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Javier Marías y los enamoramientos sombríos

Javier Marías escribe como piensa y, siendo así, no es sorprendente que la primera narradora mujer de sus obras, María Dolz, observe, cuente y reflexione en su nueva novela, Los enamoramientos (Alfaguara: Madrid, 2011), con la misma esmerada y envolvente intensidad que cualquier otro de los narradores de sus libros precedentes. Porque, aunque haya dicho Italo Calvino que no hay que buscar al autor en su obra, que solo ella debe interesarnos, tratándose de Marías, como de Cervantes, Conrad -por solo mencionar dos que le son caros- y un larguísimo elenco de escritores de valía, no es posible (ni deseable) evitar encontrarse al autor en las páginas que entrega: su mente se nos ofrece sin más, imperiosa, en bandeja de letras.

Que no es optimista el modo en que se enamoran los personajes, lo ha dicho su autor, y lo vemos desde el inicio, ya empujados hacia el desenlace como si de un Proust-Hitchcock se tratara: la literatura y el cine en perfecto contubernio. Y como éste, en cada filme, asoma y nos hace un guiño al principio, estampando su firma dentro de la trama: Javier, como el protagonista, María(s), como su contrafigura narradora, que para mayor claridad es editora y tiene que lidiar a diario con los más extravagantes personajes de letras: ufanos y engreídos algunos, despistados y de mal gusto otros, y sin que falte el que, con garbosa autoironía, habla por su boca.

Escuchémosla: “no se mueven de sus casas y lo único que tienen que hacer es volver al ordenador o a la máquina -todavía hay algún pirado que sigue usando esta última y al que después hay que escanearle los textos, cuando los entrega- con incomprensible autodisciplina. Hay que ser un poco anormal para ponerse a trabajar en algo sin que nadie se lo mande a uno”. Miguel Deverne, hombre al parecer ideal, ha sufrido una muerte violenta y absurda antes de comenzar la novela; su viuda, adorado tormento y a la caza de Javier Díaz-Varela, el mejor amigo del difunto, se llama Luisa, como la elusiva mujer de Corazón tan blanco, Todas las almas y Tu rostro mañana. La felicidad de Miguel y Luisa despierta la admiración de la narradora a quien ellos bautizan como La Joven Prudente, pero desata a su vez la envidia original que se bifurca en los enamoramientos sombríos que dan cuerpo a la trama y, tal vez, hasta en la violencia que le ocasiona a él la muerte a los 50 años, aunque le tocaba más adelante.

Algo que con claridad nunca sabremos, porque uno de los leitmotivs de Javier Marías en esta obra, además de la creciente impunidad de tantos crímenes, la inconveniencia de que regresen los muertos y la capacidad de muchos para justificar e incubar sentimientos malvados, es la imposibilidad de conocer la verdad o de saber cuándo otros nos mienten. Su prosa es como la gran ola (cavallone) que nos lleva hasta la orilla: “Es lo malo de que se hayan perdido ya todos los códigos, que no sabemos cuándo toca nada ni a qué atenernos, cuándo es pronto y cuándo es tarde y nuestro tiempo ha pasado. Debemos guiarnos por nosotros mismos y así es fácil meter la pata”.

La narradora se plantea todos los problemas que nos atañen, y no solo como lectores de la ficción en que le hemos consentido embarcarnos. Hay diálogos que se enmarañan a sabiendas con referencias literarias ( Macbeth, Los tres mosqueteros y una novela casi desconocida de Balzac que se acaba de publicar Reino de Redonda) dando inquietantes indicios a la narradora y por ende al lector.

Hay diálogos que acontecen en su mente: especulaciones derivadas de su perpetuo escrutar los sentimientos, ideas y motivaciones (propios y ajenos) en su intento por orientarse en la realidad de la que no hay escapatoria hasta salir del mundo de los vivos.

Esta nueva novela de Javier Marías ha salido justo para celebrar el Premio Literario Europeo 2011 que recibió su autor poco antes de imprimirse. Esperemos que cuando le den el Nobel se resalte entre las motivaciones su sostenida indagación del tiempo, que “se va pisando los talones eternamente, impaciente y sin objetivo, se va atropellando como si no estuviera en su mano frenarse e ignorara él mismo su propósito”, de la incomprensibilidad de la muerte y del mudo abandono en que se sumen las cosas cuando desaparecen sus dueños.

JUANA ROSA PITA

El Nuevo Herald (Miami), 22 de mayo de 2011

La fragilidad del amor

Javier Marías (Madrid, 1951) retoma su particular estilo para profundizar en lo más visceral, sin necesidad de grandes historias o sucesos ilustrativos.

Como en otras novelas (Mañana en la batalla piensa en mí), apenas existe un móvil como pretexto para dar cuenta de infinitas sensaciones, más próximo al sentir humano que a la anécdota ficcional.

En aquél (Mañana…), era la muerte de una mujer; en éste, el asesinato de un hombre lo que provoca en el protagónico un ronroneo interminable sobre las mil y una posibilidades que seguramente, quizás, tal vez, se ciernen en circunstancias similares. Ese regodeo -lingüístico y expresivo- es la clave que seduce y atrapa, ya que involucra gradualmente al lector hasta inmiscuirlo en la problemática y convertirlo en interlocutor de esa voz narrativa que avanza y retrocede para dar cuenta de lo terrible, lo trágico y a la vez sublime del amor.

La novela está dividida en tres partes. En la primera, y desde las primeras líneas, irrumpe el tema de la muerte. Pérdidas fatales que se lamentan, se sienten, se extrañan, hasta que paulatinamente comienzan a desdibujarse. El tiempo inexorable- va envolviendo como una sutil telaraña las emociones, en una variedad de manifestaciones, hasta que de pronto comienzan a olvidarse, trayendo consigo culpa y arrepentimiento, buscando mil maneras distintas de presentificar la ausencia.

Un narrador testigo -una mujer- que presencia con asombro la rutina diaria del desayuno de una pareja a la que admira, ante las muestras de amor que se prodigan, un buen día no los ve más. Al tiempo y de modo casual, descubre que el hombre fue muerto a tiros por otro con cierto desorden mental.

Desde esta situación inicial, comienzan las elucubraciones que llevan por intensos recorridos en el Madrid actual y en pleno barrio Serrano, cercano a sitios emblemáticos (el famoso colegio Estilo, de Josefina Aldecoa). Las descripciones son minuciosas al extremo, sin olvidar detalles, físicos o emocionales.

Hay que calmar la ansiedad hasta que se descubre el móvil o más bien la desaparición del hombre de la escena cotidiana, y reconocer que no es ése el motivo principal de la historia sino el asombro, la perplejidad y las innumerables reflexiones generadas por el tema de la muerte de un ser querido. Las asociaciones afectivas calan hondo y por momentos se tornan obsesivas y hasta morbosas, pero despiertan la ansiedad por continuar.

En la segunda parte, si bien aparecen nuevos personajes, todos relacionados con la pareja del muerto y con la voz femenina, testigo ocular que memora y asocia, continúan barajándose las hipótesis, a pesar de la contundencia de ciertas aseveraciones: “Me siento obligado a estar triste”, o bien “lo que dura se estropea y acaba pudriéndose, nos aburre, se vuelve contra nosotros, nos satura, nos cansa…”.

La selección del personaje femenino es un acierto, tanto por el tono melodramático como por las interminables elucubraciones, afines al género, en oposición al pragmatismo de otros. Esta certeza revela una vez más el placer de la lectura y la condición de un escritor capaz de plantear, a lo largo de toda la novela, la fragilidad del amor. Al deslizarse detrás de la voz femenina tiene más libertad para “marcar” esos aspectos negativos y dejar al descubierto las facetas de su debilidad.

En la tercera parte, no hay grandes revelaciones sino las necesarias para entender el mundo de emociones que vamos tejiendo en torno a seres y objetos, lo que significan, lo que realmente son, lo que prevalece y continúa, hasta llegar a comprender que “todos buscamos sustitutos” y de alguna manera, “nos pasamos llenando huecos”.

MARÍA LUISA MIRETTI

El Litoral (Argentina), 22 de mayo de 2011

La flor de lis

Después de la monumental trilogía Tu rostro mañana, algo quedaba en los anaqueles de Javier Marías. Se trata de Los enamoramientos, una novela que tras los pasos de Los tres mosqueteros indaga en el implacable destino que condena al amor cuando se mezcla con el delito.

John F. Kennedy, Marilyn Monroe y Miguel Desvern tienen algo en común: los tres tuvieron un final trágico que terminó por devorar su imagen a tal punto que parecen ser recordados más por su muerte que por lo que hicieron a lo largo de sus vidas. Miguel Desvern es el muerto de Los enamoramientos, la última novela de Javier Marías en la que repite sus obsesiones de siempre: el engaño y la muerte o, mejor aun, el gran engaño de esta época que consiste en olvidar muy rápido a sus muertos. Un tema que, posiblemente, se deba a la muerte temprana de su madre quien, según cuenta Marías, solía leerle un cuento en su infancia que nunca volvió a encontrar de adulto, “El castillo de irás y no volverás”. Hijo del filósofo Julián Marías, Javier es uno de los escritores más importantes de España, miembro de la Real Academia Española desde 2006, un candidato natural a ganarse el Nobel en algunos años, a pesar de las polémicas que viene acumulando con cineastas que versionan mal sus películas; y con el mismo Jorge Herralde, a partir de lo cual decidió borrar el premio de su biografía oficial.

Así como Mañana en la batalla piensa en mí y Corazón tan blanco fueron títulos inspirados en versos de Shakespeare, Los enamoramientos salió de un episodio de Los tres mosqueteros, precisamente en el que Athos le cuenta a D’Artagnan acerca del amor de su vida: una chica de dieciséis años, hermosa y suya, bella como los enamoramientos. Luego de desposarla, Athos descubre en su hombro la inconfundible flor de lis con la que se tatuaba por aquella época a los criminales y, sin más, decide matarla. Aun enamorado.

Una de las grandes habilidades de Javier Marías reside en mezclar ficción y realidad. Por eso se lo considera un verdadero maestro de una escuela bautizada con el espantoso nombre de “hibridismo genérico”. En Todas las almas (1988), por ejemplo, se mezcla y confunde más de lo aconsejable con un profesor español que dicta clases en Harvard, mientras que diez años después, en Negra espalda del tiempo, Marías sale a explicar, de alguna manera, todos los equívocos que había generado aquella novela; además de incluir la historia del Reino de Redonda –un chiste entre la patafísica y Bloomsbury–, del que el escritor acababa de asumir como soberano con el nombre de Xavier I.

Pero la prueba de su maestría en este terreno radica, en realidad, en la abundancia de referencias literarias y hasta cinematográficas que pueblan sus historias. Lejos de servir como adorno, se meten en el hueso de la trama, dando la impresión de que fueron escritas sólo para que él las tomara en cuenta: en este caso, una de las frases más enigmáticas de Macbeth, lo primero que dice el rey al enterarse de la muerte de su esposa, “debería haber muerto de acá en adelante”; la glosa de El coronel Chabert de Balzac, una historia fantástica pero real sobre aparecidos; y una cita implícita, invisible y también tanática, pero más latente que todas las demás: Hamlet.

María Dolz trabaja en una editorial y cada mañana ve en el bar donde desayuna a una pareja que le cae bien: los admira, le hacen creer en el amor. Son su fetiche del día. Hasta que desaparecen y se entera por los diarios de que él, Miguel Desvern, fue salvajemente asesinado por un mendigo que le asestó, sin motivo aparente, 16 puñaladas (exactamente la edad que tenía la esposa de Athos al ser atacada por el futuro mosquetero). Lo paradójico es que, a partir de ese asesinato, empieza a involucrarse aun más que antes con el mundo de esa pareja, con la viuda, pero también con el mejor amigo del difunto, un hombre enigmático y seductor que sabe más acerca de esa muerte, y está secretamente enamorado de la viuda.

Luego de haber dado a luz Tu rostro mañana, su obra más ambiciosa, una trilogía que marcó un antes y un después en su carrera de por sí marcada, Javier Marías volvió con una novela que mira más hacia atrás que hacia delante, una obra que reflexiona más de lo que actúa: un libro notable sobre las atrocidades que suelen cometerse en nombre del amor. O un libro hermoso sobre esos enamoramientos excepcionales que justifican cualquier acto.

JUAN PABLO BERTAZZA

Página 12 (Argentina), 22 de mayo de 2011