Hay piezas que, la verdad, uno creía que ya no tendría que escribir jamás, por superfluas, y sentarse ante la máquina para soltar obviedades y lugares comunes produce una mezcla de aburrimiento y depresión. ¿Todavía hay que defender esto?, se pregunta con desaliento. ¿Cómo es posible? ¿Qué está pasando para que convenga romper una lanza a favor de los homosexuales, a estas alturas y en países no talibánicos (a los que lo son ya se sabe que les parece condenable todo, el juego, las estatuas, el cine, la música e In­ternet, que las mujeres conduzcan y trabajen y estudien y vayan al médico y enseñen media mejilla y existan en general)? La aceptación de los homosexuales ha sido una de las conquistas que se han producido en España con mayor naturalidad, tras décadas, no se olvide (todas las del franquismo, como mínimo), en las que estuvieron perseguidos, vivieron en las catacumbas y muchos de ellos sufrieron palizas y cárcel, sólo por su condición. Es llamativo el ensañamiento que han padecido a lo largo de si­glos, aquí y en otros lugares, cuando nunca han constituido una minoría violenta ni amenazadora, antes al contrario, ha solido ser pacífica y respetuosa. (Hablo como co­lectivo, claro está: en todos los ámbitos hay individuos agresivos y malintencionados.)

Bien es verdad que esa aceptación ha te­nido lugar mediante el pago de algunos pea­jes por parte de los homosexuales, peajes que bastantes de ellos encuentran humillan­tes (probablemente con razón), pero que en todo caso denotan habilidad. Los gays españoles se supieron hacer “simpáticos” y resultaron “graciosos” para la gran mayoría de la sociedad. No pocos se sometieron a un cierto estereotipo: individuos festivos y desenfa­dados, a menudo ingeniosos y exagerados, con una malicia y un descaro refrescantes que no llegaban a ofender a nadie. Tanto los programas como las series de televisión se llenaron de personajes así, hasta el punto de hacerse cargante la reiteración y de acercarse demasiado al tópico y a la caricatura. Pero esa dimensión “familiar” del gay, ese despojamiento de los aspectos siniestros o monstruo­sos con que tradicionalmente se lo quiso presentar, ayudó no poco -guste o no, y comprendo que no- a su “normalización”. Para los que vivimos algo de franquismo, es sorprendente -y motivo de op­timismo- la tranquilidad con que el grueso de la población se ha tomado el matrimonio homosexual. Al cabo de unos años, a casi nadie le extraña que dos varones o dos mujeres se casen, ni que tengan hijos, ni que gocen de los mismos derechos que cualquier pareja heterosexual. En este sentido destaca como brutal anoma­lía que el PP, actualmente en el Gobierno, aún mantenga un recur­so contra dicho matrimonio ante el Tribunal Constitucional. La postura de la jerarquía católica al respecto no es siquiera digna de mención, pues ella entera es una anomalía brutal desde hace tiem­po, con el obispo Reig Pla como más reciente cabecita de hidra en su gruta de Alcalá. Que un prelado se permita decir que los homo­sexuales “van a clubs de hombres” (no sé dónde quiere que vayan, si les apetece ligar) y que por eso, “os aseguro, se encuentran en el infierno”, suena más chocarrero que “homofóbico”. Claro que cuando un obispo menciona el infierno nunca puede inferirse -como ha hecho con fórceps en Abc el beato Prada, arrastrado sier­vo de la Conferencia Episcopal- que emplee el término “en sentido figurado, como destrucción en vida”, ni coloquial.

Pero hay cosas más serias: en Chile acaba de ser asesinado por neonazis un joven homosexual; en Rusia se aprueban leyes contra ellos, y se equipara la homosexualidad con la pedofilia (la Iglesia Católica conoce bien la diferencia, con tantos de sus miembros devotos de lo segundo en todo el mundo); en Grecia un partido de extrema derecha, Aurora Dorada, propugna sin tapujos la persecu­ción de los gays, como el Jobbik húngaro Y tantos otros de la misma tendencia en Europa. En los Estados Unidos las bases del Tea Party, y los intolerantes evangélicos, los detestan a muerte. Nada se puede dar por definitiva­mente ganado, y hay que volver a insistir.

A título particular, me cuesta especial­mente entender tanta admonición y animadversión. Tengo y he tenido siempre amigos gays, y no es ya que sus preferencias sexuales me trajeran sin cuidado, es que no eran de mi incumbencia. Algunas de las personas más inteligentes, cultas y civilizadas que he cono­cido son homosexuales, y nada caricaturescos. Pero no sólo: tam­bién algunas de las más buenas y nobles. Pienso, por ejemplo, en un gran amigo mío inglés, de quien una vez escribí que, si algún día se enfadaba conmigo y me retiraba la amistad, no tendría más re­medio que pensar que el fallo había sido mío, tan leal, justo y sin tacha ha demostrado ser a lo largo de tres decenios. Más de ese tiem­po llevan juntos él y su pareja, y cuando pasan breves temporadas en Madrid, su presencia es motivo de alegría y estímulo para todos mis conocidos. Los dos son católicos practicantes, además (es algo que personalmente me cuesta comprender, pero tampoco eso es asunto mío), y lo son en un país en el que los de esa religión son minoría  y por tanto se toman más en serio su fe que tantísimos españoles rutinarios en la suya, cuando no meramente folklóricos (ya saben, procesiones de Cristos Reventones con peineta y mantilla y poco más). Llama la atención que un obispo sea tan chocarrero con su nada metafórico infierno y quede tan por debajo de sus desterra­dos o ahuyentados fieles: en inteligencia, en seriedad, en cono­cimiento y en bondad. Incluso en religiosidad, que ya es decir.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de abril de 2012

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