atención a quien se ha colado en una cola, éste lo pondrá de vuelta y media … Los groseros, los infractores no sólo infringen, sino que sienten que la razón está de su parte. Su reacción habitual es: “Sí, ¿qué pasa? Cállese usted la boca”. Así que, a la altura de la meadora de Puñonrostro, apartándome lo más posible de ella y su flamante charco, sólo me atreví a decir “Jóder”, como quien lo dice para sí mismo. La brutalidad sólo crece –ha alcanzado a las mujeres– en esta ciudad gobernada por el PP desde hace veintitantos años. Por supuesto jamás hay un guardia que le haga la menor observación a nadie. Ni educado y amable como los de hace dos o tres décadas ni tampoco autoritario. Bueno, estos últimos abundan cada vez más, pero suelen estar todos ocupados con los manifestantes pacíficos, en preaplicación de la Ley de Seguridad neofranquista que nos va a aprobar el actual Gobierno, el cual también alberga unos cuantos mastuerzos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 23 de marzo de 2014. Así protegen los vándalos

Un amigo excelente, de cuyo criterio me fío y al que además admiro, me sugiere que quizá deba hablar menos de política –y por tanto del actual Gobierno y sus medidas, reformas y leyes– en estas piezas dominicales. “No te toca meterte en el fango en el que viven esos a gusto, o sólo de tarde en tarde”. Me temo que no es el único que opina así. Y como suelo tomar en consideración las recomendaciones de quienes respeto, recapacito, como se decía antes. A nadie le agrada dar una imagen de gruñón, cascarrabias o aguafiestas, ni siquiera de ciudadano airado, por más motivos de enfado que vayamos acumulando. También hago recapitulación, y resulta que, de las trece últimas columnas aquí publicadas (pocas más que las de 2014), he dedicado una a la mirada de John Wayne en El hombre tranquilo, otra a la película Almanya, otra al catolicismo de mi padre y a la apropiación de su figura por parte de ciertos políticos y curas, otra a un matrimonio de Texas que me envía insólitos regalos, otra a las armas con que me nutre Pérez-Reverte cada noche de Reyes, otra a la posible inutilidad de los intelectuales, otra a la piratería internética y una más a la discriminación que sufrimos escritores y músicos al no poder legar indefinidamente las obras que nos inventamos. Es decir, ocho artículos que no trataban de política o lo hacían sólo tangencialmente y de pasada; algunos, si no me equivoco, bastante bienhumorados. No sé si es que esos, que a veces llamo “de tregua”, causan menos efecto y se olvidan más rápido (se olvidan todos casi nada más ser leídos, en eso no nos engañemos); en todo caso, parece como si no contaran para dos tipos de personas: aquellas a las que revientan los más críticos (tertulianos de la Cope y del TDT Party, por ejemplo) y las que se preocupan por verme enfangado, como ese querido amigo.

A éste le contesté que tendría en cuenta su comentario (y eso hago), y también que desde mi punto de vista nos encontramos en una situación de emergencia que obliga a mancharse con la suciedad que esparcen nuestros gobernantes de todo signo. Cuando los abusos no son la excepción, sino la regla; cuando no se da abasto a contrarrestar –qué digo: a señalar– los desmanes y tropelías, entonces no hay más remedio que emporcarse. Ningún combate se libra desde el tendido. Y no es que el actual Gobierno sea el causante de todos los males que aquejan a este país de tradición malévola: más de una vez he recordado cómo Richard Ford, el viajero del XIX, observó en sus agudos escritos que España se caracterizaba, desde época prerromana, por dar gente buena y fiable tomada individualmente, bastante peor colectivamente, y siempre, sin falta, caudillos y dirigentes nefastos que arrastraban al conjunto y lo embrutecían. No puedo estar más de acuerdo, y, con excepciones, la cosa no ha cambiado un ápice. Qué más quisiera yo que mirar desde el tendido con aprobación y complacencia, y no soliviantarme con las noticias de cada mañana.

Pero no hay forma. Aparte de lo más grave y evidente, no hay día en que el actual Gobierno no nos cuele medidas vandálicas o autoritarias, y muchas pasan casi inadvertidas, al no darse abasto, como he dicho. La nueva Ley de Costas que prepara es un canto a la destrucción y el pillaje. Ya saben que el Ministro Arias Cañete (santo cielo, el menos mal valorado en las encuestas) permite que se edifique a sólo 20 metros del agua, en vez de a los 100 anteriores; también que ha amnistiado las construcciones ilegales –incluso las metidas en las playas– y les ha dado 75 años (!) de prórroga y autorización para ser vendidas y hacer negocio con ellas. Que no se va a derribar ni un adefesio ni un monstruo condenados por los tribunales. Pues bien, no se queda ahí el vandalismo: el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, lo ha dicho con toda desfachatez: “El impacto que ya está hecho, aprovechémoslo”. No entiendo cómo este sujeto –o sí, por desgracia lo entiendo– no ha sido destituido en el acto. Salvando las insalvables distancias, es como aquellos nazis que reflexionaron: “Ya que nos estamos cargando a tantos judíos, aprovechemos para hacer jabón con ellos”. O, para no ser exagerado, algo más neutro y abstracto: “Ya que hay tantos destrozos, cometamos unos cuantos más y así les sacamos beneficio”. Lo cierto es que esta nueva Ley va a multiplicar los chiringuitos playeros. Duplicará el tamaño que pueden ocupar, hasta los 300 metros; en vez de los 200 hasta hoy exigidos entre uno y otro negocio, ahora serán 150, o, si las actividades son “no similares”, tan sólo 75; ya no se restringirán, sino que se fomentarán en las playas “eventos con repercusión turística” de todo tipo (repugnantes tomatinas, por ejemplo), citas deportivas y “culturales” y fiestas; se recortará la zona de dominio público, esto es, se nos expropiará lo que es de todos para entregarse a los explotadores (ayuntamientos, comunidades autónomas, dueños de garitos y organizadores de chorradas). Bien, cuando no haya donde bañarse, o se levanten olas de 15 metros y arrasen los chiringuitos, las aberraciones arquitectónicas y los chalets invasores, vayan a pedirles cuentas a Cañete y a Ramos. Mientras tanto, las costas serán una verbena permanente y abigarrada, se verán atronadas por música hortera y plagadas de mirones escupiendo desperdicios. Lo mejor es el nombre de esta Ley, que me confirma en el título (“Juro no decir nunca la verdad”) de un artículo reciente que sí me enfangó hasta las cejas: Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. Sublime. Así protegen los vándalos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de marzo de 2014. El reino de la posibilidad

imagen68484gYa saben, una de las definiciones de “clásico” viene a decir que son obras que, cada vez que uno vuelve a ellas, encuentra algo importante que en anteriores ocasiones le pasó inadvertido; o bien obras que, aunque ya las conozcamos, indefectiblemente captan nuestra atención y nos invitan a quedarnos en su compañía: si se trata de música, a escucharla entera por enésima vez; si es un cuadro, a escrutarlo con fascinación. Más mérito tienen, a mi modo de ver, las novelas y las películas, que hasta cierto punto confían en la historia que cuentan para interesar, y si esa historia ya nos la sabemos –si acaba bien o mal, quién muere y quién no–, por fuerza han perdido uno de sus principales atractivos en una segunda lectura o en una décima contemplación. Que los “argumentos” actúan como meros señuelos y en el fondo son secundarios lo demuestra que mucha gente relee el Quijote, El corazón de las tinieblas o Madame Bovary estando al cabo de la calle y recordando lo que les acaece a los personajes, lo que hicieron y cómo acabaron. Uno abre una de sus páginas al azar y suele verse arrastrado a leer unas más, y luego otras más, hasta continuar a veces hasta el final. Lo mismo sucede con ciertas películas: uno zapea y en algún canal están emitiendo Con la muerte en los talones, Centauros del desierto o ¡Qué bello es vivir!, y pese a sabérselas de memoria, es muy raro que no se sienta tentado a permanecer allí, con los ojos y el entendimiento cautivos. Algo hay siempre que lo sorprende, o que había olvidado, o sencillamente desea asistir una vez más a la más perfecta representación.

Pero es que además, a medida que pasa el tiempo y esas obras se alejan de nuestra contemporaneidad, descubrimos en ellas cosas que en su día nos parecían “normales” y que hoy ya no lo son. Y por tanto las vemos como si fueran extrañas y hubiera que “descifrarlas” desde la tan distinta mirada de nuestros días. Hace poco me sucedió con El hombre tranquilo, de John Ford y de 1952. Es una de mis películas favoritas (como de tantísimos aficionados al cine), e incluso recuerdo haberla elegido para hablar de ella en no sé qué festival de Burdeos, hará no menos de dos decenios. La he visto incontables veces desde la infancia, pero tanto da. La pasaban en una televisión y no pude evitar quedarme hasta el término del episodio o escena en que el azar me situó: John Wayne y Maureen O’Hara han obtenido por fin permiso para iniciar su cortejo con carabina –el inolvidable Barry Fitzgerald, casamentero oficial de Innisfree–. Montan en un calesín guiado por éste, obligados a darse la espalda; Fitzgerald los autoriza a bajarse y caminar el uno al lado del otro, sin tocarse; al ver un tándem estacionado, lo cogen y escapan en él, para estar a solas; llegan a un cementerio, y cuando van a besarse se desata una tormenta que asusta a la mujer; se resguardan como pueden, el hombre se quita la chaqueta para cubrirla, se le empapa la camisa blanca, y entonces se besan de veras por primera vez. Lo llamativo es la expresión, la mirada que a continuación se le queda a Wayne. Estoy convencido de que es el actor que mejor ha sabido mirar en el cine, sobre todo a las órdenes de Ford: en un solo plano, uno entiende lo que le pasa, y lo que le pasa no son cosas ni sentimientos simples, sino complejos y matizados. Su pena no suele ser pena sin mezcla; su odio no es odio sin mezcla; su indignación no es primaria, su espanto es profundo. Es alguien capaz de saber –y de transmitir– que hay un antes y un después, que a partir de un momento, o una experiencia, o unas palabras, nada será ya lo mismo, empezando por su personaje.

Lo normal, lo convencional en una escena amorosa, tras un primer beso, es que quienes la protagonizan estén exultantes de felicidad o bien sigan besándose con entusiasmo o lascivia crecientes, según. Eso no ocurre en El hombre tranquilo. Wayne abraza a O’Hara y vuelve el rostro, no hacia la cámara pero sí hacia el frente. Y su mirada parece en primera instancia de tristeza, de lástima incluso. Claro está que no lo es. En seguida uno comprende el matiz: es seriedad, gravedad, acaso responsabilidad, como si se estuviera diciendo: “Ay, ahora estoy vinculado. Es lo que deseo, pero ha llegado y ya no hay vuelta atrás. Me quedaré junto a esta mujer, no le fallaré, la querré y la cuidaré. Le daré la mejor vida que pueda y a eso dedicaré mi existencia. No sólo a eso, pero eso estará por encima de todo lo demás. Y le seré incondicional”. Ya en 1952 debía de ser infrecuente ver una reacción así en la pantalla o en la realidad. Los enamorados recientes tienden a ser ligeros y se ven llevados en volandas por el entusiasmo o la pasión, y “no hacen más que ocultarse mutuamente su destino”, como escribió Rilke con penetración. En la realidad no es más raro que hace sesenta años, yo creo, pero sí en la novela o el cine, sí en el mundo representado, como si en él sólo se admitiera estar de vuelta de todo. Raro es contemplar hoy en él a quien se siente vinculado o atrapado –en el mejor sentido de esta palabra– por su propia convicción, por su disposición a no fallar, por la responsabilidad que no puede exigírsele pero que uno adquiere hacia otro por su cuenta y riesgo y su voluntad. Raro es quien se hace el propósito de ser incondicional y piensa, quizá como Wayne bajo esa tormenta: “Quiero tanto a esta persona que a partir de ahora prescindiré de lo que más apreciaba, el reino de la posibilidad”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de marzo de 2014. Voracidad y lloriqueo

Muchos jóvenes lo ignoran y muchos que no lo son lo recuerdan difusamente: durante el franquismo no había declaración de la renta, y así bastantes creían que no pagaban impuestos. Claro está que los había: los indirectos eran legión, numerosas empresas eran estatales (Telefónica, Tabacalera, Renfe, etc), y lo normal era la apropiación directa e indebida. El sistema era corrupto desde su nacimiento, y por él se regían desde la Jefatura del Estado (ya saben cuántas cosas se “regalaban” a Franco y a su mujer, incluidos pazos gallegos y multitud de collares) hasta la última alcaldía (con excepciones). Por eso, una vez en democracia, costó gran esfuerzo que la población asumiera que debía pagar una cantidad proporcional de sus ganancias para el mantenimiento de la nación. Hubo que hacer campañas publicitarias (“Hacienda somos todos”, la más famosa) para inculcarle a la gente una idea que la mayoría de los países europeos tenía asimilada e interiorizada desde hacía décadas. No fue fácil, y el convencimiento de que era necesario y conveniente contribuir jamás fue completo. Ha habido capas de la sociedad a las que eso ha reventado siempre: individuos insolidarios y predispuestos a la trampa. Pero a medida que se vieron resultados (una sanidad pública ejemplar, una educación universal y digna), el grueso de los ciudadanos se avino, aunque nunca pueda haber entusiasmo a la hora de rascarse el bolsillo. Fue frecuente consolarse pensando: “Si me toca apoquinar tanto, también es porque me ha ido bien este año”. Que los españoles se acostumbraran y lo aceptaran (en la medida en que se logró eso), resultó en todo caso tarea ímproba.

Desde que gobierna el actual Gobierno, si no antes, toda esa paciente labor se ha tirado por la borda. Por un lado, se ha dejado de percibir a la Agencia Tributaria como a un organismo justo, equitativo y honrado. En ella se han producido destituciones turbias y escándalos. Ha aplicado una cómoda amnistía fiscal a los grandes defraudadores, y ha flotado la sensación de que se los premiaba por faltar a sus obligaciones. Ha llevado a cabo arbitrariedades inadmisibles: por poner un solo ejemplo, muchos artistas y toreros cobraban a través de sociedades, lo cual les traía beneficios fiscales; es posible que esto fuera injusto, pero era legal hasta hace cuatro días. De pronto, Hacienda decide que ya no y convierte su decisión en retroactiva, e impone monstruosas multas por algo que en su momento estaba enteramente permitido. Por recurrir a los símiles futbolísticos que tantos entienden, es como si mañana se decidiera que los tiros a los postes son gol, y en función de ese cambio se alteraran los resultados y títulos de las tres últimas temporadas: como el Madrid estrelló cuatro balones en el travesaño en tal y cual encuentro, sumó tres puntos aquí y allá en vez de ninguno, luego fue campeón de Liga en 2013 y no lo fue el Barcelona. Para cualquiera salta a la vista que eso no puede hacerse. Y sin embargo es lo que la Hacienda de Montoro viene haciendo con la chulería y el autoritarismo consustanciales a este sujeto.

Cuando las leyes son abusivas, los ciudadanos empiezan a no sentirse obligados por ellas. Cuando el 62% de la factura de la luz son impuestos; cuando ésta y el agua y el gas están gravados con un IVA del 21%, amén de otras tasas; cuando el Estado cobra si usted coge el metro o un autobús o un taxi; si regala unas flores; si va a hacer la compra; si se toma una cerveza o cena en un restaurante; en suma, cobra de cada transacción que efectuamos, por pequeña que sea. Si además le estamos adelantando dinero –prestándoselo– continuamente mediante el IRPF y los pagos fraccionados; si en junio podemos llegar a entregarle el 53% de nuestros ingresos (si nos ha ido muy bien, claro); si cuando alguien muere, el dinero y las propiedades que deja –y por los que el difunto tributó ya en vida– se los embolsa en alta proporción el Estado (por qué eso es así es algo que jamás entenderé, por mucho que esté establecido); si Hacienda recauda sin respiro y por doquier y por todo concepto, hay un momento en que al ciudadano común no le salen las cuentas. ¿Cómo es que ese mismo Estado devorador lloriquea y se queja de su indigencia? ¿Cómo es que se permite despedir o jubilar a médicos, empobrecer y encarecer la sanidad, subir las tasas universitarias y las judiciales, reducir las becas o su cuantía, abandonar las carreteras al deterioro, reducir las pensiones, fomentar el desempleo, inyectar miles de millones a los bancos que no conceden créditos y ahogan a los comercios, albergar a incontables corruptos y hacer la vista gorda con ellos cuando no protegerlos, gastar sumas demenciales en autopistas que nadie utiliza y aeropuertos sin aviones, en montar “embajadas” superfluas y dejar “palacios” inacabados, de la Justicia o de las Artes, sin que ningún político responda por semejantes despilfarros?

Siempre vi con malos ojos a los defraudadores, incluso a quienes hacían chapuzas sin IVA. Ya no: cada vez los entiendo más, y lo lamento. Cada vez entiendo más que, ante unas leyes abusivas e injustas, ante un organismo saqueador y arbitrario, los individuos se defiendan y, a poco que puedan, no cumplan. Entre las mil cosas graves que ha traído este Gobierno, no será la menor haber conseguido que la gente se sienta justificada al consumar un engaño. Con lo que costó convencerla de que había que contribuir, y en particular a las arcas de Hacienda.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. La piadosa malevolencia

A raíz de mi columna de hace tres semanas, en la que recordaba el propósito que se hizo mi padre en la infancia de no mentir, y luego hablaba de la irrefrenable tendencia del Partido Popular a faltar a la verdad, un cargo gubernamental me envía una amable carta junto con el librito de un sacerdote que recoge las opiniones del científico Lejeune y de Julián Marías acerca del aborto. En esa columna yo me hacía eco de declaraciones de dirigentes del PP (glosadas por Carlos E. Cué) según las cuales podría haber una estrategia electoral en el Proyecto de Ley que ha preparado Rajoy (dejémonos de historias: ningún ministro hace nada sin su mandato o apoyo) para endurecer la hasta hoy vigente relativa a esa cuestión.

No era el caso ni el tono de la misiva de ese cargo, vaya por delante; sin embargo, involuntariamente, participaba de una de las actitudes que más me irritan y más ruines me parecen y que a menudo he padecido como “argumento” contra mis escritos. En ella han incurrido tanto amistades de mi familia como lectores desconocidos (curas, frecuentemente) como algún que otro articu­­lista. En esencia consiste en “echarme en cara” lo que opinaba mi padre sobre tal o cual asunto, intentando lo que hoy llaman muchos “chantaje emocional”. A veces los que tiran de semejante recurso no se andan por las ramas: “¿Qué habría pensado tu padre de lo que has escrito? Vaya disgusto le habrías dado”. Otros son poco más sutiles: “Al hablar así de la jerarquía eclesiástica, denigras la fe de tus padres”. En fin, gajes de haber tenido un progenitor-figura pública. Pero dicho “argumento” no sólo lo encuentro de gran bajeza moral, muy grave en los sacerdotes, sino extremadamente pueril.

Como es sabido, me llevaba bien con mi padre en conjunto. Lo quería mucho y lo admiraba en bastantes aspectos. Pero también estábamos en desacuerdo en numerosas cuestiones, y yo no se lo ocultaba. Discutimos respetuosa y civilizadamente infinidad de veces. Solía leer mis artículos y yo los suyos, sabíamos lo que cada uno opinaba. De ahí la puerilidad y la mala fe de ese “argumento”. Quienes lo emplean implican que yo me habría callado muchas cosas hasta después de su muerte en 2005; que habría sido deshonesto con él para no disgustarlo o decepcionarlo, o aún peor, para “protegerme” de su desaprobación. Ahí están las hemerotecas para desmentir tal asunción. Quienes recurren a eso me merecen el mayor desprecio, por mezquinos, mendaces y sin escrúpulos. Insisto en que no era ese el tono de la carta del cargo gubernamental.

Estoy al cabo de la calle de lo que pensaba mi padre sobre el aborto. Él era católico practicante, y además había nacido en 1914 (este año habría cumplido un siglo de edad). En sus últimos tiempos su catolicismo fue a más, y también su “conservadurismo”. Son esos tiempos los que interesan a los curas y a los políticos que se están “apropiando” de su figura; como si el resto de su larga trayectoria no contara o hubiera sido borrada. Durante décadas padeció la hostilidad de esa Iglesia a la que, pese a todo, pertenecía; no digamos la de los políticos franquistas (a los que tanto se parecen e imitan los que lo “reivindican” ahora), que le hicieron la vida imposible. Bien, para él el aborto era una monstruosidad y un horror. Para mí era y es, asimismo, un horror, y me alegro infinito de no haberme visto involucrado nunca en ello. La única vez que me vinieron con una falsa alarma, la mujer, una estadounidense, habló de tener el hipotético niño y darlo en adopción. Le anuncié en seguida que me lo quedaría yo, aunque me llegara con una gorra de baseball ya encasquetada desde su nacimiento, y un chicle en el paladar.

Para las mujeres que optan por esa medida ­–salvo descerebradas–, me consta que es igualmente un horror, algo que jamás toman a la ligera, que les deja indeleble huella y a veces no escasos problemas de conciencia. Pero es su conciencia la que debe bregar con su decisión, no el Estado mediante leyes crueles, inspiradas en la doctrina de la Iglesia. Para ésta todo aborto es un asesinato, en cualquier fase y circunstancia y supuesto. También hubo curas, en el pasado, que se empeñaban en inyectarles el bautismo a los fetos para cristianizarlos desde su concepción… Para el resto de la sociedad la cuestión no está nada clara, y sí lo está, en cambio, que constituye sadismo obligar a dar a luz a una criatura que no va a sobrevivir o que estará condenada a una existencia de padecimientos, operaciones sin fin, graves malformaciones que la harán maldecir cada hora de su precaria vida. Con la agravante de que el actual Gobierno dice “proteger” al no nacido, pero se desentenderá de ese ser en cuanto haya nacido: ya no hay ayudas a la “dependencia”, ni sanidad cabalmente pública.

“Proteger” a lo que es sólo un embrión, y desamparar al niño y al adulto resultantes, es algo sólo comprensible desde la malevolencia, el dogmatismo de una confesión, el ansia de castigar lo que esa confesión reprueba. Para mí, en todo caso, no es lo mismo interrumpir algo iniciado que evitar su inicio. Y sin embargo esa Iglesia condena igualmente las precauciones y los anticonceptivos, no lo olvidemos. Ningún Gobierno puede legislar al mero dictado de una religión hierática, desoyendo las dudas y la conciencia de los ciudadanos. A no ser que se trate de un Gobierno islamista, claro está, que no entiende ni acepta la separación entre Iglesia y Estado. Sin la que no hay democracia que valga, desde hace ya más de dos siglos. Eso es lo que retrocedemos, se dice pronto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 23 de febrero de 2014. Un mundo más triste y más lerdo

Algunas cosas son “así” desde hace tanto que casi nadie se para a pensar, ni se pregunta, quizá ni siquiera sabe por qué son de esa manera. Hace unas semanas hable aquí de la piratería de libros, que en nuestro país chorizo va en lógico aumento, y por lo menos hubo reacciones. Unas sensatas, otras peregrinas e incomprensibles; no faltaron las airadas (“La cultura ha de ser gratis; dedíquese a otros menesteres para ganar dinero”), e incluso una compungida que se justificaba por su bajo nivel de ingresos y prometía abandonar la práctica en cuanto mejorara. Lo que pocos se plantean, me temo, es el motivo por el que las obras literarias, musicales, etc, pasan a ser del dominio público a los sesenta o setenta años, según los países, de la muerte de sus creadores. ¿Por qué constituyen una excepción en un mundo y en un sistema en los que todo se lega y se va heredando indefinidamente, de generación en generación y sin límite temporal ninguno? Las fortunas, el dinero, las tierras, las casas; la panadería, la zapatería, la empresa, la fábrica; el banco, los cuadros, el palacio y la modesta choza; el apartamento en la playa, los muebles, el reloj del bisabuelo y las joyas de la tatarabuela; el periódico familiar, la pastelería, el supermercado, las acciones…, todo se va dejando a los herederos ad aeternitatem.

He hablado de ello en otras ocasiones, pero tanto da mientras ningún gobierno se detenga a pensar en la injusticia que esto supone. ¿Por qué las obras artísticas, y por ende sus autores, sufren esta discriminación palmaria? Esas obras ni siquiera son compradas o ganadas, como la mayor parte de lo que he enumerado. Son “propiedades” en cierto sentido, pero no algo preexistente que pueda “adquirirse” sino creado por quienes las conciben y realizan. Y, pese a eso, se ven castigadas, en comparación. Si la ley que las regula se aplicara a todo lo demás, no quedaría familia rica en el mundo, y la Duquesa de Alba carecería de patrimonio. Si las obras de arte pasan al dominio público (es decir, pueden editarse y reproducirse libremente transcurridos esos sesenta o setenta años, y ya nadie paga por disfrutarlas ni –ojo– por explotarlas, utilizarlas y manipularlas, o hacer criminales “versiones” o “adaptaciones” de ellas), es justamente porque se las considera un bien para la humanidad de tal calibre que no se puede restringir sine die el acceso a ellas. Tan sólo se ven emparejadas –si acaso– con los grandes descubrimientos científicos que benefician a toda la especie: las vacunas, la penicilina, la anestesia, cosas así. Hasta cierto punto es comprensible. Sería lamentable que no pudiéramos leer a Cervantes o a Shakespeare, ni oír a Beethoven o a Mozart, por las exigencias y cortapisas que impusieran sus más remotos descendientes, tal vez gente insensible y avariciosa y parásita. Pero también es una lástima que a nadie se le permita pasear por tal finca desde hace siglos porque pertenece a una familia que se la ha ido traspasando sin caducidad ni tope.

Si lo que inventan los artistas es tan descomunal y valioso que a sus herederos se les enajena por fuerza, a fin de que alcance a todos sin excepción, resulta contradictorio que a esos artistas se los trate en vida tan mal como se los trata hoy, y más aún por parte de un Gobierno iletrado y bárbaro como el actual de España. Si lo que hacen es, o puede llegar a ser, tan extraordinario y enriquecedor que se impide que quede en manos privadas indefinidamente –repito, a diferencia de lo demás–, ¿cómo es que no son una especie protegida a la que se cuida? La mayoría sentimos una gratitud profunda hacia Cervantes y Shakespeare, Beethoven y Mozart, y pensamos que si estuvieran aquí los abrazaríamos, les rogaríamos que escribieran o compusieran más e intentaríamos facilitárselo al máximo. “Por favor, no paguen impuestos”, les diríamos, por ejemplo, “que ya nos pagarán con creces con sus creaciones. Déjennos alguna más”. Claro que es imposible saber, en el presente, cuáles de nuestros contemporáneos seguirán siendo leídos al cabo de cuatro o dos siglos, cuáles beneficiarán de veras a la humanidad futura. Sin embargo, y por si las moscas, resulta que todas las obras, hasta las pésimas, están sujetas a la misma “condena”: no poder ser heredadas más que durante un tiempo determinado. En vista de lo cual, y lejos de otorgárseles a sus creadores algunas compensaciones y facilidades, la tendencia actual es a expoliarlos ya en vida, a privarlos de sus derechos o reducírselos, a tenerlos por unos caraduras y por individuos privilegiados (!). Shakespeare y Cervantes, Beethoven y Mozart, Velázquez y Caravaggio también tenían que pagar sus facturas, y la lista de genios que pasaron penurias es interminable. Hoy nos entristece que Van Gogh no vendiera un cuadro, que Cervantes y Dickens visitaran la cárcel y se llenaran de deudas, habiendo hecho tanto por nosotros. De haber vivido en una época como la actual, en la que además es fácil esquilmarles sus escasas ganancias con impunidad, es probable que hubieran abandonado pinceles y pluma, acuciados por la necesidad. Y que, como me decía ese lector airado, hubieran debido dedicarse a otros menesteres para procurarse el sustento. No me cabe duda de que, a cambio de haber satisfecho esa demanda de “cultura gratis”, el mundo sería hoy mucho más ignorante, más pobre, más triste y más lerdo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de febrero de 2014. Almanya

Una persona muy querida y de cuyo juicio me fío me regaló unos DVDs que supuso que no tendría. Esta vez no hube de pagar aduanas, aunque sin duda estamos cerca de que Rajoy y Montoro graven los presentes que nos hacemos unos a otros. De hecho –imagino que lo saben–, si ustedes les dan a sus sobrinos o hijos un dinerillo sin informar a la rabiosa Hacienda y sin que los chicos tributen por él, ya están incumpliendo las abusivas leyes que no se entiende cómo toleramos. De una de esas películas no había oído ni hablar y lo más probable es que jamás la hubiera visto. Hoy la crítica está más deslumbrada que nunca por los “ademanes de genialidad”, por quienes entregan espantos pretenciosos y solemnes, “transgresores” en apariencia, imbecilidades grandilocuentes. Y así se premia y ensalza hasta el infinito a gente malasombra y vacua como Haneke, Von Trier, el último Malick o Sorrentino, responsable de esa cataplasma enfática, La grande bellezza, ante la que babean tantos. Así que no es de extrañar que Almanya. Bienvenido a Alemania, de la turco-alemana Yasemin Samdereli, haya pasado inadvertida, o lo suficiente para que no me hubiera enterado de su existencia.

Es una película demasiado “menor” en sus pretensiones. Carece de alardes de originalidad y de posturas sublimes. Gran parte de su metraje se ve con agrado y simpatía y una sonrisa leve (ni siquiera busca la carcajada). Todo en exceso modesto para verle sus virtudes. Cuenta la historia de una familia de inmigrantes turcos a Alemania, en los años sesenta, con la llegada de los padres y los hijos aún pequeños, y en la actualidad, con los progenitores ya ancianos y los vástagos adultos, más o menos integrados. Tampoco “denuncia” nada: ni el racismo de la sociedad de acogida ni terribles condiciones laborales. Más bien presenta una situación de relativa armonía y agradecimiento mutuo entre las dos comunidades. Eso sí, sin adulación ni empalago: a los inmigrantes nadie les ha regalado nada. Tiene toda la pinta de ser un relato autobiográfico. El guión es de la directora y su hermana, cuentan la historia de sus padres o abuelos, originarios de Anatolia. Una historia como millares de otras, sencilla y sin truculencias ni aspavientos. Hay un niño de ojos muy expresivos, ya alemán de nacimiento y nieto de los inmigrantes, a través de cuya curiosidad se contemplan las dos épocas, la actual y los años sesenta. Es al niño al que se le va contando el pasado, poco a poco, para que entienda.

En la parte final (no creo reventársela a nadie, no hay misterios ni suspense, ni “giros sorprendentes”, otra de las tonterías a que los directores y guionistas de hoy están abonados) se produce una muerte natural y apacible. Eso es todo. Pero a partir de entonces Almanya adquiere un tono de emoción elegante y tenue, en absoluto subrayada ni “explotada” con trucos de mala ley, que pocas películas del siglo XXI me han transmitido. El muerto, como era de esperar, es el abuelo, el inmigrante originario, que vuelve de vacaciones al pueblo en que nació con toda la familia, poco después de haber adoptado la nacionalidad alemana. Y en su entierro hay una brevísima escena especialmente conmovedora. La cámara va pasando por todos los personajes, “desdoblados”: se ve a la viuda ya anciana sosteniendo la mano de la joven que fue, “secuestrada” para poderse casar con quien ya no existe; se ve a los hijos y a la hija adultos con las manos sobre los hombros de los niños que fueron, y que hemos conocido en los flashbacks, a su llegada al nuevo país, con su estupor ante las costumbres de sus empleadores o anfitriones. Todos lloran o rezan silenciosamente, con contención, sin excesos.

Es una panorámica tan sólo, la escena no dura nada. La idea no será ni original, no me atrevo a decir que no se haya hecho eso antes. Da lo mismo: muestra con sobriedad lo que nos ocurre a todos cuando perdemos a alguien de nuestra vida: los recuerdos se agolpan, el tiempo se comprime, de pronto no hay distancia entre el presente y el pasado. Y el adulto de ahora compadece y “protege” al antiguo joven o niño, al que no habría soportado la idea de ver morir a los padres; y, a su vez, el niño al que eso no le pasó compadece y “protege” al adulto que es ahora, al fin y al cabo el que está sufriendo la pérdida. Cuando ya puede encajarla, si es que eso puede encajarse. Bueno, sabemos que sí, en apariencia al menos. Pero en el fondo resulta incomprensible que sea posible seguir sin quienes constituían desde siempre el mundo, el de cada uno. Que no se paren todos los relojes, como dice el poema de Auden popularizado por otra película, Cuatro bodas y un funeral, hace años. La voz de otra nieta, joven, termina recitando la respuesta de “un sabio” a la pregunta “Quiénes o qué somos”. (He buscado si la cita es auténtica: sólo he encontrado algo vagamente reminiscente en Teilhard de Chardin, el filósofo y teólogo.) He aquí la respuesta, según los subtítulos: “Somos la suma de todos los que nos precedieron, de todo lo que fue antes que nosotros, de todo lo que hemos visto. Somos toda persona o cosa cuya existencia nos ha influido y a la que hemos influido. Somos todo lo que ocurre cuando ya no existimos, y todo lo que no habría sido si no hubiéramos existido”. Verdadera o inventada, no está mal para terminar una película tan serena, delicada, emotiva y modesta como para que casi nadie le haya hecho mucho caso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de febrero de 2014. Juro no decir nunca la verdad

Recuerdo haberle oído decir a mi padre –y además lo contó en sus memorias, Una vida presente– que, siendo aún bastante niño, se hizo el firme propósito de no mentir jamás. Le parecía algo tan indigno y tan sucio que se lo prohibió, pese a que los niños suelen estar muy necesitados de mentir. Presumía de haber cumplido la palabra que a sí mismo se había dado, lo cual veo improbable a lo largo de los noventa y un años que vivió, pero no soy quién para llevarle la contraria, ni lo sería nadie, claro está. De lo que no dudo es de la seriedad de su objetivo infantil, y por tanto estoy seguro de que, si mintió en ocasiones, debió hacerlo à contrecœur, violentándose y a sabiendas de que eso era impropio de él. Debió evitarlo lo más que pudo, en todo caso. Si uno se convence de antemano de que quiere o no quiere hacer algo, le costará más contravenirse, y hasta puede que el arraigo de su intención acabe impidiéndole apartarse de ella en cualesquiera tiempo y lugar.

¿Qué sucede en el supuesto contrario? Es decir, ¿en el de alguien que se traza como modelo de conducta mentir y engañar? En principio no parece fácil hacerse semejante propósito, y sin embargo da la impresión de que hay individuos tan acostumbrados al embuste que les resulta imposible incurrir en la verdad, ni siquiera como excepción. Todavía más llamativo es que existan colectivos entregados al engaño sistemático y perpetuo, como si no imaginaran otro modo de relación. Tales colectivos los encontramos sobre todo en el mundo de la política, en el que un empeño como el de mi padre sería impensable, inhabilitaría al que lo tuviera para entrar en él. De hecho se da por descontado que todos los políticos mienten y engañan, y que no les queda más remedio. En consecuencia, se les presupone y acepta un alto grado de falsedad: va en el oficio. Pero en España tenemos desde hace años un caso malévolo, precisamente el del partido que nos gobierna en la actualidad.

Hay un redactor de El País cuyas crónicas no suelo perderme, Carlos E. Cué. Es el encargado, infiero, de indagar e informar sobre las interioridades de dicha formación. A menudo se ve obligado a callar los nombres de quienes se confían a él: “Dice un dirigente…”, “Opina un veterano diputado…”, son las fórmulas habituales. Su crónica del pasado 6 de enero no tenía desperdicio. Si damos su contenido por cierto, el PP, con su proyecto de ley del aborto, que muchos consideran inoportuno, contraproducente y erróneo, está tratando de halagar al núcleo de sus votantes de extremísima derecha radical (dado que Rajoy y sus ministros ya son de extrema derecha cuasirradical), a fin de que se movilice y acuda a las urnas en las elecciones europeas de mayo, comicios en los que se produce siempre una elevadísima abstención.

Pero lo más probable es que, una vez conseguidos esos votos de los ultracatólicos y nostálgicos de Franco, la mencionada ley sufra modificaciones, se suavice y renuncie a prohibir la interrupción del embarazo cuando hay grave malformación del feto. Es decir, se estaría engañando a esos votantes extremistas para que estén contentos hasta la fecha de las europeas, y después no importaría enojarlos. Daría lo mismo que se sintieran defraudados, porque su voto útil ya estaría depositado en las urnas y no tendría vuelta atrás. Según Cué, “un miembro de la cúpula” le ha reconocido: “Está claro que esta ley se ha hecho para gustar a una parte poco relevante de nuestro electorado. El resultado de las europeas nos mostrará si esa estrategia acertó”.

El PP se inició en el engaño y la mentira –al menos de manera flagrante– en 2003, con sus probadas falacias sobre Sadam Husein y la Guerra de Irak. A partir de ahí ya vivió en eso, con la apoteosis de las falsedades sobre los atentados del 11-M, que le costaron el gobierno en 2004. Lejos de aprender la lección y enmendarse, parece un partido que se hubiera hecho el propósito contrario al de mi padre: “Vamos a mentir siempre, incluso a los más nuestros”. Algo enfermizo.

Uno entiende que el último programa electoral de Rajoy consistiera en un cúmulo de embustes. “Crearemos empleo; no tocaremos las pensiones; no subiremos los impuestos; habrá sanidad y educación públicas al alcance de todos; mi niña cursi gozará de libertades y derechos, vivirá en un país siempre mejor, etc”. Bien, con todo eso se pretendía convencer –y se convenció: mayoría absoluta– a los indecisos, a los crédulos, a los ingenuos y al electorado “de centro”; al que vota según las circunstancias, al que no es muy militante, a la gente normal.

Uno no aprueba, pero entiende que a esos se los procure engañar. Lo que ya no le entra en la cabeza es que se intente lo mismo con los adeptos, con los fieles y fervorosos, con los incondicionales. “Vamos a camelar a estos con leyes franquistas y represivas para que cierren filas en mayo y nos voten en las europeas, y luego les vendremos con las rebajas y la decepción; si se enfadan, ya se nos ocurrirá más adelante otra trampa, andamos sobrados de ellas”. Sólo se concibe tal actitud en quienes están tan instalados en la mentira que en verdad no saben relacionarse de otra forma con nadie, ni siquiera con ellos mismos. Como si, al revés que mi padre de niño, hubieran desarrollado tal aversión a la verdad que se hubieran hecho el juramento demente de no decir ni una jamás, así los aspen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 2 de febrero de 2014. Un matrimonio invisible y encantador

No los conozco ni los he visto ni en foto, a Hubert y a Merry, pero cada Navidad se me hacen presentes con el envío de un gran paquete lleno de variados y estrafalarios regalos, a los que correspondo como puedo, con algún libro mío traducido al inglés. Me adjuntan siempre una cariñosa tarjeta que encabezan de la misma manera: “Dear King Xavier”, es decir, “Querido Rey Xavier”, y son una herencia del anterior Rey de Redonda, Jon Wynne-Tyson o Juan II, que abdicó en mi favor allá por 1997, si no recuerdo mal. (No las pongo para no recargar este texto, pero todas esas palabras, “Rey”, “abdicar” y demás, deben imaginarse entre comillas.) Algunos lectores conocerán la leyenda de ese Reino medio real y medio fantasmagórico, a la vez geográfico y literario (la isla existe), que no se hereda por la sangre sino por las Letras. Los que no, y tengan curiosidad, encontrarán abundante y contradictoria información al respecto en Internet, incluida no poca que me tildará de impostor. Hubert y Merry pertenecían a la corte de Wynne-Tyson, y, al saber de la sucesión (no olviden las comillas, por favor), empezaron a felicitarme las Pascuas con generosidad e impecable sentido de la lealtad dinástica.

isla (1)No sé apenas nada de este matrimonio norteamericano. Sólo que antes vivían en California y ahora en Texas. Quizá por la edad del propio Wynne-Tyson, que este año cumplirá noventa, me los imagino mayores, apacibles y jubilados, con tiempo para escoger los regalitos que me envían puntualmente, envolverlos con esmero uno a uno, llenar la caja y llevar ésta a Correos en diciembre. Les agradezco sobremanera el detalle y la gentileza, pero cada vez me quedo más perplejo con los contenidos de su paquete. Me pregunto si me echarán una edad muy distinta de la que tengo o me creerán rodeado de niños, porque nunca faltan algunos juguetes originales. La mayoría de los objetos, sin embargo, son cosas “útiles”, sobre todo para un montañista, un espeleólogo o un explorador: imaginativas linternas y lamparillas, una diminuta dinamo para recargar el móvil manualmente, a falta de enchufes, alguna prenda (llamémoslas así) que me provoca estupor: una toalla, una manta, un mantel, una camisola que me quedaría inmensa. Estas Navidades apareció una sudadera de forro polar, con su capucha y de color rojo rabioso, tal vez indicada para viajar a Alaska o hacer alpinismo, no lo sé. Antes de buscarle un destinatario (mi sobrino Gabriel es escalador, y le han sido adjudicados varios obsequios de Hubert y Merry), no crean que no me la probé a ver si podía sacarle partido o lucirla por las calles de Madrid. Con la capucha calada como si fuera Bruce Willis –alguien lo ha convencido de lo mucho que lo favorece este aditamento, por la frecuencia con que en sus películas aparece con él–, me miré al espejo: vi un cruce entre Caperucita Roja y el Yeti que me desaconsejó honrar la prenda personalmente, no sin dolor de mi corazón.

Recuerdo que en el primer envío, hace ya más de un decenio, venían varios objetos de una “Fundación Richard Nixon”, que debía de tener su sede en la misma población en que Hubert y Merry vivían entonces. No fue Nixon un Presidente agradable: hubo de dimitir por mentiroso empedernido, extravagante como suena eso en nuestro país. Pero bueno. Había una gorra azul marino con larga visera que ponía “Commander in Chief”, y también resultaba visible el oprobioso nombre. A diferencia de la sudadera escarlata, la gorra sentaba muy bien, así que se la pasé a Carme, más atrevida que yo, quien se la encasquetó ufana en más de una ocasión, convencida además –con razón– de que le quedaba “de fábula”. Luego, por desgracia, se la robaron o la perdió.

Este diciembre también han llegado una “lámpara de fibra óptica” que al parecer derrama colores; un par de paquetes de pilas para encenderla, imagino; un boli de un equipo de baloncesto texano; otra linterna de incomprensible diseño; un punto de libro en el que se ve caminar a una osa y a sus dos crías cuando se lo mueve; una bola de nieve cuyo cristal se había roto en el viaje, con una sillita de director de cine y un cartel que reza “Hollywood”, donde no ha debido de nevar jamás; un “mango con punta de dos lados” que no tengo idea de para qué sirve ni qué es. Siempre hay algo cuya utilidad ignoro, aunque todo tiene pinta de ser muy ingenioso. Esta vez, sin embargo, Correos me amargó el paquete. No se sabe por qué (cuando llegó yo estaba fuera y fue Juliana, la portera, quien lo recogió), el cartero exigió el pago de 25 euros por él. ¿Aduana? No sé: la lista de los contenidos, en una hoja rellenada por Hubert y Merry, señalaba que su valor total ascendía a la módica cantidad de 41 dólares. Y además eran regalos, no una compra que yo hubiera hecho.

Bueno, ya se sabe que Rajoy y Montoro nos sacan el dinero a espuertas con enfermiza avidez (en la televisión ya les veo este signo en los ojos: $, no falla). Así que les he dicho a Hubert y a Merry que el año próximo me conformo con su afectuosa tarjeta navideña. No vale la pena que unos jubilados lejanos y amables me dediquen tiempo y dinero para que su gentileza me cueste a mí dinero también, y se lo embolse Rajoy. Ya lo ven, este Gobierno está decidido a que renunciemos a todo, incluso a los estrafalarios y bondadosos regalos de ese matrimonio encantador.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 26 de enero de 2014. Entre el ridículo y la mansedumbre

Algunos lectores saben que cada dos por tres me pregunto qué diablos llevo haciendo tanto tiempo en esta última página de El País Semanal. Pero hay dos fechas al año en que de veras me planteo dejarla: una es cuando acaba el “curso” en julio y me tomo mi asueto de agosto; la otra es enero, por aquello de los buenos propósitos. Entre los míos siempre se cuenta, durante unos días y en forma de duda, el de callarme de una vez. Y a cada enero la tentación es más fuerte, aunque sólo sea por la acumulación del cansancio (a los once años aquí hay que sumar los ocho anteriores en que también escribí cada domingo en otro lugar; luego diecinueve en total). Además, ya lo decía hace poco la carta publicada de un lector tan amable que incluso me llamaba “Don Javier”: “… es como si predicase en el desierto; parece que nadie le hace el menor caso…” Bueno, sería pretencioso aspirar a lo contrario, supongo, pero la constatación lo lleva a uno a preguntarse –y a extender la pregunta a todos los demás escritores y columnistas–: “¿Qué pretendemos, entonces? ¿Distraer, acompañar en la indignación, consolar, halagar, desahogarnos, amargar el desayuno a algunos políticos, financieros, empresarios, jueces?”

Tampoco ayudan a proseguir las declaraciones que leo de un novelista que aprecio, el cual, interrogado por el papel de los intelectuales ante las actuales crisis, responde: “No tienen ningún papel. Es ridículo pensar que sí, que pueden influir en nada. Seamos sinceros: el poder es poder porque no cuenta con nadie. Por tanto, todo el que desde un lateral intente influir es ridículo. El escritor libre, el que no está relacionado con una opción política, no influye”. Y remata así: “Lo que digo es que, si el alcalde dice que hay que hacer el puente, el puente se hace. Digan lo que digan los intelectuales”. En esto último no me cabe duda de que lo asiste la razón, y aún habría que añadir: “Digan lo que digan los ciudadanos”. Esa es la manera en que se ejerce normalmente el poder en España en la actualidad –puro caciquismo–, y más si se posee mayoría absoluta. ¿O no salta a la vista que es la forma de gobernar del PP, de CiU, del PNV, del PSOE, con distintos grados? ¿No es evidente que Rajoy se dijo, al ganar las elecciones: “Dispongo de cuatro años para hacer lo que me dé la gana. No me importa incumplir mis promesas y engañar, me trae sin cuidado a quién dañe y a cuántos, el perjuicio irreversible que cause a mi país. Voy a poner España a mi gusto y al de los míos, en contra de la opinión de los médicos, los profesores, estudiantes y rectores, los jueces y fiscales, los pensionistas, los trabajadores, las clases medias, los pequeños empresarios, los artistas, los científicos, los investigadores, los parados, los dependientes, las mujeres y no digamos los intelectuales. Ya se me ocurrirá un nuevo fraude, cuando toque volver a votar”?

Respecto a las otras afirmaciones de ese novelista, uno no quiere pensarlo, pero no puede evitar pensarlo un poco, de refilón: ¿acaso no suenan a autojustificación? Puesto que es ridículo creer que desempeñamos algún papel, lo es también pronunciarse, acusar a los corruptos y a los sin escrúpulos y a los dañinos, denunciar los abusos y las injusticias y las canalladas, tratar de abrir los ojos a quienes los tienen cerrados, procurar que la gente repare en lo que se le ha pasado por alto, argumentar contra las arbitrariedades, señalar las prácticas dictatoriales ejercidas en democracia (las hay, y de ellas vengo hablando hace meses), protestar contra las nuevas leyes que privan de derechos y libertades, advertir del deslizamiento hacia formas despóticas de gobernar. Lo aconsejable –y también lo más cómodo– es no caer en ese ridículo, o bien dejar de ser “escritor libre” y ponerse al servicio de “una opción política” determinada. Es decir, convertirse en peón, alfil o torre de un partido, única vía para “influir”. No por intelectual, se entiende, sino por infiltrado: por formar parte del aparato y del engranaje.

¿Servimos de algo o somos efectivamente ridículos? ¿Deberíamos continuar o guardar silencio? Son dudas reales, no retóricas, ojo: no descarto que ese reputado novelista esté en lo cierto. Claro que luego hay otros a los que, para realzarse, les conviene faltar a la verdad y asegurar que ninguno de sus colegas ha estado a la altura. Si hablamos caemos en el ridículo, y si no, nos portamos como cobardes e incurrimos en mansedumbre. Yo carezco de respuesta a este dilema, y además sería parte interesada. Admito que tal vez no influimos y que nuestros pataleos son estériles. Pero de una cosa estoy seguro: ay si ni siquiera existiésemos, si nadie dijera nunca nada, si no incomodáramos e hiciéramos rabiar un poco a los políticos que nos acogotan y que además quieren aplausos. La única prueba que veo de nuestra no absoluta inutilidad es que esos políticos, que desde luego no nos hacen caso y se encogen de hombros ante nuestros griteríos, preferirían a buen seguro que desapareciésemos. Que no llamáramos la atención de quienes se molestan en leernos, ni los hiciéramos pensar, o mirar lo que pasa desde otro punto de vista del impuesto por los gobernantes, todos los días, con las televisiones a sus pies. Que no señaláramos sus abusos y sus imbecilidades, su cinismo y su desfachatez, sus razonamientos grotescos que ya no tratan ni de adecentar. Ay si además de ocurrir cuanto ocurre, uno abriera los periódicos y no se encontrara en ellos más que asentimiento e indiferencia y silencio, solamente por temor al ridículo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de enero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 19 de enero de 2014. Pequeño comentario de texto

Hay énfasis que delatan, rotundidades que llevan a no creer a quien incurre en ellas. Cuando alguien subraya demasiado, tengo tendencia a pensar que está mintiendo. Cuando repite la misma frase tres veces, como suelen hacer tantos políticos, aumenta mi convencimiento de que la triple afirmación o negación es una falsedad palmaria. Claro que no es una regla, uno puede equivocarse. Es sólo una impresión, y rara vez se puede comprobar lo acertado o equivocado de ella. Ciertos énfasis, sin embargo, son tan retorcidos e inauditos que merecen un pequeño comentario de texto. Esperanza Aguirre respondió el mes pasado –bueno, es un decir–, por escrito y en calidad de testigo, a 300 preguntas relacionadas con la trama Gürtel, que durante su presidencia logró la concesión de casi todos los actos de la Comunidad de Madrid y ganó muchísimo dinero. Tanto que al parecer le pagaba un 10% de mordida a Alberto López Viejo, viceconsejero de Presidencia y luego consejero de Deportes durante años. El hombre no perdonaba un “evento”. Cito de este diario: “Cobraba por todo. Daba igual el importe o de qué fuera el acto. Así, llegó a cobrar por la organización en 2005 del primer aniversario de los atentados del 11-M (2.848,27 euros) o por la del décimo del asesinato de Gregorio Ordóñez (127,10)… Y no había cantidad pequeña ni grande (10,51 por aquí, 27.995,16 por allí)”. Se calcula que se embolsó más de 282.000 por 257 (!) mordidas madrileñas. Claro que esto es nada al lado de los 5,6 millones de euros que acumuló en cinco años, así repartidos: 2,3 millones en 2002; 399.000 en 2003; 79.000 en 2006; 115.000 en 2007; 2,77 millones en 2008. Como diputado y cargo público, dependiendo de los ejercicios, declaraba unos ingresos de entre 61.000 y 103.000 euros anuales.

El individuo está imputado por su implicación en el presunto cobro de comisiones ilegales (la verdad, no extraña), y a Esperanza Aguirre se le preguntó por él (tampoco extraña). Y he aquí la respuesta de la ex-Presidenta, digna de análisis: “No era en absoluto hombre de mi total confianza”. Les ruego que la relean y se fijen en el absurdo que entraña. Lo normal habría sido decir una de tres: a) “No era de mi confianza” (pero entonces no se entendería que lo recuperara para su Gobierno, tras haberse caído del de Gallardón en el Ayuntamiento); b) “No era en absoluto de mi confianza” (pero aún sería más incongruente su debilidad por él); c) “No era de mi total confianza” (lo cual indicaría que se la tenía tan sólo parcial o relativa). Lo que Aguirre dijo es un contrasentido, una idiotez. Para evitar las inferencias que acabo de mencionar, recurre a una doble exageración o doble énfasis: “No era en absoluto de mi total confianza”. Contradicción en los términos: si López viejo no era de su total confianza, se deduce que alguna le merecía, por fuerza; ese en absoluto, por tanto, niega lo que ella afirma. No es posible tener una confianza parcial en alguien y a la vez no tenerla en absoluto. “En absoluto era total”, es lo que viene a decir la señora. ¿Y qué diablos era, entonces?

Pero veamos qué más declaró sobre su ex-viceconsejero y ex-consejero. Que ella no lo nombró, sino “el Consejo de Gobierno” (presidido por ella). Y añadió: “Yo no lo puse en la lista. Yo no lo incorporé”. Tampoco despachó “nunca” con él la organización de ningún acto. Una vez estallado el escándalo, le pidió que le aclarase si el Grupo Correa se estaba llevando todos los contratos de “eventos” de la Comunidad. “Yo no prohibí nada”, reconoció. “Llamé a López Viejo a mi despacho y le pregunté: ‘¿Es esto cierto?’ y él: ‘No, Presidenta. Muy al principio de llegar aquí se les encargó algo, pero ya nada. Ahora se les encargan los actos a…’, y me da una serie de nombres”. Y ella –subrayó– le creyó. (No olviden que “algo” fueron por lo menos 257 mordidas.) ¿Esperanza Aguirre una crédula, una prima, una pardilla? No sé yo. Y eso pese a que el sujeto no era en absoluto de su confianza. Ah, no, perdón: … de su total confianza. Lo raro es que, según El Mundo en 2009 (un diario casi incondicional de ella; los subrayados son míos), López Viejo “fue rescatado por Aguirre, que, tras investigarlo, decidió meterlo en sus listas a las elecciones. Desde entonces se convirtió en uno de sus hombres fuertes… Las acusaciones de irregularidades dejaron finalmente a López Viejo sin una consejería propia, como tenía pensado para él Aguirre, que lo nombró viceconsejero de Presidencia. Llevaba la agenda de Aguirre y hacía las veces de su guardaespaldas –algún que otro periodista se llevó algún empellón suyo–… En 2007 lo nombró consejero de Deportes, una cartera de nuevo cuño sin competencias, pero que le dio notoriedad al salir fotografiado con deportistas de élite”. Ustedes dirán quién ha mentido, si los diarios o Aguirre ante el juez Ruz, y por escrito (“Yo no lo nombré, no lo incorporé, no lo puse en la lista”).

Creo que hace muchos años crucé un par de cartas con López Viejo, cuando era Concejal de Limpieza Urbana y Desarrollo en la alcaldía de su mentor Álvarez del Manzano, a la que llegó en 1999. Tendría que buscar las suyas (¿quizá otro día?), pero recuerdo que las chorradas con que contestó a una protesta mía fueron tales que lo “fiché” ya como caradura y cantamañanas, indigno de la menor confianza. Curioso que, tras investigarlo y todo, Esperanza Aguirre llevara a sujeto tan transparente a su equipo y le creyera, pese a no ser en absoluto de su total confianza. Claro que sí lo era parcialmente,… y vuelta a empezar con el sinsentido.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de enero de 2014

 

LA ZONA FANTASMA. 12 de enero de 2014. La baraja rota

Yo ya no sé si, entre el grueso de la población, muchos se acuerdan de cómo nos regimos, ni de por qué. Cuando se decide convivir en comunidad y en paz, se produce, tácitamente o no, lo que suele conocerse como “contrato o pacto social”. No es cuestión de remontarse aquí a Hobbes ni a Locke ni a Rousseau, menos aún a los sofistas griegos. Se trata de ver y recordar a qué hemos renunciado voluntariamente cada uno, y a cambio de qué. Los ciudadanos deponen parte de su libertad de acción individual; abjuran de la ley del más fuerte, que nos llevaría a miniguerras constantes y particulares, o incluso colectivas; se abstienen de la acumulación indiscriminada de bienes basada en el mero poder de adquirirlos y en el abuso de éste; evitan el monopolio y el oligopolio; se dotan de leyes que ponen límites a las ansias de riqueza de unos pocos que empobrecen al conjunto y ahondan las desigualdades. Se comprometen a una serie de deberes, a refrenarse, a no avasallar, a respetar a las minorías y a los más desafortunados. Se desprenden de buena parte de sus ganancias legítimas y la entregan, en forma de impuestos, al Estado, representado transitoriamente por cada Gobierno elegido (hablamos, claro está, de regímenes democráticos). Por supuesto, dejan de lado su afán de venganza y depositan en los jueces la tarea de impartir justicia, de castigar los crímenes y delitos del tipo que sean: los asesinatos y las violaciones, pero también las estafas, el latrocinio, la malversación del dinero público e incluso el despilfarro injustificado.

A cambio de todo esto, a cambio de organizarse delegando en el Estado –es decir, en el Gobierno de turno–, éste se compromete a otorgar a los ciudadanos una serie de libertades y derechos, protección y justicia. Más concretamente, en nuestros tiempos y sociedades, educación y sanidad públicas, Ejército y policía públicos, jueces imparciales e independientes del poder político, libertad de opinión, de expresión y de prensa, libertad religiosa (también para ser ateo). Nuestro Estado acuerda no ser totalitario ni despótico, no intervenir en todos los órdenes y aspectos ni regularlos todos, no inmiscuirse en la vida privada de las personas ni en sus decisiones; pero también –es un equilibrio delicado– poner barreras a la capacidad de dominación de los más ricos y fuertes, impedir que el poder efectivo se concentre en unas pocas manos, o que quien posee un imperio mediático sea también Primer Ministro, como ha sucedido durante años con Berlusconi en Italia. Son sólo unos pocos ejemplos.

Lo cierto es que nuestro actual Gobierno del PP y de Rajoy, en sólo dos años, ha hecho trizas el contrato social. Si se privatizan la sanidad y la educación (con escaso disimulo), y resulta que el dinero destinado por la población a eso no va a parar a eso, sino que ésta debe pagar dos o tres veces sus tratamientos y medicinas, así como abonar unas tasas universitarias prohibitivas; si se tiende a privatizar el Ejército y la policía, y nos van a poder detener vigilantes de empresas privadas que no obedecerán al Gobierno, sino a sus jefes; si el Estado obliga a dar a luz a una criatura con malformaciones tan graves que la condenarán a una existencia de sufrimiento y de costosísima asistencia médica permanente, pero al mismo tiempo se desentiende de esa criatura en cuanto haya nacido (la “ayuda a los dependientes” se acabó con la llegada de Rajoy y Montoro); es decir, va a “proteger” al feto pero no al niño ni al adulto en que aquél se convertirá con el tiempo; si las carreteras están abandonadas; si se suben los impuestos sin cesar, directos e indirectos, y los salarios se congelan o bajan; si los bancos rescatados con el dinero de todos niegan los créditos a las pequeñas y medianas empresas; si además la Fiscalía Anticorrupción debería cambiar de una vez su nombre y llamarse Procorrupción, y los fiscales y jueces obedecen cada día más a los gobernantes, y no hay casi corrupto ni ladrón político castigado; si se nos coarta el derecho a la protesta y la crítica y se nos multa demencialmente por ejercerlo…

Llega un momento en el que no queda razón alguna para que los ciudadanos sigamos cumpliendo nuestra parte del pacto o contrato. Si el Estado es “adelgazado” –esto es, privatizado–, ¿por qué he de pagarle un sueldo al Presidente del Gobierno, y de ahí para abajo? ¿Por qué he de obedecer a unos vigilantes privados con los que yo no he firmado acuerdo? ¿Por qué unos soldados mercenarios habrían de acatar órdenes del Rey, máximo jefe del Ejército? ¿Por qué he de pagar impuestos a quien ha incumplido su parte del trato y no me proporciona, a cambio de ellos, ni sanidad ni educación ni investigación ni cultura ni seguridad directa ni carreteras en buen estado ni justicia justa, que son el motivo por el que se los he entregado? ¿Por qué este Gobierno delega o vende sus competencias al sector privado y a la vez me pone mil trabas para crear una empresa? ¿Por qué me prohíbe cada vez más cosas, si es “liberal”, según proclama? ¿Por qué me aumenta los impuestos a voluntad, si desiste de sus obligaciones? ¿Por qué cercena mis derechos e incrementa mis deberes, si tiene como política hacer continua dejación de sus funciones? ¿Por qué pretende ser “Estado” si lo que quiere es cargárselo? Hemos llegado a un punto en el que la “desobediencia civil” (otro viejo concepto que demasiados ignoran, quizá habrá que hablar de él otro día) está justificada. Si este Gobierno ha roto el contrato social, y la baraja, los ciudadanos no tenemos por qué respetarlo, ni que intentar seguir jugando.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de enero de 2014

“La baraja de Marías”

LA ZONA FANTASMA. 5 de enero de 2014. Noches armadas de Reyes

Pérez-Reverte me está armando. Literalmente. Me está llenando la casa de armas, y la cosa, poco a poco, me va trayendo consecuencias. Para que nadie se escandalice con el puritanismo habitual de esta época, aclararé que se trata de réplicas inofensivas, pero tan bien hechas que parecen de verdad. Desde hace siete años, adoptó la amable costumbre de regalarme algo cada Navidad, quizá a raíz de la consulta que hube de hacerle sobre el funcionamiento de una vieja pistola Llama, para una de mis novelas. Él, ya saben, anduvo una larga temporada como corresponsal bélico, y entiende de estas herramientas. De hecho, por las descripciones que he leído en entrevistas, su casa debe de parecer, a estas alturas, un anexo del Museo de la Guerra. Así que, como casi todo coleccionista, me va inculcando su afición a golpe de cuchillos –moneda siempre por medio– y pistolas. La primera pieza, con todo, fue sólo un complemento: un bonito y favorecedor casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Zululandia y en otros lugares, que se unió al salacot que ya tenía, heredado de mi padre. Como imaginarán, es imposible disponer de algo así sin caer en la tentación de ponérselo de vez en cuando. En una ocasión una periodista extranjera me pilló con el casco en la cabeza, le abrí la puerta sin acordarme de que me lo había encasquetado hacía un rato. “De expedición, veo”, no pudo resistirse a decirme. Luego vino una bayoneta de Kalashnikov, y a continuación un puñal Fairbairn-Sykes, inspirado en los de los gangsters chinos de los años 30 y que fue el utilizado por los comandos británicos de la Segunda Guerra Mundial. Y después otro, el de los marines americanos (los dos últimos de hoja pavonada, para que no reluzca en la oscuridad y delate al que los empuña). Y ahora llevamos tres Navidades con armas de fuego: primero un Colt, yo diría que el modelo de 1873, pero que Jacinto Antón no me haga caso. Le siguió una Webley & Scott de 1915, también británica, con su correa y todo, y que no desentona lo más mínimo con el casco colonial (llamémoslo así) que inició esta tradición.

No hace falta decir que le correspondo con alguna antigüedad, si la encuentro: un larguísimo catalejo que perteneció a un ballenero de Hull, un abrecartas forjado por un soldado de la Primera Guerra Mundial, pone “Yser”, así que debió de hacerlo alguien que detuvo a los alemanes en ese río, en octubre de 1914. Como ven, mis regalos son más civiles. Pero claro, a medida que se ha producido la escalada armamentística en mi piso, noto que Aurora, mujer alegre y encantadora que viene a trabajar tres mañanas por semana, me mira de vez en cuando con una mezcla de preocupación y lástima. Como es también muy discreta, nunca me ha dicho nada ni me ha preguntado por la paulatina proliferación, pero, según crece el arsenal aparente, debe de pensar: “¿Pero qué le está pasando a este hombre? Si antes era de lo más apacible”. En cuanto a Mercedes, asimismo encantadora y que trabaja conmigo otras tres mañanas, advierto que a veces lanza miradas aprensivas,Portada AMMT primero a mí, luego a las armas expuestas sobre una mesa, luego a mí de nuevo, como si temiera que un día me voy a abalanzar sobre ellas y a organizar un estropicio. Y cuando viene la risueña Carme unos días, ella sí enterada de la procedencia, cada vez que descubre una nueva le entra un ataque de risa y no puede evitar burlarse: “Pero dónde vas con tanta pistola. Sólo te faltan unas cartucheras cruzadas y un sombrero en la nuca para parecer Pancho Villa”. En suma, me he convertido en motivo de preocupación, temor y befa para quienes me rodean. No quiero ni imaginarme cuál será el veredicto de los periodistas que por aquí aparecen. Concluirán que soy un fanático.

Este año ha tocado una Luger, la icónica pistola alemana de 1908, y a Arturo no se le ocurrió otra cosa que llevármela hace cuatro jueves a la Real Academia Española. Aprovechando el “recreo” –el intervalo entre sesiones, en el que nuestros colegas departen civilizadamente en la Sala de Pastas–, nos fuimos a un pasillo alejado para que me enseñara el funcionamiento. Así que allí estábamos los dos, jugando con la réplica de la Luger y probándola como críos (“¿Te imaginas que hubiéramos tenido una tan perfecta de niños?”, me decía Pérez-Reverte, y yo le contestaba: “Habríamos tenido que esconderla, nos la habrían confiscado”), cuando hubo un inesperado desplazamiento de venerables –bueno, la mayoría–, y nos pillaron con las manos en la masa, apuntando a los techos, amartillando y dándole una y otra vez al gatillo. Algunos nos miraron con reprobación (los más pacifistas), otros con severidad (filólogos y lingüistas sobre todo, varios no suelen estar para bromas), otros con sobresalto (los más aprensivos, debieron de creer que era de verdad la pistola y que podíamos soltar un tiro en la docta casa, profanándola), y unos pocos se acercaron a participar del juego. El Profesor Rico, para variar, nos soltó una impertinencia: “¿Leoncitos a mí?”, nos dijo. “Vaya par de macarras estáis hechos, tratando de amedrentar a las lumbreras”. En fin, no sólo ha fomentado el Capitán Alatriste la desconfianza de mis allegados en casa, no sólo ha conseguido que los periodistas me tengan por un maniaco, sino que ha echado por tierra el poco respeto que pudieran dispensarme mis colegas académicos, que ya me verán para siempre como a un pueril irresponsable, un inconsciente. Eso sí, las armas son todas preciosas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de enero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 29 de diciembre de 2013. Castigar lo inexistente

Siempre me ha sorprendido que algunas personas inteligentes, además de infinidad de idiotas, puedan soltar frases del tipo “Amo a mi país”
–recientemente el escritor Stephen King, en estas páginas–. Me temo que no hay país en el mundo que se libre de ser “amado”, bien por sus ciudadanos, bien por extranjeros de visita que quieren hacer la pelota momentáneamente. Aquí, por supuesto, la frase se repite hasta la saciedad, sobre todo con Cataluña como objeto en los últimos tiempos. En toda ocasión son variantes de aquel famoso escrito de Tejero (recuerden, el guardia civil que asaltó el Congreso e intentó dar un golpe de Estado) en el que especificaba cómo amaba la paella y no sé qué otros folklorismos. En cuanto alguien trata de explicar la frase, cae en el más barato lirismo, la cursilería y el ridículo. Resulta inevitable, porque es un enunciado que no sólo es hueco, sino además un imposible. Un país –no digamos su nombre– es una abstracción, más allá de su geografía, sus fronteras estipuladas y su organización administrativa, una vez constituido como Estado, nacionalidad, región o lo que quiera que sea. En el mejor de los casos, es una convención, como lo son “la literatura” o “la ciencia” y casi todo lo susceptible de ser escrito con mayúscula a veces. Cuando alguien asegura “amar la literatura”, está diciendo, a lo sumo, que le gustan ciertas obras literarias, lo cual implica que le desagradarán muchas otras, aunque todas ellas sean “literatura”. Si alguien asevera “amar a España”, su afirmación está vacía de contenido, porque en España, como en todas partes, hay gente, y ciudades, y barriadas, y no digamos urbanizaciones costeras, que por fuerza le parecerán abominables. La frase es, así, indefectiblemente grandilocuente, oportunista y falaz; y a menudo demagógica, pronunciada para halagar a los patrioteros. Más honrado y veraz era aquel sargento de Juan Benet que arengaba a sus reclutas así: “Os voy a decir qué es el patriotismo. ¿A que cuando veis a un francés os da mucha rabia? Pues eso es el patriotismo”.

De la misma manera, es imposible “ofender” a un país, ni siquiera a través de sus símbolos, justamente porque éstos sólo son eso, figuraciones, símbolos, desde el himno a la bandera, pasando por la paella para Tejero y me temo que también para el Ministro del Interior Fernández Díaz y su jefe Rajoy, que es quien le da las órdenes. Pues bien, ese imposible ha sido elevado por estos dos sujetos a la categoría de “infracción grave”, sancionable con hasta 30.000 euros. Fue el estrambote a la Ley de Seguridad Ciudadana de la que hablé hace dos semanas. Serán multadas, proclamó el opusdeísta Fernández, “las ofensas o ultrajes a España”, y también “a las comunidades autónomas y entidades locales o a sus instituciones, símbolos, himnos o emblemas, efectuadas por cualquier medio”. Habrá que ver cómo definen “ofensas” y “ultrajes”, pero, dada la incapacidad de ese individuo para comprender la libertad de expresión, e incluso la democracia, hay que ponerse en lo peor; y como además no va a dejar nada fuera (imagino que en “entidades locales” entran hasta los municipios deshabitados), seguramente de aquí a poco será punible decir “Vaya mierda de pueblo”, o “Qué ciudad más espantosa”, o “Este país es un asco”. Hasta 30.000 al canto, si lo oye a uno un guardia; o un portero de discoteca, que ahora van a poder detenernos.

Ese pupilo de Escrivá de Balaguer se preguntó a sí mismo en su comparecencia: “¿Y qué es una ofensa a España?” Y como no había respuesta, ya que no puede existir tal cosa, vino a contestarse tautológicamente (como si hubiera aclarado: “Pues una ofensa a España es una ofensa a España”): “Por ejemplo, una manifestación en la que haya consignas o pancartas claramente vejatorias con España o una de sus comunidades, o sus símbolos, sus instituciones, la bandera de España, será considerada una infracción grave”. Es como si el diccionario, en vez de definir cada palabra, resolviera: “Agua: agua”, u “Orgullo: orgullo”. Muy útil. Pero algo quedó meridiano: si usted acude a una manifestación con una pancarta que rece “El Parlamento está lleno de sinvergüenzas”, le pueden caer hasta 30.000 del ala, por vejar a las instituciones. Lo mismo si corea “Madrid es un putiferio” o “La alcaldesa es una inepta”. No hablemos si llama “franquistas” a los miembros de este Gobierno, aunque crea usted estar haciendo una mera descripción objetiva y basada en las semejanzas, no ultrajando. Pero, como de costumbre, lo más alarmante está en la letra en la que no se repara: las ofensas infractoras serán las “efectuadas por cualquier medio”. Eso ha de incluir, por fuerza, radio, televisión y prensa escrita. Nuestro Gobierno avanza velozmente en su proceso “bolivariano”, por no volver a hablar de neofranquismo. No les extrañe que dentro de poco el iluminado Fernández y su jefe Rajoy saquen una nueva Ley de Prensa que deje en liberal la hoy vigente en Venezuela. El titular de Hacienda, Montoro, ya ha apuntado veladamente –si eso es posible, con su vocezuela– a los periódicos críticos con la purga desatada por él en la Agencia Tributaria contra los inspectores y cargos que, aun nombrados por su partido, eran demasiado honrados. El día en que un artículo como este se vea como “ofensa punible”, tendremos que hablar otra vez de prácticas dictatoriales, tras treinta y tantos años de democracia. Ojo, que estamos ya a pocos pasos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 22 de diciembre de 2013. Las bandas de la banda ancha

Cada aparato kindle, o e-book, o de libro electrónico existente en Francia, compra una media de 4,6 libros al año. En Italia, país con fama de no muy honrado, son 4,4 los que adquiere legalmente cada usuario. En España, el porcentaje es de 0,6. Cada individuo con uno de esos dispositivos de lectura en pantalla paga más o menos medio libro en el plazo de doce meses. ¿Quiere esto decir que los españoles que se han hecho con un e-book (o como finalmente se llamen) lo tienen de adorno en sus casas y no lo utilizan para su función lectora? En absoluto. Lo que significa es que casi cuanto se lee en ellos es pirateado, robado con total impunidad y con el beneplácito vengativo de nuestro Gobierno. Fue a partir de la Navidad de 2011 cuando el juguete llegó aquí de veras y se puso de moda. El resultado es que las ventas de libros en papel han disminuido brutalmente. Tengo un informe en el que se comparan las de las novelas última y penúltima de varios autores de best-sellers como Dan Brown, Ken Follett, Paulo Coelho y unos cuantos españoles cuyos nombres omitiré para no darles “mala prensa”. Sus últimas obras respectivas han vendido un 52%, un 62%, incluso un 70% menos que las anteriores. Cierto que no hay dos libros iguales, aunque sean del mismo escritor: unos caen más en gracia que otros; el público se cansa fácilmente (“Ya he leído dos de éste, me da pereza un tercero”), las modas son efímeras. Y, por supuesto, está la crisis, pero ésta ya llevaba varios años antes de la Navidad de 2011. Últimamente los editores, las agentes, los libreros –independientes o de grandes superficies–, hasta algunos autores, todos me aseguran que la salvaje caída de las ventas se debe mucho más a la piratería que a la situación económica que el Gobierno de Rajoy nos agrava día tras día.

Me disculpo por utilizarme como ejemplo y por resultar didáctico, pero en este país lo segundo es recomendable siempre. De aquí a un par de meses espero haber terminado una nueva novela que rondará –calculo– las 500 páginas. Habré empleado en ello dos años y pico, con unos veinte meses de muy intenso trabajo (al principio hay mucho tanteo). Lo que ganaré con esta novela dependerá de sus ventas, exclusivamente. Si su precio es de 20 euros, a mí me llegarán unos 2 por cada ejemplar despachado. Eso en papel. En libro electrónico costará unos 8 euros, luego percibiré alrededor de 0,80 por cada uno comprado legalmente. Así, si se venden 10.000 ejemplares en papel, mi tarea de dos años largos se remunerará con 20.000 euros. Si se venden 100.000, multipliquen por diez. Todos dependemos del interés de los lectores; nada se nos regala; si ellos deciden no asomarse a nuestro texto, no cobramos, o muy poco. Cada individuo que piratee esa novela futura mía me estará robando –o me privará de ganar– 0,80 o 2 euros, según el soporte. Si 5.000 personas hacen eso, me habrán restado 4.000 o 10.000 euros (a los editores y libreros más, naturalmente).

Imaginen ustedes, se dediquen a lo que se dediquen, que les quitaran esas cantidades de sus sueldos o ganancias, simplemente porque quienes se benefician de su trabajo pueden hacerlo sin que pase nada. Pueden disfrutar de él gratuitamente. Bueno, no del todo: pagan una buena cantidad a las empresas de telefonía por una banda muy ancha que les permite “descargarse” el producto del esfuerzo de ustedes. El escritor en España (como el músico y el cineasta) no hace negocio con eso, no percibe nada (recuerden: 0,6 libros vendidos al año por dispositivo electrónico). Pero las telefonías sí lo hacen, y perciben muchísimo “ofreciendo” tácitamente el goce del trabajo ajeno. Lo que no se le dice al usuario, pero se le insinúa, es: “Si se compra un e-book y contrata una banda anchísima, leerá gratis lo que se le antoje. Usted no le pagará al autor ni al editor, ni yo tampoco. Usted me pagará a mí por el mecanismo que lo facultará para robar tranquilamente. El autor, el editor y el librero, que se fastidien”.

Yo no sé hasta qué punto la gente es consciente de lo que se trae entre manos, con la connivencia inconfesada de las telefonías, que son las que cobran y sacan tajada de mis dos años largos ante la máquina (el talento posible es otro asunto y no voy a presumir de poseerlo, pero es algo que también merece recompensa en los casos indudables). Cada novela corre su suerte, ya lo he dicho. Pero, si cuando salga la que estoy cerca de acabar (no creo que antes de septiembre, y si le doy el visto bueno), sus ventas respecto a la anterior bajan tanto como un 70%, deberé plantearme si valdrá la pena acometer otra más adelante, a sabiendas de que mis posibles ganancias me las estarán esquilmando a lo bestia. Figúrense a un profesor al que no se le abonan muchas de sus horas de clase; a un banquero que debe dar gratis parte de sus servicios; a un empleado al que sólo se le pagan cinco horas de las ocho que trabaja a diario; a un zapatero que debe entregar por nada un porcentaje del calzado que crea y produce; a un ministro que ha de regalar sus conocimientos y su gestión parcialmente. Y así con cualquier oficio. Repito: yo sólo cobro si a los lectores les da la gana de leer lo que escribo. Si se la da, pero muchos no pagan nada por ello, ya me dirán qué clase de tonto sería si continuara atado a la silla, devanándome mis pocos sesos para llenar, línea a línea, 500 páginas supuestamente interesantes o turbadoras o placenteras. Uno no debería estar dispuesto a que lo perjudiquen quienes lo aprecian. Como si no bastara con los otros.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 15 de diciembre de 2013. Neofranquismo

Por si no bastara con cuanto comenté hace una semana, y que lleva a gran número de españoles a avergonzarse de su país y a no poder defenderlo, el Gobierno de Rajoy, a través de su Ministro del Interior Fernández, planea una nueva Ley de Seguridad Ciudadana de inspiración innegablemente franquista. Ya se ha hablado mucho de ella: de cómo va a penalizar y limitar las protestas, el derecho de manifestación y cuanto moleste a los gobernantes y a la policía mandada por ellos; de las multas demenciales con que va a castigarse casi cualquier insumisión o desacuerdo, o lo que las propias fuerzas del orden consideren “amenazas, insultos, coacciones, injurias o vejaciones” contra los agentes. Es decir, éstos podrán moler a palos a los manifestantes, arrastrarlos, soltarles barbaridades y detenerlos con o sin motivo, y los manifestantes no podrán responder de ningún modo, ni siquiera verbalmente, bajo riesgo de perder mil euros si, por ejemplo, llaman “bestia” al uniformado galáctico que les propina una paliza. Fernández había decidido inicialmente que eso pudiera costar hasta 600.000 euros (sic), lo cual nos da idea de la “seguridad” que esta Ley brinda: con ella se echa a los ciudadanos a los pies de los caballos y se blinda a los policías y a los políticos que se sirven de ellos. Lo propio de un Estado policial, sin duda.

Con todo, lo más indisimuladamente franquista del proyecto es lo siguiente, según Jesús Duva en este diario: “Las denuncias de los policías tienen presunción de veracidad y, por tanto, es el denunciado quien debería demostrar que lo dicho por los agentes es inveraz”. Era así exactamente como funcionaba la represión durante la dictadura, o en todas las dictaduras, mejor dicho. De todo el mundo es sabido que la mayor perversión de la justicia, lo que la hace impracticable, es dar crédito al denunciante y eximirlo de aportar pruebas, y cargar al acusado con la tarea de demostrar su inocencia. Esto último es simplemente un imposible: si yo sostengo que Rajoy y Fernández han asesinado a una mujer el 30 de noviembre, y no me veo obligado a demostrarlo porque tengo “presunción de veracidad”; si Presidente y Ministro carecen de coartada en esa fecha y se los emplaza a probar que no mataron a esa mujer, ya me dirán cómo podrían lograrlo. Demostrar que uno no ha hecho algo, si se parte de la base de que sí (si la mera acusación equivale en principio a condena), es enteramente imposible. Es la justicia al revés y la negación de ésta, lo mismo que regía en tiempos de Franco, cuando un gris podía detener a cualquiera porque no le gustaba su aspecto, y acusarlo impunemente de la felonía que se le antojara. La práctica la consagraba la Ley de Vagos y Maleantes, nombre que no sé por qué no recupera también el proyecto de este Gobierno, en vista del parecido.

Pero ojo, a esto se añade que a partir de la Ley nueva estarán castigadas la grabación y difusión de fotos o imágenes de policías “que supongan mofa para ellos o algún riesgo para la seguridad”. Como serán los propios polis quienes decidan cuándo hay mofa o riesgo, lo que de hecho quedará sancionado será la captación y utilización de cualquier imagen de guardias, de manera que los denunciados tampoco podrán probar su inocencia mediante documentos visuales. Veamos un caso reciente, el de los ocho mossos d’esquadra que apalearon en masa al empresario Benítez y le causaron la muerte –todo supuestamente–. Pese a que una mossa se presentó más tarde en casa de una vecina y la obligó a borrar lo que había filmado con su cámara, salieron a la luz otras grabaciones en las que se ve cómo ocho valientes le dan una tunda al empresario (según ellos, “lo reducen”). Este presunto homicidio ha sido calificado por el jefe de ese cuerpo, Prat, de “actuación más o menos correcta”, y el conseller de Interior, Espadaler, lo ha respaldado. (El Gobierno de la Generalitat, de CiU con el apoyo de Esquerra escondiendo siempre la mano, es idéntico al de Rajoy, lo cual hace cada vez más ridículo que el primero se quiera independizar del segundo; se entendería algo si fueran opuestos, pero es que resultan gemelos en su totalitarismo neofranquista.) Imaginen por tanto en qué habría quedado el episodio si no hubieran existido imágenes. Los bravísimos mossos habrían gozado de la “presunción de veracidad”, podrían haber inventado una patraña a su gusto (que el empresario empuñó una metralleta, que era Hulk y se puso verde y atacó él solo a los ocho poniéndolos en grave peligro) y haberse ido de rositas a casa. Está por ver que no lo consigan, pese a todo. Ya se encargaron, en el momento, de borrar el rastro de sangre que habían dejado, “por higiene”, y de destruir las grabaciones de su “actuación correcta” que localizaron.

La nueva Ley de Seguridad Ciudadana, así pues, invalidará toda imagen de agentes del orden delinquiendo o abusando o sobrepasándose. Fotografiarlos o filmarlos en la comisión de un exceso o un crimen será una infracción castigada por dicha Ley. Ésta los declara por definición honrados, veraces, impolutos e infalibles. Ante semejantes ángeles por decreto, está claro quiénes serán los culpables y los mentirosos en cualquier conflicto con ellos: los desprotegidos ciudadanos. Esta Ley supone la definitiva vuelta del franquismo descarado, por si no teníamos ya bastantes indicios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 8 de diciembre de 2013. Es cosa nuestra

Lo malo de la democracia es que uno no puede encogerse de hombros ante las acciones de sus gobernantes, no enteramente. Aunque no los haya votado y no se sienta responsable directo de sus tropelías, sabe que otros como él los eligieron y que por desgracia, hasta la próxima llamada a las urnas, nos representan a todos, en contra de lo que proclama ese slogan optimista y desiderativo que a menudo se corea. La vergüenza que el actual Gobierno nos causa es así mucho mayor que la que nos provocaba el franquismo a quienes lo vivimos. Éste se había impuesto por la fuerza y por ella seguía mandando. A sus oponentes los había fusilado, encarcelado, enviado al exilio o represaliado; en el mejor de los casos los mantenía en las catacumbas. Los que estábamos en desacuerdo podíamos desentendernos íntimamente de sus crímenes y abusos: éramos meras víctimas de ellos, sojuzgadas por una tiranía que nadie había votado (aunque demasiados españoles la abrazaran, sobre todo una vez victoriosa), que prohibía los partidos políticos y las elecciones, ejercía una censura total y minuciosa, castigaba con prisión cualquier opinión disidente o “tibia”, o verdad que no le gustara. A ese régimen, durante muchos años, le trajo sin cuidado la imagen de España en el exterior. “Que hablen. Nos tienen envidia por ser la reserva espiritual de Occidente”, era el lema, de clara inspiración eclesiástica. Y nosotros podíamos sacudirnos toda responsabilidad, en lo que respectaba a esa visión que ofrecíamos: “Nada tenemos que ver, somos los primeros damnificados, los que la padecemos sin tener arte ni parte”. Y a los de mi generación nos cabía añadir: “Esta dictadura estaba ya cuando nacimos”.

En ese aspecto, la cosa es ahora más peliaguda. Hemos tenido arte y parte. Hemos votado, aunque lo hiciéramos sometidos a engaño: el PP y Rajoy han incumplido con desfachatez casi todas sus promesas electorales, sobre todo las que les permitieron ganar por mayoría absolutísima. Aun así, no podemos intentar derrocarlos, porque, bajo engaño y todo, les dieron su confianza nuestros conciudadanos. Entre tantas otras cosas que aproximan cada vez más a este Gobierno al franquismo, está la indiferencia con que arrastra en el extranjero la imagen de España. Dicen sus representantes que les importa mucho, pero no es cierto. Se les llena la boca con la ridícula expresión “marca España”, pero hacen todo lo posible por que el nombre del país vaya unido al bochorno. En lugar de abstenerse de mancharlo, tratan de convencer a los medios internacionales de que no lo cuenten: Rajoy pidió a una cadena estadounidense que suprimiera de una entrevista lo relativo al caso Bárcenas; ahora nos enteramos de que, en plena fase de recortes salvajes, el Gobierno invitó con los gastos pagados a un grupo de responsables de prensa alemanes para explicarles in situ las maravillas económicas (!) de su gestión y atajar las críticas que casi a diario le dedica esa prensa. El propio Rajoy apareció en la reunión, a ver si les lavaba el cerebro. En honor a los alemanes, hay que decir que se sintieron ofendidos porque se pretendiera sufragarles el viaje y la estancia. Si la sesión de propaganda no nos costó dinero, no fue gracias a Guindos ni a Montoro, sino a la honradez extranjera.

Fuera de estas tentativas, que oscilan entre la censura, el adoctrinamiento y el soborno poco encubiertos, el Gobierno no cesa de ensuciar el país, a veces literalmente. La capital ha estado emporcada por una huelga de limpiadores justificada, mientras el Ayuntamiento, culpable último de la situación (es a él al que abonamos los impuestos, no a las tacañas concesionarias subcontratadas), se lavaba las manos frívolamente durante días: yo he visto cómo un indigente de la Plaza Mayor aplastaba de un pisotón a una relaxing rata gorda que, para estupor de turistas, se paseaba no de noche, sino a las 6.30 de la tarde. También se nos conoce últimamente porque el Ministro del Interior, hombre que presume de piadoso, vuelve a tapizar de cuchillas la verja de Melilla (una medida canallesca de Zapatero en 2005, rectificada en 2007), para rajar a lo vivo a los inmigrantes que osen saltarla. Ante la declaración de Rajoy al respecto, se hace difícil saber si el Presiente es tonto o se lo finge: “No sé exactamente si eso puede producir daños a las personas. Tendremos que verlo, he pedido un informe”. El misericordioso Fernández Díaz ha corrido a tranquilizarlo: “Sólo heridas leves, jefe”. Me gustaría que los dos se fueran a la verja e hicieran ellos mismos la prueba: el uno sabría “exactamente” y “vería”, y el otro comprobaría en su piel la “levedad” de las sangrías. Aparte de esta crueldad infame, España también es hoy famosa por la sentencia del Prestige: todo el mundo, incluido el Gobierno del PP de entonces, tuvo una actuación “correcta” y gracias a eso no se extendió el vertido del barco por el entero Océano Atlántico. ¿A santo de qué va a tener que pagar nadie? Añadan que en numerosas comunidades (Madrid, Cataluña, Valencia, y las que seguirán) han dejado de ser gratuitas las vacunas del neumococo y del retrovirus para bebés. Los padres que carezcan de 600 euros pueden prepararse a ver cómo sus críos más tiernos pillan una meningitis o una neumonía, o se deshidratan de gastroenteritis. Hay más, pero por hoy ya se nos cae la cara de vergüenza lo suficiente. Sin que ni siquiera podamos decirnos: “Pero esto no es cosa nuestra”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 1 de diciembre de 2013. Tutelas permanentes

Las novelas, se dijo hace ya mucho, cuentan, entre otras cosas, la vida privada de las naciones, y lo más curioso es que a mi parecer la cuentan mejor y más nítidamente las que no nacen con ese ánimo, las que no pretenden ser realistas ni costumbristas ni trazar un “fresco” de su época. Yo veo mejor el Londres del siglo XIX en las obras de Dickens, llenas de personajes estrafalarios e inverosímiles, de casualidades que bordean lo inaceptable y de exageraciones sin cuento, que el Madrid de Galdós, que a menudo me resulta acartonado, sobre todo en tantos diálogos impasables y en tantas estampas apegadas en exceso a la literalidad de su tiempo, es decir, al reportaje. Uno de los reproches más tontos y rancios que se pueden hacer a una ficción (todavía increíblemente frecuente) es señalar que la gente no habla “así”, esto es, como los personajes. Dan ganas de contestar: “Pues claro que no, por fortuna. Una pieza literaria es siempre un artificio, un destilado de la realidad, algo calculado y despojado del soporífero ritmo del habla verdadera. La cortesía del autor es no obligarnos a tragarnos lo que ya conocemos y padecemos en la vida diaria. La reproducción exacta de las peculiaridades verbales de los individuos (eso que tanto elogian los críticos rudimentarios, que cada personaje tenga ‘su voz reconocible’) no deja de ser un abuso y una grosería”.

House_of_Cards_Serie_de_TV-644965875-largePero me he ido por las ramas. Quizá una de las razones por las que hoy vemos tantas series televisivas es que son éstas las que mejor nos muestran cómo son las sociedades actuales, sobre todo –de nuevo– las que no aspiran a ser “documentos”. Al fin y al cabo la realidad se cuela por todas partes, querámoslo o no, por lo que empeñarse en meterla con sus pormenores es una redundancia que además condena a la obra en cuestión a envejecer a velocidad de vértigo. Está más viva y nos dice más de Francia la estilización de Proust que el naturalismo de Zola, con todas sus “comprobaciones”. Ahora veo House of Cards, esa serie política con Kevin Spacey, y me llama la atención un pequeño episodio que revela mucho: una joven va en su coche; al pasar junto a un depósito de agua con forma de melocotón inmenso, envía un SMS a su novio con la gracia que se le ha ocurrido (“Cuando lo ves, ¿no te recuerda a un culo gigante?”), y se estrella. Un político rival primero, pero luego también los padres de la joven y la comunidad en pleno se lanzan a culpar del accidente a Spacey, por haberse opuesto en su día a que se derribara “el melocotonoide”, como es llamado. La responsable de su muerte no es en modo alguno la joven, por haberse distraído y puesto a manipular el móvil mientras conducía. La culpa es del depósito, por estar ahí, tan llamativo, y de quien impidió que se demoliera, y a nadie parece caberle la menor duda de eso. Sólo a Spacey, que sin embargo no osa argumentar públicamente lo que es de sentido común. De hacerlo, habría sido linchado o poco menos.

Me temo que ese episodio refleja, sin subrayados, lo que está aconteciendo en nuestras sociedades, que reclaman una minoría de edad y una tutela permanentes para los ciudadanos. Hace más de veinte años (he utilizado ese ejemplo en otros artículos) leí en Time lo siguiente: un ladrón se cuela en un aparcamiento, roba un coche, sale a toda pastilla y se empotra en un árbol; queda malherido y ha de pasar en el hospital varios meses; entonces demanda al aparcamiento por no haber tenido la vigilancia suficiente para haberle impedido robar el automóvil; de haber sido más cuidadosos, él no lo podría haber afanado, no habría salido escopetado ni habría sufrido roturas múltiples. El juez de turno admite a trámite la demanda, lo cual ya es asombroso. Todo lo estadounidense nos acaba llegando, sobre todo lo pésimo. Leo una carta en el diario que, a propósito de la tragedia del Madrid Arena, dice esto: “Ayer escuché por radio los testimonios de algunos jóvenes que denunciaban indignados que nadie les pidió el DNI a la entrada ni les pusieron trabas para pasar con recipientes de bebidas de hasta cinco litros…” Hay motivos para estar “indignado” con la organización de aquella fiesta y con la alcaldesa Botella. Pero la palabra choca en ese contexto, porque me imagino que en su momento esos jóvenes se frotaban las manos ante tantas facilidades y negligencias, y también choca que al redactor de la carta le parezca natural esa indignación a posteriori. ¡Tenían que habernos pedido el DNI y habernos prohibido el acceso! ¡Y habernos obligado a dejar fuera nuestros cinco litros! Recuerda demasiado a la actitud del ladrón americano: ¡cómo es que se me permitió robar un coche! A este paso, y salvando las insalvables distancias, los violadores excarcelados tras la invalidación de la doctrina Parot mal aplicada, podrán exclamar airados: ¿cómo es que no me pararon cuando forcé a dieciocho mujeres? La culpa no es mía. Si acaso de ellas, por existir y salir a la calle. Y lo mismo los terroristas de ETA: ¿cómo es que la policía no estuvo atenta y pude colocar una bomba? ¡Tenían que haberme interceptado! Si yo fuera Director de Tráfico, estaría temblando, porque cualquier individuo siniestrado podría espetarme: ¿cómo es que colocaron ustedes un cartel que ponía “Madrid 50 km”? Me distraje intentando dilucidar qué significaba esa misteriosa abreviatura, “km”. A quién se le ocurre tamaña imprudencia, ponernos jeroglíficos mientras conducimos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de diciembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 24 de noviembre de 2013. Un hombre de buen conformar

portada-tristram-shandy_grande“Mientras tú te rizas ese mechón”

En mi juventud pasé dos años conviviendo con él a diario, desentrañándolo y reproduciendo en mi lengua las 700 u 800 páginas de su obra maestra, Tristram Shandy, y unos pocos sermones de los que soltaba a sus feligreses en el pueblo de Coxwold, cerca de York, donde vivía cuando no estaba en Londres o viajando por el Continente, esto último sólo tras el gran éxito de esa novela, que resulta innovadora incluso ahora. Aprendí tanto de él, y me divertí tanto traduciéndolo, que, pese a haber hablado de Laurence Sterne otras veces, y aun a riesgo de repetirme, me sentiría un ingrato si no celebrara el día de hoy y le rindiera homenaje, ya que ese escritor jovial y atrevido, ingenioso y compasivo (pero jamás sensiblero), nació el 24 de noviembre de 1713, hace exactamente trescientos años. Sus dos obras principales, la mencionada y Viaje sentimental, se siguen editando y traduciendo a diferentes lenguas. Se reconoce que Joyce sale de él en buena medida, y no son pocos los novelistas actuales que lo veneran y reivindican, entre ellos Kundera y Vila-Matas.

Pero el que nació hace hoy tres siglos no fue el escritor, sino el individuo, y, por cuanto de él conocemos, parece haber estado en consonancia con el literato libre y jocoso. No siempre sucede así: hay textos intensos debidos a hombres o mujeres gélidos; hay libros que inducen a pensar en la generosidad de quien los alumbró, que sin embargo era alguien especulador y mezquino; hay obras encantadoras escritas por seres viles: traidores, delatores, esbirros de dictaduras, megalómanos y hasta homicidas. A veces el autor se vale de la ficción (la poesía lo es, no se olvide) para fingirse lo que no es, para ocultar su cara torva y ofrecer una noble y conmovedora. A veces se trata de algo más complejo, del espejo de las contradicciones. En el caso de Sterne se puede ir sobre seguro. Era un hombre divertido y festivo, capaz de hacer bromas sobre cualquier asunto, y su espíritu era cordial y amable. Claro que tuvo enemigos: irritaba a los solemnes, de los que no podía evitar burlarse cuando incurrían en idiotez supina, pero su sarcasmo solía ser indirecto y suave. Un añoso marqués francés pretendió la mano de su hija Lydia. Lo primero que le preguntó a Sterne fue cuánto podría darle a ella ahora y cuánto le dejaría a su muerte. Sterne le contestó: “Señor, le daré diez mil libras el día del casamiento. Mis cálculos son los siguientes: ella no ha cumplido los dieciocho, vos tenéis sesenta y dos, ahí van cinco mil; … ella tiene muchos talentos, habla italiano, francés, toca la guitarra; y como me temo que vos no tocáis ya instrumento de ninguna clase, … aquí termina la cuenta de las diez mil libras”. Un conocido lo describió así: “Todo adquiere el color de la rosa para ese feliz mortal; y lo que a otros se aparece oscuro y melancólico, para él presenta tan sólo un aspecto jovial y alegre”. Y él mismo anunció: “Cuando muera, se pondrá mi nombre en la lista de esos héroes que murieron bromeando”, la cual, aseguraba, encabezaba Cervantes.

Así, no es difícil imaginar que no habría objetado a los desaires póstumos, empezando por el que sufrió su cadáver. Murió en Londres en 1768 sin molestar a nadie, y fue enterrado sin pompa en una iglesia de Hanover Square. A los pocos días fue robado su cuerpo y entregado al profesor de anatomía de la Universidad de Cambridge. Cuando éste acababa ya la disección, un testigo reconoció al difunto. El profesor, incómodo por haber troceado a una gloria literaria, procuró que al menos se conservara el esqueleto, pero durante muchos años se buscó su calavera sin éxito entre los huesos cantabrigenses. No sé si al final hubo suerte: junto a la iglesia de St Michael, en Coxwold, que visité hace algún tiempo, hay una tumba y una lápida con su nombre, pero vaya usted a saber lo que encierran. Ahora me envían de Shandy Hall (la que fue su casa en Coxwold y ahora es lugar de visita y museo) un opúsculo en el que una tal Erica Van Horn relata brevemente su paso por el lugar natal de Sterne: Clonmel, en Tipperary, en el sur de Irlanda, donde él vino al mundo por mero azar: el regimiento de su padre, un abanderado, se hallaba allí cuando lo dio a luz su madre. Pero en fin, pocos son los pueblos que puedan presumir de haber sido el inicial albergue de un genio de la literatura. En Clonmel, sin embargo, sólo hay una borrosa placa conmemorativa, situada a demasiada altura para que los transeúntes la vean. En 2009 se inauguró un Bar Sterne. Los discursos del alcalde y de ex-alcaldes varios, de un profesor y de dignatarios, se alargaron tanto que a la gente se la desvió a otro bar, hasta que concluyeran. Para cuando por fin lo hicieron, a nadie le apetecía abandonar el segundo bar para pasar al recién inaugurado. Incluso las autoridades se trasladaron al que estaba animado, mientras en el Sterne una banda tocaba quedamente para nadie, o quizá sólo para la calavera y el esqueleto errantes. Tan sólo un año después de esas ceremonias, el Bar Sterne de Clonmel cerró sus puertas a sus doce mil almas.

Laurence Sterne se habría reído. Era hombre de buen conformar, eso que no existe ahora. Cuando la muerte se le venía ya encima, dijo que le “habrían gustado otros siete u ocho meses … pero sea como Dios lo quiera”. Lo conté en otro sitio hace más de veinte años, pero no importa: un testigo relató su ultimísimo aliento. “Ya ha llegado”, se limitó a decir Sterne, y levantó la mano, como para parar un golpe.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 17 de noviembre de 2013. Una comicidad irresistible

Si no fuera porque en nuestro mundo sin escapatoria todo trae consecuencias; si no fuera porque muchas de las sandeces se toman en serio y se traducen en prohibiciones y en pérdida de libertades; si no fuera porque cada vez están peor vistos la ironía y el sarcasmo, y acabarán perseguidas la broma y la guasa; si no fuera por todo esto, nuestra época sería de una permanente comicidad irresistible; y, pese a la crisis y la creciente penuria de demasiadas personas, las amenazas terroristas, los inmigrantes que mueren y todo lo que nos oprime y angustia, nos bastaría con hojear el periódico o echar un vistazo a las noticias para recuperar el humor y reírnos un minuto a carcajadas. No descarto ser yo el anómalo, desde luego, pero casi todo lo que sucede me parece ridículo de un tiempo a esta parte. No me refiero, claro está, a las actuaciones de nuestros políticos, que nada tienen de graciosas y en su mayoría son injustas y graves para la población, aunque casi siempre vengan acompañadas de explicaciones en sí mismas hilarantes, por chocarreras, zarrapastrosas, inconsecuentes o directamente imbéciles. Sino a las reacciones de la sociedad ante los hechos “menores”. En la cara amable del mundo (llamémosla así), casi todo es solemne y desmedido.

Veamos algunos ejemplos más o menos recientes. El nefasto Presidente de la FIFA, el suizo Joseph Blatter, que aún no ha hundido del todo el fútbol pese a llevar muchos años esmerándose en ello, se reúne con estudiantes de Oxford y, con cara enrojecida y aspecto de estar muy bebido, hace una parodia sin gracia del jugador Cristiano Ronaldo (ya saben, el famoso humor suizo, que tantas aportaciones ha hecho a la historia de la risa). En vez de limitarse a contemplar su performance con indiferencia y lástima, el Real Madrid envía un comunicado de campanuda protesta, y el propio Cristiano se siente agraviado porque Blatter lo haya “militarizado” comparándolo con un comandante y lo considera un insulto a él, a su club e incluso a su país entero (Portugal, célebre por su belicosidad y sus ejércitos). Y centenares de miles de internautas y tuiteros se abalanzan a manifestar su indignación y a exigir la dimisión del aparente beodo (no que no haya otros motivos, de más peso, como llevar un Mundial a Qatar, sin ir más lejos). Poco después, ese simpático modisto llamado Lagerfeld declara que “Nadie quiere ver gordas en las pasarelas”, lo cual, aparte de intranscendente, puede ser bastante cierto, o si no los desfiles estarían llenos de obesas y obesos, ante la demanda de la concurrencia. La frase, sin embargo, le ha valido ser denunciado ante la justicia francesa por ser “difamatoria y discriminatoria contra la comunidad de mujeres gordas” (sic); aunque éstas estén repartidas por todo el planeta y no se conozcan entre sí, forman una comunidad, por lo visto. Lo más sublime es el nombre de la asociación que llevará al modisto ante los tribunales, a poco que un juez tieso y severo admita a trámite la denuncia: Guapa, Gorda, Sexy y Lo Acepto. En realidad, sólo por lo logrado del nombre (y por sus mayúsculas), merecen esas mujeres que se les haga caso.

Hace un par de años defendí aquí a otro modisto, el pobre Galliano, que fue crucificado y perdió el empleo por encararse en un café, borracho –es decir, en ocasión privada–, con unos pesados y decirles algo así como que Hitler había hecho mal su trabajo por no haberlos exterminado. Como solía saber todo el mundo, la gente suelta barbaridades a menudo cuando está embriagada, y lo normal era no tenérselas demasiado en cuenta. La reacción universal me pareció tan desproporcionada que desde entonces Galliano se ha convertido en uno de mis idolillos: un tipo que acostumbra a aparecer festivamente disfrazado de torero, de gaucho, de marinerito o de zíngara no puede ser, a la fuerza, sino pueril y casi inofensivo. Sigue pidiendo perdón por doquier y haciendo méritos, porque quienes lo filmaron en su exabrupto le arruinaron la carrera. En otro extremo del globo, el Presidente de Venezuela, Maduro, asegura con grandilocuencia que la cara de Chávez se ha dibujado en una pared del metro, y sus feligreses le creen sin esbozar ni una sonrisa; con anterioridad lo había “sentido” convertido en un pajarito (hasta imitó sus silbidos), lo cual es sin duda un fenómeno: dado el grosor que alcanzó el Comandante, resulta milagroso que lo encajara todo en un “pajarito chiquitico”. Me habría parecido más verosímil que formara parte de las Guapa, Gorda, Sexy y Lo Acepto. Francamente.

La Academia de la Publicidad ha obsequiado a la RAE, por su tricentenario, con un anuncio en el que una madre riñe a un niño en un español desastroso, y luego, tras mirar el Diccionario, le vuelve a echar la regañina con corrección gramatical y léxica. También han llovido improperios: ¿por qué ha de ser una mujer la que hable mal? Supongo que tenía que ser una mujer o un varón, una de dos, y que daba lo mismo. Quizá los de la Publicidad deberían haber elegido a un progenitor hermafrodita, transmitiendo así una imagen muy realista. Claro que entonces se habrían soliviantado los escasos hermafroditas, con mayor razón, imagino. La verdad, no hay manera de decir ni hacer nada sin ofender hoy a alguien y ser objeto de denuncia. La vocación inquisitorial es la más extendida, y el mundo está dominado por la susceptibilidad exacerbada. Si no fuera porque ésta trae consecuencias –ya lo dije al principio–, aquél sería un lugar bienaventurado, de una comicidad irresistible.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 10 de noviembre de 2013. Las no tan viejas lealtades

Dentro de un rato veré el primer Barça-Madrid de la temporada, y descubro que en gran medida lo voy a hacer por inercia, por costumbre, porque uno ya no tiene edad de cambiar de hábitos ni de despreciar esos partidos. En un pasado no lejano me desesperé en Nueva York el día de este mismo encuentro: recorrí todas las cadenas que me ofrecía el hotel con la esperanza de que alguna –tal vez hispana– se dignara retransmitirlo, pero no hubo suerte. En otra ocasión, en Buenos Aires, me puse ante la televisión a una hora absurda, desatendiendo quehaceres en la ciudad que visitaba. Y una noche maldije a mi antiguo compañero de colegio y médico de cabecera José Manuel Vidal –no me arrepentí, pues son diarias las bendiciones que le envío desde hace catorce años– por habernos convocado a los miembros de nuestra promoción, en su casa, justamente un sábado de Barça-Madrid. Luego recordé que además no tenía culpa, pues ya en los recreos nos había mirado por encima del hombro a los futboleros.

portada-salvajes-sentimentales_grande¿Qué me pasa este año, y me pasó también en los tres anteriores? Aunque escribí hace mucho un artículo titulado ”La recuperación semanal de la infancia”, en el que me asombraba del ánimo pueril con que en plena edad adulta uno se disponía a ver los partidos cruciales, quizá mis años de ahora ya no me permiten volver a los diez u once nunca, ni siquiera cuando saltan al campo los blancos y los blaugrana. Tal vez. Pero curiosamente mi indiferencia coincide con la llegada de Mourinho a mi equipo de toda la vida. Ya no está en él este individuo que era la negación absoluta de lo que para mí había representado el Madrid. Ya no está, pero uno no se recupera de semejante baldón de la noche a la mañana, menos aún cuando su espíritu megalómano y fullero parece haber impregnado a parte de la masa social del club y –todavía más grave– a su presidente, que al fin y al cabo fue quien lo trajo y le otorgó plenos poderes, quien defenestró por complacerlo a alguien que sí entendía al Madrid como Valdano y orilló a Zidane por si acaso, y se puso de su parte en su persecución de Iker Casillas. Y me doy cuenta ahora de que no soy tan distinto del de los diez u once años. Por entonces el Madrid echó a Di Stéfano injustamente, y los niños de la época nos enfurecimos tanto que a punto estuvimos de hacernos del Español (!), al que se marchó nuestro gran ídolo. Los niños son fieles y apasionados y a veces mortalmente serios en sus lealtades. Tienen memoria y son agradecidos, a diferencia de muchos de los adultos que los suplantan. Poseen un fuerte sentido de la justicia y se indignan ante su opuesto. Y Casillas, pese a ser portero, y de la cantera, es hasta cierto punto el Di Stéfano de nuestros tiempos, con el añadido de que, al ser también guardameta de la selección, ya no pertenece sólo al Madrid, sino un poco a todos. Conozco a culés desaforados que le profesan simpatía y respeto, algo apenas visto hacia un jugador del rival máximo. Al parecer, su gran pecado –por el que todavía paga–fue resistirse a las imposiciones de un entrenador ponzoñoso y ególatra que, para colmo, ejerció pésimamente su oficio, como demuestran el feo juego y sus fracasos a lo largo de tres temporadas eternas.

El declive al que todo futbolista está condenado ni siquiera se había iniciado en Casillas cuando lo privó de la titularidad el enfermizo fatuo. Que el insustancial Ancelotti perpetúe su suplencia sin motivo claro hace sospechar que obedece órdenes de arriba, del valedor de Mou­rinho. Lamento que Diego López, un buen y paciente portero, aparezca como “usurpador”. Carece de culpa, y además es hombre discreto. El problema estriba en que, sin negarle sus cualidades, resulta que Iker Casillas es de los que obra milagros. No es lo mismo ver la meta guardada por un jugador competente que por uno capaz de evitar goles en contra que uno da ya como seguros, y que le hace maravillarse de que no hayan entrado. Si algo no perdonan los niños –ni siquiera los niños adultos– es la ingratitud. El paso de Mourinho por este club fue infeccioso, y la infección aún perdura. Ese individuo logró convertir en verdades todas las falacias que los antimadridistas llevaban décadas propalando: un equipo prepotente y desdeñoso, que intentaba intimidar a árbitros y rivales, que ganaba con jactancia y perdía con malos modos. Incluso le añadió un sambenito que nadie le había achacado: un equipo victimista y quejoso. En los últimos años el Madrid ha sido ingrato con Raúl y Guti, jugadores a los que los aficionados deben alegrías sin cuento y proezas inverosímiles, al primero, y toques de distinción, al segundo, como no se recordaban desde Velázquez o casi. Ahora lo está siendo con Casillas, que desde los tiempos en que se lo llamaba “el muchacho” no ha cesado de obrar milagros bajo los palos, y encima se ha comportado siempre con dignidad y compañerismo y una nada demagógica nobleza. No sorprende que lo odien los tertulianos maleantes de la extrema derecha, los mismos que idolatran a Mourinho: Dios los cría y ellos se juntan, en España más que en ningún otro sitio. Esa es una de las razones de mi indiferencia de hoy: no ver saltar al césped a Casillas es como no ver hacerlo a Di Stéfano cuando yo era niño. En eso, al menos –en la fidelidad y el agradecimiento–, compruebo que por fortuna no he cambiado tanto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 3 de noviembre de 2013. ¿Por qué nada sirve nunca de nada?

Van a cumplirse dos años desde las últimas elecciones. Sí, sólo dos años, aunque parezca que Rajoy, Sáenz de Santamaría, Montoro, Mato, Wert y demás conmilitones lleven burlándonos una eternidad. Como me considero un hombre común, estoy convencido de no ser el único al que lo siguiente causa perplejidad: en este periodo se han aplicado incontables recortes en todo lo habido y por haber, pero sobre todo en lo que a la gente le importa más, con el consiguiente deterioro en sanidad, educación, ciencia, investigación, cultura, limpieza y transportes públicos. Las partidas presupuestarias han caído en todos los ámbitos; los enfermos “copagan” sus medicamentos (es decir, los pagan dos veces); los “dependientes” se han quedado sin asistencia y algunos pacientes crónicos han de contribuir a sufragar las ambulancias que los transportan para sus tratamientos; la electricidad ha subido varias veces, mientras los sueldos bajan o permanecen congelados desde hace años y en cambio el IPC continúa creciendo; los pensionistas han visto mermado su escaso poder adquisitivo (un aumento del 0,25% anual es una merma salvaje, teniendo en cuenta cuánto más se encarece la vida); en el Ejército empieza a faltar personal de adiestramiento; el mal funcionamiento de los organismos públicos se ha agravado por la reducción de plantillas; se jubila por la fuerza a médicos y sus plazas no se cubren, y lo mismo sucede con los profesores, de secundaria y de estudios superiores; las tasas universitarias están por las nubes, se restringe la concesión de becas. Todos los impuestos nos han sido elevados, en contra de lo prometido por el candidato Rajoy. En vez del 15%, nos retienen el 21%, y esa medida “transitoria” ya está prorrogada para 2014. También el IVA está en el 21% para casi todo, y eso ha conducido al cierre de cines y teatros y a la pérdida de más y más empleos. El presupuesto para bibliotecas públicas fue de cero euros en 2013. Según Sérvulo González, de este diario, “La carga fiscal nunca ha sido tan alta en al menos dos décadas … Rajoy ha impulsado la mayor subida tributaria de la historia reciente … Pero las bases imponibles siguen en caída libre debido a un empobrecimiento de los hogares (hay menos renta que gravar, menos consumo y las empresas ganan menos)”.

No hemos acabado, se rasca hasta el miserabilismo: las gasas, tiritas y demás, que hasta ahora soportaban un IVA del 10%, lo acarrearán en breve del 21%. Los bancos, no se olvide, han recibido miles de millones de los contribuyentes, pero niegan líneas de crédito a la mayoría de pequeñas y medianas empresas, así como a los particulares que los salvaron de la bancarrota. La perplejidad es elemental: ¿cómo puede ser que todos estos brutales recortes y ahorros, y toda esta monstruosa operación recaudatoria (un saqueo, un expolio en regla), no sirvan nunca de nada? Está previsto que el paro crezca aún más, las empresas siguen arruinándose, los comercios echan el cierre, el consumo está por los suelos. El déficit empeora y la deuda apenas mejora. ¿Dónde va a parar todo ese dinero, el que no se gasta en servir a los ciudadanos y el que se les sustrae con variadas triquiñuelas legales? ¿Por qué nada surte efecto? Hay una respuesta obvia: estamos en manos de incompetentes que además carecen de escrúpulos. Pero ¿tan incompetentes? Excede toda verosimilitud. Para la ausencia de escrúpulos no hay límite de verosimilitud.

Lo prueba que, en medio de esta depauperación general, el Gobierno cuente con unos 600 “asesores”, es decir, individuos opacos designados libremente y a los que nadie ha votado, y que, al no ser funcionarios, tampoco ven rebajados ni congelados sus arbitrarios sueldos. El Ayuntamiento de Barcelona, a su vez, cuenta con 262, y el de Madrid no se sabe si con 231 o 254, mientras el de París, con más millones de habitantes, se asesora sólo con 36, según Acosta Vera, lector de este diario. Multipliquen por el número de ciudades de España. Añadan los “asesores” de los 17 gobiernos autonómicos, y les saldrán millares de personas nombradas a dedo, en su mayoría inútiles y parasitarias (ya se ve cómo funciona todo) y que cobran cantidades misteriosas de los Presupuestos del Estado. Lo más sangrante, con todo, es esto: si alguien es Presidente, ministro, alcalde, consejero autonómico o concejal, se supone que posee conocimiento y criterio para desempeñar su cargo y que no necesita de ningún asesor, no digamos de 262. Es como si yo no escribiera mis libros –aunque los firmara– y tuviera a mi disposición un nutrido equipo de “consejeros” y “negros”, por qué no. De la misma manera que si soy novelista se da por descontado que sé escribir mis novelas y decido en ellas sin ayuda de nadie, y me documento si me toca hacerlo, de un cargo público debe esperarse que él o ella sean sus propios “asesores”, y que dimitan si no es así y dejen su puesto a quien sepa de verdad. O bien que el salario de los 262 “asesores” de Barcelona, los 231 de Madrid y los 600 del Gobierno central se reste de los que respectivamente perciben Xavier Trias, Ana Botella y Mariano Rajoy. Al fin y al cabo, el primero tiene el sueldo político más elevado de España. Lo cual, dicho sea de paso, también carece de explicación, e incluso de verosimilitud.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de noviembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 27 de octubre de 2013. El negocio de prohibir

Ya no se sabe si la avidez recaudatoria de las actuales autoridades españolas no conoce límites –bueno, saqueadora–, o si la vieja pasión prohibidora de este país emerge al menor pretexto, o si se trata de una mezcla de las dos, lo más probable. En poco tiempo nos han obsequiado con varias medidas, a cual más injusta, demente y desfachatada, todas dictadas por esos dos ánimos: prohibir por prohibir y estrujar aún más al ciudadano, como si no bastaran las enloquecidas subidas de impuestos de Rajoy y Montoro, en contra de sus promesas electorales y, según dijeron, “provisionales”, pero ya prorrogadas uno o dos años más, por lo menos hasta 2015. Como en esa fecha habrá elecciones, bajarán algo esos impuestos a ver si los votan los de su propio partido. Visto lo que podemos fiarnos de su palabra, y de la del PP en general, es seguro que, si redujeran la presión fiscal, sería para incrementarla en seguida en 2016, y de lo dicho nada, y además “no hay otra solución”.

Pero a lo de ahora. Primero se nos comunicó que a partir de pronto se harán pruebas de alcoholemia a los peatones infractores y se los multará. Es decir, si alguien lleva prisa y se salta un semáforo porque no se ve ni un coche en lontananza, habrá que comprobar si ha bebido un vaso de vino o dos, y, de ser así, se la cargará bien cargada. Otro tanto si un transeúnte desciende a la calzada y camina junto al borde, cosa que en Madrid, por ejemplo, nos vemos obligados a hacer todos a menudo porque las aceras están intransitables, llenas de obstáculos puestos por el Ayuntamiento: pivotes de piedra o de hierro, chirimbolos, motos y bicis a las que se permite aparcar, gigantescos contenedores, bandas de pseudojazz, vallas y zanjas de obras inútiles, papeleras desbordadas, andamios por doquier. Así, las autoridades ocupan las aceras hasta impedirnos ir por ellas, y a continuación deciden cobrarle al que las abandona para avanzar. Negocio redondo, el de forzarnos a infringir las reglas para luego multarnos por ello.

Al poco nos enteramos de que la alcaldesa de Fuengirola, del inevitable PP, ha prohibido que en la Feria de su localidad suene música en otra lengua que el español, y –ojo– español de aquí: no sólo no permite “géneros como funk, rap, reggaeton, electrónica, metal, alternativa, hip hop, reggae, heavy metal, country, punk y gótica”, sino tampoco “ritmos latinos en general”, aunque estén cantados en español. Asimismo ha dictaminado sobre la decoración de las casetas, que deberá basarse en “elementos relacionados con Andalucía, su cultura, arte y tradiciones”, y al que no cumpla lo visitará la policía. Que esta tal Doña Oña imponga a sus conciudadanos lo que han de oír y bailar, y hasta cómo deben engalanarse, es sin duda anecdótico, pero delata un espíritu totalitario que ríanse de Stalin. De hecho la aproxima mucho a Franco, que proscribió todos los nombres extranjeros, de cines, hoteles, cafeterías y demás. Oí contar que el cine Colón de mi infancia se había llamado Royalty, hasta que el dictador lo condenó por poco español.

A continuación nos anuncian una nueva ordenanza municipal para Madrid, y a raíz de eso se nos revela que está parcialmente inspirada en las ya vigentes en Sevilla, Barcelona, Málaga, Benidorm, Bilbao, Granada y otras ciudades. Al leer la lista de lo que prohibirá y multará esa ordenanza, uno se pregunta si queda algo que no sea una infracción, y si pronto no nos cobrarán por salir a la calle y transitar. Junto a algunas prohibiciones razonables y ya existentes, pero que no se suelen respetar (orinar en la vía pública, algo que uno ve hacer de continuo con total impunidad; no llevar perros peligrosos sin bozal; encender hogueras, etc.), nos encontramos con que habrá multas de hasta 750 euros por limosnear ante un centro comercial; de hasta 1.500 por intentar limpiar un parabrisas o vender kleenex en los semáforos, por “juegos o apuestas con dinero” (esto en una comunidad que ahora adora a la Virgen Tahúr de Eurovegas y a San Adelson el Turbio, será para que ningún trilero haga competencia a sus casinos), o por “promover la prostitución”. No se aclara qué cae bajo ese verbo ambiguo, guiñarle un ojo a un viandante debe de ser parte de ello. También se pregunta uno cómo pagarán 750 o 1.500 euros un mendigo, un vendedor de kleenex o un limpiador espontáneo, más aún cuando, gracias a la política de recortes y despidos fáciles del Gobierno y la CEOE, cada día más gente se ve empujada a tan miserables menesteres porque no le queda otro remedio. Y luego se pregunta uno qué se hará con los no pagadores, que serán todos: ¿se los meterá en la cárcel, estando todas ya saturadas? ¿Se los expulsará de la ciudad o del país? Todo da la impresión de ser un capítulo más en el proceso de eliminación de los pobres. A usted se lo multa y persigue sólo por eso, por ser pobre, hay que ver. Lo sangrante es que al mismo tiempo este Gobierno hace todo lo posible por incrementar su número, y por que pasen a serlo quienes no lo eran ni lo son. Entre eso y la nueva emigración forzosa de jóvenes y no tan jóvenes, uno empieza a sospechar que a lo que aspira el PP es a despoblar el país y a que en España no queden en libertad más que sus votantes y unos cuantos indiferentes. Sería la única manera de asegurarse la perpetua reelección. El único inconveniente es este: ¿quién quedaría para tributar a Hacienda, esto es, para pagar a sus miembros y “asesores” sus cuantiosos sueldos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 20 de octubre de 2013. Suerte que no hay simios en Ohio

1382108523_322679_1382112485_miniatura_normalCreo que era el Estado de Ohio, pero ya no estoy seguro. De hecho ni siquiera lo estoy de haber oído bien en un telediario, de si fue un espejismo auditivo o lo he soñado. No he visto luego la noticia en prensa, ni he leído una línea al respecto. Lo que más me hace dudar, sin embargo, es mi resistencia a aceptar –y miren que estamos escarmentados– que los idiotas lo sean tanto y que además tengan poder y manden. Sobre la imbecilidad se vienen soltando sentencias desde la Antigüedad. Se atribuye a Plinio –o tal vez a Apuleyo, en todo caso a un romano– la frase “Si los tontos volaran no se vería el sol”, y a menudo es citada por mis colegas la irónica vacilación de Einstein: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y carezco de certeza acerca de la primera”. Bien es verdad que a veces hacen suyas estas citas individuos que yo considero memos completos. Cuando le leí a un articulista “Si hubiera un tonto más en España, no cabría, se caería al mar” (o algo por el estilo), recuerdo que pensé de inmediato: “Debería aplicarse el cuento y tirarse por la borda”. Así que, cuando uno habla de imbecilidad, debe hacerlo con precauciones, porque su percepción es subjetiva, y cualquier lector podría decirse ahora lo mismo: “Mira quién fue a hablar, el cretino de Javier Marías”.

Pues bien, admitiendo la posibilidad de que yo sea un cretino –nunca se sabe a quién se lo puede uno parecer, aunque me reconforta que me tengan por tal algunos escritores, columnistas y políticos, su aprobación me preocuparía–, soy incapaz de juzgar con ecuanimidad la decisión del Estado de Ohio, que además se aprestaban a imitar, en cuanto entrara en vigor, varios Estados más de los llamados Unidos, a saber: se ha sancionado como “discriminatorio” hacia los ciegos que, como sucedía hasta ahora, no se les permita tener licencia de armas, ni portarlas ni hacer uso de ellas, de modo que a partir de la nueva ley estarán autorizados a poseer arsenales y a pasearlos por las calles, ya que, como ustedes sabrán, los fanáticos de la NRA o Asociación Nacional del Rifle no se suelen contentar con guardar un Colt o una Glock en sus hogares, sino que se proveen con frecuencia de metralletas, granadas, fusiles de asalto y hasta bazookas o sus equivalentes más modernos. A partir de cierta edad los conductores de coches son sometidos a pruebas médicas periódicas para comprobar cómo andan de reflejos y de la vista, y el carnet no se renueva a los que no las pasan, por el peligro que suponen. Varios Estados americanos, en cambio, con el de Ohio a la cabeza, han dictaminado que privar del derecho a la tenencia y uso de armas a quienes no ven ni torta y podrían disparar “al bulto” y a voleo, no es una medida sensata y prudente, sino “discriminatoria” con los pobres e indefensos invidentes. Por si acaso, no pondré pie en Ohio, temeroso de encontrarme con tipos fieros que en una mano lleven bastón blanco y en la otra un Kalashnikov de gatillo paranoico y fácil, que apretarán “de oído”.

Estamos alcanzando un punto en el que no sé qué habrían dicho Plinio o Einstein de haber llegado hasta nuestros días. A este paso, habrá enfermos de Parkinson con temblorosas manos que verán “discriminatorio” que no se les permita ser cirujanos; mancos que protestarán porque no se los admite en concursos de halterofilia o en combates de boxeo; viejos decrépitos que reivindicarán su derecho a ser figuras del toreo; alfeñiques que recurrirán ante los tribunales por no haber sido aceptados en los cuerpos de policía o de bomberos “con menosprecio de su aspecto físico”; cojos que se enfurecerán porque el London Royal Ballet ha rehusado hacerles pruebas como bailarines; sordos que no se contentarán con componer, como Beethoven, sino que reclamarán su oportunidad de ser críticos musicales. Les ruego que no se tomen todo esto como exageración ni como broma, porque ya estamos en ello: hay montones de escritores incompetentes a los que se les publican sus libros (eso sí, después de que las editoriales hayan quitado las faltas de ortografía y adecentado el texto ilegible); traductores que desconocen las dos lenguas, la de origen y la de destino; las radios y las televisiones están llenas de individuos a los que Dios no había llamado por la senda de la comunicación, con desagradables voces –tipo Montoro– o con frenillo, con horribles dicciones e incapaces de completar una frase con sentido (¿qué es todo eso para “discriminarlos”?); hay cientos de actores mascullantes que requerirían subtítulos; y no son raros los casos de personas en sillas de ruedas que deciden escalar el Everest, lo cual me parece bien, allá ellas, pero no deberían esperar un rescate si el vehículo se les atora en un risco. (Quizá sí exagero en este ejemplo, pero no mucho.)

Dado que hoy hay numerosos “animalistas” (incluidos miembros del PSOE) que exigen que se conceda el estatuto de “personas” a todas las bestias, pero sobre todo a los grandes simios (Proyecto Gran Simio lo llaman, creo), supongo que no está lejos el día en que a los chimpancés y gorilas se les otorgue el permiso de tener, portar y usar armas, para no “discriminarlos”. Entonces nadie podrá hacer la vieja comparación castiza “Ese tío tiene más peligro que un mono con una ametralladora”, por racista e inadmisible. Menos mal que, de momento, y que yo sepa, en Ohio no hay grandes simios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 13 de octubre de 2013. Y luego van y lo cuentan

No se ha visto en los últimos años mayor ejemplo de “Trágame, tierra” que el de los informativos de TVE y los diarios gubernamentales con la candidatura Madrid 2020. Esos informativos se volcaron, hicieron un monográfico permanente, enviaron a un montón de colaboradores hasta Buenos Aires en un momento en que esa institución sufre recortes sin cuento; emitieron desde allí sus telediarios y ofrecieron en directo las penosas intervenciones de las que hablé hace una semana, para que admiráramos bien el don de lenguas –incluido el español– de varios de nuestros representantes. Huelga recordar que el tono de los locutores era de lo más triunfalista, se ignora por qué motivo o hay que suponer que recibían órdenes. Parecía que se iba a asistir a la coronación de Madrid, y por ende de España, y por ende del PP y del Gobierno. En cuanto la ciudad quedó eliminada a las primeras de cambio, sin ni siquiera suspense, esos informativos se pusieron a silbar y a mirar hacia otro lado, como si lo que acababan de ofrecernos en programación machacona y única jamás hubiera acontecido o, en el mejor de los casos, les trajera sin cuidado. Se aproximaron en su reacción de despecho a la que padeció el jefe de Opinión –jefe de Opinión, santo cielo– de uno de esos diarios gubernamentales. Con una cursilería infinita, contó al día siguiente cómo, mientras aguardaba el resultado de la votación en ascuas, salió “a rezar un padrenuestro al cielo de Madrid”. “Un hombre pío”, pensé al leerlo, “que cree en la eficacia de las plegarias hasta para las mayores chorradas.” Pero en vista de que ni Dios ni los miembros del COI le hicieron caso, su espíritu cristiano se desvaneció al instante y concluyó su pieza con la misma maldición que eligió para titularla, “¡Que les parta un rayo!”, sin que sus lectores tengan claro a estas alturas si les deseó la muerte a esos ingratos miembros o a Dios y a sus cohortes de ángeles, por desoír su padrenuestro, los muy cabrones.

Algo se ha hablado, pero poco, de lo que le han costado al erario las tres tentativas fallidas y consecutivas de Madrid para ser sede olímpica. Dinero tirado, esquilmado a los ciudadanos. Tampoco se ha hablado lo bastante del masivo desembarco de individuos en Buenos Aires: unas 180 personas según unas fuentes, cerca del doble según otras. Mientras aún duraba la fiesta injustificada en los telediarios, los locutores no tenían reparo en anunciar: “Parece que por fin va a acudir Fulano, y Mengana, y Zutano”. La capital argentina se llenó de ministros, funcionarios, miembros olímpicos y deportistas. Con todo respeto, y sin desdeñar sus méritos, uno se preguntaba cómo podía influir la presencia allí de un campeón de taekwondo al que conocen seis, o de las medallistas de waterpolo a las que conocen doce… y desde luego ningún miembro del COI con derecho a voto. Toda esa gente hizo vuelos de ida y vuelta de unas doce o trece horas, se alojó una o dos noches (o más, no sé) en un hotel bueno; desayunó, almorzó y cenó, me imagino; fue llevada y traída y paseada inútilmente en tiempos en que se nos obliga a todos a no gastar, con la congelación o la bajada de salarios, la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones, los brutales recortes y desmantelamiento de lo que nos importa (sanidad, educación, investigación, ciencia, cultura).

Resulta que, además, al individuo encargado de los discursitos, y de dar clases de interpretación (?) a los ponentes, se le pagaron 220.000 euros por tamaña porquería. Ni siquiera se entiende que hubiera que contratar a nadie para “crear” semejantes vulgaridades, se le habrían ocurrido sin ayuda al más ignaro concejal del Ayuntamiento o a la propia Botella. También se pagó a otra agencia 2,4 millones de euros por la “estrategia internacional de comunicación”. Es de esperar que tanto esta agencia británica como el “entrenador” y autor de los textos, Terrence Burns, se hundan en el descrédito profesional a partir de ahora. ¿A quién se le ocurre utilizar como reclamo la Plaza Mayor y el Madrid de los Austrias, tal como los han dejado los últimos alcaldes del PP y los tiene hoy Botella? La primera hace años que está decorada por pobres indigentes –filas enteras– que duermen bajo sus soportales; sus arcos de acceso se han convertido en los urinarios de borrachos y sobrios, con el inaguantable hedor consiguiente, y, como ya he contado aquí, las ratas corretean de noche entre las mesas de las terrazas, algo sin duda “relajante”. Los suelos de granito de todo el centro eternizan hasta la mancha de un chicle arrojado, luego están todos llenos de churretones repugnantes. Las papeleras se vacían poco y desbordan, Madrid es la ciudad más guarra que he visto, y he visto unas cuantas. Las plazas céntricas (Sol, Callao) también han sido granitizadas y ahora se cuentan entre las más feas del mundo: espacios sucios, desabridos, inhóspitos, con un solo arbolillo suelto o ninguno, sin un banco en el que tomar asiento, transformadas en contra de los ciudadanos. Hasta la secundaria Plaza de las Cortes se la ha cargado el célebre Siza, que continúa amenazando el Paseo del Prado: si ha sido tan buen arquitecto, parece como si el talento abandonase a todo el mundo en cuanto entra en contacto con nuestro Ayuntamiento contaminante. Mientras los turistas han aumentado este año en toda España, Madrid ha perdido un 22% sólo en agosto. A nadie se le ocurre pensar que tal vez sea porque a la mayoría les da por pasearse por nuestra deteriorada Plaza Mayor y nuestro inconcebible centro, y luego van y lo cuentan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 6 de octubre de 2013. Para entendernos por ahí perfectamente

Como a los columnistas del dominical nos toca entregar las piezas dos semanas antes de su publicación, rara vez debemos ocuparnos de los asuntos más llamativos. Para cuando nuestros textos vean la luz, habrán ustedes leído docenas de artículos al respecto y se habrá dicho cuanto cabía decir sobre ellos. Si a eso añadimos los instantáneos e incontables tuits planetarios, carece de sentido que ahora agregue yo una sola palabra sobre la infausta presentación de la candidatura olímpica de Madrid 2020, en Buenos Aires. Pero compréndanme: soy madrileño de Chamberí y vivo cerca de la Plaza Mayor, y creo que mi conocimiento de la lengua inglesa me autoriza a emitir juicios sobre el dominio que de ella poseen los españoles “importantes” que se atreven a hablarla: he vivido en Inglaterra y algo en los Estados Unidos, he traducido obras difíciles de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, he dado clases, conferencias, lecturas y entrevistas en ese idioma. Y precisamente por eso sé que hoy, y desde hace tiempo, ir por el mundo sin desenvolverse en inglés es como caminar con una pierna, ver sin gafas cuando uno padece un montón de dioptrías o –más ajustada la comparación– mostrarse como un imbécil completo sin capacidad de intelección ni entendimiento.

El inglés es una lengua endiablada, y lo sabemos quienes llevamos toda la vida manejándonos con ella, siempre de manera imperfecta: está llena de excepciones a las reglas y de excepciones a las excepciones; la distancia entre la ortografía y la fonética es enorme; las construcciones sintácticas pocas veces son sencillas. Pero también es cierto que el mundo está lleno de gente extranjera que consigue expresarse en ella decentemente, incluidos futbolistas, por mencionar un gremio sin mucho motivo para aplicarse en su estudio. Y si hay futbolistas que la dominan, no hay excusa para que no lo hagan nuestros presidentes de Gobierno ni nuestros ministros, o la alcaldesa de Madrid y el presidente de nuestro Comité Olímpico, Alejandro Blanco, que se supone que llevan años viajando por ahí, “haciendo lobby” –como se dice en pseudoespañol últimamente– y recabando votos para lograr algo difícil, todo a cargo –en parte– de los contribuyentes. A Ana Botella, como a su marido, Aznar, hace tiempo que los engaña alguien que les ha hecho creer que hablan y entienden el inglés, cuando es un idioma apenas comprensible a sus oídos y estropajoso y casi ininteligible en sus bocas. Como el matrimonio parece soberbio, mujer y marido se han apresurado a creerse el engaño, y a hacer el ridículo por tanto. Uno se pregunta en cuántas más cosas –de mayor importancia– son engañados los políticos por sus infinitos consejeros aduladores, y cómo es que aquéllos están siempre dispuestos a tragarse las trolas que los halagan. ¿Son todos tan jactanciosos y fatuos como parecen? Aparte de eso, hubo por lo visto un “autor” del discursillo memorizado de Botella, un tal Burns, responsable de una empresa que ha cobrado no sé si uno o dos millones de euros por prestarle semejante plática y servicios similares. No se sabía si Botella estaba en la teletienda, soltando un anuncio de agencia de viajes o –su donairosa entonación y su gesticulación “pícara” inducían a pensarlo– invitando a los miembros del COI a echar una cana al aire: “Madrid is fun! A quaint romantic dinner in el Madrid de los Austrias! The magic of Madrid is real!” Todo pronunciado macarrónicamente e incluso con los acentos cambiados: “Friend-shíp”,dijo, como si fuera vocablo agudo … El rubor arrasó mis blancas mejillas.

Pero aún más sonrojante y grave fue el caso del señor Blanco, adalid de nuestro proyecto. Se le oyó menos, pero lo suficiente. “No listen the ask”, respondió una vez, alegando que no había oído una pregunta. Pocos días más tarde lo vi en televisión: “Bueno, hablamos inglés como la mayoría de los españoles, pero vamos, le aseguro que lo bastante bien para entendernos por ahí perfectamente”, algo así dijo, con suficiencia. Pues no. Les juro que alguien capaz de contestar “No listen the ask” (pongamos “Escuchar no lo cuestionar”, y soy benévolo con la equivalencia) no puede entenderse en inglés con nadie, ni en lo más elemental. Y ese señor no es “la mayoría de los españoles”, que ya tienen bastante con hablar su lengua, sino un individuo que lleva años pagado por el Estado –en parte–, efectuando una tarea para la que no es competente, y él ha de ser el primero en saberlo.

Cuando pasaron al español tras la eliminación de Madrid, no fue mejor la cosa. Veamos. Ese señor Blanco declaró con pompa: “La derrota supone también una victoria” (???). Y no contento con la sandez y la contradicción en los términos, insistió: “Nos podrán derrotar, pero nunca seremos vencidos” (???). A Botella le gustó la imbecilidad o sinsentido, porque se apuntó de inmediato: “Un proyecto lo podremos perder, pero nunca nos podrán derrotar” (???). Bueno, ya saben que en el PP todos son ecos de ecos. Otro día volveré sobre las favelas, la asquerosa mugre y las ratas a la carrera “in Plaza Mayor” e “in el Madrid de los Austrias”, que la alcaldesa tuvo la desfachatez de vender como lugares “románticos y relajantes”. Habrá habido otras razones de peso para que Madrid haya perdido, pero habría bastado con escuchar a esos dos representantes, en cualquier lengua, para colegir que el proyecto estaba en manos de ineptos. ¿Cómo se le iba a confiar a gente así la organización de unos Juegos? El pobre Príncipe Felipe, él sí con su inglés excelente, quedó sin duda barrido por los tópicos bochornosos, los balbuceos ininteligibles y las necedades.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de octubre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 29 de septiembre de 2013. Hoteles ahuyentadores

El primer aviso fue hace un par de años. Hacía una gira de promoción de un libro por Alemania, y en Fráncfort (si no me confundo, los escritores somos a veces como viajantes de comercio) me metieron en un hotel “original y supermoderno”. Mi sorpresa fue tan grande como desagradable al descubrir que la habitación, cómoda y amplia, carecía de cuarto de baño propiamente dicho. Sólo había un minúsculo gabinete para los menesteres más prosaicos, a los que un caballero no debe referirse ni tampoco una dama; bien es verdad que ya no quedan apenas caballeros ni damas, ni siquiera en las columnas de opinión de los periódicos. Como desde la infancia tengo por costumbre bañarme por las mañanas, y no ducharme (un baño rápido, no crean, necesito sumergirme entero para darme cuenta de que estoy vivo y despejarme), busqué con aprensión, como loco, una bañera, pero no la había. Sí, al menos, un lavabo en una esquina de la habitación misma, como si hubiéramos vuelto a los cuartos de pensión antigua, sólo que aquel hotel era más bien lujoso y “a la última”. Y luego, en medio de la estancia, muy cerca de la cama, se erigía una especie de cabina telefónica que era una ducha. No sólo quedaba fatal allí plantada, sino que le hacía a uno temer que, de hacer uso de ella, acabaría mojándolo todo: suelo, muebles, sábanas, un desastre. Supuse que habría algún medio de cerrarla herméticamente, pero la mera idea me causaba claustrofobia. ¿Y si conseguía que no se saliese el agua pero luego era incapaz de salir yo mismo de la cabina? Llamé en seguida a recepción y solicité que me cambiaran a otra habitación, con cuarto de baño separado y bañera. Debí haber imaginado la respuesta: “No tenemos ninguna así. Lo moderno es prescindir de esas cosas”. Si no recuerdo mal, a la mañana siguiente “fingí” que me daba mi imprescindible baño en la espantosa cabina telefónica que rozaba la cama, y desde luego, al salir de ella, y pese al cuidado que puse, empapé parte del suelo estupendo.

Cada vez me encuentro con más dificultades para encontrar habitaciones –en hoteles buenos e incluso en alguno buenísimo– que reúnan las condiciones que antes ofrecían casi todos, hasta los regulares. Por un lado está lo del fumar, ya me conocen. Este verano, en España, he debido descartar no pocos por ese motivo, y algún empleado ha tenido la osadía de decirme: “Es que por ley no podemos”. Falso. La ley permite que los hoteles, si así lo deciden, dispongan de cuartos para fumadores. Pero como muchos son serviles con sus talibánicos turistas americanos, alemanes y nórdicos, han resuelto prescindir de ellos. Y claro, es ridículo que un autodenominado hotel de lujo prohíba el lujo de fumar a quien tal vez va a pagar más de 300 euros por noche. Lo de la ausencia de bañera empieza a extenderse. Algunos brindan un jacuzzi circular en medio de la habitación (no en el cuarto de baño, reducido siempre a la mínima expresión), que le roba espacio e indefectiblemente la afea, y con el que uno se tropieza en cuanto se mueve. Ya puestos a suprimir comodidades, también se sacrifica el bidet a menudo. Como ustedes saben, esa pieza es desconocida para los bárbaros del norte: no la hallarán en Alemania, en Gran Bretaña, en Holanda ni en los Estados Unidos. Es más, todos hemos visto películas de este último país en las que los personajes, al encontrarse con uno de esos refinados artilugios en Francia, Italia o España, se llevan las manos a la cabeza, se preguntan como paletos para qué diablos sirve e incluso se escandalizan suponiendo que su único uso posible es obsceno. “Some French perversion”, deducen esos personajes. Cierto que el bidet fue un invento francés, y que, si se quiere, es un lujo, por lo que no tiene sentido que los hoteles de lujo de nuestra área geográfica, más civilizada en lo relativo a la higiene, opten por no ofrecer a sus clientes dicho lujo. Tal vez piensan que los turistas septentrionales podrían abominar de su mera visión y largarse.

Es lo que hice yo este verano al llegar a un hotel “original” y costoso en el que no había nada de lo habitual y proponían, en cambio, una de esas grandes camas comunes, al aire libre, para disfrutarla en plan “chill out” en compañía de otros huéspedes. La verdad, no sé a quién le apetece echarse en un lecho ya ocupado por otros, con un vaso en la mano, y –como puede ocurrir– bajo un aguacero. Cuando me largué de ese hotel y llamé a otro, me disculpé con quien me atendió por hacerle preguntas absurdas (pero ya necesarias en el futuro): a) ¿Hay habitaciones de fumador? b) ¿Hay cuarto de baño fuera de la habitación, o está mezclado con ella? c) En ese cuarto de baño, ¿hay bañera? d) ¿Hay bidet en él? e) ¿Hay espacio para el neceser o ha de dejarlo uno en el suelo? f) En la habitación, ¿hay un jacuzzi que le impida moverse? g) ¿Hay cama privada en ella o es de compartir? h) De hecho, ¿hay cama?

Los hoteleros se quejan de la crisis. Quizá lo primero que tendrían que hacer es volver a ofrecerlo todo, lo normal, lo habitual, además de lo superfluo y las “originalidades”. Lo que solían brindar hasta los de medio pelo. De otra manera, habrá muchos más clientes que seguirán mi ejemplo y se largarán al ver una cabina de ducha encima de la cama.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de septiembre de 2013
T I camisa

Los Angeles Times

LA ZONA FANTASMA. 22 de septiembre de 2013. Rendición incondicional

Desde que el Profesor Alexis Grohmann reunió mis artículos sobre cuestiones de la lengua en el volumen Lección pasada de moda,abandoné la vieja costumbre de anotar disparates y sandeces que oía en televisión o leía en la prensa o –más grave– en libros, tanto escritos en castellano como vertidos de otros idiomas. Pensé que era tarea infinita y que además no servía de nada. Me rendí ante la inevitable disgregación del español, su deterioro imparable, su cada vez más veloz conversión en un mejunje del que cada cual saca lo que se le antoja y allá se las compongan los oyentes o lectores: éstos, mientras puedan, habrán de hacer sus traducciones del pseudoespañol reinante: “Ah”, piensa uno, “habrá querido decir esto otro”, al oír o leer una frase o expresión que en sí mismas carecen de sentido. Llegará un día en el que los que aún utilizamos una lengua no del todo emborronada y falsa, por fin no entenderemos lo que quieren decir los numerosísimos hablantes de la “pseudo”, y entonces la comunicación desaparecerá, o se hará conjetural y muy tenue; los equívocos se multiplicarán y an­daremos todos a tientas, como intérpretes con conocimientos ru­dimentarios de la jerga que escuchamos. No es ajena a esta situación –lamento decirlo– la Real Academia Española a la que pertenezco. Ella no puede ni debe impedir que la gente se exprese como le venga en gana ni que efectúe, con el uso, cuantas modificaciones decida en lo que respecta al léxico, e incluso a la gramática y la sintaxis. Pero si, acobardada y temerosa de parecer “elitista” o “autoritaria”, admite incontables barbaridades “porque los hablantes las emplean”, los está invitando a seguir con ellas y a “inventar” diez mil más al año. Quienes consultan el Diccionario no se fijan en si hay una marca tras cada vocablo, menos aún en si indica “vulgar” o “desaconsejable”. Sólo reparan en que el vocablo o la expresión en cuestión “están en el DRAE”, y por lo tanto sancionados por él como correctos.

Aunque he abandonado esa costumbre, no me resisto a consignar unas pocas locuras apuntadas antes de mi rendición. Como todos sabemos, los informativos de TVE son una verdadera escuela de trituración de la lengua, no creo que haya otra institución que haya hecho tanto para destruirla. Y es en ese medio en el que he oído cosas que provocarían gran risa si no fueran reflejo de ese machacamiento insaciable. “Hay quien lo verá todo obtuso”, aventuró un locutor, que quizá pasó de “negro” a “oscuro”, y de ahí, tranquilamente, a ponernos ante un panorama en verdad de lo más obtuso. Otra locutora sentenció: “Hace tiempo que ese matrimonio rompe aguas”, con lo cual nos comunicó –aunque ella no se enterara– que a los dos cónyuges hacía mucho que se les había roto a la vez la bolsa que envuelve a un feto, y se les derramaba por la vagina el líquido amniótico. Y una reportera de este diario (que también ha contribuido lo suyo) escribió: “En el ecuador de sus 85 años, Elmore Leonard …” Ahora que este novelista ha fallecido, me pregunto en qué “ecuador” estará, para la avezada reportera. En fin, otros se tomarán la molestia de seguir anotando, yo he izado bandera blanca.

Pero hay otra cuestión. Cada vez es más frecuente que personas supuestamente cultas, con carrera y con cargos de responsabilidad –representantes nuestros–, suelten burradas dignas de gañanes, o de los gañanes más patanes. Tengo anotada esta perla de Inés Alberdi (10 de marzo de 2012), que entre otras cosas fue –atención– Directora del Fondo de Naciones Unidas para la Mujer, esto es, tuvo un cargo internacional:“Los libros antiguos decían: ‘Dios creó al hombre en siete días’, pero se puede decir ‘la especie humana’. En la lengua hay posibilidades de hacer un uso menos sexista”. Analicemos tan breve cita: 1) Lo que para ella son “los libros antiguos”, así, a voleo, me temo que es exactamente la Biblia, o el Génesis si se prefiere. 2) Según las lecturas de Alberdi, a Dios le costó un huevo de tiempo crear al hombre o a la ‘especie humana’, tanto da: lo mismo que asegura la Biblia que le llevó crear el mundo entero (“y al séptimo descansó”, ya saben). Si creemos a Alberdi, no se entiende cómo es que salimos tan defectuosos, con lo que hubo de sudar ese Dios torpe. 3) A “los libros antiguos” hay que echarles la bronca, por no haber hecho “un uso menos sexista” de la lengua, así que –se sobreentiende– conviene que los alteremos.

Que yo sepa, para ser barrendero, guarda forestal, bombero o policía, hay que superar unas oposiciones en las que se demuestre un mínimo de cultura elemental, además de conocimientos relacionados con esos oficios. No se puede ser analfabeto para ejercerlos, y eso que en principio ningún miembro de esos cuerpos va a tener que hablar nunca en público, y menos en las Naciones Unidas. Tampoco va a tomar decisiones (estará siempre a las órdenes de superiores) ni va a manejar o a repartir dinero de los contribuyentes. Para ocupar cargos representativos, en cambio, a nadie se le hace un examen de mera cultura general, sólo sea para que no nos saque los colores. La disgregación de la lengua no tiene remedio, y al fin y al cabo los hablantes hacen con ella lo que quieren. La ignorancia sí lo tiene, o al menos no conviene premiar, por sistema, con prebendas, consejerías, actas de diputado, corresponsalías, alcaldías, ministerios y hasta Presidencias de Gobierno a los ignorantes supinos; como es la norma en España.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de septiembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 15 de septiembre de 2013. Que esto no se cuente

En contra de lo que se asevera a menudo, tengo la sensación de que vivimos una época de peligroso aletargamiento de las sociedades. Se supone que gracias a Internet y Twitter y los infinitos foros, ocurre justamente lo opuesto, y los usuarios de las redes sociales se vanaglorian de no dejar pasar ni una, de poner a caldo a quien lo merezca, de protestar por todo lo injusto, de boicotear marcas y empresas; en suma, de denunciar y hacer presión y castigar. Pero yo no veo que nada de eso traiga nunca verdaderas consecuencias en lo importante, ni haga rectificar ninguna ley, ni obligue a dimitir a casi ningún cargo, a excepción de los políticos americanos infieles a su pareja y los alemanes que han plagiado sus tesis doctorales. Muy poca cosa en conjunto. Es más, tengo la impresión de que tantas voces chillando por esto o lo otro, todas a la vez, se anulan indefectiblemente entre sí o en el mejor de los casos son víctimas de su sobreabundancia y de la dispersión. Quienes gobiernan se han acostumbrado ya a ese griterío de fondo y han aprendido a hacer caso omiso de él. Una jaula de grillos en la que caben todos los grillos del universo, en realidad es conveniente que estén agrupados ahí: amortiguan recíprocamente sus indignaciones, hacen indistinguibles las justificadas y graves de las arbitrarias y leves, los clamores necesarios de las pataletas superfluas, los abusos intolerables de las cien mil sandeces que se sueltan a diario en el mundo. “Las redes están que arden”, oye o lee uno a veces, por tal o cual cuestión. ¿Y? ¿Han visto ustedes que esos incendios varíen algo en alguna ocasión? Algo significativo y de peso, quiero decir.

En cambio, me parece observar que la capacidad de influencia y contagio de los políticos y de “los que mandan” (financieros, grandes multinacionales, banqueros) no hace sino crecer, y con ella, asimismo, su capacidad para desorientar a las poblaciones. Cada vez logran más que pasen por buenas prácticas que solíamos saber que estaban mal. Desde que se desahucie y lance al arroyo a una familia por un impago al que se ha visto forzada –no por ánimo de engaño ni por mala voluntad– hasta que las condiciones laborales de la gente vayan pareciéndose insólitamente a las de los tiempos de Dickens, a dos pasos de la esclavitud. Una de las más malsanas ideas que nos están “colando” es la muy antigua de culpar a quien denuncia las injusticias y abusos cometidos por los Gobiernos, algo típico de las dictaduras, que no admiten ninguna crítica. Pero esto sucede en democracias aparentes, viejas o nuevas. Las autoridades estadounidenses, en vez de enfurecerse con los pilotos que en Irak o Afganistán ametrallaron a civiles sin la menor necesidad, vierten su ira contra el soldado Manning, que con sus famosas filtraciones permitió que se supiera de esos asesinatos a sangre fría. En vez de llamar a capítulo a la NSA por su indiscriminado espionaje en Internet, organizan una persecución contra Snowden, que reveló su existencia, si es que eso fue una revelación. La cantinela habitual en estos casos es que esas denuncias y exposiciones “dañan la imagen del país”, cuando a nadie nos habría cabido duda, hace muy poco, de que lo dañino eran los asesinatos gratuitos y “semifestivos” y el espionaje masivo, la desaforada intromisión en las vidas privadas de los ciudadanos.

En España ocurre lo mismo: “perjudican a la Marca España” (esa enorme catetada e imbecilidad) quienes publican fotos de los españoles rebuscando en los contenedores de basura, o de grandilocuentes edificios oficiales dejados a medio construir o bien vacíos e inútiles, o de aeropuertos en los que jamás se ha posado ningún avión. Los políticos no reaccionan coléricamente –como debería ser– contra quienes han llevado a que muchos no tengan qué comer, ni contra quienes han despilfarrado el dinero público en sus megalomanías personales, malgastándolo en mamotretos inservibles, o contra Fabra y Camps, que se atrevieron a inaugurar con boato “su” aeropuerto de Castellón. Son sólo tres ejemplos, entre centenares de ellos. Quienes perjudican la imagen de España son los banqueros que nos han conducido a la ruina, los gobernantes que nos saquean y expolian fiscalmente sin que además valga de nada (la situación económica general nunca mejora), la CEOE que cada vez exige más siglo XIX y más paro, los promotores inmobiliarios y alcaldes que han destruido nuestras ciudades y costas y seguirán en ello hasta que no quede un palmo de suelo sin sus adefesios. Son todos esos los que arrastran por el fango la imagen de nuestro país, junto con los incontables corruptos de los que da puntual noticia la prensa internacional. No cae sobre ellos la furia, sino que el actual Gobierno la descarga sobre quienes lamentan y denuncian sus atropellos. La consigna no es “Que esto no se haga más”, sino “Que esto no se cuente”, y lo peor es que la perversa idea se contagia a los ciudadanos. Párense un segundo a pensar: salvando las distancias, es como si, ante las atrocidades nazis, el enfado no hubiera ido dirigido hacia ellos, sino contra quienes divulgaron sus matanzas con el fin de que se castigaran y no volvieran a tener lugar. Quien se enfada con los divulgadores y cubre a los criminales y estafadores, a los derrochadores y ladrones, es que en realidad los aprueba y pretende que las injus­ticias y abusos continúen teniendo lugar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de septiembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 8 de septiembre de 2013. Lerdos, y gracias

Aunque los desapruebe, uno a veces comprende los procederes canallescos de políticos y empresarios. Entiende que quieran hacer lo que les venga en gana, que barran siempre para casa, que los unos aspiren a disfrutar de un poder cada vez más absoluto y amedrentador y los otros a mejorar hasta el infinito sus márgenes de beneficio a costa de la explotación de sus trabajadores y de encarecer sus productos. Uno se explica, hasta cierto punto, que todos añoren los tiempos de los señores feudales y ansíen retroceder lo más posible hasta ellos; al fin y al cabo, les resulta lo más cómodo y ventajoso. Todo partido político mira con envidia las épocas totalitarias (o los regímenes, que perduran en demasiados lugares), y su sueño sería, en el fondo, obtener en las elecciones lo que una vez se llamó “mayorías a la búlgara”, es decir, un porcentaje de votos del 98% o así. Y todo empresario desalmado siente nostalgia de los días en que los empleados carecían de derechos y de protección, cuando podían contratar y despedir sin aviso ni indemnización alguna, cuando nada era “improcedente” en su ámbito y decidían a diario, caprichosamente, qué jornaleros trabajaban y cuáles no, tanto en las faenas del campo como en numerosas fábricas. Echan de menos ser temidos y también ser vistos como “dispensadores de favores”, como individuos magnánimos que podían espetarle a un desesperado: “Mira, te voy a hacer el inmenso favor de permitirte trabajar hoy para mí. Como el favor es inmenso, habrás de agradecerme que te pague una miseria y que disponga de todo tu tiempo a mi voluntad. No te quejarás de nada, faltaría más, ni pretenderás conseguir más de mí, ni por tu eficacia ni por tu antigüedad. Ten en cuenta que si te retiro el favor, tú y los tuyos no tendríais ni qué comer”. Expresado así, este discursillo suena a siglo XIX si no a medieval, pero si suavizan un poco los términos y se paran a pensar, verán que de hecho es a lo que se intenta volver, en gran parte del globo y desde luego en nuestro país.

Y ya digo, uno lo entiende, que estas condiciones las quieran recuperar los políticos y empresarios sin escrúpulos. Lo que ya le cuesta más concebir es que, tras un larguísimo periodo en el que las relaciones laborales no han sido así, en el que la gente ha aprendido a luchar por sus derechos y a trabajar con dignidad, esos individuos sean tan tarados (lo utilizo como se hace en el lenguaje coloquial) que ni siquiera sepan disimular y llevar a cabo su retroceso con discreción. Creo que todos nos condenamos y perdemos mucho más por lo que decimos que por lo que hacemos, y que se tolera mejor el doblegamiento y la explotación que la chulería y el recochineo. Son estos últimos los que a veces llevan a la gente a saltar, a agarrar una tea e incendiar unas oficinas o un banco, o a agredir al cretino de turno que ofende además de pisotear. La CEOE –los empresarios españoles– parece estar en manos de completos idiotas desde hace mucho, ellos sabrán por qué los eligen, o quizá es que en sus filas no hay más. Fue Presidente suyo Díaz-Ferrán, que no se abstuvo de soltar vilezas antes de parar en la cárcel acusado de delitos de gravedad. Ahora la preside Juan Rosell, que recientemente ha hablado de los “privilegios” de los contratos indefinidos (se refería a derechos, pero para él es “privilegio” cuanto no sea sometimiento e indefensión del trabajador) y ha propuesto retirárselos para incrementárselos a los contratos temporales, como si eso fuera a ser verdad. Es tan falso como que la reducción de salarios redunde en mayor empleo: redunda tan sólo en el dinero que los empresarios se ahorran y guardan, y eso lo saben hasta las cabras, aunque no el FMI ni el comisario europeo Olli Rehn.

Rosell ha destacado que los temporales son el 90% de los contratos que se hacen, y ha añadido como un ceporro: “y gracias”. Esa chulería y ese recochineo encorajinan a la gente infinitamente más que las propias condiciones abusivas de la “reforma laboral” de este Gobierno. Como, más que ver emigrar a los vástagos porque no encuentran empleo aquí, a los padres los enfurece que Esperanza Aguirre afirmara: “Los jóvenes se van por espíritu aventurero”, o que Fátima Báñez, precisamente Ministra de Empleo, redujera el forzoso éxodo a mera “movilidad exterior”. O que el de Educación, Wert, sostuviera que si los chicos no estudian, no es por las caras tasas que ha impuesto, sino porque muchas familias “no quieren dedicar dinero a la educación de sus hijos”; cuando es sabido que es lo primero que los padres procuran desde tiempo inmemorial. Aún más que ver a sus niños malnutridos, a la gente le indigna que los tertulianos afines al PP critiquen que en Andalucía se les diera una modesta merienda a esos críos y la califiquen de abuso al contribuyente y clamen: “Ya, y qué más. Que les regalen también una bici, si te parece”.

He hablado otras veces de la conveniencia de la hipocresía. Cuando los empresarios y políticos son tan zotes que prescinden de ella y se dedican a chulearse, están tensando demasiado la cuerda, y ninguno queremos ver agresiones ni teas. Lo sabe cualquiera que haya leído dos libros de historia. Ya se ve que estos sujetos ni siquiera han leído uno en su vida. ¿Qué hacen ahí, tamaños lerdos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de septiembre de 2013