De Llanddewi Fach a Llanfrechfa, el paseo favorito de Machen

De Llanddewi Fach a Llanfrechfa, el paseo favorito de Machen

Ocurrió hace casi treinta años. Eran mis primeros meses en Oxford, en cuya Universidad tenía un puesto de lector y lecturer. No me deslomaba, la verdad sea dicha, y empleaba buena parte de mi tiempo libre en explorar y rebuscar en las numerosas librerías de viejo entonces existentes allí, la mayoría ya han cerrado. Andaba a la caza de autores y volúmenes raros, de los que no existían ediciones modernas, entre aquéllos Aickman, Lord Berners, Thomas Burke, John Meade Falkner, Collier, Vernon Lee, Lord Dunsany, Shiel, Stenbock y Arthur Machen. De este último quería conseguirlo todo, y las más recientes ediciones de sus títulos menos conocidos databan de los años veinte o treinta. En aquella época –mucho antes de Internet– todavía podían encontrarse gangas, en esas librerías a veces finas y caras, a veces enormes y deslavazadas, y también en los mercadillos dominicales que se organizaban en claustros de iglesias, en la estación de bomberos o en el salón de un hotel londinense. Empezó a ponerme nervioso un individuo con el que me cruzaba a menudo en esos sitios. Cuando uno identifica a alguien con las mismas manías o aficiones, es inevitable verse un poco reflejado en él, y el reflejo me inquietaba, del mismo modo que en el albor de los vídeos, también en Inglaterra, me desagradaba toparme en las tiendas con un tipo que no daba la impresión de estar totalmente en sus cabales: murmuraba y farfullaba solo, tenía una pinta estrafalaria, y me preguntaba si no respondería yo al mismo patrón, sin darme cuenta. Por fin se dirigió a mí una vez, al verme coger El puente de Waterloo, con Vivien Leigh y Robert Taylor. “Esa es la mejor película de toda la historia, ¿verdad?”, me dijo con la mirada encendida. Le contesté que posiblemente, para no entrar en discusión con él, la verdad es que me repelía algo. Pero por su elección comprendí que se trataba de un alma cándida, sentimental y sin duda solitaria, y ya no seguí contemplándolo con aversión, ni con recelo.

El sujeto de las librerías no me repelía, pero su aspecto era extraño: una nariz algo larga y que parecía siempre resfriada, unos ojos pequeños y rápidos, una ropa decorosa pero gastada, si no recuerdo mal solía llevar una gabardina de las que mi madre habría calificado como “de cesante”, un concepto pretérito que acaso esté volviendo. Un domingo por la mañana se presentó en mi casa y llamó al timbre. Los dueños de la librería Titles, me dijo, le habían dado mis señas y le habían hablado de mí como coleccionista de Machen, y él era un experto en Machen (ignoraba, sin embargo, que era un predilecto de Borges). Relaté una conversación parecida a la que tuvo lugar en mi vieja novela Todas las almas, entre el narrador y el personaje Alan Marriott, que se presentaba acompañado de un perro con tres patas. Roger Dobson –ese era su nombre– no tenía perro, pero fue el primero en hablarme del Reino de Redonda, de su leyenda y de su Rey borracho y pordiosero, John Gawsworth, que en mi vida han tenido cierta importancia. No hicimos amistad, no solíamos quedar, pero desde entonces nos saludamos en las librerías e intercambiábamos informaciones y hallazgos. Luego, sin embargo, nos fuimos escribiendo, de tarde en tarde, a lo largo de todos estos años, y cuando el anterior “Rey de Redonda”, Jon Wynne-Tyson, decidió “abdicar” en mi favor, Dobson, quizá el mayor “redondólogo” del mundo, no tuvo inconveniente en aceptarme. Lo “nombré” Duke of Bridaespuela, en homenaje a Machen.

thelifeofmachenDe su vida personal contaba poco. Escribía artículos eruditos en revistas raras o directamente friquis, sobre autores olvidados, del género sobrenatural principalmente. No sé cómo se ganaba la vida. Mal, supongo. Se mudó del centro (vivía en una casa que había sido morada de Tolkien); alguna vez mencionó que hacía de extra en películas rodadas en Oxford; cuando supe que andaba en apuros, vi de pagarle la edición de una biografía de Machen escrita por Gawsworth, hallada tardíamente, que él había realizado gratis et amore en principio. Hace un par de meses me escribió Ray Russell, uno de los creadores de la sociedad The Friends of Arthur Machen, preguntándome si sabía de Dobson. No había rastro de él, no contestaba a los e-mails, esperaba que no estuviera enfermo. Ya entonces me temí lo peor. Dobson no tenía teléfono. Le escribí, en vano. Una semana más tarde Russell me confirmó mis negras sospechas. Dobson había muerto en abril, no sabía cuándo ni cómo ni por qué, ni si había habido funeral o iba a haberlo. A veces uno averigua más sobre los muertos que sobre los vivos, aquéllos ya no pueden proteger sus secretos. De momento, no ha sido el caso. El único dato nuevo que me ha llegado es que Dobson se crió en Manchester. Por lo demás, sigo sin saber nada, sólo que ya no está en el mundo quien vi, hace muchos años, como un reflejo de mí algo inquietante. Hay personas así, recónditas, librescas, silenciosamente entusiastas de lo que eligen estudiar o hacer, de aquello a lo que se dedican y que no a muchos importa. Personas que ponen sus energías en sacar del olvido a quienes están injustamente olvidados, aun a riesgo de que se los olvide aún más a ellos, en la vida y en la muerte. Yo no lo olvidaré, al singular Dobson: sin él pretenderlo ni ser muy consciente de ello, labró en cierta medida mi fortuna literaria. Gracias, Alan Marriott. Gracias y adiós, Roger Dobson.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de junio de 2013

About these ads