LA ZONA FANTASMA. 31 de diciembre de 2011. Superculpable

Aún no he leído El intelectual melancólico (Un panfleto), de Jordi Gracia. No por falta de interés, sino porque no lo veo en ningún sitio (debe de estar mal distribuido). Así que no puedo discrepar de él ni mostrar mi acuerdo. Sí he leído, sin embargo, numerosas glosas y comentarios sobre ese opúsculo, la mayoría subiéndose al carro, celebratorios. De las glosas no hay que fiarse: a menudo son erradas, tergiversadoras o interesadas, y el glosador destaca sólo lo que afianza sus propias tesis u opiniones. En lo que no mentirán es en algo comprobable: al parecer, en el panfleto de Gracia no se citan nombres, lo cual ha permitido que ninguno de los intelectuales melancólicos o catastrofistas objeto de sus críticas se haya dado por aludido. Yo, en cambio -insisto, al leer las reseñas y exégesis-, no he sido capaz de no darme. Y no sólo eso: el rapapolvo me ha hecho pensar, dudar, y preguntarme si no me he convertido en lo que se llama un cenizo.

Por lo visto, la arremetida del autor va contra quienes ven la época actual como un periodo de decadencia cercano al desastre, al menos en los campos de la educación y la cultura. Contra quienes entonan “jeremiadas” por cualquier minucia y no perciben las incontables bondades de nuestro tiempo, dan la espalda a las innovaciones tecnológicas y lamentan el arrumbamiento de saberes y costumbres del pasado. Ignoro si los acusa de pertenecer a la viejísima casta -la ha habido en todos los siglos- de quienes creen que todo tiempo pretérito fue mejor. Espero que no lo haga, porque la acusación también sería viejísima, y aún peor, anticuada.

Sea como sea, me siento desde luego culpable de ver estos años -lo he dicho y escrito un montón de veces- como especialmente imbéciles, lo cual, sin embargo, no acaba de hacer de mí un melancólico o nostálgico, no al menos de las décadas que he conocido. Cumplí mis veinte años en 1971, y a buen seguro no añoro el periodo de mi juventud, como le ocurre a mucha gente: los setenta, ya en su momento, me parecieron majaderos y plastas, y es más, en gran medida los considero responsables de mucha deriva necia contemporánea. Pero, como no quería quedarme atrás entonces, me temo que me sumergí de lleno en no pocas majaderías y contribuí a ellas, pese a mis reservas. Algo, creo yo, por lo demás comprensible en un veinteañero. Lo que no encuentro tan comprensible es el mismo empecinamiento en quienes ya son del todo adultos y no soportan no ser “modernos” permanentemente. Si hay un intelectual “melancólico”, también hay uno “cronológico”. Es el que, con sentido acrítico, abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, aunque eso lo lleve a contradecirse cada pocos años. Es aquel que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe. Es aquel que con fe ciega sostiene que lo mejor es por fuerza lo más reciente, sin darse cuenta de que el orden cronológico no tiene mucho que ver ni con el progreso -salvo en lo estrictamente científico y técnico- ni con el progresismo. Ese intelectual, de haber vivido en el XIX, habría defendido que el reinado de Fernando VII en España fue más avanzado y mejor que el de Carlos III, puesto que vino después en el tiempo. O que la Revolución Francesa fue un atraso, vista desde 1825. Esa figura, dicho sea de paso, coincide a menudo con otra que jamás ha faltado y a la que alguna vez he llamado el “adulajóvenes”: el hombre o mujer maduros o ancianos, con frecuencia patéticos, que no soportan sentirse anacrónicos -cuando a la mayoría nos toca sentirnos así, antes o después- y reniegan sin cesar de sus convicciones y aprecios para no quedar “desfasados”; y elogian abyectamente lo que los jóvenes de cada decenio promocionan o adoran, con independencia de que sea un avance o un retroceso, una genialidad o algo estúpido.

Claro que esta época posee elementos estimables, quién osaría negarlo. Pero percibo muchos otros que no pueden gustarme, y eso que -repito- yo no he vivido ninguna que juzgue de esplendor o “dorada”. Pero, qué quieren, no soy capaz de celebrar la mediocridad palmaria de los políticos ni su idiotez ilimitada, y éstos acaban por influir en todo; ni que la lengua hablada y escrita sea cada vez más pobre y confusa, una sopa boba, con esporádica colaboración de la RAE a la que pertenezco; que haya más información pero también más ignorancia, y además ufana; no puedo soportar la entronización de los tópicos, y me sale urticaria cada vez que oigo o leo estas expresiones: “lo alternativo”, “lo mestizo”, “lo coral”, “era de la información”, “ideología dominante”, “capitalismo tardío”, “dictadura de los mercados”. Me cuesta interesarme por novelas fascinadas con Internet y demás, para mí es como haberse fascinado en su día con la aviación o el teléfono, seguro que hubo obras dedicadas a exaltarlos que en el acto pasaron al baúl de los olvidos. No me alegra que, como me cuentan todos los profesores que conozco, sean del país que sean, la mayoría de estudiantes lleguen a la Universidad con un nivel cercano al del analfabetismo técnico. Ni que la cortesía y la discusión razonada hayan sido casi desterradas de la faz de España, y en cambio crezcan el puritanismo y el prohibicionismo. Y desde luego me sonrojo ante las argumentaciones imbéciles e inconsecuentes que abundan en las prensas y pantallas, en las ondas y el ciberespacio. En fin, me reconozco superculpable (no sé si de “melancolía”; de lo que se tercie). Lo he dicho en más de una ocasión: me siento un anacronismo, y es justo que así sea. Rebelarse contra ello es tarea interminable, de Sísifo. Y encima la veo ridícula, las más de las veces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de diciembre de 2011

Mientras tú te rizas ese mechón

En verdad hace tantos años que me disculparán cuando la memoria me falle. Acababa de cumplir veintitrés cuando Claudio Guillén, entonces flamante director de la colección Clásicos Alfaguara, me citó en una cafetería y me propuso traducir para él La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, que durante sus dos siglos y pico de existencia jamás se había podido leer en español. Con la inconsciencia de las edades tempranas, me apresuré a aceptar el encargo, para contento de Juan Benet, recuerdo, al que parecía escandaloso que nunca se hubiera traducido esa novela, y espanto de Vicente Molina Foix, que me vaticinó el más absoluto fracaso en el empeño y me auguró: “No sólo te dejarás la piel en el intento, sino el prestigio que hayas podido adquirir”. No es que gozara de mucho, francamente. Había publicado dos novelas precoces y me había atrevido a traducir un cuento de John Updike, ‘Museos y mujeres’, y el volumen de sombríos y maravillosos relatos de Thomas Hardy titulado El brazo marchito, en los que ya me había dejado unas cuantas capas de piel.

Pero Tristram Shandy era otra cosa: la edición de la Penguin English Library que yo había manejado como estudiante de Filología Inglesa sumaba casi 700 páginas de letra apretada, y la de 1792 que había en casa de mi padre, 822 repartidas en dos tomos. Su autor había nacido en 1713 (dentro de dos años se cumplirá su tricentenario) y había muerto en 1768, luego su inglés era naturalmente algo arcaico. Además de eso, Tristram Shandy se consideraba la novela más cervantina posterior al Quijote y el precedente más claro y directo del Ulises de Joyce: por la complejidad de su estructura y su excéntrica ambición, su carácter innovador e irrespetuoso, la dificultad de su lenguaje, sus endiablados juegos de palabras y su disparatada erudición, por sus atrevimientos sintácticos, tipográficos y de puntuación, por su incesante humor para muchos “intraducible”. No le faltaban motivos a Molina Foix para mostrarse agorero. La confianza de Benet contaba aquí poco: en realidad era un hombre optimista, despreocupado e irresponsable en lo que se refería a sus amigos. Siempre pensaba que saldríamos de todo con bien.

Al poco de contratar mi traducción, me marché a vivir a Barcelona, y fue allí donde, durante un par de años o quizá más, conviví a diario con Sterne y su Tristram Shandy, que en efecto me dejaron sin piel. Quiso el azar -o no fue el azar- que en el piso de arriba de donde yo vivía -un sexto- viviera, en el ático, Félix de Azúa, al cual le había encomendado Guillén, a su vez, la traducción de La religiosa, El sobrino de Rameau y Jacques el fatalista. En esta última obra Diderot había copiado casi literalmente algunos párrafos de Tristram Shandy, y Sterne, por su parte, había saqueado no poco (reconociéndolo casi siempre, eso sí) a Cervantes, Montaigne y Rabelais, de manera que Azúa recurría a veces a mi traducción en marcha y yo a su mejor conocimiento del francés, en busca de la exactitud de las fuentes. (Así como al Quijote sin intermediarios, claro está.)

Aparte de la traducción misma, escribí un millar de notas, algunas innecesarias, otras imprescindibles. Muchas, desde luego, las saqué de las ediciones británicas o americanas con que trabajaba (no tenía sentido ponerme a investigar lo que ya estaba investigado), pero otras habían de ser de mi cosecha por fuerza, así que me entró el vicio de la erudición y quise “mejorar” o completar las de los estudiosos anglosajones. Recuerdo mi enorme y absurda satisfacción cuando descubría las fechas de nacimiento y muerte de un oscuro cirujano francés mencionado en la novela, que se les habían escapado a mis predecesores, o datos que éstos desconocían sobre un aún más recóndito relojero suizo. Asomarme al abismo de enfermedad tan incontenible y de tan poca consecuencia me hizo jurarme que nunca entraría en la Universidad, lugar en el que es fácil acabar zampándose siete volúmenes para incluir un detalle que a nadie le importa, en una nota a pie de página que casi nadie se molestará en leer, o sólo para criticarla. Por la misma razón, la experiencia me vacunó también contra la tentación de escribir algún día una novela histórica, ese género al que hoy se entregan con alegría e Internet hasta quienes jamás han abierto un libro de Historia.

Pero la traducción de Tristram Shandy me sirvió sobre todo -además de para ganarme muy modestamente la vida durante aquellos años barceloneses- para aprender. El traductor no es sólo un lector privilegiado, como se dice a menudo. Es también un escritor privilegiado si lo que le toca es reescribir en su lengua una obra maestra. Si lo hace aceptablemente bien, habrá ejercitado su escritura con mucho mayor provecho que redactando “a ciegas” varias novelas inventadas por él. Con “a ciegas” quiero decir que esas creaciones suyas no tendrá con qué compararlas, mientras que su traducción deberá compararla continuamente con el original, lo cual le permitirá preguntarse: “¿He sabido hacer esto? ¿He logrado reproducir aquello? ¿He salido airoso de este desafío, de este enrevesamiento, de esta extrema dificultad? ¿He conseguido conservar la música, la agilidad, el donaire? De haber sabido Sterne español, ¿habría optado por lo que yo he optado? Y es más, ¿habría reconocido como aún suyo este texto, en una lengua en la que él habría sido incapaz no ya de escribirlo, sino de concebirlo?”

Por una de esas frecuentes casualidades del mundo editorial -sospechosamente frecuentes-, hubo dos traducciones más de Tristram Shandy en aquellos años setenta del pasado siglo, cuando, como he dicho, nunca se había podido leer en español desde su aparición por entregas entre 1760 y 1767. No soy quién para juzgar esas versiones; o sí, pero mi juicio parecería interesado y parcial. No me importó, en todo caso, porque mi experiencia y mi aprendizaje eran intransferibles. Vi desde dentro, literalmente desde su interior, cómo se hacía la novela “más libre” de todos los tiempos, según palabras de Nietzsche. Asistí a su creación y me encargué de su recreación. Vi cómo se podía suspender el tiempo una y otra vez, cómo se podían aplazar o diferir los acontecimientos, la historia, sin perder por ello interés; cómo era factible incorporar al lector al texto e interpelarlo, crearle la ilusión de intervenir cuando en realidad se lo estaba llevando de la nariz en mayor medida que en cualquier novela tradicional; cómo cabía ser grave y bromista al mismo tiempo, declaradamente imitador y profundamente original; cómo el ritmo de la prosa lo es casi todo a la hora de envolver y arrastrar al lector, la mayor lección junto con esta otra: hay que ser osado, pero no por serlo gratuitamente y para llamar la atención, sino porque siempre es uno quien manda en lo que escribe. Hay que andarse con cuidado, sin embargo, en la frecuentación de Tristram Shandy, porque ese libro hace al instante viejas cuantas obras se presentan hoy como voluntariosamente innovadoras o “rompedoras”. Demasiadas las envía al desván, nada más nacer.

Se reedita ahora aquella traducción mía abocada al fracaso, que finalmente salió en 1978, cuando acababa de cumplir veintisiete años. Al revisarla para corregir las erratas y omisiones que se colaron entonces y han persistido hasta hoy, se me aparece como una de esas tareas que uno no entiende cómo pudo llevar a cabo, del mismo o parecido modo que uno no entiende cómo, de niño, salvaba de un salto un enorme tramo de escaleras de mármol en el edificio de su colegio. Sin darse un batacazo y romperse la crisma, quiero decir. Pero también siento, de pronto, lo que el propio Sterne acertó a describir mejor que muchos: “No voy a discutir sobre esta cuestión: el Tiempo se desvanece con demasiada rapidez: cada letra que escribo me habla de la velocidad con que la vida sigue a mi pluma; sus días y sus horas [...] vuelan por encima de nuestras cabezas como nubes ligeras de un día ventoso, para nunca más volver; todo se precipita: mientras tú te rizas ese mechón, ¡mira!, se hace gris; y cada vez que te beso la mano para decirte adiós, y cada ausencia que sigue, son preludios de esa separación eterna que pronto habremos de padecer”. Ya me doy por contento con que, al cabo de treinta y tres años, cuando tantas nubes ligeras han volado por encima de nuestras cabezas, este texto que reescribí de joven aún encuentre lectores y no esté caduco, aún se pueda leer.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 30 de diciembre de 2011

Los libros de 2011

Enamoramientos, sagas familiares, críticas irónicas a la sociedad y al arte contemporáneo, violencia y narcotráfico, madres prostitutas, mundos imaginarios o la belleza y dureza nórdica forman parte de las historias de los mejores libros que ha dado el 2011.

Estos son diez de los libros más destacados publicados en 2011, según la agencia de noticias Efe:

-Libertad, de Jonathan Franzen. Considerada la gran novela norteamericana del siglo XXI, y a la que la revista Time dedicó su portada, es una grandísima narración, de casi mil paginas, en la que este mago de la ficción reconstruye la memoria de toda una generación, plena en contradicciones, que luchó sufrió las secuelas de la guerra del Vietnam, la invasión de Irak, y los atentados del 11 de septiembre.

-El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq. Novela con la que el polémico y rebelde escritor francés ganó el premio Goncourt y libro que ha obtenido las mejores críticas y ventas de este año. La narración es un látigo contra muchos de los mitos de la sociedad contemporánea, como el arte y las nuevas tecnologías e introduce un elemento muy innovador que es la creación de un personaje que es el propio escritor, Michel Houellebecq.

- 1Q84, de Haruki Murakami. Es una de las obras más ambiciosas del autor japonés y uno de los libros del año, en los que la escritura poética del autor vuelve sobre las atmósferas oníricas, tramas en la frontera de la realidad y el sueño y personajes aislados, en este caso situados en el Japón de 1984.

-Los enamoramientos, de Javier Marías. Uno de los principales libros de este año. En esta novela, que va a ser traducida a veinte lenguas, el escritor explora el lado oscuro de ese estado “tan deseable” que suele ser el enamoramiento, pero que también puede llevar a cometer los actos más atroces.

- El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, galardonada con el Premio Alfaguara 2011. En esta novela el escritor colombiano, que creció en Bogotá en medio de la violencia del narcotráfico, los toques de queda y los asesinatos de políticos, reflexiona sobre el miedo y sobre la ansiedad que se siente al vivir en una sociedad vulnerable y amenazada.

- El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron. El escritor argentino da el salto a la escena literaria internacional con esta novela, que ha sido contratada por ocho países, entre ellos Estados Unidos, Francia, Alemania y Gran Bretaña. En el libro, el más personal, Pron se remonta a la dictadura argentina (1976-1983) para rescatar episodios dolorosos del pasado de sus padres.

- Hammerstein o el tesón, de Hans Magnus Enzensberger. El escritor alemán, uno de los intelectuales europeos más influyentes, reflexiona en este libro, a caballo entre la novela y la biografía, sobre el nazismo, y lo hace a través de la figura del barón Kurt von Hammerstein, jefe del Alto Mando del Ejército alemán en el momento de la ascensión de Hitler al poder, encumbramiento al que se opuso en todo momento.

- El cielo a medio hacer, de Tomas Tranströmer. El poeta vivo más importante de Suecia recibió este año el premio Nobel de la Literatura, un galardón que ha redescubierto a uno de los poetas más emocionantes e intensos de hoy. En este libro, que es una antología de su poesía, muestra la naturaleza apasionante y dura, a partes iguales, del norte de Europa y la complejidad del ser humano con sus sueños.

- Purga, de Sofi Oksanen. Llegó a España este año cargada de expectación, puesto que fue la novela más elogiada de la Feria de Fráncfort de 2010. El libro narra las huellas que dejaron en Estonia los nazis y luego los comunistas soviéticos. Todo ello en medio de un thriller con la mafia de la explotación sexual por medio.

- Cuentos completos, de Guy de Maupassant. La publicación, por primera vez en España, de los Cuentos completos del francés Guy de Maupassant, traducidos y editados por Mauro Armiño, constituye una excelente ocasión para adentrarse en el universo narrativo de quien reflejó con maestría en sus relatos la sociedad de su época, desde los estratos más humildes hasta los salones de la alta sociedad.

CARMEN MENDOZA

Terra/EFE, 26 de diciembre de 2011

Planeta ellas

La Huella Digital

PATENTE DE CORSO. Copartícipes secretos

Un cigarrillo en la puerta de Lucio, al salir a la calle. Javier Marías lo enciende apenas pisa el umbral. En la Cava Baja de Madrid hace un frío del diablo. Hemos despachado una de nuestras habituales cenas después de la Academia, algunos jueves: tomate aliñado para dos, escalope Javier, solomillo poco hecho yo, algo de vino. Siempre en la mesa de la esquina, a la que de vez en cuando se acerca alguien a decir buenas noches. Lectores suyos, lectores míos. A menudo -nos sigue sorprendiendo- gente que nos lee a ambos. Hoy gano yo por dos a uno, pero otras noches gana él. A veces llevamos la cuenta sonriendo silenciosos y cómplices. Celebrando que puntúe el otro. Suena poco español, pero es cierto. Algunas amistades serían imposibles sin maneras de caballeros. A fin de cuentas, para eso sirven las reglas.

Raras veces hablamos de literatura. La gente cree que los escritores pasan el tiempo citando a Proust o contándose lo del último libro. Quizá haya gente así, pero no es nuestro caso. Como mucho, cambiamos algún cromo sobre aspectos técnicos del mercado, más que del oficio. Tal o cual agente, tal cifra de ventas, tal traductor o publicación en el extranjero. Muy prosaico, todo. Muy profesional. La mayor parte del tiempo nos ocupamos de lo que todos: el paisaje, la gente, la señora que pasa, el último telediario o periódico; que no siempre es el de la jornada, pues vivimos en nuestro mundo de la tecla y no siempre vamos al día.

Hoy, sin embargo, es charla inusual, pues acabamos conversando sobre autores y libros. Caminamos despacio en dirección a la Plaza Mayor, y entre dos chupadas al cigarrillo Javier recuerda que ya somos sexagenarios los dos, y pregunta si noto el estrago psicológico de la cifra. Respondo que no. Que me siento igual que con cincuenta y nueve. Bromeamos sobre ello y acabamos parados frente al mercado de San Miguel -segundo cigarrillo de Javier- comentando lo singular de compartir un creciente desinterés por los libros recién publicados -salvo naturales excepciones- y una mayor inclinación a la relectura de lo que dejamos hace mucho atrás. «Ahora es otro mundo -comenta Javier-. Otros autores y otros libros». Y yo estoy de acuerdo. No mejores ni peores, quizás. Simplemente otros. Como pedirle, tal vez, a Nabokov que leyera con interés a Javier Marías. O, forzando mucho el ejemplo y la categoría correspondiente, a Stephen Crane o a B. Traven que echasen un vistazo a lo que teclea un tal Pérez-Reverte.

Comentamos, con pesadumbre, cómo nos flojean con los años Hemingway y Fitzgerald, por ejemplo, aunque lo de Suave es la noche o el Gran Gatsby seguramente no es culpa del autor, sino de que nuestro tiempo pasa; y como ocurre con Hemingway, a fuerza de leer y teclear terminas por ver más los trucos del oficio que la novela misma. Aunque eso no ocurre siempre. Ahí sigue el Gatopardo de Lampedusa, por ejemplo. Que mejora cada vez que lo lees. O el siempre enorme y más grande a cada relectura Joseph Conrad: la obra extraordinaria donde también convergen, desde lugares casi opuestos, la admiración de Javier y la mía. Las formas tan diferentes de contar, y contarnos. Con movimientos de las manos, intentando mostrar la posición del barco, recurro a lo que sé de maniobras a vela y viradas por avante para comentar la importancia del sombrero blanco flotando en el agua de El copartícipe secreto. Luego hablamos de que Nostromo ya no parece tan ágil leída por tercera o cuarta vez; y de Victoria, a la que Javier no ha vuelto desde hace mucho y que yo sigo considerando, en lo formal -en el contenido es superior Lord Jim, creo-, la más perfecta y conradiana de las novelas de Conrad.

Nos resistimos a despedirnos. Dos amigos recién sesentones, de pie en la calle, de noche y en mitad del frío, hablando con honradez de lo que aman y admiran. De aquello ante lo que atribuirnos las palabras escritor o novelista suena a vanidosa osadía. «¿Sabes algo? -dice de pronto Javier-. Tengo ganas de leer otra vez El conde de Montecristo». Le comento que lo abordé por quinta o sexta vez hace pocos años. «Es la obra total -opino-. Lo tiene todo: traición, venganza, lealtad, compasión, amor, tesoro escondido. Ahora la disfrutamos más que cuando éramos jóvenes». Javier abre con parsimonia su pitillera y elige un cigarrillo a la luz del farol cercano. «Y Hammet», añado. La llama del mechero alumbra su gesto de asentimiento. «Dashiell Hammet es perfecto -responde-. Tan bueno como cualquiera de los mejores. ¿Te acuerdas?… El perro movía las patas. El perro dejó de moverse». Sonrío, lector feliz. Recordando. «Mejor que muchos de los mejores», apunto. Y Javier asiente de nuevo, noble y humilde. Chupando su cigarrillo.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

XL Semanal, 25 de diciembre de 2011

LA ZONA FANTASMA. 24 de diciembre de 2011. ¿Gente tenebrosa, esquinada?

Si no me equivoco, hoy es el día de Navidad, en que se supone -el motivo no está muy claro- que la gente se llena de buenos sentimientos y deseos hacia los demás, brinda por su salud y fortuna y los mira, si no con simpatía, sí con benevolencia y espíritu de tregua. Como bien sabemos, todo esto es una mera convención y una falsedad en todas partes. Pero probablemente no haya país en el que la representación sea más falsa que España. Uno aprende desde pequeño su historia a menudo sombría y fratricida, y en las edades tempranas quiere creer que eso es pasado y que a lo largo de su vida asistirá a un cambio de signo o al menos a una evolución. En cierto sentido ha sido así, no se puede negar, durante los últimos treinta y seis años: no ha habido nunca un periodo tan largo de democracia y libertad y paz (a la famosa “paz de Franco” le faltaban los otros dos elementos, y en realidad sólo había paz para los que militaban en su bando o se sometían a él); hasta hace poco, también de empleo y prosperidad. En conjunto, y pese a todas las deficiencias, pese a la calamidad de nuestros políticos actuales, la corrupción ambiente, los asesinatos de ETA y los variados nacionalismos ramplones y reaccionarios -incluido el español-, no podemos quejarnos de esta época, o no mucho si la comparamos con cualquier otra anterior.

Y sin embargo parece haber algo malhadado y siniestro en el carácter de los españoles, que aflora antes o después. No en el de todos, por supuesto, pero sí en el de una considerable cantidad de ellos que además arman más ruido que los luminosos, tal vez porque su número sea mayor, tal vez porque lo que nos mueve a la palabra y a la acción es el enfado, la insatisfacción y el resentimiento, mucho más que el contento y la aprobación. Por lo poco que sé y lo bastante que me cuentan, si de algo han servido Internet, sus blogs, sus foros y las redes sociales, ha sido para hacer aflorar en su esplendor ese carácter antipático, malévolo, zahiriente y torvo que lamentablemente nos distingue. Si ustedes se fijan, cada vez que aparecen compatriotas en novelas o películas extranjeras, se los presenta -con excepciones- como gente tenebrosa, esquinada, cruel cuando no sañuda, vengativa y muy poco de fiar. Gente con muy mala leche, en todo caso. Sin duda el retrato es interesado en no pocas ocasiones, pretende dejarnos mal a propósito y alimentar la leyenda negra: antipropaganda, en suma. Pero, incluso en estos casos, da que pensar cuáles son los tópicos que se atribuyen a una nación, porque en ellos hay siempre una base de verdad que permite las posteriores caricatura y exageración.

Lo cierto es que hoy, en este mejor periodo, muchos de los españoles que más hablan lo hacen tan sólo para echar pestes y cagarse en los muertos de quien se les ponga delante. No hay individuo que destaque en algo que no sea inmediatamente vituperado por una turba furiosa que las más de las veces se ampara en el anonimato: “Ese escritor es una estafa editorial”. “Ese cantante es un soplapollas y un privilegiado”. “Tal director de cine ha triunfado porque está subvencionado, así también triunfaría yo”. “Ese futbolista que todo el mundo considera un genio es una puta mierda y un tramposo favorecido por los árbitros”. “Esa actriz con tantos premios los ha ganado porque es una vendida al dólar”. Cuando a alguien le sucede una desgracia, no es raro que los comentarios sean del tipo: “Me alegro, se lo tiene bien empleado por cabrón”. Si ha sufrido un accidente: “Ojalá se hubiera matado”. Si se le ha muerto un hijo o un hermano: “Ojalá hubiera palmado la familia entera”. Mi amigo Agustín Díaz Yanes, hijo de torero, entra a veces en webs o blogs taurinos y me cuenta su estupefacción ante el tono predominante de las aportaciones. Si a un diestro lo pilla un toro: “Lástima que no le haya reventado la femoral, así se habría quedado en el sitio de una puta vez”. Si fallece un anciano matador: “Ya era hora. Un pésimo torero y un cerdo que no merecía seguir respirando”. (Ojo, he dicho blogs taurinos, no antitaurinos.) Hace poco un grupo de tenistas jóvenes recaudó dinero para ayudar al viejo ídolo de su deporte Andrés Gimeno, con apuros económicos. Lo cual era digno de encomio o en todo caso de silencio: los jóvenes tenistas eran dueños de hacer lo que les pareciera y no se recurría a fondos públicos. Pues bien, el ciberespacio albergó, por lo visto, buen número de twits encabronados y amargos: “Por qué coño tienen que ayudar a Gimeno”. “Si ha perdido sus ahorros, que se joda. También los he perdido yo”. “Deja de dar la lata y muérete”.

De lo que les cae a los políticos ya ni hablemos, lo menos que se les desea es que los empalen a todos. Ahora, con la mala pinta de lo de su yerno, se ha abierto un poco más la veda contra el Rey y su familia: “Sexo y drogadicción”, hasta eso he leído en una revista “seria”, sin más explicaciones. Casi nadie parece acordarse de que ha sido durante el reinado de aquél cuando hemos disfrutado este mejor periodo de nuestra historia, tutto sommato. España sigue siendo un país gratuitamente iconoclasta, en el que se tiene a gala no admirar ni respetar a nadie, y en el que lo peor que le puede pasar a alguien es asomar la cabeza y destacar. Lo peor, naturalmente, después de ser también lo mejor, como en todas partes. Lo que ocurre es que en otros países el que tiene talento o fortuna no lo ha de lamentar, por lo general. Aquí sí, aquí es obligado, y más bien antes que después. Aun así, muy feliz Navidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24-25 de diciembre de 2011

Lo mejor de 2011. Los enamoramientos

Lo mejor de 2011

A punto de cerrar el año, los críticos literarios de Abc Cultural, así como los de arte y distintas personalidades del ámbito creativo, han aceptado el reto de elegir lo mejor de la cosecha 2011

Los enamoramientos, de Javier Marías

Los enamoramientos es, a mi juicio, la mejor novela publicada en español durante el año que termina. Es Javier Marías en su estado más puro. Ha logrado ser también un éxito de ventas. Que tal cosa ocurra con un libro que nada tiene que ver con los presupuestos y estrategias del best seller resulta esperanzador y, sin duda, señala que felizmente el público exigente en España puede tener muchos rostros.

Partiendo del gran tema del azar de la muerte, y a través de varios giros sorprendentes, la novela desarrolla la voz de una narradora, María Dolz, y contiene los recursos habituales de su autor: vaivén constante entre mundo exterior e interior y un modo de construir un discurso a la vez narrante y pensante en torno a la preocupación por el tiempo, la impunidad de los delitos y su caducidad, el duelo por la muerte del ser querido, el lugar de la casualidad, lo irracional del amor y las coartadas que genera.

Un manejo magistral del discurso interior convive con la tensión de los diálogos entre los tres protagonistas en un proceso de desvelamiento de una muerte cuya explicación se va resistiendo. Otra gran novela de Marías.

JOSÉ Mª POZUELO YVANCOS

Abc Cultural, 24 de diciembre de 2011

El informador

Semana

Los enamoramientos, libro del año

Ilustración. Eva Vázquez

Cincuenta y siete críticos y colaboradores de Babelia han elegido los mejores libros de 2011. Un año dominado por grandes escritores, novelas en diferentes idiomas y ensayos literarios. Los enamoramientos, de Javier Marías, ocupa el primer lugar. La obra ha conseguido reunir a un tiempo el reconocimiento de la crítica y el favor de los lectores.

Los 57 críticos, colaboradores y periodistas de Babelia que han participado en la en encuesta son: Jesús Aguado, Víctor Andresco, Jacinto Antón, Javier Aparicio Maydeu, J. Ernesto Ayala-Dip, Nuria Barrios, Miguel Á. Bastenier, Fernando Castanedo, Amelia Castilla, Manuel Cruz, José Luis de Juan, Patricia de Souza, Edgardo Dobry, Cecilia Dreymüller, Jesús Ferrero, Rocío García, Carlos García Gual, Carles Geli, Luz Gómez García, Javier Goñi, Jordi Gracia, José María Guelbenzu, Elena Hernández Sandoica, Daniel Innerarity, Fietta Jarque, Iury Lech, Paloma Llaneza, José-Carlos Mainer, Alberto Manguel, Winston Manrique Sabogal, Josep Martí Font, Ricardo Menéndez Salmón, Vicente Molina Foix, Rosa Mora Pous, L. Fernando Moreno Claros, María José Obiol, Antonio Ortega, José Luis Pardo, Edmundo Paz Soldán, Luis Perdices de Blas, Rodrigo Pinto, Álvaro Pons, Benjamín Prado, Ángel L. Prieto de Paula, Josep Ramoneda, Isidoro Reguera, Manuel Rico, Ana Rodríguez Fischer, Javier Rodríguez Marcos, Sergio Rodríguez Prieto, Manuel Rodríguez Rivero, Ángel Rupérez, José Manuel Sánchez Ron, Marbel Sandoval Ordóñez, Lluís Satorras, Francisco Solano y Fernando Vallespín.

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

Libros del año

Las votaciones de los críticos

Los mejores 25 libros de 2011

Terra

La Tercera

Algo que nos perturba


Tras terminar los tres volúmenes de Tu rostro mañana, en verdad creí que no escribiría más novelas. Que me había agotado en todos los sentidos y no tenía más que decir en ese campo. Por fortuna o desdicha, siempre hay algo que nos perturba lo suficiente para volver a sentarnos ante la máquina.

Como pasa a veces, la idea que me rondaba antes de empezar a escribir Los enamoramientos se quedó fuera de ella, o sólo entró sesgadamente. Era esta: una mujer se une al hombre que le causó la desgracia mayor imaginable, a sabiendas. Es una forma de reparación extraña. Es también una venganza extraña: se obliga al causante del mal a “restituir” la felicidad robada y a convivir con una de sus principales víctimas, la mujer que va a conservar siempre el recuerdo de su marido muerto. En la novela se bordea esta situación o idea, que sin embargo no está en ella, o no con la nitidez que me movió a darle de nuevo a la tecla.

Lo que ha resultado el núcleo de Los enamoramientos empezó siendo, en cambio, algo accesorio, instrumental. ¿Cuál podía ser esa desgracia? Recordé lo ocurrido a una amiga años atrás: su complacida contemplación de una “pareja perfecta”, el posterior descubrimiento de que el hombre había sido asesinado de manera absurda, pésima suerte. Por varias razones, la historia había de contarla una mujer. Con una excepción breve, mis narradores habían sido siempre masculinos. Miré a mi alrededor e hice memoria: conozco a un montón de mujeres reflexivas e inteligentes, cuyas cabezas no se diferencian apenas de las de los varones reflexivos e inteligentes que conozco. Más de una vez me he encontrado con este reproche respecto a esa narradora, María Dolz: “Una mujer no piensa así”. Para mí no hay mayor desprecio que hablar de “las mujeres” como si fueran uniformes, perros o gatos. En todo caso, y si no la había, ahora hay al menos una mujer que piensa “así”. Pues también cuentan -contamos con ellas- las criaturas que sólo existen en la literatura. Esa es la fuerza de la ficción, que se incorpora a nuestro conocimiento y a nuestra experiencia casi tanto como lo real. E incluso, cuando la realidad es pálida, a veces nos constituye un poco más.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

La ruta del doble éxito

No es insólito pero tampoco muy común el que una novela reciba una buena acogida por parte de la crítica y también del público lector. Los enamoramientos es uno de estos casos y, una vez manifestada mi alegría, trataré de desglosar las razones de este doble éxito.

Nacido en 1951, con una dilatada (por temprana, su primera novela apareció en 1971, Los dominios del lobo) carrera literaria a sus espaldas, un sólido prestigio nacional e internacional e incontables premios en su haber, Javier Marías acomete la escritura de Los enamoramientos después de haber concluido la trilogía de Tu rostro mañana, una obra titánica que seguramente tiene que haberle producido la sensación de haber saldado de una vez por todas cualquier debate sobre su capacidad y sus méritos, de no tener que demostrar nada ni a los demás ni a sí mismo; quizá también la sensación de haber agotado el capital productivo y las expectativas, de que todo cuanto pudiera hacer en el futuro no contribuiría en nada a su prestigio. Ignoro si fueron éstas las circunstancias que acompañaron la escritura de la novela, pero tanto si lo fueron como si no, el resultado es que Los enamoramientos parece una novela escrita sin presión externa ni interna, con absoluta libertad, una de las más claras y redondas de su autor, tal vez, por usar un término coloquial, la más suelta. Sólo así se explica que haya podido adoptar sin aparente esfuerzo ni artificio una voz femenina y la haya mantenido sin fisuras a lo largo de cuatrocientas páginas. Y lo mismo ocurre con la trama de esta singular historia, a la que me referiré enseguida.

Antes, sin embargo, quisiera detenerme en el título, que, a mi modo de ver, y de una forma muy típica de su autor, aclara y despista por partes iguales. Porque la novela no habla del amor, sino del enamoramiento. Y aunque nada se dice taxativamente al respecto, cabe la posibilidad de que el enamoramiento del título no se refiera a la turbulenta historia pasional que ocupa la parte central de la novela, sino a la atracción inicial, la que la protagonista contrae, casi como una infección, respecto de la pareja todavía anónima que coincide con ella por motivos triviales o, al menos, fáciles de imaginar en un mundo de hábitos triviales. Y es este enamoramiento el que lleva a María Dolz, apodada no sin ironía La Joven Prudente, a inmiscuirse en un asunto que en circunstancias normales sólo le habría afectado de un modo tangencial y pasajero y cuyo carácter oscuro, por no decir siniestro, resulta evidente desde el principio para el lector y también para ella.

Nada es convencional en la novela. El suceso desencadenante es un hecho violento de una gratuidad que roza lo inverosímil, un homicidio tan brutal como absurdo que choca con las convenciones no ya del género de la novela policial, sino de cualquier novela, un crimen sin móvil cuyo autor es conocido en todo momento y cuya culpabilidad nunca es puesta en duda. Y es precisamente esta dislocación de la lógica literaria y también de la lógica real la que mueve al escritor y a la protagonista del escrito a no dejar pasar el suceso como uno más de los hechos terribles pero ajenos que ocurren en la periferia de lo cotidiano. Un desconocido muere, otro aparece por causas razonables. “Fue entonces cuando decidí acercarme a ella”, dice la protagonista como si con esta frase justificara abrir la puerta a un mundo de misterios y peligros.

Nada más típico de la temática de Javier Marías a lo largo de toda su obra: no el azar, sino una elección, sólo a medias voluntaria, hecha a partir del azar. Algo que sintetiza a la perfección el célebre principio de Corazón tan blanco: “No he querido saber pero he sabido”. Esta elección azarosa lleva a la protagonista de Los enamoramientos a un estado de ánimo obsesivo, que le ciega pero al mismo tiempo le impulsa a indagar y penetrar en la verdad más opaca. De esta indagación surge el descubrimiento de algo que no es tanto engaño como doblez. No hay engaño por parte de las personas, sino de las apariencias tras las que se ocultan. Y si hay engaño, este engaño no va destinado a quien indaga, aunque en definitiva su descubrimiento le afecte de un modo profundo. Tal es el caso de María Dolz, La Joven Prudente, que, en contra de lo que parecerían indicar sus largas reflexiones, actúa de un modo absolutamente irreflexivo y a quien sólo la acción va relevando su sentido y sus consecuencias.

A este tema, que recorre toda la obra narrativa de Javier Marías, se une otro no menos recurrente: la obstinada persistencia de los muertos en la vida de los vivos; no sólo en el recuerdo, donde tienen reservado un alojamiento hecho de afecto y de pesadumbre pero circunscrito al territorio de la memoria, sino en todos los aspectos de la realidad cotidiana de los vivos, donde ejercen un influjo decisivo sobre la conducta y las emociones de éstos.

Como en un juego de espejos, se insertan en la novela dos referencias literarias: el asombroso y bárbaro episodio de la fallida ejecución en Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, y la maravillosa novela corta de Balzac El coronel Chabert. Las dos historias refieren casos de amor desmedido y en ambas uno de los protagonistas de la pareja amorosa regresa de un más allá falso desde el punto de vista clínico, pero no por ello menos real para el que permaneció en el mundo de los vivos.

Todo lo que acabo de decir es, por supuesto, una interpretación personal, no una clave para la lectura de Los enamoramientos. Las novelas de Javier Marías, como sus personajes, tienen varios rostros y admiten varias lecturas, en todos los sentidos del término. ¿Qué ha sucedido exactamente? ¿Qué hay de verdad en lo que los personajes han acabado revelando? ¿Qué saben cuando dicen saber y qué ignoran cuando pretenden no saber? Para obtener este efecto, Marías recurre a su habitual estilo. En esta ocasión, la contención es mayor que en otras novelas, quizá porque el tema es más patético y más doloroso. Dosifica el sentido del humor y lo utiliza con sordina, incluso en el habitual y esperado cameo del profesor Rico. En cambio no faltan las digresiones y el análisis minucioso y matizado de las emociones que lleva el relato más allá de la simple peripecia argumental. Como es habitual en él, Marías no escribe de un modo lineal ni ortodoxo: desparrama el texto, de tal modo que la narración no circula por canales bien trazados, sino por un cauce natural, accidentado, a lo largo del cual se producen meandros, remolinos y desbordamientos, sin perder nunca el rumbo ni el control último del discurso. Esta mezcla de caos y rigor requiere un envidiable dominio de la técnica narrativa, como demuestra el recurso al medido anacoluto como recurso literario, que tanto escandaliza a maestrillos e inspectores, pero que tan bien refleja la percepción de la realidad sobre la marcha, una percepción precipitada, a la vez sagaz y contradictoria, en la que intervienen la inteligencia, las emociones, los prejuicios y las limitaciones de un modo complementario y antagónico. Todo pertenece, en palabras del autor al “vagoroso universo de las narraciones, con sus puntos ciegos y contradicciones y sombras y fallos, circundadas y envueltas toda en la penumbra o en la oscuridad, sin que importe lo exhaustivas y diáfanas que pretendan ser, pues nada de eso está a su alcance, la diafanidad ni la exhaustividad”.

EDUARDO MENDOZA

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

Mejor libro de 2011: Los enamoramientos, de Marías

Foto. Danilo De Marco

Vídeo

Javier Marías desvela en este vídeo parte del proceso de creación de su novela Los enamoramientos (Alfaguara), elegida, por Babelia, como el mejor libro de 2011. La elección es el resultado de una encuesta con 57 críticos y colaboradores de la revista cultural de EL PAÍS. La edición anual y especial de Babelia con los mejores libros del año y los cinco más destacados en ocho géneros y categorías saldrá mañana, y no el sábado como es habitual, debido a las fiestas navideñas. Tras Los enamoramientos, las obras más votadas son:

2- Libertad, de Jonathan Franzen (Salamandra)
3- Némesis, de Philip Roth (Mondadori)
4- El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq (Anagrama)
5- El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara)
6- Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé (Lumen)
7- La obsolescencia del hombre, de Günther Anders (Pre-Textos)
8- Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad (1939-2010), de Jordi Gracia y José Domingo Ródenas. Coordinación de José-Carlos Mainer (Crítica)
9- La gruta de las palabras, de Vladimir Holan (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores)
10- Deshielo a mediodía, de Tomas Tranströmer (Nórdica Libros)

Seis novelas, dos ensayos y dos poemarios. La lista completa y lo que votó cada uno de los críticos la publicaré mañana en este mismo blog, como complemento a la edición impresa de Babelia que tendrá un artículo sobre cada uno de los diez libros más votados (por ejemplo, de Los enamoramientos escribe Eduardo Mendoza), la lista de los 25 títulos con más puntuación y un análisis del resultado.

Como adelanto, la entrevista en vídeo que he realizado al gran escritor español y académico Javier Marías (Madrid, 1951). Desde su casa madrileña, el autor lee el comienzo y algunos fragmentos de la novela ganadora, da claves sobre la concepción del libro, como el tratamiento de la voz femenina que narra la historia, y hace balance de los 40 años de su trayectoria literaria iniciada con la publicación de la novela Los dominios del lobo (1971). El autor madrileño también confiesa su inseguridad y su estado dubitativo constante ante cada nueva escritura. Incluso ha llegado a dos conclusiones: “Cuanto más ha escrito uno, más difícil resulta escribir y cuanto más ha escrito uno, menos claro tiene el juicio sobre lo que hace”.

En Los enamoramientos, Marías utiliza por primera vez una voz femenina para narrar una novela, que al final resulta ser una especie de prima de sus anteriores narradores masculinos, según sus propias palabras. En cuanto al proceso de creación general, el autor de obras como Tu rostro mañana, Corazón tan blanco, Cuando fui mortal y Mañana en la batalla piensa en mí, dice que hay dos tipos de escritores: los que escriben con mapa, es decir con todo planificado, y los que lo hacen con brújula, como él, con apenas una idea sobre la cual va cambiando e improvisando cosas porque de lo contrario sería “un mero ejercicio de redacción y hay que darle una sorpresa a la novela”. Si supiera toda la historia de antemano probablemente no la escribiría, quiero que sea una cosa viva.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País (Blog Papeles perdidos), 22 de diciembre de 2011

“Cuando no hubo ministerio de Cultura, fue durante la dictadura”

El escritor opina que la decisión supone una especie de guiño a esa postura de que la cultura es algo secundario, cuando no un estorbo

Javier Marías ha sido crítico con la decisión de suprimir el ministerio de Cultura, que se integra en el de Educación y Deporte, y ha asegurado que justamente cuando no hubo ministerio fue durante la dictadura de Franco.

“Si España fuera un país medio normal quizá no haría falta un Ministerio de Cultura”, ha señalado el autor de Todas las almas, pero su supresión seguro que no la van a seguir las autonomías.

“Por ello, habrá 17 ministerios que casi seguro serán a cada cual más interesado, amiguista, más corrupto y aldeano, y no habrá un ministerio que represente la política cultural del Estado español”, ha añadido.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha anunciado su nuevo gabinete en La Moncloa, en el que desaparece Cultura como ministerio independiente y se integra en la cartera de Educación, Cultura y Deporte, con José Ignacio Wert al frente.

Marías recuerda que durante el franquismo no hubo ministerio: “Todos sabemos que a Franco la cultura no sólo le era indiferente, sino que más bien tenía hostilidad contra ella”, ha subrayado el autor de Corazón tan blanco, para quien la decisión supone una especie de guiño a esa postura de que la cultura es algo secundario, cuando no un estorbo.

La Vanguardia/EFE, 21 de diciembre de 2012

El Semanario

Presidente, un ministro por favor

Otros nombres, como … el escritor Javier Marías abundan en estos temores o antipatías al nacionalismo cultural. Esta es la postura del autor de Los enamoramientos: “El Ministerio de Cultura es una de esas cosas más bien inútiles que es mejor que existan que que no. Si España fuera un país normal no sería necesario. Como no lo es, me temo que su desaparición, teniendo en cuenta que las autonomías no iban a seguir su ejemplo eliminando consejerías, supondría que habría 17 pequeños ministerios a cual más aldeano, amiguista y corrupto. No es muy útil, insisto, pero es mejor que exista y que no sea degradado a secretaría de Estado”.

BORJA HERMOSO

El País, 18 de diciembre de 2011

LA ZONA FANTASMA. 18 de diciembre de 2011. Un borde bastante ancho

Sí, es verdad, nos pasa a todos: hablemos con quien hablemos, sólo oímos lamentos y quejas, temores y malas noticias. La dueña del restaurante le cuenta a uno que sus ingresos son un 30% inferiores a los del año pasado, que ya fue flojo, y seguramente se verá obligada a cerrar el otro local que abrió en una buena zona hace más de un lustro, porque lleva meses teniéndole que inyectar dinero de lo que saca en el principal y más antiguo, una sangría continua. El librero está estupefacto y muy preocupado: de la nueva novela del autor más vendido de la última década, que su editorial ha adelantado a estas fechas para cuadrar el ejercicio de 2011 (en principio iba a publicarla en primavera), sólo ha despachado doce ejemplares en su primera quincena de existencia; es decir, menos de uno diario, y todos sabemos que ahora -lo mismo que las películas logran su mayor recaudación en el primer fin de semana- los libros “esperados” se venden sobre todo nada más salir. En cuanto al otro volumen asimismo adelantado y “esperado”, algo sobre el Rey, al parecer no escrito con mucho cariño (y ya se sabe que la mala idea es un reclamo en este país de malasombras y malasangres), de esa novedad el librero aún no ha vendido ni uno en siete días. El propietario de la tienda de CDs y DVDs asegura que va tirando, pero que ni siquiera confía mucho en este mes de diciembre jalonado de puentes: en cuanto hay uno, aunque la gente jure no tener un euro, todo el mundo se larga de la ciudad, se produce un parón en el ritmo de ventas y éste tarda en recuperarse; según él, el sistema español de festivos continuos (el Pilar, Todos los Santos, en Madrid la Almudena una semana después, la Constitución y la Impenetrable bien juntas) no sólo afecta a la producción, también al comercio, y nadie se atreve a cambiarlo por mucha crisis que haya.

Una sobrina no sabe qué podrá hacer con su vida, a punto de terminar sus estudios; el hijo arquitecto de un amigo no encuentra trabajo, otro lo tiene pero no cobra desde hace meses; la asistenta tiene al marido en paro desde hace año y medio o más, y sin embargo llega todos los días con una sonrisa y buen ánimo; a una amiga traductora no le llegan encargos hace tiempo, pero no se deja abatir y muestra entereza. Sí, uno oye las preocupaciones y las quejas. La mayoría de quienes las expresan, no obstante, ponen buena cara y aun se ríen, por lo menos los que a mí me rodean, quizá sea sólo cuestión de suerte.

Los problemas y los apuros son reales, pero si hay algo de lo que las personas se cansan es de estar mal. Excepto, claro está, las que disfrutan del catastrofismo. Algunos responsables de este periódico y de otros parecen contarse entre estas últimas. No sé cuántas son ya las veces, a lo largo de los últimos meses, en que, en algún titular de primera plana, han aparecido las siguientes palabras: “al borde del precipicio”, “se asoma al abismo”, “hundimiento”, “debacle”, “naufragio”, “cataclismo”, “desastre”, “vértigo”. No digo que no tengan razón en su alarma y que no deban informar con veracidad, pero, francamente, han abusado en tantas ocasiones de “al borde de esto o lo otro” que no sé cómo todavía no nos hemos caído ni nos hemos ido a pique, cómo no estamos en el fondo del pozo. Como mínimo, el famoso borde es bastante ancho. Uno se cansa de leer esos vaticinios: aunque sean ciertos, no hace falta insistir tanto, torpedear el ánimo, crear una invencible psicosis que lleva a la gente a retraerse, a no pisar el restaurante ni la librería ni la tienda de discos. Llevamos mucho tiempo sintiendo que se nos hunde el puente cuando aún no hemos llegado al río. (Bueno, cuando escribo esto.)

Decía hace poco Elvira Lindo que la alegría está a punto de resultar subversiva. Al que muestra no ya optimismo, sino mera alegría, le caen todo tipo de regañinas, por cabrón e insolidario. Yo creo que a esas personas, por el contrario, habría que darles un premio, precisamente por arrimar el hombro. Yo veo más solidario al que no pierde la sonrisa y trata de hacer la vida algo amable, aun con un pie en el abismo, que al agorero más quejumbroso y nublado. Si las cosas son difíciles, aún más arduas resultan si cuanto nos circunda es medrosidad, malas pulgas y llanto.

Hoy mismo titula el diario: “La destrucción de empleo pone a la Seguridad Social al borde del déficit”. Será verdad, pero, como me señala una de esas personas que ayudan a sobrellevarlo todo con su natural e inteligente contento (y es economista), el titular bien podría haber sido “Tenemos una Seguridad Social a prueba de bombas”, si con más de cuatro millones de parados sólo estamos al borde del déficit y no inmersos en él. Si en las casi peores condiciones posibles la Seguridad Social todavía aguanta sin despeñarse, sería como para felicitarnos. Otro tanto puede decirse del hecho de que los bares sigan llenos, de que uno no sea casi nunca el primero ante la caja de cualquier establecimiento, sino que haya de guardar siempre cola (más o menos larga), de que a nadie se le ocurra suprimir los incontables festivos y de que la gente salga en masa de las ciudades (haciendo por fuerza algo de gasto) cada vez que llega un puente. Estamos mal, desde luego, pero probablemente estaríamos un poco mejor (y no me refiero sólo al sentimiento) si no nos lo repitieran y nos lo repitiéramos todos los días, varias veces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de diciembre de 2011

Doomsday forecasts tedious now

W G Sebald: 10 años después

Hace 10 años el martes próximo murió en el cenit de su carrera literaria el escritor y profesor universitario W.G. Sebald en un accidente de tráfico a la edad de 57 años después de sufrir un infarto. Sebald nació en Baviera, Alemania y vivió más de 30 años en Inglaterra, principalmente en la región de East Anglia donde era catedrático de literatura europea en la universidad del mismo nombre. Fue también fundador del British Centre for Literary Translation (Centro Británico para la Traducción Literaria).

Pocos autores han tenido tanto impacto en tan poco tiempo. En los últimos 13 años de su vida fueron publicados siete libros (incluyendo dos de poesía), y dos después de su muerte. La mayoría están en español: Los Emigrados, Vértigo, Los Anillos de Saturno, Austerlitz, Del natural, Campo Santo, Sobre la historia natural de la destrucción y Sin contar.

Su estrella no ha dejado de subir desde su muerte, tanto que hace poco fue publicado en inglés por la editorial británica Legenda Saturn’s Moons, que reúne en más de 600 páginas textos sobre Sebald escritos por sus colegas, amigos y sus dos traductores al inglés (Michael Hulse y Anthea Bell) que trabajaron muy cerca de Sebald, cuatro poemas dedicados a él, muchas fotos, un voluminosa bibliografía de sus obras, entrevistas, reseñas de sus escritos y una cronología de su vida. Para aficionados como yo, es una Biblia.

Sebald estaba marcado por las vivencias de la generación de sus padres (el nació en 1944, en el penúltimo año de la Segunda Guerra Mundial). En una entrevista dijo que sus “profesores decidieron un buen día proyectar la película inglesa sobre Bergen—Belsen, el campo de exterminio nazi. Lo proyectaron sin comentarios, como un ejercicio obligatorio de moral. Desde entonces ese tema ha estado en mi cabeza.”

Preguntado sobre su forma de describir los horrores de la Historia del Siglo XX —su obra rodea constantemente el Holocausto Nazi como si de una montaña se tratase- Sebald explicó en una ocasión que su intención era darle a entender “al lector que esos temas son una compañía constante; su presencia oscurece cada elemento de cada frase que escribo”, sin describir directamente ni los campos ni las catástrofes. Lamenta la pérdida más que la masacre.

Los libros de Sebald son eclécticos. Son muy sui generis: una mezcla de ficción, autobiografía, biografía y viajes entretejida con fotos, siempre en blanco y negro y sin leyendas. Como dice el narrador en La noche de los tiempos, la gran novela de Antonio Muñoz Molina que estoy releyendo, “La foto es el dolor del pasado; el punto fijo que se va quedando atrás en el tiempo: la cara inmóvil, en apariencia invariable, y sin embargo cada vez más lejana, más infiel, el simulacro de una sombra desvaneciéndose casi tan rápido en el papel fotográfico como en la memoria.”

El tema central de la obra de Sebald es la memoria, y en su caso muy relacionada con el exilio y la persecución política, y lo doloroso de vivir con ella y lo peligroso de vivir sin ella para naciones e individuos.

Su prosa, con largas frases circulares, y en Austerlitz con poca puntuación, es luminosa y sorprendentemente fácil de leer. Me recuerda algo a otro novelista, Javier Marías (por cierto, un admirador de Sebald declarado): los dos son aficionados al escritor austriaco Thomas Bernhard. Marías también usa fotos en sus novelas (la primera vez en 1989, en Todas las almas). La relación entre ambos escritores se tornó en amistad epístolar: Sebald era el Duque de Vértigo en el Reino de Redonda, la nación ficticia creada alrededor de la isla deshabitada de Redonda, una dependencia de Antigua y Barbuda, cuyo rey actual es Marías”.

Uno de los capítulos más fascinantes de Saturn’s Moons, escrito por Mark Anderson, versa sobre la infancia de Sebald entre 1944 y 1952 en la región de Wertach im Allgäu cercana a la frontera con Austria, cuidado por sus abuelos porque su padre fue prisionero de guerra en Francia hasta 1947. Como Sebald relató en una entrevista publicada en Babelia en 2001, pocos meses antes de morir, “Yo crecí en un pueblo muy atrasado, donde por el hecho de que en los años de la posguerra no había dinero, se vivía como en una época previa a las máquinas. Así, los primeros ocho o diez años de mi vida los pasé en un entorno muy silencioso y natural, y por eso hoy siento la invasión de la vida.”

A los diez años de su muerte sus libros siguen siendo sugestivos y se echa de menos su voz.

WILLIAM CHISLETT

El Imparcial, 10 de diciembre de 2011

Iberians of the year: 2011

Javier Marías

Fame doesn’t sit easily with Spain’s most highly regarded contemporary novelist. Though Javier Marías, 60, lives in central Madrid, he has an aversion to computers and mobile phones, placing him in the old-fashioned world of many of his books. And his acidic newspaper columns show him to be deeply unhappy with the world outside his door. But 2011 has been a good year for this prolific author. He published, to great acclaim, Los enamoramientos, a novel exploring love, but also, as the author himself put it, “the inconvenience of the dead coming back to life”. Meanwhile, Penguin has announced that several of his titles will be included on its prestigious Modern Classics roster. “The legacy of Cervantes is increasingly present in Marías’s novels,” declared El Cultural magazine.

Iberosphere, December 12, 2011

[Iberosphere’s shortlist of notable people or groups that, for better or for worse, have had a significant influence in different circles of Spanish or Portuguese life over the last 12 months: Spain’s ‘indignados’, Javier Marías, María Dolores de Cospedal, Cristiano Ronaldo. Pedro Passos Coelho, The Basque radical left.]

How do you choose the Iberians of 2011?

LA ZONA FANTASMA. 11 de diciembre de 2011. Adolescentes como bisabuelos

A medida que uno va cumpliendo años, descubre un motivo de pesar del que nadie le habló nunca ni se suele hablar en general, y que no se cuenta, por tanto, entre las más clásicas “lacras” de la edad. Quizá se deba a que la gente va perdiendo expectativas o es olvidadiza o va cambiando en exceso, y a que deja de desear lo que ansió en su juventud, lo cual daría la razón a ese viejo dicho cuya formulación no recuerdo, pero cuyo sentido viene a ser: “Quien es un revolucionario en la veintena, será un conservador en la sesentena, y quien no cumpla con eso se constituirá en anomalía y carecerá de corazón primero y de razón después”. Supongo que en algunos aspectos yo mismo me atengo al modelo, pero no puedo evitar deprimirme cuando veo que pasan las décadas y que ciertas cosas que uno esperaba que cambiaran o desaparecieran en el transcurso de su vida no lo hacen, sino que permanecen más o menos inalterables; o bien que retornan con fuerza hábitos y formas de pensamiento que se creían superados o periclitados. En España es especialmente fácil tener esa sensación, la de que hay un terrible sustrato que tal vez puede quedar oculto durante una temporada, pero que siempre acaba por resurgir. Los que padecimos el franquismo tendíamos a achacarle lo más lamentable de nuestra sociedad, y pensábamos que, cuando terminara, mucho mejoraría en todos los ámbitos. No voy a decir que no fuera o no haya sido así, en gran parte. La mera idea de vivir de nuevo bajo algo reminiscente del franquismo produce escalofríos de horror, y eso que el Gobierno que vamos a tener a partir de ahora se le puede asemejar a la larga, con su mayoría absolutísima y la falta de repugnancia de su partido -incluso “comprensión”- hacia uno de los periodos más criminales y sórdidos de nuestra historia. Pero, independientemente de quiénes gobiernen, en España hay cosas que siempre suben a la superficie, una y otra vez: la grosería y la zafiedad ufanas, la mala leche y el rencor, a menudo inmotivados; el temor a la Iglesia Católica y el consiguiente aprovechamiento de ésta para medrar económicamente e intervenir en las vidas privadas de los ciudadanos; la falta de piedad, la manía de echar la culpa de los propios actos y decisiones a otros y no asumir nunca una responsabilidad.

No es que me fíe de las encuestas, que casi siempre están mal hechas o son sesgadas, por no decir que nacen amañadas: las propias preguntas que se incluyen en ellas -y su formulación- bastan a menudo para que den un resultado falso y distorsionado. Teniendo todo esto en cuenta, ha habido, sin embargo, una reciente entre adolescentes que me ha dejado abatido. Las respuestas de mil y pico estudiantes de Secundaria en torno a las relaciones de pareja y los “papeles” de mujeres y hombres son tal sarta de tópicos, antigüedades y sandeces que casi explican por sí solas por qué transcurren los años y el fenómeno de la violencia machista, por ejemplo, no se mitiga en absoluto, por mucho que se llame la atención sobre el problema, se tomen mil medias preventivas y se cursen leyes para castigar duramente a los maltratadores y proteger a las maltratadas. Si un 60% de esas almas aún cándidas -esos estudiantes- suscribe que la chica debe complacer a su novio; si un 44% de las almas femeninas encuestadas cree que, para “realizarse” -signifique lo que signifique a estas alturas expresión tan hueca y necia-, “necesita el amor de un hombre”; si el 90% está de acuerdo en que “el chico debe proteger a su chica” (claro que en la investigación ni siquiera figuraba la pregunta inversa, si la chica debe proteger a su chico, ni tampoco si éste debe complacer a aquélla); si el 52% de las jóvenes opina que los muchachos son agresivos y sólo un 1,8% que son “tiernos” -signifique también eso lo que signifique-; si el 0% de los varones consultados “se identificó con ser comprensivo”, como si ser eso -algo amplísimo- supusiera una merma de su virilidad o una injuria; si el 34% juzga aceptable espiar el móvil de su pareja si sospecha que ésta le es infiel, y el 65% ve en los celos una prueba de amor; si todo esto es así, cabe concluir que los adolescentes actuales no se diferencian apenas no ya de sus padres o abuelos (calculando que los primeros ronden los cuarenta años y los segundos los sesenta y cinco), sino de sus bisabuelos, esto es, de gente nacida hacia 1920, antes de la Guerra Civil y de la República, recién terminada la remota Primera Guerra Mundial. Sin duda estos adolescentes llevarán vidas muy distintas, algunos beberán y se drogarán, todos tendrán su perfil en Facebook y se sentirán desnudos sin sus móviles, y no pocos se habrán ya iniciado en el sexo con alegría y ausencia de culpa. Pero, en lo relativo a su concepción de las relaciones sentimentales o de pareja, son unas antiguallas, unos simples y unos catetos de mucho cuidado, y su visión es en esencia la misma que la que podían tener los campesinos más ignorantes y arcaicos bajo la Dictadura de Primo de Rivera, pese a que ninguno de estos chicos tendrá la menor idea de quién era este Primo de Rivera ni de qué Dictadura fue la suya. ¿Qué diablos se les enseña y transmite? Si los resultados de esta encuesta no resultan deprimentes para quienes de jóvenes creíamos que el tiempo y la extensión de la cultura pondrían fin a las más elementales sandeces y tópicos, que venga la gente de mi generación y lo vea. O incluso la de la generación anterior.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de diciembre de 2011

“La ficción puede convertirse en realidad”

Con una obra traducida a 22 lenguas, más de dos millones de ejemplares vendidos y con numerosos premios como el Nelly Sachs, el Premio Internacional de novela Rómulo Gallegos y el Femina étranger, Javier Marías (Madrid, 1951) viajó a México para presentar Negra espalda del tiempo (Alfaguara, 1998). Más que una figura instalada en el éxito, el autor de Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, declara que le gusta andar solo por las ciudades que no conoce “para ver qué descubro en el camino”. Detrás del humo persistente de su cigarro, con la mano puesta en la sien, el autor advierte que le ha sorprendido el centro histórico y los limpiabotas sentados en esa especie de tronos. Dice que no tuvo tiempo de subirse a los estantes más altos de las librerías de viejo en la calle Donceles, pero que aún así consiguió algún buen volumen. En viaje de ida y vuelta, de la ficción a la realidad, Marías señala dos temores: los aviones y la sensación de “ver demasiado”.

-¿Considera a Negra espalda del tiempo como un espejo, donde se ven innumerables caras de una versión original de su libro Todas las almas publicado en 1989?

-No exactamente, porque si Todas las almas hubiera sido como alguna gente creyó, un libro en clave en el cual retrataba (con pequeñas variaciones) a personas de la Universidad de Oxford con las que estuve en contacto, bueno pues sí se podría decir que quizá era un espejo en el sentido en el que de pronto podía estar revelando esas claves y diciendo: este personaje se corresponde con esta persona real. Pero como justamente no fue así, en la primera parte de Negra espalda… comento que fue lo contrario. Se produjeron los equívocos, la identificación errónea de los personajes. En esta (falsa) novela describo lo que a partir de eso sucedió en la vida real y no en la literatura. Más bien estaríamos hablando de una reafirmación de lo ficticio de Todas las almas.

-¿De dónde le surgen las ganas de armar un libro como Negra espalda del tiempo?

-De los hechos que han ido aconteciendo y han sido muy paulatinos. Ahora mismo esta anécdota, este detalle, van conformando una pequeña cuenta de episodios o de coincidencias, a veces de verdaderas rarezas. Supongo que quizá todo eso se conjuga y se convierte en el impulso para ponerme a escribir. Es lo que he dicho en alguna ocasión: el sentirme un poco invadido por una ficción. Regularmente la vida de los escritores, aunque esté disimulada o camuflada, de una u otra forma se desliza en sus ficciones, y en cambio es bastante raro que por el contrario una ficción comience a intervenir en la propia vida. Que afecte la realidad, no con hechos graves o algún trauma gravísimo, pero bueno sí, como si de pronto aquello cobrara vida.

Un libro en el que pasa algo que tiene que ver con eso, aunque no está en mi ánimo compararme con nadie y menos con Cervantes, es la segunda parte de El Quijote. Es algo que siempre me fascinó de esa historia. Hay que ver que pasan diez años entre la publicación de la primera parte y la segunda. Y en ese lapso han ocurrido muchas cosas con el primer libro. A saber: se ha convertido en un éxito enorme, se ha traducido a numerosas lenguas muy rápidamente, y también ha existido la impostura del Quijote de Avellaneda. En la primera parte, Don Quijote y Sancho son estrictamente personajes de ficción. Los otros personajes de la novela no saben quiénes son, sino solamente ven a dos locos que aparecen ahí; en la segunda parte, el efecto de estos personajes en la realidad española se incorpora a la novela. El éxito de la vida real se inscribe en la ficción. En la segunda parte todo el mundo sabe sobre las hazañas de Sancho y Don Quijote; a su vez, ellos saben que todo lo que hagan va a quedar registrado, porque también se les comunica que sus aventuras han sido contadas y que todo el mundo las conoce. Entonces se reproduce un sentimiento de vértigo por la superposición de planos ficticios y reales. Ahora, no digo que tenga mucho que ver, ni que sea el mismo caso. Cualquiera diría, qué se cree éste que se está comparando con Cervantes. No. Lo único que quiero advertir es que la intrusión de lo ficticio en lo real no se da muchas veces, y en mi vida se estaba dando. Y claro, era muy tentador contarlo. Todo esto aunado a lo que ya he dicho sobre la “negra espalda del tiempo”: lo que nos conforma de algún modo, pero no sucede o no ha sucedido.

-Y a todo esto, ¿en este su primer viaje a México ya pudo preguntarle al periodista Sergio González Rodríguez –ahora también personaje de ficción– por qué razón llevaba quince años mareada la mujer que conoció mientras investigaba la muerte de Wilfrid Ewart, en un hotel de la calle Isabel la Católica?

-La carta donde se refiere el hecho no es la de Sergio González, es la correspondencia que he mantenido con otro mexicano de nombre Rafael Muñoz Saldaña.

-A través de un artículo que Sergio González publicó, teníamos noticias de que él mismo le había escrito a usted con el seudónimo de Muñoz Saldaña.

-Pero si Muñoz Saldaña sí existe. Ayer lo vi y platicamos largamente.

-¿Era él?

-Sí, de carne y hueso, con cartilla de voto y todo.

-¿Esto es parte de lo que consignará en el segundo volumen de Negra espalda… o Retorcida espalda…?

-(Ríe). Ya veremos. Por lo pronto, como ve, siguen sucediendo cosas.

-¿El giro que toma la realidad en la ficción es una forma de escape?

-Al hacer novelas no pretendo escapar, salir de ella, compensarla o crear un mundo a mi gusto por medio de algo más ordenado, más armónico en el cual uno tiene el control. No escribo contra la realidad. Aunque es verdad que alguna vez he dicho que en la ficción se descansa de la realidad. También he comentado que todo escritor en el fondo ansiaría convertirse en un personaje de ficción. Pasar una parte del tiempo real, como solemos hacer los escritores de novelas, es pasarlo en un mundo aparte, un poco distinto. Y por el hecho uno puede decir que descansa, incluso se consuela de ciertas cosas. Pero tampoco es algo que necesite de manera perentoria. Puedo pasarme mucho tiempo sin escribir novelas y no me pasa nada. No tengo nostalgia, no tengo mono -ríe-, o como dicen ustedes adicción a la ficción. Vivo muy tranquilo y me dedico a mis cosas. En dado el caso, sí, me alegro de que en mi propia vida haya una dimensión de ficción, que es la que yo cultivo de vez en cuando.

-Se ha dicho que esta Negra espalda del tiempo no es una autobiografía.

-De ninguna manera lo es.

-¿Ni desde el sentido en que revela la cara oscura, aquellos hechos malogrados de su vida como la ausencia de un hermano que no llegó a conocer?

-Son cosas que también en una novela existen. En una novela hay un narrador y, aunque el narrador no cuente mucho su vida, es normal que al estar contando aparezcan cosas sueltas.

-Pero en este caso el narrador firma con su nombre y apellido.

-No creo que cuente mucho de mí mismo ni siquiera indirectamente. Sí, hay algunas cosas de mi vida. Pero tengo la sensación de que leyendo este libro todo está dicho con bastante pudor. Y que por leer este libro ningún lector va a saber mucho más de mí que lo que ya sabía antes. Probablemente un dato: que soy zurdo, que cuando comencé a escribir lo hacía al revés. Datos, datos pequeños, pero no se sabe mucho más. Lo cual indica que no es un libro autobiográfico ni de memorias. No se cuentan muchos sentimientos, son datos que tampoco están cronológicamente ordenados, ni ligados. No creo que se pueda reconstruir el conjunto de mi vida. Es lo que a mí me parece, pero quien lea el libro seguramente será más objetivo de lo que yo pueda serlo.

-Esto lo relaciono con el gusto que le da pensar que los escritores son como fantasmas. Siguen rondando lo que alguna vez les importó, pero ya desde fuera. Apenas unos rasgos desdibujados. Tienen voz pero no corporeidad.

-Como figura literaria esa idea del fantasma siempre me ha atraído.

-¿Teniendo en cuenta las controversias que ha suscitado este libro no ha sentido miedo de convocar hechos de la realidad con el poder de la palabra?, ¿de que la ficción se materialice?

-Bueno, sí, en algún momento he dicho que uno debe tener cuidado con lo que escribe porque puede convertirse en realidad. Pero me ha ocurrido con pequeñas cosas. Lo que pasa es que no sé. Cuando me han ocurrido tampoco son cosas muy aparatosas. Por poner un ejemplo: el inicio de Mañana en la batalla piensa en mí, en el que Marta Téllez muere en brazos del narrador. Esto no sólo no me ha pasado a mí, viene de mi imaginación –le juro que nadie ha muerto en mis manos nunca–, sino que tampoco temo en absoluto que me pueda suceder. Y en el supuesto de que me ocurriera, que se me muriera en los brazos una mujer casada, con un niño de dos años en el cuarto de al lado, pues aun así, creo que tampoco me daría un pavor espantoso. Tampoco pensaría que soy un demiurgo extraño. Es más, me parece tan normal que las coincidencias se den en la vida. Yo creo que le sucede a todo el mundo.

-Quizá lo que no existe es la paciencia para registrarlas.

-Sí, quizá. O a lo mejor me sucede más de lo que es común y por tanto no le doy demasiada importancia. No me entra la sensación de magia o milagro. Y sí, a veces pasan cosas bastante chocantes, pero las tomo como: “¡Ah sí, ya!, es normal”. Porque la vida también es así. No es que yo crea en…, no creo en nada. Ni en lo paranormal ni en la parapsicología. Me parece normalísimo el pensamiento que, sin duda, tiene mucho poder y rige la historia de la humanidad. Hay millones de personas pensando a la vez, entonces no es raro que se produzcan cortos circuitos, roces, como si se tratara de electricidad. En realidad lo chocante es que se produzcan tan pocos. Sería normal que continuamente sucedieran reiteraciones, repeticiones de cosas que dos personas piensan a la vez. Eso de: “Estaba pensando en ti, cómo es que me llamas ahora”. ¡Bah!, eso debería pasar muchas veces.

-Digamos que lo que le viene mejor es más bien el espíritu detectivesco.

-¿Detectivesco? Sí, soy un poco. Pero más bien detective de los que están en su casa haciendo deducciones. Les dan los datos y están haciendo sus composiciones. Es una capacidad de pensar cosas, o de asociarlas, o de intuirlas, y, bueno, luego a veces uno se equivoca. Lo que en todo caso me da un poco de miedo, –y también esto puede parecer presuntuoso– es que a veces tengo la sensación de ver demasiado. Ver demasiadas cosas, ver demasiado en la gente. Eso nos pasa a todos, la mayor parte de la gente tiene ciertos latidos. Tienes una primera impresión y la dejas correr. No hay realmente motivo para pensar que esa persona va con segundas intenciones, sin embargo hay algo que te lo hace ver. Al escribir recupero cosas que en el momento de vivir no me fijé. Y luego resulta que sí lo hice. Uno preferiría no ver demasiadas cosas aunque también, finalmente, se puede equivocar. Sin embargo, no importa del todo porque en el momento que lo percibes lo que cuenta es lo que estás viendo.

-¿Existe una intención de desafío? Entrever algo y pronunciarse por eso que se intuye para comprobar que puede ser realidad.

-No. Uno registra lo que va pasando. Nada más. Y, ¿desafiar a qué o a quién?

-A los hechos. Algo parece ir en cierta dirección y uno decide actuar para modificar el rumbo. Usted ha puesto el ejemplo de adelantarse y propinar un golpe al que amenaza con decir algo que uno no quiere escuchar. O bien se tapa los oídos inermes para protegerse.

-Sí he puesto ese ejemplo, pero solamente sería válido si manejas el total conocimiento de lo que está por suceder. Para desafiar la dirección de las cosas habría que pensar a su vez que están predeterminadas y uno tiene que quebrar la línea. Sería absurdo desafiar algo que uno cree que no tiene cabeza. No creo que los hechos estén regidos por nada. Más bien lo que pienso que existe en la vida es un caos concatenado. Lo que sí, es que dentro de ese caos hay asociaciones y encadenamientos. Lo cual es lógico porque las personas están en contacto de un día a otro… Por lo que a mí respecta, nunca he podido ver que haya una predeterminación de nada por parte de nadie. Y como no creo en Dios, pues sería absurdo desafiar lo que no tiene dirección. No la veo.

-¿Entonces cómo es que Javier Marías se plantea el caos para construir una ficción?

-Lo que creo es que eso a lo que he llamado concatenación no todo el mundo lo percibe de la misma manera. Hay hechos que se dan pero no todos los ven, porque no se fijan o porque no son de su interés. En ese sentido, tal vez yo, mientras escribo, sí tengo desarrollada cierta facultad o capacidad de alerta. Puedo ver relaciones que no son evidentes pero tampoco son inventadas. Por poner otro ejemplo, trivial, en la edición de bolsillo de Mañana en la batalla piensa en mí, al final hay algunas notas para aficionados al cine, a la literatura… Ahí cuento que algunas personas pensaron que la película sin sonido que se ve en la televisión, durante toda la escena inicial de la muerte del personaje de Marta Téllez, es una película famosa de Billy Wilder que se llamaba en España Perdición. Como la cinta era famosa, mucha gente pensó que se trataba de esa película, pero resulta que los actores habían hecho tres o cuatro películas juntos, y cuando yo hice el libro estaba pensando en otra comedia que había visto no mucho antes en la televisión, y no me acordaba del título. Hasta que de pronto, después de un tiempo, cuando los lectores comenzaron a decirme, ésa es Perdición, y no era, y me molesté en mirar el título, resultó que la película en inglés se llamaba Remember the night (Recuerda la noche), que es precisamente lo que el narrador se pasa haciendo toda la novela. No había por mi parte la voluntad de que coincidiera esa película con el título alusivo a lo que sucede en el libro. Me di cuenta y dije: “Ah, qué gracia”. Y lo consigné, pero no le di la mayor importancia. Es posible que mucha gente no haya advertido ni siquiera esa coincidencia, además trivial.

-Los personajes que construye contienen todo el “caos”, me da la impresión que son una suma. Ha puesto en relieve que los integra no sólo lo que han hecho, sino lo que no han logrado. Eso se ve muy claro en Negra espalda del tiempo.

-Bueno, depende de quién la vea. Yo tiendo a ver esa suma, porque veo esas concatenaciones. En mis libros también se ha visto que hay un sistema de ecos, cosas que salen una primera vez y parece que no tienen importancia, y luego van reapareciendo, y de pronto parece que no eran tan anecdóticas o superficiales. Hay gente que no lo cree. No solamente no es que yo tenga la totalidad de la historia y ponga tal imagen a sabiendas de que luego la usaré y la ampliaré. No, sino que cuando aparece la segunda o la tercera vez tiene un sentido distinto, ya tiene otra dimensión para mí y supongo que para los lectores también. Sin embargo, no es algo deliberado. Corrijo sobre la marcha, pero no cambio toda la historia. Me aplico al mismo conocimiento que rige la vida. Uno puede desear a los 40 años que a los 15 hubiera hecho no sé qué, pero no se puede ya. Se atiene a lo que hizo. Yo me atengo a lo que escribí en la página 2, y si en la 200 hay algo, es porque la 2 fue como fue.

-¿Qué piensa de la vanidad, tan común en el medio literario?

-¿Hablando de lo que uno ha hecho? Si fuera un escritor idiota, como los hay, que me fascinara con las cosas que se me ocurren o me quedara embelesado con mi creación, pues entonces podría vanagloriarme. Sin embargo, más allá del medio literario, también está el caso del director de cine que se detiene y se deleita con un plano que él mismo ha construido. Para el escritor significaría recrearse por causa de determinado tratamiento o por el desarrollo de un capítulo o unas líneas en particular. Y lo peor es que no es obra de un mal cálculo, es evidente que se entusiasma con lo que él mismo hace, como si no tuviera control sobre ello. Hay gente así. A mí me parece un poco difícil que uno mismo se extasíe con lo que ha realizado. Puede parecer falsa modestia que diga cosas como ésta, pero así es. Cuando algunas personas me muestran admiración que considero excesiva por los libros que hago, yo no puedo compartirla, por una razón muy simple: yo los hago. Y sé cómo los hago. No digo que no me cueste trabajo. Pero puesto que los hago y los he hecho, francamente no les puedo ver demasiado mérito. Es como si yo me admirara de las cosas que hace un cirujano, pero a lo mejor el cirujano, puesto que lo logra, lo sabe hacer y sabe cómo lo ha hecho, a lo mejor tampoco diría que esto es maravilloso.

SILVINA ESPINOSA DE LOS MONTEROS

Entrevista realizada en México, año 1999

LA ZONA FANTASMA. 4 de diciembre de 2011. Apesadumbrados alivios

 

Al día siguiente a la dimisión de Berlusconi no pude por menos de llamar a mi mejor amiga italiana, Daniella, para felicitarla. Pero, nada más descolgar el teléfono, me detuve y tardé un poco en marcar su número, al asaltarme la sensación de que en realidad el propio Berlusconi no había dejado mucho margen para la celebración, y de que la alegría que yo mismo sentía era, por así decir, incompleta e impura. Tantos años esperando que ese país se librara de individuo tan nocivo habían logrado que, al producirse el hecho, se apareciera como algo demasiado tardío, cuando todo el mal de su larga dominación de la vida pública parecía una losa excesiva de la que resultaría muy difícil desprenderse. Mi amiga me dio las gracias sin jovialidad, en efecto, y empleó la siguiente expresión para describir su estado de ánimo, consciente de que era un oxímoron: “Apesadumbrado alivio”. Hizo ciertas consideraciones al respecto, algunas de las cuales han sido ya profusamente señaladas por los comentaristas: Berlusconi no se ha ido -si es que se ha ido de veras- porque haya perdido unas elecciones, ni porque lo hayan forzado a dimitir sus variados escándalos y abusos; no lo ha echado la presión de la calle, ni la de las vejadas mujeres (que han sido el colectivo que con mayor determinación se le ha opuesto), ni por supuesto la de una oposición inexistente y acomodaticia, cuando no sobornada. Han sido los problemas económicos los causantes de su marcha, ellos única y exclusivamente. Y mi amiga añadió: “Aunque él se vaya del poder, tendremos muchos años de permanencia del berlusconismo: ese hombre ha sometido al país a tal grado de corrupción, con infinitos tentáculos en todos los ámbitos y con la aquiescencia de tantos, que eso no podrá erradicarse”. A decir verdad, noté en sus palabras más pesadumbre que alivio, aunque algo de esto último hubiera también en ellas, desde luego.

No pude evitar recordar nuestra reacción, la de muchos españoles, cuando murió Franco. Su dominación había durado el doble o más que la de Berlusconi; la de éste ha adoptado la forma de una falsa democracia, mientras que la de aquél había sido una dictadura inequívoca. El franquismo había dispuesto de más plazo y medios para extender su corrupción, y parecía imposible que, aun desaparecido físicamente el tirano, pudieran ahuyentarse los efectos de su tiranía. Y sin embargo, pese a todas nuestras inquietudes y zozobras respecto al futuro, la sensación que predominó en nosotros -quizá ingenuamente, pero así sucedió- fue la de alivio, sin apenas sombra de pesadumbre. Tal vez en 1975 la gente era más optimista, tal vez teníamos más fe en nuestra capacidad para cambiar las cosas, hasta las más arraigadas, contaminadas y “atadas”, por utilizar el término que emplearon el propio Franco y los suyos con insistencia, como un conjuro.

¿Por qué ahora nos cuesta tanto alegrarnos de las buenas y largamente ansiadas noticias? ¿Por qué nos es tan difícil la alegría sin mezcla? Con algo semejante a lo que sentía mi amiga Daniella hemos recibido, un poco antes, el comunicado de ETA en que decidía poner fin “definitivo” a sus actividades criminales -esto es, a sus actividades-. A nadie se nos ha escapado que eso era motivo de celebración, y sin embargo no he visto a nadie celebrarlo con gran y genuino contento. Ese ensombrecimiento se ha debido en parte a lo evidente: la banda de asesinos no ha anunciado su disolución ni la entrega de todas sus armas; en sus bocas ocultas la palabra “definitivo” tiene tan escaso peso como “permanente” o “indefinido”, a las que habían recurrido en ocasiones anteriores; no sólo no hay arrepentimiento por sus acciones, sino que es inocente esperarlo, y mucho más realista suponer que la mayoría de sus miembros se sentirán orgullosos de sus tiros en la nuca y sus bombas, sus extorsiones y secuestros, y se considerarán héroes patriotas, amparados en que buena parte de la población vasca los juzgará del mismo modo y les guardará agradecimiento por sus fechorías. En las elecciones del 20-N, de hecho, han obtenido un abultado número de votos quienes han jaleado, justificado o nunca condenado a ETA, desde el primer hasta el último día. A través de ellos los terroristas han recibido este mensaje, más o menos: “Hicisteis bien en cargaros a ochocientas y pico personas. Teníais razón, todas y cada una de ellas se lo merecían. Nuestro idílico mundo cerrado está mejor sin ellas”.

Y aun así, a los demás debería habernos causado alegría pura que los asesinatos hayan cesado “definitivamente”. ¿Por qué eso no ha ocurrido? ¿Por qué la noticia se nos ha teñido de ciertos hastío y amargura? Quizá, sin que se formularan, nos han acechado pensamientos como estos: “A buenas horas. Cuánto desperdicio, cuántas vidas arrebatadas para nada. Cuántas generaciones de individuos engañados y fanatizados, con una sola idea fija en la que encontraban la comodidad del refugio y que los eximía de pensar por su cuenta. Cuántas personas que han tenido que renunciar a una existencia normal y libre, permanentemente amenazadas de muerte por sus ideas, o por estar en desacuerdo con los etarras, que ni la disensión admitían. Cuánto veneno esparcido, un veneno que en modo alguno va a cesar ‘definitivamente’, sino que ya está en la sangre de buena parte de la sociedad, y para el que además no hay antídoto”. Sí, apesadumbrado alivio, como dijo mi amiga italiana. Con la agravante de que el alivio es por naturaleza efímero, y la pesadumbre dura más tiempo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de diciembre de 2011

Ejemplar Rebecca West

No podía ser más oportuna la coincidencia de estos dos libros en las librerías españolas. Rebecca West, autora de una novela memorable (El regreso del soldado) y de un clásico de los libros de viaje (Cordero negro, halcón gris), entre otros libros, se enfrenta a un tema tan apasionante como imperecedero: el sentido de la traición. Cuando los pájaros caen es una novela y El significado de la traición, un texto a medio camino entre el ensayo y la Historia. La novela transcurre poco antes de la toma del Palacio de Invierno y el triunfo de la Revolución Rusa y se sitúa en Francia donde se encuentra instalado, en vergonzoso exilio por parte del zar, el conde Nikolai Diakonov con su esposa y el servicio. El exilio se debe a una conjura que le ha hecho caer en desgracia a los ojos del zar, a quien venera a pesar de su infortunio y cuyo perdón y reconocimiento espera día a día. A París llegan su hija, Tania, y su nieta, Laura, para acompañarlo. Tania está casada con un eminente político inglés, miembro del Parlamento, que permanece en Londres. Al conde lo acompaña un ferviente seguidor, de nombre Kamensky, al que se considera casi como un miembro más de la familia.

Una recaída en la salud de Sofía Diakonova hace que Tania, su hija, se quede con ella en el hospital y el conde y su nieta de pongan en viaje a una localidad cercana a la costa donde se encuentra un familiar cercano. En el tren son sorprendidos por un joven revolucionario, hijo de un antiguo amigo del conde, que entabla una conversación con el conde que dura casi un tercio de la novela. Es una conversación entre dos fanáticos: Diakonov, que entiende al zar como un intermediario entre Dios y los hombres y de cuya supremacía moral y vital no duda un segundo, y el revolucionario y terrorista que dedica su vida a derrocar el régimen de la Santa Rusia. El encuentro es formidable entre dos fuerzas ciegamente convencidas de sus principios y se desarrolla ante una Laura de 18 que va a dar un salto dramático a la realidad desde su mundo cerrado y encantado. Al cabo de la larga conversación se descubrirá quién es el traidor que ha ocasionado la desgracia del conde, lo que constituirá una fuente de amargura, a la vez que de maduración, de la joven Laura.

El significado de la traición es una poderosa reflexión sobre la traición que se inicia con dos personajes singulares, William Joyce y John Amery, que desde la Alemania de Hitler se convirtieron en colaboracionistas y voceros radiofónicos del régimen nazi. A partir de ellos, West describe de manera fascinante sus vidas, su integración en el fascio británico y, con ello, el mundo del fascismo inglés a través de una serie de personajes a cual más interesante y mejor descrito y que, en conjunto, ofrecen una visión extraordinariamente atractiva del origen de este movimiento y, a partir de lo cual, plantea con admirable penetración el problema de la traición y sus implicaciones éticas. De la Segunda Guerra Mundial pasa a los años posteriores, al cambio de tipología del traidor, que ahora se centra más en protagonistas de otra índole (universitarios e intelectuales comprometidos con la ideología comunista, analizados a partir de los casos del científico Allan Nunn y de Klaus Emil Fuchs). De un totalitarismo a otro, del nazismo al comunismo soviético, el libro se convierte también en una historia del espionaje soviético durante la guerra fría que llega hasta los conocidos Guy Burgess, Kim Philby y MacLean e incluso alcanza al famoso caso Profumo, el ministro de la Guerra inglés cuya turbia relación con la joven Christine Keeler le costó el cargo.

El libro destaca además por su excelente escritura. La capacidad de descripción de West, tanto en la novela (ese mundo caduco y cerrado de los Diakonov) como en el relato histórico del fascismo británico y el espionaje comunista, es realmente admirable; su elección de los detalles que componen cada cuadro del escenario del drama, sea en lo concerniente a los personajes como al ambiente en que se mueven e incluso a la decoración de los espacios utilizados como elemento dramático, revelan a una autora de verdadero mérito. Además, posee un estilo en el que predominan la elegancia de la dicción y la elocuencia con que la utiliza.

La novela es de lectura lenta, reflexiva y está tan plagada de razonamientos como carente de acción, por lo que a algunos lectores no especialmente interesados en ese mundo que enfrenta terrorismo y autoritarismo se sentirán defraudados. La interminable conversación en el tren, por ejemplo, muestra a la perfección cómo los extremismos son dos caras de una misma moneda y ese es un valor literario de primera importancia. Todo depende, pues, de lo que uno exija a un texto que, en todo caso, está cargado de inteligencia. El ensayo histórico, por el contrario, posee una fascinante agilidad, fruto del equilibrio entre su dinámica interna y la inteligente y vigorosa exposición de que hace gala su autora. El significado de la traición es, a mi modo de ver, un libro capital para entender, a través de la Historia, la compleja relación del alma humana con sus propias contradicciones y deseos en un mundo donde la traición también se erige en protagonista y su ambigüedad y complejidad obligan a una ineludible reflexión moral. Este es, en verdad, un libro ejemplar.

JOSÉ MARÍA GUELBENZU

El País, Babelia, 3 de diciembre de 2011

La inmoralidad del hijo pródigo

En un momento de este ensayo de cambiante tono -en un tercio inflamada invectiva contra los absolutismos, en otro meditada exploración de la turbia condición humana y por último detallada biografía de quintacolumnistas- se nos citan las indecentes ganancias de las compañías de seguros. Mas la indignación que subyace a toda la obra no es un precedente de actuales convulsiones, porque su asunto, la traición política, existe desde que algunos lirios pusieron sus músculos al servicio de Roma. La lealtad nace del instinto de pervivir que tiene el grupo ante las amenazas del entorno, subraya West, pero en el ser humano anida el instinto de morir y una jactancia y una fatuidad sin límites, ay. Concentrándose en los expedientes delictivos de algunos de los villanos que pasaron por los tribunales de Old Bailey para rendir cuentas por sus afrentas a la Corona británica durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, la autora busca a un tiempo el poder en detectarlo. El científico jactancioso, el intelectual perezoso, el diplomático con ínfulas heroicas y el burócrata incompetente desfilan por la cuerda floja moral que les tiende West para analizar los efectos sobre el público que los observa estupefacto desde el suelo. Ahora bien, si en algún espía hay ecos de la banalidad de los nazis de Arendt, un traidor siempre reporta beneficios pues, como nos indica Juan Benet en su epílogo, refuerza nuestros vínculos tribales.

ANTONIO LOZANO

Qué leer, diciembre de 2011

Argumento de El significado de la traición

West repasa algunos de los casos de traición a la patria más célebres de la segunda mitad del siglo XX, bien a través del individuo que llevó a cabo propaganda a favor de un enemigo político (caso, por ejemplo, del fascista británico William Joyce y sus emisiones radiofónicas pronazis), del espía que filtró secretos de Estado aprovechando su trabajo para agencias de Inteligencia o de la ocupación de cargos diplomáticos (caso del Círculo de Cambridge).

 

Javier Marías en las quinielas para el Premio Cervantes

Ernesto Cardenal, Fernando Vallejo y Nicanor Parra, favoritos al Cervantes

Francisco Nieva, José Manuel Caballero Bonald, los hermanos Juan y Luis Goytisolo y Javier Marías también figuran en las quinielas para el galardón

Los escritores Ernesto Cardenal, Fernando Vallejo, Nicanor Parra, Eduardo Galeano y Fina García Marruz figuran entre los candidatos al Premio Cervantes 2011, que se falla hoy y que está considerado el más importante de cuantos se conceden en los países de habla hispana.

Este premio, creado en 1975 por el Ministerio de Cultura, está dotado con 125.000 euros y reconoce la figura de un escritor que, con el conjunto de su obra haya contribuido a enriquecer el legado literario hispánico. Y aunque no figura en la bases del premio, habitualmente se cumple una “ley no escrita” que cada año reparte alternativamente el galardón entre Hispanoamérica y España, por lo que en 2011 debería otorgarse a un escritor hispanoamericano, ya que en la pasada edición de 2010 recayó en la escritora catalana Ana María Matute.

Así, si se respeta esa “ley no escrita” estarían bien situados para ganar el Cervantes 2011, el nicaragüense Ernesto Cardenal, de 86 años de edad, eterno candidato. Otros son el chileno Nicanor Parra y el colombiano Fernando Vallejo, que acaba de recoger el Premio FIL Lenguas Romances en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). El escritor argentino Ricardo Piglia y la poeta cubana Fina García Marruz, última premiada con el Reina Sofía también están bien situados, pero hay que recordar que García Marruz no vino a España a recoger el citado galardón por una cuestión de salud.

La tradición

Si en esta edición no se respetara esta tradición y se optara por un escritor español figurarían entre los primeros candidatos Francisco Nieva, José Manuel Caballero Bonald, los hermanos Juan y Luis Goytisolo y Javier Marías. En los 35 años de vida que tiene el premio Cervantes solo en tres ocasiones ha recaído en una mujer, las españolas María Zambrano (1988) y Ana María Matute (2010) y la cubana Dulce María Loynaz (1992).

La composición del jurado del Premio Cervantes, de 11 miembros, se mantiene siempre en secreto hasta el día que se emite el fallo, pero, al menos, se sabe que forman parte del mismo los ganadores de las últimas ediciones del premio, en este caso serían Ana María Matute y el mexicano José Emilio Pacheco, que ya no vino el pasado año por problemas de salud.

El País, 1 de diciembre de 2011