Los enamoramientos. Primer capítulo

Primer capítulo de Los enamoramientos

El amor de Javier Marías

Una cartografía del amor y los sentimientos, la muerte, las ausencias y la presencia de las ausencias, la impunidad, lo que creemos ver y saber y, claro, el azar; todo ello narrado en la voz de una mujer. Este es el ADN de Los enamoramientos (Alfaguara), la nueva novela de Javier Marías tres años después de que acabara su magnífico proyecto literario Tu rostro mañana. El libro del escritor y académico llegará a las librerías el próximo 6 de abril.

“La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última vez que lo vio su mujer…”. Así arranca esta obra en la que el universo de Marías transpira sentimientos, preguntas y dudas que un momento u otro de la vida han concernido a casi todas las personas. Con el tema del amor y los sentimientos como espina dorsal de la novela, el autor madrileño se adentra en ese jardín misterioso para llamar por su nombre muchos de los hechos y sensaciones que con frecuencia no se suelen reconocer. Las ideas de Platón sobre ese estado del ser humano parecen rondar la obra. Una novela moral donde se plantean cuestiones al lector y se muestran conductas y el trecho que hay entre lo que se desea, se piensa y se hace. Sobre la conveniencia o no de cada uno de estos aspectos.

El escritor y académico celebra, además, los 40 años de su debut literario con Los dominios del lobo. Babelia ofrecerá en su edición de este sábado una entrevista con Javier Marías en su casa de Madrid.

WINSTON MANRIQUE

El País, 29 de marzo de 2011

What they’re reading in Spain

Foto. Qim Llenas

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But in Spain, right now, the most awaited book of the year is undoubtedly Javier Marías’s new novel, Los enamoramientos (Alfaguara). The eternal Spanish Nobel prize candidate and the author of what have already become contemporary classics, such as Tomorrow in the Battle Think on Me and A Heart So White, has handed over to the printers a spine-chilling story about the highs and lows of our miserable lives. Marías is always Marías, and his arrival in the bookshops is always the publishing event of the season.

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BORJA HERMOSO

The Guardian, 28 March 2011

LA ZONA FANTASMA. 27 de marzo de 2011. Época de soplones y policías

Definitivamente la gente se ha convertido en un peligro para la gente. Siempre he pensado que esta era la época más difícil e incómoda para los reyes, príncipes, políticos y personajes célebres en general. Aparte del dinero que poseen o ganan (no todos: el sueldo de los terceros es del montón y por eso compran tanta lotería premiada o se hacen regalar trajes), pocas les quedan de las viejas ventajas. Antes aparecían en público de vez en cuando y disponían para sí de tiempo no expuesto y protegido por la privacidad. Ahora se los ve a diario en actos y ceremonias soporíferos, viajan sin cesar, no descansan ni un fin de semana y, sobre todo, se ven continuamente acechados por una legión de ojos y oídos de monstruoso alcance: cámaras y micrófonos potentísimos por doquier, a todas horas y aunque estén en medio del mar. Los reyes, y las reinas, tenían antiguamente sus amantes y sus pequeños vicios, y era sumamente improbable que nada de ello trascendiera. Ahora, cualquier individuo semifamoso que ose ser infiel a su pareja, emborracharse, consumir drogas o despotricar con lenguaje más o menos grueso, demuestra un considerable arrojo, porque lo más seguro es que cualquier actividad suya que la mojigata opinión pública actual juzgue censurable, sea descubierta y divulgada por todo el orbe, con consecuencias funestas para el transgresor. Si añadimos que en los últimos años todo el mundo lleva una cámara en su móvil y es por tanto un paparazzo en potencia, y que buena parte de la humanidad sufre una irrefrenable vocación delatora y un frívolo deseo de perjudicar al prójimo, sobre todo al que se cree “envidiable” por cualquier razón, nos encontramos con que nadie está a salvo nunca, ni siquiera las personas que no son públicas ni célebres.

Un ejemplo sencillo de esto último: si cuatro empleados de una oficina se reúnen en un bar y uno de ellos empieza a echar pestes de su jefe, con la habitual exageración a que lleva ser jaleado por la compañía o verse enardecido por el alcohol, ya nadie nos puede asegurar que uno de los colegas no nos esté filmando a hurtadillas y no vaya a ir mañana a mostrarle al jefe las pruebas de nuestro delito. Así, lo que antes solía carecer de consecuencias -desahogos y palabras que se llevaba el viento-, hoy puede acarrearlas gravísimas. Se puede acabar con toda espontaneidad, con toda confianza, y, lo que es peor, con toda libertad. Nada le habría sucedido al diseñador John Galliano si no lo hubieran grabado con un teléfono móvil mientras, borracho y a solas en un café parisiense, se encaraba con unos vecinos de mesa y les soltaba impertinencias de pésimo gusto que para el puritanismo actual son “atrocidades” merecedoras de cárcel. Me trae sin cuidado ese modisto que parece salido de una anticuada obra de Jean Genet, pero no puedo evitar que los comentarios que han propiciado su denuncia y su expulsión de la casa Dior me recuerden a los que tantas veces he oído a gente normal que se tornaba lenguaraz, o aun momentáneamente venenosa, con unas copas de más. Un respetabilísimo autor, que hace años recibió el Premio Cervantes, se pasó medio partido Real Madrid-Real Sociedad, en Chamartín, gritando “ETA, mátalos”, sin que los amigos con quienes compartía tribuna se hicieran cruces ni le dieran mayor importancia. De haber habido una cámara a su lado, ese autor se habría labrado un desprestigio vitalicio y jamás habría sido galardonado. (Al día siguiente, por cierto, lo asaltó el arrepentimiento y una pésima conciencia por los gritos que había proferido, así que todos los testigos lo olvidaron sin más, sabedores de la habitual rectitud de ese autor.)

Hace muchos años, nada más llegar a un café nocturno, me topé con una elogiada escritora que, sin que yo le hubiera hecho nunca nada -lo juro-, me saludó a improperios (“¡Hay que acabar con este tío nefasto!”, instaba a la concurrencia, y eso era lo más suave), en manifiesto estado de embriaguez. Desde entonces he procurado evitarla -como a otra que me dejó en el contestador varios recados del tipo: “Si tuviera una metralleta te acribillaría ahora mismo sin compasión”-, pues ninguna de las dos se disculpó a posteriori jamás; pero, francamente, nunca se me ha ocurrido tenerlas por exterminadoras por causa de sus arrebatos, mientras que Galliano ha quedado, para los restos y para el mundo entero, como un nazi cabal porque, probablemente en un momento de lengua descontrolada, no se le pasó por la cabeza otra manera de insultar a sus vecinos de mesa que decirles: “Me encanta Hitler, habría gaseado a gente como vosotros y vuestros putos antepasados”. Yo oí numerosas veces al hoy mitificado Michi Panero soltarles cosas equivalentes a quienes se le atragantaban en un bar: “Cómo echo de menos los tiempos de Nerón: tipos como vosotros habríais sido pasto de los leones”. Ni siquiera los vituperados solían cabrearse ante semejantes exabruptos, eran épocas en que se sabía poner las cosas en su contexto y su circunstancia, se distinguía la exageración y no se defenestraba a nadie por un ocasional exceso alcohólico verbal. No se magnificaba, no se perseguía con saña cualquier salida de tono o metedura de pata, no se tomaba todo en serio siempre ni al pie de la letra ni se sacaba de quicio. Y no de todo quedaba constancia en forma de filmación: no se era rehén, de por vida, de lo que se había dicho a la ligera en un ataque etílico o de furor. A muchos les parecerá mal que afirme esto, pero me parecían épocas mucho más civilizadas. Porque la más incivilizada, intolerante y autoritaria de todas es aquella en la que muchos ciudadanos se convierten no ya en paparazzi, sino en chivatos y policías permanentemente de servicio.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de marzo de 2011

Mi primer Javier Marías. Ven a buscarme

VEN A BUSCARME

JAVIER MARÍAS

Ilustraciones de Marina Seoane Pascual

Colección: Mi primer…

Alfaguara Infantil

 Primera edición: marzo de 2011

En Mi primer Javier Marías encontrarás un misterio enterrado en el bosque, que tal vez conduzca hasta el primer amor.

Una historia donde el amor y la generosidad salvan las barreras del tiempo.

Nueva edición de Los dominios del lobo

LOS DOMINIOS DEL LOBO

JAVIER MARÍAS

Alfaguara

Marzo de 2011

Empezada a los diecisiete y terminada a los dieciocho años, Los dominios del lobo fue la primera novela de Javier Marías, una obra transgresora e insólita de cuya publicación se cumplen ahora cuarenta años.

La acción transcurre en los Estados Unidos, los personajes son americanos, y esa América retratada es una divertida parodia y un serio homenaje al cine de los años dorados de Hollywood. El jovencísimo Marías demostró una notable madurez narrativa, una aguda ironía y una diabólica capacidad de fabulación.

A partir de la aparatosa desintegración de la familia Taeger en 1922, se suceden en catarata las trepidantes aventuras, abarcando casi todos los géneros: desde la novela negra hasta el melodrama, desde el relato de pasiones rurales hasta la Guerra de Secesión, desde la intriga policiaca hasta las luchas de gángsters o el exotismo sureño, teñido de su inclemencia tradicional.

No es exagerado afirmar que esta novela, «excelente y cruel pastiche» según Juan Benet, con su estructura atrevida, su desparpajo inventivo, su intencionado uso del tópico y su agilísima técnica que no elude la truculencia, se adelantó a su tiempo y fue precursora de la más vivaz literatura actual.

Prólogo de Javier Marías

A propósito de Aliocha Coll

Foto. Gerard Uferas

La agente literaria Carmen Balcells recupera la obra del autor marginal Aliocha Coll, al depositar su legado en la ‘Caja de las letras’

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Ayer fue el primer día de la nueva era Aliocha Coll, en la que asistiremos a recuperaciones que, hasta el momento, sólo se atrevieron a hacer la editorial Alfaguara, en tiempos de Jaime Salinas, a principio de los ochenta, con la novela Vitam Venturi Saeculi; y Destino, con El hilo de la seda y Atila, a principio de los noventa. Javier Marías estaba en el equipo de lectores de Salinas, junto con Juan Benet y Juan García Hortelano, y recuerda que Alfaguara tardó varios años en decidirse.

“Yo le preguntaba por qué no probaba a hacer algo menos vanguardista. Realmente tenía mucho talento literario y podría haber hecho cualquier cosa. Hay que reconocer que sus textos eran muy herméticos. Era difícil que un editor asumiera el riesgo de publicar algo que no comprendería el lector más convencional”, afirma Javier Marías a este periódico.

“El año que viene habrá muchos más originales de los que hay hoy”, avisa Balcells, que tiene de su lado a los herederos de Aliocha Coll para recuperar incluso el inédito ensayo sobre el dolor, que trabajó en sus últimos años. “Me interesa mucho ese ensayo porque cuando hablábamos me decía que estaba experimentando con su propio cuerpo. Dejaba de tomar la medicación”, explica Marías.

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Sin embargo, a pesar de que haya puesto todas las esperanzas en el nuevo lector, el propio Marías se muestra más cauto: “El público de ahora es todavía más difícil que el de entonces, porque es más convencional, más acomodaticio y menos dispuesto a tomarse el esfuerzo de una narrativa experimental. Tendrá los mismos lectores que hoy tiene la poesía”. Si con este movimiento Balcellsconsigue colocar a Coll entre las novedades, será el broche para una carrera infalible.

PEIO H. RIAÑO

Aliocha Coll: Una vena hermética y difícil

“En la literatura todavía no ha llegado Mondrian”, solía decir probablemente el escritor más experimental que apenas conoce el lector español. “Tenía un parecido razonable al actor Arnold Schwarzenegger, sólo su rostro”, comenta Javier Marías. Le recuerda de joven siempre con corbata, serio y amable. Al parecer, su aspecto no dejaba ver su rebeldía literaria. Balcells va más allá: “Es un precursor de Joyce. Fue un muchacho superdotado que empezó a escribir cuentos a los 7 años”. Aliocha Coll, una de las primeras víctimas de la depauperación del gusto y de las lecturas literarias que chocaron contra las cifras de ventas, la popularidad y la productividad. A los veintipocos llegó a París a buscarse la vida como escritor, junto con su mujer, Lysiane Luong, pintora francesa de origen chino, pero no lo logró y tuvo que recuperar sus estudios de Medicina. Tampoco fueron suficientes.

Público, 22 de marzo de 2011

Carmen Balcells resucita al autor maldito Aliocha Coll

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“Los amores no cuentan, pero se puede morir de amor”, dijo Carmen Balcells antes de hablar de Coll, de su vida, del misterio feraz de su literatura. Sus amigos de entonces, según recoge Javier Marías, que lo conoció y lo distinguió con un afecto literario y personal mutuo, decían que antes de quitarse la vida “se hallaba eufórico, pese a que su situación personal no era fácil en los últimos años, circundado por la enfermedad, las de sus parientes y la de alguien muy próximo”. Murió y entró en la nebulosa de la mitología de aquellos autores que necesitaban (y necesitan), dijo la Balcells, del impulso que tuvo alguien como James Joyce, cuya literatura extraña solo se abrió paso gracias a la generosidad de los lectores.

A ellos apeló ahora su agente. Su testamento literario se conocerá en 12 meses. Mientras tanto ella ha dejado flotando, otra vez, la presencia extraña de este autor extraordinario (en el sentido literal de la palabra) que, como recuerda Marías, fue un gran traductor de Marlowe y viajaba en avión leyendo a Ovidio en latín. Ahora Carmen Balcells ha hecho, en el subsuelo del Cervantes, el milagro de ponerlo otra vez en el mapa de los escritores raros.

JUAN CRUZ

El País, 22 de marzo de 2011

La muerte de Aliocha Coll

Todavía parte de este mundo

LA ZONA FANTASMA. 20 de marzo de 2011. Estaré con el mundo hasta que éste muera

Hablé aquí hace poco de la tan estúpida como peligrosa manía de nuestra época de enmendar el pasado, o, en el mejor de los casos, de juzgarlo conforme a nuestros criterios y conocimientos actuales y mirarlo con condescendencia, pensando: “Qué tonta era la gente antes, o qué ignorante, o qué bruta, o qué injusta”, dando por sentado, además -en mi opinión sin base-, que nuestro tiempo no es injusto ni bruto ni ignorante ni tonto, o que lo es menos que cualquier otro anterior. Estaría por ver, y si uno echa un vistazo a la historia se encuentra a menudo con periodos que fueron infinitamente más bárbaros y primitivos que los que los precedieron. Nadie parece tenerlo en cuenta ni aplicarse la lección: la soberbia del presente es siempre de tal calibre que casi ningún individuo que viva en él puede admitir que la suya sea una época de decadencia o instalada en el error. Todo presente cree saber más que cualquier pasado -así es en la ciencia, pero en nada más- y poseer mayores “dosis” de verdad, como si el camino hacia ésta fuera siempre rectilíneo y dependiera tan sólo del avance de los días, los años y los siglos. Visto en perspectiva ese convencimiento, resulta tan absurdo como pensar que en Alemania se estaba más en lo cierto, en la razón, en lo verdadero y lo recto en 1936 que en 1926, por poner un ejemplo fácil. O que en España todo era mejor en 1948, en plena dictadura franquista, que en 1932, simplemente porque 1948 fue posterior.

Probablemente el primer tramo del siglo XXI será visto algún día como un periodo de particular ceguera, arrogancia y fatuidad. Hace poco hablé, ya digo, de las ínfulas de quienes se permiten suprimir de los textos de Mark Twain las palabras que hoy consideran “inconvenientes”, o de las consejerías andaluzas que deciden eliminar la legendaria frase de la madre de Boabdil (“No llores como mujer, etc”) porque menoscaba, según ellas, a todo el sexo femenino. Pero la plaga de engreimiento -es engreimiento y soberbia enmendarles la plana a los muertos, tachar lo que otros escribieron, modificar y falsear los hechos para adecuarlos a nuestro gusto- va mucho más lejos, y alcanza cotas ilusas para mí casi inconcebibles. Se pretende que se anulen consejos de guerra y juicios y que de ese modo se “rehabilite” a quienes los padecieron, lo cual, para empezar, es del todo imposible: si a un militar leal a la República lo juzgaron y condenaron los traicioneros sublevados franquistas, precisa y grotescamente por “traición”, ese hecho es inamovible, y que ahora venga un tribunal militar de 2011, que nada tiene que ver con uno ilegítimo de 1936, y deje “sin efecto” aquella condena, es sencillamente inviable y un brindis al sol, del mismo modo que la actual Iglesia Católica no está capacitada para “desagraviar” a Galileo, al cual sentenciaron quienes la representaban hace cerca de cuatro siglos. Tanto él como ellos llevan muertos casi otro tanto, y al uno como a los otros les trae por fuerza sin cuidado lo que unos fatuos actuales dictaminen a estas alturas, más que nada como gesto publicitario. No se puede deshacer lo hecho, y esto lo saben hasta los niños pequeños.

Una de las más recientes pavadas en este campo “intervencionista” y hueco ha sido la propuesta del Gobernador saliente de Nuevo México, Bill Richardson, de indultar póstumamente al neoyorquino William H Bonney, más conocido como Billy el Niño. Muy póstumamente en verdad, ya que, como se sabe, el sheriff Pat Garrett lo despachó a tiros del mundo en 1881, en Fort Sumner. Al parecer el Gobernador de entonces, Lewis Wallace (autor de la novela Ben-Hur y por tanto hombre de dinero y de fe a buen seguro), incumplió un trato que había hecho con el bandolero en 1879: dejarlo legalmente limpio a cambio de que testificara en el juicio por un asesinato que había presenciado, a lo que Bonney se avino. La falta de palabra de Wallace lo llevó a huir y a cargarse de paso a un par de individuos más. Al fin y al cabo seguía siendo un proscrito, pese a su colaboración y a su pacto, que la otra parte no respetó. De perdidos al río, supongo, que se dice en español.

Tras variadas dudas y un aluvión de emails procedentes de todo el mundo pronunciándose a favor o en contra del indulto (asombra la cantidad de tiempo libre de que disponen cantidades masivas de personas), Richardson consultó a unos nietos y biznietos de Garrett, los cuales, por razones tan obvias como vanidosas como pueriles, se opusieron tajantemente al perdón. El Gobernador no se ha atrevido a contravenir sus deseos, y ha añadido que al fin y al cabo el famoso bandido se había dedicado “al pillaje, al saqueo y al asesinato, tanto de quienes se lo merecían como de inocentes”. Llama la atención que este clarividente político de 2011 sepa qué víctimas se merecieron la muerte y cuáles no, pese a ser todas anteriores a 1881. Pero es lo de menos. Ni a los huesos de Billy el Niño ni a su variable leyenda les pueden inmutar lo más mínimo las decisiones muy póstumas de un Gobernador con ánimo de adornarse y de decir la última palabra sobre algo que no lo concierne y que no está en su mano cambiar. El propio Billy the Kid, a los veintiún años con que murió, sabía de qué iba el asunto mucho mejor que tanto presuntuoso adulto actual. En una entrevista quizá auténtica que el mismo año de su muerte le hizo en la cárcel un periodista de The Texas Star, al llamarle éste “Billy”, lo corrigió de inmediato: “Mr Bonney, por favor”. Y cuando el reportero le preguntó, hacia el final: “Y en cuanto a usted, ¿cree que perdurará en la memoria de la gente?”, respondió sin vacilar: “Estaré con el mundo hasta que éste muera”. Me pregunto qué diablos puede hacer para alterar eso cualquier soberbio enmendador de nuestro tiempo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de marzo de 2011

Javier Marías no es un cualquiera

Se publica el 6 de abril

Acaba de publicar [sale a la venta el 6 de abril] Los enamoramientos (Alfaguara). Una de esas novelas que se siguen leyendo en la cabeza muchos días después de haber finalizado la última página. Una nueva pieza que encaja con precisión milimétrica en la obra que pacientemente lleva 40 años elaborando compuesta por 13 novelas que establecen entre ellas un juego de resonancias tal que ha logrado eso tan raro y difícil de lograr que es la música del escritor. Todas sus novelas son diferentes y a la vez tienen una melodía que nos resulta familiar. Aquí lanzo tres razones por las que creo que Javier Marías no es un cualquiera. Que vayan tomando nota en la academia sueca.

1) El estilo hipnótico. Esa querencia por la digresión siguiendo la estela de Lawrence Sterne hace que sus obras nunca avancen de manera lineal sino en ondas concéntricas, igual que los dibujantes de historietas dibujaban antes las ondas mentales de los hipnotizadores. No abre una trampilla bajo los pies del lector para que caiga dentro en la página uno como en un thriller, sino que hace algo más arriesgado: merodea al lector, lo va empapando, lo hipnotiza.

2) La capacidad de parar el tiempo. Es un arte difícil, quizá influido por Joseph Conrad, capaz de convertir las décimas de segundo en que Lord Jim duda si abandonar un barco a punto de zozobrar lleno de pasajeros en una unidad de tiempo distinta que en la cabeza del personaje dura páginas enteras. Muchos escritores dicen que los personajes toman las riendas, cobran vida propia y llevan la iniciativa de la narración. A Javier Marías no se le desbocan. Es el director de orquesta que modera siempre el tiempo y lo acelera o lo detiene cuando lo cree conveniente parar la acción para que un personaje pueda explicarse a sí mismo o descubra una visión distinta del acontecimiento que creíamos ver de manera tan diáfana a primera vista.

3) El concepto sinfónico de la escritura. Sus novelas tienen una música reconocible. Todas son diferentes pero a la vez todas se acoplan de alguna manera: hay frases que se repiten en diferentes novelas, personajes que transitan por unas y otras, ideas o preocupaciones del autor que van reapareciendo en distintos libros y añadiendo nuevas reflexiones. En Los enamoramientos detectamos frases que se trasladan literalmente de otros libros y se encuentran personajes como Ruibérriz, Paco Rico, o se nombra al final a un tal Jacobo que podría ser Jacobo Deza. Tu rostro mañana apareció en tres entregas, pero era una sola novela de 1600 páginas. Pero probablemente toda su obra sea una obra única, una única sinfonía con diferentes pasajes, interpretada por distintos instrumentos, aunque haya solistas que intervengan complementariamente en otras fases creando una sensación de corpus único.

ANTONIO G. ITURBE

Qué Leer.com, 17 de marzo de 2011

‘ Cuentos de un tiempo desaparecido…’ deleitan y espantan

Deleitan y, a veces, espantan pero invariablemente inquietan y cautivan, el libro de Erckmann-Chatrian, Cuentos de las orillas del Rin (Reino de Redonda), traducido por Mercedes López- Ballesteros, tienen sin duda una tremenda “capacidad para crear atmósferas estremecedoras”, como anotó en su momento H P Lovecraft. Muy famosos en la segunda mitad del siglo XIX, estaban ya olvidados. Debemos el oportuno rescate a que la primera traducción al español (1862) cayó en manos del niño que sería rey (de Redonda) gracias a la amable hospitalidad de Don Heliodoro Carpintero, a quien este volumen está dedicado: estaba en la biblioteca en su casa de Soria, ciudad donde Julián Marías y Lola Franco pasaban con sus hijos los veranos.

Este libro que tanto disfrutó en su infancia el autor de Cuando fui mortal y otros cuentos, pasó a ser parte de su imaginario. Leyéndolo aprendió a calibrar el poder de una prosa hechizante como después sería la suya. Aprendió también que el deleite no pocas veces está inextricablemente ligado al miedo, como el mucho que le dio por entonces “La ladrona de niños” (y se comprende); el único cuento que por eso recordaba. Como explica en la nota inicial el autor de Tu rostro mañana: “a pocas sensaciones se resisten menos los niños que a las de temor ficticio (o pocas los cautivan más), esto es, al temor que les permite descubrir los peligros y los males del mundo sin exponerse a ellos directa ni verdaderamente (…) amenazados sólo en la teoría y en lo futurizo y abstracto”.

El libro arranca con “El tesoro del viejo duque”, el más largo del conjunto, y mi favorito. No es ciertamente un cuento de hadas pues se mueve en un mundo no exento de elementos turbios o siniestros, pero su misterio rector es el del poder de un sueño vidente para guiar, ciega pero seguramente, los pasos de quien en él se confía sin recelos, entregándose de lleno a cumplirlo, libre de cualquier obstáculo sembrado por escepticismo ajeno o por influjo de la correción científica que actuaba como corrosivo de toda fe posible ya en aquella época. Escuchemos al protagonista, el cochero, Nicklausse: “desde el momento en que un hombre está bajo la protección de los seres invisibles, todo cuanto hace, por valor o por cobardía, o incluso sin querer, juega en su favor. Es de lamentar que auténticos bandidos tengan a menudo tanta suerte, pero da igual: si la gente honrada fuera siempre dichosa, uno se haría honrado por trapacería y el Señor no ha querido eso”. El cochero no tendría muchas luces, pero era bueno por convicción, y le fue de maravillas.

En “Mi ilustre amigo Selsam” encontramos una original crítica, por humorística reducción al absurdo, del cientificismo desmesurado a que se abocaba el siglo. Se trata de un cuento que tras una cura de caballo rabelesiana, culmina en un matar curando que implica la muerte final de la paciente (murió, pero curada por un shock “musical”) del protagonista: un médico fundamentalista que se valía de orquestados sonidos terapéuticos, aunque letales. “La pesca maravillosa” nos asoma al proceso de creación de una pintura que nunca sabremos de qué trataba; aunque llegar a “verla”’ llevada a buen término por el pintor a quien la encomendó quien por morir bebiendo la dejó inconclusa, es lo que nos imanta a la página. (El narrador fustiga a los holandeses por su desordenado amor a la botella).

Sólo en la novelas de Javier Marías ( Todas las almas, Mañana en la batalla piensa en mí) he encontrado seguimientos y caminatas tan obsesivas y aventadas como las del cuento que tanto miedo le metió en la infancia; aunque en su caso absolutamente desprovistas de la carga macabra que tiene en ese cuento del Rin donde una madre corre enloquecida buscando cada noche a su hijita por las calles que se la habían tragado una noche. Hay además un sentido del humor muy característico en los cuentos (salvo en ése ). “Libro para noches de tormenta”, nos adentra por un mundo ya perdido en que se escuchan voces como la del cabalista: “me han tachado de loco, de visionario, han renegado del dios azul para adorar al dios amarillo”. O mejor aún: la voz del viejo vino, “alma más viva que la propia, es la de los Mozart, los Gluck”: amor universal que corre por las venas.

JUANA ROSA PITA

El Nuevo Herald, 17 de marzo de 2011

LA ZONA FANTASMA. 13 de marzo de 2011. Un tarareo de despedida

Mi madre, que era la mayor, tenía siete hermanos y una sola hermana, a la que llevaba más de trece años, por lo que en parte fue para ella, como para mis tíos Jesús y Javier, aún menores, una especie de segunda madre; y esos tres tíos jóvenes fueron, a su vez, para mis hermanos y para mí, algo así como unos primos que nos aventajaban en bastante edad pero a los que jamás se les ocurría darnos órdenes y a los que veíamos más como aliados o cómplices que como figuras de autoridad. De hecho, Jesús -es decir, el director de cine Jesús Franco o Jess Frank- y Javier gustaban de provocar no sólo a sus padres, sino también a sus hermanos mayores, más serios y responsables. Ambos eran dados a la bohemia y a las excentricidades, y el primero, aparte de rodar sus películas más o menos enloquecidas, se dedicaba a tocar varios instrumentos de jazz en cavas y tugurios y a andar en lo que antiguamente se llamaba -y mis abuelos eran muy antiguos- “compañías poco recomendables”.

De manera que llegar a aquella familia de la mano del tío Jesús, lejos de ser una garantía y un elemento a favor, era poco menos que un baldón y un motivo de desconfianza. Es lo que le sucedió a mi tío Odón Alonso, que en su juventud se ganaba malamente la vida tocando el piano en diversos garitos madrileños, pese a su formación musical clásica y a que acabaría siendo un respetado director de orquesta. Pero, al venir avalado por el tío Jesús, el padre de éste, mi abuelo Emilio, no podía verlo en modo alguno con buenos ojos como cortejador primero y luego como novio de mi única tía, llamada indistintamente Tina o Gloria. Alguna vez me contó Odón que la primera vez que mi abuelo se paró a mirarlo con algo más que recelo y desdén fue cuando descubrió que Odón, además de melodías jazzísticas y desenfadadas, era capaz de interpretar al piano un aria entera no recuerdo si de Wagner o de Verdi. No es que con semejantes capacidades pudiera asegurarle a su pretendida seguridad económica, pero al menos aquel joven tendría algo que compartir y con que entretener a su futuro suegro, enormemente aficionado a la ópera y a la zarzuela.

Odón Alonso y Tina Franco

El matrimonio compuesto por Tina (o Gloria) y Odón estuvo allí desde que yo tengo memoria, y ahora acaba de morir Odón, a los ochenta y seis años. Como no tuvieron hijos, aún me resulta más incomprensible pensar en mi tía sin él. Es como si las parejas sin descendencia estuvieran más unidas, o fueran más el uno del otro, al formar una familia en la que no hay nadie más. Al ser bastante más jóvenes que nuestros padres, a mis hermanos y a mí, de niños, su presencia nos producía una sensación de frescura y alegría. Ambos tenían mucho sentido del humor, sobre todo Tina, que contaba -que cuenta- con infinita gracia y tiende a ver el lado cómico de todas las cosas, así como a exagerar. Cada vez que aparecía por casa, se nos creaba un ánimo de fiesta y de diversión: era una sucesión de anécdotas y comentarios graciosos, con una frecuente pizca de malicia que jamás llegaba a ser cruel, sólo burlona. Odón, que solía pasar a recogerla a la salida de los ensayos de sus diversas orquestas (la Filarmónica de Madrid, la de RTVE durante dieciséis años), era asimismo risueño pero más distraído y menos agudo, a menudo embebido en sus músicas, que canturreaba en casi toda ocasión. Siendo los padres de mi generación personas pudorosas y sobrias por lo general, nos llamaba la atención, por contraste, que Tina y Odón se besaran y abrazaran en el pasillo. Y cuando alguna vez nuestros padres nos dejaban al cuidado de ellos durante un viaje, sentíamos que nos llegaba un breve periodo de libertad y manga ancha: formaban una pareja demasiado jovial y ligera como para imponernos ninguna autoridad. Aunque estaban casados, se comportaban más bien como suelen hacerlo los tíos solteros, esas figuras familiares tan importantes y a las que casi nunca se hace suficiente justicia.

A veces íbamos a los conciertos de Odón, en el Teatro Monumental o en el Real. Tenía muy buena planta, y más aún con su frac y con lo que para mí siempre ha sido “pelo de músico” (así he definido el de un par de personajes de novelas mías): un poco largo, un poco gris, un poco ondulado y echado hacia atrás. Sin duda tenía mucho éxito con las mujeres y era algo coqueto, siempre iba vestido con algún toque de originalidad. Su carácter era amable y sus ojos irónicos, afectuosamente irónicos y ensoñados. En los últimos años, claro está, ya no dirigía, ni siquiera podía tocar el piano al no responderle el pulso como es debido. Me decía que echaba ambas cosas de menos, y que, aunque ya no “hacía” música, ésta le rondaba siempre la cabeza, ocupaba buena parte de su memoria y se le aparecía en los sueños. Yo le regalaba a veces DVDs con grabaciones de Leonard Bernstein o de quien fue maestro suyo durante los años en que vivió en España, Igor Markevitch, “el hombre de los ojos de halcón”. Pero hasta el final su contacto con la música fue vivo y activo, y organizaba un Otoño Musical en la pequeña ciudad de Soria, donde ha querido ser enterrado pese a ser leonés. Hace no mucho tiempo me dijo un día, cuando Tina no nos escuchaba: “Lo único que deseo es pasar el mayor tiempo posible con Gloria” (él la llamaba Gloria). “Cada día que me añado a su lado es para mí una alegría. Y no quiero nada más”. Eso ha podido cumplirlo. Mi tía Tina ha permanecido con él hasta el último instante, y aunque se me hará muy extraño no verlos más juntos, no me cabe duda de que Odón habrá preferido despedirse -tarareando, supongo- en primer lugar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de marzo de 2011

Odiar El Gatopardo

Ningún libro ni ningún autor son imprescindibles por sí solos, y se puede asegurar que el mundo sería exactamente como es si no hubieran existido Kafka, Proust, Faulkner, Mann, Nabokov o Borges. Quizá no sería tan igual si ninguno de ellos hubiera existido, pero la falta de uno solo es indudable que no habría afectado al conjunto. Por eso resulta muy tentador -una tentación fácil, si se quiere- pensar que la novela representativa del siglo XX es la que tuvo mayores posibilidades de no existir, y la que nadie habría echado de menos (al fin y al cabo Kafka no dejó una obra única, y una vez que se supo que había otras, además de La metamorfosis, cualquier lector podía permitirse “añorarlas” o desear leerlas). La que ya en su día fue vista por muchos casi como una excrecencia o una intrusión, como algo anticuado y completamente alejado de las “corrientes” predominantes, tanto en su país, Italia, como en el resto del globo. Como una obra superflua, anacrónica y que no “añadía” nada ni “avanzaba”, como si la historia de la literatura fuera algo progresivo y en cierto sentido parecido a la ciencia, cuyos hallazgos van siendo arrumbados o eliminados a medida que son superados o que se demuestra la parcialidad, insuficiencia o inexactitud de cada uno de ellos. Cuando la literatura funciona más bien de la manera opuesta: nada de lo que se le agrega borra o anula nada de lo ya escrito, sino que, por así decir, se pone a su lado y convive con ello. Lo más antiguo y lo más nuevo respiran al unísono, y a veces cabe pensar si todo lo escrito no es más que la misma gota de agua cayendo sobre la misma piedra, y si lo único que de verdad varía es el lenguaje de cada época.

Es necesario, claro está, que lo viejo aún aliente pese al tiempo transcurrido desde su creación o su aparición: desde luego hay obras que se borran y anulan -y son la inmensa mayoría-, pero lo hacen por su propia cuenta, no porque nada venga a ocupar su lugar ni a suplantarlas ni a jubilarlas: languidecen y mueren por su escaso brío o porque -precisamente- aspiraban en su nacimiento a ser “modernas” u “originales”, lo cual les facilita luego el pronto envejecimiento, o, como también se dice, quedar demasiado “fechadas”. “Esto es de tal periodo y sólo de ese”, nos decimos al leerlas fuera de su época, y, con la incontenible y siempre creciente aceleración del mundo, “fuera de su época” significa a veces, hoy en día, tan sólo un decenio después de su alumbramiento. Algo de eso sentimos incluso con las narraciones de los más grandes autores contemporáneos: con Kafka, con Faulkner, con Borges en ocasiones, casi siempre con Joyce. De puro innovadores, de puro arriesgados, de puro voluntaristas, de puro distintos o de puro ambiciosos, pueden resultarnos, en ocasiones, levemente anticuados, o, si se prefiere, tan sólo “fechados”.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

No ocurre eso con Isak Dinesen, ni con El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Ésta no es en modo alguno una novela decimonónica, como algunos, confundidos acaso por el siglo en que se sitúa su acción, llegaron a afirmar en su momento. Es sin duda alguna una novela contemporánea de las de los escritores mencionados, su autor no desconocía las nuevas técnicas ni los “avances” del género, si es que puede llamárselos así, e incluso tuvo la modestia de descartar una posibilidad -contar una sola jornada en la vida del Príncipe Fabrizio di Salina- con la siguiente frase: “No sé cómo escribir el Ulises”. Pero sí sabía, por ejemplo, hacer un uso magistral de la elipsis, relatar fragmentariamente, sin subrayar y hasta sin contar del todo, dejar sin explicación lo que al lector le basta con vislumbrar o intuir, llevar a cabo iluminadoras asociaciones entre elementos dispersos y en apariencia secundarios o meramente anecdóticos, combinar sin fatiga ni trampa lo dicho y acaecido con lo sólo pensado (todo ello mucho más propio de la novela del siglo XX que de la del XIX), y sobre todo observar, reflexionar, insinuar, matizar.

Como es sabido, El Gatopardo pudo no publicarse, y de hecho así ocurrió para su autor, que no llegó a verla impresa y que pocos días antes de su muerte, el 23 de julio de 1957, recibió una nueva carta de rechazo de una de las mejores editoriales italianas, que de ese modo se sumó en su “ojo clínico” a otra no menos prestigiosa. Pero no es sólo eso, sino que El Gatopardo muy bien pudo no escribirse: Lampedusa no era escritor, o resultó serlo tan sólo después de su muerte; y si en los últimos años de su vida acometió su novela fue, al parecer, por causas enteramente menores: el relativo éxito tardío de su primo el poeta Lucio Piccolo, que lo llevó a hacer la siguiente consideración en una carta: “Con la certeza matemática de no ser más tonto, me senté ante mi mesa y escribí una novela”; otro de los alientos recibidos fue el de su mujer, Licy, quien lo animó a escribir -se supone que cualquier cosa, sin pretensiones- por ver si con esa actividad se le aplacaba un poco la nostalgia; una tercera razón pudo ser su soledad: “Soy una persona muy solitaria”, señaló. “De mis dieciséis horas de vigilia diaria, al menos diez transcurren en soledad. No pretendo, sin embargo, pasarme todo ese tiempo leyendo; a veces elaboro teorías literarias…”. Lo cierto es que sí se pasó la mayor parte de su vida leyendo y acarreando muchos más libros de los que necesitaba, en una cartera, durante sus cotidianos recorridos rutinarios por la ciudad de Palermo. Por leer (lo hacía en cinco o seis lenguas), leía hasta a los escritores mediocres y segundones, que consideraba tan necesarios como los grandes: “También hay que saber aburrirse”, opinaba. De manera que poco ímpetu y escasa ambición hubo detrás de El Gatopardo. En verdad era muy fácil que jamás hubiera existido, y el propio Lampedusa tenía sus dudas acerca de su oportunidad y su valor: “Es, me temo, una porquería”, le dijo en una ocasión a su discípulo Francesco Orlando, y por lo visto se lo dijo sin coquetería y de buena fe. Al mismo tiempo creía que merecía la publicación (lo cual no es mucho creer, dado todo lo que se publicó en el siglo XX bueno, mediano y malo: no digamos lo que se lleva ya publicado en el XXI). En su texto de “Últimas voluntades de carácter privado”, escribió: “Deseo que se haga cuanto sea posible para que se publique El Gatopardo…; por supuesto, ello no significa que deba publicarse a expensas de mis herederos; lo consideraría como una gran humillación”. No hubo mucho ímpetu ni mucha ambición al iniciar la tarea; al menos sí hubo algo de orgullo al terminarla.

No le faltaban motivos para ello a Lampedusa. El Gatopardo, libre de servidumbre, de temores críticos, del agarrotamiento que se apodera a veces de algunos novelistas por el solo hecho de sentirse responsables ante sí mismos y ante su propia trayectoria anterior, libre de ínfulas y de presunciones y de ansias de originalidad, sin ninguna intención de deslumbrar ni de escandalizar ni de “abrir nuevas vías”, se lee, más de cincuenta años después de su publicación y ya en otro siglo, como una obra maestra solitaria por partida cuádruple: por ser la única novela completa de su autor; por haber aparecido cuando éste ya estaba muerto y haberse echado a rodar por el mundo sin acompañamiento alguno, por así decir; por provenir de un isleño apartado de la literatura “pública” hasta el fin de sus días; y por resultar extraordinariamente original, sin haber aspirado a ello, además. Sobre semejante novela se ha escrito mucho en el tiempo transcurrido, y sería presuntuoso por mi parte querer añadir algo más. La novela de Sicilia, bien; la novela de la unificación de Italia, bien; el fin de una época y el declinar de todo un mundo, de acuerdo; el retrato del oportunismo con la famosa frase de cuya cita tanto se ha abusado -“Si queremos que todo permanezca como está, hace falta que todo cambie”, o bien “…que algo cambie”- y que repiten hasta la saciedad quienes jamás han leído El Gatopardo, de acuerdo; aunque esa frase sea sólo anecdótica en el conjunto del libro, un afortunado elemento más. Para mí es sobre todo una novela sobre la muerte, la preparación para ella y su aceptación, incluso sobre cierta impaciencia por su advenimiento. De manera nada insistente, tenue y respetuosa y modesta, casi como una parte de la vida y no por fuerza la más importante, la muerte va rondando. Quizá dos de los pasajes más emotivos de la novela sean la contemplación, por parte del Príncipe di Salina, de la breve agonía de una liebre que acaba de abatir durante una cacería; y el último párrafo, en el que, casi treinta años después de la desaparición del propio Don Fabrizio, su hija Concetta se decide por fin a arrojar a la basura al perro disecado que fue de su padre y por el que éste sintió debilidad, Bendicò.

Burt Lancaster, en la película de Visconti sobre la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa

De la liebre se dice: “Don Fabrizio se vio contemplado por dos grandes ojos negros que, invadidos rápidamente por un velo glauco, lo miraban sin rencor pero cuya expresión de doloroso asombro era un reproche dirigido contra el orden mismo de las cosas; las aterciopeladas orejas ya estaban frías, las patitas se contraían enérgica y rítmicamente, símbolo póstumo de una inútil fuga; el animal moría torturado por una angustiosa esperanza de salvación, imaginando, como tantos hombres, que aún podía superar el trance, cuando ya estaba condenado…”. Y de la momia del perro Bendicò se dice: “Mientras se llevaban a rastras el guiñapo, los ojos de vidrio la miraron con la humilde expresión de reproche de las cosas que se descartan, que se quieren anular”, y esto lleva al lector a acordarse de otra cita, muy anterior, en la que, al hablarse del mundo de Donnafugata, se dice: “…desprovisto, pues, incluso de ese resto de energía que en toda cosa pasada aún alienta …”.

Lampedusa sabe que todo tarda en desvanecerse, que todo se toma su tiempo; hasta lo que ya es “cosa pasada” remolonea y se resiste a marcharse; hasta la vieja momia de un perro que abandonó el mundo decenios atrás. Y a esa lenta desaparición, pero desaparición al fin, sólo se atreve a oponer un humilde reproche hacia el orden mismo de las cosas, sin ni siquiera alcanzar el rencor. Quien conoce o intuye ese orden se va acostumbrando a la idea y a la perspectiva, incluso cuenta con ella como “salvación”: “…había conseguido la parcela de muerte que es posible introducir en la existencia sin renunciar a la vida”, se lee en otro momento; y en otro: “Mientras hay muerte hay esperanza…”. No se trata sólo de los lugares y de los animales, que no comprenden (y menos aún comprenden los ojos que ni siquiera son ojos, sino los vidrios de taxidermista que imitan los del perro Bendicò disecado). Se trata también de las personas, la mayoría aún ignorantes y llenas de vida, aún en la creencia de que la muerte es algo que concierne a los demás, y sin embargo ya dignas de compasión. En la famosa secuencia del baile se dice: “Los dos jóvenes ya se alejaban dejando paso a otras parejas, menos hermosas, pero tan enternecedoras como ellos, cada una sumergida en su propia y efímera ceguera. Don Fabrizio sintió que se le ablandaba el corazón: el desagrado se había transformado en compasión por aquellos seres fugaces que trataban de gozar del exiguo rayo de luz cuya gracia les había sido concedida entre las dos tinieblas: la que había precedido a la cuna y la que los arrebataría tras los últimos estertores. ¿Cómo podía uno ensañarse con quienes, sin duda, iban a morir?… Sólo tenemos derecho a odiar lo que es eterno”.

Cincuenta o más años son sólo un instante “en los dominios donde reina para siempre la certeza”, como asimismo se lee al final de la Sexta Parte. Pero quizá sean suficientes para que todos los novelistas aún vivos, aún fugaces, aún ciegos y enternecedores entre las dos tinieblas, nos estemos ya ganando el derecho a odiar El Gatopardo.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 12 de marzo de 2011

Marías, Premio Austriaco de Literatura Europea

Empieza a ser ya una pequeña tradición que Javier Marías reciba más premios fuera de España que dentro. Si hace solo unos meses obtenía en Italia el Nonino ahora acaba de ser reconocido por el conjunto de su obra con el Premio Austriaco de Literatura Europea, dotado con 25.000 euros.

De este modo, el autor madrileño, de 59 años, se suma a la nómina de un galardón que antes que él recibieron autores como Marguerite Duras, Umberto Eco, António Lobo Antunes o Claudio Magris, así como los Nobel Harold Pinter y Doris Lessing. “Me hace especial ilusión compartir premio con autores como Auden o Italo Calvino, que parecen casi de otra época y a los que siempre he admirado”, afirmó ayer el novelista, que el 6 de abril publicará su nueva obra, Los enamoramientos (Alfaguara).

El jurado del Premio de Literatura Europea decidió incorporar a Marías a ese palmarés “por una obra narrativa de auténtica dimensión europea, donde combina la reflexión sobre los abismos de la naturaleza humana con el pensamiento sobre la moral, la historia y la política”. Agradecido por un galardón que, viniendo del extranjero, está “más centrado en lo literario y menos sujeto a simpatías y antipatías personales”, el autor de Corazón tan blanco explicó que nunca se para a pensar en la dimensión de sus libros mientras los escribe: “A posteriori, supongo que soy un autor innegablemente europeo”. Y bromeó: “A veces se ha dicho que soy poco español, aunque no sé que otra cosa puedo ser escribiendo en español y habiendo nacido en el barrio de Chamberí, pero si eso fuera cierto, tal vez por no ser muy específicamente español sea más ampliamente europeo”.

Javier Marías recibirá el galardón el 30 de julio en Salzburgo, una ciudad muy ligada a uno de sus autores preferidos, Thomas Bernhard, cuyas humorísticas reflexiones y discursos sobre los laureles literarios fueron, en traducción de Miguel Sáenz, recogidos recientemente en el volumen Mis premios (Alianza). “Cuando me dieron la noticia pensé en Bernhard”, recordó Marías. “Espero que la ceremonia tenga algo de bernhardiano”.

J. R. MARCOS

El País, 11 de marzo de 2011

Der Standard

Die Presse

Kleine Zeitung

ORF

APA OTS

Javier Marías obtiene el Premio Estatal Austriaco de Literatura Europea 2011

 

El escritor español Javier Marías es el ganador del Premio Estatal Austriaco de Literatura Europea 2011 por el conjunto de su obra, de una destacada “narrativa de auténtica dimensión europea”, informó hoy el ministerio de Educación, Arte y Cultura de Austria.

En un comunicado, el ministerio recuerda que el galardón está dotado de 25.000 euros (34.700 dólares) y es otorgado anualmente desde 1965 a un autor europeo por la totalidad de su obra.

Según la nota, el jurado ha premiado a Marías “por una obra narrativa de auténtica dimensión europea, donde combina la reflexión sobre los abismos de la naturaleza humana con el pensamiento sobre la moral, la historia y la política”.

“Sus híbridas construcciones novelísticas son al mismo tiempo epopeyas metafísicas y sondeos profundos; análisis de la maldad, la crueldad del ser humano y su libertad. Siempre en el contexto de la historia europea”, continúa la argumentación del jurado, integrado por Lucas Cejpek, Manfred Chobot, Benedikt Föger, Brigitte Hofer y Sigrid Löffler.

La ministra austriaca de Educación, Arte y Cultura, Claudia Schmied, entregará el premio al autor de Corazón tan blanco en una ceremonia el 30 de julio en el Centro Stefan Zweig de la ciudad de Salzburgo.

“Con Javier Marías tenemos un premiado realmente ideal: un literato que escribe desde el centro de la historia europea del siglo XX (…) Su obra es un continente propio en el mapa de la literatura europea de vanguardia”, señaló Schmied.

Nacido en 1951 en Madrid, Javier Marías Franco es uno de los escritores españoles más reconocidos internacionalmente y ha recibido numerosos premios.

Fue elegido académico de la Lengua para la vacante del lingüista Fernando Lázaro Carreter (sillón “R”) el 29 de junio de 2006 y leyó su discurso de ingresó el 27 de abril de 2008.

El novelista, ensayista y traductor es miembro del Oxford Companion to English Literatura desde 2000 y del Consejo Ejecutivo del Parlamento Internacional de Escritores desde 2001.

Elogiado por la crítica, en 2009 publicó en un solo volumen Tu rostro mañana, su obra cumbre traducida a más de 30 idiomas que reúne la trilogía iniciada en 2002 con Fiebre y lanza, continuada en 2004 con Baile y sueño y finalizada en 2007 con Veneno y sombra y adiós.

Autores como Paul Nizon, Jorge Semprún, A.L. Kennedy, Agota Kristof, Per Olov Enquista, Vaclav Havel, Eugene Ionescu, Italo Calvino, Pavel Kohout, Simone de Beauvoir, Friedrich Dürrenmatt, Christa Wolf, Stansilav Lem, Antonio Lobo Antunes o Umberto Eco han sido distinguidos con este premio antes que Marías.

 EFE, 9 de marzo de 2011

Abc
HechosdeHoy.com

La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre

Reino de Redonda, la editorial del escritor y académico Javier Marías, cumple con este libro su vigésimo rescate de obras del pasado que no resultan fáciles de encontrar. Varias de ellas tienen que ver con la Historia de España, como la autobiografía del capitán Contreras en el Siglo de Oro, o los recuerdos de un fusilero inglés en las guerras napoleónicas.

En este caso nos vamos a 1560 para leer en apenas 150 páginas el relato de, como dice el título muy descriptivamente, La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. O de cómo un vasco cincuentón, cojo y de baja cuna, acabó enfrentado a nativos indios, conquistadores españoles, Felipe II y hasta al propio Dios que se le hubiera puesto por delante en un baño de sangre del que sólo supo escapar huyendo hacia adelante, para verter más aún, hasta terminar con la suya propia.

En medio de una selva amazónica completamente extraña para mentes y cuerpos del sur de Europa, un par o tres de centenares de soldados barbudos y recubiertos de hierro podían lograr hazañas extraordinarias o crímenes horrendos. Podían ganar imperios o perder la vida, la de los suyos y hasta el solar de su casa natal a medio mundo de distancia. Lope de Aguirre perteneció al segundo grupo, y su historia nunca ha dejado de recordarse. En el siglo XX fueron películas como Aguirre, la cólera de Dios o El Dorado, o las plumas de Ramón J. Sender y Gonzalo Torrente Ballester quienes lo hicieron, y en el XIX, concretamente en 1821, fue Robert Southey, Poeta Laureado de Inglaterra e historiador, quien publicó la versión que nos ocupa, tras sorprenderse con estos extraordinarios hechos al investigar fuentes para una Historia del Brasil que estaba escribiendo.

La mayor parte del relato se limita a describir el periplo de Aguirre por las Indias y las continuas matanzas que acaecieron por su causa, pero en la primera mitad del XIX, la Historia con hache mayúscula debía tener una intención moralizante, y así a Aguirre nunca deja de llamársele “traidor” o “rebelde” durante todo el texto.

El prefacio del propio Southey acaba: “Es (…) buen ejemplo de que el poder, que embriaga a los hombres débiles, a los malvados los enloquece”. Entre los segundos incluye, además de Aguirre, a “los fanáticos de la época de Cromwell y los monstruos de la Revolución francesa, así como a los déspotas orientales y los emperadores romanos”. Y termina sentenciando: “La presión atmosférica no es más necesaria para la vida física del hombre que el freno de la ley y el orden lo es para su ser moral”.

El nudo del relato, que es lo que es, más que tratado de Historia, cuenta cómo transcurrió la famosa expedición de Pedro de Ursúa en busca de El Dorado y sus riquezas fabulosas (en el sentido tanto de “grandes” como de “ficticias”), que el virrey de Perú mandó organizar, en parte para tener ocupados y lejos de sí a gran parte de la peligrosa soldadesca que había quedado sin cometido tras el final de la guerra civil contra Gonzalo Pizarro.

Aguirre, que había llegado a América con 21 años y ya llevaba un cuarto de siglo en el continente que nunca abandonaría, era uno de ellos. A partir de ahí, todo lo que pudo ir mal fue mal: El Dorado no aparecía, Ursúa unía a su mal gobierno el pasarse el tiempo retozando durante la expedición con su amante Inés de Atienza, y el natural rebelde de los veteranos que tenían a su señor demasiado lejos no tenía paciencia para aguantar ni falsas promesas ni dureza sin recompensa. En nombre de la libertad y contra la tiranía, Ursúa fue asesinado, su sucesor al frente de la expedición también, y poco a poco Aguirre fue convirtiéndose en el líder de los que iban quedando, por la fuerza de su personalidad y del miedo que daba su talante sanguinario en medio de un entorno salvaje que no ofrecía ninguna protección ni medios de huir.

La más mínima sospecha, real o no, era castigada sin piedad, de tal forma que sus caprichos fueron causa de la muerte de la cuarta parte de los españoles que salieron en la expedición. El libro da cuenta de varias decisiones suyas a cuál más cruel, con enfermos, partidarios e incluso su hija. En medio de todo esto, escribía desafiantes cartas a Felipe II y sus virreyes. A medida que las noticias de sus desmanes iban llegando a otros enclaves españoles, era inevitable que se saliera a su caza, captura y muerte, hasta que ésta ocurrió en Barquisimeto (Venezuela), el 27 de octubre de 1561, tras diez meses de locura.

“Había en su carácter algo notable, a la vez que monstruoso”, termina el relato, y “ninguna fábula dramática conoció nunca un desenlace catastrófico tan nítido y tan trágico”.

ROGORN

Fantasymundo, 7 de marzo de 2011

LA ZONA FANTASMA. 6 de marzo de 2011. Dos postdatas

Postdata ortográfica. Hace unas semanas expuse aquí mis objeciones a las nuevas normas de la Ortografía de la Real Academia Española, y señalé algún inconveniente de la obligatoriedad de escribir el prefijo “ex” adosado a cada palabra: así, “exapóstata” o “exahorcado”, que, como muchas otras, dan pie a vocablos confusos y poco reconocibles, al menos al primer golpe de vista. La base para esta caprichosa regla es el deseo de “homologar” todos los prefijos. Y, puesto que escribimos “anticomunista”, “proamericano” y “metaliterario”, juntemos también “ex” con cualquier término al que decidamos aplicarle la condición de “ya no”. Pero no todos los prefijos se prestan al mismo juego, y nuestros ortógrafos no parecen haberse dado cuenta de que, con tal medida, han optado por formar una combinación o grupo de letras inexistente en español y que además es redundante, impronunciable e incorrecto. Ocurre cada vez que “ex” precede, sin guión ni espacio, a un vocablo que empiece por s: “exsacerdote”, “exsuegro” o “exsoldado”. A mi modo de ver, ese grupo constituye un disparate ortográfico, porque la s jamás puede seguir a la x y esa secuencia es una falta. La letra x engloba dos sonidos en nuestra lengua: k+s. Quien bien pronuncia dice “eksakto” cuando lee “exacto”, o “ekskisito” cuando lee “exquisito”. Así, la manera adecuada de escribir “exsacerdote” o “exsuegro” sería “exacerdote” y “exuegro” -como no se escribe “exsudar”, sino “exudar”-, pero en este caso nos encontraríamos con unos palabros aún más irreconocibles. Por último, la única forma de pronunciar cabalmente lo que la RAE pretende que escribamos (“exsacerdote” y “exsantidad”, junto con varios centenares de absurdos) sería haciendo una pausa entre el prefijo y el nombre, es decir, no como si se tratara de una sola palabra, sino de dos: “ex” y “sacerdote”, justamente lo que nuestra admirable institución acaba de borrar de un plumazo. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Claro que aún hay algún caso más chistoso. ¿Qué me dicen de “exxenófobo”, en el colmo de la impronunciabilidad y la redundancia?

Postdata sintáctica. Asombra cómo cada vez más se concede importancia a lo que no la tiene y se resta a lo que sí. Por supuesto, el párrafo anterior no la tiene, pero el defecto está en origen: si carece de importancia dictaminar sobre cómo debemos escribir “ex” a partir de ahora -no veo qué falta hacía-, mal puede tenerla objetar al dictamen. Recurro a la vieja alegación infantil: “Yo no he empezado”. Pero a otra cosa: de las numerosas mentiras que salpican nuestra vida pública, no son las del valenciano Camps ni las de ningún corrupto o desfachatado las que han suscitado mayor indignación, sino la supuesta que el Profesor Rico deslizó en su post-scriptum a un artículo de este diario. Ya recuerdan: “En mi vida he fumado un solo cigarrillo”. Como el infantilismo nos atenaza, los inquisidores bucearon en Internet y allí encontraron, con gran satisfacción e índices extendidos, toda clase de pruebas gráficas de que Rico no sólo había mentido, sino que había faltado a la verdad, que para algunos es más grave y solemne. La Defensora del Lector lo llamó a capítulo, lo amonestó, le dio con la regla y lo puso cara a la pared, con argumentos -para mí, lo siento- bastante cómicos, aunque no tanto como los de algunos no fumadores airados; bueno, esto último es ya una redundancia en España, donde todo lo que encoleriza el humo, no molestan lo más mínimo los venenos de los coches -que padecemos sobre todo los que sólo somos peatones- ni el ruido en aumento, que esos mismos no fumadores, con su prohibición adorada, han agravado hasta límites insoportables, al enviar a la calle a unos catorce millones de apestados, ya verán cuando llegue el buen tiempo.

Francisco Rico

El caso del Profesor ha dado varias vueltas más, y se ha convertido en objeto de doctas y enconadas polémicas: ¿es ético inventar algún dato o detalle cuando se escribe en prensa? ¿Es lícito mezclar realidad y ficción? A ver qué gracia le hace a usted que le atribuya en mi columna una felonía sin que se sepa dónde empieza lo verdadero y dónde lo fantaseado. ¿A que no gusta? Pues ahora lo denuncio, por calumniador. Atrévase, en sus propios argumentos tengo mi defensa, etc. Lo cierto es que Rico ha seguido sorteando, con buen criterio y elegancia, a cuantos se le han cruzado, incluidos varios redactores, la Defensora con su palmeta y un señor ya talludo que hace unas semanas paseaba parsimonioso ante la puerta de la Academia con una pancarta amarilla en alto, que rezaba: “La lengua, para ser veraz, fuera Rico, fumador falaz”. Todo un logro, no de otro modo pienso llamar al Profesor a partir de ahora. Rico se avino a darle algunas desganadas explicaciones a la Defensora, y prefirió llevarse una regañina antes que aducir lo que quizá lo habría exonerado, y descubrirse. No parece que otros, pero desde que yo leí su infame post-scriptum, sabedor de que me bate a cigarrillos, lo entendí no como una mentira, sino como una agudeza sintáctica. “En mi vida he fumado un solo cigarrillo” (el orden es fundamental) significa para mí eso literalmente: “Uno solo, jamás. En la vida. Siempre han sido varios”. O bien: “Siempre ha sido el mismo, uno solo. Es decir, han sido un continuum”. Si uno aplica la sintaxis escrupulosamente -que vengan un abogado y un gramático y lo vean-, cuantos han llamado embustero a Rico lo han difamado. Tal vez sea él, a la postre, quien haya de denunciarlos.

 JAVIER MARÍAS

 El País Semanal, 6 de marzo de 2011

Notas de un viaje a Oriente

La editorial Páginas de Espuma pone a la venta la edición definitiva del diario que Julián Marías escribió durante el simbólico crucero universitario de 1933 por el Mediterráneo, expresión de la reforma educativa de la Segunda República. El libro, titulado Notas de un viaje a Oriente se cierra con un epílogo de su hijo, el novelista Javier Marías.

Esta edición, anotada y comentada, se enriquece con numerosos materiales, como la correspondencia mantenida durante la singladura con sus familiares y amigos, así como con mapas y planos de época y abundantes fotografías (la mayor parte hechas por el propio Marías) de algunos de los lugares visitados.

Marías, en el verano de 1933, participó en una singular experiencia, icono de las reformas educativas de la Segunda República: un crucero organizado por la Facultad de Filosofía y Letras.

Europa Press, 27 de febrero de 2011