LA ZONA FANTASMA. 23 de noviembre de 2014. ‘Tampoco hay que ser Sherlock Holmes’

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Por culpa, o más bien gracias a Manuel Rodríguez Rivero, que me involucró en un ciclo de novela, he vuelto a zambullirme en el inagotable mundo de Sherlock Holmes. Hace ya mucho que, cada vez que en una entrevista ligera se me preguntaba qué personaje de ficción habría deseado ser respondía invariablemente con el nombre del consulting detective de Baker Street, y no creo que mi respuesta fuera hoy distinta. No tiene nada de original; es más, yo creo que casi cualquiera que haya frecuentado sus aventuras, narradas por Watson y escritas por Conan Doyle, preferiría ser él antes que otro héroe o villano: pese a sus muchas manías, a su excentricidad, a su acechante melancolía, a su llevadera afición a la cocaína, a su impertinencia, a su relativa soledad, a su falta de historias amorosas (sin lamento ni añoranza, seguramente), a su frialdad. Pero Holmes, con todo, no es inhumano, ni una mera máquina de cálculo, como alguna vez afirmó de él su creador. Lo vemos vulnerable y eso nos lleva a quererlo; lo vemos risueño a menudo, con sentido del humor y capacidad para burlarse de sí mismo; y al menos en una oportunidad lo vemos “afectado” por una mujer, la mujer, como siempre fue para él Irene Adler, personaje maravillosamente fabulado no en ningún texto sino en el cine, en La vida privada de Sherlock Holmes de Billy Wilder, bajo los rasgos de la olvidada actriz Genevieve Page.

Lo que uno envidia de Holmes es sobre todo su inteligencia y su perspicacia para ver bien y saber, que es a lo que aspiramos muchos en la vida, sobre todo en lo que se refiere a nuestras relaciones con los demás. Como es sabido, el “modelo” de Holmes en la realidad fue –si alguien– el cirujano edimburgués Joseph Bell, profesor de Conan Doyle cuando éste estudió Medicina. A la muerte de Bell, en 1911, el New York Times le dedicó una necrológica titulada “Sherlock Holmes, el original, muerto”. No sé si triste o dichoso destino, ser recordado así. En esa semblanza se recuperaba una anécdota contada por el propio Bell, en la que uno reconoce efectivamente a Holmes: “Mientras ilustraba a mis alumnos, vino una vez un hombre cuyo caso parecía muy sencillo. ‘Sin duda, caballeros’, dije, ‘ha sido soldado de un Regimiento de las Tierras Altas y probablemente miembro de la banda de música’. Señalé su contoneo al andar, característico de los gaiteros; y su corta estatura sugería que, si había estado en el ejército, habría sido en calidad de músico, a los que no se exigía tanta talla como a los combatientes. Pero resultó que era un simple zapatero y que jamás había vestido uniforme. Fue un chasco, pero yo estaba absolutamente seguro de tener razón, así que ordené a dos de mis ayudantes más fuertes que lo llevaran a una habitación contigua y lo hicieran desnudarse. En seguida detecté, bajo su tetilla izquierda, una pequeña D azul marcada a fuego, con la que se estigmatizaba a los desertores en la Guerra de Crimea y después, aunque ahora ya no esté permitido. Por eso el hombre ocultaba su paso por el ejército”.

Sí, quién pudiera averiguar tanto, y al primer golpe de vista. No es fácil saber qué nos deparará nadie, ni el mejor de los amigos. Pero, caramba, en ocasiones no es tan difícil, y uno va aprendiendo con el tiempo. Por poner ejemplos actuales, yo diría que no hace falta ser Sherlock Holmes para llevarse inmediatamente la mano a la cartera al ser presentado a los imputados de la trama Gürtel Correa y El Bigotes. Por si acaso, nada más. Tampoco hay que ser un lince, creo yo, para suponer, nada más verles la expresión y la actitud, que entre las virtudes de Blesa y Bárcenas no se hallaban la modestia ni la solidaridad ni la piedad: salta a la vista que son individuos jactanciosos, despectivos, engreídos, por no decir más. Entre todos nuestros políticos ciegos o torpes, o pardillos a más no poder, la verdad es que Esperanza Aguirre destaca como la anti-Sherlock Holmes, pese a haber estudiado de niña en el Instituto Británico. Nombró para cargos importantes a una legión de aparentes malhechores variados, se rodeó de ellos, les otorgó su confianza.

Tantos han sido (presuntamente) que más bien parecería que hubiera tenido un ojo infalible para reconocerlos y darles poder, como si cada vez se hubiera dicho: “Ah, qué magnífico espécimen de truhán, voy a ficharlo sin dilación”. Pero no; tuvo a Granados a su vera durante años, éste fue su mano derecha o izquierda, hasta le permitía abrocharle la pulsera; y ahora, de pronto, para ella se ha convertido en “este señor”, como si fuera un conocido remoto. Lo mismo con los presuntos López Viejo, Martín Vasco, Sepúlveda, Romero de Tejada o los susodichos Correa y Bigotes, que le organizaban sus kermesses, y tantos más. A su sucesor Ignacio yo no lo veo mucho más prometedor. En fin, uno intenta intuir, fijarse, adivinar. Ella no. Uno se equivoca, no es Holmes ni Bell. Pero qué quieren, por algo ha de guiarse. No logro evitar tener la impresión de que Floriano no es clarividente, de que Montoro sufrió a manos de sus compañeros durante la niñez, de que Rajoy es tan esfinge como aparenta, de que Pablo Iglesias es autoritario y taimado y nada de fiar, de que Carme Forcadell bordea la posesión (no sé si por el espectro de Wifredo el Velloso o por quién), de que Cospedal se asemeja cada día más al retrato de Dorian Gray. Insisto, son sólo impresiones, y ojalá me equivoque con todos. Ya he admitido que, por desgracia, nunca he logrado ser Sherlock Holmes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de noviembre de 2014

‘Armando a Javier Marías’, por Arturo Pérez-Reverte

Tengo una vieja relación de amistad con Javier Marías. Data de hace diecisiete años, siendo vecinos de página en XLSemanal, cuando empezamos a hacernos mutuas alusiones humorísticas que eran seguidas con regocijo por los lectores, y que se convirtieron en habituales después de un texto mío titulado Odio a Javier Marías, motivado por mi indignación cuando uno de mis artículos apareció junto a una página de publicidad que mostraba a un apuesto moro con turbante, mientras que el suyo salía junto a uno de sujetadores de señora, encarnado en un abundante y atractivo escote. Él respondió con otro artículo titulado No aguanto a Pérez-Reverte, y a partir de entonces aquella guasa nos fue acercando cada vez más, y los que antes eran simples lectores uno del otro se convirtieron en amigos.

Después, Javier pasó a escribir sus artículos semanales en el dominical de El País, y allí sigue. Pero la amistad, cuajada en largas charlas sobre películas y libros que amamos, desde John Ford a Joseph Conrad -con incursiones laterales en Senta Berger, Grace Kelly y Ava Gardner-, fue en aumento. Coincidimos después en la Real Academia Española, donde nos sentamos juntos los jueves; y de vez en cuando, al salir, nos vamos a cenar a casa Lucio, en la mesa de siempre. Casi nunca hablamos de literatura; y, desde luego, nunca de literatura actual. A veces dejamos asomarse al otro a la novela que escribe cada cual, aunque para eso él es mucho más hermético que yo. Lo que a menudo sale a relucir son esos libros que ambos leemos y releemos desde que éramos niños, que son realmente el territorio donde, tan distintos como somos, Javier y yo nos reconocemos. Quizá por eso dije alguna vez que nuestra diferencia y afinidad provienen de lo mismo: vimos de pequeños las mismas películas, leímos los mismos tebeos y los mismos libros, pero él quiso escribirlos, y yo vivirlos. Y es ahora cuando nos encontramos de nuevo, cada uno con la mochila bien llena, de vuelta de la isla de sus propios piratas.

El jueves pasado hablamos de la Italia que nos gusta, de Christopher Lee y Billy Wilder, del amor y el trabajo en la madurez, de lo sereno y feliz que lo veo en los últimos tiempos, de la indigencia cultural del presidente Rajoy, de Un escándalo en Bohemia e Irene Adler -la mujer que derrotó a Sherlock Holmes- y de las encarnaduras cinematográficas del detective de Baker Street, del que somos antiguos y cálidos seguidores. «Holmes es el personaje literario que me habría gustado ser», concluyó Javier, brillantes sus ojos al decirlo. Y le conozco ese brillo.

También hablamos sobre la pistola ametralladora británica Sten. Esto último requiere explicaciones complejas, basadas en películas vistas de jovencitos, en libros de guerra y aventuras, en la familiaridad de Javier con lo británico y en su asombroso desconocimiento de las armas y su uso, pues él es un tipo cortés y civilizado, que un día tendrá el Nobel de literatura, y cuya agenda está llena de ex novias y profesores de Oxford -ésa es mi tomadura de pelo habitual-, a diferencia de la mía, donde entre traficantes, mercenarios, proxenetas y criminales figura lo mejor de cada casa. Pero al niño y lector de aventuras que fue Javier se le ve el plumero, entre otras cosas en la magnífica colección de soldaditos de plomo que tiene en su estudio. Así que hace tiempo decidí equipar más a fondo esa zona de su vida, regalándole primero una bayoneta de Kalashnikov, luego el cuchillo de comando del SAS británico, y después el Bowie de los marines en la guerra del Pacífico. Los recibió formal y flemáticamente escandalizado, pero la satisfacción se traslucía en sus ojos y sonrisa. Así que pasé a mayores, regalándole el Colt Pacemaker que usaba John Wayne, luego el revólver Webley de las tropas coloniales británicas, y al cabo la pistola alemana Luger, que motivó una memorable escena en los pasillos de la Real Academia, con Javier montándola y desmontándola, clic, clac, y varios respetables académicos alrededor, mirando acojonados.

Lo último ha sido la Sten inglesa: el arma de los comandos, los paracaidistas y los maquis, con la que me presenté en su casa, llevándola bajo la gabardina. «Estás loco», me dijo riendo. Pero ayer, mientras despachaba su filete empanado, comentó: «He comprobado que para un zurdo la Sten no es difícil de manejar». Lo imaginé en su despacho, después de irme yo, rodeado de primeras ediciones de Sterne y Conrad, corriendo el cerrojo de la metralleta que de pequeño había visto en el cine. Recordando al niño que fue y que en el fondo, por suerte para él y sus lectores, y sobre todo para sus amigos, nunca dejó de ser del todo. Y entonces fui yo quien sonrió, enternecido.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

XL Semanal-Finanzas.com, 23 de noviembre de 2014

‘El peso de la verdad’

AELM libro

El narrador de Así empieza lo malo, la nueva novela de Javier Marías, es uno de esos observadores –mirones, voyeurs– indiscretos que tanto le gustan al escritor español. Puede tratarse de alguien que trabaja para el servicio secreto inglés y se dedica a estudiar los rostros de las personas (Jacques o Jacobo o Jaime Deza, en Tu rostro mañana) o una mujer muy observadora de los demás (la narradora de Los enamoramientos); lo cierto es que el núcleo disparador del relato suele ser el de alguien que ha visto algo que no debía haber visto y por lo tanto ha aprendido algo que no debía haber aprendido. La prosa se desplegará inquieta a partir de ese saber, con su sintaxis de bifurcaciones particulares, su ritmo encantatorio, sus ritornellos hipnóticos, tratando de indagar en algún negro misterio de los personajes. En este escritor, de manera paradigmática, la forma es el fondo: los asedios digresivos a una verdad por parte del narrador son la novela.

Juan Vere o Juan de Vere –“nada tiene de original mi figura”– recuerda el tiempo en que, a principios de los ochenta, en su temprana juventud, fue ayudante de Eduardo Muriel, un conocido director de cine, y supo de su relación extraña con su esposa Beatriz, y de la turbia presencia en sus vidas del doctor Van Vechten. Estamos en la época de la Transición, España se encuentra apurada en dejar atrás el largo periodo del franquismo, los delatores y traidores de antes van maquillando sus biografías y convirtiendo su pasado deleznable en uno de heroica resistencia al régimen. Muriel le pide un favor al narrador, y así este se entera de que hay algo en el pasado de su empleador y su esposa que afecta a las relaciones del presente; son tiempos en los que no hay divorcio, por lo cual Muriel y Beatriz siguen viviendo juntos a pesar de que todo indica que no deberían hacerlo. Así empieza lo malo, entonces, se maneja en varios niveles: por un lado, se trata de enterarse de qué cosa grave ha hecho o dicho Beatriz que ha llevado a Muriel a rechazarla; por otro, la historia individual sirve para una reflexión más amplia sobre la necesidad o no que tienen las sociedades de enfrentarse al pasado, un tema de importancia en países que deben lidiar con el trauma de guerras y dictaduras.

El narrador de Así empieza lo malo es menos ambiguo que otros narradores de Marías: yendo a contrapelo del lugar común de que la verdad es buena aunque duela –el lugar común en el que ha insistido la novelística española y latinoamericana de las últimas décadas–, Juan (de) Vere aprende más bien otra cosa: “Guárdatelo, cállatelo. Me ha costado decidir que ya no quiero saber, sin embargo la decisión es firme desde anteanoche. Tampoco lo cuentes por ahí. Aquí se cometieron muchas vilezas durante muchos años, pero se ha convivido con quienes las cometieron, y algunos hicieron favores también. Se ha de convivir con ellos hasta que nos muramos tantos, y entonces todo empezará a nivelarse y nadie se dedicará a rastrearlas…” Ese es el corazón moral de la novela, aquel que muestra al mejor Marías, el que defiende de manera convicente su intuición de que la literatura tiene una forma de conocimiento propia y particular de aprehender la realidad. Enfrentémonos al pasado, sugiere el narrador –de eso va la novela–, pero no sacralicemos la búsqueda de la verdad a toda costa, porque luego quizás no sepamos qué hacer con ella o lo que aprendamos también termine por hundirnos a todos.

Se ha insistido en lo cerebrales que suelen ser las novelas de Marías, en la predominancia de la aventura intelectual en que se embarcan sus narradores, y Así empieza lo malo no se aparta de esa línea; de hecho, las reflexiones aplastan la historia a grandes tramos –se convierten ellas mismas en la historia–, y personajes clave como el doctor Van Vetchen no terminan de despegar. En todo caso, pierde su tiempo quien quiera encontrar en Marías a un escritor realista al uso. Todas las escenas, tanto las memorables –el narrador observando a los esposos en la alta noche, el narrador observando a Beatriz en una escena comprometedora– como las que no, están contadas con algo de artificio teatral. Hay un director de escena que está moviendo los hilos y que de manera conveniente coloca a Juan (de) Vere en situaciones en que este ve cosas necesarias para el desarrollo argumental.

Así empieza lo malo tiene personajes secundarios caracterizados con maestría, como el cómico profesor Rico, y un lenguaje amplio en registros, desde los acostumbrados cultismos de Marías hasta un nuevo talento para las palabras vulgares, a las que se saca provecho y brillo. Tiene también descripciones certeras de sus protagonistas: “Tenía una nariz muy recta, sin asomo de curvatura pese a su tamaño, y en el cabello tupido, peinado a raya con agua como seguramente se lo había peinado desde niño su madre –y él no había visto razón para contravenir aquel remoto dictamen–, le brillaban algunas canas dispersas por el dominante castaño oscuro.” No se suele mencionar este aspecto de la prosa de Marías, su capacidad para captar los colores, olores y sabores de ese su mundo tan singular, en el que casi siempre se narra cómo es que “empieza lo malo y lo peor queda atrás” (pero eso nunca es consuelo). A estas alturas, ya se sabe cómo es que empieza lo malo, pero uno quiere que Marías lo vuelva a contar.

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

Letras Libres, noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de noviembre de 2014. El artículo inútil

The West Wing

The West Wing

Hay columnas que no sabe uno para qué las escribe. No es que tenga confianza en que ninguna influya lo más mínimo, ni haga recapacitar a nadie, ni ayude a ver a los lectores algo desde un punto de vista que no habían adoptado. Pero a veces hay un hilo de esperanza: “Quizá haya alguien que esté de acuerdo, o que descubra que lo está”. Hay unas cuantas, en cambio, cuya absoluta inutilidad le consta a uno desde la primera línea, y esta es de esas. Si me molesto en hablar del asunto una vez más, es sobre todo porque no consigo entender la extraña convicción que se ha apoderado de nuestras sociedades, con la española en segundo lugar mundial (tras China, creo) en la práctica de la piratería cultural.

No sé. Desde niño, desde que empecé a ir al cine y a leer libros, el placer que me provocaban esas dos actividades (lo mismo que oír música) fue tan incomparable que mi primera e instintiva reacción fue la de agradecimiento a quienes me las proporcionaban. A quienes ideaban y hacían las películas y escribían las novelas y componían o interpretaban o cantaban, de Bach a Elvis Presley sin distinción. Ese sentimiento no me ha abandonado nunca, se me ha mantenido intacto hacia cada nuevo autor, actor, director o músico que me entusiasmara, y hoy lo he hecho extensivo a los responsables de las series de televisión que, mientras han durado o aún duran, me permiten pasar momentos extraordinarios de contento, emoción, diversión y saber: Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, Inspector Morse, Frasier o Juego de tronos, por no alargar la lista. Se puede decir que por toda esa gente haría cualquier cosa, me pondría a su disposición para lo que necesitara, procuraría facilitarle su tarea y animarla a proseguirla. Lo último que se me ocurriría sería perjudicarla, no digamos privarla de sus ganancias. Precisamente porque quiero más de lo que esas personas hacen o han hecho, deseo que tengan éxito y reconocimiento para que así puedan continuar deleitándome sin trabas ni cortapisas. Si me fuera posible retroceder en el tiempo, haría cuanto estuviese en mi mano para ayudar a Shakespeare y Cervantes y Montaigne, a Conrad y Henry James y Flaubert y Stevenson, a Dickens y Baudelaire y Lampedusa y Eliot y Rilke, a Nabokov y Faulkner y Bernhard, también a Dumas y Dinesen y Rebecca West y Diderot y Sterne. De decenas de ellos compraría y regalaría sus obras una y otra vez, dentro de mis posibilidades; contribuiría a que pudieran vivir de su arte, para que siguieran cultivándolo y yo disfrutara de él. Iría a ver un montón de veces (bueno, eso hice mientras coincidí en el mundo con ellos) las películas de Ford y Hitchcock y Wilder, las de Ophuls y Rossellini y Peckinpah y Anthony Mann. Compré y sigo comprando cada disco de Dylan y Cohen y de muchos más. Mi gratitud hacia todos es infinita, como lo es hacia Rampal y Glenn Gould y Sviatoslav Richter y Leonhardt y Rostropovich y Casals y Janet Baker y Michelangeli y tantos otros genios musicales. Les deseé o les deseo todo el bien del mundo, también por mi propio interés.

De ese sentimiento parece quedar poco rastro en el mundo actual. A menudo nos encontramos justamente con lo contrario, el rencor. Rencor hacia quien “hace lo que le gusta y encima pretende cobrar por ello”. Rencor hacia “quienes se forran” con su talento, como si poseer talento debiera condenar a un individuo a malvivir. Como si algún artista obligara a nadie a consumir sus “productos”. La gente siempre ve, escucha, lee lo que le da la gana, con entera libertad. Y si hay muchas personas deseosas de ver, escuchar o leer a tal intérprete o autor, ¿qué sentido tiene que no se beneficien de ello quienes nos brindan el conocimiento y el placer? Y sin embargo está instalada –arraigada ya– la creencia de que todo eso ha de ser gratis. De que la cultura es como el aire, por el que a nadie se cobra (ya llegará); de que es una especie de “don natural” o “divino” que flota y al que todo el mundo tiene derecho … sin pagar. Leo en el suplemento New York Times de este diario que una tal Hana Beshara fundó un sitio web popularísimo para descargar películas y series de forma ilegal. En su mejor momento llegó a recibir 2,6 millones de visitas ¡diarias! Al cabo del tiempo fue detenida, y tras dieciséis meses en prisión, declara: “Nunca me arrepentiré”. La mayoría de los jóvenes y no tan jóvenes estadounidenses juzga la descarga ilegal una “minucia”, y su conciencia está tranquilísima. No les importa que Kim Dotcom, el jefe de Megaupload, se hiciera multimillonario con el trabajo de otros; al contrario, adoran al presunto delincuente y explotador, el agradecimiento lo reservan para él. Eso en los Estados Unidos, que, a diferencia de España, no es (todavía) un país de ladrones redomados y vocacionales que consideran que todo les es debido, más o menos como Blesa, Rato, Barcoj y demás usuarios de las tarjetas sin fondo de Caja Madrid y Bankia. Esos mismos jóvenes se indignan cuando sus compañeros utilizan sus trabajos sin permiso, pero no son capaces de advertir la contradicción. Es como si tuvieran interiorizada la siguiente, egoísta y pueril idea: “No hay nada malo en coger lo ajeno, salvo si me lo cogen a mí. A mí no, ¿eh?” Qué se puede hacer ante semejante mentalidad, extendida y ufana, cuando no cargada de razón con “argumentos” tan demagógicos como peregrinos y reaccionarios. Nada. Ya lo dije al comenzar: no sé a santo de qué escribo este artículo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de noviembre de 2014

La exitosa cosecha literaria de los ochenta inunda las librerías

El idilio de los lectores con los escritores españoles de los años ochenta no solo continúa sino que se aviva en otras lenguas. Una decena de esos autores, consolidados en aquella década o que empezaron entonces, se dan cita en las librerías con novedades absolutas u obras del semestre pasado. Es “una generación de francotiradores”, como la bautiza Juan José Millás, llamados Mendoza, Muñoz Molina, Marías, Díez, Puértolas, Grandes, Cercas, Merino, Landero, Llamazares, Chirbes, Trapiello, Riera, Pombo, Pérez-Reverte, Rivas, Montero, Vila-Matas…

Mundos de una galaxia inédita en el panorama literario español que nace en la Transición, tras la muerte de Francisco Franco, como respuesta al experimentalismo, a una especie de destrucción del lenguaje, un tanto hermético, y al realismo social, en palabras de José María Merino y Luis Landero, que llegan con La trama oculta (Páginas de Espuma) y El balcón en invierno (Tusquets).

Fue la vuelta del contar, del narrar. “Donde cada uno hace de su propia identidad un arma con la máxima de libertad”, explica Jordi Gracia, crítico literario y autor de Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010: Historia de literatura española 7 (Crítica), junto a Domingo Ródenas. Es el hallazgo de los narradores sobre sí mismos sin coacciones externas ni ideológicas. La paradoja más bonita, agrega, “es que la libertad les lleva a explorar formas muy diversas de compromiso literario y ético e ideológico, para, a la vez, dar cuerpo a algo formal y estético. Nacieron en el posmodernismo y han crecido fuera de él”.

Llegaron hasta ahí como resultado de muchas lecturas de escritores traducidos (ingleses, franceses, italianos, estadounidenses…) y, sobre todo, de los latinoamericanos del  que ensancharon la tradición literaria del español, dice Javier Cercas, que acaba de publicar El impostor (Literatura Random House). A la aclimatación de esas lecturas entre los lectores se suman los españoles, dando origen, según Gracia, “a una madurez que es señal de modernidad plena, ¡por fin! De aquello que no tuvo la cultura española durante cuarenta años y que llegó después de la posmodernidad”.

Pero los ochenta nacen en 1976. Así es para algunos expertos y escritores que consideran  La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, como la apertura de una nueva narrativa y forma de abordar la literatura y, especialmente, de mirar y reencontrarse con la propia España. Una generación o grupo, según Mendoza, “marcada básicamente por la liberación que supone no ser una única voz crítica en un régimen de censura”. En la libertad individual está la clave: “Nos dio el poder de ser cada uno. La recuperación de la democracia y la libertad permite no solo criticar la dictadura sino ponerse a escribir de todo”. El escritor barcelonés reconoce la vigencia de este grupo al decir: “Es posible que en un futuro otras generaciones nos vean como un bloque, como nosotros vemos a los Románticos”.

TLA NUEVA PORTADAY en ese big bang destellan  La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez; El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina;  La lluvia amarilla, de Llamazares;  El héroe de las mansardas de Mansard, de Pombo; Todas las almas, de Marías;  Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte; Todos mienten,  de Soledad Puértolas;  Mimoun, de Rafael Chirbes; Amado amo, de Rosa Montero; El caldero de oro, de José María Merino;  Juegos de la edad tardía, de Landero;  Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas…

De dar un nombre a este grupo, Millás, autor de La mujer loca (Seix Barral) arriesga el de “una generación de francotiradores, en el sentido de que cada uno desde su posición distinta crea. Hay pocos factores en común entre todos, al contrario de lo que sucedía con la generación anterior que era experimental y con rasgos fácilmente definibles, y, además, eran amigos casi todos”. En los ochenta, añade, de repente empieza a haber autores cuyas novelas vuelven a conectar con los lectores. “Antes la premisa era que no se entendieran, ahora es todo lo contrario. Nos empezaron a leer primero los españoles, luego nos publicaron en otros países por solidaridad, al vernos como un país salido de una dictadura, y luego por méritos propios”.

Es el arte de contar. La gracia de hacer leer.

Eso es lo que más aprecia Luis Landero de su generación: “La fidelidad con la buena literatura, la fidelidad de esos autores con el oficio y la literatura misma. Miro a personas como Marías, Muñoz Molina o Puértolas y veo que han tenido una trayectoria coherente y honesta en el sentido de que han sido fieles a su vocación y su mundo”. Buscaron, según Merino, un lenguaje más coherente y abrir el campo a la imaginación, a lo fantástico, también, y al cuento.

Casi cuatro décadas después, dice Landero, “se ve que es una generación sólida que empieza a mostrar su perfil histórico”. Tras el feliz descubrimiento y largo romance con los autores del recuerda Landero, los lectores españoles empiezan un idilio, que se prolonga hasta hoy.

AELMEs el final del trayecto, no el principio”, explica Eduardo Mendoza, inaugurador de estos mundos que no hacen más que ensanchar fronteras con obras recientes entre las que figuran El balcón en invierno,  de Landero; Así empieza lo malo, de Marías; La soledad de los perdidos, de Mateo Díez; El final de Sancho Panza y otras suertes, de Andrés Trapiello;  El impostor, de Cercas… y de los que están por llegar:  Como la sombra que se va, de Muñoz Molina;  Miguel de Cervantes. Don Quijote de La Mancha. Edición de la Real Academia. Adaptada por Arturo Pérez-Reverte;  Distintas formas de mirar el agua, de Llamazares…

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 14 de noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de noviembre de 2014. ‘Una asfixia más’

Quizá haga mal en hablar de esto, y lo hago a título particular, por mi cuenta, aunque desde hace unos años sea miembro de la Real Academia Española. Es ésta una institución muy discreta y digna, como corresponde a su antigüedad de tres siglos recién cumplidos; y así, es reacia a la queja y posee virtudes que hoy no están vigentes, como el pudor y la elegancia. Me da la impresión, por tanto, de que, a diferencia de lo habitual en nuestro tiempo, en que todo el mundo se lamenta públicamente y pide ayudas de todo tipo, siente aversión a airear sus miserias y aún más a aparecer como “limosnera”. En su momento los responsables del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dieron la voz de alarma en la prensa y anunciaron que, con los recortes del actual Gobierno, esa institución fundamental no podría seguir funcionando y se vería obligada poco menos que a cerrar sus puertas. Se montó un pequeño escándalo y el Gobierno rectificó, no sé cuánto, pero “algo”. La RAE se ha abstenido de manifestar que su situación económica es ya muy parecida, por vergüenza torera, supongo. Pero yo no veo desdoro en exponer –a título individual, insisto, sin “encargo” ni “mandato” alguno, y acaso contraviniendo el deseo de muchos de mis colegas– que esa situación es ya crítica y amenaza los puestos de las 78 personas (no académicos) que hacen posibles las tareas de la casa. Sobre ellas se ciernen despidos o reducciones de salarios, y, sobre la Academia misma, su conversión en algo simbólico y vegetativo. Los Presupuestos del Estado para 2015 mantienen la paupérrima cantidad asignada el año anterior, tras varios de mermas, mientras que otras entidades importantes, como el Prado o el Cervantes, las han visto por fin incrementadas.

La Real Academia Española tiene defectos y limitaciones, pero fue digna e independiente incluso cuando más costaba serlo. Por remontarnos sólo a lo reciente, fue casi la única institución que mantuvo a raya al franquismo (y a sus ansias de invadirlo y dominarlo todo) durante su larga dictadura. Se negó a desposeer de sus sillones a los académicos exiliados y considerados “enemigos del régimen”; continuó eligiendo a quienes le parecía, sin permitir que los ministros de Franco le vetaran o impusieran a nadie. Ha aguantado trescientos años, y hoy es difícil negar que presta un gran servicio a la sociedad, a la española y a la de los demás países que hablan la lengua. Prueba de ello son los 50 millones de entradas mensuales que recibe su página web, la mayoría consultas del Diccionario, pero también de la Gramática, la desdichada Ortografía y demás. Esas consultas son gratuitas y, como ha dicho hace poco Pedro Álvarez de Miranda, encargado del nuevo Diccionario que acaba de aparecer: “Es difícil cobrar por algo que ha sido gratuito … Se están barajando posibilidades como incluir publicidad en la página web. No sé si eso nos sacaría de pobres. El mejor diccionario del mundo, el Oxford, cobra por consulta y todo el mundo lo ve como muy natural. Eso estamos estudiando, porque la situación económica es muy preocupante”. Quizá bastaría, sugiero yo, con que los usuarios frecuentes pagaran una mínima cuota anual …

Pero en España, ya lo sabemos, la gente exige que todo lo cultural sea gratis. No se tiene en cuenta, en este caso, que la existencia y el funcionamiento de esa página web (pero también la del propio Diccionario) dependen no ya de la cuarentena de académicos, que poco cobramos, cuando asistimos a las sesiones y comisiones, sino de esos 78 trabajadores cuya suerte hoy peligra. La RAE atiende, además, multitud de consultas específicas (dudas jurídicas y notariales, redacción de leyes, certificaciones y peritajes, corrección de documentos, asesoramiento lingüístico, servicios de formación, infinitas preguntas de enseñantes y traductores y editoriales y medios de comunicación, etc), y recibe efusivas muestras de agradecimiento por ellas. Pero sólo de gratitud no subsiste nadie, y la RAE no es una excepción. Muchos de ustedes deben de dar por descontado que, aparte de los patrocinios de entidades y particulares, alguna subvención o ayuda percibirá del Estado. Y sí, alguna le llega, ya lo he dicho, pero su mengua con el actual Gobierno ha sido tal que la casa está amenazada. Habrá quienes opinen que eso no es grave, al lado de tantas personas en paro, o desahuciadas, o que han debido cerrar sus comercios o empresas. No se lo discutiría. Cabe que una institución como la RAE se juzgue superflua o secundaria; cabe incluso sacrificarla o mantenerla sólo como ornamento inoperante. Lo grave es que este Gobierno no protege a los parados ni a los desahuciados (todo lo contrario), ni tampoco a las instituciones culturales que rinden servicios a nuestra sociedad. No es que esté sacrificando unas cosas en favor de otras, es que las sacrifica todas. Cuando por fin salgamos de nuestras cotidianas cuitas y levantemos la cabeza, nos encontraremos con un país despojado, desolado, con un erial en todos los ámbitos, incluido el de nuestra lengua con la que tanto se llenan la boca esos mismos políticos en las ocasiones de relumbrón. No se trata de pedir limosna, pero les aseguro que cualquier presión a ese Gobierno, como cualquier aportación financiera, serán pequeños balones de oxígeno para esa institución tricentenaria que ya lleva tiempo asfixiándose.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 2 de noviembre de 2014. ¿Sólo antaño?

De entre la multitud de corrupciones, saqueos y aprovechamientos que ya han salido a la luz en los últimos tiempos en España, quizá ninguno resulte tan repugnante como el más reciente, el de las tarjetas VISA que Caja Madrid y Bankia pusieron a disposición de sus consejeros y directivos a lo largo de dos decenios. A casi ninguno nos cabe duda, por lo demás, de que lo salido a la luz debe de ser una pequeña parte del total, por lo que no es descartable que el futuro nos revele hechos aún más repugnantes. La circunstancia de que entre esos consejeros y directivos hubiera políticos de tres partidos principales (sobre todo del PP –veintiocho–, pero también del PSOE –quince– y de IU –cuatro–, amén de diez sindicalistas y varios empresarios) agudiza la tentación de pensar y decir que todos son iguales, cuando en su conjunto no lo son. Es fácil extender la mancha a todos, lo cual no sólo es injusto, sino sumamente demagógico y peligroso. Son numerosos los políticos a los que no se ha pillado “trincando” del erario público ni de nadie, pero de esos no llevamos la cuenta ni salen en las noticias, porque al fin y al cabo su proceder nada tiene de excepcional: lo que se espera de ellos es eso, que no “trinquen”, y así pasan inadvertidos. Pero la tentación de generalizar es comprensible, dada la ya enorme cantidad de individuos con responsabilidades sobre los que existen pruebas de delito o malversación o abuso, o cuando menos indicios y sospechas fuertes. La acumulación es tan desmoralizadora que habría que empezar a hacer la lista de los “limpios”, para contrarrestar el desaliento y creer que hay esperanza de encontrar “hombres y mujeres justos” entre los políticos, los banqueros y los grandes empresarios de nuestro país, de Madrid a Galicia, de Andalucía a Cataluña, de Valencia a Baleares.

Lo que hace especialmente repugnante el caso de esas tarjetas “opacas” de Caja Madrid y Bankia es la gratuidad y la superfluidad del asunto. Hablaba yo el otro día del caso con una persona tan inteligente como querida, y me decía que lo de menos era en qué habían gastado esos consejeros las fabulosas sumas (436.700 euros Miguel Blesa, 448.300 Ricardo Morado, 255.400 Estanislao Rodríguez-Ponga, ¡ex-Secretario de Estado de Hacienda!, 99.000 Rodrigo Rato, 575.000 Sánchez Barcoj, por mencionar a unos pocos), sino el hecho en sí. Y no le faltaba razón. Pero, no sé cómo decir, para mí hay una diferencia, aunque sea sólo estética, entre emplear un dinero ajeno en los plazos de la hipoteca o el colegio de los niños o gastarlo en lujos y chorradas para deslumbrar al “pueblo llano” –expresión de Barcoj–, tales como safaris, tiendas de vinos, ropas de marcas caras, joyas, maletas, restaurantes y hoteles prohibitivos, ¡armas!, masajes, lencería fina, viajes horteras y efectivo a discreción. El último sueldo conocido del señorito Blesa era de 3.500.000 euros anuales; el del señorito Morado, de 1.550.000; el del señorito Rato, de 2.760.000; el del señorito Moral Santín, de 526.000; y el del señorito De la Torre, de 830.000, de nuevo por mencionar sólo a unos cuantos. Se puede decir que el dinero les salía por las orejas, sobre todo si comparamos esos salarios con los que en plena crisis percibe la mayoría de la gente… que percibe alguno. Y, no obstante, a todos esos señoritos no les alcanzaban para sus caprichos y sisaban de la VISA que, para “gastos de representación”, les había regalado una entidad financiera que los tenía contratados poco menos que como adorno y cuyo rescate costó a las arcas públicas 22.400 millones de euros, es decir, inconcebibles millones de ustedes todos. Había una antigua máxima que decía: “Los vicios se los tiene que costear uno mismo”, y aquí “vicios” equivale a “lujos” y “antojos”. Esa máxima, como tantas otras, está, más que olvidada, deliberadamente arrumbada al desván de los trastos inútiles.

Algunos de esos consejeros y directivos (entre ellos Díaz Ferrán, ex-presidente de la CEOE, Arturo Fernández, jefe de la patronal madrileña, y Romero de Tejada, alto cargo del PP en su día) han aducido ahora que creían “enteramente legal” el uso indiscriminado de dichas tarjetas. Está por ver si lo era, pero ampararse en la “legalidad” de las prácticas no solía significar mucho en el pasado. Legal o no, las personas solían saber lo que estaba bien o mal hecho, lo que era “recto” o “torcido” (por utilizar términos adecuadamente anticuados), y a nadie se le escapaba que permitir que alguien difuso o abstracto pague nuestros gastos particulares y nuestros excesos, jamás es algo bien hecho. De algún sitio sale el dinero, lo cual significa por fuerza “de otras personas”. En el caso de una entidad financiera está claro que lo que los bolsillos de estos sujetos se ahorran viene de los clientes, de los depositantes, a quienes se esquilma. Si además esa entidad había estafado con preferentes a modestos ahorradores, y había debido salvarse con los impuestos de los ciudadanos, sin arte ni parte en el desaguisado, el uso frívolo e innecesario de esas tarjetas se convierte en algo obsceno, indecente. Tan obsceno como la fortuna amasada por la familia Pujol-Ferrusola mientras carezca de explicación y no case con los sueldos de sus miembros. A todos esos señoritos la sociedad debería negarles el saludo como mínimo, por codiciosos y avaros, lo peor que se podía ser si se poseían caudales. Claro que eso también era antaño.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de noviembre de 2014

Por alusiones

Foto. Miguel Rajmil

Foto. Miguel Rajmil

John Ashbery. “No tengo ni idea de qué habla mi poesía”

-¿Conoce la poesía española?
-Salvo por García Lorca, y una breve aventura con Góngora, la poesía española es, desgraciadamente, desconocida para mí, en parte al menos porque no hablo español. Lo estudié en tiempos, después de haber estudiado francés e italiano, pero me parecía que cometía errores todo el tiempo.

-¿Y algo de prosa?
-Una de las más importantes experiencias literarias de mi vida han sido las novelas de Javier Marías, en las hermosas traducciones al inglés de Margaret Jull Costa. Leí una hace algunos años e inmediatamente devoré todas las demás. Es uno de los más fascinantes escritores contemporáneos.

MARTÍN LÓPEZ-VEGA

El Cultural, 24 de octubre de 2014

MÍNIMA MOLESTIA. Poco interés

[…] En una columna reciente (“Hasta cuándo esperan los libros”, se titulaba), Javier Marías cargaba la mano contra el suplemento de libros Babelia, al que reprochaba, entre otras cosas, la “desproporcionada atención” que viene concediendo de un tiempo a esta parte a la literatura latinoamericana. Con indisimulada irritación, apreciaba Marías “un voluntarismo rayano en la adulación” en la insistencia empleada a sus ojos en propagar “que hay cien ‘genios’ en México, en la Argentina, en Colombia, en el Perú, en Chile, en cada país de habla española”. Y es cierto que, por razones estratégicas, relativas a los planes del diario al que pertenece, empeñado en conseguir una mayor implantación en Latinoamérica, Babelia ha hecho gala de ese voluntarismo que Marías denuncia y que parece contradecir cuanto vengo observando. Pero ese ocasional voluntarismo, transido a partes iguales de condescendencia y, sí, de adulación, no es la mejor vía para consolidar un interés efectivo, que sólo atraerán las prospecciones de una curiosidad genuina (como la que existe, desde hace mucho, en Francia) y un diálogo mucho más fluido entre los países concernidos.

IGNACIO ECHEVARRÍA

El Cultural, 24 de octubre de 2014

AELM
Libros más vendidos

LA ZONA FANTASMA. 26 de octubre de 2014. ‘Las vanidades heridas’

No suelo hablar aquí apenas de libros, así que hoy va a ser casi una excepción. No se trata de ninguna novedad: The Honoured Society se publicó hace cincuenta años, en 1964, y la edición española (La Honorable Sociedad, Alba) salió en 2009, si no hubo una anterior que desconozco. Es por tanto una obra anticuada en su información, inútil para quien quiera estar al día y enterarse del estado actual de la Mafia siciliana (The Sicilian Mafia Observed es su subtítulo). Su autor, Norman Lewis, es y no es uno más de los incontables escritores británicos de viajes. Si no lo es, es debido a la agudeza de su pupila, y su Naples ’44 está sin duda a la altura de las mayores joyas del género. Pero, anticuado y todo, The Honoured Society está lleno de relatos y anécdotas, de explicaciones y consideraciones que le permiten a uno formarse una idea de cómo fue, en gran parte del siglo XX, un país ensimismado e impermeable a todo lo exterior, sin ningún interés por el Estado y deseoso de permanecer aislado con sus propios códigos y su falta de leyes, o más bien con el incumplimiento sistemático de éstas; quiero decir de las que regían para el resto de Italia.

La época en que más padeció la Mafia, en que estuvo más perseguida y acorralada, fue la de Mussolini, que la combatió ferozmente a través de su prefecto Cesare Mori, y si esa organización volvió a levantar cabeza y hacerse fuerte fue gracias a la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Que quien más hiciese sufrir a una sociedad tan coriácea fuese un dictador no tiene, bien mirado, nada de particular: todas las dictaduras se construyen como mafias o acaban siéndolo, luego en el fondo se trataba de la lucha de una contra otra. Y una dictadura, además, no respeta derechos y se salta hasta su propia “legalidad”, y actúa sin trabas si decide eliminar a una parte de su población. Mussolini y Mori hicieron detener por las bravas a millares de sospechosos, los mantuvieron encarcelados sin juicio, practicaron la tortura heredada de la Inquisición: se latigaban los torsos previamente rociados con salmuera, se arrancaban uñas y tiras de piel, se inundaban los estómagos con litros de agua salada, se retorcían y aplastaban genitales.

Lo más curioso y significativo es saber qué desató esa furia fascista, y, según Lewis, todo fue cuestión de orgullo herido y de vanidad. Mussolini visitó Palermo en 1924, y en medio de su recorrido triunfal por Via Maqueda, se le antojó acercarse a una localidad vecina, Piana dei Greci, famosa por la música exótica y los bailes absurdos que ofrecían allí sus pobladores, la mayoría descendientes de albaneses huidos de los turcos. Unos años antes habían llevado a contemplar el folklore al Rey Vittorio Emanuele. A éste lo habían aburrido las danzas y lo había irritado la estridencia de la salvaje música, así que fue trasladado confusamente hasta la iglesia ortodoxa del pueblo. Con habilidad se lo separó de su séquito y se lo acercó, casi a empujones, a la pila bautismal, y, sin poder reaccionar, de pronto se encontró en los brazos con una criatura de la que, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en inesperado padrino. La criatura era un hijo del alcalde mafioso, Don Ciccio Cuccia, al parecer un megalómano de cuidado y aspecto entre malévolo y batrácico. En la excursión del Duce al mismo lugar, éste accedió a montarse en el coche de Don Ciccio y a recorrer el trayecto en su compañía, pero rodeado de su escolta motorizada. El alcalde le espetó: “Perdone, Jefe, pero ¿a santo de qué tanto poli? No hay de qué preocuparse mientras esté usted conmigo. ¡Por aquí soy yo el que da las órdenes!” Mussolini, prudente, se negó a prescindir de su escolta y Don Ciccio se lo tomó como una falta de respeto. No se sabe ni cómo, dio instrucciones de que, cuando el Duce llegara a la plaza y se dispusiera a soltar su habitual soflama en cuantos sitios pisara (siempre con multitudes organizadamente entusiastas), ningún lugareño de Piana dei Greci acudiera a oírlo, con la excepción de una veintena de escogidos: los idiotas del pueblo, los mendigos tullidos o cojos, unos limpiabotas y unos vendedores de lotería. Y, en efecto, ese fue el público con que contó Mussolini para su arenga, mientras Don Ciccio Cuccia, a su lado en el balcón, le tocaba la manga de la chaqueta y le sonreía con sus fauces ennegrecidas. El individuo estaba tan satisfecho de su venganza que posiblemente ni prestó oídos al discurso de Mussolini ni se fijó en cómo a éste se le afilaba su mandíbula célebre, signo inequívoco de su furor. Las palabras que casi nadie escuchó en aquella localidad pintoresca se parecieron mucho a las que el Duce pronunció semanas después en el Parlamento Fascista: una declaración de guerra contra la Mafia. Para entonces Don Ciccio ya estaba entre rejas, y no a su lado en ningún balcón. No en balde al prefecto Mori, durante la accidentada visita a su feudo, lo había apartado de un empellón y lo había llamado “esbirro”.

El comportamiento insolente de un alcalde de tercera hizo comprender a Mussolini hasta qué punto los mafiosos se sentían los amos de su tierra. Pero, sobre todo, se sintió herido en su orgullo, lo mismo que Don Ciccio Cuccia por su negativa a prescindir de su escolta. En la guerra que se desencadenó, los dos bandos subestimaron al oponente, lo peor que se puede hacer. Pero esa ya es otra historia, y está también en el admirable libro de Norman Lewis.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de octubre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 19 de octubre de 2014. ‘Por qué no están en el manicomio’

Hace ya años que vengo observando una extraña costumbre de la prensa española que no me explico y que da que pensar. Que los periodistas mienten y manipulan es sabido desde hace siglos; que a veces inventan noticias inexistentes, y que ocultan o callan otras, según su conveniencia o sus órdenes y consignas. A estas alturas, nadie debería ser tan ingenuo para creer sin más lo que se nos cuenta en un diario, la radio o la televisión, no digamos en Internet. Obviamente, hay medios más tendentes a tergiversar que otros, o a falsear, y algunos resultan transparentes hasta la puerilidad. Uno diría que los lectores, oyentes o espectadores de éstos se han tenido que dar cuenta y los habrán abandonado, o por lo menos habrán aprendido a poner entre paréntesis o en cuarentena cuanto procede de ellos. Sin embargo no es frecuente que sea así. También sabemos que muchos individuos desean enterarse sólo de lo que previamente les gusta o aprueban, pretenden ser reafirmados en sus ideas o en su visión de la realidad nada más, y se irritan si su periódico o su canal favoritos se las ponen en cuestión. Sólo aspiran a ser halagados, a cerciorarse de lo que creen saber, a que nadie les siembre dudas ni los obligue a pensar lo que ya tienen pensado (es un decir). Nuestra capacidad para tragarnos mentiras o verdades sesgadas es casi infinita, si nos complacen o dan la razón. El autoengaño carece de límites.

Pero cuanto más maduro se hace el mundo cronológicamente, más parecen crecer el infantilismo y la credulidad. Alguien suelta un bulo en Internet y de inmediato se le da carta de naturaleza y corre como la pólvora, pocos se cuestionan su veracidad. No son raras las ocasiones en que dichos bulos alcanzan hasta a la prensa “seria y responsable”, la cual se molesta a veces en rectificar y a veces no. En todo caso el rumor ya queda ahí, “flotando”, y es difícil que no prospere, demasiadas personas se quedan sólo con la primera versión, que pasa a formar parte de lo “acontecido”. Los únicos que acaban por ser desmentidos son los relativos a la muerte de alguien que continúa vivo. Al ver imágenes posteriores del personaje, en movimiento y hablando, la gente acepta que su fallecimiento no tuvo lugar. Es una de las ventajas de las imágenes, que desmienten una falacia o demuestran una verdad.

De ahí que lo que vengo observando en nuestra prensa me resulte tan inexplicable como alarmante, una tentativa de ahogar la fuerza de esas pruebas, de negarlas, de presentarlas con unas palabras previas que “anulen” lo que el espectador va a ver a continuación, o con un titular que no se corresponde con la información. Pondré ejemplos inocuos, no de política (ámbito en el que la cosa clama al cielo), sino de fútbol. Uno está viendo un partido más bien malo y aun soporífero, pero los comentaristas –seguramente porque es su cadena la que lo está ofreciendo– no paran de insistir en el “impresionante duelo” al que estamos asistiendo; repiten que la actuación de tal o cual jugador es “de escándalo” mientras uno no le ve más que vulgaridades, o que ha metido “un golazo para quitarse el sombrero” cuando se ha limitado a empujar el balón tras un rebote. Uno se pregunta si no entienden nada de ese juego en el que presumen de “expertos” o si se han vuelto locos. Pero, si incurren en semejantes despropósitos, debe de ser porque han comprobado que su palabra demente logra convencer a no pocos de que ven efectivamente lo que ellos les aseguran que ven. Aún más llamativo este ejemplo reciente: el locutor del telediario de TVE (cadena hoy falaz donde las haya) anuncia que Mou¬rinho ha “arremetido contra Cristiano” y además ha manifestado su deseo de regresar al Real Madrid. Acto seguido aparece el vídeo de Mourinho, y uno descubre que nada de lo anunciado es cierto. Lo que ese técnico dice es que ahora no tiene relación con Cristiano, puesto que éste es jugador del Madrid y él entrenador del Chelsea. Lo cual es normal (cada uno vive en un país), y la “arremetida” no se ve ni oye por ningún lado. Tampoco expresa ganas de volver al Madrid, sino que dice que no se arrepiente de su experiencia en este club y que, de retroceder en el tiempo, volvería a aceptar el puesto, como hizo en su día. Su deseo de “regresar” no se manifiesta en absoluto. Al día siguiente, no obstante, numerosos medios repiten no lo que han tenido oportunidad de ver y oír, sino lo que el torticero locutor de TVE (ya sé que esto es redundancia) anunció que había pasado. ¿Cómo es que se miente con tamaño descaro, y además justo antes o después de mostrar lo que desenmascara el embuste? No me cabe duda de que la operación está estudiada. Al mundo se lo toma por tan tonto (quizá haya llegado a serlo) que los responsables de los medios saben que una imagen, lejos de valer más que mil palabras, es fácilmente descalificada y anulada por unas cuantas frases, deslizadas antes o después de la contemplación de aquélla. Y si esto se da en el deporte y el entretenimiento, ¿qué no sucederá en la política y en la economía, esferas más opacas y las que de verdad importan? Es grave que hayamos alcanzado un grado de idiotez en el que pueda prevalecer lo que nos aseguran que ocurre sobre lo que vemos que ocurre. Es indudable que hay multitud de personas expuestas a esto, o si no los desfachatados tergiversadores no se arriesgarían tanto a hacer el ridículo, quedar en evidencia, perder todo crédito y ser conducidos al manicomio.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de octubre de 2014

Reseña

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Javier Marías: Así empieza lo malo

La semilla de Así empieza lo malo estaba ya claramente perfilada en la anterior novela de Javier Marías, Los enamoramientos, donde se narraban las bajezas y villanías justificadas por una idea tan sacralizada y noble como es el amor, constatando de paso que el número de crímenes desconocidos es infinitamente superior a los sabidos, y que la cantidad de delitos impunes resulta abrumadora frente a los efectivamente castigados. En Así empieza lo malo se entra a fondo en ese territorio del delito, la impunidad, la culpa, la corrupción y el castigo o la venganza que en el anterior relato quedaba solo en un apunte episódico. Un área narrativa que entronca con nitidez con el drama de Hamlet, del que Marías extrae no solo el título de su novela, sino también meditaciones y esquemas de actuación de los personajes. Averiguar la veracidad o falsedad de un comportamiento criminal bajo la dictadura franquista y explorar una traición menor, pero de desproporcionadas consecuencias en la vida conyugal de un matrimonio en los años de la Transición política, alimentan de material genuinamente novelesco un libro que demanda ser leído con apetito, de un tirón, con la avidez de seguir las inesperadas peripecias íntimas de varias vidas cruzadas, donde el tono reflexivo no aminora el ritmo sostenido de los descubrimientos permanentes en existencias repletas de secretos.

La genealogía shakespereana del texto -algo ya clásico en la narrativa de Marías- está indicada al lector, de forma irónica, con el nombre del protagonista: Juan de Vere, a quien le proporciona el apellido el conde de Oxford, Edward de Vere, cortesano y dramaturgo de la época isabelina al que algunos estudiosos han atribuido la verdadera autoría de los dramas firmados por Shakespeare. Juan de Vere, pues, además de incorporar algunos rasgos del propio Javier Marías cuando comenzó a publicar sus primeras obras, porta un apellido vinculado más o menos imaginariamente a William Shakespeate, de modo que personas y personajes quedan entrelazados con este.

El autor de Corazón tan blanco ha dado a sus lectores, en recientes entrevistas, alguna pista más, señalando el Acto II, Escena I, de Hamlet, donde dialoga el cortesano Polonio con su criado Reinaldo. W. H. Auden consideró a Polonio como “una suerte de mirón en lo que atañe a la vida sexual de sus hijos.” Y, en efecto, en esa escena solicita a su sirviente que sonsaque los episodios más salaces y los detalles más escabrosos de la sexualidad de su hijo Laertes: “Esos deslices locos y lascivos que son famosos compañeros de la juventud y la libertad.” Idéntico encargo recibe el joven Juan de Vere, a quien el director de cine Eduardo Muriel le encomienda averiguar la intimidad sexual de su amigo el doctor Van Vechten, significado franquista, con tal de saber si fue un generoso protector de los vencidos o un desalmado e hipócrita criminal con ellos. Solo que las pesquisas se complican aún más cuando De Vere decide, por cuenta propia, indagar también en la vida íntima de la esposa de Muriel, Beatriz Noguera, atraído por el secreto último que esta esconde y por una sensualidad apenas autoconfesada. Así comienza una concatenación de revelaciones y reflexiones que no dan tregua hasta la página final del libro.

Que Marías sea familiar de un cineasta como Jesús Franco, y que las edades de ambos en el periodo de la Transición coincidan con las de los personajes de Así empieza lo malo, se ha prestado a cierta interpretación autobiográfica. Pero sin negar que el novelista madrileño ha condescendido con cierto juego de “autoficción”, la verdad es que De Vere y Muriel son dos construcciones autónomas, con vida independiente de lo biográfico, siendo el cineasta Muriel uno de los grandes personajes de la literatura en lo que llevamos del siglo XXI. Parece elaborado a partir del parche que tapa su ojo tuerto, ese globo ocular izquierdo muerto que cercena su ángulo de visión. Javier Marías llega a enumerar a todos los cineastas con parche -una lista insospechadamente larga, cierto-, pero lo sustancial es que esos límites en la visión constituyen una potente metáfora central en la novela. Nuestra percepción de las cosas es siempre parcial, limitada, con unos datos inequívocamente vistos y otros muchísimos más deducidos o bien obtenidos de segunda mano en versiones interesadas. Un cuadro, nos dice Marías, “plagado de trazos involuntarios y precipitados y tuertos.”

Esto justifica lo que se ha bautizado a veces como el manierismo de Marías. Juan de Vere pocas veces puede ser categórico. Ve algo, pero se le oculta el resto. Debe conjeturar, presuponer, deducir. De ahí las oraciones disyuntivas, las anáforas de frases que comienzan reiteradamente con “quizá”, o aquellas repletas de “nos” o de “nuncas”. Junto a ello, Marías ha alcanzado una destreza incomparable en el diálogo y el habla coloquial, cuyo vocabulario y modismos sitúan a sus personajes en una época, una clase social, una adscripción política, un estado emocional. Algo que combina con soberbias etopeyas, retratos maestros -por algo ha ejercitado con penetración el género de la “semblanza”-, pero al mismo tiempo, los personajes no se muestran íntegros, la inteligente observación de Juan de Vere detecta en ellos amplias zonas oscuras, resortes inaccesibles, recovecos imposibles de descifrar, exactamente lo mismo que en la vida real. Al dejar que ese lado borroso o ininteligible cobre existencia propia, Marías proporciona a su historia una enérgica veracidad. ¿Se debe quitar la careta a todo? ¿Es lícito cerrar la boca ante graves faltas propias o ajenas? ¿Qué hacer entonces con los secretos revelados que evidencian villanías y crímenes repugnantes?

Así empieza lo malo plantea de este modo trascendentales dilemas morales y políticos, de encarnizada controversia en la sociedad española de hoy. El autor denuncia la doble moral de los vencedores en la Guerra Civil, las biografías trucadas de colaboradores con la dictadura que simularon ser víctimas de ella, que cambiaron de chaqueta o disimularon su maldad bajo la apariencia de un comportamiento comprensivo. Ante ellos, planea el mismo mandato que recibe Hamlet: la exigencia de venganza, la reclamación de una justicia ejemplar. Con la particularidad de que Javier Marías se prohíbe a sí mismo dejarse llevar por la moralina o por las recetas simplistas. Recurre para ello a un diálogo de Hamlet con su culpable madre. El lector que tenga curiosidad podrá encontrarlo al final de la Escena IV, del Acto III. Hamlet acaba de matar por error al entrometido Polonio, explicando: “Me lo llevaré, y responderé de la muerte que le he dado. He de ser cruel solo para ser bueno: así empieza lo malo y lo peor queda atrás.”

Un diálogo clave, pues da título a la novela: “Así empieza lo malo…” en una frase que Marías glosa con sutileza en su relato. A veces, es necesario aceptar algo malo o cruel, para evitar algo aún peor o más trágico. En una escala política -y en el contexto de la Transición-, lo malo es transigir con la maldad, como es hacer caso omiso a ofensas, crímenes y desmanes bajo la dictadura, renunciando a lo peor: la venganza e incluso la justicia, con tal de abrir un horizonte de esperanza que soslaye un retorno al conflicto cainita: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Abrir puertas al bien, a costa de una cruel renuncia a la justicia es la difícil lección de ese episodio de Hamlet para esquivar situaciones trágicas que casi siempre los seres humanos se buscan por obstinación.

Javier Marías es muy categórico en este punto. El pasado nunca fue como debería haber sido, y el autor de Mala índole se resiste a falsificarlo con manipulaciones o justicias poéticas. Muriel replica a De Vere: “¿La justicia? -repitió como un rayo-. La justicia no existe. O solo como excepción: unos pocos escarmientos para guardar las apariencias. En los colectivos, no, ahí no existe nunca, ni se pretende. Es iluso apelar a ella después de una dictadura, o de una guerra. ¿Qué sentido tendría no ya procesar, que no es posible ni conveniente tampoco, y en eso estamos casi todos de acuerdo, sino retirarle el saludo a la mayoría de la población?” Seríamos estúpidos justicieros, concluye.

A una criminalidad masiva, ya lejana en el tiempo, le alcanza una amarga especie de prescripción del delito, lo que no exime de culpabilidad pero sí de ejecutar el castigo. Retrospectivamente, Juan de Vere explica así aquella exoneración: “Había aún cierto estoicismo, cierto pudor, no habían llegado los tiempos -todavía perduran- en que todo el mundo vio las ventajas de figurar como víctima y se dedicó a quejarse y sacar provecho de sus sufrimientos o de los de sus antepasados de clase o sexo, ideología o religión, fueran reales o imaginarios. Había un sentido de la elegancia que desaconsejaba alardear de los padecimientos y las persecuciones.” Duro alegato de este pariente espiritual de Shakespeare en la nueva época de la Memoria Histórica. La novela no invita al olvido, sino al uso inteligente y estoico de las verdades que huelen a estiércol y horror.

Se impone el principio de responsabilidad, donde resuena la sabiduría más tradicional: “Nada en exceso”. “Domina el placer”. “Conócete a ti mismo y conoce el momento oportuno.” “La medida y el conocer los límites son el mejor antídoto contra la hybris, el orgullo sin límites que desemboca en lo trágico.” Es decir, asimilar lo malo para sortear lo peor. El recetario, pues, de la gran moral clásica. Bajo ella subyace la convicción de que la política opera con abstracciones simplificadoras y que frente a ella, la gran literatura tiene la obligación de ofrecer la observación de los casos particulares, la variedad real de los seres y las circunstancias. Como sostuviese Alain Finkielkraut, lejos de los redentores políticos, los novelistas deben dar cuenta de lo singular, lo irrepetible, lo complejo, la pluralidad humana, rompiendo el mundo esquematizado de la política. “La pluralidad -recordaba Hannah Arendt- es la ley de la tierra.”

Javier Marías refuerza esa multiplicidad de lo existente desvelando las contradicciones y autotraiciones de sus criaturas. Muriel, que tiene la gigantesca generosidad de renunciar a la venganza de crímenes políticos, no es capaz de perdonar una falta en apariencia de menor trascendencia de su esposa. No acepta lo malo, con el resultado de desencadenar lo peor y más trágico. Algo de lo que Juan de Vere extraerá un aprendizaje vital. Quien pareciese una variante del lacayo mirón sacada de la órbita shakespereana de Polonio, encarna finalmente a un héroe en la más clásica tradición del aprendizaje sentimental e intelectual del bildungsroman. Así empieza lo malo nos procura, de este modo, el placer de la belleza del lenguaje, la ávida intriga de los sucesos, la construcción impecable de un universo, la honda incitación a la reflexión tanto moral como política, pulverizando estereotipos. Javier Marías ha escrito otra obra maestra. Y lo ha hecho contraviniendo sus propias previsiones tras finalizar Tu rostro mañana, cuando anunció que no volvería a escribir novelas, al menos de tanto empeño. Hemos de agradecer esa creativa contradicción. Marías se ha puesto en situación de merecer todos los premios -los acepte o no-, sin descartar el propio Nobel.

RAFAEL FUENTES

El Imparcial, 12 de octubre de 2014

Presentación a los lectores de ‘Así empieza lo malo’

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Javier Marías se detiene en el inicio de lo malo

“¿Hubieses aceptado el Premio Nobel?”, pregunta la periodista Montserrat Domínguez a Javier Marías (Madrid, 1951). “Es como si me preguntas si me hubiera ido con el Mago de Oz de paseo”, contesta el escritor. Las risas llenaron entonces la Casa de América, en Madrid, donde ambos conversaron la tarde del pasado martes sobre la última novela de Marías, Así empieza lo malo (Alfaguara), editada el pasado 23 de septiembre y que ya va por la primera reimpresión. “No veo ningún motivo para que sucediera, pero sí, por qué no, es decir, no lo da el Estado español”, reconoce el autor.

Esa historia de susurros cotidianos y retratos de la cruda rutina que es Así empieza lo malo revela no sólo los secretos que cualquier pareja guarda bajo el colchón, sino también los que se ven a través de la ventana en una España que estrena los años ochenta. Un país que aún estaba desenvolviendo el regalo de la Transición, “que no fue perfecta y tuvo muchos peajes, pero la compensación era suficiente”, apuntó Marías, aludiendo a uno de los asuntos de fondo de la novela. Solo uno de ellos. El amor, el deseo, el rencor, el pasado, las relaciones humanas, la política, el olvido, la verdad… Cada uno es parte y todo de un volumen repleto de historias que se van engarzando con la realidad de un país sin terminar, pero que camina a remolque.

Y la juventud, esa de la que en libro se dice que tiene “el alma y la conciencia aplazadas”. Juan de Vere, recuerda y cuenta su historia cuando tenía 23 años a lo largo de las páginas de la nueva novela. “¿Cómo era Javier Marías con esa edad?”, le pregunta la directora de El Huffington Post. “Una de las cosas que uno descubre es que cuando era joven era demasiado imbécil, a menudo un poco desaprensivo e incluso, en algunos momentos, desalmado. Algo que hoy en día no me hubiese permitido”, sentencia el autor de Corazón tan blanco.

Marías cree que, cuando uno es joven, la construcción de la propia vida ocupa demasiado el tiempo como para pensar en otra cosa. Ni siquiera la muerte se vive con la misma intensidad.

Cuando él tenía 26 años, falleció su madre. Su padre lo hizo en 2005, cuando Marías pasaba los 50: “Uno pensaría que al joven, la muerte de un progenitor lo debería dejar arrasado, porque es más impresionable. En mi caso, estoy convencido de que fue todo lo contrario, aunque recuerde a mi madre a menudo, si no cada día”. Se reconoce como alguien que se estaba incorporando a la vida, con sus propias cuitas, cuando tenía 26. Y un hombre a quien la muerte de un progenitor causó mucha más desolación cuando ya había entrado en la cincuentena.

Al Marías de hoy, con cicatrices incluidas, le preocupan los asuntos de siempre, los que rellenan la vida y a los que lleva dando alas durante todos sus años frente a una hoja en blanco. Y le añade uno más: “Me parece que hay una necesidad de fanatismo, que demasiada gente anda buscando causas y enemigos y motivos de indignación, como si no hubiera reales”.

ISABEL VALDÉS ARAGONÉS

El País, 14 de octubre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 12 de octubre de 2014. ‘Hasta cuándo esperan los libros’

Algunos agostos aprovecho para echar un vistazo a los numerosos Babelias –suplemento cultural de este periódico– que durante el resto del año no he tenido tiempo de leer, ni de hojear siquiera. Como no descarto hallar algo interesante en ellos, los aparto para mejor ocasión, ahora llegada. Todos sabemos que la lectura de diarios atrasados provoca melancolía. Cuán grave parecía tal noticia en el momento de producirse, pensamos, y al poco se quedó en nada, una gran falsa alarma. O bien: nada ha cambiado, los políticos –sobre todo ellos– siguen hoy exactamente igual que hace un año, con sus sandeces, sus falacias, sus frases inconexas y vacuas, sus minúsculas querellas que a casi nadie importan pero a las que la prensa presta atención desmesurada. O bien: qué ingenuos y optimistas fuimos, al creer que tal o cual cuestión estaba ya arreglada o amansada, y ahora está más virulenta que nunca. O bien (lo más evidente): qué nuevo era esto o aquello, y qué viejo se ha hecho en muy poco tiempo. Qué novedosos resultaron Obama o Francisco I, y cuán velozmente nos saturamos de ellos; la anhelada independencia de Cataluña se ha convertido en asunto vetusto, como las ya descoloridas y casi raídas esteladas que proliferaron en los balcones en 2012: si algún día se alcanza esa independencia, parecerá un hecho anacrónico, anticuado, y es probable que la población lo acoja con indiferencia, si es que no con cansancio. Hasta Felipe VI empieza a semejar rutinario, y en breve lo será Pedro Sánchez, flamante secretario general del PSOE.

Un suplemento literario, sin embargo, debería estar más a salvo de la fugacidad y del rápido envejecimiento de cuanto acontece. Los libros siempre esperan, suelo decir a los lectores que se “disculpan” por no haber leído “todavía” tal o cual novela mía; los libros son pacientes y están acostumbrados a aguardar su turno, que a veces llega al cabo de décadas y a veces no llega nunca. Así solía ser tradicionalmente, pero quizá ya no. Uno va mirando las críticas que aparecieron hace seis o doce o más meses. Lamento decir que la mayoría no son en sí mismas atractivas: en poquísimas hay una idea, o una consideración llamativa sobre algún aspecto literario o sobre la literatura en su conjunto. Tampoco logran invitar a asomarse a las obras objeto de su comentario. En este agosto de Babelias esperaba elaborar una nutrida lista de títulos que me hubieran pasado inadvertidos o de cuya existencia no me hubiera enterado. Lo cierto es que no he anotado ni uno. Apenas ha habido reseñas (con excepción de las que escribía Guelbenzu acaso, pero él hablaba casi siempre de obras traducidas y más bien clásicas que ya conocía; con la de algunas de Manguel y quizá de alguien más) que me hayan incitado a salir corriendo a la librería, sólo fuera por la curiosidad despertada. Los apabullantes elogios que han recibido demasiadas novelas, poemarios y ensayos me han producido un efecto anestesiante, por sonarme a maquinales, o a “obligados”, o a insinceros, o a gratuitos, o a convenientes. Alabanzas sin alma, por decirlo de manera cursi; palabras apasionadas escritas sin pasión reconocible, como si nos hubiéramos acostumbrado en exceso a manejar sólo envoltorios.

En esos Babelias ya viejos veo una desproporcionada atención a lo que viene de las dos principales Américas, la de nuestra lengua y la anglosajona. En lo que respecta a la primera, da la impresión de que haya un voluntarismo rayano en la adulación, como si fuera forzoso insistir en que hay cien “genios” en México, en la Argentina, en Colombia, en el Perú, en Chile, en cada país de habla española. Y no hay ni nunca ha habido cien genios a la vez, ni siquiera en el mundo entero. En cuanto a lo procedente de los Estados Unidos, se trata casi todo ello con una especie de beatería, o de provincial papanatismo, cuando la literatura de ese país (con sus salvedades) lleva decenios alumbrando a menudo obras parecidas entre sí, repetitivas, casi clónicas. Anticuadas para mi gusto, y sin embargo saludadas una y otra vez como lo más innovador del planeta. Los genios estadounidenses no son cien, sino mil por lo menos. Lo más desasosegante de este repaso es comprobar qué se ha hecho de todas esas obras maestras al cabo de unos meses. La inmensa mayoría ha pasado sin pena ni gloria; sólo los exaltadores críticos han visto su importancia, y sus consejos han caído en el vacío para la población lectora. Ni siquiera da la impresión de que esos libros esperen, como lo hacían antaño todos. Más bien parece que la oportunidad se les haya pasado, para siempre. O hasta que una película de éxito basada en ellos vuelva a señalarlos, pero contar con eso es como jugar a la lotería. Al leer todo seguido sobre esos libros jaleados y encumbrados, que no obstante es como si no existieran, uno se pregunta por qué escribimos tantos y no puede por menos de acordarse de los casos contrarios: de Moby-Dick, por ejemplo, se imprimieron menos de tres mil ejemplares en 1851, y a la muerte de Melville, en 1891, era un título inencontrable, al que gran parte de la crítica había puesto verde. Casos como el suyo son la única esperanza inútil a la que nos podemos aferrar los que hoy escribimos: a que un día un libro logre elevarse por encima de la confusión de denuestos y elogios y del magma siempre creciente. Lo malo es que, si se produce, no lo veremos ni sabremos, como no lo vio ni supo Melville con su enorme ballena blanca.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de octubre de 2014

Dos reseñas

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Javier Marías o la novela moral
IÑAQUI EZKERRA
El Correo Español, 29 de septiembre de 20141

 

Así empieza lo malo

Años ochenta. Juan de Vere trabaja como secretario para un cineasta llamado Eduardo Muriel, quien le hace el encargo de averiguar cuanto sepa sobre algunos episodios infames del pasado de un doctor que es un íntimo amigo suyo. Ese es el arranque de la nueva novela de Javier Marías, titulada de nuevo con una cita de Shakespeare.

Así empieza lo malo
se articula en torno a dos tramas que confluyen: la investigación que el protagonista-narrador va a realizar en el pasado del doctor, y el matrimonio insano, desgarrado y por supuesto infeliz entre Muriel y Beatriz Noguera. Todo ello será observado con la mirada de un narrador que en el momento de la acción tenía poco más de veinte años pero que lo cuenta mucho más tarde, desde un tiempo cercano al actual. De ahí el filtro al que es sometida la narración, acompañada como siempre en su caso por consideraciones de índole moral.

Javier Marías es el autor de prosa más reconocible de la literatura española actual. No hay que leer más que una página de cualquiera de sus libros, incluso un párrafo, y un lector mínimamente curtido identifica sus frases de largos períodos y el estilo reflexivo marca de la casa. En la literatura de Javier Marías importa sobre todo el pensamiento que fluye de la cabeza del narrador, mucho más que la acción. En realidad, es como si esta fuera la disculpa para esadisección del ser humano, con sus miserias y sus grandezas (menos de las segundas que de las primeras) que siempre plantea.

No faltan en esta novela –subyugante a medida que se avanza en sus páginas– los guiños: el profesor Francisco Rico, amigo del autor en la realidad, que aparece de nuevo y que es víctima de las bromas del narrador una vez más; las referencias a los represaliados de la postguerra por causa de denuncias más o menos anónimas, que tanto espacio ocuparon en Tu rostro mañana y libros anteriores; el trabajo de director a destajo de su tío Jesús (Jess) Franco; y, por supuesto, ese tratamiento de «joven De Vere» que algunos dan al protagonista. Imposible no recordar que, hasta no hace tanto tiempo, el propio escritor era conocido en ciertos ambientes como el «joven Marías», para distinguirlo de su padre, el filósofo Julián Marías. Hay también algo nuevo, que puede llamar la atención a sus lectores más fieles: el manejo de un vocabulario grueso relacionado con una escena de sexo explícito, algo no muy frecuente en sus páginas hasta ahora.

Cuando publicó Los enamoramientos, algún crítico dijo que Marías rebajaba algo el grado de complejidad de su literatura tras la densidad de los tres volúmenes de Tu rostro mañana. Puede ser. En Así empieza lo malo, hay más trama novelesca en el sentido clásico que en la trilogía y al tiempo más reflexión que en Los enamoramientos, que tampoco era escasa. Por cierto: a un par de semanas de la concesión del Nobel de Literatura, Marías es el autor en lengua española mejor situado en las apuestas.

CÉSAR COCA

El Correo, 29 de septiembre de 2014