Presentación a los lectores de ‘Así empieza lo malo’

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Javier Marías se detiene en el inicio de lo malo

“¿Hubieses aceptado el Premio Nobel?”, pregunta la periodista Montserrat Domínguez a Javier Marías (Madrid, 1951). “Es como si me preguntas si me hubiera ido con el Mago de Oz de paseo”, contesta el escritor. Las risas llenaron entonces la Casa de América, en Madrid, donde ambos conversaron la tarde del pasado martes sobre la última novela de Marías, Así empieza lo malo (Alfaguara), editada el pasado 23 de septiembre y que ya va por la primera reimpresión. “No veo ningún motivo para que sucediera, pero sí, por qué no, es decir, no lo da el Estado español”, reconoce el autor.

Esa historia de susurros cotidianos y retratos de la cruda rutina que es Así empieza lo malo revela no sólo los secretos que cualquier pareja guarda bajo el colchón, sino también los que se ven a través de la ventana en una España que estrena los años ochenta. Un país que aún estaba desenvolviendo el regalo de la Transición, “que no fue perfecta y tuvo muchos peajes, pero la compensación era suficiente”, apuntó Marías, aludiendo a uno de los asuntos de fondo de la novela. Solo uno de ellos. El amor, el deseo, el rencor, el pasado, las relaciones humanas, la política, el olvido, la verdad… Cada uno es parte y todo de un volumen repleto de historias que se van engarzando con la realidad de un país sin terminar, pero que camina a remolque.

Y la juventud, esa de la que en libro se dice que tiene “el alma y la conciencia aplazadas”. Juan de Vere, recuerda y cuenta su historia cuando tenía 23 años a lo largo de las páginas de la nueva novela. “¿Cómo era Javier Marías con esa edad?”, le pregunta la directora de El Huffington Post. “Una de las cosas que uno descubre es que cuando era joven era demasiado imbécil, a menudo un poco desaprensivo e incluso, en algunos momentos, desalmado. Algo que hoy en día no me hubiese permitido”, sentencia el autor de Corazón tan blanco.

Marías cree que, cuando uno es joven, la construcción de la propia vida ocupa demasiado el tiempo como para pensar en otra cosa. Ni siquiera la muerte se vive con la misma intensidad.

Cuando él tenía 26 años, falleció su madre. Su padre lo hizo en 2005, cuando Marías pasaba los 50: “Uno pensaría que al joven, la muerte de un progenitor lo debería dejar arrasado, porque es más impresionable. En mi caso, estoy convencido de que fue todo lo contrario, aunque recuerde a mi madre a menudo, si no cada día”. Se reconoce como alguien que se estaba incorporando a la vida, con sus propias cuitas, cuando tenía 26. Y un hombre a quien la muerte de un progenitor causó mucha más desolación cuando ya había entrado en la cincuentena.

Al Marías de hoy, con cicatrices incluidas, le preocupan los asuntos de siempre, los que rellenan la vida y a los que lleva dando alas durante todos sus años frente a una hoja en blanco. Y le añade uno más: “Me parece que hay una necesidad de fanatismo, que demasiada gente anda buscando causas y enemigos y motivos de indignación, como si no hubiera reales”.

ISABEL VALDÉS ARAGONÉS

El País, 14 de octubre de 2014

Una entrevista y una crítica

Julió Carbó

Julió Carbó

Javier Marías: «Hoy veo que de joven me comporté de forma poco aceptable»

Es uno de los más firmes candidatos al Nobel en las letras castellanas mientras mantiene el refrendo de los lectores con una escritura alejada de la simplicidad. Javier Marías se ha hecho mayor, pero eso no le ha hecho más condescendiente con la realidad.
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Los caminos del éxito editorial son inescrutables pero es evidente que Así empieza lo malo (Alfaguara) está llamado a ser uno de los libros más leídos este otoño. Javier Marías, su autor, ha levantado una alegoría moral localizada en 1980, con aires de viejo melodrama de Hollywood y secretos matrimoniales. Lo ha teñido con su cinefilia -no en vano es sobrino de Jesús Franco- y sirve el conjunto con su prosa sinuosa y digresiva, puro Marías, aquí más adictiva que nunca pues se dirige al galope a un final de alta intensidad literaria.

-En general todas sus novelas van de lo particular a lo general. ¿Es por eso que los secretos inconfesos de un matrimonio son el reflejo de la tabla rasa con el pasado que los españoles establecieron en la Transición?
-Esa es una cuestión sobre la que he pensado mucho, aunque no tenga una postura clara. Da mucha rabia que no se hayan castigado las cosas atroces que los nacionales hicieron durante la guerra civil, pero lo cierto es que no se podía, porque el único que tenía las armas entonces era el Ejército franquista. En mi novela un personaje dice que no es factible llevar a medio país al banquillo. A cambio de eso, hemos tenido durante casi 40 años un país casi normal, con elecciones, alternancia en el poder, sin censura. ¿Hay que recordar que hasta entonces los periodos de libertades se contaban por trienios?

-Mucha gente calificó ese pacto de bajada de pantalones.
-Y claro que lo fue, pero no hubo otro remedio. Y la claudicación, relativa, porque las cortes franquistas accedieron de una forma inverosímil a hacerse el haraquiri.

-¿Y así empezamos a ser un país desmemoriado?
-Bueno, hubo gente que no es que no tuviera memoria sino que habiendo sido complacientes con el franquismo, empezaron a inventarse biografías de ficticias resistencias.

-En la novela menciona concretamente a un pintor y a un filósofo.
-Eso lo dice un personaje.

-Pero son fácilmente reconocibles.
-¿Ah, sí? ¿Quién es el pintor?

-¿El pintor podría ser Tàpies y el filósofo, Aranguren?
-Yo no voy a decir nada que la novela no diga. Pero bueno, es verdad que no hubo confesión por parte de casi nadie. Mi padre solía decir que no creía en las transformaciones políticas de un día para otro. Si veo recorrer un camino a alguien, me lo creo. Como en el caso de Dionisio Ridruejo, que lo hizo tempranamente y con mucho riesgo. Pero otros no lo hicieron.

-¿Hay recuerdos suyos de los años 80? No le veo pateando la Movida.
-No es una novela de ambientación pero es verdad que solo pudo ocurrir en los 80 cuando el divorcio todavía no había llegado. Entonces el rencor era la argamasa para mantener a la gente unida.

-Esta sería, por tanto, una novela sobre el infierno matrimonial relatada por un soltero recalcitrante.
-Soy soltero, sí. He tenido mis parejas, pero una convivencia continuada, casi nunca. Se supone que los novelistas debemos tener imaginación y capacidad de percepción. Y, como decía mi padre, no hace falta ser gallina para describir un huevo.

-La figura del voyeur, ese narrador que está cerca de los hechos pero no los protagoniza, abunda en sus novelas. ¿El voyeurismo sería una buena definición de su escritura?
-De la mía y de la que cualquier escritor. Si uno se para a pensar, leer novelas y ver películas es una actividad voyeurística. Lo más extraordinario que tiene la novela es que muchas veces la sentimos con más intensidad que lo que nos cuenta un amigo.

-En la relación del joven narrador y secretario con Muriel, el marido y director de cine, hay ecos de la suya con Juan Benet. Él le llamaba joven Marías.
-Muriel sería una mezcla imposible de Benet y de mí tío Jesús. Y lleva un parche.

-Como John Ford y tantos otros autores del Hollywood clásico.
-Sí, pero también tiene un carácter simbólico, porque no ve, o no quiere ver, con claridad.

-Respecto a la juventud, no hay en la novela una mirada complaciente. La gente suele contemplar el pasado con nostalgia. ¿Usted no?
-No hay que engañarse pensando que la juventud es un periodo dorado. Lo es en algún momento, en algunos aspectos, pero en otros es bastante rufianesca.

-¿Podía haber escrito una novela como esta antes o necesitaba la madurez que tiene ahora?
-Supongo que la necesitaba. Mi propia juventud no siempre fue agradable. Me comporté de una forma que hoy no me parecería aceptable. Nada muy grave, pero sí hubo cosas de utilización, de fuerte egoísmo. Recuerdo que cuando murió mi madre yo tenía 26 años. Y claro que fue un golpe tremendo, pero no tiene ni punto de comparación a cómo sentí la muerte de mi padre cuando yo tenía más de 50 años. En la muerte de mi madre, a la que echo mucho de menos, estaba demasiado ocupado con mi propia vida, poniéndola en marcha, construyéndola, sufriendo penas de amores. Es el egoísmo fácil de los jóvenes. En cambio en la madurez, eso tiene otra dimensión.

-A partir de los 50 te enfrentas a la mortalidad. ¿Es eso?
-Bueno sí, aunque lo cierto es que yo he pensado siempre en la muerte.

-A lo mejor me equivoco pero diría que esta es su novela con escenas sexuales más explícitas.
-Quizá es la que tenga un mayor erotismo porque sobrevuela la novela entera. Pero es que es uno de sus temas: cómo el deseo a ciertas edades se impone a cualquier consideración o cortesía.

-Y hablando de cortesía, sorprende el lenguaje soez en la escena erótica crucial. Y más en el exquisito Marías.
-Eso se corresponde a lo que piensa un hombre y para el pensamiento no hay testigos. Un hombre no se dice a sí mismo: estoy haciendo el amor, lo piensa en términos un poco más groseros.

-¿Escribir una escena erótica no es entrar en un terreno muy resbaloso?
-No resbaloso, espantoso. O bien se cae en la cursilería, o bien se es soez, o bien, si intentas ser neutral, se acaba siendo obstétrico. Mis escenas de pasión carnal suelen ser raras, porque intento no caer en esos errores. No sé si lo logro, pero habitualmente en ellas no suele haber mucho detalle. La mayoría de las veces no hay en ellas más que un leve roce.

-La sexualidad ha impregnado también la habitual aparición del profesor Rico, a quien dibuja como un conquistador.
-Le gusta jugar a eso, saber que puede estar con una mujer determinada aunque no necesite consumarlo. Aunque, me consta, está muy enamorado de su mujer.

-A Francisco Rico, que en esta novela más que un extra con línea es un secundario de lujo, le divierte comportarse en la vida real como el personaje de sus novelas.
-Esta vez me pidió que le sacará más. Y lo he hecho así solo porque cuadraba en la novela. El otro día en la radio me pusieron una grabación en la que él decía: «Javier Marías, el muy cabrón, veo que me saca mucho con la esperanza de que lea la novela. ¡Pues va listo!». A mí Rico me parece muy gracioso, pero sé que no todo el mundo piensa lo mismo.

-Se ha resistido hasta ahora a hablar de Catalunya, aunque ha estado usted muy vinculado. En su último artículo y primera incursión en el tema habla de miedo.
-Decía que si yo fuera catalán estaría aterrado. Y aunque la gente es muy libre de querer lo que quiera, no se para a pensar a quién le interesa que Catalunya se convierta en un coto cerrado, porque quedaría, y esto es un hecho, fuera de la Unión Europa durante años.

-Catalunya se siente afrentada.
-Y es cierto, pero tengo la sensación de que eso se está utilizando para tapar la política extremadamente de derechas de CiU y también de Esquerra, que de izquierda no tiene más que el nombre.

-El próximo jueves se hará público el Nobel de Literatura. Su nombre está en las quinielas.
-¿Las quinielas de quién, de un grupo de chalados apostadores ingleses? Eso no tiene el menor crédito. Estoy en esas listas como está el Tato o la Chelito.

-Se me ocurre que como los académicos no tienen lector de español pueden acudir a sus traducciones en inglés. Y los libros de Marías deben sonar muy bien en inglés.
-También estoy traducido al sueco. Pero mis libros en inglés suenan mejor que en español porque tengo una traductora excelente.

ELENA HEVIA

El Periódico, 5 de octubre de 2014

AELM

Javier Marías: verdades veladas

¿Qué es la verdad?, se preguntaba en el siglo XVII Francis Bacon al comienzo de sus Ensayos. Ni la pregunta ni la alusión al filósofo son aquí gratuitos, porque, en su nueva novela, Javier Marías vuelve a encarar el problema -colectivo y privado- de acceder a la verdad y las consecuencias que ese acceso comporta. Dicho así parece un asunto tan manido como irresoluble, un tema antiguo y noble que renueva cada generación, cada individuo. Sin embargo, a Marías no le importa aquí si existe o no algo parecido a la verdad -da por descontado que está ahí, él no es un relativista posmoderno-, sino cómo se silencia o disimula, cómo se encubre o tergiversa, cómo se desvía o entierra, cómo se gestiona para que sea rentable, para impedir que desencadene acontecimientos o para provocarlos. En Así empieza lo malo, las verdades escondidas, los secretos y misterios se multiplican en todos los niveles de su estructura y van desde las biografías maquilladas de ciertos canallescos beneficiarios de la dictadura franquista hasta los pecados menores por omisión o acción cuyo desvelamiento puede fracturar cualquier vida.

Bacon no aparece en la novela, pero ha sido uno de los candidatos a la autoría de la obra de Shakespeare -en la ociosa querella que disputa a Shakespeare la paternidad de sus obras-, como el conde de Oxford, Edward de Vere, del que procede el apellido del narrador (Juan de Vere) y sobre el que este entabla una conversación con el profesor Rico, inevitable cameo caricaturesco en las novelas de Marías que aquí crece en relieve y elaboración sin ceder nada de su vis cómica. Quienes sí se mencionan son el escritor Juan Benet y el cineasta Jesús/Jess Franco, amigo y mentor de Marías el primero y tío suyo el segundo, que aquí se combinan, como dos imágenes superpuestas, en la figura del director de cine Eduardo Muriel. Él es el protagonista y el portador de un enigma, el del maltrato y desprecio con que atormenta a su atractiva esposa Beatriz Noguera. Estamos en 1980 (con la movida al fondo) y el «joven De Vere» -tiene 23 años y el epíteto evoca el «joven Marías» del círculo benetiano- trabaja como secretario y desempeña la función de observador y espía tan propia del mundo narrativo de Marías, aunque ahora la tarea de interpretar y reflexionar sobre lo sucedido está aplazada al narrador maduro, el hombre que recuerda más de 30 años después la historia de Muriel y su mujer y quienes estuvieron muy cerca, él incluido.

Como Marías es un escritor que conoce y usufructúa muy bien los mecanismos de la narrativa popular, aquí maneja con suma pericia los paralelismos argumentales, la dosificación de la intriga, las elipsis y anticipaciones, las dilaciones y recurrencias, para armar una trama admirablemente sólida y eficaz, de ensamblaje perfecto. Los recursos de la novela (y el cine) de género están supeditados a una composición superior, al logro de una novela con una profunda carga turbadora que remueve y desasosiega la conciencia del lector, que lo incomoda y lo fascina como solo la gran literatura puede hacerlo.

Estamos ante una fábula moral (esto es, sobre lo mejor y lo peor de la conducta humana), que de forma casi incesante bombardea al lector con preguntas implícitas nada apaciguadoras y que, a la vez, va desenvolviéndose en una escritura sinuosa, oscilante entre la meditación y el relato. Y aunque el epicentro se sitúe en el matrimonio y la sexualidad, no es este el corazón del libro; es simplemente el escenario en el que tiene lugar la representación del oscuro drama de las verdades veladas. Marías ha escrito una de sus mejores novelas y eso es mucho decir.

DOMIGO RÓDENAS

El Periódico, 25 de septiembre de 2014

Una crítica y una entrevista

AELM
La mirada sin tregua
J.A. MASOLIVER RÓDENAS
La Vanguardia, Cultura/s, 1 de octubre de 2014

Dani Duch

Dani Duch

“Nada detiene al deseo”

El pitido del fax interrumpe a veces la conversación con Javier Marías en su piso de Madrid. Ese artefacto, ya casi arqueológico, puntea sonoramente el diálogo sobre su decimocuarta novela, Así empieza lo malo –que Alfaguara pone a la venta la semana que viene–, en la que un narrador maduro recuerda unos episodios que le sucedieron en su juventud, cuando trabajaba como asistente de un director de cine en el Madrid, alegre y noctámbulo, de principios de los años ochenta.

Los gestos de Marías (Madrid, 1951), que fuma tranquilamente y sigue escribiendo sus libros con máquina electrónica, son observados atentamente por los centenares de soldaditos de plomo que tiene distribuidos por todos los rincones del apartamento, por cuyas paredes, estantes y pasillos se van amontonando y extendiendo los libros, de una manera parecida a como opera el musgo sobre las rocas.

En algunos diarios británicos, ahora ponen de fondo el sonido de máquinas de escribir tecleando para motivar a sus redactores. ¿Qué le parece?

Da la impresión de que proliferan las tonterías por doquier. El otro día vi en Barcelona que hacían una carrera corriendo por los túneles del metro. O esos que se echan un cubo de agua helada en medio mundo. Bueno, todas estas son inocuas y bienintencionadas, aunque hay otras.

¿Usted no necesita motivación extra? ¿No ha tenido crisis creativas?

Me he pasado años en blanco, pero de manera normal. Cuando termino una novela, transcurre fácilmente un año sin que empiece ninguna otra. Tampoco tengo tantas ideas… Hay escritores que sí, Mario Vargas Llosa y Arturo Pérez-Reverte me hablan de historias bullendo en su armario y pidiendo paso. Me da envidia que tengan tantas ideas en la reserva.

¿Usted no?

Nada. De hecho, siempre dudo que vaya a hacer otra novela, me parece imposible. Pero, por la experiencia, quizá la habrá…

Posiblemente.

Uno se queda tan vaciado, agotado, al terminar una… Hay que esperar que surja algo que inquiete de verdad, que te dé las suficientes ganas de ponerte en marcha. Nunca me pongo a escribir por escribir. No me digo: venga, me toca otra, que ya han pasado dos años desde la última. No me considero un escritor profesional. Si algo viene, bien, y si no, qué se le va a hacer.

Así empieza lo malo trata de la pasión sexual, del deseo. ¿Forma un bloque con Los enamoramientos, su novela anterior?

Algunos críticos extranjeros han señalado que Los enamoramientos tiene que ver con temas de Todas las almas, que tiene ya 25 años. No son obsesiones, exactamente, pero sí temas que no se me han agotado en una novela ni en dos ni en tres. Muchos escritores no es que hagan siempre la misma novela, pero tienen unas prioridades. A mí, esos escritores que aspiran a que cada novela sea muy distinta… Yo, si leo a Faulkner, me gusta que sea Faulkner. Y si García Márquez no es García Márquez, me molesta.

Habla de la pasión, pero en 1980.

Es un momento en que todavía no hay divorcio en España, hace no tantos años, 34. Eso llevaba a muchos matrimonios que no se aguantaban a mantener el núcleo familiar, lo cual, visto ahora, es una cosa muy extraña.

Otro tema es la memoria histórica, la culpa…

El perdón, más bien. Hay un momento en que un personaje viene a decir: no hay justicia desinteresada, las personas que la exigen normalmente son aquellas que se han visto afectadas por los crímenes. A alguien le cuesta mucho más perdonar algo menor que le han hecho que, en cambio, un crimen bárbaro que a él no le ha tocado. ¿Por qué se perdonan unas cosas y otras no? Tiene que ver con la manera en que nos han afectado, a nosotros, a nuestro padre o al abuelo. Por eso en unas cosas llegamos a compromisos y en otras no.

Hay reflexiones sobre la transición. Y unas referencias veladas a intelectuales y artistas que fueron falangistas y luego pasaron por ser grandes opositores “desde la cuna”, como Aranguren y Tàpies…

No se dan nombres, se cita a un filósofo y a un pintor catalán, podrían ser personajes de ficción, y no seré yo quien diga otra cosa.

¿Hay aquí más sexo que nunca en un libro suyo?

Siempre hay sexo en mis novelas, en escenas algo raras, que intento que no sean ridículas, que es el enorme riesgo de estas cosas en las novelas…

Y en la vida real.

Bueno, en la vida real no hay testigos… normalmente. Pero en novelas y en el cine… En EE.UU. otorgan un premio a las peores escenas de sexo en literatura, que se lo han dado, creo, a autores de peso, como Norman Mailer. Es fácil caer en la grosería o la cursilería o en lo obstétrico o clínico. Esta es una novela que trata sobre el deseo como uno de los mayores motores de la gente, por lo menos hasta cierta edad. Y cómo por el deseo se incurre en cosas muy ruines o bajas o llega uno a infligirse grandes humillaciones, porque la gente está dispuesta a aguantar y a tragar cuando tiene una dependencia sexual o amorosa con alguien. El deseo es muy egoísta: casi todo le importa poco, nada le detiene, e incurre en falsas promesas y bajezas que luego parecen ridículas, al producirse el abaratamiento de ese fuego. Aquí el narrador cuenta algo que le sucedió a los 23 años, y a esa edad, bueno, los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas, suelen ser desaprensivos en ciertos terrenos, desde luego en el del sexo. Por deseo se ha mentido mucho toda la vida, el caso clásico de las promesas de matrimonio para conseguir algo, es el tema de las novelas desde el siglo XVIII.

Hay tres escenas sexuales que uno recuerda: la de él encaramado al árbol…

Algo hitchcockiana, justamente, pero en esa escena no se ve nada, a lo más la cara de una mujer, de la que se deduce que está en un coito, pero el narrador no ve más que la nuca y luego la cara pegada a una ventana. Si eso es una escena de sexo, que quizá sí lo sea, resulta muy indirecta, más deductiva que otra cosa.

La del marido y ella en el ¬pasillo.

No la veo muy sexual, es un contacto vejatorio.

Y la de la cocina.

La más explícita de todas. El narrador cuenta lo que él iba pensando mientras eso sucedía. En Todas las almas había una escena de sexo que fue comentada, porque me decían algunas mujeres: “Por fin sé lo que está pensando un tío mientras…”. Aquí, el joven se da cuenta de que, dentro de muchos años, habrá un hombre mayor, él mismo, que le reclamará el recuerdo de lo que está haciendo en ese momento. Alguien que le dice: “Esto lo querré recordar”. Eso se produce a veces, y nos lleva a tener un distanciamiento incluso en una escena sexual, piensas: mi yo venidero me va a reclamar este recuerdo, cuando sea un hombre mayor sin posibilidad de tener relaciones sexuales. Eso te convierte en observador a la vez que en actor del acto sexual. Espero que no sean escenas ridículas, es tan fácil…

No lo son, esté tranquilo.

Es que esas partes no quedan bien casi nunca. Es curioso: autores que son muy elegantes a lo largo de toda una novela, cuando llega el sexo, se ponen cursis o zafios.

Dani Duch

Dani Duch

Su discurso elegante, su lenguaje y sintaxis características, se ven salpicados, a veces, por palabras soeces que quedan, sin embargo, amortiguadas por el contexto.

Es que en el pensamiento sí somos soeces. Si uno está muy enamorado y hace el amor, no se le ocurre pensar de ese modo. Pero si es algo más ocasional, o debido al deseo más que al amor, es fácil que brote un pensamiento vulgar. Hay términos que pensamos y no decimos, a no ser que haya el acuerdo previo de verbalizarlo. Si uno no es un cursi redomado, se piensa en los términos más groseros: “Se la estoy metiendo a esta mujer”, ¿no?

Sí, algo parecido.

Como si uno no diera crédito a lo que le sucede, ¿verdad? Introduzco esos términos como pensados, y por eso son verosímiles.

Es también un homenaje al mundo del cine, con personajes reales.

Yo estuve en rodajes del tío Jesús, el hermano de mi madre, el director Jesús –o Jess– Franco. Vi a Christopher Lee haciendo de Drácula y de Fumanchú, al actor británico Herbert Lom o al estadounidense Jack Palance, ganador de un Oscar. A finales de los sesenta y en los primeros setenta, trabajé con mi tío, el primer dinero que gané fue gracias a él. Me daba guiones para que se los tradujera al inglés, o viceversa. Incluso participé como extra en una de Fumanchú.

¿Qué dice?

Pero no se me ve, llevo puesto un capuchón de esbirro chino. Mi tío nos vistió de esbirros de Fumanchú. La escena fue rodada en algún pantano cercano a Madrid, que figuraba ser un lago, y teníamos que bajar corriendo a toda velocidad –yo debía de tener 17 años o 18– por lo alto de un monte, descalzos por la ladera, hasta llegar al agua.

¿Armados?

Llevábamos unos cuchillos terribles, creo.

Las cifras que se dan sobre la productividad de su tío son correctas ¿no?

No paraba, es inverosímil. Se calcula que habrá hecho no menos de 200 películas, la mayoría malísimas. Lo que pasa es que son locas, y esa es su gracia, la de lo extravagante.

Y esas historias que traen los actores y productores llegados de Hollywood: sobre el FBI, los Kennedy, chicas de compañía… ¿Se explicaban?

El tío Jesús me hablaba de eso, yo las oía de primera mano. Al productor norteamericano Henry Alan Towers le vi varias veces.

Muriel, el director de cine de su novela, tiene un toque de humor: el parche en el ojo, esa costumbre de tumbarse en el suelo para hablar…

Está por los suelos a menudo, sí. La primera vez que el narrador lo encuentra ahí se cree que le ha dado un soponcio, pero él está a gusto tumbado, no puede caer más bajo y así se piensa bien. Debo confesar que yo lo he hecho bastante.

¿También hablando con los demás?

Con gente de confianza, no con un entrevistador.

Lo del parche…

Hay un elemento simbólico: en muchos libros míos flota la imposibilidad de saber, de ver con nitidez nada, ni los hechos, ni las personas, lo que desarrollé en Tu rostro mañana. El personaje tuerto simboliza que somos incapaces de ver la totalidad, y a veces tampoco queremos ver más que con un solo ojo. Ese es otro tema del libro: ante esto, cierro el ojo, prefiero no verlo, porque enterarme me supondría una pérdida que no estoy dispuesto a afrontar.

También aparece el estamento médico: un pediatra, un cardiólogo, la clínica Ruber…

En un cuento de los menos malos que he escrito, Cuando fui mortal, esbocé la historia de un médico que tiene que ver con que, de niño, yo tuve un pediatra que me consolaba mucho, con sólo verlo ya me sentía mejor. Y luego supe lo que había detrás de esas visitas, de aquel hombre alegre y bromista, que en realidad escondía algo. Y yo debía desarrollar esa historia antes o después. Esas cosas sabemos que pasaban: el aprovechamiento por parte de mucha gente, médicos, jueces y abogados, de la situación de superioridad tras la guerra, el avasallamiento de una parte de la población, la posibilidad de conseguir cosas mediante el chantaje: no voy a denunciarte siempre y cuando… eso fue la vida cotidiana de los años cuarenta y cincuenta.

Resumida, la trama parece un dramón terrible, pero se lee incluso con cierta sonrisa.

Si uno se acerca al realismo, fácilmente se encuentra con elementos de melodrama. Si uno piensa en la propia vida, o en la de otras personas, hay algo de melodrama en todas.

También se habla de técnicas de seducción, y del halago como mejor arma.

Eso es algo muy sabido. Celia, cuando va en taxi con el narrador, comenta cómo muchas mujeres se dejan hacer, por timidez o por educación, por extraño que suene, a veces parece más fácil aceptar algo que negarse, le hablo de mujeres quizá muy jóvenes, muy tímidas o demasiado educadas. También a veces porque se sienten halagadas. Los jóvenes son enormemente susceptibles a eso, la seducción de las personas jóvenes es escandalosamente fácil por parte de alguien de más edad, a base de halagos, tanto por parte de hombres como de mujeres. Los jóvenes están necesitados de reafirmación, quieren ser apreciados por los demás, unos a causa de su inteligencia, otros por su aspecto, porque hay un elemento de inseguridad frecuentísimo en ellos.

XAVI AYÉN

La Vanguardia, Magazine, 21 de septiembre de 2014

Javier Marías presenta ‘Así empieza lo malo’

E.P.

E.P.

El escritor Javier Marías teje su nueva novela, «Así empieza lo malo», con historias de la vida íntima en las que reflexiona sobre el deseo, la impunidad y la arbitrariedad del perdón, pero también lo hace sobre la Transición y la decisión de no juzgar los crímenes y vilezas de la Dictadura.

«Tras una dictadura, no se puede llevar a medio país al banquillo o a juicio; la amnistía general quizá fue lo más sensato. No había otra solución», asegura Marías en una entrevista con Efe en la que se muestra en desacuerdo con quienes consideran la Transición«una bajada de pantalones».

«La gente olvida muy pronto que, en España, los períodos de libertad se contaban por trienios a lo largo de su historia. Y llevamos ya casi cuarenta años con libertad y con un país equiparable a cualquier otro europeo, aunque cada uno tenga sus características y sus desgracias», señala.

Pero, «una cosa es que no se juzgara a nadie y otra muy distinta que no se pueda saber lo que pasó en la Dictadura, lo que hizo éste o lo que escribió el de más allá, y eso me causa perplejidad», dice este gran novelista, cuya obra está traducida a más de cuarenta idiomas.

En su nueva novela, publicada por Alfaguara en todos los países hispanohablantes y presentada hoy por el autor en Madrid, Marías atrapa al lector con una turbadora y excelente narración en la que invita a pensar, además, sobre la dificultad de alcanzar la verdad, las consecuencias de los engaños y sobre el rencor, «uno de los vínculos paradójicamente más fuertes» en las relaciones de pareja.

La novela está narrada por un hombre ya maduro, pero cuenta lo que le sucedió cuando tenía 23 años, en 1980, y eso le permite meditar sobre la juventud, una época en la que «se tiene el alma aplazada y la conciencia también».

Recién acabada la carrera de Filología Inglesa (la misma que la del autor), Juan Vere entra a trabajar como secretario personal en la casa de Eduardo Muriel, un director de cine, y de su mujer, Beatriz Noguera, y es testigo de «la misteriosa desdicha conyugal» que se respira entre ambos. Faltaba un año para que se aprobara el divorcio en España.

Marías consigue en «Así empieza lo malo» (el título está tomado de Shakespeare, como en otras obras suyas) páginas magistrales sobre el deseo, el eje central de la novela, y uno de «los motores mayores que llevan a obrar a la gente a veces bien y otras de manera indecente, muy vil y muy baja», señala. En esta novela, «hay una carga erótica mayor» que en otras suyas, aunque no hay escenas de sexo muy explícitas.

«Las escenas de sexo son terriblemente difíciles de hacer en literatura, y yo diría que el 95 por ciento de las veces salen fatal. Hablo como lector. Incluso grandes escritores son una calamidad cuando se ponen a describir escenas eróticas, porque o son muy cursis o muy soeces y zafias, o casi ginecológicas», asegura Marías.

En la Dictadura franquista se cometieron muchos abusos, pero «quizá no se ha hablado demasiado», indica el novelista, de aquellas mujeres que se vieron obligadas a entregarse sexualmente «como medio de pago y para evitar males mayores».

Y esa clase de abusos sale a relucir en esta novela que tiene «algo de melodrama y algún elemento de patetismo». Pero, entre esas «historias tenues» del libro, se cuela también el humor, protagonizado con frecuencia por el académico Francisco Rico, personaje ya habitual de las novelas de Marías.

Con respecto a la situación que vive Cataluña, el escritor entiende que haya «una parte grande» de la población catalana que desee la independencia, pero no puede evitar ver el proceso soberanista «como una especie de cortina de humo y de engañabobos», propiciado por lospartidos nacionalistas. «Todo esto se produce en un momento de crisis económica y en el que hay un gobierno del cual no me extraña que todo el mundo se quiera separar, digámoslo así», afirma Marías.

El autor, que suele expresar sus opiniones sobre cuestiones políticas en sus artículos semanales, reconoce que le «cuesta mucho sentir interés» por las aspiraciones independentistas de los catalanes, quizá porque los madrileños están «más lejos que los de cualquier otro sitio de ese tipo de sentimientos». «Es verdad que Cataluña tiene unas características muy marcadas y es posible que debiera tener un estatuto que no fuera idéntico al de las demás regiones», comenta el autor de «Los enamoramientos».

Pero, en realidad, continúa Marías, «para que en algo que lleva quinientos años mal que bien funcionando, de pronto haya una especie de fiebre por la cual quieren separarse, uno se pregunta: ‘¿qué ha pasado? ¿Ha pasado algo gordo, grave?’. Porque es una medida algo extrema la que plantean». El escritor señala que, en la actual crisis, la Generalitat «ha sido pionera incluso en los recortes más brutales que se han llevado a cabo», los cuales se aplicaron antes de que lo hiciera también el Gobierno central.

Pero hace más de dos años que en Cataluña «no se habla de nada de esto», indica Marías, que no puede evitar ver las propuestas de los partidos nacionalistas catalanes «como una especie de cortina de humo y de engañabobos. Y, precisamente, los catalanes, en términos generales, no se puede decir que sean muy bobos, sino que más bien están por encima de la media en inteligencia».

El autor de «Mañana en la batalla piensa en mí» cree que en este proceso hay «un elemento muy grande de artificialidad, de impostura», pero también sabe que «no se puede obligar a nadie a permanecer en el matrimonio». «Así que, si los catalanes deciden irse, que se vayan. Pero que se vayan haciéndolo bien. Y da la impresión de que todo está demasiado manipulado, demasiado dirigido», subraya Javier Marías.

Pero, si el proceso se hiciera «limpiamente y sin trampas, y saliera la independencia, a mí personalmente tampoco es que me importase demasiado», remata.

EFE, 24 de septiembre de 2014

AELM

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Javier Marías: “El rencor es una fuerza enorme de la que puede ser difícil prescindir”

Foto. J Rojas

Foto. Julián Rojas

La soledad de su voz fue desterrada cuando el propio Javier Marías abrió la puerta del balcón de su casa en Madrid e irrumpió el rumor babélico de los turistas de la plaza. Él estaba en mitad de sus reflexiones sobre su nueva novela, Así empieza lo malo (Alfaguara), que saldrá a la venta el 23 de septiembre. Dejó entrar las voces y el sol contundente de la tarde, sin parar de fumar ni hablar, en ese momento, de la manera en que algunos españoles no solo se “cambiaron de chaqueta”, como por arte de magia, tras la muerte de Franco, sino que intentaron obrar el milagro de usurparse a sí mismos con nuevas biografías. Fue poco después de que aclarara que no se trata de una novela política, sino sobre el deseo, el rencor y la arbitrariedad del perdón, de pasar por alto cuestiones graves y, en cambio, dejar emponzoñar algunas nimias.

El ojo en una rendija…

…Y el lector como testigo de una historia privada emocional y sentimental sobre la manera en que se fraguan una desdicha amorosa, unos deseos sexuales como motores de la vida, unos recuerdos nobles y rastreros y el arte de enmascarar y querer saber la verdad… ¡La verdad!… ¿Para qué? Y es ahí donde Javier Marías (Madrid, 1951) a la vez que cuenta y recupera el tiempo para comprenderlo, establece un diálogo con el lector.

Es su novela más erótica y feminista, con más humor y desparpajo lingüístico y la segunda más larga (la primera es su trilogía de Tu rostro mañana), en cuyas 534 páginas está el rastro del joven Marías, del Javier Marías que fue, y que es en la memoria y en los recuerdos, llamado aquí Juan de Vere. Él, el joven Juan, es quien desde una edad cercana a los 50 años del presente evoca su vida en 1980. Tenía 23 años, el adiós al franquismo aún estaba presente, la Transición había echado a andar, el mundo parecía reinventarse y el divorcio, el divorcio estaba al caer. Faltaba un año. Ahí está el origen de una novela en cuyo título, una vez más, está la presencia tutelar de Shakespeare, ahora invocado en Hamlet: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Mientras, aquí mismo, y antes de que se cuele el murmullo de voces, la del escritor y académico, sentado en el sofá de su casa bajo un cuadro de Keller-Reuntlingen, donde un pueblo decimonónico entre sombras se refleja en el agua, escenifica lo que dicen de su narrativa: pensamiento en movimiento trenzado de relato y análisis, ahora, mientras habla al lector:

“Si en otras novelas he podido determinar con bastante exactitud el primer latido, como decía Nabokov, aquí no tengo un elemento tan concreto. Cuando uno lleva 43 años publicando y ha tenido varias fases, llega un momento en el cual uno acepta que tiene un estilo, unos temas principales que me preocupan y sobre los cuales se puede ahondar, y no es meramente repetición”.

“Una de las cosas que parece haberse olvidado es que hasta hace relativamente poco no había divorcio en España. Recordé que muchos matrimonios, aunque se llevaran mal y fueran indiferentes, seguían juntos. Eso me llevó a pensar que aparte de no existir el divorcio, una de las cosas que, a menudo, más mantiene a las parejas, y vale tanto para matrimonios como otro tipo de relaciones, es el rencor. Cómo el rencor es una fuerza enorme, y puede ser difícil prescindir de él. Me interesaba también abordar el deseo sexual mezclado, a veces, con amor y como uno de los motores más fuertes entre dos personas, sobre todo en la juventud. El narrador cuenta desde una edad ya madura y eso le permite observarse de joven y a los jóvenes en general. Hay una frase que define parte de la novela: ‘Los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas’, y suelen ser desaprensivos en algunos terrenos. Hay un tercer elemento: la arbitrariedad del perdón. En um momento dado uno de los personajes centrales, Eduardo Muriel, dice que la justicia desinteresada e impersonal no existe”.

No es una novela sobre los jóvenes y la sexualidad, pero… tiene coordenadas sobre ese territorio y la manera en que algunos jóvenes buscan crear recuerdos. Sembrar felicidades.

“Como autor me resulta inquietante que el joven en un momento dado tiene la sensación de haber vivido cosas como una especie de atesoramiento, y viene a decir: ‘Tengo que fijarme bien, tengo que aprehender bien este momento y estar atento a los detalles porque habrá un yo futuro que ya no tendrá tan fácil este tipo de escenas y me reclamará este momento’. Como si uno tuviera presente el espectro que será. A medida que uno cumple años descubre que el joven que fue tenía razón, y que uno ha guardado aquel día, aquella noche, aquel polvo, por decirlo mal, o aquel enamoramiento. No es malo que el lector reconozca cosas en esta novela. Cuando la gente dice que la novela es una forma de conocimiento yo digo no, para mí es una forma de reconocimiento. La novela lo que hace es traerte como lector cosas que sabías pero no sabías que sabías”.

AELM

No es una novela autobiográfica, pero…. Marías, desde el borde del sofá de esta casa donde vive hace 20 años, y con el cigarrillo entre los dedos, desanda sus años juveniles.

“El lenguaje del narrador es más crudo. Sobre todo en el pensamiento, y eso da verosimilitud. Para su configuración recordé pasajes de mi vida de joven. He pensado con cierta honestidad sobre si yo habría hecho una cosa u otra. Y a veces no es fácil reconocer y aceptar que también uno se portó de manera un poco indigna, aunque a eso está uno expuesto en cualquier edad, pero en la juventud hay cosas a las que no se les da importancia porque los jóvenes tienen el alma y la conciencia aplazadas. Y me temo que sí hay elementos del que fui…”.

No es una novela de amor, pero… tras los retratos de Los enamoramientos, en su exitosa novela anterior, en Así empieza lo malo se asoma a diferentes formas de amor.

“Lo extraordinario es que el amor sea correspondido. ¿Por qué diablos alguien a quien nosotros señalamos va a corresponder y, en caso extraño de que así sea, por qué ha de durar? Lo tenemos como algo que sucede habitualmente. Enlaza con una idea de Corazón tan blanco, cuando se dice que en realidad todo el mundo obliga a todo el mundo. En las relaciones más extraordinarias, amorosas, probablemente, al menos al inicio, hay un cierto grado de forzamiento de las circunstancias de quien toma la iniciativa, incluso en la amistad, aunque luego las tornas se cambien. Es muy raro que todo sea simultáneo. Como cuando un niño le dice a otro: ‘Quiero ser amigo tuyo’. Eso sigue siendo así, aunque no se verbalice. Verse considerado, deseable por alguien, te hace sentir bien y considerar al otro también, cosa que no hubiera sido posible de otra manera. Estamos expuestos a dejar de ser un bulto en el océano, porque si nos avistan, y tampoco ocurre mucho: o se acercan a uno, o nos esquivan.

No es una novela sobre venganzas, pero… palpita ese lado incontrolable del ser humano, junto al de la impunidad y las sombras de la justicia.

“La arbitrariedad del perdón es un misterio. El que no pasemos por alto cosas pequeñas. Quizá tiene que ver con lo que hiere el amor propio y este es enigmático. A veces nos tomamos mal que se ponga en duda algo trivial y no nos importa que se ponga en duda algo básico de nuestra personalidad o comportamiento. Nadie sabe muy bien dónde tiene puesto el orgullo. Si me lo preguntas a mí, no te sabría decir con exactitud, pero probablemente no sería en mis libros. El orgullo no siempre está puesto en lo aparentemente más importante.

No es una novela política ni histórica, pero… el franquismo parece tocarlo todo en España. Su estela es larga y el autor de Todas las almas y Mañana en la batalla piensa en mí no calla.

“Hubo un acuerdo, después de la dictadura, de no pasar factura a nadie. Es algo que ahora la gente reclama mucho, pero olvida que aunque se hubiera querido hacer, en los 80 los únicos que mantenían las armas eran los del ejército que seguían siendo franquistas como se demostró con el fallido golpe de Estado del 23-F. Si alguien hubiera dicho ‘queremos que se juzgue a los culpables del franquismo’ habría caído en el vacío. Fue acertado no llevar a nadie al banquillo, aunque eso supusiera renunciar a muchas cosas. Pero sin duda eso contribuyó a que pasáramos a tener un país más o menos normal, por muy imperfecta que sea la democracia y más imperfecta que esté ahora. No sé si fue una bajada de pantalones, como dicen algunos, pero conseguimos mucho a cambio. Se olvida que los periodos de libertad en España se contaban por trienios y ahora llevamos cerca de 40 años”.

“Una cosa es que no se pasaran cuentas y existiera una especie de amnistía general y otra es que no se pudieran saber las cosas. Y ahí es donde quizá hubo una exageración, en el ocultamiento, y eso es más irritante porque es en lo que seguimos, hasta cierto punto. En la novela hay un personaje que quiere saber algo del pasado de un amigo y luego desiste. Dice que si perdiera esa amistad al involucrarse en lo que él hizo hace muchos años, y que luego ha reparado, sería el mayor imbécil de un país donde nadie está haciendo eso. Donde se están dejando pasar las cosas. Así renuncia a saber. Eso refleja la época, 1980, y lo que ha pasado en este país. Pero no es solo reflejo de una época española sino de la historia de la humanidad. En realidad, en casi todas partes el número de crímenes que han sido juzgados y castigados es mínimo. No se puede llevar a todo un país, y ni siquiera a medio, al banquillo, salvo en una dictadura, si eres Stalin, Franco o Hitler, y ¿quién quería eso?”.

Sin dejar de hablar, Marías se levanta, se acerca al balcón y deja rodear su voz del murmullo, al regresar al sofá y pasar por el muro de sol que entra hace revolotear las finas serpentinas del humo del cigarrillo.

“No es que sea conformista, es la aceptación de que así son las cosas. Hay un momento en que dices: ‘Hay que convivir’. Pero me parece bien que queramos reclamar la verdad, y que se diga lo que sucedió. Una cosa es que no se lleve a nadie al banquillo y otra que algunos hubieran empezado a crearse biografías festivas. A veces los cambios de chaqueta son sinceros. Pero mi padre decía: ‘No creo en arte de magia’. En personas que un día están aquí y al día siguiente allá, hay que ver su desplazamiento. Tenía razón. Incluso muchos intelectuales tuvieron actuaciones dudosas u oportunistas y fueron cambiando, algunos de manera sincera. Nunca es lo mismo una guerra con los demás que con uno mismo”.

“Quizá sea mi novela más feminista en el sentido de que hay mayor conciencia del abuso habitual que se le da y se le ha dado a las mujeres. Cómo se logran de ellas cosas mediante la coacción, la amenaza, el chantaje o la denuncia. O, incluso, se busca satisfacer el deseo con ellas como manera de pago como ocurrió en el franquismo de forma rastrera”.

No es una comedia ni un melodrama, pero… hacia las siete de la tarde el autor de El hombre sentimental emparenta su nuevo libro con el culebrón en su sentido más noble.

“En mis novelas suele haber humor. Ahora, tal vez, como elemento rebajador de la tensión. Quizá porque hay elementos de melodrama en el mejor sentido de la palabra. Eso se ha producido para cierta sorpresa al intentar ser más realista, más verosímil. Al hacerlo me he encontrado con que entre más se acerca uno a la vida de las personas aparece el melodrama. La ocultación o el engaño de muchos tipos suelen estar presentes en las relaciones. Y, a veces, cuando se descubre la verdad, lo que se ha vivido se vuelve desazonador. Entonces se quiere borrar ese periodo de farsa. Pero no puede ser porque se ha vivido, fue real, aunque esa verdad invalide parte de una vida y sea un periodo contaminado”.

No es una novela ni filosófica ni sociológica, pero… Marías abunda en el tema y se pregunta qué haría la gente: ¿saber o no saber algo personal o ajeno quel e involucra? Por lo pronto, él cuenta qué va a hacer ahora.

“No tardaré mucho en empezar algo. El 20 de septiembre cumplo 63 años. La edad casi de un jubilado y si uno no está activo está peor. Antiguamente uno tenía más perspectiva en lo que yo llamaba futuro abstracto, ignoto, en el que cabe todo. Pero ahora vivo en un presente continuo y no se sabe lo que nos deparará la vida”.

Él, que ha escrito 12 novelas, ha sido traducido a 29 idiomas y ganado varios premios, y que se sabe hijo del azar porque su bisabuelo materno estuvo a punto de morir cuando era un bebé, mientras décadas después su padre fue casi empujado a la muerte, durante el franquismo, tras la infamia de un delator, deja su universo literario de Así empieza lo malo con dos personas que se miran y en silencio parecen decirse: “Y no, nada de palabras”.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 14 de septiembre de 2014

‘Así empieza lo malo’, la nueva novela de Javier Marías

JM Meulenhoff

ALFAGUARA PUBLICARÁ EN SEPTIEMBRE DE 2014 ASÍ EMPIEZA LO MALO, LA NUEVA NOVELA DE JAVIER MARÍAS

El 23 de septiembre de 2014, Alfaguara publicará Así empieza lo malo, la nueva novela de Javier Marías, en lanzamiento simultáneo en todo el ámbito de la lengua castellana.

Así empieza lo malo cuenta la historia íntima de un matrimonio de muchos años, narrada por su joven testigo cuando éste es ya un hombre maduro. Juan de Vere tiene 23 años, acaba de finalizar sus estudios y encuentra su primer empleo como secretario personal de Eduardo Muriel, un antaño exitoso director de cine, en el Madrid de 1980. Su trabajo le permite entrar en la privacidad de la casa familiar y ser espectador de una misteriosa desdicha conyugal.

«Es un libro sobre el deseo, como uno de los motores más fuertes en la vida de las personas, que a veces lleva a pasar por encima de cualquier lealtad, consideración e incluso respeto en el trato con los demás. Otro de los temas de la novela es la impunidad y la arbitrariedad del perdón y del no perdón. Cómo la idea de justicia que la gente reclama a veces tiene mucho que ver con que el acto en sí nos afecte o no», afirma el autor. Así empieza lo malo trata también sobre la obstinación amorosa y sobre las relaciones íntimas, un asunto que el escritor ya trató en novelas anteriores.

Así empieza lo malo se publica tres años después de la última novela escrita por Javier Marías: Los enamoramientos (Alfaguara, 2011), que fue acogida con gran éxito de público y crítica. En España, Los enamoramientos fue elegida mejor libro del año por Babelia en 2011 y recibió el XIV Premio Qué Leer que otorgan los lectores de esta revista literaria. En el extranjero, Los enamoramientos ya se ha traducido a un total de 29 lenguas y ha sido finalista del National Book Critics Circle Award como mejor novela publicada en Estados Unidos en 2013. Además, Los enamoramientos fue seleccionada por el diario The New York Times entre las cien mejores obras de ficción de 2013. Las ediciones se han sucedido en países como Alemania, Francia, Holanda, Italia, Reino Unido y Estados Unidos.

«Sea lo que sea que creamos que vaya a suceder mientras leemos, estamos eligiendo pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión; su mente es profunda, aguda, a veces chocante, a veces hilarante, y siempre inteligente.»

The New York Times Book Review

«Es fácil entender por qué el nombre de Javier Marías se menciona a menudo en las discusiones sobre los potenciales ganadores del Premio Nobel de Literatura ya que Los enamoramientos aborda temas que atacan al corazón mismo de la condición humana. Marías entrelaza argumentos filosóficos, literatura clásica y conversaciones tanto reales como imaginadas que dan forma a una caleidoscópica obra de arte. Un libro para ser saboreado, discutido y releído.»

The Gazette

Alfaguara, 6 de junio de 2014

 

fumando

Javier Marías publicará en septiembre una novela sobre el deseo y el perdón

El deseo como “uno de los motores más fuertes en la vida de las personas” es el eje central de la nueva novela del escritor Javier Marías, Así empieza lo malo, una obra que se publicará el 23 de septiembre y en la que reflexiona también sobre la impunidad y “la arbitrariedad del perdón o del no perdón”.

“Esta novela tiene quizás una carga erótica mayor que otras mías, aunque no hay escenas muy explícitas; son más sugerentes que otra cosa”, afirma Marías en una entrevista con Efe, en la que adelanta las claves de este libro que editará Alfaguara simultáneamente en todos los países hispanohablantes.

Así empieza lo malo -el título, como sucede en otras obras de Marías, es una cita de Shakespeare- llegará a los lectores tres años y medio después de Los enamoramientos, cuya escritura suscitó tantas dudas en su autor pero con la que triunfó en España, Alemania, Francia, Holanda, Italia, Estados Unidos y Gran Bretaña.

El escritor se enfrenta ahora a la corrección de pruebas de su nuevo libro, más largo de lo habitual en él (unas 580 páginas), y con buenas dosis de intriga y humor.

Hay también en la novela elementos que “enlazarían” con Los enamoramientos, como “lo que se es capaz de hacer por obstinación amorosa” y la arbitrariedad del perdón.

“En la reclamación de justicia a menudo hay un componente civilizado, todavía de venganza. Lo sorprendente es que, a veces, se perdonan cosas mucho más graves que otras simplemente porque no nos las han infligido a nosotros. Y en cambio, cosas que son muy leves, en la medida en que me las han hecho a mí, no hay manera de que eso se perdone nunca”, señala el autor.

Los comienzos de las novelas de Javier Marías suelen ser magistrales y el de Así empieza lo malo (la cita completa es “así empieza lo malo y lo peor queda atrás”, y es de Hamlet) no defraudará al lector.

“No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga-, y sin embargo hoy sería imposible”, escribe Marías.

La novela está ambientada en el Madrid de 1980, cuando “todavía no había divorcio” en España, pero el libro “no es nada historicista ni de recreación de época”.

El narrador se llama Juan Vere o Juan de Vere y cuenta, desde la época actual, lo que le ocurrió cuando tenía 23 años, hacia 1980.

El libro “no es particularmente autobiográfico”, pero Marías le presta algunas vivencias a Juan Vere, que, “recién terminada la carrera de Filología Inglesa (la misma que el escritor), entra a trabajar como ayudante de Eduardo Muriel, un director de cine.

“Es innegable”, dice, que hay elementos de su tío Jesús Franco, el director de cine, y cosas de rodajes a los que Marías asistió. Salen en pequeños papeles actores como Jack Palance y Herbert Lom.

Pero “no es una novela ambientada en el mundo del cine”, aclara Marías. El narrador trabaja en la casa de Muriel y de su mujer, Beatriz Noguera, que llevan unos veinte años casados, en medio de “una misteriosa desdicha conyugal”.

Juan Vere empieza a recibir, por parte del director, “encargos y misiones” relacionados con el pasado de ese matrimonio, en el que también intervino el doctor Van Vechten.

Y al investigar el pasado saldrán a relucir hechos de la posguerra española, “nada truculentos aunque sí desagradables”.

La novela está centrada en las relaciones personales y narra “historias tenues, las de la vida privada, que son a veces las que no se cuentan nunca”. Pero también “se podría hacer una interpretación política” de algunos asuntos, comenta Marías.

Eduardo Muriel es tuerto y “lleva un parche de lo más clásico” sobre el ojo derecho. Hay “un elemento simbólico en esa ‘tuertez'”, comenta el escritor antes de pedir “disculpas por el barbarismo”.

“Y es que no queremos ver más que parcialmente o vemos selectivamente. A veces es deliberado, es conveniente que tengamos una visión tuerta del mundo”, señala el autor de Tu rostro mañana, cuya nueva novela tiene que ver, “evidentemente”, con otras suyas.

“Ya hay algunos críticos -dice- que sostienen que mis novelas forman una gran novela, un magma novelístico que se va completando”.

El otro simbolismo del ojo tuerto es “el de nuestra parcialidad en el conocimiento de lo que vivimos. Siempre tenemos una visión incompleta. Siempre nos movemos de manera tuerta en el mundo”.

La novela reflexiona también sobre la juventud, cuando se tiene “el alma aplazada y la conciencia también”, comenta el autor, de 62 años, “una edad en la que se da uno cuenta de que el tiempo de la juventud era totalmente distinto del de la madurez”.

“Hace poco yo recordaba que hubo un año, en 1983, en el que cambié de proyecto de vida varias veces. Me iba a ir a Estados Unidos, estuve a punto de casarme, fui a Oxford…”, recuerda el novelista.

De la nueva novela de Marías habla con verdadero entusiasmo Pilar Reyes, directora de Alfaguara: “Es un libro de una potencia simbólica inmensa. Es gran literatura”.

ANA MENDOZA

Efe, 6 de junio de 2014

 

Foto. Luis Sevillano

El deseo sexual y el perdón se citan en la nueva novela de Marías

Del deseo sexual a la arbitrariedad del perdón, cruzada por la mirada del otro de la cual no se puede huir. Todo está casi listo para la publicación de Así empieza lo malo (Alfaguara). Solo falta que Javier Marías dé una última revisión a la novela y elija la portada con la que saldrá el 23 de septiembre. Será su novela número 12. Llegará después de tres años de Los enamoramientos, con la que ha obtenido gran acogida de crítica y público en España y en el extranjero, a donde ha sido traducida a 29 idiomas.

Aunque Así empieza lo malo (otra vez las palabras tutelares de Shakespeare en los títulos de Marías, esta vez bajo la presencia de Hamlet) no es una continuación de Los enamoramientos, sí es una especie de otro estadio de aquella temática, y, sobre todo, una pieza más que se integra de manera individual y a la vez complementaria de toda su obra.

En dos frases la novela es, según Javier Marías (Madrid, 1951): “Sobre la impunidad y la arbitrariedad del perdón, de cómo perdonamos algunos hechos graves mientras somos incapaces de hacerlo con los pequeños. De la incapacidad de pasar por alto cuestiones intrascendentes; y sobre el deseo sexual y la obstinación amorosa, del deseo como motor de las acciones de la persona y cómo eso se puede utilizar de manera noble o rastrera”.

Una ampliación del universo Marías, en extensión y profundidad. Y como parte de su creación literaria en la que personas, hechos o emociones se definen más por lo que no son, Así empieza lo malo también permite esa aproximación:

No es una novela autobiográfica, pero sí tiene vivencias de la juventud del autor.

No es una novela política, pero sus resonancias están allí.

No es una novela sobre los años 80, pero la acción transcurre en esa década.

No es una novela histórica, pero las esquirlas de la posguerra Guerra Civil, en los años 40 y 50, alcanzan a sus personajes.

No es una novela de amor, pero sí de la desdicha del matrimonio protagonista.

No es una novela erótica, pero sí tiene más escenas o referencias de las habituales en la narrativa del escritor.

No es una novela realista al uso, pero sí tiene la intención del autor a su manera.

No es una novela de venganzas, pero sí sobre la impunidad y la arbitrariedad del perdón.

No es una novela sobre la justicia, pero sí sobre la idea que tiene cada individuo sobre la justicia objetiva y arbitraria.

No es una novela sobre cine, pero si está esparcida de muchas referencias cinematográficas conectadas con la realidad de los personajes.

No es una novela sobre el vouyerismo, pero sí sobre cómo la mirada del otro y la propia sobre los demás determina el curso de los hechos, y “algunas escenas avistadas por los jóvenes se guardan como un tesoro”.

No es un melodrama, pero “tiene algunos elementos en el sentido noble del término; algo inevitable en cuanto uno se asoma a la vida de las personas y se parece a algo como el realismo”.

No todo es apariencia. Todo se define por lo que hay más allá de lo que se ve a primer golpe de vista. Porque Así empieza lo malo es sobre todo, cuenta Marías, “una novela sobre la vida privada de las personas, con aplicación al ámbito privado y un reflejo social. Sobre las historias tenues, aspectos de la vida íntima que se guardan y se llevan consigo”.

Y es en la arbitrariedad de justicia y perdón donde la novela de Javier Marías conecta especialmente con la realidad más actual de España: el Rey y la Casa Real. “No soy monárquico”, adelanta el escritor, “pero ha habido cierto histerismo alrededor de la figura del Rey y su familia en los últimos tiempos”. Señala que, sin desconocer las equivocaciones de esa institución, todo lo lleva a una reflexión y una pregunta: “Se ha sido injusto con la figura del Rey que ha sido importante para este país. ¿Me pregunto: dónde está esa severidad que se aplica a esa institución y no a los políticos corruptos a los que se sigue votando en lugar de castigar y contribuir a cambiar la situación?”. Marías tiene confianza en Felipe VI.

Han sido tres años, desde Los enamoramientos, vertiginosos para Marías, no solo por la acogida de la novela, sino también por varios premios como el Formentor y rechazado el Nacional con gran revuelo. Pero lo que peor ha llevado ha sido la promoción de la novela por el tiempo que le quita para la escritura.

¿Cómo sale del mundo de Los enamoramientos del que habla constantemente en las promociones y luego entra en el de Así empieza lo malo? “Se compagina como se puede”, es la primera reacción. Luego explica que siempre es molesto cualquier tipo de interrupción durante ese proceso de creación: “Una vez llego de una promoción, siempre cuesta volver a meterse y retomar la novela. Aunque al principio es con un poco de dificultad pero luego…”.

La sensación, durante y al final de la escritura es la misma en los últimos libros: “Vuelvo a decir que cuantas más novelas hago, menos entiendo cómo se hacen; y me asombra que la gente las lea sin queja. Sobre todo porque debido a esas interrupciones las escribo por fragmentos”. Y recuerda que es un autor que escribe sin mapa, sin brújula, que es lento y que trabaja mucho cada página, “incluso hay días que escribo solo una página por día”. Así han salido obras como Tu rostro mañana, Negra espalda del tiempo, Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí. En él se agudiza la tentación de ir a tientas. Se sorprende, por eso, que haya cada vez más escritores

Entre viajes y escritura, Javier Marías ha creado su nueva novela entre 20 o 21 meses de manera continuada. Literatura y realidad se juntan para cerrarse con la continuación de la frase de Shakespeare que da título a la novela: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 6 de junio de 2014

JM y el rey Juan Carlos

Javier Marías cree “un poco demencial” plantear ahora lo de la República

periodista digitalEl escritor Javier Marías es “republicano de corazón”, pero cree que el reinado de Juan Carlos I ha sido, “probablemente, el período más largo de paz y bienestar que ha tenido España”, por lo que considera “un poco demencial” que se pida un referéndum para ver si se quiere continuar con la monarquía.

“Por mucho respeto que se le haya perdido en los últimos tiempos a la figura del Rey, creo que todavía es más respetado por parte de un país con tendencias iconoclastas de lo que podría serlo cualquiera que fuera elegido presidente de la República”, afirma Marías en declaraciones a Efe.

Este escritor, uno de los más importantes en lengua española de las últimas décadas, defiende la monarquía para España, dado que “la alternativa sería un presidente de la República elegido y que podría ser desde José Bono hasta José María Aznar, Esperanza Aguirre o Rouco Varela”.

El rey Juan Carlos, añade el escritor, es una figura a la que, “personalmente”, le tiene “mucho aprecio y mucho agradecimiento y respeto. Y no hay que olvidar que impulsó la democracia en España”.

“Digamos que, siendo republicano de corazón, hace ya muchos años que, tal como es este país y tal como ha ido este reinado, creo que no está mal que haya una figura que tampoco interfiere realmente (en los asuntos de Estado), porque es verdad que el Rey reina pero no gobierna”, comenta.

El autor de Corazón tan blanco no es de los que consideraba “necesario” que el Rey abdicara en su hijo Felipe, al que ve preparado para reinar. “El Príncipe tiene buena pinta”, dice con humor.

Más bien opina que “todo lo que ha habido en torno a la figura del Rey en los últimos tiempos es histérico y exagerado a más no poder”.

“España es un país absurdo. Se toleran las corrupciones de montones de políticos, a los cuales se ha votado en elecciones a sabiendas de que eran absolutamente corruptos, aunque no hubiera sentencias en firme, y aquí nadie se ha rasgado las vestiduras por eso”, asegura el novelista.

Al escritor no le casa esa “tolerancia absoluta” hacia los políticos con “la intransigencia” que muchos han mostrado tras producirse en el seno de la familia real “un posible caso de corrupción en la figura principalmente de un yerno y, quizá, de la hija del Rey”.

“Ha habido como una especie de histeria generalizada y se ha decidido que eso salpicaba enormemente a la propia figura del Rey y a la familia real en su conjunto. Yo no lo veo”, insiste el autor de novelas como Mañana en la batalla piensa en mí, Tu rostro mañana o Los enamoramientos.

Pero respeta la decisión del Rey de abdicar en su hijo.

Don Juan Carlos “es un hombre con una edad considerable y quizá también le haya parecido que no era cuestión de convertir al Príncipe Felipe en una especie de Carlos de Inglaterra, que ya está en la edad de la jubilación y no se sabe qué hacer con él. Esa es la impresión que da”.

Y “ha sido sabio” por parte del Rey no abdicar “en el momento en que se le reclamaba que lo hiciera con más gritos, sino hacerlo cuando había retomado sus actividades y había vuelto a viajar de nuevo”, concluye Marías.

EFE, 4 de junio de 2014

Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte desvelan sus secretos

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Los tres escritores dialogan en la celebración de los 50 años de Alfaguara

Silencio. Unos 840 lectores escuchan atentos las historias, revelaciones, vericuetos y cotidianidades literarias y felicidades irrepetibles contadas de viva voz por Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Mientras Marías de muy niño casi odiaba los libros porque le quitaban espacio para jugar, Pérez-Reverte jugaba con ellos creando barricadas y Vargas Llosa, que aprendió a leer a los cinco años, le pedía cada 25 de diciembre al niño Dios que le regalara libros y más libros.

Entre el silencio, risas sacadas por un Nobel y dos de los más destacados escritores del idioma español —los tres académicos de la Lengua— al compartir su pasión con el público en los Teatros del Canal, de Madrid. Lo hicieron dentro de uno de los principales actos de celebración de los 50 años de su editorial: Alfaguara.

Murmullos en poco más de hora y media de recorrido por la trastienda de tres grandes autores como creadores y en su tránsito hacia su fin último: el público. En el escenario, bajo varios focos de luz, los tres de camisa blanca, recordaron el primer encuentro con los libros, luego sus primeros escritos, después se encaminaron por la ruta que los lleva a la concepción de su literatura. Hablaban de sus vidas. De la felicidad. Más anécdotas y más secretos desgranados bajo la moderación de Pilar Reyes, su editora: “Un momento emocionante estar con tres figuras icónicas de nuestro catálogo y que representan a la figura más importante de la editorial: el autor”.

Una nube de dudas, titubeos e inseguridades a la hora de escribir los identifica. Vacilaciones que aumentan con los años. Los une también el hecho de que el descubrimiento de la lectura en la infancia se les convirtió en el mejor placer. Después no es que quisieran ser escritores, sino que querían escribir para prolongar las historias que les gustaban, o que no les gustaban para cambiarles el final.

Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), Nobel en 2010 y entusiasta crítico de libros también, debutó hace 55 años, en 1959, con el volumen de cuentos Los jefes. Estaba en París. Allí reafirmó su vocación y descubrió a los autores latinoamericanos que habrían de formar aquella feliz escandalera llamada boom. Él es uno de sus pilares. No sabe aún que le preguntarán qué se siente el saberse el último mohicano de una época fascinante de la literatura.

Más de 800 personas escucharon atentas la trastienda de sus autores favoritos
Marías (Madrid, 1951) publicó su primera novela en 1971: Los dominios del lobo. Gran admirador de William Shakespeare, el autor de Mañana en la batalla piensa en mí y Tu rostro mañana ha reconocido varias veces que la grandeza y misterio del dramaturgo inglés lo invitan a escribir: “Me espolean e incluso me dan ideas”. Por eso cuando Vargas Llosa le pregunta qué escritor le hubiera gustado ser si pudiera elegir, se decanta por el genio británico porque, dice, “nunca acabo de entender cómo funciona su cabeza”.

Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) empezó en la narrativa en 1986 con El húsar. Curtido en el periodismo, 15 novelas y muchos artículos de prensa acompañan al autor de títulos como El club Dumas, La reina del sur y El francotirador paciente. Él hubiera querido ser Joseph Conrad, “porque fue marino antes que escritor, y hay autores como él que envejecen bien y siempre sorprenden”.

Un escritor serio es lo que ha leído, lo que ha vivido más lo que imagina, asegura Pérez-Reverte. Todos coinciden en que las historias los buscan a ellos. Él y Vargas Llosa reconocen que suelen tener temas en nevera y que les produce cierta melancolía el saber que no los podrán escribir, ya que cada libro tiene su momento. “¡Qué envidia me dais!”, exclama Marías. Dice que a él eso no le ocurre: una vez que termina un libro no sabe lo que viene.

En medio de risas, llega la pregunta a Vargas Llosa, formulada por Pérez-Reverte: “¿Cómo se siente al ser el último de los mohicanos y saber que va a apagar la luz de una época…?”. El autor de La casa verde y Conversación en La Catedral ríe. Más de 800 personas ríen con él. Y contesta: “No lo sé”. Pero confesó que hay experiencias que obligan a la modestia: “Un día iba en un avión a Canarias y una azafata me dijo que un pasajero me admiraba mucho y quería conocerme. Acepté. Él se acercó conmovido y me dijo: ‘No sabe lo importante que han sido usted y sus libros en mi vida’. Y ahí vino la cuchillada: ‘Cien años de soledad ha sido muy importante’. No me atreví a decepcionarlo y decirle que yo no era García Márquez”. Todos ríen, mientras concluye: “Así suplanté a García Márquez”.

Y siguieron más historias reales de estos creadores de ficción. Fue por la celebración de este medio siglo de Alfaguara, que se cumplirá este otoño, y que empezó en diciembre pasado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). Un sello que nació en 1964 por iniciativa del constructor Jesús Huarte y bajo la dirección de Camilo José Cela y sus hermanos Juan Carlos y Jorge. En 1975 la editorial tomó un nuevo rumbo bajo la dirección de Jaime Salinas que alentó su vocación contemporánea. Con Salinas llegó Enric Satué, encargado de diseñar esas portadas azules exquisitas. En 1980, la editorial entró a formar parte del Grupo Santillana (del Grupo Prisa, editor de EL PAÍS). En 1993 empezó Alfaguara Global, con edición simultánea en España y América Latina. En marzo de 2014, Santillana vendió Ediciones Generales, que incluye este sello, a Penguin Random House, del grupo Bertelsmann. Con esta operación, Santillana busca centrar y reforzar su línea educativa de gran tradición y presencia en España y América Latina, donde es líder. Sigue una vocación transatlántica donde autores como Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte borran las fronteras.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 13 de mayo de 2014

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Vargas Llosa, Pérez-Reverte y Marías reviven su pasión por la literatura

Si a Javier Marías le dieran la posibilidad de convertirse en otro escritor, elegiría sin dudar a Shakespeare, mientras que a Arturo Pérez-Reverte le hubiera “gustado ser Conrad” y a Mario Vargas Llosa “nunca” le han decepcionado ni Flaubert ni Faulkner.

La pasión que Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte sienten por esos otros grandes autores, y por el oficio de escritor, quedó hoy patente en el diálogo que mantuvieron los tres en los Teatros del Canal con motivo del 50 aniversario de la editorial Alfaguara, el sello en el que publican desde hace años.

Ante un público entregado desde el principio y que abarrotaba la sala mayor del edificio, los tres escritores hablaron de la importancia que tuvieron para ellos las lecturas de su infancia, de sus comienzos en la literatura, de la inseguridad que suele acompañar a este oficio y de los autores que han ido envejeciendo con ellos y que nunca les han defraudado.

Estos tres escritores son pesos pesados de la literatura hispánica, están traducidos a multitud de idiomas y cosechan numerosos premios, pero Mario Vargas Llosa es el escritor vivo más importante de la lengua española y Pérez Reverte lo reconoció de forma muy gráfica:

“Vargas Llosa es la historia de la Literatura, mientras que yo soy una nota a pie de página”, decía el creador del capitán Alatriste, en tanto que Javier Marías se ve tan solo como “una nota del traductor”.

No es frecuente reunir a escritores de la categoría de los tres que coincidieron hoy en los Teatros del Canal y así lo hizo ver Pilar Reyes, la directora de Alfaguara, cuando se los presentó al público y dijo que el encuentro de esta noche es como si se hubiera logrado “reunir a Dumas, a Marcel Proust y a Flaubert”.

“Me quedo con Dumas”, aseguró Marías al comienzo de ese diálogo que moderó Reyes y que estuvo salpicado de anécdotas y de buen humor.

Aprender a leer cambió la vida del escritor peruano, Premio Nobel de Literatura. Fue “una experiencia maravillosa” que enriqueció su infancia “de manera increíble”. Todavía hoy, a sus 78 años, “la lectura sigue siendo el mejor de los placeres, la experiencia suprema”.

Desde muy niño, Vargas Llosa sintió que ser escritor “era lo más maravilloso del mundo”, una opinión que su padre, muy autoritario, no compartía en absoluto y que por eso le puso todas las trabas que pudo al futuro escritor.

“Yo temía a mi padre y una de las maneras de resistir esa autoridad fue dedicarme a ser escritor. Así burlaba su autoridad aplastante”, confesaba hoy el autor de “La casa verde”.
“Nada se hace con tanto ahínco como lo que se hace por fastidiar”, decía Marías.

Los dos novelistas españoles crecieron en casas con buenas bibliotecas, algo que Marías “casi que odiaba” porque había tantos libros acumulados por todas partes que apenas le quedaba “espacio para jugar a las chapas”.

Pero gracias a esos libros, el autor de “Corazón tan blanco” descubrió a autores como Julio Verne y Salgari y desde muy pronto quiso ser escritor, sobre todo para “emular” a los que más le gustaban a él y para contar las historias que más le entretenían.

Aunque la idea que Marías tenía del escritor cuando él era un niño no era nada positiva, y en ello influyó la visita que hizo junto con su padre, el filósofo Julián Marías, a casa de Azorín.
Al autor de “Tu rostro mañana” no le gustó nada el aspecto “desaseado” que tenía Azorín ni que la cama estuviera sin hacer. Y eso le produjo “una cierta aversión” a la idea de ser escritor.

Verne, Dumas, Dickens y Stevenson le sirvieron a Pérez-Reverte para aproximarse “a la gran literatura” y, con el paso del tiempo, también le sirvieron para sobrellevar las durezas de los 21 años en los que fue reportero de guerra. Aquellas lecturas y las que vendrían después le ayudaron “a digerir y a interpretar” lo que veía.

El autor de “El club Dumas” es “un escritor tardío”. Nunca había querido dedicarse a la literatura, pero a la vuelta de una de esas guerras que cubría como reportero, “y con muchas cosas desagradables en la mochila”, sintió la necesidad de reflexionar sobre todo lo que había vivido y de “ordenar el caos” que había dejado atrás. Así se hizo novelista.

Tuvo suerte, sus libros funcionaron bien y a partir de la tercera novela ya pudo dedicarse de lleno a la literatura. “Pero sigo siendo un escritor accidental, un marino lector que accidentalmente escribe novelas”, señalaba Pérez-Reverte, que ha reflejado su pasión por el mar y por la navegación en varios libros.

Vargas Llosa y Marías han sentido “siempre una gran inseguridad” a la hora de escribir. Y con el paso del tiempo, “esto no ha cambiado nada; la inseguridad permanece”, aseguraba el novelista peruano.

“De pronto hay algo que encaja, que hace verosímil lo que escribes y eso es enormemente enriquecedor”, decía Vargas Llosa.

Al novelista peruano “nunca” le decepcionaron Flaubert ni Faulkner, y siempre siente “la misma emoción” cuando lee sus novelas, pero no le sucede lo mismo con Sartre, un escritor al que de joven leyó “con entusiasmo”, pero ya no puede hacerlo “sin sentir que estaba profundamente equivocado”.

“Escribía un pésimo francés, de frases largas y complicadas, de oscuridades tramposas. Sartre es un escritor que se me ha desplomado”, afirmaba Vargas Llosa.

“¿Qué se siente siendo el último de los mohicanos?”, le preguntaba con admiración Pérez-Reverte a Vargas Llosa, quien contaba que ante los múltiples premios y reconocimientos que ha recibido, se siente a veces “un poco desconcertado, pero hay experiencias que obligatoriamente te vuelven modestos”.

Y eso fue lo que le pasó en un viaje en avión a Las Palmas de Gran Canaria, cuando un viajero se acercó a Vargas Llosa y, “profundamente conmovido”, le dijo lo importante que habían sido sus novelas para él, en especial “Cien años de soledad”.

“No me atreví a decirle que yo no era García Márquez. Le di la mano al señor y acabé suplantando a García Márquez”, comentó Vargas Llosa entre las carcajadas del público.

ANA MENDOZA

Efe, 13 de mayo de 2014

Curro Cañete

Curro Cañete

El Mundo

La Vanguardia

El Universal

Europa Press

La Verdad

El Diario

Vanity Fair

Infobae

Telediario. [48’22”]

Entrevista americana

T I dobleNBCC Fiction Finalist Javier Marías in Conversation with MFA Student Gabriel Don

Thanks toThe School of Writing at The New School, as well as the tireless efforts of their students and faculty, we are able to provide interviews with each of the NBCC Awards Finalists for the publishing year 2013 in our 30 Books 2013 series.

Gabriel Don, on behalf of the School of Writing at The New School and the NBCC,  interviewed Javier Marías, via email, about his book The Infatuations, translated by Margaret Jull Costa (Knopf), which is among the final five selections, in the category of Fiction, for the 2013 NBCC awards.

GD: The first sentence of the novel The Infatuations raises so many questions and pulls the reader immediately into the story seeking answers. How does one decide where to begin when writing fiction?

JM: When I start writing a novel, I never know much about the plot, and certainly not the ending. I simply have an idea, or an image, or a sentence that has been lurking for a while. So I suppose my first sentences have to be interesting and appealing enough to lead me down the path they reveal. I very much decide things on the spot, I improvise a lot. But, once I make a decision, I almost never go back on it. I stick to what I said on page 10, even if on page 200 I discover that it would have been easier to say something different on page 10. I realize this is absurd—and perhaps suicidal—but I apply to my novels the same principle of knowledge that rules life: at 40 you may wish you had made a different decision when you were 20, but you can’t go back. Well, in my novels it is the same. The funny thing is that many critics have pointed out that, often, on my very first page, there is a sort of “summary” of the whole novel. But, as I have said many times before, I don’t have a map when I write, just a compass. So I know I am heading “north,” as it were, but not the way I will get there.

GD: I very much enjoyed the long sentences throughout. They seemed to meander like a river, frequently extended by commas, like Proust, often arriving at unexpected places which is rare in contemporary fiction—post Gordon Lish and Raymond Chandler—which I feel favours short sentences with most of the information contained in the top half. What authors—contemporary or historical—do you admire and have influenced the way you structure sentences?

JM: Though I am a great admirer of Dashiell Hammett, for instance, I think that the widespread tendency to use short sentences in fiction is rather impoverishing and boring. To convey a complex or nuanced idea it is often necessary to use long sentences. This means—to a certain extent—that complex and nuanced ideas have been almost banished from literary fiction. However, I try to make my sentences as clear and understandable as possible. Even with the meandering you mention, my prose runs swiftly, at least in my mind and my own reading. Whenever I have read from my books in front of audiences, the pace is fast. I look not only to Proust, but also to Henry James, Faulkner, Sir Thomas Browne, Sterne and Conrad (I have translated work by the latter four, only poetry by Faulkner, though) as models for how to deal with complex ideas and how to do so “musically.” The rhythm of the prose is very important to me, and one of the reasons to use commas, which sometimes allow you to skip “sinces,” “therefores” and “howevers” that may feel like hindrances. Faulkner was once asked why his sentences were so long, and he replied, more or less: “Because I never know if I shall be alive to write the next one.” Thank you so much for liking mine, that is very kind of you.

GD: I was asked to write a wedding poem for the ceremony in India I just attended and I quoted a romantic section of The Infatuations:

“The nicest thing about them was seeing how much they enjoyed each others’ company…for there are people who can make us laugh even when they don’t intend to, largely because their very presence please us, and so it’s easy enough to set us off, simply seeing them, and being in their company and hearing them is all it takes, even if they they are not saying anything extraordinary or even deliberately spouting nonsense which we nonetheless find funny.”

The intriguing thing to me was how by admiring the beauty of this couple, the audience is made an accomplice with Maria as she stalks and finds solace in their relationship. Do you think by placing the narrative in the first person, a reader has already to some degree taken sides?

JM: Well, I have been writing my novels in the first person since 1986, with The Man of Feeling, so I have grown perhaps too accustomed to it. It has both advantages and disadvantages. Among the former, in principle everything is more “believable,” as fragmentary as our own knowledge of reality and of other people’s lives; and yes, it somehow encourages the reader to “take sides,” even if a first-person narrator is not always reliable or trustworthy, just as we are not in real life. Among the latter, you are forced to justify all your knowledge of things; unfortunately, you can’t just enter Madame Bovary’s bedroom, or mind, and say what is going on there, something a narrator in the third person is allowed to do. Throughout my literary career I have strived to find ways of entering characters’ bedrooms or minds without actually doing so.

GD: In contrast to the long sentences, the chapters in The Infatuations are brief, averaging 3-5 pages. Is this for pacing purposes? As an aspiring novelist, who has only written short stories thus far, I find figuring out when to end a chapter very complicated, and committing to and continuing on with chapters to shape a novel as a whole a conundrum. What advice do you have?

JM: Yes, it is for pacing purposes. In other novels my chapters are longer, sometimes very long. On this occasion I realized conventional chapter breaks would serve a purpose. You can start a new chapter without starting a new scene or interrupting a conversation between two characters. I notice that readers are more urgently compelled to go on reading after a chapter break. And, as I said, that break may only be formal, a convention. It is not that you “delude” the reader, but rather invite him or her to pause, and he or she will usually accept the invitation. We authors must be very grateful to readers who comply with us.

GD: Do you feel that something is lost, or possibly gained, in translation? Are their some things (words, meaning, concepts) you think cannot be transferred from Spanish to English?

JM: When I used to teach Theory of Translation (in Madrid, also at Oxford University and at Wellesley College), the very first day I said two contradictory things: 1) Translation is impossible. 2) Everything can be translated. And gave examples that supported both assertions. I believe both are true. For instance, in Spanish we have so many different diminutives that it’s a challenge not only to “properly” translate them, but even just to explain them. In Spanish, a “tonto” (a fool, a silly person) is not quite the same thing as a “tontuelo,” “tontín,” “tontito,” “tontazo,” “tontorrón,” “tontaina,” or “tontaco.” Similarly, English has “to look,” “to watch,” “to glare,” “to gaze,” “to stare,” “to peer,” “to peep.” Spanish doesn’t, so we must usually add an adverb. But I do think there are always ways of “compensating,” as it were, for what you might miss in one line of the text, perhaps in the next line. Certainly, if a translator is poor, then a lot is lost. And if he or she is excellent, then something may be gained. And, of course, once you know a second or third language, then you miss, in your own, certain words or expressions that are available in other languages. For a writer it is a challenge, sometimes, to try to “incorporate” into your own language what it lacks.

GABRIEL DON

Critical Mass, February 21, 2014

Qué libros regala Javier Marías

DVDM¿Qué libros regalan los escritores?

Javier Marías: Stevenson y relatos fantásticos

.¿Qué libro le regalaría estas Navidades a un familiar muy querido?

De vuelta del mar, de Robert Louis Stevenson (Reino de Redonda), una antología de la poesía de este gran escritor que he retraducido y reeditado recientemente. Es poesía menor, pero agradabilísima, y leerla da cierta sensación de sosiego, empezando por el bonito Réquiem que abre el volumen.

.¿Qué libro le regalaría a su amigo o amiga más entrañable?

Antología universal del relato fantástico, con prólogo y selección de Jacobo Siruela (Atalanta). Un magnífico volumen para pasar un poco de miedo estando a salvo, con bastantes obras maestras: el cuento fantástico es uno de mis géneros predilectos.

.¿Qué libro le obsequiaría a un niño?

Para seguir con Stevenson, La isla del tesoro. A no ser que los críos hayan cambiado del todo, creo que por esa novela tienen que pasar todos los del mundo, del sexo que sean.

.¿Qué libro le gustaría que le regalasen a usted y cómo lo querría? ¿En papel o digital?

Si no me lo hubieran dado ya de oficio, la maravillosa edición de la Real Academia Española de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Es uno de nuestros más apasionantes clásicos, lamentablemente poco conocido, con una prosa de soldado y unos relatos no por escalofriantes menos verdaderos. Ese libro es un milagro en todos los aspectos.

CARLOS OTINIANO PULIDO

Cinco días, 24 de diciembre de 2013

Entrevista

91LJ1EwxDTL._SL1500_1-820x250JAVIER MARÍAS IS ONE OF SPAIN’S MOST ACCLAIMED CONTEMPORARY NOVELISTS. HE BEGAN WRITING FICTION AT AN EARLY AGE – THE STORY ‘THE LIFE AND DEATH OF MARCELINO ITURRIAGA’, INCLUDED IN HIS COLLECTION WHILE THE WOMEN ARE SLEEPING, WAS WRITTEN AGED 14 – AND AFTER STUDY AT THE COMPLUTENSE UNIVERSITY OF MADRID SPENT SEVERAL YEARS TRANSLATING ENGLISH-LANGUAGE TEXTS, INCLUDING WORKS BY THOMAS BROWNE, LAURENCE STERNE AND WALLACE STEVENS.

The digressive and meditative tendencies of these writers are evident in Marías’s later fiction, particularly in his three-volume masterpiece Your Face Tomorrow, which has been hailed as one of the great works of twenty-first century literature. This Proustian spy novel maintains a taut, suspenseful narrative over 1000+ pages, while continually illuminating and questioning the unreliability of narrative, the (im)possibilities of translation, the contingencies of historical record, and the division between reality and fiction.

These concerns are returned to throughout his oeuvre. Dark Back of Time, a semi-fictional memoir, takes as one of its subjects the critical misattributions of factual and fictional elements in an earlier novel, All Souls, which describes the activities of a Spanish lecturer at Oxford, where Marías taught translation theory for two years in the 1980s. The publication of All Souls, which includes a biographical sketch of the English writer John Gawsworth, led in 1997 to Marías being named the King of Redonda, an unpopulated island in the Antilles formerly ‘ruled’ by Gawsworth. Perhaps the most revealing aspect of his reign is the annual conferral of duchies upon writers and artists Marías admires, which include John Ashbery (Duke of Convexo), A. S. Byatt (Duchess of Morpho Eugenia), Francis Ford Coppola (Duke of Megalópolis) and W. G. Sebald (Duke of Vértigo). His latest novel, The Infatuations, characteristically combines a mysterious and gripping plot with extensive deviations into recurring themes of secrecy, betrayal, and the passage of time.

The interview took place in Marías’s apartment, which overlooks a square in central Madrid. During our conversation, the windows of the apartment were alternately opened to aerate the smoke-filled room, and closed to keep out the sound of loudspeakers used by the many tourist guides below. Despite continually warning that he would not be, Marías was generous with his time, speaking for over three hours.

THE WHITE REVIEW — Your childhood was spent between Spain and America…

JAVIER MARÍAS — I was in America for two very short periods in my childhood, and the first one doesn’t even count because I was a baby. I was born in Madrid, and my father had been hired by an American college for that year, 1951. After the end of the Civil War, my father would have been a professor, or a writer, but he couldn’t be any of those things in Spain, he wasn’t allowed to. Coincidentally, the day I was born, he had to leave. As he used to say: I was born, he shook hands with me, and he left. Not that he was especially horrified at my birth, but that was the way it was. About one month after that my two elder brothers and myself were taken by my mother to Massachusetts and we spent the whole academic year there. Then afterwards, when I was 4 or 5, my father was hired by Yale University. Since it was for a whole academic year he decided he would go with the family as well and I spent 1955-56 in New Haven in Connecticut.

Casa New HavenThe rest of my childhood was a madrileño one. Though of course America had an influence – when you are a boy or a young child and you go to a country that is so different – and it was then from the Spain of Franco, 1955, can you imagine — of course it was a total discovery. My brothers and I always missed somehow the year we had spent there. ‘When are we going back to America?’, we would ask. And there were a few nice things there, of course, that we didn’t have here.

For the rest of the time it was a normal Spanish childhood. Though not so normal in the end, considering the decade we were in. There were some small characteristics in which I consider myself very fortunate. For example, the fact that I went to a co-ed school, which was not normal at the time in Spain at all. Most people of my age went to single sex schools, and many of them to schools ruled by nuns or priests, and I was lucky not to have that. I always lived together with girls. It was a rather liberal school. But now and then an inspector came from the Ministry of Education or whatever it was, and the teachers became very excited, saying ‘Run and separate, girls to this classroom, boys to that classroom!’, so that the authorities thought that we were in separate classrooms. It was an absolutely ludicrous situation in all aspects.

On that subject, there is a strange habit in Spain; football referees are always referred to with two surnames. I learned very recently this habit of calling referees by both names – if you have a very common first name like Garcia or Gonzalez or Rodriguez, it’s common to use two, but if you have an uncommon name, like Marías, it’s absurd to use two. But referees use two. I read that it comes from the early 1960s, that there was a referee in the Primera Liga whose name was Franco. It was decided that he should be called Franco Martinez in order to avoid the press saying: ‘Franco stole the match!’, or, ‘Supporters angry with Franco!’ So that started the tradition. Crazy.

THE WHITE REVIEW — You’ve said that your first novel, Dominions of the Wolf, was an homage to American cinema.

JAVIER MARÍAS — I wrote Dominions of the Wolf in a very unconscious, irresponsible way. It had more to do with the way I wrote a few things when I was 12 or 13 or so – I started writing because I wanted to read more of what I liked. I started because of emulation, which is a very much forgotten word, a very noble word, it’s not imitation, not mimicry, not plagiarism, it’s a very good thing. You feel like doing something similar to what you admire and enjoy. It’s a great stimulus for doing things. I loved William Brown’s stories and the musketeer novels. Once I’d read them all I said, I want more. And the only possibility was writing more. Dominions of the Wolf was done in this same irresponsible spirit, with no idea of publication, just for fun, just in order to do it. I gave it to a couple of friends, just to say ‘see what I’ve done’, that was the only idea. Then it was published – it was passed on to someone who said I like this, and it was published. I found myself at 19 years old with reviews of the book, and in some of those reviews I remember that some critics said – they were rather benevolent I would say – this novel has some value really, in the inventiveness, or the fantasy, the quickness of it, it’s very quick. It was more or less praised, but there was a very frequent objection: why does this young man talk about this rather than talking about his world, what is around him, our problems, Spain, the situation? Of course then it was 1971, the fashion was still more or less what was termed the social realistic novel.

LDDLVery naively many writers of the previous generation had thought that everything including literature should be a weapon against Franco and his dictatorship, which is ludicrous, because of course a novel can’t do anything. They wrote terribly boring novels. Well-meant possibly, but poor from a literary perspective. My generation didn’t do that. We were very committed politically, but as citizens; I’ve always made a differentiation between citizenship and being a writer. So I received this sort of reproach from the critics. But afterwards, I thought, in a way these people are wrong. In a way, I’m talking about my childhood in Spain, and the respite of American cinema and novels – detective novels, Dashiell Hammett, Fitzgerald, Raymond Chandler – they were a respite from our oppressive world. So while in one way I was running away from that mediocre, repressive world, I was also somehow reflecting with irony – it’s a rather ironical novel, very humorous – I was reflecting a way of escape from my own childhood. I thought that after writing the book, because I was obliged to by the critics. But my initial impulse was to emulate something I liked.

THE WHITE REVIEW — A common accusation levelled at you is your not being ‘Spanish’ enough. It’s been said many times that you write as if in translation.

JAVIER MARÍAS — I was accused of that for many years. My second novel featured British characters and a strange expedition to the South Pole or the North Pole, I can’t remember which. That was published in 1973, titled Voyage Along the Horizon in English. My first two novels didn’t have anything to do with Spain or Spanish people or political issues, and some people started to say, this is an English writer who translated himself into Spanish. It was said that my Spanish is full of syntactical inaccuracies, and it’s true – I have forced the syntax in my language very much, not only because of my knowledge of English, but also because languages should be more resilient than some academic people allow them to be. So I had this foreign writer label – and it was very derogatory – but then I’ve had several different labels throughout my very long career. I was finally accepted as a good writer, but too ‘brainy’ or cerebral, too cold. I think my novels are not particularly cold – there are passages which are rather passionate or at least almost lyrical, I would say. Then for another period they said, ‘Yes, but he writes for women,’ as if that was something bad. But that’s not true, I have all kinds of readers, and then everyone has more female readers, because women read more than men. People who don’t like you try to label you with derogatory things, but when a label falls down by itself, then they look for another one. I don’t know why. In my own country I’ve felt in general more resistance than support from my colleagues, from the literary establishment, not all critics but many of them.

THE WHITE REVIEW — How has your work as a translator influenced your own work?

JAVIER MARÍAS — What I can say is: yes, probably, if you are a translator and a writer as well and you do translate very good things – and almost everything I translated was excellent, from Browne to Sterne to Conrad to Thomas Hardy, poetry by Faulkner and Nabokov and Stevens and Auden and Ashbery and Stevenson, prose by Yeats, and Tennyson, great authors – you are heavily influenced, whether you like it or not, by what you translate. You learn a lot and you spend a lot of time with the work. What is most important of it all, and it has been said many times, is that a translator is a privileged reader, but also a privileged writer. What you do is re-write in a completely different language something that was written by a great writer. The wording is yours – of course you try to be faithful – but you have to choose, always.

When I was teaching theory of translation at Oxford, in the US, and in Madrid, I said to my students: ‘Everyone thinks they know how to translate “I love you” in English. You know, people have it on their shirts and all that. But there are about seven or eight different possible translations of that into Spanish.’ The most common words, the words common to everyone, are different in different languages. For instance, muerte, death, can’t be the same for a German, because in German death is masculine, whereas in French or Spanish or Italian, death is feminine. Of course they are represented: in German paintings and etchings, death is a man, and she is an old woman in southern Europe. Even the most common thing of all – death being the most common thing, besides life – you have to translate literally, bearing in mind that it’s not the same thing. You have to choose – you have to rewrite.

LA RELIGIONBorges said that translation was a very modest miracle, but one of the greatest on earth. That the text, having lost everything that made it possible – that is, the original language – could still be the same. You can say, yes, this is the same, having lost the rhythm, the pace, the alliteration – if it’s poetry, the rhyme, the meter, everything – but it’s still the same thing. It’s quite miraculous. If you do that acceptably in your own language of course you’re influenced by that work. I learned a lot from the authors I translated, that’s evident in my works. The big influence of Sterne, in the treatment of time in the novel, or Sir Thomas Browne – some of them did have an influence of which I’m aware.

THE WHITE REVIEW — You mentioned you deliberately cultivated a new kind of syntax, and you’ve spoken elsewhere of using commas as poets employ enjambment. What is your conception of syntax?

JAVIER MARÍAS — It has much to do with what is essential for me in any literary text, also in prose: the rhythm or pace of it. There is a musical element which I cannot disregard when I write, or a cadence, whatever you want. Of course it’s not something very studied or deliberate, in a way it’s just a sense of the pace you have. Sometimes I just suppress some supposedly necessary commas, because I think they’re a hindrance to that cadence or rhythm. Sometimes I use commas instead of full stops. If instead of a comma you use a full stop, you have to add pero, but, or aunque, which is ‘or’, or ‘however’, or words like that which sometimes I feel to be a hindrance. It also comes from Latin, which I studied as a boy and at university – I can’t read it now. There was something in Latin, called the absolute ablative in English, which describes sentences in which you didn’t have an action verb. It has to do with the learning of that formula which said you can say things without a proper verb, only a participle sometimes. I make these rows of sentence separated only by a comma and some of them are like that in a way. You make me think very hard on something I usually don’t do! I work very hard on each page; I never make two versions of my novels, but I do many versions of each page and once the page is done and I can’t do it any better it goes to the printer. When I’m writing one particular page I work on it as if it was separate from all others, like poets do, the only difference is I’m not thinking of metre. But sometimes I think I need one more syllable here – depending on where the stress goes in the word. Sometime I think I need one more syllable and it needs to be an esdrújula, where the stress would be in the antepenultimate syllable, so I think I have a strange sense of the length of sentences or the length of words. That is supposed to be lost in translation, but maybe it’s not.

THE WHITE REVIEW — Do you think prose is capable of musicality? Are music and literature comparable in their effects?

JAVIER MARÍAS — I wish it was comparable, but I don’t think it is. I’ve said that I think of music as probably the supreme art, and sometimes I wish I could do something similar to what music does with writing. But of course it’s always different which because words have a meaning. The meaning of words is always there, unless you make something very experimental. Music has this marvellous thing. It’s very mysterious to me why a few notes make you feel joyful or melancholy or sad or whatever, without having any words. The problem is that a literary text is always too influenced by the meaning of the words you are using, what you are saying, besides cadence. Cadence and rhythm are important, essential even.

Sometimes I have been asked, how do you explain the writer you are – not an easy one to read and all that – and that you have had so many readers. My books have sold over seven million copies throughout the world, which is a lot for an author like myself. I never know why exactly, but I think maybe it has something to do with the idea that sometimes my prose can be a little – a very frequent adjective has been ‘hypnotising’ or ‘bewitching’ or something like that. That only accounts for Spain in principle, and perhaps that has something to do with my own experience of translating. Some authors are very contagious in the good sense of the word. Translate Conrad, Sterne, Browne – all three are very difficult but there is something in their prose, it’s like a wave, once you are up on the wave it leads you somehow. Maybe this is why my books are appreciated in other languages, maybe I am the kind of writer who contaminates his translators.

THE WHITE REVIEW — You’ve said that you don’t prepare your novels in terms of narrative, but do you have a distinct style planned in advance for each. Do you see them as stylistically distinct?

LE Debolsillo GJAVIER MARÍAS — No, I think they are continuous. I’ve been using the first person since 1986. My narrators are cousins to say the least. They are very similar, but it’s never the same character, they have different names. In my latest novel, The Infatuations, where the narrator was a woman, that was a problem. In the end I think she’s a cousin to all the others as well. I don’t try to disguise that voice very much, which is not exactly my voice, but my ‘narrative voice’, maybe. I don’t think of changes of style, I certainly don’t belong to that kind of author who says, I don’t want to repeat myself, because it’s never the same book. I think that to force that is like looking for subjects, which for me is a ridiculous thing – there are people who are looking for a good story. Nowadays with the internet there is no mysterious story that actually happened that hasn’t been exploited by someone.

Looking for subjects is absurd. I’ve always written about things that matter to me in my own life, the things I think about, the things I worry about, that are rather universal I would say. Secrecy, confidence, betrayal and suspicion and love and friendship and death and marriage – things that I’m worried about, not as literary subjects, but just in life. I don’t ever look for something or plan something in general. Of course in some of my novels there are elements that come from facts, but always with an intent to talk about the things that really matter to me, and matter to everyone more or less, even if they are not always very conscious of it. So I don’t really plan my novels – you must have read in several places that I call my way of writing working with a compass rather than with a map.

THE WHITE REVIEW — What new limitations or freedoms were you aware of, if any, writing with a female narrator in The Infatuations?

JAVIER MARÍAS — In the beginning I was a little shy. I thought, well, this is a woman, maybe she wouldn’t make the same kind of jokes my male narrators do very often. There are some comical bits in most of my novels and also small jokes or ironies or things like that on the part of the narrator, so I thought maybe if I have this woman doing the same thing my other narrators do, it will seem a little unlikely or like one of them is dressed as a woman. So I was a little shy until a moment where I thought: there are many differences between men and women, but not so much in the minds. I have known many women in my life who are very similar in their minds to men – there are very stupid and intelligent men and the same for women, and very intelligent men and women. There are three things my narrators do: telling, observing and reflecting. I can’t see many differences between the way some men and some women do these things. So I decided, yeah, why not, she can make some jokes, she can be ironic in a similar way at least.

The result has been largely accepted, mainly by women. I think that some women were happy to see a novel in which the narrator was a woman who was not stressing all the time that she was a woman, which is something that happens very often in novels by men or women. There is an underlining of the fact that ‘I am a woman’, which is absurd because it’s not something women do in real life. So she just talks and she just says things, she wears a bra, but she’s not stressing all the time the ‘female condition’, as it were. Many female readers of the novel were thankful. There were a few ultra-feministic or supposedly ultra-feministic women who said the novel is not believable because women don’t think like that – and I said, this is male chauvinism. You can say a dog doesn’t do that, a cat doesn’t do that, but you can’t say a woman doesn’t do that. There are as many different types of women as there are men, of course.

THE WHITE REVIEW — You mentioned reflection as one of the three activities of your narrators. One of the characteristic elements of your work is its willingness to slow time down, to prolong the duration of brief moments, to allow for meditation or reflection to occur. What is the impetus behind this?

JAVIER MARÍAS — You can construct time in a novel, but time itself doesn’t exist. There is real time – one minute is sixty seconds – but for us in life it’s clear that things have a different duration, and this is very clear when we remember things. Even when things are happening, one thing we’ve all experienced is how long or short five minutes can be depending on the situation. One example among many is when you spend a whole night up arguing with a woman who is leaving you, and you argue and talk and explain, and that takes the whole night. Many people have lived that once or twice in their lives. And then once that thing is over, probably what your remember is one moment or sentence or the way she looked at you at one moment. Things that have a duration in life have a different duration in memory, and then the ‘real’ or important or essential duration is the one that stays with you. Probably when it happened you didn’t notice.

In a novel you can make these moments exist with their real duration. I say, I’m going to suspend this, because this is the important moment in time, I will make it important, the reader will remember this. Giving it to him or her in a way that life cannot give it to us but in memory – I’m giving it to you as it happens. I’m going to make time that doesn’t have the time to exist, exist – if that’s clear at all.

That’s one of the reasons I do that – it’s a way of recovering or experiencing the way we live things in fiction. We do live them like that, the problem is we only live them that way when they’re gone. I learned that from Sterne, and also from Proust. He does that wonderfully. There are moments in which someone in Proust comes to visit someone and they ask him to wait for a while in the lobby. And then there’s a moment in which the Proust’s prose goes on and on and the man starts remembering things and then twenty pages after that someone appears, the man the character is going to visit. He’s been waiting there for maybe three minutes but it took twenty pages, and in those pages a lot of things happen, as many things as happen in the mind as well, and that’s marvellously conveyed. It gives you a dimension of things that we normally don’t notice. I think that’s one of the great things a novel – probably more than poetry – can do, to convey that.

THE WHITE REVIEW — Regarding this impulse to retrieve lost, concealed or hidden moments – narratives or moments of history or individual writers that are overlooked or forgotten – do you feel a sense of duty or responsibility towards those who are overlooked?

JAVIER MARÍAS — I don’t know. I’ve always felt some weakness – what in French is faiblesse – or maybe it is pity, a special kind of pity for those things or people that are overlooked. Or for those people who died too young. For instance, what we say in Spanish, a word we have you don’t in English is malogrado. The kind of rather obscure, often solitary, people – I have a weakness for them and a weakness for people unfulfilled, because of circumstances or an early death. I have this anthology of texts I published in 1989 called  Unique Stories, and the idea was that there are many writers who have not even passed through the history of a genre because they didn’t write enough things, but maybe they wrote one excellent short story that is forgotten, forgotten even within in a genre. I made this anthology of excellent or not always excellent ghost stories by overlooked or forgotten writers, sent to oblivion.

It wasn’t quite like that in the end – for example, there was a story by Winston Churchill who was of course very famous, but not because he wrote a very good short story. Richard Middleton, who died when he was 21, has some excellent stories, more than one – what could this man have done? Or even Marlowe, who died when he was 28 or 29. Those people, I pity them a lot, and that’s much reflected in Dark Back of Time. I say, of those people who might have been, where are they? Where is what they did not do? It’s in the ‘dark back of time’. And it’s not a matter of obligation or duty, or anything of that sort – more a sympathy for them.

JulianínIn Dark Back of Time there is a passage in which I speak about my eldest brother whom I never met because he died before I was born when he was 3½. In that passage one of the things I remember saying is: this child was born to the same father and same mother, he was a brother, like my three other brothers, who would have been as natural to me as air, and what’s expressed is this sense of – not guilt, because it’s not guilt, but – why am I here? Why am I writing things? Who would he have been? What would he have done? Where is he? A few people would have met him, but most of the people who met him are dead now. I never met him. I know he did exist but he will stop existing in a few more years probably, even in the memory of people who did not know him, because I did not know him. He was born in 1945, died in 1948 or 1949. I was born in 1951. That kind of thing is easily expressed when I talk about that dead brother. It has to do with that feeling, the things that are forgotten or overlooked or unfulfilled, things that might have been. I have a weakness for all that. Not a sense of duty towards them, it’s more that I like to think that not everything is lost for everyone. Sometimes maybe that’s why I recover some of those people.

There is also a weakness for those who are very enthusiastic, for instance authors who are not very good.Ed Wood – you remember the film Ed Wood – I think that’s the best film by Burton, his latest films are almost unwatchable – he managed to make you see how enthusiastic that man was, how well meaning, but at the same time how he was not very gifted for what he wanted to do. We’ve all known people like that who are not very talented but enthusiastic, and you wish they could have some success or something, because they are really enthusiastic about what they do. That makes me feel a tenderness for them, as well as for the ones who couldn’t make it and maybe deserved to, but of course life is very unfair. Your intentions have nothing to do with what you achieve.

THE WHITE REVIEW — You talk about your brother’s toys in that passage, and there is the suggestion of an opposition between the loyalty or fidelity of objects and the unreliability or infidelity of narrative or verbal record. With this in mind, what role do images play in your text? Are they closer to objects or narrative?

JAVIER MARÍAS — The first time I did that was in All Souls, in 1989. It’s funny because some people when I did that again to a wider extent in Dark Back of Time, said it was Sebald-like. I liked Sebald very much, we exchanged a few letters in the last two years of his life. I liked his work and apparently he liked mine. But ‘Sebald-like’? I did it in 1989 (Editor’s Note: W. G. Sebald’s first book, After Nature, was published in 1988 in Germany, but does not contain any images) with two photos of John Gawsworth and  I remember the surprise of my publisher then – photographs in a novel? Yeah, why not. It was a really strange thing to do then, now it’s not strange any more of course.

The main reason is very simple. I discovered reading Erwin Panofsky and others, art historians or art theorists, what a pleasure it is to look at an image and read about it at the same time. When Panofsky describes something it you can check and say, yeah, he’s right, I can see it, I wouldn’t have thought of this but now he mentions it, I see it. And then it’s only fair, if in a novel someone talks about a painting or photograph, to show it to the reader a well. That’s mainly it. There is no hidden purpose or enhancement of things – I’m talking about an image, let’s show the image, let’s allow the reader to see it.

I had a big problem with that once in Your Face Tomorrow, an ethical problem, when the killing of the narrator’s uncle at a young age, 18, 17, during the Spanish Civil War, is discussed. The narrator mentions that his mother learned about her brother being killed only because she was shown a photo of him dead in a Republican prison. This episode was based on the real story of my own mother’s discovery that one of her brothers had been killed – she only knew because of the photograph of him in the prison. In the novel I described this photograph, but then I thought: should I include it? I’ve made it fiction, but it’s coming from this photograph. I’m not sure I should show a photograph of someone who actually lived and died many years ago aged 17 or 18. But he did live this way. He was killed. Why is it that the old tradition was to cover any dead person’s face? Now it’s not done, not any more or on all occasions. One of the reasons was not only to avoid people from having the shock of seeing a dead face, but to keep the dead one, who doesn’t control his features or expression any more, being exposed like that: he does not control his image any more. For a moment I thought, well should I include it? On the one hand I thought, I’m not playing fair with the reader. I’m purloining this image from the reader when my habit is to show the images I’m talking about, and this one does exist. I even thought I could include a drawing of the photo, which would maybe not be exactly the same thing, in order to be fair to the reader, or not completely unfair. But in the end I talked with Carmen, my partner, and it was she who said I mustn’t. In the end reality imposed itself on that occasion. This was an actual person, he was my uncle, I never met him, of course, but he shouldn’t be shown like that, even in a fiction.

THE WHITE REVIEW — Throughout your work you discuss the ethics of showing photos of violence, and are acutely conscious of how the ‘unreality’ of verbal report informs that debate – if an event stays within the bounds of language, there is the sense that something both happened and didn’t happen. Is your use of images ever a kind of ‘proof’?

JAVIER MARÍAS — On some occasions, yes. For instance, in Dark Back of Time there are some cuttings reproduced to show that this was actual, real news, that this happened. I have the cutting or photograph of this most novelesque man, Hugh Olaf de Witt, as it might sound like something completely invented. In the same way, in All Souls, most people thought John Gawsworth was invented, despite the two photos of him. It was so novelesque, people thought, that it had to be invented. They thought the rest must be autobiographical because I had been in Oxford and all that. But Gawsworth’s story was factual. And Hugh, who appears in Dark Back of Time and also seems unlikely, fought in the Spanish Civil War, was a prisoner of the Gestapo, met Franco and wanted to organise some guerrillas in the Caucasus. He wrote a couple of books and was a painter and a sculptor – and here’s a photo of him. Sometime you can use  images as proof.

TRM AlfaguaraIt seems as if everything that actually happened is doomed to become a fictionalised happening. If you’re told these days about a murder in the eighteenth century, let alone the fifteenth century, you listen to it, how terrible and horrifying, but you will listen to it more or less as you listen to a story, something fictional. Things – actual, factual – are doomed to become fiction, in a way, but at the same time, we must recognise that, though they are a fiction, at least they are still being told. The other option is that they are not told at all, as if they actually did not happen. Even the stories that are remembered and told or rediscovered by a novelist or by a historian, they are doomed in a way to sound like fiction, like a story. You won’t be much moved by an eighteenth-century murder now, even if you know it actually happened. Of course you are moved if you watch a film, or read a novel – because films in particular have a faculty of making you feel things as if they were happening – that’s one of the reasons we enjoy them. But you know it’s a film, you know it’s a novel. The problem is with actual things is that you go to them, when time has elapsed, more or less in the same spirit. That’s the fate of anything in the long term at least. Not when it is something that happened to your father, for example, but in the long term.

That’s one of the funny things about the Spanish Civil War. It finished more than seventy years ago. Why is that still people are not looking at the facts of the Civil War like fiction? That’s not happening yet. Maybe it’s because our own fathers suffered it, but in time it shall be like that as well. If we are told now about the Napoleonic War, it sounds like complete fiction. Even though we have the famous Goya paintings and all that, it sounds like Robin Hood. Why doesn’t the Civil War start to sound a bit like that? Maybe because it was a Civil War, not against a foreign enemy, or maybe because we are still suffering from it today. But that will happen in the end. It shall become fictional, and thank god, I must say. Sometimes I have said that fiction is the refuge of history. Yes, you have books of history, but history is read by a few. Literature too, but a wider few.

THE WHITE REVIEW — Do you consider your books as historical documents?

JAVIER MARÍAS — No, not really. You can’t count any more on the duration of literature. I always say that posterity is an idea of the past, contradictory as it may sound. Nowadays it would be ridiculous to think of posterity when things last only three months. I wrote a column after the publication of Your Face Tomorrow.The whole project had taken me eight or nine years, and after all that effort and time, it was finally published. About three months after publication I went to see a bookseller on Calle Major who is a very good friend. We talked for a while and I asked him what he’s selling. He said, oh the third volume of your novel sold very well, but now it’s prehistory. Yeah, probably you’re right, I said. Things are consumed nowadays so fast, they don’t last at all. I wrote a piece for my column starting with that anecdote and went on to say that one of the problems of today is that whatever is present is already past. Because of its being present it’s already old because it’s not being expected any more but existent – it’s already old. It happens with films, novels, music, everything, it seems things only exist as long as they don’t yet exist. There’s a new film by, say, Polanski, and while you didn’t have the film visible there’s some excitement about it, but the moment it’s watchable we’ve already watched it, it’s past, it’s prehistory, it’s old. It’s never happened before – things had a life. But nowadays it’s more and more like that – the very fact, the very circumstance of the existence of something makes it old, which is terrible in a way. It would be ludicrous now to think of posterity when things are like that. I am very lucky because my novels last longer than that, generally – The Infatuations, which just came out two years ago in Spain, is still selling, and still alive, as it were. And A Heart So White, published twenty years ago, is still somehow alive and living and selling, which is great. But thinking about posterity now belongs to a different era when things had a living and an afterlife – authors and books – which nowadays is very rare.

THE WHITE REVIEW — Speaking of the relationship between the present and past, a recurring notion in your work is that of ‘biographical horror’ or ‘narrative horror’, which expresses a fear that the narrative of a whole life can be overshadowed by some significant final act, a perverse or strange death or revelation of some secret. There is expressed in this idea a tension between the past and the present, a wariness about the power of the present to (mis)represent the past, and a sympathy with the past’s vulnerability to misrepresentation. Do you feel your novels attempt to resist the predominance of the present?

JAVIER MARÍAS — Yes, I suppose in a way. The only thing you can do about it if you don’t like that, which I don’t, is to stay impassible. To say, well, yes, I know things are like that – but in my own activity I’m not going to go on in the times, I’ll write about what I’m interested in, as if there was posterity or an afterlife – not for me, I don’t care about that at all – as if things could last. I’m going to take my time, I’m going to write slowly. I don’t have a computer so each time I do corrections of course I have to retype the page again. I type it five times. And people say to me, but you’re wasting your time, those corrections, you wouldn’t have to type the whole thing again on a computer. I say, I don’t care. I like to type it again. One of the reasons is that it’s different from when you reread it once – every time you type it you are getting accustomed to what you wrote, in a way you are taking responsibility for it and approving it. Making it yours, more yours than it was. Yes, it’s the first draft that’s new. Then you have to get accustomed to it – let’s see if I take responsibility for it as mine, if I approve it, if it’s acceptable, and then if you do it again, the same way students or boys or girls – I don’t know if they do it any more – used to copy out poems. They could read the poem in their textbooks, but very often they had to write it down themselves in a notebook, as if to make it their own. If I write it myself with my own hand I make it more my own. I suppose that was the unexpressed idea in boys’ and girls’ minds when they do that.

I don’t write to gain time: I write in order to lose it, to feel it, to feel it pass. I take my time. For an impatient reader my novels sometimes must be very enervating or irritating, as in the second volume of Your Face Tomorrow – come on, tell me if this man is gong to be beheaded or not! No, no. I won’t tell you yet, because that’s not really what matters. My intention now is to talk about a sword, and why are we so afraid of swords, what it means, for a few pages. There shall be these memories in the mind of the narrator and he will establish a connection between this situation he’s living and the last ten minutes in the bathroom, in a disco, with things that his father told him about the Civil War. I’ll take my time, I don’t care. If people like it and read it – good. If they don’t, well, what can I do?

THE WHITE REVIEW — Which contemporary novelists do you read?

PN BanvilleJAVIER MARÍAS — Not many now. For many years I tried to be up to date, not only in my own language but in others. I stopped while writing Your Face Tomorrow, because of sheer lack of time. I realised that after almost ten years of not being up to date it was an impossible task to catch up. On the other hand I realised I had lost a lot of time trying to be up to date, because of course sometimes you find good new things, but perhaps only one out of twenty? And, well, you get older, and you think there are many classics you haven’t read and there are a few you would like to reread. So nowadays I don’t read many contemporary authors except a few, like Alice Munro, for instance, I think she’s great. I read new things by Coetzee and, of course, I did read things by Sebald when he was alive and writing. John Banville. And now and then Ian McEwan. But not so many. On the other hand I realised also that the more you write, the less you read. The older you get the less you read new things as well. If I didn’t know myself, I wouldn’t read my works. If someone came to me and said you must read Javier Marias, Spanish guy, contemporary, written a novel of 1500 pages? Come on. Give me one Dickens I haven’t read and then maybe I’ll read it, but not this contemporary thing by a Spanish writer. I can’t help reading them as I write them, of course, but otherwise I don’t think I would read myself. And one of the reasons I published that very long book in three volumes – not the only but one of them – was that I hate very long books. I thought I should give people the chance to buy one volume and if they don’t feel like going on they won’t have bought the whole thing irremediably. In principle I mistrust very long books. I did it like that also because, for me, it was like writing a new novel each time. It’s the same novel, of course, but for me, psychologically, biographically, it’s like three novels.

THE WHITE REVIEW — Your narrators are often concerned with names and the relation of names to identity. Do you feel that names can have a predetermining effect upon identity, or are they rather flexible?

JAVIER MARÍAS — Not really – in fact, what is common or normal in my novels is that there is some hesitation about names. In The Infatuations in the very first sentence there is a hesitation over a name – is it Deverne or Devergnes – to begin with. Sometimes we use several. Names are precisely what are very variable. People change them, people use other names, writers have done that a lot with pen names and pseudonyms and whatever. Mark Twain is Mark Twain for good. Or Lewis Carroll. On the contrary, I think that names are a very moveable thing – which precisely helps to somehow escape identity, in a way. It’s much easier to change a name than to change anything else, particularly your face.

THE WHITE REVIEW — That would be a good place to end.

JAVIER MARÍAS — If you need five more minutes go for it, just in case you had something you prepared and didn’t have the time to ask. One of the strange things about writing nowadays, because of what we talked about before, this thing of the lack of duration of things, is sometimes – why do we do this? Write? It’s a strange thing because even for people who write on a computer, I suppose, it’s  very slow, to fill pages, even if you don’t correct anything, even if you write real trash,  it takes time. It takes time just to type. I remember, when I used to translate and I had to make a new final version and practically the final thing was just typing copy. I think that the most I could do was ten pages per day of just typing. It takes time to get through the pages – it’s like the work of an artisan.

There’s a very common question, when you launch a book, after two or three years’ work, from journalists: ‘What are you planning next?’ It happens also with football players, they’ve just won the Champion’s League and the journalists says, ‘Well, what next?’ Well, I just won the Champion’s League, leave me alone! And I always think: this is cruel! It’s inhuman! And you have the same feeling: I’ve just finished a book that took me three years, don’t ask me about the next one. I haven’t even thought about whether there should be a next one. Sometimes you wonder, why do I go on with this? It’s not like why you start – I started in order to read more. But why am I doing it now? Why do I go on? That’s harder to answer.

OLI HAZZARD

The White Review, November 2013

‘Las huellas dispersas’ en el Ciclo de Oxford

Las huellas dispersas

LAS HUELLAS DISPERSAS
JAVIER MARÍAS
Introducción y edición de Inés Blanca
CICLO DE OXFORD
Debols!llo, octubre de 2013

Las huellas dispersas es una colección de textos de Javier Marías relacionados con su Ciclo de Oxford. Visitan estas páginas los personajes -también sus reversos históricos- de las novelas que, hasta la fecha, lo componen. También se recorren aquí sus lugares ingleses, hasta colarse en el gabinete del autor, alguien que trabaja realidad y ficción y las convierte en literatura. Como una nueva perspectiva de sí mismo, este volumen ensancha la obra de Marías y completa la lectura de Todas las almas, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana.

ciclo de oxford
CICLO DE OXFORD:
TODAS LAS ALMAS
NEGRA ESPALDA DEL TIEMPO
TU ROSTRO MAÑANA

Las huellas dispersas
JAVIER MARÍAS
Edición de Inés Blanca
Debols!llo, octubre de 2013

Alice Munro, Premio Nobel de Literatura

Alice+Munro+Photo_credit+to+Derek+Shapton_international+rights+cleared2-e1349861573238Alice Munro, Duchess of Ontario del Reino de Redonda desde mayo del 2005 en que ganó el Premio que concede la editorial Reino de Redonda, ha sido galardonada con el Premio Nobel de Literatura.

Javier Marías: Munro alcanza grandes cotas de hondura y de emotividad

El escritor español Javier Marías considera “muy justo” el Nobel de Literatura que ha ganado hoy la canadiense Alice Munro, y se alegra en particular de que la Academia Sueca haya reconocido a una autora que, sobre todo, escribe cuentos, un género que “desde hace varias décadas está muy dejado de lado”.

“Munro ha alcanzado en su obra, de una manera muy sobria, grandes cotas de hondura y de emotividad. Sus cuentos son emocionantes”, aseguraba hoy en declaraciones a Efe Javier Marías, que en más de una ocasión había dicho que “si algún escritor vivo merecía el Nobel por encima de cualquier otro era ella”. “Es una escritora excepcional”.

El novelista español no sabe “cómo lo logra Munro”, pero cree que también “es muy destacable” que sus relatos “consigan unas dosis de profundidad y de emoción sorprendentes” y lo hacen “con una considerable economía de medios, con sobriedad, sin casi nunca acentuar nada ni subrayar nada, hablando de personas más bien normales”.

Y en una época, subraya Marías, en la que se da tanto “la literatura de buenos sentimientos, que suele ser empalagosa, como la de malos sentimientos, llena de psicópatas y de estudios sobre la maldad, como si eso en sí mismo tuviera interés”, Munro ha hecho su obra sobre personas normales, “con sus ambigüedades, con sus partes oscuras”.

Al autor de “Corazón tan blanco”, entre otras obras, le alegra en particular que se haya premiado a una autora de cuentos, un género, asegura, que en otros tiempos “tuvo mucho predicamento, pero que desde hace varias décadas está muy dejado de lado y está considerado una especie de hermano menor de la novela, lo cual es totalmente erróneo”. “Hay poco interés en general en publicar cuentos”, asegura.

Munro es una autora que está, “en cuanto a calidad, a la altura de los mejores, de Chéjov, de Kipling o de Maupassant, incluso de Borges, aunque su mundo no tenga mucho que ver con algunos de ellos. Sí con el de Chéjov”, especifica.

Marías no sabe hasta qué punto hay elementos autobiográficos en la obra de Munro -“la procedencia del material de los escritores es indiferente. Lo que cuenta es el resultado”, subraya-, pero está claro que la autora canadiense “tiene una gran capacidad de observación” para la vida de las mujeres y las dificultades con las que se han encontrado a lo largo de la historia, “incluso en el mundo occidental”.

Desde el punto de vista personal, Marías está también contento porque Munro ganó en 2005 el Premio Reino de Redonda, que organiza y financia el propio novelista español.

Con ocasión de ese premio, se puso en contacto con ella “a través de correo ordinario” y le pareció “una mujer muy reservada, pero con mucho sentido del humor y muy simpática”.

“En una ocasión me mandó una foto de ella y de su marido disfrazados con unas túnicas y una especie de casco alado, como si fuera de Mercurio. Y ella está con un cartel en el que pone: ‘el fin se acerca”, recordaba hoy Javier Marías antes de comentar que Munro es el segundo premiado con el Reino de Redonda que luego ha obtenido el Nobel. “El primero fue Coetze”.

EFE, 10 de octubre de 2013

Alice Munro, una Nobel a la altura de los grandes cuentistas universales

Javier Marías recuerda que más de una vez ha declarado que es uno de los escritores vivos que más merecía el Nobel: “Me alegro que se haya destacado a una autora de cuentos, un género que gozó en su momento de gran prestigio pero que en las últimas décadas se le ha considerado algo secundario o como preparación para una novela, y no es así”. El autor y académico español no duda en afirmar que Munro está al nivel de los mejores como Chéjov, Maupassant o Borges. Y da claves de parte de su secreto: “Consigue transmitir una profunda emoción con personas fundamentalmente normales en una época en la cual se privilegia tanto los buenos y malos sentimientos de una manera que rozan la cursilería. Escribe sobre gente normal sin cargar las tintas y consiguiendo unos niveles de emoción y profundidad con poco parangón en la literatura actual”.

El País, 10 de octubre de 2013

Más información sobre la entrega del Premio Formentor

Foto. Nuria Ricón

Foto. Nuria Rincón

“El poder español quiere gente lo más iletrada posible”
Por M. ELENA VALLÉS
Diario de Mallorca, 31 de agosto de 2013

Premio a un artesano de “épocas pretéritas”
Por M.ELENA VALLÉS
Diario de Mallorca, 1 de septiembre de 2013

“La indignació actual és només una reacció epidèrmica”
Por PERE ANTONI PONS
Ara, 1 de setembre de 2013

Record del Formentor d’un temps

Por PERE A. PONS
Ara Balears, 1 de setembre de 2013

Javier Marías: “Este Gobierno actúa de una manera muy poco democrática”

747e264059f03d59c810efcf09348c66_MEl escritor y académico Javier Marías, que recoge esta noche el Premio Formentor de las Letras 2013, es una de las voces más críticas y comprometidas de la literatura, y asegura que, después de esa especie de burbuja vacacional de agosto, la vuelta está llena de “desánimo”.

“Me temo -explica el autor a Efe- que, por mucho que diga el Gobierno que lo peor ha pasado, la situación es muy mala: sigue habiendo seis millones de parados y contratos más que precarios, del Medievo. Este Gobierno actúa de manera muy poco democrática en general, no sólo en los recortes económicos sino en recortes de derechos y libertades”.

“Hay un montón de cosas que están haciendo que pasan más inadvertidas -argumenta el autor- porque parecen noticias menores, pero son graves; porque resulta, por ejemplo, que ahora se va a poder juzgar determinados casos por el código militar, o que los detectives van a tener que hacer un informe de su trabajo para entregarlo a la policía. Con ello se acaba la privacidad. Son ejemplos, indicios de algo grave. Se cambian las leyes y todo eso es escasamente democrático”, sostiene el escritor, horas antes de recibir el Premio Formentor.

Para el autor de Tu rostro mañana o Los enamoramientos, que se encuentra inmerso de pleno en la escritura de su decimocuarta novela, la democracia no consiste simplemente en ganar unas elecciones, sino en gobernar democráticamente cada día. “Y eso es una cosa de la que este Gobierno no tiene ni idea”, precisa.

Pero para Javier Marías, que ha recibido el Premio Formentor, entre otras cosas, por ser uno de los escritores más admirados en Europa, “en España y en el resto de Europa, los políticos están impermeabilizados. No escuchan y les da igual lo que les diga la calle, la sociedad o un grupo de intelectuales que firmen un manifiesto”.

“Es difícil que un intelectual pueda hacer cambiar de opinión, a algún lector individual sí, pero a un político, no. Los políticos han desactivado el Parlamento, la justicia y la sociedad. Si les da igual lo que digan los ciudadanos que salen para pedir que no recorten en educación o sanidad, cómo van a hacer caso a un escritor, a lo mejor a un (Mario) Vargas Llosa, pero ni eso”, sostiene el académico.

En cuanto a un posible ataque a Siria por las matanzas de Damasco y el uso de armas químicas contra su población civil, Marías asegura que no tiene una posición clara y que no se “avergüenza” por ello. “Me irritan los tertulianos que chillan y parece que saben de todo, sin saber”.

“Hace diez años, en Irak, no había necesidad de ninguna intervención, pero en este caso, no lo sé muy bien, es muy difícil tener una opinión clara. Entiendo que lo que está haciendo (el presidente de Siria, Bachar) Al Asad es horrible pero entiendo también las dificultades de meterse en un asunto de este tipo, cuando están Rusia y China por medio son muy grandes”.

Marías desvela que tiene en proyecto entre manos con Hollywood para que su novela Tu rostro mañana sea llevada al cine muy pronto, pero no quiere decir más sobre quién la rodará.

Sin embargo, confirma que uno de sus cuentos, Mientras ellas duermen, va a ser dirigido por el cineasta chino Wayne Wang, el autor, entre otras, de películas como La caja china o Smoke.

El Premio Formentor, que se creó en 1961 por Seix Barral y las editoriales más importantes de Europa, se entrega en el hotel que lleva el mismo nombre, en medio de un paraje natural, con el silencio y el aroma de los pinos como únicos testigos, y dejó de entregarse en 1967 por la desconfianza del régimen de Franco, como también recuerda a Efe Marías.

Hoy, restaurado, dotado con 50.000 euros e impulsado desde hace tres años por el hotel Formentor y las familias Barceló y Buadas, recupera ese aroma “mítico y heroico” que tenía el premio y que en su primera etapa lo obtuvieron autores como Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Carlos Semprún o Witold Gomobrovicz.

Y en su segunda etapa, Carlos Fuentes, Joan Goytisolo y ahora Javier Marías.

CARMEN SIGÜENZA

EFE, 31 de agosto de 2013

Javier Marías. ‘Comme les amours’

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Servie par une prose magistrale, cette fable morale sur l’amour et la mort ne peut que nous rappeler, par son intensité, les meilleures pages d’ Un cœur si blanc ou de Demain dans la bataille pense à moi. Comme par le passé, Javier Marías y dialogue avec les tragédies de Shakespeare mais également avec le Colonel Chabert de Balzac dont il nous offre ici une lecture brillante, complètement inattendue et strictement contemporaine.

La citation des Trois mousquetaires «Un meurtre, pas davantage» revient régulièrement. Est-ce le thème dont le roman constitue les variations, une position philosophique ou une constatation désabusée?

C’est une citation saisissante, dont j’ignore si elle a été suffisamment prise en compte. Comme si, d’une certaine façon, un assassinat n’était pas la pire chose possible, ou comme si les assassins étaient si normaux et communs que nous ne devrions jamais, au fond, nous étonner ni nous scandaliser devant eux. Ce n’est pas le thème de mon roman (il y en a plusieurs et ils sont tous importants), mais on trouve effectivement cette idée selon laquelle les crimes individuels, «civils», ceux qui ne sont ni massifs ni politiques, sont une constante au cours de l’histoire, dans toutes les époques et toutes les régions, sans que les gens ne les commettent, pour ainsi dire, par imitation ou «contagion», ou par folie collective. Chaque personne agit pour son compte et de sa propre initiative. Si l’on pense à cette constante, et si l’on pense au nombre de ces crimes qui sont restés impunis et le restent encore, et à ceux dont nous n’avons même pas connaissance, on ressent en effet comme un sentiment de déception vis-à-vis de la condition humaine. Et ceci est un autre thème du roman : l’impunité et la manière dont nos sociétés tendent de plus en plus à l’accepter.

Le pourquoi et le comment d’une mort sont-ils plus importants que la mort elle-même? 
Non, j’imagine qu’ils ne sont pas plus importants que la mort elle-même. En fin de compte nous savons bien que le temps nivelle toute chose, quand il ne l’oublie pas tout bonnement. Si l’on nous parle aujourd’hui d’un meurtre commis au XVIIIe siècle, nous n’écoutons certes pas avec indifférence, mais nous le considérons bien comme un récit, une histoire fictionnelle, plutôt que quelque chose de réel, qui s’est véritablement produit. Le temps a tendance à transformer les faits en événements «fictifs», et en ce sens le comment et le pourquoi sont ce qui «offre une bonne histoire» ou non. Ensuite, oui, il y a les morts ridicules, dont je parle dans les premières pages de mon roman Demain dans la bataille pense à moi. Il vaut mieux ne pas en être victime, car c’est sans aucun doute ce dont l’on se souviendra à notre sujet. Les morts trop marquantes sont injustes : elles effacent parfois la vie entière qu’a pu avoir une personne auparavant.

«La vérité n’est jamais nette, c’est toujours un embrouillement. Même la plus élucidée», écrivez-vous. Estimez-vous que la vérité est par essence minée?
Oui, très certainement. Il y a quelques années, dans mon discours d’entrée à l’Académie royale espagnole, j’ai parlé «De la difficulté de raconter». Il est presque impossible de détenir la vérité sur quoi que ce soit – demandez donc aux historiens, qui ne sont jamais à l’abri de rectifications, de corrections, de démentis et d’amendements. De même, il est presque impossible de raconter ce qu’il s’est passé et que nous avons vu, ou même notre propre biographie, qui nous apparaît immanquablement parsemée de zones d’ombres. Qui furent mes parents avant d’être mes parents, par exemple? Et par conséquent, de qui suis-je issu en réalité et pourquoi suis-je né? C’est peut-être pour cela que nous écrivons et lisons des romans, pour que quelque chose, une fois, bien que ce soit inventé, puisse être pleinement raconté. La vérité n’entre pas dans un roman et n’en sort pas non plus, car celui-ci se déroule dans une dimension au sein de laquelle il n’y a ni mensonge ni vérité.

Pour vous, le monde est-il un gigantesque mensonge? Ou plutôt une gigantesque hypocrisie?
Ni l’un ni l’autre. C’est plutôt ce que Faulkner disait du pouvoir de la littérature, ce qu’elle peut faire de plus, et que j’ai cité à de nombreuses reprises. «C’est comme une allumette que l’on enflamme au milieu de la nuit, au milieu d’une forêt : la seule chose qu’elle parvienne à illuminer est l’obscurité qui l’entoure.» Ou quelque chose comme ça, je ne me rappelle pas exactement. Le monde est une gigantesque obscurité, même à l’heure où nous croyons presque tout savoir et pensons pouvoir espionner, filmer et enregistrer presque tout. Même ainsi nous sommes enveloppés d’obscurité.

Gallimard, août 2013

Comme les amours, un fin quatuor psycologique signé Javier Marías

‘Una celebración de la lectura de Javier Marías’

Cervantes 4

VÍDEO DEL COLOQUIO

Presentación de Julio Ortega

El coloquio «Una celebración de la lectura de Javier Marías» ha estado organizado en colaboración por el Instituto Cervantes y la Universidad de Brown; lo ha moderado Julio Ortega, de la Universidad de Brown, y diversos autores han participado exponiendo sus aproximaciones a la obra del escritor madrileño: Elide Pittarello —de la Universidad Ca’ Foscari de Venezia—, Jordi Gracia —de la Universidad de Barcelona—, Heike Scharm —de la Universidad de South Florida— y Juan Luis Cebrián —de la Real Academia Española—. El propio Marías interviene tras ellos para hablar sobre su reacción ante las palabras que le han dirigido y sobre su proceso de escritura.