LA ZONA FANTASMA. 8 de mayo de 2011. Una minoría caballerosa y conforme

Quien no pertenece hoy a alguna minoría más o menos oprimida tradicionalmente -o incluso a alguna mayoría; parece que las mujeres, al menos en lugares y tiempos de paz, son siempre más que los varones-, o a algún colectivo de víctimas o a alguna porción de la humanidad real o imaginariamente desfavorecida, lo tiene mal en muchos aspectos. Cualquier “discriminación positiva” irá en contra suya, y en los Estados Unidos, donde se creó y desde donde se exportó la política proteccionista, es sabido que un hombre blanco, heterosexual, no grueso, con aceptable salud y sin discapacidades notorias, estará en desventaja a la hora de conseguir un empleo, porque con sus características no contribuirá a llenar ninguna de las “cuotas” que toda institución o empresa deben exhibir para no ser acusadas de racismo, sexismo, aversión a tal o cual religión, homofobia o gordofobia. Ya en los años ochenta, cuando di clases en una selecta Universidad de ese país, vi cómo ciertos candidatos eran preteridos porque no “ayudaban” a la buena imagen exigible al College, y cómo algunos de sus responsables se frotaban las manos si, entre los aspirantes a un puesto, había una lesbiana negra y obesa o un hispano invidente, porque con ellos, decían, mataban dos o tres pájaros de un tiro. No digo que ciertas discriminaciones positivas no hayan sido necesarias o no sean todavía hoy convenientes, y si algo me subleva y me parece incomprensible es que siga habiendo mujeres que cobren menos que sus colegas varones por el mismo trabajo e idénticas responsabilidades. Pero también es verdad que, como en todo, se ha creado en este asunto una industria de la picaresca, del abuso, de la ridiculez y de la hipocresía.

Yo pertenezco al tipo de hombre que he descrito antes, y encima soy europeo, fumador y sin religión, tres elementos que me complican aún más las cosas. Me he dado cuenta, sin embargo, de que formo parte de una minoría discriminada y maltratada desde siempre y que, extrañamente en estos tiempos quejicas, nunca protesta de nada -de que el mundo esté hecho “contra” ella, nada menos- ni reclama ninguna cuota: soy zurdo. En un reportaje del New York Times leo que ese colectivo seguimos siendo “un enigma”, y que, pese a que en Occidente ya no se nos corrija en la infancia ni se nos haga violencia obligándonos a ir contra nuestra naturaleza y a utilizar la diestra; pese a que ya no se nos acuse, como sucedió durante siglos, de pactar con el diablo y de criminalidad congénita, continuamos formando sólo un 10% de la población mundial, el mismo porcentaje, parece, que en épocas remotísimas, según han comprobado los más detallados estudios de las pinturas rupestres, que han observado con qué manos empuñaban los cazadores sus lanzas. No importa que, de los siete últimos Presidentes de los Estados Unidos, cuatro hayan sido zurdos (Ford, Bush Sr, Clinton y Obama), ni que lo sean Nadal, Messi, Raúl, Özil y otros muchos ídolos deportivos. Los zurdos vivimos discriminados.

Todo está concebido y hecho para los diestros, si se fijan. La gente se estrecha la mano derecha, a lo que tenemos que acostumbrarnos desde niños, ya que nuestra tendencia sería a ofrecer la izquierda. El uso de los cubiertos contraviene nuestra inclinación, y nos vemos cortando la carne con la mano en la que tenemos menos fuerza, y asimismo damos cuerda a los relojes de muñeca con la que no nos tocaría hacerlo. Nos anudamos la corbata al revés, utilizamos las tijeras impepinablemente con la derecha, y cuando algún bienintencionado nos regala unas “adaptadas”, ya no sabemos cortar con la izquierda. Si queremos tocar buen número de instrumentos musicales -guitarra, violín, violonchelo-, lo tenemos muy difícil o hemos de cambiar todas las cuerdas de sitio. Si escribimos con tinta, nos vemos forzados a poner la pluma en vertical para evitar correr aquélla con nuestra propia mano, y los libros están pensados para diestros, ya ven con cuál se abren y se pasan las páginas, indefectiblemente. Las barandillas de las escaleras quedan siempre a la derecha, y hacia ese lado giran casi todas las llaves del planeta. Excepto en Gran Bretaña y en algún otro sitio, se conduce por el carril que saben. La lista sería interminable, pero casi nadie repara nunca en ella. El mundo, se dice a menudo, está hecho por y para los hombres. Puede. Pero yo diría que está aún más hecho por y para los diestros.

Nuestra mala fama no ha terminado. Al parecer hay un gen, LRRTM1, “relacionado” con el desarrollo de la zurdera, y un genetista del Instituto Max Planck de Psicolingüística sostiene que dicho gen también se encuentra, en proporción exagerada, en las personas con esquizofrenia. No sé. Mis cuatro abuelos y mis padres eran diestros, pero de los cinco hijos que tuvieron estos últimos, nada menos que tres salimos zurdos. El mencionado porcentaje del 10% causa perplejidad en los científicos, uno de los cuales señala que, aunque los zurdos podrían estar expuestos a algunos riesgos durante el desarrollo (sobre todo cuando se los demonizaba y se los consideraba “torcidos”, añado yo, y en España eso ha durado hasta la muerte de Franco), “está claro que también debe de haber ventajas. Nadie sabe el motivo por el que se mantiene así”. Sea como sea, somos casi 700 millones de individuos, y aun así se nos discrimina. Si, como las demás, fuéramos una minoría quejica y a veces oportunista o ventajista, clamaría desde aquí: “¡Justicia e igualdad para los zurdos!” Pero también debe de estar en ese gen raro que quizá poseamos no dar a los demás la lata y mostrarnos conformes y caballerosos. A ver si otros aprenden.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de mayo de 2011

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