Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte desvelan sus secretos

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Los tres escritores dialogan en la celebración de los 50 años de Alfaguara

Silencio. Unos 840 lectores escuchan atentos las historias, revelaciones, vericuetos y cotidianidades literarias y felicidades irrepetibles contadas de viva voz por Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Mientras Marías de muy niño casi odiaba los libros porque le quitaban espacio para jugar, Pérez-Reverte jugaba con ellos creando barricadas y Vargas Llosa, que aprendió a leer a los cinco años, le pedía cada 25 de diciembre al niño Dios que le regalara libros y más libros.

Entre el silencio, risas sacadas por un Nobel y dos de los más destacados escritores del idioma español —los tres académicos de la Lengua— al compartir su pasión con el público en los Teatros del Canal, de Madrid. Lo hicieron dentro de uno de los principales actos de celebración de los 50 años de su editorial: Alfaguara.

Murmullos en poco más de hora y media de recorrido por la trastienda de tres grandes autores como creadores y en su tránsito hacia su fin último: el público. En el escenario, bajo varios focos de luz, los tres de camisa blanca, recordaron el primer encuentro con los libros, luego sus primeros escritos, después se encaminaron por la ruta que los lleva a la concepción de su literatura. Hablaban de sus vidas. De la felicidad. Más anécdotas y más secretos desgranados bajo la moderación de Pilar Reyes, su editora: “Un momento emocionante estar con tres figuras icónicas de nuestro catálogo y que representan a la figura más importante de la editorial: el autor”.

Una nube de dudas, titubeos e inseguridades a la hora de escribir los identifica. Vacilaciones que aumentan con los años. Los une también el hecho de que el descubrimiento de la lectura en la infancia se les convirtió en el mejor placer. Después no es que quisieran ser escritores, sino que querían escribir para prolongar las historias que les gustaban, o que no les gustaban para cambiarles el final.

Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), Nobel en 2010 y entusiasta crítico de libros también, debutó hace 55 años, en 1959, con el volumen de cuentos Los jefes. Estaba en París. Allí reafirmó su vocación y descubrió a los autores latinoamericanos que habrían de formar aquella feliz escandalera llamada boom. Él es uno de sus pilares. No sabe aún que le preguntarán qué se siente el saberse el último mohicano de una época fascinante de la literatura.

Más de 800 personas escucharon atentas la trastienda de sus autores favoritos
Marías (Madrid, 1951) publicó su primera novela en 1971: Los dominios del lobo. Gran admirador de William Shakespeare, el autor de Mañana en la batalla piensa en mí y Tu rostro mañana ha reconocido varias veces que la grandeza y misterio del dramaturgo inglés lo invitan a escribir: “Me espolean e incluso me dan ideas”. Por eso cuando Vargas Llosa le pregunta qué escritor le hubiera gustado ser si pudiera elegir, se decanta por el genio británico porque, dice, “nunca acabo de entender cómo funciona su cabeza”.

Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) empezó en la narrativa en 1986 con El húsar. Curtido en el periodismo, 15 novelas y muchos artículos de prensa acompañan al autor de títulos como El club Dumas, La reina del sur y El francotirador paciente. Él hubiera querido ser Joseph Conrad, “porque fue marino antes que escritor, y hay autores como él que envejecen bien y siempre sorprenden”.

Un escritor serio es lo que ha leído, lo que ha vivido más lo que imagina, asegura Pérez-Reverte. Todos coinciden en que las historias los buscan a ellos. Él y Vargas Llosa reconocen que suelen tener temas en nevera y que les produce cierta melancolía el saber que no los podrán escribir, ya que cada libro tiene su momento. “¡Qué envidia me dais!”, exclama Marías. Dice que a él eso no le ocurre: una vez que termina un libro no sabe lo que viene.

En medio de risas, llega la pregunta a Vargas Llosa, formulada por Pérez-Reverte: “¿Cómo se siente al ser el último de los mohicanos y saber que va a apagar la luz de una época…?”. El autor de La casa verde y Conversación en La Catedral ríe. Más de 800 personas ríen con él. Y contesta: “No lo sé”. Pero confesó que hay experiencias que obligan a la modestia: “Un día iba en un avión a Canarias y una azafata me dijo que un pasajero me admiraba mucho y quería conocerme. Acepté. Él se acercó conmovido y me dijo: ‘No sabe lo importante que han sido usted y sus libros en mi vida’. Y ahí vino la cuchillada: ‘Cien años de soledad ha sido muy importante’. No me atreví a decepcionarlo y decirle que yo no era García Márquez”. Todos ríen, mientras concluye: “Así suplanté a García Márquez”.

Y siguieron más historias reales de estos creadores de ficción. Fue por la celebración de este medio siglo de Alfaguara, que se cumplirá este otoño, y que empezó en diciembre pasado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). Un sello que nació en 1964 por iniciativa del constructor Jesús Huarte y bajo la dirección de Camilo José Cela y sus hermanos Juan Carlos y Jorge. En 1975 la editorial tomó un nuevo rumbo bajo la dirección de Jaime Salinas que alentó su vocación contemporánea. Con Salinas llegó Enric Satué, encargado de diseñar esas portadas azules exquisitas. En 1980, la editorial entró a formar parte del Grupo Santillana (del Grupo Prisa, editor de EL PAÍS). En 1993 empezó Alfaguara Global, con edición simultánea en España y América Latina. En marzo de 2014, Santillana vendió Ediciones Generales, que incluye este sello, a Penguin Random House, del grupo Bertelsmann. Con esta operación, Santillana busca centrar y reforzar su línea educativa de gran tradición y presencia en España y América Latina, donde es líder. Sigue una vocación transatlántica donde autores como Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte borran las fronteras.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 13 de mayo de 2014

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Vargas Llosa, Pérez-Reverte y Marías reviven su pasión por la literatura

Si a Javier Marías le dieran la posibilidad de convertirse en otro escritor, elegiría sin dudar a Shakespeare, mientras que a Arturo Pérez-Reverte le hubiera “gustado ser Conrad” y a Mario Vargas Llosa “nunca” le han decepcionado ni Flaubert ni Faulkner.

La pasión que Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte sienten por esos otros grandes autores, y por el oficio de escritor, quedó hoy patente en el diálogo que mantuvieron los tres en los Teatros del Canal con motivo del 50 aniversario de la editorial Alfaguara, el sello en el que publican desde hace años.

Ante un público entregado desde el principio y que abarrotaba la sala mayor del edificio, los tres escritores hablaron de la importancia que tuvieron para ellos las lecturas de su infancia, de sus comienzos en la literatura, de la inseguridad que suele acompañar a este oficio y de los autores que han ido envejeciendo con ellos y que nunca les han defraudado.

Estos tres escritores son pesos pesados de la literatura hispánica, están traducidos a multitud de idiomas y cosechan numerosos premios, pero Mario Vargas Llosa es el escritor vivo más importante de la lengua española y Pérez Reverte lo reconoció de forma muy gráfica:

“Vargas Llosa es la historia de la Literatura, mientras que yo soy una nota a pie de página”, decía el creador del capitán Alatriste, en tanto que Javier Marías se ve tan solo como “una nota del traductor”.

No es frecuente reunir a escritores de la categoría de los tres que coincidieron hoy en los Teatros del Canal y así lo hizo ver Pilar Reyes, la directora de Alfaguara, cuando se los presentó al público y dijo que el encuentro de esta noche es como si se hubiera logrado “reunir a Dumas, a Marcel Proust y a Flaubert”.

“Me quedo con Dumas”, aseguró Marías al comienzo de ese diálogo que moderó Reyes y que estuvo salpicado de anécdotas y de buen humor.

Aprender a leer cambió la vida del escritor peruano, Premio Nobel de Literatura. Fue “una experiencia maravillosa” que enriqueció su infancia “de manera increíble”. Todavía hoy, a sus 78 años, “la lectura sigue siendo el mejor de los placeres, la experiencia suprema”.

Desde muy niño, Vargas Llosa sintió que ser escritor “era lo más maravilloso del mundo”, una opinión que su padre, muy autoritario, no compartía en absoluto y que por eso le puso todas las trabas que pudo al futuro escritor.

“Yo temía a mi padre y una de las maneras de resistir esa autoridad fue dedicarme a ser escritor. Así burlaba su autoridad aplastante”, confesaba hoy el autor de “La casa verde”.
“Nada se hace con tanto ahínco como lo que se hace por fastidiar”, decía Marías.

Los dos novelistas españoles crecieron en casas con buenas bibliotecas, algo que Marías “casi que odiaba” porque había tantos libros acumulados por todas partes que apenas le quedaba “espacio para jugar a las chapas”.

Pero gracias a esos libros, el autor de “Corazón tan blanco” descubrió a autores como Julio Verne y Salgari y desde muy pronto quiso ser escritor, sobre todo para “emular” a los que más le gustaban a él y para contar las historias que más le entretenían.

Aunque la idea que Marías tenía del escritor cuando él era un niño no era nada positiva, y en ello influyó la visita que hizo junto con su padre, el filósofo Julián Marías, a casa de Azorín.
Al autor de “Tu rostro mañana” no le gustó nada el aspecto “desaseado” que tenía Azorín ni que la cama estuviera sin hacer. Y eso le produjo “una cierta aversión” a la idea de ser escritor.

Verne, Dumas, Dickens y Stevenson le sirvieron a Pérez-Reverte para aproximarse “a la gran literatura” y, con el paso del tiempo, también le sirvieron para sobrellevar las durezas de los 21 años en los que fue reportero de guerra. Aquellas lecturas y las que vendrían después le ayudaron “a digerir y a interpretar” lo que veía.

El autor de “El club Dumas” es “un escritor tardío”. Nunca había querido dedicarse a la literatura, pero a la vuelta de una de esas guerras que cubría como reportero, “y con muchas cosas desagradables en la mochila”, sintió la necesidad de reflexionar sobre todo lo que había vivido y de “ordenar el caos” que había dejado atrás. Así se hizo novelista.

Tuvo suerte, sus libros funcionaron bien y a partir de la tercera novela ya pudo dedicarse de lleno a la literatura. “Pero sigo siendo un escritor accidental, un marino lector que accidentalmente escribe novelas”, señalaba Pérez-Reverte, que ha reflejado su pasión por el mar y por la navegación en varios libros.

Vargas Llosa y Marías han sentido “siempre una gran inseguridad” a la hora de escribir. Y con el paso del tiempo, “esto no ha cambiado nada; la inseguridad permanece”, aseguraba el novelista peruano.

“De pronto hay algo que encaja, que hace verosímil lo que escribes y eso es enormemente enriquecedor”, decía Vargas Llosa.

Al novelista peruano “nunca” le decepcionaron Flaubert ni Faulkner, y siempre siente “la misma emoción” cuando lee sus novelas, pero no le sucede lo mismo con Sartre, un escritor al que de joven leyó “con entusiasmo”, pero ya no puede hacerlo “sin sentir que estaba profundamente equivocado”.

“Escribía un pésimo francés, de frases largas y complicadas, de oscuridades tramposas. Sartre es un escritor que se me ha desplomado”, afirmaba Vargas Llosa.

“¿Qué se siente siendo el último de los mohicanos?”, le preguntaba con admiración Pérez-Reverte a Vargas Llosa, quien contaba que ante los múltiples premios y reconocimientos que ha recibido, se siente a veces “un poco desconcertado, pero hay experiencias que obligatoriamente te vuelven modestos”.

Y eso fue lo que le pasó en un viaje en avión a Las Palmas de Gran Canaria, cuando un viajero se acercó a Vargas Llosa y, “profundamente conmovido”, le dijo lo importante que habían sido sus novelas para él, en especial “Cien años de soledad”.

“No me atreví a decirle que yo no era García Márquez. Le di la mano al señor y acabé suplantando a García Márquez”, comentó Vargas Llosa entre las carcajadas del público.

ANA MENDOZA

Efe, 13 de mayo de 2014

Curro Cañete

Curro Cañete

El Mundo

La Vanguardia

El Universal

Europa Press

La Verdad

El Diario

Vanity Fair

Infobae

Telediario. [48’22”]

LA ZONA FANTASMA. 11 de mayo de 2014. Empobrecimiento, embrutecimiento

Me escribe un sacerdote que se dice “de izquierdas, si es que esta palabra aún tiene sentido”, y asume que para la mayoría es “un perro verde”. Pero se lamenta –habla incluso de “desesperación”– porque ve que desde hace diez años, “después de los nefastos días del 11-M al 14-M”, no le queda más remedio que leer este periódico a escondidas en los ámbitos que por su profesión más frecuenta, a callar sus opiniones sobre muchos asuntos, y por supuesto a ocultar que no vota al PP, lo cual todo el mundo que conoce su condición de cura da por descontado. Pero no es sólo ante la gente de ideología “conservadora” ante la que debe disimular. Si trata con individuos de la “contraria”, se encuentra con rechazo y suspicacia en cuanto confiesa ser creyente. Sin saber que además era sacerdote, un chaval de los acampados en la Puerta del Sol hace tres años le torció el gesto cuando mi corresponsal, tras haberle firmado media docena de papeles en contra de los desahucios y otras cosas condenables, rehusó firmarle un séptimo “contra la visita del Papa”. No hubo manera de razonar con él, me cuenta, el joven se cerró en banda y lo despachó con desprecio a partir de aquel instante. El hombre se escandaliza al oír decir a personas cultas e instruidas que El País es “el periódico enemigo de la Iglesia” o que “Zapatero quiso destruir la familia”, pero también de que se llame “fascistas” a todos los antiabortistas y “asesinas” a todas las mujeres que deseen interrumpir sus embarazos. Juzga que la cuestión es lo bastante delicada, y que hay suficientes ciudadanos a favor y en contra, como para que cualquier debate quede secuestrado por los gritones simplistas que cada vez más abundan. Ya lo dije hace pocas semanas recordando los versos de Yeats: “… mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”.

No le auguro a este sacerdote un futuro inmediato más tranquilo, aunque él no pierda la esperanza por una sencilla razón: conoció otros tiempos –antes de 2004– en que sí podía leer abiertamente este diario, o confesarse sacerdote, o reconocer que había votado a un partido no de derechas, sin padecer por ello miradas de censura u odio, retiradas de la palabra y hostilidad instantánea. A lo sumo unos y otros le gastaban bromas, eso era todo. Así que, si hubo esos tiempos no tan lejanos, no ve por qué no podrían regresar para que se normalizara todo un poco. Yo, personalmente, no acabo de entender lo que le ocurre a nuestra sociedad, y que este cura sufre en carne propia. Como ustedes saben, tengo una pésima idea de la actual jerarquía de la Iglesia española; pero eso no me lleva a condenar a todos los religiosos, menos aún a profesar antipatía a todos los católicos, ni a desconfiar de ellos. Lo es uno de mis mejores amigos (también lo eran mis padres), un amigo tan leal, bueno y recto que, si un día me diera la espalda, sólo me cabría pensar que era yo el que había fallado, el que no había estado a la altura. (Bien es verdad que es un católico inglés, en cuyo país su religión no es dominante ni por lo tanto abusiva.) También tengo amigos que son o se han hecho muy de derechas; saben que yo jamás votaría al PP (no tras la Guerra de Irak, no tras las mentiras del 11-M, no tras la presente legislatura neofranquista sin disimulos), ni justificaría a Le Pen o Putin o Berlusconi; pero no por eso me han tachado de su lista de apreciados ni desde luego yo a ellos. La dimensión religiosa de las personas, como la política, es sólo una entre muchas. Nadie se agota en ellas, por suerte, ni faltan temas de conversación en los que no se produzca el desacuerdo inmediato. La mayoría de los individuos –los que no son estereotipos, ni fanáticos, ni meros mastuerzos– son lo bastante complejos, variados y aun contradictorios para que merezca la pena ahondar en ellos y escucharlos.

No otra cosa hacemos, desde luego, con los personajes de ficción que se nos presentan en películas y novelas: casi ninguno nos gusta del todo, de la mayoría no seríamos amigos (peligroso serlo, por ejemplo, de Ricardo III o de Tony Soprano). Y sin embargo nos interesan, seguimos con enorme atención sus razones y vicisitudes, incluso con apasionamiento. A menudo nos atraen los que son muy distintos de nosotros, los paradójicos, los volubles, los difíciles de comprender, los ambiguos (no digamos los sutiles malvados). En cambio no soportamos a los esquemáticos, a los monolíticos, a los que son de una pieza, a los acartonados. Mientras que en la vida real, curiosamente, sólo estamos dispuestos a aceptar a éstos, como el chaval del 15-M que, en lugar de sentir curiosidad por la negativa de su interlocutor a firmar contra la visita del Papa, decidió ponerle la proa o poco menos. Los jóvenes ignoran que uno de los motivos por los que en la Guerra Civil se fusilaba a la gente (de ambos bandos) era porque se la conocía como lectora de tal o cual periódico, grave crimen. Que estemos en un punto en el que alguien –no importa quién– deba esconderse para leer o comprar determinado diario –no importa cuál–, es cualquier cosa menos tranquilizador. Pero es que además el rechazo de plano de quien no coincida con nosotros en todo supone el mayor empobrecimiento imaginable –también el embrutecimiento– en el trato con nuestros iguales.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de mayo de 2014

Sterne y Diderot, vecinos en Barcelona

LaurenceSterne_DenisDiderot600-cortadaUna de las colecciones emblemáticas de la Alfaguara de los primeros años fue la de Clásicos, que dirigía Claudio Guillén. Cuidadísimos volúmenes encuadernados en tapa dura, y con una impresionante nómina de autores, títulos y traductores. Así, Pere Gimferrer se encargó de la Obra poética de Ausiàs March; Francisco Rico de las Obras de Petrarca; Antonio Colinas de Poesía y prosa, de Leopardi; Rosa Chacel tradujo Seis tragedias, de Racine, y Aliocha Coll, Teatro, de Christopher Marlowe.

A finales de los setenta, Javier Marías estuvo viviendo una temporada en Barcelona. Su casa estaba en un sexto piso y, justo encima, en el ático, vivía su amigo Félix de Azúa. Marías estaba entonces traduciendo Tristram Shandy, de Sterne —sería Premio Nacional de Traducción en 1979— y Azúa, Novelas, de Diderot, ambos para la colección de Clásicos de Alfaguara.

Y cuentan, Marías y Azúa, cómo se encontraban de vez en cuando en el portal o en el ascensor, o se hacían consultas sobre sus respectivas traducciones, y no podían evitar pensar en que Sterne y Diderot también eran amigos, y que se encontraban también de vez en cuando mientras escribían lo que ellos, doscientos años después, estaban, allí en Barcelona, traduciendo.

JESÚS MARCHAMALO

Alfaguara, 25 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 4 de mayo de 2014. Gobernación

El ‘caso Gürtel’, por el que al cabo de cinco años todavía no se ha condenado a nadie. El caso Bárcenas, individuo que trabajó para el PP durante un par de decenios y al que nadie de ese partido parece haber conocido nunca; sigue sin saberse de dónde sacó los cuarenta y tantos millones que guardaba en Suiza, de los cuales nada ha devuelto. Donaciones en negro, contabilidad B. Los dirigentes madrileños Ignacio y Botella, jamás votados por nadie. Sus predecesores, Aguirre y Gallardón, se comprometieron para cuatro años, pero de lo dicho no me acuerdo. Millones gastados en las tres candidaturas olímpicas de Madrid; tres veces, tres ridículos, tres fracasos. Concesiones y coba sin fin al turbio magnate Adelson para que instalara sus casinos en la región; aún quiso más facilidades y más adulación y se marchó: otro fracaso (para los políticos, no para la población). Las autopistas de peaje de la zona no las utiliza nadie, sus pérdidas las sufragaremos ahora los contribuyentes, un fracaso más. La faraónica Ciudad de la Justicia, abandonada a medio hacer, más millones para nada. El aeropuerto de Castellón, y el de Ciudad Real, sin un solo avión; el primero ofrece, en cambio, una monumental cabeza de su creador, Carlos Fabra. Este ex-Presidente de Diputación (largo tiempo) tiene juicios pendientes y en alguno ya ha sido condenado; levemente, faltaría más. Más millones a la basura de la TV Valenciana, suprimida ahora; más de TeleMadrid, tan mala y sumisa que ya no le quedan espectadores. TVE cada día más parcial e incompetente, sus telediarios un permanente y tendencioso desastre. Palacios de las Artes que se caen a pedazos o que carecen de función: apenas si se utilizan y costaron un dineral. Millares de urbanizaciones vacías, interrumpidas a medio construir; sólo entran los cacos para llevarse grifos, picaportes, lo que quede por allí. Campos de golf inútiles por los que se talaron bosques o se recalificaron terrenos, hasta en parajes de permanente frío invernal. El Algarrobico sigue en pie. Prórroga de setenta y cinco años a las edificaciones playeras declaradas ilegales por los tribunales, ninguna se demolerá. Todo el suelo es edificable, sin excepción, desde 1996. Podrán erigirse casas y hoteles a sólo veinte metros de la orilla del mar. Al responsable de esta medida se lo premia poniéndolo de cabeza de lista para las próximas elecciones europeas. Se planea una Ley de Seguridad Ciudadana que hasta los jueces ven inconstitucional. Se suben las tasas judiciales, de tal manera que sólo los adinerados podrán presentar recursos. Se suben las tasas universitarias, los más pobres tendrán difícil acceder a una educación superior. Se recortan las becas. Más del 50% de los jóvenes no ha tenido empleo ni lo va a tener (ya no serán jóvenes para cuando la situación mejore). Decenas de miles de ellos se ven obligados a emigrar. También se van los científicos e investigadores, tras habérseles recortado brutalmente los presupuestos. El CSIC está al borde de la ruina, a punto de echar el cierre. El teatro y el cine se mueren, en vista de lo cual se les aumenta el IVA hasta el 21%. Se suben los impuestos, después de prometer que se los iba a bajar. En cambio se amnistía a los grandes defraudadores. A los bancos se los salva con una riada de millones procedentes de los bolsillos de los españoles, a los que esos bancos, sin embargo, no conceden un crédito así los aspen; se les entrega el dinero de todos sin ponerles ni una condición. La gente estafada por las preferentes de esos mismos bancos jamás va a recuperar sus ahorros. Esos bancos se dedican a desahuciar, por incumplimiento, a centenares de miles de familias. Más o menos las mismas que tienen en el paro a todos sus miembros. España es el segundo país europeo con mayor porcentaje de desempleados, un 26%. También es el segundo en pobreza infantil. Las cinco regiones europeas con mayor tasa de paro son españolas; todas (luego vienen dos macedonias). Se han averiado cinco veces los aviones que transportan a la familia real. Siguen cerrando comercios. Siguen arruinándose librerías, apenas si se combate la piratería. La sanidad pública se deteriora; listas de espera más largas, menos camas, menos médicos, los medicamentos se han de “copagar”, es decir, pagar dos veces o tres. Ana Botella se baja el sueldo, mil y pico euros al año, se le queda en unos 100.000 pelados, deberíamos aprender. Aguirre estaciona en el carril bus, se asusta porque van a multarla los guardias, escapa en su coche derribando la moto de uno de ellos; tampoco a ella le alcanzaba su sueldo. Aumentan los accidentes de tráfico, ya no se reparan las carreteras ni nadie gasta en el taller. Se proyecta una Ley del Aborto que lo impedirá hasta en los casos de malformaciones graves del feto. Sin embargo, se recortan las ayudas a los “dependientes” y se renuncia a la justicia universal, así que se deja sueltos a narcotraficantes apresados en el mar: total, no se dirigían a España. Las pensiones de los jubilados pierden poder adquisitivo. Se pretende reinstaurar la cadena perpetua, y eso que, con menos delitos que en la mayoría de países europeos, nuestras cárceles están mucho más llenas. La Iglesia continúa sin pagar el IBI, y todavía se le permite registrar a su nombre la propiedad de lo que nunca fue de nadie; consecuentemente, no cesa de apropiarse de inmuebles, algo vedado a cualquier otra institución o particular. Descubrimos que en España hay diez mil políticos aforados –diez mil–, mientras que en Alemania no hay ni uno. Aunque los jueces hayan dictado condena, aquí el Gobierno otorga centenares de indultos al año, sin argumentar por qué. El Presidente del Gobierno y su prensa pregonan nuestra plena recuperación, económica y moral.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de mayo de 2014

Texto de JM sobre el poema de Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY

Unas líneas sobre “Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

QUEVEDO Y MARÍAS

‘The Infatuations’, edición americana en bolsillo

The Inf KNOPF bolsillo

THE INFATUATIONS
JAVIER MARÍAS
Translated by Margaret Jull Costa
Vintage, April 22, 2014

“This is writing at its purest: elegant, stylish and subtle. The work of Javier Marías transcends such bromides as: “I couldn’t put it down!” It insists that you savor every word; that you stop and reflect on what you have just read; that you parse the sinuously snaking sentences for every nuance they reveal. It is a virtuosic performance that makes it obvious why such literary giants as Bolaño, Sebald, Coetze and Pamuk have lavishly sung his praises. You will understand why he is a shoe-in for the Nobel Prize. And, you will scratch your head in utter befuddlement at the lack of a wider audience for his work in America. Read it and be amazed.” —Conrad Silverberg

“Whatever else we may think is going on when we read, we are choosing to spend time in an author’s company. In Javier Marías’s case this is a good decision; his mind is insightful, witty, sometimes startling, sometimes hilarious, and always intelligent . . . The masterly Spanish novelist [has] a penetrating empathy.” —Edward St. Aubyn, on the cover of The New York Times Book Review

“The Infatuations is mysterious and seductive; it’s got deception, it’s got love affairs, it’s got murder—the book is the most sheerly addictive thing Marías has ever written . . . Marías is a star writer in Europe, where his best-sellers collect prizes the way Kardashians collect paparazzi. He’s been hailed in America, too, yet he’s never broken through like Haruki Murakami or Roberto Bolaño. This should change with his new novel, The Infatuations, which is the ideal introduction to his work.” —Fresh Air/NPR

“The work of a master in his prime, this is a murder story that becomes an enthralling vehicle for all the big questions about life, love, fate, and death.” —The Guardian

“Blindingly intelligent, engagingly accessible—it seems there’s nothing Marías can’t make fiction do . . . Marías’s rare gift is his ability to make intellectual jousting as suspenseful as the chase scenes in a commercial thriller.” —Kirkus Reviews

“A haunting masterpiece . . . The lasting challenge to literature is to achieve a satisfying marriage between high art and the low drives of a simple plot. The Infatuations is just such a novel . . . Just as Macbeth is a thriller that’s also a great tragedy, The Infatuations is a murder story that’s also a profound story of fatal obsession . . . Don Quixote was first published as long ago as 1620. I wouldn’t be surprised if The Infatuations soon acquired an equally devoted following.” —The Observer

“Extraordinary . . . Marías has defined the ethos of our time.” —Alberto Manguel, The Guardian

“Marías [is] a consummate stylist . . . Magic, stupendous.” —Booklist

“Absorbing and unnerving . . . A labyrinthine exploration, at once thrilling and melancholy, of the meanings of one man’s death—and a vivid testimony to the power of stories, for good or ill, to weave the world into our thoughts and our thoughts into the world.” —The Sunday Times (London)

“A novel that further secures Marías’s position as one of contemporary fiction’s most relevant voices.” —Publishers Weekly

“Hypnotic . . . The Infatuations plays off Marías’s enchantingly sinuous sentences. They suck you in and lull you along with their rhythm, which gives the unusual and palpable awareness of how masterfully Marías has made time itself his peculiar object of investigation . . . Powerful.” —Bookforum

“A masterpiece . . . Here, great literature once again shows its true face.” —ABC Cultural (Spain)

“Keeps us guessing until almost the last page. Yet what lingers in the reader’s mind is not the murder mystery, compelling though it is. Rather, it is the author’s examination of the ebb and flow of flawed relationships; the chances that bring us together and the fates (in this case, murderous intent) that pull us apart.” —Financial Times

“I ended up getting angry with myself for not having rationed the reading so it would last longer.” —El País

“Uniquely luminous . . . Like Beethoven, Marías is a brilliant escape artist . . . But Marías is original; he cannot help it.” —Times Literary Supplement (London)

The Infatuations is a metaphysical exploration masquerading as a murder mystery . . . Quietly addictive.” —Spectator

“Smart, thoughtful, morally challenging, and consistently surprising in its tense twists.”—Scotland on Sunday

“Haunting. . . . Evokes verbal puzzle-makers like Borges, and Marías’s ingenious chessboard plots bring to mind the 20th century’s grand-master strategist, Vladimir Nabokov.”—Los Angeles Times

“An arresting story of love and crime.”—San Francisco Chronicle

“The unspoken romance at the heart of Marías’s work is the recuperation of old-fashioned adventure within perfectly serious, cerebral contemporary fiction.”—The Daily Beast

“Great art often emerges from breaking, or at least tweaking, rules. A work that transcends its conventions can produce special results. Here’s such a book . . . The Infatuations takes you where very few novels do.”—Paste magazine

“A masterly novel . . . The classical themes of love, death, and fate are explored with elegant intelligence by Marías in what is perhaps his best novel so far . . . Extraordinary . . . Marías has defined the ethos of our time.”—The Guardian (UK)

“Marías has created a splendid tour de force of narrative voice. . . . A luminous performance.”—Wichita Eagle

“Javier Marías is a master of first lines. He’s a master of other things as well . . . All Marías books feel like chapters in one much longer book. And it’s one you should start reading, if you haven’t already.”—Slate

“Beyond the interesting ideas his work draws on, Marías’s novels are simply a pleasure to read . . . The Infatuations, containing the qualities of Marías’s best work, is an important addition to his oeuvre.”—The Millions

“Marías’s novel operates on so many levels simultaneously, it becomes a piece of evidence itself, an artifact that proves its own argument.”—The Onion, A. V. Club

“Marías’s novel weaves an intricate web, but its triumph is in the power of its narrator. Marías has found the ideal voice—detached, inquisitive, and vigilant—for one of his finest novels.”—Los Angeles Review of Books

0033123a-9490-485e-abfc-831ca1f43a7fThe Infatuations

Everyone needs something to get through the day. For some, it’s faith. For others, drugs, shopping, sex, or love. Reserved, thirty-something María Dolz relies on a man and a woman she sees almost every morning in the café where she has breakfast. Still laughing and joking like the best of friends after years of domestic union, they are, she thinks, the Perfect Couple: a vision of marital bliss. “It was the sight of them together that calmed and contented me before my working day began,” María tells us. Without them, she felt depressed. Then one afternoon the husband is stabbed to death by a homeless man. A tragic accident? Or the perfect crime?

From this scenario and three books (Balzac’s Colonel Chabert, Dumas’s The Three Musketeers, and Shakespeare’s MacBeth), the acclaimed Spanish novelist Javier Marías spins an exquisite web of confessions, lies, and sticky half-truths. That’s only the beginning. For The Infatuations is not merely a tale of love gone wrong, it’s also an evocation of modern sexual manners, a meditation on the relationship between the living and the dead, and a dazzling portrait of the master criminal as a kind of gorgeous spider: careful, patient, venomous. Not since Tom Ripley have I met such a cunning, and envious, creature.

Marías himself likes to work in delicate circles. His sentences are long, conversational, circuitous, their tension constantly redirected by his characters’s shifting doubts, evasions, and desires. More than anything, his prose reflects the brooding tenor of María’s cautious, intelligent mind — a mind agitated by her contact with a widow’s desperate grief and a womanizer’s deft manipulations. For after the Perfect Husband dies, María Dolz falls in love with his best friend: a man she meets only in his apartment, only when he calls her. Thus does one infatuation pave the way for another.

Javier Marías’s has long been acclaimed as one of Spain’s most exceptional writers: an author who builds intoxicating cocktails of philosophy and noir. His masterful murder story culminates in an scene of unforgettable ethical ambiguity. The most sinister thread his novel, however, is the silken connection that Marías traces between crime and confusion. For when the killer is finally cornered, a smokescreen of doubt is enough to enable the unrepentant to escape:

“When you don’t know what to believe,” Marías writes, “when you’re not prepared to play the amateur detective, then you get tired and dismiss the entire business, you let it go, you stop thinking and wash you hands of the truth or of the whole tangled mess—which comes to the same thing.” [319]

In other words, hidden crimes go unpunished not because criminals can’t be caught, but because of our own unwillingness to undertake the burden of sifting truth from deception, crime from camouflage. Thus our apathy abets the spiders of this world.

MARCELA VALDÉS

Critical Mass, March 11, 2014

THE INFATUATIONS – WHY THIS BOOK SHOULD WIN

The Infatuations by Javier Marías rolled into its publication date with more baggage than the Coast Starlight, more anticipation than the Wells Fargo wagon in The Music Man.

Immediately, the griping and whining started. “It isn’t his best book.” “It isn’t as good as (fill in the blank with any of his previous books).” “I really loved the trilogy, but this…” “Knopf paid serious money for the book, did they know what they were getting?” I even heard someone suggest the book was slighted because of readership loyalty to New Directions, Marías’ previous publisher.

However, The New York Times, The Guardian, The Los Angeles Times, NPR, and Slate all made it through their reviews without an audible groan – and for good reason. This is a really good book.

Marías is writing in genre, and he appears to be having a hell of a good time doing it. It’s cerebral in ways similar to Frederick Knott’s Dial M for Murder. It’s less about the crime, less action, and more about the paths and perception – more philosophic than forensic.
I’ve read a boatload of mysteries, but I can’t remember one that does exactly what The Infatuations does. Not going to outline the plot, but the ending, no spoiler alert here, is dropped in your lap.

I love Marías. I don’t care if what he writes is High Fecking Art or not. And you shouldn’t either.

This book should win The Best Translated Book Award.

GEORGE CARROLL

Three Percent, March 12, 2014

LA ZONA FANTASMA. 27 de abril de 2014. Las lecciones de la imaginación

Ya pasó Sant Jordi, el Día del Libro, y de aquí a un mes empezará la Feria madrileña del mismo objeto, con las perspectivas más lúgubres en muchísimos años. No es sólo que las librerías estén ahogadas por la crisis y por la piratería en aumento. No es sólo que los editores busquen desesperadamente algún título que arrastre a las masas a comprarlo, y que a la mayoría ya les dé igual que se trate de una obra digna o de la enésima porquería más o menos sadomasoquista, cateta y machista con origen en Internet, donde habrá cosechado legiones de “seguidores” rudimentarios y descerebrados, de los que se limitan a pedir “más”: más “sexo fuerte”, más violencia, más torturas gratuitas, poco a poco –oh qué moderno– se vuelve a uno de los textos más soporíferos de la historia de la literatura: Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade, escrito en 1785, reiterativo catálogo de atrocidades que acaba por arrancar bostezos hasta a los más voluntariosos depravados. No es sólo que los autores anden preocupados y deprimidos, al ver cómo sus nuevas novelas se venden infinitamente menos que las anteriores (eso los que alguna vez han tenido un número apreciable de lectores) o nacen ya muertas, destinadas a ser devueltas a la distribuidora a las pocas semanas de aterrizar en los escaparates. La última vez que me pasé por una librería y eché un vistazo a las novedades, vi no pocas que superaban las seiscientas páginas y a las que, por su aspecto, o por la descripción leída en las reseñas que las ensalzaban, o por la mera conjunción de nombre, título, grosor y precio, uno no podía augurar más que una rápida caída en el vacío. “Ojalá me equivoque”, pensé con escasa fe. “Ojalá cada una de ellas sea un gran éxito; y sean leídas y discutidas por muchos y recomendadas por los únicos que hoy gozan de verdadera influencia, los lectores desconocidos”.

El íntimo convencimiento de que no será así en casi todos los casos me produjo melancolía. Precisamente porque también me dedico a escribirlos, sé cuánta tarea y esfuerzo hay detrás de cada libro, los largos meses o años empleados en sacarlo adelante; aunque sea malo, o esté hecho de cualquier manera, sólo llenar esa cantidad de páginas requiere un monumental trabajo. No soy de los que creen que fue mejor toda época pasada. Al contrario: estoy seguro de que nunca se han leído (ni comprado) tantos libros como en nuestros tiempos; de que siempre ha habido obras que han caído en el vacío; de que los grandes éxitos jamás habían alcanzado ventas tan superlativas como ahora. Sin embargo sí creo que la magnitud de la indiferencia nunca había sido tan mayúscula como la que aguarda a los libros condenados a ella desde el principio. Y la mayoría de éstos son –ay– los que se ha dado en llamar absurdamente “libros literarios”, es decir, los que tienen ambición y voluntad de estilo, los que no se ciñen a contar una historia más o menos interesante y santas pascuas. Los que tal vez –tal vez– hacen que la gente piense o se fije en el funcionamiento del mundo, los que en el espacio de unas cuantas horas –las que tardamos en leerlos– nos brindan entendimiento y conocimientos que quizá no adquiriríamos por nuestra cuenta ni en el transcurso de una vida completa.

Tengo la sensación de que nos vamos adentrando en una de esas épocas en las que se tiende a juzgar superfluo cuanto no trae provecho inmediato y tangible. Una época de elementalidad, en la que toda complejidad, toda indagación y toda agudeza del espíritu les parecen, a los políticos, de sobra o aun que estorban. Y como los políticos, incomprensiblemente, poseen mucho más peso del que debieran, detrás suele seguirlos la sociedad casi entera. Son tiempos en los que todo lo artístico y especulativo se considera prescindible, y no son raras las frases del tipo: “Miren, no estamos para refinamientos”, o “Hay cosas más importantes que el teatro, el cine y la música, que acostumbran a necesitar subvenciones”, o “Déjense de los recovecos del alma, que los cuerpos pasan hambre”. Quienes dicen estas cosas olvidan que la literatura y las artes ofrecen también, entre otras riquezas, lecciones para sobrellevar las adversidades, para no perder de vista a los semejantes, para saber cómo relacionarse con ellos en periodos de dificultades, a veces para vencer éstas. Que, cuanto más refinado y complejo el espíritu, cuanto más experimentado (y nada nos surte de experiencias, concentradas y bien explicadas, como las ficciones), de más recursos dispone para afrontar las desgracias y también las penurias. Que no es desdeñable verse reflejado y acompañado –verse “interpretado”– por quienes nos precedieron, aunque sean seres imaginarios, nacidos de las mentes más preclaras y expresivas que por el mundo han pasado. Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas; casi todos los sentimientos en las poesías; casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes, y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite “reconocer” a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos. Aunque sea no tener qué llevar a casa para alimentar a los hijos. También esa desesperación se entiende mejor si unos versos o un relato nos la han dado ya a conocer, y nos han preparado para ella. Sí, no se desprecie: sólo imaginativamente. O nada menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 20 de abril de2014. Lo mejores y los peores

Leí hace poco dos viejos versos de Yeats que me parecieron verdaderos, en la medida relativa en que cualquier afirmación lo puede ser: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”. Si me parecieron tan “verdaderos” es porque, hasta cierto punto, y con excepciones, definen la historia de la humanidad, y desde luego la de nuestro país. De lo que no cabe duda, en todo caso, es de que los indiscutibles “peores” del pasado siglo triunfaron más que nada por su vehemencia, por su exageración y dogmatismo, por su griterío ensordecedor, por su extremismo simplificador y chillón. Los nazis, los stalinistas, los fascistas italianos, los maoístas chinos o exportados al Perú, todos estuvieron poseídos de indudable ardor. No hablemos de las fuerzas que acabaron imponiéndose en España durante la Guerra Civil y relegando a los “mejores” a la condición de meros espectadores horrorizados, o de exiliados prematuros, o de leales al bando de la República –por ser el único legal– parcialmente a su pesar, es decir, por decencia pero sin convicción. Ésta, en cambio, les sobró a los franquistas, que encima contaron con la bendición de la Iglesia Católica, o aún es más, con su exaltación justificadora de las matanzas. Y si interviene el elemento religioso, entonces el fanatismo, el entusiasmo aniquilador, se agudizan y pierden todo posible freno. Mucho me temo que esa ha sido una de las principales funciones de las religiones: encender mechas, ofrecer coartadas, prometer dichas ultraterrenas a los asesinos por vocación.

Nada tiene por qué cambiar, y en este siglo XXI los peores siguen rebosando intensidad y amparándose en la religión. Puede ser la religión distorsionada, como en el caso de talibanes y yihadistas, que, lejos de menguar, se extienden como la pólvora; o bien sucedáneos de aquélla, en forma de nacionalismos las más de las veces. Proliferan en Europa, y van ganando adeptos, los movimientos y partidos xenófobos y racistas, los que demonizan a los inmigrantes –legales o no, tanto les da–, los que claman “Grecia para los griegos”, “Francia para los franceses”, “España para los españoles” o “Cataluña para los catalanes de verdad”. En este último lugar hay una señora mandona y ensoberbecida, que preside la llamada Asamblea Nacional Catalana, que sin duda está poseída por la vehemencia más apasionada. En virtud de ella, y no de otra cosa, se permite dictar “hojas de ruta” a los representantes políticos surgidos de elecciones democráticas, mientras que a ella nadie la ha votado jamás. Los peores se hacen fuertes cuando los mejores carecen de convencimiento. Cuando éstos se amedrentan y desisten. Cuando temen verse “sobrepasados” o repudiados. Cuando deciden que razonar, argumentar y pactar ya no sirve de nada. Ese “ya” es lo más peligroso que existe. Señala el momento en que los inteligentes arrojan la toalla, en que se resignan a no ser escuchados, en que se persuaden de que sólo el vocerío vale para hacerse oír, y de que, por tanto, una de dos: o hacen literalmente mutis por el foro o se suben a la grupa del simplismo y el estruendo, del blanco o negro, del conmigo o contra mí, de los patriotas y los antipatriotas, o, como sufrimos aquí a lo largo de cuarenta años, de los españoles y los antiespañoles.

EL CREPÚSCULO¿Por qué los mejores carecen a menudo de convicción, si los asiste la razón, tienen un desarrollado sentido de la justicia y son tolerantes con lo tolerable, procuran entender al contrario y atienden a los argumentos de sus adversarios? Precisamente por todo eso, he ahí la contradicción. Los mejores siempre dudan algo, siempre se paran a pensar, no se sienten en posesión de la verdad, no son simplistas ni radicales, no tienen una sola meta entre ceja y ceja, les repugna el oxímoron “guerra santa”, por no mencionar “sagrada misión” y otras sandeces por el estilo. Desde mi punto de vista uno nunca debería prestar atención a los llenos de apasionada vehemencia. Es más, ésta es para mí motivo de desconfianza y sospecha, y, abundando en los versos de Yeats, suele enmascarar a los peores, a los más dañinos y autoritarios, a los que hacen abstracción de las personas y se muestran siempre dispuestos a sacrificarlas en nombre de la Causa, o del Progreso, o del Proyecto, o de la Nación, tanto da. Son los que olvidan que todos tenemos solamente una vida, y que ninguna puede arruinarse por un abstracto Bien Futuro. A estas alturas deberíamos saber todos que el futuro es una entelequia, que no se puede configurar ni tan siquiera imaginar. Sólo importan los que están aquí, y también algo los que estuvieron, sólo sea porque sus huellas sí se pueden reconocer. A menudo las de los mejores están escondidas, como dice esta otra cita de la novelista del XIX George Eliot: “Que el bien aumente en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que ni a vosotros ni a mí nos haya ido tan mal en el mundo como podría habernos ido, se debe, en buena medida, a todas las personas que vivieron con lealtad una vida anónima y descansan en tumbas que nadie visita”. Es cierto, muchos de los mejores pasan calladamente o hablando en susurros, jamás gritan ni vociferan, porque no están llenos de apasionada intensidad. Pero ay de nosotros si no existieran, si no hubieran existido siempre; si sus tumbas que nadie visita no alfombraran la tierra discreta, la única que de verdad nos sostiene.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de abril de 2014

Shakespeare , el mayor inspirador

Sciammarella

Sciammarella

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.

Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.

Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.

En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a éste y le dice: “My hands are of your colour; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.

Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño que mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

JAVIER MARÍAS

El País, 16 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 13 de abril de 2014. En el inofensivo pasado

 

Marisa Flórez/EL PAÍS

Marisa Flórez/EL PAÍS


La reciente muerte de Adolfo Suárez produce sobre todo melancolía, al menos entre quienes éramos jóvenes cuando apareció, cuando gobernó y cuando fue defenestrado, por los suyos y por casi todo el mundo. Pero la melancolía no viene sólo por lo más evidente, esto es, por la desaparición definitiva de una figura que trajo esperanza, considerable optimismo y suscitó mucha simpatía. Si en algo se distinguió Suárez fue en que, por primera vez en muchísimos años, un gobernante español no inspiraba miedo. Siempre pareció razonable y alejado de todo autoritarismo; es más, como venía del franquismo –pero en nada se asemejaba a éste–, procuró ser todo lo contrario de lo que lo había precedido: respetuoso, conciliador, dialogante, sonriente y cordial, atento y persuasivo. Tal vez, como a la mayoría de los políticos, los consejos le entraban por un oído y le salían por otro, pero se aprestaba a escucharlos e incluso los solicitaba. He contado ya antes cómo, al filtrarse el borrador de la Constitución, mi padre, Julián Marías, escribió un artículo tildándolo de absurdo, erróneo y hasta mal escrito. Ese mismo día Suárez lo llamó, le pidió encontrarse con él para que le explicara más y lo orientara al respecto. Si Suárez no era humilde, lo parecía. Si no le importaba la opinión de los demás, lo disimulaba tan bien que la indiferencia debe ser descartada: todo fingimiento tiene un límite, rebasado el cual deja de serlo. Si desdeñaba a alguien, lo ocultaba. Es difícil recordarle un mal gesto, un desplante, una actitud humillante o despreciativa, ni hacia sus oponentes ni hacia sus correligionarios. Era chulo, sí, pero sólo en el mejor sentido de la palabra: alguien que no se arredraba, que no estaba dispuesto a que lo avasallaran ni pisotearan; sí, en cambio, a que lo convencieran.

No es de extrañar que en estos tiempos desabridos la gente lo eche de menos, con la excepción de los ensimismados cenizos de Esquerra Republicana, el BNG y Amaiur y Bildu, quienes jamás apreciarán a nadie que no les dé la razón en todo: sus integrantes son individuos que sólo admiran a sus obedientes ovejas, si no es esto una contradicción en los términos. Pero la melancolía es también otra: la noche de su velatorio, cenaba yo frente al Congreso con mis amigos Díaz Yanes y ­Gasset, y salíamos a fumar de vez en cuando. Veíamos cada vez (incluso pasada la una de la noche) la larguísima cola de quienes iban a visitar el cadáver. Más allá de que nos pareciera extravagante la costumbre (un poco sevillana), supongo que muchos de los que soportaban el frío y la espera querían expresar así su agradecimiento. El inoportuno anuncio de su “muerte inminente” multiplicó los elogios y los monográficos televisivos. Y eso es lo que produce tristeza, incluso leve amargura. Suárez llevaba muchos años ausente por enfermedad, y aún más fuera de la política. No sólo era ya alguien “inofensivo”, sino que estaba desactivado y no contaba. Es lo propio de España: se vierte una catarata exagerada de alabanzas sólo cuando ha muerto una persona notable, o, si acaso, como aquí, cuando ya no hace sombra a nadie, ni adquiere protagonismo, ni puede soltar declaraciones que pongan en cuestión a ningún vivo. Parafraseando la máxima escuchada en tantos westerns sobre los indios, el único español bueno es siempre el español muerto, o, en su defecto, el que está fuera de juego, el callado, el inhabilitado, el que ha dejado el campo libre a los insaciables ambiciosos que quisieran a su alrededor nada más que un inmenso vacío.

A Suárez, mientras estuvo activo, lo detestaron casi todos: parte del Ejército, la extrema derecha, los del Partido Popular que al principio se llamaba Alianza, los socialistas, la extrema izquierda, los nacionalistas, sus compañeros de la UCD que le hicieron la vida imposible y lo obligaron a marcharse. Cuando fundó su nuevo partido, el CDS, los votantes que hoy sienten nostalgia le dieron la espalda, hasta que hubo de disolverlo y retirarse. Entonces, poco a poco, se empezaron a reconocer sus méritos y su carácter abierto, la dificilísima tarea que había llevado a cabo con mucho más éxito del esperable. Cuando ya no podía quitarle el sitio a nadie. Cuando su figura ya no podía empequeñecer las de los demás. Cuando se lo vio como pasado. El título de esta columna tendría que ser otro, pero ya lo utilicé en una pieza de 1997 y en el volumen recopilatorio que la contuvo: Seré amado cuando falte. Una vez más, es una cita de Shakespeare, que lo expresó casi todo: “I shall be lov’d when I am lack’d”, en Coriolano. Lamentablemente, es el sino de todo español de valía, en cualquier campo: ser reconocido plenamente, ensalzado, añorado y querido sólo tras su desaparición o derrota. A menudo ni siquiera el sentimiento es puro, sino que se utiliza al muerto que en vida fue denostado para denostar a los que quedan, a los que incurren en el imperdonable delito de seguir vivos y no vencidos. “Este que ya no está sí que era bueno”, se aprovecha para decir, “y no como estos mediocres de ahora”. Somos un país condenado a chapotear en el descontento presente, y a sentirnos orgullosos y reconciliados solamente con los que –por fin– ya no respiran y pertenecen al inofensivo pasado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de abril de 2014

Ramón Pernas: “Creo que soy el único escritor que dice en público que le gusta Javier Marías”

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Ver entrevista
[Menciona a JM a partir del minuto 17]

Entrevista a Ramón Pernas:

“Creo que soy el único escritor que dice en público que le gusta Javier Marías, considero que es uno de los grandes escritores vivos en español. También tengo un afecto literario por Antonio Soler y por un atrevido y excéntrico escritor francés nacido en España, Enrique Vila-Matas que es un magnífico escritor que es está en una etapa de su vida espléndida regenerando la literatura”.

“Esos tres (Javier Marías, Antonio Soler y Enrique Vila-Matas) son suficientes para diagnosticar el estado de salud de la literatura española. Han emergido unos jóvenes escritores como Salomón y tal, pero está a una distancia notable de estos tres”.

LORENZO RODRÍGUEZ

Periodista Digital, 11 de abril de 2014

Marías elige a Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY
EDITED BY ANTHONY AND BEN HOLDEN
Simon &Schuster UK, April 2014

Índice y primeras páginas

En este libro cien intelectuales eligen y comentan el poema que más les emociona. Javier Marías ha elegido el soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”.

QUEVEDO Y MARÍAS

Texto en catellano:

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

LA ZONA FANTASMA. 6 de abril de 2014. La muerte de la discreción

Siempre procuré sopesar lo que contaba y preguntaba. En lo segundo he llegado a ser tan cauto que luego, a veces, se me ha reprochado desinterés o indiferencia; con esas cosas se ha confundido mi enorme aversión al sonsacamiento. Detesto a quienes lo preguntan todo o mucho y quieren estar “enterados” hasta de lo que les trae sin cuidado. Normalmente es gente que trafica con lo que averigua, que sólo ansía saberlo para relatarlo a su vez, para presumir de estar en el ajo y ofrecer primicias. Su discreción está excluida, es un concepto reñido con su naturaleza. Esas personas no sienten curiosidad pura, no se dan por satisfechas con estar al tanto, no son meramente fisgonas, sino chismosas: recaban información para aprovecharse de ella y transmitirla lo antes posible. Algunas se ganan así el aprecio o la tolerancia de otros: hay individuos insoportables que se hacen un hueco en la sociedad, y tienen amistades, tan sólo porque proporcionan cotilleos y entretienen con ellos. De otro modo serían solitarios, si es que no cuasi apestados. No les queda más remedio que tirar a los demás de la lengua –eso para mí tan odioso–: es su manera de medrar y de ser aceptados.

Todo esto es viejo como el mundo. Lo que ya no lo es tanto es la proliferación mundial de estos sujetos, la conversión voluntaria de ingentes porciones de la población en eso, en irredentos cotillas. Para empezar, hay una exposición desaforada de lo propio, mezcla de impudor y narcisismo. En Facebook y Twitter la mayoría de sus usuarios relatan y muestran demasiado de sí mismos, a menudo para su arrepentimiento y con consecuencias desastrosas. Hay gente que ha perdido empleos por haber sido exhibicionista o bocazas en estas redes. Hay delincuentes cretinos que han acabado en la cárcel por haberse jactado de sus hazañas en el ciberespacio, la vanidad los ha condenado. Ya hay legiones de jóvenes reclamando el derecho al borrado y al olvido de lo que “colgaron” un día, y lo tienen difícil, ahí todo deja imperecedero rastro. No hay mayor prudencia –al contrario– con lo que se cuenta de los otros. El planeta está lleno de imbéciles que fotografían con sus móviles cuanto se pone a su alcance, y nada les gusta más que captar una imagen inconveniente o prohibida de alguien más o menos famoso. De ellas sacan a veces beneficios crematísticos, y si no, “visitas”. Lo peor es que la falta de escrúpulos se ha extendido a los medios en teoría serios y responsables. Puesto que han de competir con millones de intrusos, no pueden perder todas las batallas andándose con miramientos.

Uno de los frenos o límites tradicionales a la hora de hacer público algo era la consideración del daño que podía hacerse con ello. También se tenía conciencia de que era fácil dar al traste con una operación militar o policial o de espionaje si se informaba de ella antes de tiempo. Ahora es la propia policía –la española, al menos– la que en ocasiones divulga sus métodos y procedimientos para provecho de los criminales, que así sabrán qué errores deben evitar en el futuro. Y, por supuesto, a casi nadie le importa un pimiento poner en peligro la vida de quienes se han arriesgado llevando a cabo una misión –se supone– vital para su país y sus conciudadanos. Leo que, del equipo de veintitrés hombres que se encargó de Bin Laden, sólo dos siguen vivos. El resto ha muerto en combate, lo cual parece mucha casualidad, dado que aún no se han cumplido tres años de aquella operación. Uno de los dos supervivientes, el que se cree que disparó contra el Enemigo Público Nº 1 –de ahí que su sobrenombre sea “El Tirador”–, volvió a la vida civil con mal pie. Renunció a lo habitual entre los ex-Navy Seals –entrar como mercenarios en empresas de seguridad privada–, y al parecer “no tiene pensión ni seguro médico, sufre artritis, tendinitis, problemas oculares y dolores de espalda, todo producto de sus dieciséis años de servicio al límite. Su situación es tan mala que, pese a estar separado, vive con su ex-mujer en la misma casa por una cuestión meramente económica”. ¿Se ignora su identidad al menos, dadas las masas que querrían vengarse de él? Me temo que la sabrá quien lo desee. En el mismo artículo se dice que, pese al secretismo inicial de la misión, en seguida se reveló que se había encargado el Team Six, la élite de los elitistas Seals, y que los integrantes del comando sabían que eso ocurriría. “Les doy una semana para soltar que han participado los Seals”, le dijo el otro superviviente –más avezado, autor de un libro– a un compañero mientras Obama daba la noticia. “Y una mierda”, le contestó su interlocutor. “Yo no les doy ni un día”. Y así fue. “ABC News”, explica el reportaje, “incluso ofreció las pautas para reconocer a uno de estos supersoldados”. Se trata de contar y contar, lo que sea, caiga quien caiga, se le arruine la vida a alguien o se lo conduzca al matadero. “El Tirador”, por lo visto, vive aterrado, además de con penurias. Ni siquiera existe un programa de protección para individuos como él, esos que permiten cambiar de identidad, trasladarse a un confín remoto del mundo y tener algún guardaespaldas a mano. El hombre ha enseñado a tirar a su ex-mujer, a sus hijos a esconderse en la bañera, y guarda un cuchillo en su tocador “como último recurso”. Mal le pinta el futuro. Así que sigan sonsacando, fotografiando, contando y “colgando”, pero no crean que no hacen daño a nadie. Empezando por ustedes mismos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 30 de marzo de 2014. Proliferación de cabestros y mastuerzas

No sé cómo se las gasta la gente en las demás ciudades. O bueno, sí en alguna que otra, pero como no vivo en ellas ni son la mía, será más prudente y diplomático dejarlas de lado. En Madrid prolifera cada vez más una fauna para mi insólita, y eso que, con excepciones, llevo viviendo aquí desde mi nacimiento en los años cincuenta, cuando había mucha más pobreza, analfabetismo y burricie, o eso parecía. Con la llegada de la democracia hubo un periodo en el que todo mejoró bastante. No sólo en lo político, claro, también en lo cívico. Se deseaba equipararse con los otros países europeos, los ciudadanos mantenían el suelo de sus calles un poco menos guarro, los bares empezaron a no estar tan sembrados de colillas, huesos de aceitunas y cáscaras varias, hombres y mujeres hicieron un pequeño esfuerzo por mejorar su aspecto y por tratarse con algo semejante a la cortesía; la policía, que durante décadas había desplegado autoritarismo y malas maneras, cuando no brutalidad a secas, procuró hacerse educada y amable y ponerse al servicio de quienes le pagaban el sueldo, no por encima de ellos; lo mismo los políticos, a diferencia de los actuales. Nunca se nos fue, con todo, cierto elemento de zafiedad y grosería que parece consustancial a una buena porción de españoles. Nunca la televisión ha dejado de emitir mil programas soeces, hasta hoy mismo. Nunca ha dejado de haber humoristas que, por muy “inteligentes” que a sí mismos se llamen, son herederos directos de Martínez Soria y de Mariano Ozores y tienen la misma gracia que ellos, más o menos. Nunca ha dejado de haber mastuerzos y cabestros por nuestras calles, pero durante un tiempo breve se ejerció cierta presión tácita contra ellos. A veces basta con que la mayoría mire mal actitudes, para que quienes las observan se cohíban un poco, se abstengan otro poco y, en el peor de los casos, incurran en ellas medio a escondidas y con disimulo.

Hace mucho que esto ha acabado. He aquí un ejemplo ilustrativo: llevo años viendo cómo en el callejón de Felipe III, que desemboca en la Plaza Mayor –en pleno centro, en la zona más turística de la capital–, legiones de individuos, una noche sí y otra también, mean contra sus arcos con desparpajo absoluto. Disculpen la ingrata imagen, pero, al tener ese callejón leve cuesta, permanentes chorros bajan hasta la calle Mayor, y como los alcaldes nos han puesto granito –que no se limpia– hasta donde había hierba o tierra, los repugnantes churretones, una vez secos, jamás desaparecen sino que van en bochornoso aumento. No hace falta decir que los meadores, ahí y en otros sitios, solían ser varones. Hasta hace poco, y esto, para mí, pertenece a lo insólito. Las mujeres no hacían eso, no sólo porque la operación les resulta más dificultosa, sino porque tradicionalmente han sido más pudorosas y civilizadas. Hará un mes vi, sin embargo, por vez primera, a una joven hacer sus necesidades en ese desdichado meadero. Estaba claramente “cocida”, lo tomé por excepcional. Pero un par de semanas más tarde pillé a otra en la misma postura animalesca. Dos veces puede ser coincidencia, me dije, tres ya serían tendencia. Pues bien, un reciente jueves a las nueve de la noche, ni siquiera muy tarde ni en fin de semana de borracheras, en la calle del Puñonrostro, casi en la Plaza del Conde de Miranda –es decir, no en hueco discreto sino en espacio abierto–, veo a una mujer, no una jovenzuela, que se ha bajado los pantalones tranquilamente y evacúa su líquido en cuclillas, casi delante de un convento de las Jerónimas en el que se venden dulces. Me dieron ganas de hacer honor al nombre de la calle, pero jamás sería violento con una mujer, etc. A continuación las ganas fueron de afearle la conducta (no era yo el único transeúnte y testigo obligado), pero me di cuenta de que eso tampoco es ya posible. Se ha llegado a tal grado de consentimiento de los comportamientos inciviles que hoy, si uno chista a quienes arman bulla de madrugada, corre el riesgo de que éstos se indignen y le den una paliza; si mira mal a quien tira algo al suelo con papelera a mano, recibirá una sarta de improperios; si en un cine ruega a alguien que no sorba ni mastique hasta el punto de convertir en inaudible la película, le contestará que hace lo que le sale del puro y lo mandará a la mierda (eso con suerte); si se queja al que ha aparcado en doble fila, es probable que éste salga con una llave inglesa y le parta el cráneo; si llama la atención a quien se ha colado en una cola, éste lo pondrá de vuelta y media … Los groseros, los infractores no sólo infringen, sino que sienten que la razón está de su parte. Su reacción habitual es: “Sí, ¿qué pasa? Cállese usted la boca”. Así que, a la altura de la meadora de Puñonrostro, apartándome lo más posible de ella y su flamante charco, sólo me atreví a decir “Jóder”, como quien lo dice para sí mismo. La brutalidad sólo crece –ha alcanzado a las mujeres– en esta ciudad gobernada por el PP desde hace veintitantos años. Por supuesto jamás hay un guardia que le haga la menor observación a nadie. Ni educado y amable como los de hace dos o tres décadas ni tampoco autoritario. Bueno, estos últimos abundan cada vez más, pero suelen estar todos ocupados con los manifestantes pacíficos, en preaplicación de la Ley de Seguridad neofranquista que nos va a aprobar el actual Gobierno, el cual también alberga unos cuantos mastuerzos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de marzo de 2014

Reseñas de ‘Comme les amours’

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COMME LES AMOURS DE JAVIER MARÍAS: UNE DÉAMBULATION TROUBLANTE DANS LE JARDIN DU BIEN ET DU MAL ….

«Vous me croyiez mort, n’est-ce pas, comme je vous croyais morte? Notre position est vraiment étrange ; nous n’avons vécu jusqu’à présent l’un et l’autre que parce que nous nous croyions morts, et qu’un souvenir gêne moins qu’une créature, quoique ce soit chose dévorante parfois qu’un souvenir.» Alexandre Dumas, extrait Les trois mousquetaires.

Editrice madrilène à l’existence discrète, lasse des atermoiements des auteurs dont elle a la charge, María prend chaque matin à proximité de son lieu de travail un petit-déjeuner qu’elle accompagne d’une contemplation: celle d’un couple dont la perfection enchante ses journées et en rend tolérable l’ennui.

Un émerveillement de courte durée quand elle apprend l’assassinat sauvage de l’homme, Miguel Desvern, producteur de renom et époux de Luisa avec laquelle il composait cette partition de conte de fées. Privée de tout optimisme, la vie de María reprend un cours sans saveur et lorsqu’elle croise à nouveau la femme elle ose enfin décliner son identité et lui révéler la joie que lui procurait leur couple. Dévastée par l’absence de l’être aimé, Luisa évoque la ténacité du chagrin et c’est par la petite porte des confidences qu’elle autorise María à entrer dans son intimité, lui présentant quelques proches dont le très séduisant Javier Díaz-Varela, qui fut l’ami de son compagnon. Très vite, le hasard mettra Díaz-Varela sur le chemin de María. De cette rencontre imprévue naîtra une mélodie bien plus sombre, une variation empreinte de duplicité où s’invitera un tout autre deuil: celui de la perte des illusions…

Unaniment salué de par le monde littéraire, le savoir-faire de Javier Marías prend dans ce roman une dimension de conte philosophique à faire pâlir d’envie Monsieur Perrault en personne. S’aidant d’une langue altière et impeccable dont il demeure l’un des indiscutables garants, Javier Marías livre une réflexion exigeante sur les insuffisances de nos jeux de l’amour et du hasard et c’est avec une cruauté délectable qu’il nous invite à méditer sur les roueries et petits arrangements dont peuvent s’entourer les plus nobles sentiments. En choisissant de se glisser dans la psyché et les palpitations d’une narratrice, il témoigne de sa vaste connaissance de l’intériorité féminine et de de sa disposition séculaire à tomber en amour pour ce qui lui échappe, laissant ainsi à l’homme un autre emploi bien connu: celui du prédateur à l’effleurement sensuel animé par la convoitise.

En filigrane de cette incursion dans la fable, Javier Marías se réapproprie avec agilité une autre thématique: celle de la mort et plus largement celle de notre faculté d’oubli. Car une fois la perte du proche acceptée, souhaitons-nous vraiment la réapparition des défunts dans nos vies? Ne préférons-nous pas l’espace cotonneux du souvenir? Une savante digression qu’il met en abyme en nous offrant une relecture admirable de modernité du Colonel Chabert auquel Honoré de Balzac fit dire cette phrase tristement célèbre «J’ai été enterré sous des morts, mais maintenant je suis enterré sous des vivants, sous des actes, sous des faits, sous la société tout entière, qui veut me faire rentrer sous terre.»

Un très grand roman, une écriture délectable parce que rare. Saisissant et venimeux . Beau et imparfait «comme nos amours»…

ASTRID MANFREDI

Laisse parler les filles (Blog), 18 Janvier 2014

COMME LES AMOURS

Si Laura Kasischke joue avec le lecteur et l’inconscient, Javier Marías place la manipulation au cœur même de son sujet avec une brillante déambulation dans les méandres de la conscience. Une performance à déconseiller aux amateurs de péripéties musclées, mais qu’apprécieront les passionnés de grande littérature.

À force de prendre son petit déjeuner chaque matin dans la cafétéria à côté de son bureau, María Dolz remarque l’heureuse complicité qui anime un couple d’habitués. Petit à petit, leur présence agit comme un rituel réjouissant avant de commencer une ennuyeuse journée de travail. Elle ne s’inquiète guère de ne plus les voir à son retour de vacances jusqu’à ce qu’elle apprenne que l’homme, Miguel Deverne a été assassiné de seize coups de couteau par un sdf déséquilibré qui l’accusait de vouloir spolier ses deux filles de leur héritage.

Bouleversée, elle rend visite à Luisa, sa veuve qui la reconnaît, l’accueille et lui confie vivre un chagrin insurmontable. Lors de cette entrevue, elle fait la connaissance du meilleur ami de la victime, Javier Díaz-Varela, un séduisant parleur dont elle pressent qu’il est amoureux de Luisa et avec qui elle entame néanmoins une liaison. Involontairement, María va se retrouver au cœur d’une conspiration diabolique en relation avec la mort de Miguel qui l’obligera à sonder ses propres gouffres, tester son courage, sa loyauté ou sa lâcheté, sa capacité à se convaincre d’une version ou d’une autre, suivant qu’elle apaise ses états d’âme ou non.

Que savons-nous de ceux qui nous entourent? De leurs pensées intimes, de leurs réelles intentions ou de ce qu’ils ont fait par le passé? Quelle vérité nous parvient d’eux au bout du compte? Et quelles mains invisibles pétrissent parfois notre propre destin? D’introspection en fausses pistes, de correspondances littéraires en rebondissements, Javier Marías élabore une réflexion machiavélique sur l’amour, la mort, le deuil et le travail falsificateur du temps.

Par une multitude de circonvolutions, toujours pertinentes, qui passent par une relecture étonnante du Colonel Chabert, ainsi que des références à Shakespeare ou Dumas, il diffuse, à dose homéopathique, un suspense dont les digressions étudient la moindre palpitation du cheminement de María. Mensonges, trahisons, autosuggestion alimentent cette construction philosophique complexe, qui explore chaque recoin de nos douteux arrangements avec la vérité et la morale.

BÉATRICE ARVET

La Semaine, 3 Novembre 2013

LA ZONA FANTASMA. 23 de marzo de 2014. Así protegen los vándalos

Un amigo excelente, de cuyo criterio me fío y al que además admiro, me sugiere que quizá deba hablar menos de política –y por tanto del actual Gobierno y sus medidas, reformas y leyes– en estas piezas dominicales. “No te toca meterte en el fango en el que viven esos a gusto, o sólo de tarde en tarde”. Me temo que no es el único que opina así. Y como suelo tomar en consideración las recomendaciones de quienes respeto, recapacito, como se decía antes. A nadie le agrada dar una imagen de gruñón, cascarrabias o aguafiestas, ni siquiera de ciudadano airado, por más motivos de enfado que vayamos acumulando. También hago recapitulación, y resulta que, de las trece últimas columnas aquí publicadas (pocas más que las de 2014), he dedicado una a la mirada de John Wayne en El hombre tranquilo, otra a la película Almanya, otra al catolicismo de mi padre y a la apropiación de su figura por parte de ciertos políticos y curas, otra a un matrimonio de Texas que me envía insólitos regalos, otra a las armas con que me nutre Pérez-Reverte cada noche de Reyes, otra a la posible inutilidad de los intelectuales, otra a la piratería internética y una más a la discriminación que sufrimos escritores y músicos al no poder legar indefinidamente las obras que nos inventamos. Es decir, ocho artículos que no trataban de política o lo hacían sólo tangencialmente y de pasada; algunos, si no me equivoco, bastante bienhumorados. No sé si es que esos, que a veces llamo “de tregua”, causan menos efecto y se olvidan más rápido (se olvidan todos casi nada más ser leídos, en eso no nos engañemos); en todo caso, parece como si no contaran para dos tipos de personas: aquellas a las que revientan los más críticos (tertulianos de la Cope y del TDT Party, por ejemplo) y las que se preocupan por verme enfangado, como ese querido amigo.

A éste le contesté que tendría en cuenta su comentario (y eso hago), y también que desde mi punto de vista nos encontramos en una situación de emergencia que obliga a mancharse con la suciedad que esparcen nuestros gobernantes de todo signo. Cuando los abusos no son la excepción, sino la regla; cuando no se da abasto a contrarrestar –qué digo: a señalar– los desmanes y tropelías, entonces no hay más remedio que emporcarse. Ningún combate se libra desde el tendido. Y no es que el actual Gobierno sea el causante de todos los males que aquejan a este país de tradición malévola: más de una vez he recordado cómo Richard Ford, el viajero del XIX, observó en sus agudos escritos que España se caracterizaba, desde época prerromana, por dar gente buena y fiable tomada individualmente, bastante peor colectivamente, y siempre, sin falta, caudillos y dirigentes nefastos que arrastraban al conjunto y lo embrutecían. No puedo estar más de acuerdo, y, con excepciones, la cosa no ha cambiado un ápice. Qué más quisiera yo que mirar desde el tendido con aprobación y complacencia, y no soliviantarme con las noticias de cada mañana.

Pero no hay forma. Aparte de lo más grave y evidente, no hay día en que el actual Gobierno no nos cuele medidas vandálicas o autoritarias, y muchas pasan casi inadvertidas, al no darse abasto, como he dicho. La nueva Ley de Costas que prepara es un canto a la destrucción y el pillaje. Ya saben que el Ministro Arias Cañete (santo cielo, el menos mal valorado en las encuestas) permite que se edifique a sólo 20 metros del agua, en vez de a los 100 anteriores; también que ha amnistiado las construcciones ilegales –incluso las metidas en las playas– y les ha dado 75 años (!) de prórroga y autorización para ser vendidas y hacer negocio con ellas. Que no se va a derribar ni un adefesio ni un monstruo condenados por los tribunales. Pues bien, no se queda ahí el vandalismo: el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, lo ha dicho con toda desfachatez: “El impacto que ya está hecho, aprovechémoslo”. No entiendo cómo este sujeto –o sí, por desgracia lo entiendo– no ha sido destituido en el acto. Salvando las insalvables distancias, es como aquellos nazis que reflexionaron: “Ya que nos estamos cargando a tantos judíos, aprovechemos para hacer jabón con ellos”. O, para no ser exagerado, algo más neutro y abstracto: “Ya que hay tantos destrozos, cometamos unos cuantos más y así les sacamos beneficio”. Lo cierto es que esta nueva Ley va a multiplicar los chiringuitos playeros. Duplicará el tamaño que pueden ocupar, hasta los 300 metros; en vez de los 200 hasta hoy exigidos entre uno y otro negocio, ahora serán 150, o, si las actividades son “no similares”, tan sólo 75; ya no se restringirán, sino que se fomentarán en las playas “eventos con repercusión turística” de todo tipo (repugnantes tomatinas, por ejemplo), citas deportivas y “culturales” y fiestas; se recortará la zona de dominio público, esto es, se nos expropiará lo que es de todos para entregarse a los explotadores (ayuntamientos, comunidades autónomas, dueños de garitos y organizadores de chorradas). Bien, cuando no haya donde bañarse, o se levanten olas de 15 metros y arrasen los chiringuitos, las aberraciones arquitectónicas y los chalets invasores, vayan a pedirles cuentas a Cañete y a Ramos. Mientras tanto, las costas serán una verbena permanente y abigarrada, se verán atronadas por música hortera y plagadas de mirones escupiendo desperdicios. Lo mejor es el nombre de esta Ley, que me confirma en el título (“Juro no decir nunca la verdad”) de un artículo reciente que sí me enfangó hasta las cejas: Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. Sublime. Así protegen los vándalos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de marzo de 2014. El reino de la posibilidad

imagen68484gYa saben, una de las definiciones de “clásico” viene a decir que son obras que, cada vez que uno vuelve a ellas, encuentra algo importante que en anteriores ocasiones le pasó inadvertido; o bien obras que, aunque ya las conozcamos, indefectiblemente captan nuestra atención y nos invitan a quedarnos en su compañía: si se trata de música, a escucharla entera por enésima vez; si es un cuadro, a escrutarlo con fascinación. Más mérito tienen, a mi modo de ver, las novelas y las películas, que hasta cierto punto confían en la historia que cuentan para interesar, y si esa historia ya nos la sabemos –si acaba bien o mal, quién muere y quién no–, por fuerza han perdido uno de sus principales atractivos en una segunda lectura o en una décima contemplación. Que los “argumentos” actúan como meros señuelos y en el fondo son secundarios lo demuestra que mucha gente relee el Quijote, El corazón de las tinieblas o Madame Bovary estando al cabo de la calle y recordando lo que les acaece a los personajes, lo que hicieron y cómo acabaron. Uno abre una de sus páginas al azar y suele verse arrastrado a leer unas más, y luego otras más, hasta continuar a veces hasta el final. Lo mismo sucede con ciertas películas: uno zapea y en algún canal están emitiendo Con la muerte en los talones, Centauros del desierto o ¡Qué bello es vivir!, y pese a sabérselas de memoria, es muy raro que no se sienta tentado a permanecer allí, con los ojos y el entendimiento cautivos. Algo hay siempre que lo sorprende, o que había olvidado, o sencillamente desea asistir una vez más a la más perfecta representación.

Pero es que además, a medida que pasa el tiempo y esas obras se alejan de nuestra contemporaneidad, descubrimos en ellas cosas que en su día nos parecían “normales” y que hoy ya no lo son. Y por tanto las vemos como si fueran extrañas y hubiera que “descifrarlas” desde la tan distinta mirada de nuestros días. Hace poco me sucedió con El hombre tranquilo, de John Ford y de 1952. Es una de mis películas favoritas (como de tantísimos aficionados al cine), e incluso recuerdo haberla elegido para hablar de ella en no sé qué festival de Burdeos, hará no menos de dos decenios. La he visto incontables veces desde la infancia, pero tanto da. La pasaban en una televisión y no pude evitar quedarme hasta el término del episodio o escena en que el azar me situó: John Wayne y Maureen O’Hara han obtenido por fin permiso para iniciar su cortejo con carabina –el inolvidable Barry Fitzgerald, casamentero oficial de Innisfree–. Montan en un calesín guiado por éste, obligados a darse la espalda; Fitzgerald los autoriza a bajarse y caminar el uno al lado del otro, sin tocarse; al ver un tándem estacionado, lo cogen y escapan en él, para estar a solas; llegan a un cementerio, y cuando van a besarse se desata una tormenta que asusta a la mujer; se resguardan como pueden, el hombre se quita la chaqueta para cubrirla, se le empapa la camisa blanca, y entonces se besan de veras por primera vez. Lo llamativo es la expresión, la mirada que a continuación se le queda a Wayne. Estoy convencido de que es el actor que mejor ha sabido mirar en el cine, sobre todo a las órdenes de Ford: en un solo plano, uno entiende lo que le pasa, y lo que le pasa no son cosas ni sentimientos simples, sino complejos y matizados. Su pena no suele ser pena sin mezcla; su odio no es odio sin mezcla; su indignación no es primaria, su espanto es profundo. Es alguien capaz de saber –y de transmitir– que hay un antes y un después, que a partir de un momento, o una experiencia, o unas palabras, nada será ya lo mismo, empezando por su personaje.

Lo normal, lo convencional en una escena amorosa, tras un primer beso, es que quienes la protagonizan estén exultantes de felicidad o bien sigan besándose con entusiasmo o lascivia crecientes, según. Eso no ocurre en El hombre tranquilo. Wayne abraza a O’Hara y vuelve el rostro, no hacia la cámara pero sí hacia el frente. Y su mirada parece en primera instancia de tristeza, de lástima incluso. Claro está que no lo es. En seguida uno comprende el matiz: es seriedad, gravedad, acaso responsabilidad, como si se estuviera diciendo: “Ay, ahora estoy vinculado. Es lo que deseo, pero ha llegado y ya no hay vuelta atrás. Me quedaré junto a esta mujer, no le fallaré, la querré y la cuidaré. Le daré la mejor vida que pueda y a eso dedicaré mi existencia. No sólo a eso, pero eso estará por encima de todo lo demás. Y le seré incondicional”. Ya en 1952 debía de ser infrecuente ver una reacción así en la pantalla o en la realidad. Los enamorados recientes tienden a ser ligeros y se ven llevados en volandas por el entusiasmo o la pasión, y “no hacen más que ocultarse mutuamente su destino”, como escribió Rilke con penetración. En la realidad no es más raro que hace sesenta años, yo creo, pero sí en la novela o el cine, sí en el mundo representado, como si en él sólo se admitiera estar de vuelta de todo. Raro es contemplar hoy en él a quien se siente vinculado o atrapado –en el mejor sentido de esta palabra– por su propia convicción, por su disposición a no fallar, por la responsabilidad que no puede exigírsele pero que uno adquiere hacia otro por su cuenta y riesgo y su voluntad. Raro es quien se hace el propósito de ser incondicional y piensa, quizá como Wayne bajo esa tormenta: “Quiero tanto a esta persona que a partir de ahora prescindiré de lo que más apreciaba, el reino de la posibilidad”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de marzo de 2014

No pudo ser

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Los premios de la Crítica de Nueva York distinguen a África

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie es la vencedora de los National Book Critics Circle Awards con su novela Americanah (que en marzo publica Random House), una historia sobre la raza y la identidad que ha sido elegida la mejor del año por esta asociación de críticos de Nueva York.

El escritor español Javier Marías estaba nominado por Los enamoramientos a este premio literario, uno de los de más repercusión en Estados Unidos, y era el único hombre aspirante en una categoría en la que también competían Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the time being, y Donna Tartt por El jilguero (que en marzo publica Lumen).

Americanah, una historia de amor, feminismo y racismo situada en el país de Adichie, había sido elegida como una de las mejores novelas de 2013 por The New York Times. Los enamoramientos (Alfaguara) a su vez ha sido ensalzada en las críticas de algunos de los periódicos más importantes de Estados Unidos y llegó a ser portada del suplemento The New York Times Book Review.

En la categoría de no ficción, el libro ganador fue de la ganadora del Pulitzer Sheri Fink, por Five days at memorial: life and death in a storm-ravaged hospital.

Los premios del National Book Critics Circle fueron creados en 1974 y reconocen trabajos en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos. A lo largo de sus cuarenta años de historia ha destacado a otros autores de prosa en español, como el chileno Roberto Bolaño por su libro 2666, o a literatos de origen latino radicados en Estados Unidos como el dominicano Junot Díaz, por La maravillosa vida breve de Oscar Wao.

Solo una novela en español ha obtenido ese premio en sus 40 años: Roberto Bolaño por 2666. Entre los ganadores figuran escritores como Alice Munro, Philip Roth, Cormac McCarthy, Louise Erdrich, Ian McEwan y John Cheever.

AGENCIAS

El País, 14 de marzo de 2014

Chamamanda N Adichie se impone a Javier Marías en los premios de la Crítica de New York

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha impuesto hoy a Javier Marías en los National Book Critics Circle Awards con su novela Americanah, elegida la mejor del año por esta asociación de críticos de Nueva York.

El escritor español estaba nominado por Los enamoramientos a este premio literario, uno de los de más repercusión en Estados Unidos, y era el único hombre nominado en una categoría en la que también competían Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the Time Being, y Donna Tartt por The Goldfinch.

Americanah, una historia de amor, feminismo y racismo situada en el país de Adichie, había sido elegida como una de las mejores novelas de 2013 por el New York Times.

Javier Marías no acudió a la ceremonia y Los enamoramientos ha sido ensalzada en Estados Unidos en las críticas de algunos de los periódicos más importantes del país y llegó a ser portada del suplemento The New York Times Book Review.

En la categoría de no ficción, el libro ganador fue de la ganadora del Pulitzer Sheri Fink, por Five Days at Memorial: Life and Death in a Storm-Ravaged Hospital.

Los premios del National Book Critics Circle fueron creados en 1974 y reconocen trabajos en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos.

A lo largo de sus cuarenta años de historia ha destacado a otros autores de prosa en español, como el chileno Roberto Bolaño por su libro 2666, o a literatos de origen latino radicados en EE.UU. como el dominicano Junot Díaz, por The Brief Wondrous Life of Oscar Wao.

Otros premiados han sido Philip Roth, Alice Munro, Louise Erdrich, Ian McEwan y Cormac McCarthy.

Efe, 14 de marzo de 2014

Awards

Cuento de fútbol

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La revista de cultura y ciencias sociales Ábaco ha dedicado su último número, el 76/77 de la segunda época de la publicación, al fútbol, bajo el epígrafe: “Pasión, juego y negocio”. El ejemplar incluye el relato “El equipo más dramático”, del conocido escritor y madridista Javier Marías.

LA ZONA FANTASMA. 9 de marzo de 2014. Voracidad y lloriqueo

Muchos jóvenes lo ignoran y muchos que no lo son lo recuerdan difusamente: durante el franquismo no había declaración de la renta, y así bastantes creían que no pagaban impuestos. Claro está que los había: los indirectos eran legión, numerosas empresas eran estatales (Telefónica, Tabacalera, Renfe, etc), y lo normal era la apropiación directa e indebida. El sistema era corrupto desde su nacimiento, y por él se regían desde la Jefatura del Estado (ya saben cuántas cosas se “regalaban” a Franco y a su mujer, incluidos pazos gallegos y multitud de collares) hasta la última alcaldía (con excepciones). Por eso, una vez en democracia, costó gran esfuerzo que la población asumiera que debía pagar una cantidad proporcional de sus ganancias para el mantenimiento de la nación. Hubo que hacer campañas publicitarias (“Hacienda somos todos”, la más famosa) para inculcarle a la gente una idea que la mayoría de los países europeos tenía asimilada e interiorizada desde hacía décadas. No fue fácil, y el convencimiento de que era necesario y conveniente contribuir jamás fue completo. Ha habido capas de la sociedad a las que eso ha reventado siempre: individuos insolidarios y predispuestos a la trampa. Pero a medida que se vieron resultados (una sanidad pública ejemplar, una educación universal y digna), el grueso de los ciudadanos se avino, aunque nunca pueda haber entusiasmo a la hora de rascarse el bolsillo. Fue frecuente consolarse pensando: “Si me toca apoquinar tanto, también es porque me ha ido bien este año”. Que los españoles se acostumbraran y lo aceptaran (en la medida en que se logró eso), resultó en todo caso tarea ímproba.

Desde que gobierna el actual Gobierno, si no antes, toda esa paciente labor se ha tirado por la borda. Por un lado, se ha dejado de percibir a la Agencia Tributaria como a un organismo justo, equitativo y honrado. En ella se han producido destituciones turbias y escándalos. Ha aplicado una cómoda amnistía fiscal a los grandes defraudadores, y ha flotado la sensación de que se los premiaba por faltar a sus obligaciones. Ha llevado a cabo arbitrariedades inadmisibles: por poner un solo ejemplo, muchos artistas y toreros cobraban a través de sociedades, lo cual les traía beneficios fiscales; es posible que esto fuera injusto, pero era legal hasta hace cuatro días. De pronto, Hacienda decide que ya no y convierte su decisión en retroactiva, e impone monstruosas multas por algo que en su momento estaba enteramente permitido. Por recurrir a los símiles futbolísticos que tantos entienden, es como si mañana se decidiera que los tiros a los postes son gol, y en función de ese cambio se alteraran los resultados y títulos de las tres últimas temporadas: como el Madrid estrelló cuatro balones en el travesaño en tal y cual encuentro, sumó tres puntos aquí y allá en vez de ninguno, luego fue campeón de Liga en 2013 y no lo fue el Barcelona. Para cualquiera salta a la vista que eso no puede hacerse. Y sin embargo es lo que la Hacienda de Montoro viene haciendo con la chulería y el autoritarismo consustanciales a este sujeto.

Cuando las leyes son abusivas, los ciudadanos empiezan a no sentirse obligados por ellas. Cuando el 62% de la factura de la luz son impuestos; cuando ésta y el agua y el gas están gravados con un IVA del 21%, amén de otras tasas; cuando el Estado cobra si usted coge el metro o un autobús o un taxi; si regala unas flores; si va a hacer la compra; si se toma una cerveza o cena en un restaurante; en suma, cobra de cada transacción que efectuamos, por pequeña que sea. Si además le estamos adelantando dinero –prestándoselo– continuamente mediante el IRPF y los pagos fraccionados; si en junio podemos llegar a entregarle el 53% de nuestros ingresos (si nos ha ido muy bien, claro); si cuando alguien muere, el dinero y las propiedades que deja –y por los que el difunto tributó ya en vida– se los embolsa en alta proporción el Estado (por qué eso es así es algo que jamás entenderé, por mucho que esté establecido); si Hacienda recauda sin respiro y por doquier y por todo concepto, hay un momento en que al ciudadano común no le salen las cuentas. ¿Cómo es que ese mismo Estado devorador lloriquea y se queja de su indigencia? ¿Cómo es que se permite despedir o jubilar a médicos, empobrecer y encarecer la sanidad, subir las tasas universitarias y las judiciales, reducir las becas o su cuantía, abandonar las carreteras al deterioro, reducir las pensiones, fomentar el desempleo, inyectar miles de millones a los bancos que no conceden créditos y ahogan a los comercios, albergar a incontables corruptos y hacer la vista gorda con ellos cuando no protegerlos, gastar sumas demenciales en autopistas que nadie utiliza y aeropuertos sin aviones, en montar “embajadas” superfluas y dejar “palacios” inacabados, de la Justicia o de las Artes, sin que ningún político responda por semejantes despilfarros?

Siempre vi con malos ojos a los defraudadores, incluso a quienes hacían chapuzas sin IVA. Ya no: cada vez los entiendo más, y lo lamento. Cada vez entiendo más que, ante unas leyes abusivas e injustas, ante un organismo saqueador y arbitrario, los individuos se defiendan y, a poco que puedan, no cumplan. Entre las mil cosas graves que ha traído este Gobierno, no será la menor haber conseguido que la gente se sienta justificada al consumar un engaño. Con lo que costó convencerla de que había que contribuir, y en particular a las arcas de Hacienda.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de marzo de 2014

JM candidato al Independent Foreign Fiction Prize 2014

Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, has been longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for his crime novel, 'The Infatuations'

Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, has been longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for his crime novel, ‘The Infatuations’

Karl Ove Knausgaard, Javier Marías, Andreï Makine longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize

Karl Ove Knausgaard, the author about whom Zadie Smith wrote, “I need the next volume like crack”, is on the longlist for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for A Man in Love, the second volume of his blockbuster My Struggle. This is his second time on the longlist, and he goes head to head with contemporary greats such as Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, for his crime novel, The Infatuations, and Prix Goncourt winner Andreï Makine, author of Brief Lives that Live Forever.

This year’s 15-strong longlist was chosen by a panel of five judges from a record number of entries and languages – 126 titles from 30 source languages.

Boyd Tonkin, senior writer and columnist at The Independent and one of this year’s judges commented: “Every year this unique prize delivers to our doorsteps an outstandingly rich harvest of the world’s finest fiction. This year, a record number of submissions has resulted in a longlist as diverse and powerful as any in its history. From Iceland to China, Israel to Iraq, Spain to Japan, the contenders – served by a selection of the most gifted translators at work today – represent a huge variety of nations and cultures, all bound together in the border-free republic of talent and imagination.”

The list features a number of pairs: two female Japanese writers; two German writers, both tackling the shadow of East Germany; and two Iraqi authors, Hassan Blasim and Sinan Antoon, offering very different pictures of post-Saddam Iraq. There’s also an Icelandic duo: Auður Ava Ólafsdóttir and Jón Kalman Stefánsson, an astonishing achievement for a nation of 320,000 people.

Four newcomers are translated into English for the first time: Andrej Longo whose short story collection Ten uncovers the darker side of southern Italy, and Man Asian prize shortlistee Hiromi Kawakami for her unconventional romance, Strange Weather in Tokyo. English-language readers can also discover Hubert Mingarelli for the first time (A Meal In Winter) and Birgit Vanderbeke, whose debut novel The Mussel Feast was first published in 1990 and is viewed a modern German classic.

Readers of Sayed Kashua, a Palestinian Israeli writing in Hebrew, whose title Exposure is on the longlist, might be intrigued to know that he is also the author of Israel’s best-known sitcom, Arab Labour.

The Independent Foreign Fiction Prize celebrates the work of authors and translators equally. Translator Anthea Bell, who won in 2002 for her translation of Austerlitz by W G Sebald, is longlisted for her translation of Julia Franck’s Back To Back. Franck herself made the shortlist in 2010. Margaret Jull Costa, Javier Marías’ translator, has also been shortlisted before. Sometimes, of course, authors translate their own work, and in 2008 Paul Verhaeghen won with his self-translated Omega Minor: this year, Sinan Antoon, who was shortlisted for the International Prize of Arabic Fiction 2013, (the “Arabic Booker”) has translated his own work into English. Ma Jian’s work is translated by his wife, Flora Drew, representing an unusually special bond between author and translator – this is the second time they appear on the shortlist.

This year’s books tackle some challenging themes including war, corruption and totalitarian regimes. Some of the writers have faced oppression in their own lives: Ma Jian’s work has been banned in his own country and he also cannot now return; Andreï Makine, a Siberian Afghan War veteran fled to France from Soviet Russia; while for years anyone who wished to read Hassan Blasim in Arabic could only do so online. Their lives and work are a stark reminder of the power of fiction, still seen by many of the world’s governments as dangerously subversive.

Penguin Random House is the publisher most represented on the list with seven books, with four from Harvill Secker, two from Chatto & Windus and one from Hamish Hamilton. Five independent publishers have made the list including Comma Press, MacLehose Press, Portobello Books, Pushkin Press and Peirene Press. The final publisher securing a place is Yale University Press.

British writer, broadcaster and former stand-up comedian Natalie Haynes, one of the judges, said: “This is a very strong list, reflecting both the enormous diversity of nationalities, themes and subjects which we received. It shows that there has never been more of an appetite for translated fiction in the UK, and from every corner of every populated continent. It ranges from the intellectual to the emotional via the political, and no-one could come away from reading these books without having a greater understanding of a complex world. In the face of so much bland globalisation, it’s both a relief and a delight to see world fiction remains as quirky and individual as ever.”

The £10,000 Independent Foreign Fiction Prize is awarded annually to the best work of contemporary fiction in translation. The 2014 Prize celebrates an exceptional work of fiction by a living author which has been translated into English from any other language and published in the United Kingdom in 2013. Uniquely, the Independent Foreign Fiction Prize acknowledges both the writer and the translator equally – each receives £5,000 – recognising the importance of the translator in their ability to bridge the gap between languages and cultures. The Prize is funded by Arts Council England, supported by The Independent and Champagne Taittinger, and managed by Booktrust.

Previous winners of the Prize include Milan Kundera in 1991 for Immortality translated by Peter Kussi; WG Sebald and translator, Anthea Bell, in 2002 for Austerlitz; and Per Petterson and translator, Anne Born, in 2006 for Out Stealing Horses. The 2013 winner was The Detour by Gerbrand Bakker translated from the Dutch by David Colmer (Harvill Secker).

The shortlist will be announced on April 8th and the winning author and translator will be announced and awarded their £10,000 prize at a ceremony in central London at the Royal Institute of British Architects on May 22nd.

iffp_2014_logoThe full longlist of 15 titles is:

A Man in Love by Karl Ove Knausgaard and translated from the Norwegian by Don Bartlett (Harvill Secker)

A Meal in Winter by Hubert Mingarelli and translated from the French by Sam Taylor (Portobello Books)

Back to Back by Julia Franck and translated from the German by Anthea Bell (Harvill Secker)

Brief Loves that Live Forever by Andreï Makine and translated from the French by Geoffrey Strachan (MacLehose Press)

Butterflies in November by Auður Ava Ólafsdóttir and translated from the Icelandic by Brian FitzGibbon (Pushkin Press)

The Corpse Washer by Sinan Antoon and translated from the Arabic by the author (Yale University Press)

The Dark Road by Ma Jian and translated from the Chinese by Flora Drew (Chatto & Windus)

Exposure by Sayed Kashua and translated from the Hebrew by Mitch Ginsberg (Chatto & Windus)

The Infatuations by Javier Marías and translated from the Spanish by Margaret Jull Costa (Hamish Hamilton)

The Iraqi Christ by Hassan Blasim and translated from the Arabic by Jonathan Wright (Comma Press)

The Mussel Feast by Birgit Vanderbeke and translated from the German by Jamie Bulloch (Peirene Press)

Revenge by Yoko Ogawa and translated from the Japanese by Stephen Snyder (Harvill Secker)

The Sorrow of Angels by Jón Kalman Stefánsson and translated from the Icelandic by Philip Roughton (MacLehose Press)

Strange Weather in Tokyo by Hiromi Kawakami and translated from the Japanese by Allison Markin Powell (Portobello Books)

Ten by Andrej Longo and translated from the Italian by Howard Curtis (Harvill Secker)

The Irish Times, March 7, 2014

The Inf Penguin Bolsillo

Judge Shaun Whiteside on The Infatuations:

‘A woman is enthralled by a couple she sees in the street every day, and invents a life for them. When the man is murdered, she is drawn into their world and forced to re-examine everything she thinks she knew. A richly allusive murder mystery about love, death and literature.’

Booktrust

Independent Foreign Fiction Prize 2014: Our long-list reveals a fictional eco-system of staggering diversity

In a week when the Norsemen stormed the British Museum, how fitting – if purely coincidental – that two books long-listed for this year’s Independent Foreign Fiction Prize should hail from the most authentically Viking land of all.

Between them, the novels by Icelanders Audur Ava Ólafsdóttir and Jón Kalman Stefánsson – one a quirkily comic road-movie of a tale, the other a snow-blasted highland odyssey – show that fine fiction can adopt a dizzying array of shapes even in a country of just 320,000 people.

This year, the judges for the £10,000 award – divided equally between author and translator, and supported once more by Arts Council England, Booktrust and Champagne Taittinger – had a higher-than-ever mountain to climb: 126 books, a record entry, translated from 30 different languages. Joining me on the ascent are author, broadcaster and Independent columnist Natalie Haynes, ‘Best of Young British’ novelist Nadifa Mohamed, award-winning translator Shaun Whiteside, and artist, writer and academic Alev Adil.

Our long-list of 15 reveals a fictional eco-system of staggering diversity. Three accomplished sets of linked short stories make the cut, by Hassan Blasim (Iraq), Andrej Longo (Italy) and Yoko Ogawa (Italy). Hunting for a thinking person’s murder mystery? Try Javier Marias (Spain). The latest instalment of a volcanic semi-autobiography? Go to Karl Ove Knausgaard (Norway).

A Dickensian blockbuster that follows one fugitive family? Ma Jian (China). A thriller about imposture and paranoia rooted in the unease of minority culture? Sayed Kashua (Israel). From Germany, Birgit Vanderbeke and Julia Franck explore the burden of history; from Japan, Hiromi Kawakami crafts an eerie inter-generational romance; from Iraq, Sinan Antoon looks into the abyss left by tyranny and invasion. French writers Hubert Mingarelli and Andrei Makine find new ways – oblique, lyrical, humane – to address the Nazi and Soviet past.

I warmly recommend each of our chosen books, both for their own singular virtues and the skill and flair of their translators. Odin knows how we will rise to the next peak: the shortlist of six, due to be announced at the London Book Fair on 8 April.

BOYD TONKIN

The Independent, March 7, 2014