LA ZONA FANTASMA. 23 de marzo de 2014. Así protegen los vándalos

Un amigo excelente, de cuyo criterio me fío y al que además admiro, me sugiere que quizá deba hablar menos de política –y por tanto del actual Gobierno y sus medidas, reformas y leyes– en estas piezas dominicales. “No te toca meterte en el fango en el que viven esos a gusto, o sólo de tarde en tarde”. Me temo que no es el único que opina así. Y como suelo tomar en consideración las recomendaciones de quienes respeto, recapacito, como se decía antes. A nadie le agrada dar una imagen de gruñón, cascarrabias o aguafiestas, ni siquiera de ciudadano airado, por más motivos de enfado que vayamos acumulando. También hago recapitulación, y resulta que, de las trece últimas columnas aquí publicadas (pocas más que las de 2014), he dedicado una a la mirada de John Wayne en El hombre tranquilo, otra a la película Almanya, otra al catolicismo de mi padre y a la apropiación de su figura por parte de ciertos políticos y curas, otra a un matrimonio de Texas que me envía insólitos regalos, otra a las armas con que me nutre Pérez-Reverte cada noche de Reyes, otra a la posible inutilidad de los intelectuales, otra a la piratería internética y una más a la discriminación que sufrimos escritores y músicos al no poder legar indefinidamente las obras que nos inventamos. Es decir, ocho artículos que no trataban de política o lo hacían sólo tangencialmente y de pasada; algunos, si no me equivoco, bastante bienhumorados. No sé si es que esos, que a veces llamo “de tregua”, causan menos efecto y se olvidan más rápido (se olvidan todos casi nada más ser leídos, en eso no nos engañemos); en todo caso, parece como si no contaran para dos tipos de personas: aquellas a las que revientan los más críticos (tertulianos de la Cope y del TDT Party, por ejemplo) y las que se preocupan por verme enfangado, como ese querido amigo.

A éste le contesté que tendría en cuenta su comentario (y eso hago), y también que desde mi punto de vista nos encontramos en una situación de emergencia que obliga a mancharse con la suciedad que esparcen nuestros gobernantes de todo signo. Cuando los abusos no son la excepción, sino la regla; cuando no se da abasto a contrarrestar –qué digo: a señalar– los desmanes y tropelías, entonces no hay más remedio que emporcarse. Ningún combate se libra desde el tendido. Y no es que el actual Gobierno sea el causante de todos los males que aquejan a este país de tradición malévola: más de una vez he recordado cómo Richard Ford, el viajero del XIX, observó en sus agudos escritos que España se caracterizaba, desde época prerromana, por dar gente buena y fiable tomada individualmente, bastante peor colectivamente, y siempre, sin falta, caudillos y dirigentes nefastos que arrastraban al conjunto y lo embrutecían. No puedo estar más de acuerdo, y, con excepciones, la cosa no ha cambiado un ápice. Qué más quisiera yo que mirar desde el tendido con aprobación y complacencia, y no soliviantarme con las noticias de cada mañana.

Pero no hay forma. Aparte de lo más grave y evidente, no hay día en que el actual Gobierno no nos cuele medidas vandálicas o autoritarias, y muchas pasan casi inadvertidas, al no darse abasto, como he dicho. La nueva Ley de Costas que prepara es un canto a la destrucción y el pillaje. Ya saben que el Ministro Arias Cañete (santo cielo, el menos mal valorado en las encuestas) permite que se edifique a sólo 20 metros del agua, en vez de a los 100 anteriores; también que ha amnistiado las construcciones ilegales –incluso las metidas en las playas– y les ha dado 75 años (!) de prórroga y autorización para ser vendidas y hacer negocio con ellas. Que no se va a derribar ni un adefesio ni un monstruo condenados por los tribunales. Pues bien, no se queda ahí el vandalismo: el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, lo ha dicho con toda desfachatez: “El impacto que ya está hecho, aprovechémoslo”. No entiendo cómo este sujeto –o sí, por desgracia lo entiendo– no ha sido destituido en el acto. Salvando las insalvables distancias, es como aquellos nazis que reflexionaron: “Ya que nos estamos cargando a tantos judíos, aprovechemos para hacer jabón con ellos”. O, para no ser exagerado, algo más neutro y abstracto: “Ya que hay tantos destrozos, cometamos unos cuantos más y así les sacamos beneficio”. Lo cierto es que esta nueva Ley va a multiplicar los chiringuitos playeros. Duplicará el tamaño que pueden ocupar, hasta los 300 metros; en vez de los 200 hasta hoy exigidos entre uno y otro negocio, ahora serán 150, o, si las actividades son “no similares”, tan sólo 75; ya no se restringirán, sino que se fomentarán en las playas “eventos con repercusión turística” de todo tipo (repugnantes tomatinas, por ejemplo), citas deportivas y “culturales” y fiestas; se recortará la zona de dominio público, esto es, se nos expropiará lo que es de todos para entregarse a los explotadores (ayuntamientos, comunidades autónomas, dueños de garitos y organizadores de chorradas). Bien, cuando no haya donde bañarse, o se levanten olas de 15 metros y arrasen los chiringuitos, las aberraciones arquitectónicas y los chalets invasores, vayan a pedirles cuentas a Cañete y a Ramos. Mientras tanto, las costas serán una verbena permanente y abigarrada, se verán atronadas por música hortera y plagadas de mirones escupiendo desperdicios. Lo mejor es el nombre de esta Ley, que me confirma en el título (“Juro no decir nunca la verdad”) de un artículo reciente que sí me enfangó hasta las cejas: Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. Sublime. Así protegen los vándalos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de marzo de 2014. El reino de la posibilidad

imagen68484gYa saben, una de las definiciones de “clásico” viene a decir que son obras que, cada vez que uno vuelve a ellas, encuentra algo importante que en anteriores ocasiones le pasó inadvertido; o bien obras que, aunque ya las conozcamos, indefectiblemente captan nuestra atención y nos invitan a quedarnos en su compañía: si se trata de música, a escucharla entera por enésima vez; si es un cuadro, a escrutarlo con fascinación. Más mérito tienen, a mi modo de ver, las novelas y las películas, que hasta cierto punto confían en la historia que cuentan para interesar, y si esa historia ya nos la sabemos –si acaba bien o mal, quién muere y quién no–, por fuerza han perdido uno de sus principales atractivos en una segunda lectura o en una décima contemplación. Que los “argumentos” actúan como meros señuelos y en el fondo son secundarios lo demuestra que mucha gente relee el Quijote, El corazón de las tinieblas o Madame Bovary estando al cabo de la calle y recordando lo que les acaece a los personajes, lo que hicieron y cómo acabaron. Uno abre una de sus páginas al azar y suele verse arrastrado a leer unas más, y luego otras más, hasta continuar a veces hasta el final. Lo mismo sucede con ciertas películas: uno zapea y en algún canal están emitiendo Con la muerte en los talones, Centauros del desierto o ¡Qué bello es vivir!, y pese a sabérselas de memoria, es muy raro que no se sienta tentado a permanecer allí, con los ojos y el entendimiento cautivos. Algo hay siempre que lo sorprende, o que había olvidado, o sencillamente desea asistir una vez más a la más perfecta representación.

Pero es que además, a medida que pasa el tiempo y esas obras se alejan de nuestra contemporaneidad, descubrimos en ellas cosas que en su día nos parecían “normales” y que hoy ya no lo son. Y por tanto las vemos como si fueran extrañas y hubiera que “descifrarlas” desde la tan distinta mirada de nuestros días. Hace poco me sucedió con El hombre tranquilo, de John Ford y de 1952. Es una de mis películas favoritas (como de tantísimos aficionados al cine), e incluso recuerdo haberla elegido para hablar de ella en no sé qué festival de Burdeos, hará no menos de dos decenios. La he visto incontables veces desde la infancia, pero tanto da. La pasaban en una televisión y no pude evitar quedarme hasta el término del episodio o escena en que el azar me situó: John Wayne y Maureen O’Hara han obtenido por fin permiso para iniciar su cortejo con carabina –el inolvidable Barry Fitzgerald, casamentero oficial de Innisfree–. Montan en un calesín guiado por éste, obligados a darse la espalda; Fitzgerald los autoriza a bajarse y caminar el uno al lado del otro, sin tocarse; al ver un tándem estacionado, lo cogen y escapan en él, para estar a solas; llegan a un cementerio, y cuando van a besarse se desata una tormenta que asusta a la mujer; se resguardan como pueden, el hombre se quita la chaqueta para cubrirla, se le empapa la camisa blanca, y entonces se besan de veras por primera vez. Lo llamativo es la expresión, la mirada que a continuación se le queda a Wayne. Estoy convencido de que es el actor que mejor ha sabido mirar en el cine, sobre todo a las órdenes de Ford: en un solo plano, uno entiende lo que le pasa, y lo que le pasa no son cosas ni sentimientos simples, sino complejos y matizados. Su pena no suele ser pena sin mezcla; su odio no es odio sin mezcla; su indignación no es primaria, su espanto es profundo. Es alguien capaz de saber –y de transmitir– que hay un antes y un después, que a partir de un momento, o una experiencia, o unas palabras, nada será ya lo mismo, empezando por su personaje.

Lo normal, lo convencional en una escena amorosa, tras un primer beso, es que quienes la protagonizan estén exultantes de felicidad o bien sigan besándose con entusiasmo o lascivia crecientes, según. Eso no ocurre en El hombre tranquilo. Wayne abraza a O’Hara y vuelve el rostro, no hacia la cámara pero sí hacia el frente. Y su mirada parece en primera instancia de tristeza, de lástima incluso. Claro está que no lo es. En seguida uno comprende el matiz: es seriedad, gravedad, acaso responsabilidad, como si se estuviera diciendo: “Ay, ahora estoy vinculado. Es lo que deseo, pero ha llegado y ya no hay vuelta atrás. Me quedaré junto a esta mujer, no le fallaré, la querré y la cuidaré. Le daré la mejor vida que pueda y a eso dedicaré mi existencia. No sólo a eso, pero eso estará por encima de todo lo demás. Y le seré incondicional”. Ya en 1952 debía de ser infrecuente ver una reacción así en la pantalla o en la realidad. Los enamorados recientes tienden a ser ligeros y se ven llevados en volandas por el entusiasmo o la pasión, y “no hacen más que ocultarse mutuamente su destino”, como escribió Rilke con penetración. En la realidad no es más raro que hace sesenta años, yo creo, pero sí en la novela o el cine, sí en el mundo representado, como si en él sólo se admitiera estar de vuelta de todo. Raro es contemplar hoy en él a quien se siente vinculado o atrapado –en el mejor sentido de esta palabra– por su propia convicción, por su disposición a no fallar, por la responsabilidad que no puede exigírsele pero que uno adquiere hacia otro por su cuenta y riesgo y su voluntad. Raro es quien se hace el propósito de ser incondicional y piensa, quizá como Wayne bajo esa tormenta: “Quiero tanto a esta persona que a partir de ahora prescindiré de lo que más apreciaba, el reino de la posibilidad”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de marzo de 2014

No pudo ser

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Los premios de la Crítica de Nueva York distinguen a África

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie es la vencedora de los National Book Critics Circle Awards con su novela Americanah (que en marzo publica Random House), una historia sobre la raza y la identidad que ha sido elegida la mejor del año por esta asociación de críticos de Nueva York.

El escritor español Javier Marías estaba nominado por Los enamoramientos a este premio literario, uno de los de más repercusión en Estados Unidos, y era el único hombre aspirante en una categoría en la que también competían Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the time being, y Donna Tartt por El jilguero (que en marzo publica Lumen).

Americanah, una historia de amor, feminismo y racismo situada en el país de Adichie, había sido elegida como una de las mejores novelas de 2013 por The New York Times. Los enamoramientos (Alfaguara) a su vez ha sido ensalzada en las críticas de algunos de los periódicos más importantes de Estados Unidos y llegó a ser portada del suplemento The New York Times Book Review.

En la categoría de no ficción, el libro ganador fue de la ganadora del Pulitzer Sheri Fink, por Five days at memorial: life and death in a storm-ravaged hospital.

Los premios del National Book Critics Circle fueron creados en 1974 y reconocen trabajos en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos. A lo largo de sus cuarenta años de historia ha destacado a otros autores de prosa en español, como el chileno Roberto Bolaño por su libro 2666, o a literatos de origen latino radicados en Estados Unidos como el dominicano Junot Díaz, por La maravillosa vida breve de Oscar Wao.

Solo una novela en español ha obtenido ese premio en sus 40 años: Roberto Bolaño por 2666. Entre los ganadores figuran escritores como Alice Munro, Philip Roth, Cormac McCarthy, Louise Erdrich, Ian McEwan y John Cheever.

AGENCIAS

El País, 14 de marzo de 2014

Chamamanda N Adichie se impone a Javier Marías en los premios de la Crítica de New York

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha impuesto hoy a Javier Marías en los National Book Critics Circle Awards con su novela Americanah, elegida la mejor del año por esta asociación de críticos de Nueva York.

El escritor español estaba nominado por Los enamoramientos a este premio literario, uno de los de más repercusión en Estados Unidos, y era el único hombre nominado en una categoría en la que también competían Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the Time Being, y Donna Tartt por The Goldfinch.

Americanah, una historia de amor, feminismo y racismo situada en el país de Adichie, había sido elegida como una de las mejores novelas de 2013 por el New York Times.

Javier Marías no acudió a la ceremonia y Los enamoramientos ha sido ensalzada en Estados Unidos en las críticas de algunos de los periódicos más importantes del país y llegó a ser portada del suplemento The New York Times Book Review.

En la categoría de no ficción, el libro ganador fue de la ganadora del Pulitzer Sheri Fink, por Five Days at Memorial: Life and Death in a Storm-Ravaged Hospital.

Los premios del National Book Critics Circle fueron creados en 1974 y reconocen trabajos en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos.

A lo largo de sus cuarenta años de historia ha destacado a otros autores de prosa en español, como el chileno Roberto Bolaño por su libro 2666, o a literatos de origen latino radicados en EE.UU. como el dominicano Junot Díaz, por The Brief Wondrous Life of Oscar Wao.

Otros premiados han sido Philip Roth, Alice Munro, Louise Erdrich, Ian McEwan y Cormac McCarthy.

Efe, 14 de marzo de 2014

Awards

Cuento de fútbol

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La revista de cultura y ciencias sociales Ábaco ha dedicado su último número, el 76/77 de la segunda época de la publicación, al fútbol, bajo el epígrafe: “Pasión, juego y negocio”. El ejemplar incluye el relato “El equipo más dramático”, del conocido escritor y madridista Javier Marías.

LA ZONA FANTASMA. 9 de marzo de 2014. Voracidad y lloriqueo

Muchos jóvenes lo ignoran y muchos que no lo son lo recuerdan difusamente: durante el franquismo no había declaración de la renta, y así bastantes creían que no pagaban impuestos. Claro está que los había: los indirectos eran legión, numerosas empresas eran estatales (Telefónica, Tabacalera, Renfe, etc), y lo normal era la apropiación directa e indebida. El sistema era corrupto desde su nacimiento, y por él se regían desde la Jefatura del Estado (ya saben cuántas cosas se “regalaban” a Franco y a su mujer, incluidos pazos gallegos y multitud de collares) hasta la última alcaldía (con excepciones). Por eso, una vez en democracia, costó gran esfuerzo que la población asumiera que debía pagar una cantidad proporcional de sus ganancias para el mantenimiento de la nación. Hubo que hacer campañas publicitarias (“Hacienda somos todos”, la más famosa) para inculcarle a la gente una idea que la mayoría de los países europeos tenía asimilada e interiorizada desde hacía décadas. No fue fácil, y el convencimiento de que era necesario y conveniente contribuir jamás fue completo. Ha habido capas de la sociedad a las que eso ha reventado siempre: individuos insolidarios y predispuestos a la trampa. Pero a medida que se vieron resultados (una sanidad pública ejemplar, una educación universal y digna), el grueso de los ciudadanos se avino, aunque nunca pueda haber entusiasmo a la hora de rascarse el bolsillo. Fue frecuente consolarse pensando: “Si me toca apoquinar tanto, también es porque me ha ido bien este año”. Que los españoles se acostumbraran y lo aceptaran (en la medida en que se logró eso), resultó en todo caso tarea ímproba.

Desde que gobierna el actual Gobierno, si no antes, toda esa paciente labor se ha tirado por la borda. Por un lado, se ha dejado de percibir a la Agencia Tributaria como a un organismo justo, equitativo y honrado. En ella se han producido destituciones turbias y escándalos. Ha aplicado una cómoda amnistía fiscal a los grandes defraudadores, y ha flotado la sensación de que se los premiaba por faltar a sus obligaciones. Ha llevado a cabo arbitrariedades inadmisibles: por poner un solo ejemplo, muchos artistas y toreros cobraban a través de sociedades, lo cual les traía beneficios fiscales; es posible que esto fuera injusto, pero era legal hasta hace cuatro días. De pronto, Hacienda decide que ya no y convierte su decisión en retroactiva, e impone monstruosas multas por algo que en su momento estaba enteramente permitido. Por recurrir a los símiles futbolísticos que tantos entienden, es como si mañana se decidiera que los tiros a los postes son gol, y en función de ese cambio se alteraran los resultados y títulos de las tres últimas temporadas: como el Madrid estrelló cuatro balones en el travesaño en tal y cual encuentro, sumó tres puntos aquí y allá en vez de ninguno, luego fue campeón de Liga en 2013 y no lo fue el Barcelona. Para cualquiera salta a la vista que eso no puede hacerse. Y sin embargo es lo que la Hacienda de Montoro viene haciendo con la chulería y el autoritarismo consustanciales a este sujeto.

Cuando las leyes son abusivas, los ciudadanos empiezan a no sentirse obligados por ellas. Cuando el 62% de la factura de la luz son impuestos; cuando ésta y el agua y el gas están gravados con un IVA del 21%, amén de otras tasas; cuando el Estado cobra si usted coge el metro o un autobús o un taxi; si regala unas flores; si va a hacer la compra; si se toma una cerveza o cena en un restaurante; en suma, cobra de cada transacción que efectuamos, por pequeña que sea. Si además le estamos adelantando dinero –prestándoselo– continuamente mediante el IRPF y los pagos fraccionados; si en junio podemos llegar a entregarle el 53% de nuestros ingresos (si nos ha ido muy bien, claro); si cuando alguien muere, el dinero y las propiedades que deja –y por los que el difunto tributó ya en vida– se los embolsa en alta proporción el Estado (por qué eso es así es algo que jamás entenderé, por mucho que esté establecido); si Hacienda recauda sin respiro y por doquier y por todo concepto, hay un momento en que al ciudadano común no le salen las cuentas. ¿Cómo es que ese mismo Estado devorador lloriquea y se queja de su indigencia? ¿Cómo es que se permite despedir o jubilar a médicos, empobrecer y encarecer la sanidad, subir las tasas universitarias y las judiciales, reducir las becas o su cuantía, abandonar las carreteras al deterioro, reducir las pensiones, fomentar el desempleo, inyectar miles de millones a los bancos que no conceden créditos y ahogan a los comercios, albergar a incontables corruptos y hacer la vista gorda con ellos cuando no protegerlos, gastar sumas demenciales en autopistas que nadie utiliza y aeropuertos sin aviones, en montar “embajadas” superfluas y dejar “palacios” inacabados, de la Justicia o de las Artes, sin que ningún político responda por semejantes despilfarros?

Siempre vi con malos ojos a los defraudadores, incluso a quienes hacían chapuzas sin IVA. Ya no: cada vez los entiendo más, y lo lamento. Cada vez entiendo más que, ante unas leyes abusivas e injustas, ante un organismo saqueador y arbitrario, los individuos se defiendan y, a poco que puedan, no cumplan. Entre las mil cosas graves que ha traído este Gobierno, no será la menor haber conseguido que la gente se sienta justificada al consumar un engaño. Con lo que costó convencerla de que había que contribuir, y en particular a las arcas de Hacienda.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de marzo de 2014

JM candidato al Independent Foreign Fiction Prize 2014

Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, has been longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for his crime novel, 'The Infatuations'

Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, has been longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for his crime novel, ‘The Infatuations’

Karl Ove Knausgaard, Javier Marías, Andreï Makine longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize

Karl Ove Knausgaard, the author about whom Zadie Smith wrote, “I need the next volume like crack”, is on the longlist for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for A Man in Love, the second volume of his blockbuster My Struggle. This is his second time on the longlist, and he goes head to head with contemporary greats such as Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, for his crime novel, The Infatuations, and Prix Goncourt winner Andreï Makine, author of Brief Lives that Live Forever.

This year’s 15-strong longlist was chosen by a panel of five judges from a record number of entries and languages – 126 titles from 30 source languages.

Boyd Tonkin, senior writer and columnist at The Independent and one of this year’s judges commented: “Every year this unique prize delivers to our doorsteps an outstandingly rich harvest of the world’s finest fiction. This year, a record number of submissions has resulted in a longlist as diverse and powerful as any in its history. From Iceland to China, Israel to Iraq, Spain to Japan, the contenders – served by a selection of the most gifted translators at work today – represent a huge variety of nations and cultures, all bound together in the border-free republic of talent and imagination.”

The list features a number of pairs: two female Japanese writers; two German writers, both tackling the shadow of East Germany; and two Iraqi authors, Hassan Blasim and Sinan Antoon, offering very different pictures of post-Saddam Iraq. There’s also an Icelandic duo: Auður Ava Ólafsdóttir and Jón Kalman Stefánsson, an astonishing achievement for a nation of 320,000 people.

Four newcomers are translated into English for the first time: Andrej Longo whose short story collection Ten uncovers the darker side of southern Italy, and Man Asian prize shortlistee Hiromi Kawakami for her unconventional romance, Strange Weather in Tokyo. English-language readers can also discover Hubert Mingarelli for the first time (A Meal In Winter) and Birgit Vanderbeke, whose debut novel The Mussel Feast was first published in 1990 and is viewed a modern German classic.

Readers of Sayed Kashua, a Palestinian Israeli writing in Hebrew, whose title Exposure is on the longlist, might be intrigued to know that he is also the author of Israel’s best-known sitcom, Arab Labour.

The Independent Foreign Fiction Prize celebrates the work of authors and translators equally. Translator Anthea Bell, who won in 2002 for her translation of Austerlitz by W G Sebald, is longlisted for her translation of Julia Franck’s Back To Back. Franck herself made the shortlist in 2010. Margaret Jull Costa, Javier Marías’ translator, has also been shortlisted before. Sometimes, of course, authors translate their own work, and in 2008 Paul Verhaeghen won with his self-translated Omega Minor: this year, Sinan Antoon, who was shortlisted for the International Prize of Arabic Fiction 2013, (the “Arabic Booker”) has translated his own work into English. Ma Jian’s work is translated by his wife, Flora Drew, representing an unusually special bond between author and translator – this is the second time they appear on the shortlist.

This year’s books tackle some challenging themes including war, corruption and totalitarian regimes. Some of the writers have faced oppression in their own lives: Ma Jian’s work has been banned in his own country and he also cannot now return; Andreï Makine, a Siberian Afghan War veteran fled to France from Soviet Russia; while for years anyone who wished to read Hassan Blasim in Arabic could only do so online. Their lives and work are a stark reminder of the power of fiction, still seen by many of the world’s governments as dangerously subversive.

Penguin Random House is the publisher most represented on the list with seven books, with four from Harvill Secker, two from Chatto & Windus and one from Hamish Hamilton. Five independent publishers have made the list including Comma Press, MacLehose Press, Portobello Books, Pushkin Press and Peirene Press. The final publisher securing a place is Yale University Press.

British writer, broadcaster and former stand-up comedian Natalie Haynes, one of the judges, said: “This is a very strong list, reflecting both the enormous diversity of nationalities, themes and subjects which we received. It shows that there has never been more of an appetite for translated fiction in the UK, and from every corner of every populated continent. It ranges from the intellectual to the emotional via the political, and no-one could come away from reading these books without having a greater understanding of a complex world. In the face of so much bland globalisation, it’s both a relief and a delight to see world fiction remains as quirky and individual as ever.”

The £10,000 Independent Foreign Fiction Prize is awarded annually to the best work of contemporary fiction in translation. The 2014 Prize celebrates an exceptional work of fiction by a living author which has been translated into English from any other language and published in the United Kingdom in 2013. Uniquely, the Independent Foreign Fiction Prize acknowledges both the writer and the translator equally – each receives £5,000 – recognising the importance of the translator in their ability to bridge the gap between languages and cultures. The Prize is funded by Arts Council England, supported by The Independent and Champagne Taittinger, and managed by Booktrust.

Previous winners of the Prize include Milan Kundera in 1991 for Immortality translated by Peter Kussi; WG Sebald and translator, Anthea Bell, in 2002 for Austerlitz; and Per Petterson and translator, Anne Born, in 2006 for Out Stealing Horses. The 2013 winner was The Detour by Gerbrand Bakker translated from the Dutch by David Colmer (Harvill Secker).

The shortlist will be announced on April 8th and the winning author and translator will be announced and awarded their £10,000 prize at a ceremony in central London at the Royal Institute of British Architects on May 22nd.

iffp_2014_logoThe full longlist of 15 titles is:

A Man in Love by Karl Ove Knausgaard and translated from the Norwegian by Don Bartlett (Harvill Secker)

A Meal in Winter by Hubert Mingarelli and translated from the French by Sam Taylor (Portobello Books)

Back to Back by Julia Franck and translated from the German by Anthea Bell (Harvill Secker)

Brief Loves that Live Forever by Andreï Makine and translated from the French by Geoffrey Strachan (MacLehose Press)

Butterflies in November by Auður Ava Ólafsdóttir and translated from the Icelandic by Brian FitzGibbon (Pushkin Press)

The Corpse Washer by Sinan Antoon and translated from the Arabic by the author (Yale University Press)

The Dark Road by Ma Jian and translated from the Chinese by Flora Drew (Chatto & Windus)

Exposure by Sayed Kashua and translated from the Hebrew by Mitch Ginsberg (Chatto & Windus)

The Infatuations by Javier Marías and translated from the Spanish by Margaret Jull Costa (Hamish Hamilton)

The Iraqi Christ by Hassan Blasim and translated from the Arabic by Jonathan Wright (Comma Press)

The Mussel Feast by Birgit Vanderbeke and translated from the German by Jamie Bulloch (Peirene Press)

Revenge by Yoko Ogawa and translated from the Japanese by Stephen Snyder (Harvill Secker)

The Sorrow of Angels by Jón Kalman Stefánsson and translated from the Icelandic by Philip Roughton (MacLehose Press)

Strange Weather in Tokyo by Hiromi Kawakami and translated from the Japanese by Allison Markin Powell (Portobello Books)

Ten by Andrej Longo and translated from the Italian by Howard Curtis (Harvill Secker)

The Irish Times, March 7, 2014

The Inf Penguin Bolsillo

Judge Shaun Whiteside on The Infatuations:

‘A woman is enthralled by a couple she sees in the street every day, and invents a life for them. When the man is murdered, she is drawn into their world and forced to re-examine everything she thinks she knew. A richly allusive murder mystery about love, death and literature.’

Booktrust

Independent Foreign Fiction Prize 2014: Our long-list reveals a fictional eco-system of staggering diversity

In a week when the Norsemen stormed the British Museum, how fitting – if purely coincidental – that two books long-listed for this year’s Independent Foreign Fiction Prize should hail from the most authentically Viking land of all.

Between them, the novels by Icelanders Audur Ava Ólafsdóttir and Jón Kalman Stefánsson – one a quirkily comic road-movie of a tale, the other a snow-blasted highland odyssey – show that fine fiction can adopt a dizzying array of shapes even in a country of just 320,000 people.

This year, the judges for the £10,000 award – divided equally between author and translator, and supported once more by Arts Council England, Booktrust and Champagne Taittinger – had a higher-than-ever mountain to climb: 126 books, a record entry, translated from 30 different languages. Joining me on the ascent are author, broadcaster and Independent columnist Natalie Haynes, ‘Best of Young British’ novelist Nadifa Mohamed, award-winning translator Shaun Whiteside, and artist, writer and academic Alev Adil.

Our long-list of 15 reveals a fictional eco-system of staggering diversity. Three accomplished sets of linked short stories make the cut, by Hassan Blasim (Iraq), Andrej Longo (Italy) and Yoko Ogawa (Italy). Hunting for a thinking person’s murder mystery? Try Javier Marias (Spain). The latest instalment of a volcanic semi-autobiography? Go to Karl Ove Knausgaard (Norway).

A Dickensian blockbuster that follows one fugitive family? Ma Jian (China). A thriller about imposture and paranoia rooted in the unease of minority culture? Sayed Kashua (Israel). From Germany, Birgit Vanderbeke and Julia Franck explore the burden of history; from Japan, Hiromi Kawakami crafts an eerie inter-generational romance; from Iraq, Sinan Antoon looks into the abyss left by tyranny and invasion. French writers Hubert Mingarelli and Andrei Makine find new ways – oblique, lyrical, humane – to address the Nazi and Soviet past.

I warmly recommend each of our chosen books, both for their own singular virtues and the skill and flair of their translators. Odin knows how we will rise to the next peak: the shortlist of six, due to be announced at the London Book Fair on 8 April.

BOYD TONKIN

The Independent, March 7, 2014

LA ZONA FANTASMA. La piadosa malevolencia

A raíz de mi columna de hace tres semanas, en la que recordaba el propósito que se hizo mi padre en la infancia de no mentir, y luego hablaba de la irrefrenable tendencia del Partido Popular a faltar a la verdad, un cargo gubernamental me envía una amable carta junto con el librito de un sacerdote que recoge las opiniones del científico Lejeune y de Julián Marías acerca del aborto. En esa columna yo me hacía eco de declaraciones de dirigentes del PP (glosadas por Carlos E. Cué) según las cuales podría haber una estrategia electoral en el Proyecto de Ley que ha preparado Rajoy (dejémonos de historias: ningún ministro hace nada sin su mandato o apoyo) para endurecer la hasta hoy vigente relativa a esa cuestión.

No era el caso ni el tono de la misiva de ese cargo, vaya por delante; sin embargo, involuntariamente, participaba de una de las actitudes que más me irritan y más ruines me parecen y que a menudo he padecido como “argumento” contra mis escritos. En ella han incurrido tanto amistades de mi familia como lectores desconocidos (curas, frecuentemente) como algún que otro articu­­lista. En esencia consiste en “echarme en cara” lo que opinaba mi padre sobre tal o cual asunto, intentando lo que hoy llaman muchos “chantaje emocional”. A veces los que tiran de semejante recurso no se andan por las ramas: “¿Qué habría pensado tu padre de lo que has escrito? Vaya disgusto le habrías dado”. Otros son poco más sutiles: “Al hablar así de la jerarquía eclesiástica, denigras la fe de tus padres”. En fin, gajes de haber tenido un progenitor-figura pública. Pero dicho “argumento” no sólo lo encuentro de gran bajeza moral, muy grave en los sacerdotes, sino extremadamente pueril.

Como es sabido, me llevaba bien con mi padre en conjunto. Lo quería mucho y lo admiraba en bastantes aspectos. Pero también estábamos en desacuerdo en numerosas cuestiones, y yo no se lo ocultaba. Discutimos respetuosa y civilizadamente infinidad de veces. Solía leer mis artículos y yo los suyos, sabíamos lo que cada uno opinaba. De ahí la puerilidad y la mala fe de ese “argumento”. Quienes lo emplean implican que yo me habría callado muchas cosas hasta después de su muerte en 2005; que habría sido deshonesto con él para no disgustarlo o decepcionarlo, o aún peor, para “protegerme” de su desaprobación. Ahí están las hemerotecas para desmentir tal asunción. Quienes recurren a eso me merecen el mayor desprecio, por mezquinos, mendaces y sin escrúpulos. Insisto en que no era ese el tono de la carta del cargo gubernamental.

Estoy al cabo de la calle de lo que pensaba mi padre sobre el aborto. Él era católico practicante, y además había nacido en 1914 (este año habría cumplido un siglo de edad). En sus últimos tiempos su catolicismo fue a más, y también su “conservadurismo”. Son esos tiempos los que interesan a los curas y a los políticos que se están “apropiando” de su figura; como si el resto de su larga trayectoria no contara o hubiera sido borrada. Durante décadas padeció la hostilidad de esa Iglesia a la que, pese a todo, pertenecía; no digamos la de los políticos franquistas (a los que tanto se parecen e imitan los que lo “reivindican” ahora), que le hicieron la vida imposible. Bien, para él el aborto era una monstruosidad y un horror. Para mí era y es, asimismo, un horror, y me alegro infinito de no haberme visto involucrado nunca en ello. La única vez que me vinieron con una falsa alarma, la mujer, una estadounidense, habló de tener el hipotético niño y darlo en adopción. Le anuncié en seguida que me lo quedaría yo, aunque me llegara con una gorra de baseball ya encasquetada desde su nacimiento, y un chicle en el paladar.

Para las mujeres que optan por esa medida ­–salvo descerebradas–, me consta que es igualmente un horror, algo que jamás toman a la ligera, que les deja indeleble huella y a veces no escasos problemas de conciencia. Pero es su conciencia la que debe bregar con su decisión, no el Estado mediante leyes crueles, inspiradas en la doctrina de la Iglesia. Para ésta todo aborto es un asesinato, en cualquier fase y circunstancia y supuesto. También hubo curas, en el pasado, que se empeñaban en inyectarles el bautismo a los fetos para cristianizarlos desde su concepción… Para el resto de la sociedad la cuestión no está nada clara, y sí lo está, en cambio, que constituye sadismo obligar a dar a luz a una criatura que no va a sobrevivir o que estará condenada a una existencia de padecimientos, operaciones sin fin, graves malformaciones que la harán maldecir cada hora de su precaria vida. Con la agravante de que el actual Gobierno dice “proteger” al no nacido, pero se desentenderá de ese ser en cuanto haya nacido: ya no hay ayudas a la “dependencia”, ni sanidad cabalmente pública.

“Proteger” a lo que es sólo un embrión, y desamparar al niño y al adulto resultantes, es algo sólo comprensible desde la malevolencia, el dogmatismo de una confesión, el ansia de castigar lo que esa confesión reprueba. Para mí, en todo caso, no es lo mismo interrumpir algo iniciado que evitar su inicio. Y sin embargo esa Iglesia condena igualmente las precauciones y los anticonceptivos, no lo olvidemos. Ningún Gobierno puede legislar al mero dictado de una religión hierática, desoyendo las dudas y la conciencia de los ciudadanos. A no ser que se trate de un Gobierno islamista, claro está, que no entiende ni acepta la separación entre Iglesia y Estado. Sin la que no hay democracia que valga, desde hace ya más de dos siglos. Eso es lo que retrocedemos, se dice pronto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de marzo de 2014

SILLÓN DE OREJAS. Paralelos problemáticos

Javier Marias-rae_12Dejando a un lado lo realmente importante, es decir, los méritos literarios de cada uno, lo cierto es que en la involuntaria carrera por el Nobel español que algunos medios, las casas de apuestas y sus respectivos y no siempre compatibles fans se empeñan en obligar a correr a Javier Marías (Madrid, 1951) y Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), el primero lleva cierta ventaja. Ambos ostentan no solo un lectorado fiel y en expansión, sino también un amplio reconocimiento internacional que valora con entusiasmo sendas obras diversificadas y prolijas; los dos están traducidos a las lenguas más influyentes (incluido el sueco, estratégico en lo que nos ocupa); uno y otro comparten algunos de los más prestigiosos premios literarios del mundo; ambos colaboran habitualmente en la prensa escrita (e, incluso en el mismo periódico, vaya por Dios); uno y otro han practicado la autoficción y las falsas novelas de raigambre posmoderna, y los dos, y sin ponerse de acuerdo (odian ser comparados), han ido abriendo su literatura a públicos cada vez más amplios, aunque manteniendo esa “pluralidad de niveles de lectura” que tanto alaban los críticos; ambos han formado parte (y allí obtuvieron el premio que les consagró) de la “escudería” Herralde (que uno y otro abandonaron con cajas más o menos destempladas); y entrambos se encuentran en edad de merecer (el premio, me refiero). Así que, ya ven: JM y EVM se hallan tan mediáticamente colocados en una hipotética (e, insisto, involuntaria) línea de salida de nobelizables que podrían formar pareja en unas “vidas (literarias) paralelas” de cualquier Plutarco de tres al cuarto. Salvo en un pequeño detalle (también estratégico): Vila-Matas no es (aún) miembro de la RAE, y el apoyo de las Academias (allí donde existen) constituye un peso que tienen en cuenta algunos de los (no siempre fríos) jueces de Estocolmo. Por lo demás, este año ambos publican nueva novela. De la de Marías no puedo decirles más que todavía la está acabando (y no suelta prenda). De la de Vila-Matas (Kassel no invita a la lógica,Seix Barral), que he leído calentita, lo primero que debo aclararles es que no estoy seguro de que lo sea (una novela). Como si eso importara: aquí está el mejor Vila-Matas (a la vez autor, narrador, personaje, juez y parte) sujetándome a mi sillón de orejas con su habitual torrente de imaginación paradójica y gusto (de raigambre surrealista) por los encuentros insólitos (ya saben: el paraguas y la máquina de coser sobre la mesa de disección), invitándome a mirar a través de las grietas de la realidad para constatar su carácter escasamente “realista”, y vislumbrar —a través de un humor a la vez socarrón y contenido— uno de sus rostros menos predecibles (en este caso, el del arte contemporáneo). Literatura en estado de gracia por alguien que controla perfectamente todos los resortes de un estilo fiel a sí mismo y que continúa indagando, libro a libro, acerca de la literatura y sus siempre franqueables fronteras. En cuanto a lo del Nobel, si yo tuviera que apostar en esa absurda lotería no las tendría todas conmigo: siempre puede surgir un “tapado” discreto (pero con premios, traducciones, Academia, etcétera) como tercero en discordia en plan “adivina quién viene esta noche”. De modo que continúa el suspense. Y todo por el increíble precio que aparece en pantalla.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 1 de marzo de 2014

Mainer-Marías

Mainer reivindica la literatura española del medievo y del XVIII

En este “presente incierto y vivaz” encajan dentro del hilo argumental narradores como Javier Marías, poetas como José Manuel Caballero, ensayistas como Fernando Savater y dramaturgos como Juan Mayorga

Millones de palabras en 50.000 palabras. Infinitas páginas en 201 páginas. Centenares de nombres de escritores, temas, corrientes y tendencias en nueve capítulos. 800 años de creación literaria para leer en unas… cuatro horas. Millares de libros asomados en un libro: Historia mínima de la literatura española (Turner), de José-Carlos Mainer. Un ensayo que se lee como un relato de la creación literaria en España y de la vida del país en el cual destacan las luces reivindicadoras que lanza sobre periodos más o menos eclipsados por la Historia oficial y el imaginario colectivo, como son la Edad Media y el siglo XVIII, mientras arriesga con el presente.

[...]

Siempre es más difícil valorar la creación contemporánea porque no se sabe qué dirá el tiempo, asegura Mainer. Pero aceptó el reto. No como un diccionario ni una lista de nombres ni de obras, sino dentro del hilo argumental del relato que empezó en la Edad Media. Entre los autores contemporáneos presentes en dicha línea argumental de Historia mínima de la literatura española figuran Fernando Savater, Javier Marías, José Manuel Caballero Bonald, Ana María Matute, Juan Marsé, Antonio Muñoz Molina, Antonio Gamoneda, Cristina Fernández Cubas, Juan Eduardo Zúñiga, Enrique Vila-Matas, Álvaro Pombo, Luis Mateo Díez, Eduardo Mendoza, Juan y Luis Goytisolo, Francisco Brines, Félix de Azúa, Rafael Chirbes, Pere Gimferrer, José María Merino, Antonio Colinas, Juan José Millás, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Ignacio Martínez de Pisón, Luis Landero, Jon Juaristi y Fernando Aramburu. De las últimas generaciones figuran autores como Juan Antonio González Iglesias, Ray Loriga, Isaac Rosa, y José Ángel Mañas, el más joven de todos.

[...]

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 26 de febrero de 2014

Reseñas sobre ‘The Infatuations’

The Inf KNOPF bolsillo

Uses of Uncertainty

No novel, reflects María Dolz, the narrator of Javier Marías’s The Infatuations, “would ever give houseroom to the infinite number of chances and coincidences that can occur in a single lifetime … It’s quite shameful the way reality imposes no limits on itself.” The world, Marías’s latest novel reminds us, continually exceeds our attempts to account for it through narrative. And whether we find this fact disheartening or encouraging, The Infatuations exemplifies an attitude with which to face it, which is a healthy distrust of the plausible story. Marías gives us, if not houseroom for infinite coincidences, a brilliant meditation on the uncertainty that such distrust entails. His protagonists, faced with situations of life-or-death severity, make of their skepticism a resource: they become essayists in the manner of Montaigne.

The Infatuations is about the aftermath of a senseless and violent murder and the resulting loss of ordinary certainties in life. Dolz opens the novel with news of the death of Miguel Desvern or Deverne (she alternates uncertainly between the names), a man whom she barely knew but who had formed part of her daily routine. She only finds out his name from the newspaper report of his death. Each morning before work, she had seen him and his wife at breakfast at a café, very much in love. The “sight of them together … calmed and contented me before my working day began,” Dolz explains, “as if they provided me with a vision of an orderly, or if you prefer, harmonious world.” Deverne’s apparently unmotivated murder by a homeless man puts an end to a world about which Dolz knew very little but whose abrupt curtailment she experiences as a kind of paradise lost.

With the murder and the rupture of this happy pair Dolz loses a feature of her own life that was reassuring both in the apparent certainty of its recurrence and its lack of demand on her to know anything specific about it. Comfort in modern life, The Infatuations suggests, relies on such thoughtless certainties, on what precisely we don’t need to know about people in order for them to behave in predictable ways (the great sociologist Georg Simmel called this “confidence under complex conditions”). When such certainties are lost, we are apt to become questioners, philosophers—even murder investigators. For Dolz this transformation comes unwillingly: “I lack the detective instinct, it’s just not me.” Her aloofness attracts others and she briefly becomes the confidante of Deverne’s widow, Luisa Alday, and, less briefly, the lover of the dead man’s best friend, Javier Díaz-Varela. Deverne’s murder turns out to be more complicated than first thought, and much of the novel consists of extended dialogues between Dolz and Díaz-Varela on the motivations behind and consequences of this death, and on the relationship between life and fiction (it’s no coincidence that the characters’ first names, compounded, nearly produce the name of their author). The dialogues report on speculation and sometimes are speculation: Dolz, for example, often imagines Díaz-Varela’s thought processes and composes accounts of his former encounters, including those he had with his murdered friend. The layers of prose, each rich and gripping in its own right, are skillfully framed.

There’s a moment in these dialogues when Dolz recounts the nostalgia of Díaz-Varela for the lost decency of hired assassins. Between hit men now, he laments,

There’s no sense of camaraderie, no sense of belonging: if one of them gets caught, tough, let him sort himself out, it was his fault for getting nabbed. He’s expendable, and the organizations accept no responsibility, they’ve taken the necessary measures so that they don’t get tarnished or tainted … And so those who are arrested respond in kind. Nowadays, all anyone cares about is saving his own skin or getting his sentence reduced.

Though it comes in a serious context (an attempt to account for an unaccountable murder), it’s a wry plaint. And not only because the subject matter of organized murder undermines the clichés at hand for lamenting social decay—the disintegration of corporate bonds, the triumph of selfish individualism—but also because it neatly conveys a preoccupation of the novel. To say that hit men aren’t what they used to be is to suggest that the world may be a fallen one—but then it always was. We are never, in fact, falling from former certainties, even when we think we are, because things have never been certain.

And so The Infatuations, whatever else it is, is a novel about the uses to be made of uncertainty. Provoked by the uncertainty surrounding Deverne’s death, Dolz becomes neither a nihilist nor a dogmatist, but adopts the style of an essayist, a speculator on the human condition. It’s a style that avoids certainties and recognizes that life is more complex than any plot. “The truth is never clear,” Dolz comments, “it’s always a tangled mess. Even when you get to the bottom of it. But in real life almost no one needs to find the truth or devote himself to investigating anything, that only happens in puerile novels.” Statements like these are not usually found in murder mysteries: The Infatuations aims to broaden our palates by weaning us from a diet that caters to our craving for certainty.

In place of certainty, we are offered the resources of fiction. The novel suggests that fictions “have the ability to show us what we don’t know and what doesn’t happen,” and this what is like other people’s lives, which we also don’t know, and which don’t happen to us. We can only know other people’s lives in the way we know fictions, and this raises the stakes of fiction. What happens in a fiction matters less, insists Díaz-Varela, than “the possibilities and ideas that the novel’s imaginary plot communicates to us and infuses us with.”

The novel’s many literary allusions reinforce its preoccupation with the relationship between fiction and life. For instance, Dolz disagrees with Díaz-Varela’s use of the “possibilities and ideas … communicate[d]” by a Balzac novella, Le Colonel Chabert. Díaz-Varela had quoted a catalog of crimes that a character in the novel, the lawyer Derville, offers as evidence of human depravity. In particular, Derville claims he had “seen women administer lethal drops [gouttes] to a legitimate child born of the marriage bed in order to bring about its death and thus benefit a love-child.” But María objects to Díaz-Varela’s translation of the word “gouttes,” and thus to his use of the story. For her, “‘tastes’ (or perhaps ‘inclinations’)” should be substituted for “drops.” She speculates about what to make of this substitution:

The meaning still wasn’t very clear even in that interpretation, nor was it easy to imagine what exactly Derville meant. To give or instil in a child tastes or inclinations that would bring about his death? Drink or opium or gambling or a tendency to criminal behaviour perhaps? A taste for luxury that he would be unable to give up and that would lead him to commit crimes in order to satisfy that taste? A morbid lust that would expose him to diseases or propel him into rape? A character so weak and fearful that the slightest setback would drive him to suicide? It was obscure and almost enigmatic.

This version, Dolz reflects, might point to an even more perverse and sustained crime than outright murder: more horrifying because more plausible, and because a mother might easily claim she never intended to commit it. A well-meaning mother could raise a monster out of good intentions and excessive compliance.

This quibble about a single word hints at The Infatuations’ picture of human relations, at “the possibilities and ideas” that this novel “communicates to us.” Instead of the direct, intended actions of one person upon another, Marías offers something more “obscure and almost enigmatic.” People indirectly bring others to ruin all the time; equally indirectly, they enliven and restore them. But how are we to tell when and how this happens? And yet it is a difference that makes all the difference. The Infatuations is such a brilliantly disturbing novel because it raises doubts about whether any narrative can explain anything fully enough; and it implicitly enjoins on us closer attention to the high stakes of our everyday uncertainties.

DAVID RUSSELL

Public Books, February 1, 2014

0033123a-9490-485e-abfc-831ca1f43a7fThe Infatuations

It is the habit of María Dolz, a prudent young woman who works in a nearby publishing house, to have breakfast every morning before work at a certain café in Madrid. There, she regularly and contentedly observes Miguel and Luisa Desverne, a husband and wife who she comes to think of as the Perfect Couple. Sometime later, she is shocked to learn that the husband has been brutally stabbed on the street near his home.

“’What happened is the least of it.’”

While coming to grips with the sudden death of someone she barely knows, María meets Desverne’s wife and Javier, his best friend. As she becomes entangled with Javier, she gradually discovers that the murder was not random. In this contemplative and literary novel by award-winning Spanish author Marías what happens is of far less importance than how possibilities and events are interpreted by the main characters. More a philosophical essay than a psychological thriller and more emotionally reflective than suspenseful, this is the story of a murder that is, at the same time, just a murder and much more.

LINDA FREDERIKSEN

Portland Book Review, February 3, 2014

Entrevista americana

T I dobleNBCC Fiction Finalist Javier Marías in Conversation with MFA Student Gabriel Don

Thanks toThe School of Writing at The New School, as well as the tireless efforts of their students and faculty, we are able to provide interviews with each of the NBCC Awards Finalists for the publishing year 2013 in our 30 Books 2013 series.

Gabriel Don, on behalf of the School of Writing at The New School and the NBCC,  interviewed Javier Marías, via email, about his book The Infatuations, translated by Margaret Jull Costa (Knopf), which is among the final five selections, in the category of Fiction, for the 2013 NBCC awards.

GD: The first sentence of the novel The Infatuations raises so many questions and pulls the reader immediately into the story seeking answers. How does one decide where to begin when writing fiction?

JM: When I start writing a novel, I never know much about the plot, and certainly not the ending. I simply have an idea, or an image, or a sentence that has been lurking for a while. So I suppose my first sentences have to be interesting and appealing enough to lead me down the path they reveal. I very much decide things on the spot, I improvise a lot. But, once I make a decision, I almost never go back on it. I stick to what I said on page 10, even if on page 200 I discover that it would have been easier to say something different on page 10. I realize this is absurd—and perhaps suicidal—but I apply to my novels the same principle of knowledge that rules life: at 40 you may wish you had made a different decision when you were 20, but you can’t go back. Well, in my novels it is the same. The funny thing is that many critics have pointed out that, often, on my very first page, there is a sort of “summary” of the whole novel. But, as I have said many times before, I don’t have a map when I write, just a compass. So I know I am heading “north,” as it were, but not the way I will get there.

GD: I very much enjoyed the long sentences throughout. They seemed to meander like a river, frequently extended by commas, like Proust, often arriving at unexpected places which is rare in contemporary fiction—post Gordon Lish and Raymond Chandler—which I feel favours short sentences with most of the information contained in the top half. What authors—contemporary or historical—do you admire and have influenced the way you structure sentences?

JM: Though I am a great admirer of Dashiell Hammett, for instance, I think that the widespread tendency to use short sentences in fiction is rather impoverishing and boring. To convey a complex or nuanced idea it is often necessary to use long sentences. This means—to a certain extent—that complex and nuanced ideas have been almost banished from literary fiction. However, I try to make my sentences as clear and understandable as possible. Even with the meandering you mention, my prose runs swiftly, at least in my mind and my own reading. Whenever I have read from my books in front of audiences, the pace is fast. I look not only to Proust, but also to Henry James, Faulkner, Sir Thomas Browne, Sterne and Conrad (I have translated work by the latter four, only poetry by Faulkner, though) as models for how to deal with complex ideas and how to do so “musically.” The rhythm of the prose is very important to me, and one of the reasons to use commas, which sometimes allow you to skip “sinces,” “therefores” and “howevers” that may feel like hindrances. Faulkner was once asked why his sentences were so long, and he replied, more or less: “Because I never know if I shall be alive to write the next one.” Thank you so much for liking mine, that is very kind of you.

GD: I was asked to write a wedding poem for the ceremony in India I just attended and I quoted a romantic section of The Infatuations:

“The nicest thing about them was seeing how much they enjoyed each others’ company…for there are people who can make us laugh even when they don’t intend to, largely because their very presence please us, and so it’s easy enough to set us off, simply seeing them, and being in their company and hearing them is all it takes, even if they they are not saying anything extraordinary or even deliberately spouting nonsense which we nonetheless find funny.”

The intriguing thing to me was how by admiring the beauty of this couple, the audience is made an accomplice with Maria as she stalks and finds solace in their relationship. Do you think by placing the narrative in the first person, a reader has already to some degree taken sides?

JM: Well, I have been writing my novels in the first person since 1986, with The Man of Feeling, so I have grown perhaps too accustomed to it. It has both advantages and disadvantages. Among the former, in principle everything is more “believable,” as fragmentary as our own knowledge of reality and of other people’s lives; and yes, it somehow encourages the reader to “take sides,” even if a first-person narrator is not always reliable or trustworthy, just as we are not in real life. Among the latter, you are forced to justify all your knowledge of things; unfortunately, you can’t just enter Madame Bovary’s bedroom, or mind, and say what is going on there, something a narrator in the third person is allowed to do. Throughout my literary career I have strived to find ways of entering characters’ bedrooms or minds without actually doing so.

GD: In contrast to the long sentences, the chapters in The Infatuations are brief, averaging 3-5 pages. Is this for pacing purposes? As an aspiring novelist, who has only written short stories thus far, I find figuring out when to end a chapter very complicated, and committing to and continuing on with chapters to shape a novel as a whole a conundrum. What advice do you have?

JM: Yes, it is for pacing purposes. In other novels my chapters are longer, sometimes very long. On this occasion I realized conventional chapter breaks would serve a purpose. You can start a new chapter without starting a new scene or interrupting a conversation between two characters. I notice that readers are more urgently compelled to go on reading after a chapter break. And, as I said, that break may only be formal, a convention. It is not that you “delude” the reader, but rather invite him or her to pause, and he or she will usually accept the invitation. We authors must be very grateful to readers who comply with us.

GD: Do you feel that something is lost, or possibly gained, in translation? Are their some things (words, meaning, concepts) you think cannot be transferred from Spanish to English?

JM: When I used to teach Theory of Translation (in Madrid, also at Oxford University and at Wellesley College), the very first day I said two contradictory things: 1) Translation is impossible. 2) Everything can be translated. And gave examples that supported both assertions. I believe both are true. For instance, in Spanish we have so many different diminutives that it’s a challenge not only to “properly” translate them, but even just to explain them. In Spanish, a “tonto” (a fool, a silly person) is not quite the same thing as a “tontuelo,” “tontín,” “tontito,” “tontazo,” “tontorrón,” “tontaina,” or “tontaco.” Similarly, English has “to look,” “to watch,” “to glare,” “to gaze,” “to stare,” “to peer,” “to peep.” Spanish doesn’t, so we must usually add an adverb. But I do think there are always ways of “compensating,” as it were, for what you might miss in one line of the text, perhaps in the next line. Certainly, if a translator is poor, then a lot is lost. And if he or she is excellent, then something may be gained. And, of course, once you know a second or third language, then you miss, in your own, certain words or expressions that are available in other languages. For a writer it is a challenge, sometimes, to try to “incorporate” into your own language what it lacks.

GABRIEL DON

Critical Mass, February 21, 2014

LA ZONA FANTASMA. 23 de febrero de 2014. Un mundo más triste y más lerdo

Algunas cosas son “así” desde hace tanto que casi nadie se para a pensar, ni se pregunta, quizá ni siquiera sabe por qué son de esa manera. Hace unas semanas hable aquí de la piratería de libros, que en nuestro país chorizo va en lógico aumento, y por lo menos hubo reacciones. Unas sensatas, otras peregrinas e incomprensibles; no faltaron las airadas (“La cultura ha de ser gratis; dedíquese a otros menesteres para ganar dinero”), e incluso una compungida que se justificaba por su bajo nivel de ingresos y prometía abandonar la práctica en cuanto mejorara. Lo que pocos se plantean, me temo, es el motivo por el que las obras literarias, musicales, etc, pasan a ser del dominio público a los sesenta o setenta años, según los países, de la muerte de sus creadores. ¿Por qué constituyen una excepción en un mundo y en un sistema en los que todo se lega y se va heredando indefinidamente, de generación en generación y sin límite temporal ninguno? Las fortunas, el dinero, las tierras, las casas; la panadería, la zapatería, la empresa, la fábrica; el banco, los cuadros, el palacio y la modesta choza; el apartamento en la playa, los muebles, el reloj del bisabuelo y las joyas de la tatarabuela; el periódico familiar, la pastelería, el supermercado, las acciones…, todo se va dejando a los herederos ad aeternitatem.

He hablado de ello en otras ocasiones, pero tanto da mientras ningún gobierno se detenga a pensar en la injusticia que esto supone. ¿Por qué las obras artísticas, y por ende sus autores, sufren esta discriminación palmaria? Esas obras ni siquiera son compradas o ganadas, como la mayor parte de lo que he enumerado. Son “propiedades” en cierto sentido, pero no algo preexistente que pueda “adquirirse” sino creado por quienes las conciben y realizan. Y, pese a eso, se ven castigadas, en comparación. Si la ley que las regula se aplicara a todo lo demás, no quedaría familia rica en el mundo, y la Duquesa de Alba carecería de patrimonio. Si las obras de arte pasan al dominio público (es decir, pueden editarse y reproducirse libremente transcurridos esos sesenta o setenta años, y ya nadie paga por disfrutarlas ni –ojo– por explotarlas, utilizarlas y manipularlas, o hacer criminales “versiones” o “adaptaciones” de ellas), es justamente porque se las considera un bien para la humanidad de tal calibre que no se puede restringir sine die el acceso a ellas. Tan sólo se ven emparejadas –si acaso– con los grandes descubrimientos científicos que benefician a toda la especie: las vacunas, la penicilina, la anestesia, cosas así. Hasta cierto punto es comprensible. Sería lamentable que no pudiéramos leer a Cervantes o a Shakespeare, ni oír a Beethoven o a Mozart, por las exigencias y cortapisas que impusieran sus más remotos descendientes, tal vez gente insensible y avariciosa y parásita. Pero también es una lástima que a nadie se le permita pasear por tal finca desde hace siglos porque pertenece a una familia que se la ha ido traspasando sin caducidad ni tope.

Si lo que inventan los artistas es tan descomunal y valioso que a sus herederos se les enajena por fuerza, a fin de que alcance a todos sin excepción, resulta contradictorio que a esos artistas se los trate en vida tan mal como se los trata hoy, y más aún por parte de un Gobierno iletrado y bárbaro como el actual de España. Si lo que hacen es, o puede llegar a ser, tan extraordinario y enriquecedor que se impide que quede en manos privadas indefinidamente –repito, a diferencia de lo demás–, ¿cómo es que no son una especie protegida a la que se cuida? La mayoría sentimos una gratitud profunda hacia Cervantes y Shakespeare, Beethoven y Mozart, y pensamos que si estuvieran aquí los abrazaríamos, les rogaríamos que escribieran o compusieran más e intentaríamos facilitárselo al máximo. “Por favor, no paguen impuestos”, les diríamos, por ejemplo, “que ya nos pagarán con creces con sus creaciones. Déjennos alguna más”. Claro que es imposible saber, en el presente, cuáles de nuestros contemporáneos seguirán siendo leídos al cabo de cuatro o dos siglos, cuáles beneficiarán de veras a la humanidad futura. Sin embargo, y por si las moscas, resulta que todas las obras, hasta las pésimas, están sujetas a la misma “condena”: no poder ser heredadas más que durante un tiempo determinado. En vista de lo cual, y lejos de otorgárseles a sus creadores algunas compensaciones y facilidades, la tendencia actual es a expoliarlos ya en vida, a privarlos de sus derechos o reducírselos, a tenerlos por unos caraduras y por individuos privilegiados (!). Shakespeare y Cervantes, Beethoven y Mozart, Velázquez y Caravaggio también tenían que pagar sus facturas, y la lista de genios que pasaron penurias es interminable. Hoy nos entristece que Van Gogh no vendiera un cuadro, que Cervantes y Dickens visitaran la cárcel y se llenaran de deudas, habiendo hecho tanto por nosotros. De haber vivido en una época como la actual, en la que además es fácil esquilmarles sus escasas ganancias con impunidad, es probable que hubieran abandonado pinceles y pluma, acuciados por la necesidad. Y que, como me decía ese lector airado, hubieran debido dedicarse a otros menesteres para procurarse el sustento. No me cabe duda de que, a cambio de haber satisfecho esa demanda de “cultura gratis”, el mundo sería hoy mucho más ignorante, más pobre, más triste y más lerdo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de febrero de 2014

Javier Marías candidato al Nobel

JM MeulenhoffLA PAPELERA

La Academia Sueca acaba de dar su número áureo, la cifra de candidatos al Nobel de Literatura de este año: 210. En 2013 fueron 195 los aspirantes y la ganadora, como saben bien, la canadiense Alice Munro. En la nómina de 2014 no fallan los habituales: Joyce Carol Oates (EE.UU), Peter Nadas (Hungría), Assia Djebar (Argelia), Thomas Pynchon (EE.UU), Adonis (Siria) y los españoles Vila-Matas y Javier Marías. Y Murakami, claro, el incansable favorito japonés cuya insistencia ya propició socarrones titulares al día siguiente del último fallo: “Otro año más que Murakami no gana el Nobel”. Otro año que Joyce Carol Oates, tampoco. ¿O sí? Demasiado pronto para esta quiniela.

JUAN PALOMO

El Cultural, 21 de febrero de 2014

Javier Marías en el 50º aniversario de Alfaguara

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50 años de Alfaguara. Vídeo

Vargas Llosa, Marías y Pérez Reverte celebrarán los 50 años de Alfaguara

El encuentro entre Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte con el público de Madrid, el 12 de mayo, es una de las maneras como la editorial Alfaguara celebrará sus 50 años. Será en los teatros del Canal donde los escritores dialogarán y compartirán opiniones con los lectores. Una manera de reafirmar la vocación universal, trasatlántica y de ser testigo de la literatura contemporánea.

Los festejos de Alfaguara, creada en 1964 por el constructor Jesús Huarte, bajo la dirección de Camilo José Cela y sus hermanos Juan Carlos y Jorge Cela Trulock, empezaron en diciembre pasado en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara (México). Continuaron a comienzo de año con la publicación del libro Jaime Salinas. El oficio de editor, una conversación con Juan Cruz. Una edición que recupera el diseño clásico de los años 70 de Eric Satué. Se trata de una entrevista que hizo Juan Cruz, a finales de los años 90, a Salinas, uno de los editores clave en la historia de Alfaguara. En él hablan de literatura y del mundo de la edición.

Este recorrido por la historia de una de las editoriales más importantes del mundo hispanohablante lo ha hecho Pilar Reyes, su actual editora. Tras hablar de la creación del sello, Reyes ha recordado que Viaje al Pirineo de Lérida, de Cela, fue el primer título de la nueva editorial al año siguiente. Un año más tarde nació el Pre­mio Alfaguara de Novela que distingue por primera vez Las corrupciones, de Jesús Torbado; y el segundo la ganaría Manuel Vicent con Pascua y naranjas. En los 70 Camilo José Cela se va desvinculando (en el 73 se suspende el premio) hasta que en 1975 la editorial toma un nuevo rumbo bajo la dirección de Jaime Salinas, hijo del poeta Pedro Salinas. Se imprime un carácter más universal al sello y se encarga el diseño de las portadas a Enric Satué. Es el creador de una imagen de libros que la gente recuerda y conserva por su exquisitez marcada por los colores azul y gris. En 1980, Alfaguara entró a formar parte del Grupo Santillana (del Grupo Prisa, editor de EL PAÍS). En los años siguientes, y hasta hoy, fue dirigida por José María Guelbenzu, Luis Suñén, Guillermo Schavelzon, Juan Cruz, Amaya Elezcano y Pilar Reyes. Es en 1993, bajo la dirección de Cruz, cuando se lanza el proyecto de Alfaguara Global, con la edición simultánea en España y América Latina de Cuando ya no importe, la última novela que escribiría Juan Carlos Onetti.

Hoy Alfaguara cuenta con un total de 22 sedes entre España y América y publica unos 100 títulos nuevos al año. Entre su catálogo figuran autores como Gunter Grass, Julio Cortázar, John Banville, Marguerite Yourcenar, Thomas Bernhard o Juan Benet. Además de ganadores del premio como Laura Restrepo, Sergio Ramírez, Andrés Neuman, Santiago Roncagliolo y Juan Gabriel Vásquez.

En marzo la editorial anunciará al ganador del nuevo Premio Alfaguara de Novela y en la Feria del Libro de Madrid publicará una edición no venal de la historia de la editorial a cargo del periodista Jesús Marchamalo.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 19 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de febrero de 2014. Almanya

Una persona muy querida y de cuyo juicio me fío me regaló unos DVDs que supuso que no tendría. Esta vez no hube de pagar aduanas, aunque sin duda estamos cerca de que Rajoy y Montoro graven los presentes que nos hacemos unos a otros. De hecho –imagino que lo saben–, si ustedes les dan a sus sobrinos o hijos un dinerillo sin informar a la rabiosa Hacienda y sin que los chicos tributen por él, ya están incumpliendo las abusivas leyes que no se entiende cómo toleramos. De una de esas películas no había oído ni hablar y lo más probable es que jamás la hubiera visto. Hoy la crítica está más deslumbrada que nunca por los “ademanes de genialidad”, por quienes entregan espantos pretenciosos y solemnes, “transgresores” en apariencia, imbecilidades grandilocuentes. Y así se premia y ensalza hasta el infinito a gente malasombra y vacua como Haneke, Von Trier, el último Malick o Sorrentino, responsable de esa cataplasma enfática, La grande bellezza, ante la que babean tantos. Así que no es de extrañar que Almanya. Bienvenido a Alemania, de la turco-alemana Yasemin Samdereli, haya pasado inadvertida, o lo suficiente para que no me hubiera enterado de su existencia.

Es una película demasiado “menor” en sus pretensiones. Carece de alardes de originalidad y de posturas sublimes. Gran parte de su metraje se ve con agrado y simpatía y una sonrisa leve (ni siquiera busca la carcajada). Todo en exceso modesto para verle sus virtudes. Cuenta la historia de una familia de inmigrantes turcos a Alemania, en los años sesenta, con la llegada de los padres y los hijos aún pequeños, y en la actualidad, con los progenitores ya ancianos y los vástagos adultos, más o menos integrados. Tampoco “denuncia” nada: ni el racismo de la sociedad de acogida ni terribles condiciones laborales. Más bien presenta una situación de relativa armonía y agradecimiento mutuo entre las dos comunidades. Eso sí, sin adulación ni empalago: a los inmigrantes nadie les ha regalado nada. Tiene toda la pinta de ser un relato autobiográfico. El guión es de la directora y su hermana, cuentan la historia de sus padres o abuelos, originarios de Anatolia. Una historia como millares de otras, sencilla y sin truculencias ni aspavientos. Hay un niño de ojos muy expresivos, ya alemán de nacimiento y nieto de los inmigrantes, a través de cuya curiosidad se contemplan las dos épocas, la actual y los años sesenta. Es al niño al que se le va contando el pasado, poco a poco, para que entienda.

En la parte final (no creo reventársela a nadie, no hay misterios ni suspense, ni “giros sorprendentes”, otra de las tonterías a que los directores y guionistas de hoy están abonados) se produce una muerte natural y apacible. Eso es todo. Pero a partir de entonces Almanya adquiere un tono de emoción elegante y tenue, en absoluto subrayada ni “explotada” con trucos de mala ley, que pocas películas del siglo XXI me han transmitido. El muerto, como era de esperar, es el abuelo, el inmigrante originario, que vuelve de vacaciones al pueblo en que nació con toda la familia, poco después de haber adoptado la nacionalidad alemana. Y en su entierro hay una brevísima escena especialmente conmovedora. La cámara va pasando por todos los personajes, “desdoblados”: se ve a la viuda ya anciana sosteniendo la mano de la joven que fue, “secuestrada” para poderse casar con quien ya no existe; se ve a los hijos y a la hija adultos con las manos sobre los hombros de los niños que fueron, y que hemos conocido en los flashbacks, a su llegada al nuevo país, con su estupor ante las costumbres de sus empleadores o anfitriones. Todos lloran o rezan silenciosamente, con contención, sin excesos.

Es una panorámica tan sólo, la escena no dura nada. La idea no será ni original, no me atrevo a decir que no se haya hecho eso antes. Da lo mismo: muestra con sobriedad lo que nos ocurre a todos cuando perdemos a alguien de nuestra vida: los recuerdos se agolpan, el tiempo se comprime, de pronto no hay distancia entre el presente y el pasado. Y el adulto de ahora compadece y “protege” al antiguo joven o niño, al que no habría soportado la idea de ver morir a los padres; y, a su vez, el niño al que eso no le pasó compadece y “protege” al adulto que es ahora, al fin y al cabo el que está sufriendo la pérdida. Cuando ya puede encajarla, si es que eso puede encajarse. Bueno, sabemos que sí, en apariencia al menos. Pero en el fondo resulta incomprensible que sea posible seguir sin quienes constituían desde siempre el mundo, el de cada uno. Que no se paren todos los relojes, como dice el poema de Auden popularizado por otra película, Cuatro bodas y un funeral, hace años. La voz de otra nieta, joven, termina recitando la respuesta de “un sabio” a la pregunta “Quiénes o qué somos”. (He buscado si la cita es auténtica: sólo he encontrado algo vagamente reminiscente en Teilhard de Chardin, el filósofo y teólogo.) He aquí la respuesta, según los subtítulos: “Somos la suma de todos los que nos precedieron, de todo lo que fue antes que nosotros, de todo lo que hemos visto. Somos toda persona o cosa cuya existencia nos ha influido y a la que hemos influido. Somos todo lo que ocurre cuando ya no existimos, y todo lo que no habría sido si no hubiéramos existido”. Verdadera o inventada, no está mal para terminar una película tan serena, delicada, emotiva y modesta como para que casi nadie le haya hecho mucho caso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de febrero de 2014

Edición italiana de ‘Mientras ellas duermen’

MED Italia

MENTRE LE DONNE DORMONO
JAVIER MARÍAS
Traduzione di Valerio Nardoni
Einaudi, 2014

Figure evanescenti, ambigue – fantasmi, spie, guardie del corpo, sosia, criminali – infestano i racconti di Javier Marías, ognuno con il suo segreto, ognuno con la sua ossessione o maledizione (ammesso che, nella vita come nel suo proseguimento spettrale, sia possibile distinguere le due categorie). Ma alla fine il posto da cui tutti loro rifiutano di andare via, impossibili da cancellare, è la nostra memoria di lettori.

Un fantasma degli anni Trenta piú spaventato dei malcapitati a cui compare, un capitano dell’esercito di Napoleone durante la campagna di Russia, il protagonista de L’uomo sentimentale ritratto quando era ancora bambino, un maggiordomo bloccato in un ascensore, un caso di «doppio» a Barcellona che porterà alla rovina, un caso di «doppio» in Inghilterra che porterà all’orrore, un «ciccione schifoso» in adorante contemplazione di una donna dalla bellezza tanto ideale da apparire irreale… Sono solo alcuni dei personaggi di questi racconti scritti nell’arco di trent’anni che testimoniano un percorso narrativo in costante ascesa: superbo tessitore di romanzi, anche monumentali, Javier Marías dimostra di saper raggiungere, nello spazio di poche pagine, un grado di tensione e profondità degno dei grandi maestri della forma breve, senza rinunciare alla scrittura sensuale e meditativa che ne ha fatto uno degli scrittori contemporanei piú amati nel mondo.

JM BY NMarías prima che diventasse Marías

Non è scontato che un grande romanziere sia anche un grande autore di racconti. Nel caso di Javier Marías, però, la grandezza sembra avere a che fare solo col fatto stesso di scrivere: vale per i romanzi di sempre, vale per i saggi, vale anche per i racconti. Einaudi ha appena pubblicato la prima raccolta dello scrittore spagnolo, uscita in patria nel 1990. Si intitola Mentre le donne dormono (traduzione di Valerio Nardoni), e contiene dodici storie poco meno che perfette.

L’indagine introspettiva e psicologica è ciò che caratterizza maggiormente la narrativa di Marías, e quasi per paradosso pare che accadano più cose in questi pochi racconti che nei suoi formidabili romanzi. La cosa più impressionante, ad ogni modo, è la sua abilità nel maneggiare diversi registri, diversi ritmi e diverse profondità. Sarebbe difficile appaiare per stile e spessore due dei racconti di Mentre le donne dormono, ma allo stesso tempo esiste come uno spirito sotterraneo che fa di questi frammenti un corpo unico in grado di muoversi e comunicare da solo.

L’ossessione per la morte e per le infinite possibilità del caso, proprie del grosso dell’opera di Marías, emerge limpidamente in quest’antologia che dopotutto, cronologicamente, anticipa la maggior parte dei suoi lavori migliori. La morte, il tempo, i fantasmi, l’antitesi quasi ontologica tra Madrid e Barcellona, il tema del doppio e la forza e la fragilità delle donne: tutto, in una maniera o nell’altra, sarebbe tornato più avanti.

Molto semplicemente, leggere Marías è un piacere enorme. In questi racconti gioca coi paradossi del vivere e del morire, con le paranoie degli uomini, e naturalmente con la letteratura. Ogni volta adopera tratti diversi, come un pittore che si volesse cimentare con tutta la sua scorta di pennelli e colori per illustrare una processione di vicende fatte di rompicapi e inganni. E omaggia, in via diretta (il vorticoso e benetiano Le dimissioni di Santiesteban dedicate a Juan Benet) o indiretta (lo spettro di Zapata di Saranno nostalgie, che chiude la rassegna, potrebbe essere uscito da una storia di Gabo Márquez), e lascia sempre qualcosa in sospeso, come i grandi illusionisti sanno fare.

Mentre le donne dormono è Marías che era già Marías prima che diventasse Marías, ma questo in fondo è solo motivo di curiosità. Il valore di questi racconti appartiene appieno a essi stessi, per ciò che dicono e per come lo dicono. Un recupero doveroso, a un quarto di secolo di distanza, e di cui essere ben felici.

GIOVANNI DOZZINI

Europa, 6 Febbraio 2014

Quando le donne dormono

Javier Marias e’ uno degli scrittori contemporanei più’ amati e apprezzati dal pubblico, le sue opere sono tradotte in tutto il mondo, vincitore di prestigiosi premi letterari come il Romulo Gallegos e il Prix Femina Etranger con “Domani nella battaglia pensa a me” e nel 2011 l’italiano Premio Nonino. In questi giorni in libreria con l’editore di riferimento, ma nella collana di tascabili L’arcipelago Einaudi, la raccolta di racconti “Mentre le donne dormono” con traduzione di Valerio Nardoni, uscito in patria nel 1990 con titolo originale “Mientras ellas duermen”.

Dodici piccoli capolavori letterari che hanno il potere, allora di anticipare, oggi di confermare, le grandi doti letterarie di questo straordinario personaggio della cultura, autore di romanzi, saggi e traduttore di classici. Marías da voce a tutti i temi a lui più cari e che ben si adattano alla pur breve dimensione del racconto: l’ossessione per la morte, il caso, i fantasmi, il tragico, l’ironia, il doppio, senza comunque venir meno a una profonda indagine psicologica e introspettiva dei personaggi. Quel suo stile inconfondibile nel lasciare sempre un finale sospeso, un gioco da abile illusionista che spiazza. Omaggi, per Juan Benet ne “Le dimissioni di Santiesteban” son quelle che ogni notte affigge un fantasma in un istituto di Madrid, un enigma che nessuno è riuscito a risolvere ma che alla fine al contrario si duplicherà. “Portento, maledizione” un racconto che ha la forza di un romanzo, diviso in capitoli , dove la natura psicologica di un rapporto prevale su tutto il resto. In “Gualta” un caso di doppio, due biografie a confronto, due città a confronto Madrid e Barcellona, e tante ipotesi nel finale.

E ancora in “Mentre le donne dormono” il racconto contemporaneo di un uomo di mezza età ossessionato da una donna che ha conosciuto bambina che filma in continuazione per conservarne l’ultima immagine. Infine in “Saranno nostalgie” l’apparizione del fantasma di Emiliano Zapata con i vestiti trivellati dai colpi, durante le letture ad alta voce in casa di una vecchia signora di Veracruz, e ancora dopo la sua morte tornerà ogni mercoledì, ” forse da Chinameca, assassinato, triste e sfinito”. Sono solo alcuni di questi preziosi assaggi di una scrittura già matura e che si appresta a conquistare il favore dei lettori. Colmando un vuoto, oggi a un quarto di secolo, nel terreno accidentato del genere “racconto”.

SEBASTIANA GANGEMI

Stamp Toscana, 8 Febbraio 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de febrero de 2014. Juro no decir nunca la verdad

Recuerdo haberle oído decir a mi padre –y además lo contó en sus memorias, Una vida presente– que, siendo aún bastante niño, se hizo el firme propósito de no mentir jamás. Le parecía algo tan indigno y tan sucio que se lo prohibió, pese a que los niños suelen estar muy necesitados de mentir. Presumía de haber cumplido la palabra que a sí mismo se había dado, lo cual veo improbable a lo largo de los noventa y un años que vivió, pero no soy quién para llevarle la contraria, ni lo sería nadie, claro está. De lo que no dudo es de la seriedad de su objetivo infantil, y por tanto estoy seguro de que, si mintió en ocasiones, debió hacerlo à contrecœur, violentándose y a sabiendas de que eso era impropio de él. Debió evitarlo lo más que pudo, en todo caso. Si uno se convence de antemano de que quiere o no quiere hacer algo, le costará más contravenirse, y hasta puede que el arraigo de su intención acabe impidiéndole apartarse de ella en cualesquiera tiempo y lugar.

¿Qué sucede en el supuesto contrario? Es decir, ¿en el de alguien que se traza como modelo de conducta mentir y engañar? En principio no parece fácil hacerse semejante propósito, y sin embargo da la impresión de que hay individuos tan acostumbrados al embuste que les resulta imposible incurrir en la verdad, ni siquiera como excepción. Todavía más llamativo es que existan colectivos entregados al engaño sistemático y perpetuo, como si no imaginaran otro modo de relación. Tales colectivos los encontramos sobre todo en el mundo de la política, en el que un empeño como el de mi padre sería impensable, inhabilitaría al que lo tuviera para entrar en él. De hecho se da por descontado que todos los políticos mienten y engañan, y que no les queda más remedio. En consecuencia, se les presupone y acepta un alto grado de falsedad: va en el oficio. Pero en España tenemos desde hace años un caso malévolo, precisamente el del partido que nos gobierna en la actualidad.

Hay un redactor de El País cuyas crónicas no suelo perderme, Carlos E. Cué. Es el encargado, infiero, de indagar e informar sobre las interioridades de dicha formación. A menudo se ve obligado a callar los nombres de quienes se confían a él: “Dice un dirigente…”, “Opina un veterano diputado…”, son las fórmulas habituales. Su crónica del pasado 6 de enero no tenía desperdicio. Si damos su contenido por cierto, el PP, con su proyecto de ley del aborto, que muchos consideran inoportuno, contraproducente y erróneo, está tratando de halagar al núcleo de sus votantes de extremísima derecha radical (dado que Rajoy y sus ministros ya son de extrema derecha cuasirradical), a fin de que se movilice y acuda a las urnas en las elecciones europeas de mayo, comicios en los que se produce siempre una elevadísima abstención.

Pero lo más probable es que, una vez conseguidos esos votos de los ultracatólicos y nostálgicos de Franco, la mencionada ley sufra modificaciones, se suavice y renuncie a prohibir la interrupción del embarazo cuando hay grave malformación del feto. Es decir, se estaría engañando a esos votantes extremistas para que estén contentos hasta la fecha de las europeas, y después no importaría enojarlos. Daría lo mismo que se sintieran defraudados, porque su voto útil ya estaría depositado en las urnas y no tendría vuelta atrás. Según Cué, “un miembro de la cúpula” le ha reconocido: “Está claro que esta ley se ha hecho para gustar a una parte poco relevante de nuestro electorado. El resultado de las europeas nos mostrará si esa estrategia acertó”.

El PP se inició en el engaño y la mentira –al menos de manera flagrante– en 2003, con sus probadas falacias sobre Sadam Husein y la Guerra de Irak. A partir de ahí ya vivió en eso, con la apoteosis de las falsedades sobre los atentados del 11-M, que le costaron el gobierno en 2004. Lejos de aprender la lección y enmendarse, parece un partido que se hubiera hecho el propósito contrario al de mi padre: “Vamos a mentir siempre, incluso a los más nuestros”. Algo enfermizo.

Uno entiende que el último programa electoral de Rajoy consistiera en un cúmulo de embustes. “Crearemos empleo; no tocaremos las pensiones; no subiremos los impuestos; habrá sanidad y educación públicas al alcance de todos; mi niña cursi gozará de libertades y derechos, vivirá en un país siempre mejor, etc”. Bien, con todo eso se pretendía convencer –y se convenció: mayoría absoluta– a los indecisos, a los crédulos, a los ingenuos y al electorado “de centro”; al que vota según las circunstancias, al que no es muy militante, a la gente normal.

Uno no aprueba, pero entiende que a esos se los procure engañar. Lo que ya no le entra en la cabeza es que se intente lo mismo con los adeptos, con los fieles y fervorosos, con los incondicionales. “Vamos a camelar a estos con leyes franquistas y represivas para que cierren filas en mayo y nos voten en las europeas, y luego les vendremos con las rebajas y la decepción; si se enfadan, ya se nos ocurrirá más adelante otra trampa, andamos sobrados de ellas”. Sólo se concibe tal actitud en quienes están tan instalados en la mentira que en verdad no saben relacionarse de otra forma con nadie, ni siquiera con ellos mismos. Como si, al revés que mi padre de niño, hubieran desarrollado tal aversión a la verdad que se hubieran hecho el juramento demente de no decir ni una jamás, así los aspen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 2 de febrero de 2014. Un matrimonio invisible y encantador

No los conozco ni los he visto ni en foto, a Hubert y a Merry, pero cada Navidad se me hacen presentes con el envío de un gran paquete lleno de variados y estrafalarios regalos, a los que correspondo como puedo, con algún libro mío traducido al inglés. Me adjuntan siempre una cariñosa tarjeta que encabezan de la misma manera: “Dear King Xavier”, es decir, “Querido Rey Xavier”, y son una herencia del anterior Rey de Redonda, Jon Wynne-Tyson o Juan II, que abdicó en mi favor allá por 1997, si no recuerdo mal. (No las pongo para no recargar este texto, pero todas esas palabras, “Rey”, “abdicar” y demás, deben imaginarse entre comillas.) Algunos lectores conocerán la leyenda de ese Reino medio real y medio fantasmagórico, a la vez geográfico y literario (la isla existe), que no se hereda por la sangre sino por las Letras. Los que no, y tengan curiosidad, encontrarán abundante y contradictoria información al respecto en Internet, incluida no poca que me tildará de impostor. Hubert y Merry pertenecían a la corte de Wynne-Tyson, y, al saber de la sucesión (no olviden las comillas, por favor), empezaron a felicitarme las Pascuas con generosidad e impecable sentido de la lealtad dinástica.

isla (1)No sé apenas nada de este matrimonio norteamericano. Sólo que antes vivían en California y ahora en Texas. Quizá por la edad del propio Wynne-Tyson, que este año cumplirá noventa, me los imagino mayores, apacibles y jubilados, con tiempo para escoger los regalitos que me envían puntualmente, envolverlos con esmero uno a uno, llenar la caja y llevar ésta a Correos en diciembre. Les agradezco sobremanera el detalle y la gentileza, pero cada vez me quedo más perplejo con los contenidos de su paquete. Me pregunto si me echarán una edad muy distinta de la que tengo o me creerán rodeado de niños, porque nunca faltan algunos juguetes originales. La mayoría de los objetos, sin embargo, son cosas “útiles”, sobre todo para un montañista, un espeleólogo o un explorador: imaginativas linternas y lamparillas, una diminuta dinamo para recargar el móvil manualmente, a falta de enchufes, alguna prenda (llamémoslas así) que me provoca estupor: una toalla, una manta, un mantel, una camisola que me quedaría inmensa. Estas Navidades apareció una sudadera de forro polar, con su capucha y de color rojo rabioso, tal vez indicada para viajar a Alaska o hacer alpinismo, no lo sé. Antes de buscarle un destinatario (mi sobrino Gabriel es escalador, y le han sido adjudicados varios obsequios de Hubert y Merry), no crean que no me la probé a ver si podía sacarle partido o lucirla por las calles de Madrid. Con la capucha calada como si fuera Bruce Willis –alguien lo ha convencido de lo mucho que lo favorece este aditamento, por la frecuencia con que en sus películas aparece con él–, me miré al espejo: vi un cruce entre Caperucita Roja y el Yeti que me desaconsejó honrar la prenda personalmente, no sin dolor de mi corazón.

Recuerdo que en el primer envío, hace ya más de un decenio, venían varios objetos de una “Fundación Richard Nixon”, que debía de tener su sede en la misma población en que Hubert y Merry vivían entonces. No fue Nixon un Presidente agradable: hubo de dimitir por mentiroso empedernido, extravagante como suena eso en nuestro país. Pero bueno. Había una gorra azul marino con larga visera que ponía “Commander in Chief”, y también resultaba visible el oprobioso nombre. A diferencia de la sudadera escarlata, la gorra sentaba muy bien, así que se la pasé a Carme, más atrevida que yo, quien se la encasquetó ufana en más de una ocasión, convencida además –con razón– de que le quedaba “de fábula”. Luego, por desgracia, se la robaron o la perdió.

Este diciembre también han llegado una “lámpara de fibra óptica” que al parecer derrama colores; un par de paquetes de pilas para encenderla, imagino; un boli de un equipo de baloncesto texano; otra linterna de incomprensible diseño; un punto de libro en el que se ve caminar a una osa y a sus dos crías cuando se lo mueve; una bola de nieve cuyo cristal se había roto en el viaje, con una sillita de director de cine y un cartel que reza “Hollywood”, donde no ha debido de nevar jamás; un “mango con punta de dos lados” que no tengo idea de para qué sirve ni qué es. Siempre hay algo cuya utilidad ignoro, aunque todo tiene pinta de ser muy ingenioso. Esta vez, sin embargo, Correos me amargó el paquete. No se sabe por qué (cuando llegó yo estaba fuera y fue Juliana, la portera, quien lo recogió), el cartero exigió el pago de 25 euros por él. ¿Aduana? No sé: la lista de los contenidos, en una hoja rellenada por Hubert y Merry, señalaba que su valor total ascendía a la módica cantidad de 41 dólares. Y además eran regalos, no una compra que yo hubiera hecho.

Bueno, ya se sabe que Rajoy y Montoro nos sacan el dinero a espuertas con enfermiza avidez (en la televisión ya les veo este signo en los ojos: $, no falla). Así que les he dicho a Hubert y a Merry que el año próximo me conformo con su afectuosa tarjeta navideña. No vale la pena que unos jubilados lejanos y amables me dediquen tiempo y dinero para que su gentileza me cueste a mí dinero también, y se lo embolse Rajoy. Ya lo ven, este Gobierno está decidido a que renunciemos a todo, incluso a los estrafalarios y bondadosos regalos de ese matrimonio encantador.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de febrero de 2014

Marías enamora a los Estados Unidos

LE USLos enamoramientos de Javier Marías finalista del National Book Critics Circle Awards

Los enamoramientos, de Javier Marías, ha sido seleccionada una de las cinco finalistas del National Book Critics Circle Awards como mejor novela publicada en Estados Unidos en 2013.

El National Book Critics Circle Awards, fundado en 1974 en el Hotel Algonquin, está considerado como uno de los premios más prestigiosos de las letras americanas, y es el único galardón otorgado por un jurado compuesto por más de 600 críticos y directores de suplementos y revistas literarias. El premio -que en anteriores ediciones han ganado autores como Ian McEwan, Alice Munro, Roberto Bolaño, Cormac McCarthy y John Cheever, entre otros- se fallará el próximo 13 de marzo.

Además, Los enamoramientos, de Javier Marías, fue seleccionada por el diario The New York Times entre las 100 mejores obras de ficción de 2013. La novela se publicó este verano en Estados Unidos y en las primeras semanas apareció en las principales listas de los libros más vendidos y fue, además, portada de The New York Times Book Review. La crítica ha acogido Los enamoramientos con gran entusiasmo:

«Sea lo que sea que creamos que vaya a suceder mientras leemos, estamos eligiendo pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión; su mente es profunda, aguda, a veces chocante, a veces hilarante, y siempre inteligente […]. Macbeth nos recuerda que Shakespeare no trazaba distinciones fastidiosas entre misterios sobre asesinatos y alta literatura, y no hay razón para que Marías tampoco lo haga […]. Tiene una empatía penetrante… Para sus seguidores habituales, Los enamoramientos será otro feliz desembarco de Marías; para el nuevo lector es tan buen punto de partida como cualquier otro de sus libros.»

The New York Times Book Review

«Es fácil entender por qué el nombre de Javier Marías se menciona a menudo en las discusiones sobre los potenciales ganadores del Premio Nobel de Literatura ya que Los enamoramientos aborda temas que atacan al corazón mismo de la condición humana. Marías entrelaza argumentos filosóficos, literatura clásica y conversaciones tanto reales como imaginadas que dan forma a una caleidoscópica obra de arte. Un libro para ser saboreado, discutido y releído.»

The Gazette

Los enamoramientos fue elegida mejor libro del año por Babelia en 2011 y recibió el XIV Premio Qué Leer que otorgan los lectores de esta revista literaria. Los enamoramientos ya se ha traducido o está siendo traducida a un total de 29 lenguas.

Alfaguara

Enam

Los enamoramientos, de Javier Marías, finalista al premio de la crítica en EE UU

Los enamoramientos, la última novela de Javier Marías, sigue su éxito imparable de público y crítica: es una de las cinco finalistas al National Book Critics Circle Awards de Estados Unidos en el año 2013. Una selección hecha por 600 críticos y directores de suplementos y revistas literarias cuyo ganador se dará a conocer el 13 de marzo. “Ha sido una agradable sorpresa que no hubiera imaginado y que considero un honor”, cuenta el escritor madrileño.

En esta edición, Marías es el único hombre entre los finalistas y su obra la única traducida. Junto a él figuran las escritoras Chimamanda Ngozi Adichie, por Americanah (que en marzo publicará Random House); Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the Time Being, y Donna Tartt por El jilguero (que en marzo publicará Lumen). Una situación, asegura Marías, que “no tiene mucho de particular porque las mujeres han adquirido mayor visibilidad y muchas con una gran calidad literaria, además de ser las que más leen en todas partes”.

La elección de Los enamoramientos como una de las cinco mejores novelas, por parte de los críticos, no deja de sorprender al escritor español, teniendo en cuenta que en Estados Unidos solo se traduce el 3% de su producción editorial. En su caso, 14 de sus libros como Tu rostro mañana, Corazón tan blanco y Todas las almas.

La historia de Los enamoramientos (traducida ya a 29 idiomas), narrada por María Dolz, cuenta los hechos trágicos y misteriosos de una muerte y los diferentes estados y estadios que se vive alrededor del enamoramiento, a la vez que aparecen temas como la impunidad, el azar, las relaciones, la mentira y, claro, el tiempo. La novela, publicada el verano pasado en Estados Unidos, recibió las mejores críticas de los medios como quedó patente en la portada de The New York Times Book Review.

Javier Marías, que está en la última fase de su nueva novela, dice que no le preocupa si gana o no porque el estar en esa selección, insiste, ya es un honor y cree que las posibilidades son pocas.

Los National Book Critics Circle, creados en 1974 reconocen las obras en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos. Solo una novela en español ha obtenido ese premio en sus 40 años: Roberto Bolaño por 2666. Entre los ganadores figuran escritores como Alice Munro, Philip Roth, Cormac McCarthy, Louise Erdrich, Ian McEwan y John Cheever.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 29 de enero de 2014

La Vanguardia

Abc

El Universal

Europa Press

Tele Cinco

Diario Vasco

Diario de León

El Diario

La Nueva España

Euronews

LA ZONA FANTASMA. 26 de enero de 2014. Entre el ridículo y la mansedumbre

Algunos lectores saben que cada dos por tres me pregunto qué diablos llevo haciendo tanto tiempo en esta última página de El País Semanal. Pero hay dos fechas al año en que de veras me planteo dejarla: una es cuando acaba el “curso” en julio y me tomo mi asueto de agosto; la otra es enero, por aquello de los buenos propósitos. Entre los míos siempre se cuenta, durante unos días y en forma de duda, el de callarme de una vez. Y a cada enero la tentación es más fuerte, aunque sólo sea por la acumulación del cansancio (a los once años aquí hay que sumar los ocho anteriores en que también escribí cada domingo en otro lugar; luego diecinueve en total). Además, ya lo decía hace poco la carta publicada de un lector tan amable que incluso me llamaba “Don Javier”: “… es como si predicase en el desierto; parece que nadie le hace el menor caso…” Bueno, sería pretencioso aspirar a lo contrario, supongo, pero la constatación lo lleva a uno a preguntarse –y a extender la pregunta a todos los demás escritores y columnistas–: “¿Qué pretendemos, entonces? ¿Distraer, acompañar en la indignación, consolar, halagar, desahogarnos, amargar el desayuno a algunos políticos, financieros, empresarios, jueces?”

Tampoco ayudan a proseguir las declaraciones que leo de un novelista que aprecio, el cual, interrogado por el papel de los intelectuales ante las actuales crisis, responde: “No tienen ningún papel. Es ridículo pensar que sí, que pueden influir en nada. Seamos sinceros: el poder es poder porque no cuenta con nadie. Por tanto, todo el que desde un lateral intente influir es ridículo. El escritor libre, el que no está relacionado con una opción política, no influye”. Y remata así: “Lo que digo es que, si el alcalde dice que hay que hacer el puente, el puente se hace. Digan lo que digan los intelectuales”. En esto último no me cabe duda de que lo asiste la razón, y aún habría que añadir: “Digan lo que digan los ciudadanos”. Esa es la manera en que se ejerce normalmente el poder en España en la actualidad –puro caciquismo–, y más si se posee mayoría absoluta. ¿O no salta a la vista que es la forma de gobernar del PP, de CiU, del PNV, del PSOE, con distintos grados? ¿No es evidente que Rajoy se dijo, al ganar las elecciones: “Dispongo de cuatro años para hacer lo que me dé la gana. No me importa incumplir mis promesas y engañar, me trae sin cuidado a quién dañe y a cuántos, el perjuicio irreversible que cause a mi país. Voy a poner España a mi gusto y al de los míos, en contra de la opinión de los médicos, los profesores, estudiantes y rectores, los jueces y fiscales, los pensionistas, los trabajadores, las clases medias, los pequeños empresarios, los artistas, los científicos, los investigadores, los parados, los dependientes, las mujeres y no digamos los intelectuales. Ya se me ocurrirá un nuevo fraude, cuando toque volver a votar”?

Respecto a las otras afirmaciones de ese novelista, uno no quiere pensarlo, pero no puede evitar pensarlo un poco, de refilón: ¿acaso no suenan a autojustificación? Puesto que es ridículo creer que desempeñamos algún papel, lo es también pronunciarse, acusar a los corruptos y a los sin escrúpulos y a los dañinos, denunciar los abusos y las injusticias y las canalladas, tratar de abrir los ojos a quienes los tienen cerrados, procurar que la gente repare en lo que se le ha pasado por alto, argumentar contra las arbitrariedades, señalar las prácticas dictatoriales ejercidas en democracia (las hay, y de ellas vengo hablando hace meses), protestar contra las nuevas leyes que privan de derechos y libertades, advertir del deslizamiento hacia formas despóticas de gobernar. Lo aconsejable –y también lo más cómodo– es no caer en ese ridículo, o bien dejar de ser “escritor libre” y ponerse al servicio de “una opción política” determinada. Es decir, convertirse en peón, alfil o torre de un partido, única vía para “influir”. No por intelectual, se entiende, sino por infiltrado: por formar parte del aparato y del engranaje.

¿Servimos de algo o somos efectivamente ridículos? ¿Deberíamos continuar o guardar silencio? Son dudas reales, no retóricas, ojo: no descarto que ese reputado novelista esté en lo cierto. Claro que luego hay otros a los que, para realzarse, les conviene faltar a la verdad y asegurar que ninguno de sus colegas ha estado a la altura. Si hablamos caemos en el ridículo, y si no, nos portamos como cobardes e incurrimos en mansedumbre. Yo carezco de respuesta a este dilema, y además sería parte interesada. Admito que tal vez no influimos y que nuestros pataleos son estériles. Pero de una cosa estoy seguro: ay si ni siquiera existiésemos, si nadie dijera nunca nada, si no incomodáramos e hiciéramos rabiar un poco a los políticos que nos acogotan y que además quieren aplausos. La única prueba que veo de nuestra no absoluta inutilidad es que esos políticos, que desde luego no nos hacen caso y se encogen de hombros ante nuestros griteríos, preferirían a buen seguro que desapareciésemos. Que no llamáramos la atención de quienes se molestan en leernos, ni los hiciéramos pensar, o mirar lo que pasa desde otro punto de vista del impuesto por los gobernantes, todos los días, con las televisiones a sus pies. Que no señaláramos sus abusos y sus imbecilidades, su cinismo y su desfachatez, sus razonamientos grotescos que ya no tratan ni de adecentar. Ay si además de ocurrir cuanto ocurre, uno abriera los periódicos y no se encontrara en ellos más que asentimiento e indiferencia y silencio, solamente por temor al ridículo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de enero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 19 de enero de 2014. Pequeño comentario de texto

Hay énfasis que delatan, rotundidades que llevan a no creer a quien incurre en ellas. Cuando alguien subraya demasiado, tengo tendencia a pensar que está mintiendo. Cuando repite la misma frase tres veces, como suelen hacer tantos políticos, aumenta mi convencimiento de que la triple afirmación o negación es una falsedad palmaria. Claro que no es una regla, uno puede equivocarse. Es sólo una impresión, y rara vez se puede comprobar lo acertado o equivocado de ella. Ciertos énfasis, sin embargo, son tan retorcidos e inauditos que merecen un pequeño comentario de texto. Esperanza Aguirre respondió el mes pasado –bueno, es un decir–, por escrito y en calidad de testigo, a 300 preguntas relacionadas con la trama Gürtel, que durante su presidencia logró la concesión de casi todos los actos de la Comunidad de Madrid y ganó muchísimo dinero. Tanto que al parecer le pagaba un 10% de mordida a Alberto López Viejo, viceconsejero de Presidencia y luego consejero de Deportes durante años. El hombre no perdonaba un “evento”. Cito de este diario: “Cobraba por todo. Daba igual el importe o de qué fuera el acto. Así, llegó a cobrar por la organización en 2005 del primer aniversario de los atentados del 11-M (2.848,27 euros) o por la del décimo del asesinato de Gregorio Ordóñez (127,10)… Y no había cantidad pequeña ni grande (10,51 por aquí, 27.995,16 por allí)”. Se calcula que se embolsó más de 282.000 por 257 (!) mordidas madrileñas. Claro que esto es nada al lado de los 5,6 millones de euros que acumuló en cinco años, así repartidos: 2,3 millones en 2002; 399.000 en 2003; 79.000 en 2006; 115.000 en 2007; 2,77 millones en 2008. Como diputado y cargo público, dependiendo de los ejercicios, declaraba unos ingresos de entre 61.000 y 103.000 euros anuales.

El individuo está imputado por su implicación en el presunto cobro de comisiones ilegales (la verdad, no extraña), y a Esperanza Aguirre se le preguntó por él (tampoco extraña). Y he aquí la respuesta de la ex-Presidenta, digna de análisis: “No era en absoluto hombre de mi total confianza”. Les ruego que la relean y se fijen en el absurdo que entraña. Lo normal habría sido decir una de tres: a) “No era de mi confianza” (pero entonces no se entendería que lo recuperara para su Gobierno, tras haberse caído del de Gallardón en el Ayuntamiento); b) “No era en absoluto de mi confianza” (pero aún sería más incongruente su debilidad por él); c) “No era de mi total confianza” (lo cual indicaría que se la tenía tan sólo parcial o relativa). Lo que Aguirre dijo es un contrasentido, una idiotez. Para evitar las inferencias que acabo de mencionar, recurre a una doble exageración o doble énfasis: “No era en absoluto de mi total confianza”. Contradicción en los términos: si López viejo no era de su total confianza, se deduce que alguna le merecía, por fuerza; ese en absoluto, por tanto, niega lo que ella afirma. No es posible tener una confianza parcial en alguien y a la vez no tenerla en absoluto. “En absoluto era total”, es lo que viene a decir la señora. ¿Y qué diablos era, entonces?

Pero veamos qué más declaró sobre su ex-viceconsejero y ex-consejero. Que ella no lo nombró, sino “el Consejo de Gobierno” (presidido por ella). Y añadió: “Yo no lo puse en la lista. Yo no lo incorporé”. Tampoco despachó “nunca” con él la organización de ningún acto. Una vez estallado el escándalo, le pidió que le aclarase si el Grupo Correa se estaba llevando todos los contratos de “eventos” de la Comunidad. “Yo no prohibí nada”, reconoció. “Llamé a López Viejo a mi despacho y le pregunté: ‘¿Es esto cierto?’ y él: ‘No, Presidenta. Muy al principio de llegar aquí se les encargó algo, pero ya nada. Ahora se les encargan los actos a…’, y me da una serie de nombres”. Y ella –subrayó– le creyó. (No olviden que “algo” fueron por lo menos 257 mordidas.) ¿Esperanza Aguirre una crédula, una prima, una pardilla? No sé yo. Y eso pese a que el sujeto no era en absoluto de su confianza. Ah, no, perdón: … de su total confianza. Lo raro es que, según El Mundo en 2009 (un diario casi incondicional de ella; los subrayados son míos), López Viejo “fue rescatado por Aguirre, que, tras investigarlo, decidió meterlo en sus listas a las elecciones. Desde entonces se convirtió en uno de sus hombres fuertes… Las acusaciones de irregularidades dejaron finalmente a López Viejo sin una consejería propia, como tenía pensado para él Aguirre, que lo nombró viceconsejero de Presidencia. Llevaba la agenda de Aguirre y hacía las veces de su guardaespaldas –algún que otro periodista se llevó algún empellón suyo–… En 2007 lo nombró consejero de Deportes, una cartera de nuevo cuño sin competencias, pero que le dio notoriedad al salir fotografiado con deportistas de élite”. Ustedes dirán quién ha mentido, si los diarios o Aguirre ante el juez Ruz, y por escrito (“Yo no lo nombré, no lo incorporé, no lo puse en la lista”).

Creo que hace muchos años crucé un par de cartas con López Viejo, cuando era Concejal de Limpieza Urbana y Desarrollo en la alcaldía de su mentor Álvarez del Manzano, a la que llegó en 1999. Tendría que buscar las suyas (¿quizá otro día?), pero recuerdo que las chorradas con que contestó a una protesta mía fueron tales que lo “fiché” ya como caradura y cantamañanas, indigno de la menor confianza. Curioso que, tras investigarlo y todo, Esperanza Aguirre llevara a sujeto tan transparente a su equipo y le creyera, pese a no ser en absoluto de su total confianza. Claro que sí lo era parcialmente,… y vuelta a empezar con el sinsentido.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de enero de 2014

 

‘The Infatuations’ finalista de The National Book Critics Circle Awards

T I camisa
NATIONAL BOOK CRITICS CIRCLE ANNOUNCES ITS FINALISTS FOR PUBLISHING YEAR 2013
The National Book Critics Circle today announced its 30 finalists in six categories -autobiography, biography, criticism, fiction, nonfiction, and poetry- for the best books of 2013. The winners of an additional three prizes were announced as well. The National Book Critics Circle Awards, founded in 1974 at the Algonquin Hotel and considered among the most prestigious in American letters, are the sole prizes bestowed by a jury of working critics and book-review editors. The awards will be presented on March 13 at the New School, in a ceremony that is free and open to the public.

NATIONAL BOOK CRITICS CIRCLE FINALISTS, PUBLISHING YEAR 2013:

FICTION

Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah (Knopf)
Alice McDermott, Someone (Farrar, Straus & Giroux)
Javier MaríasThe Infatuations, translated by Margaret Jull Costa (Knopf)
Ruth Ozeki, A Tale for the Time Being (Viking)
Donna Tartt, The Goldfinch (Little, Brown)

Más información

ABOUT THE NATIONAL BOOK CRITICS CIRCLE

The National Book Critics Circle was founded in 1974 at New York’s legendary Algonquin Hotel by a group of the most influential critics of the day, and awarded its first set of honors the following year. Comprising nearly 600 working critics and book-review editors throughout the country, the NBCC annually bestows its awards in six categories, honoring the best books published in the past year in the United States. It is considered one of the most prestigious awards in the publishing industry. The finalists for the NBCC awards are nominated, evaluated, and selected by the 24-member board of directors, which consists of critics and editors from some of the country’s leading print and online publications, as well as critics whose works appear in these publications.

New York, January 13, 2014

The Washington Post
Los Angeles Times
The Boston Globe
Long Island Newsday,
Khaleej Times