LA ZONA FANTASMA. 27 de febrero de 2011. La plaga de la impunidad

Acabo de terminar una nueva novela, titulada Los enamoramientos, después de haber creído que no escribiría ninguna más tras las mil seiscientas páginas, en tres volúmenes, de la anterior, Tu rostro mañana. Durante los más de dos años que me ha ocupado esta nueva obra -siempre con muchas interrupciones externas, como sucede hoy en día a casi todos los novelistas-, he tenido la insistente impresión de que se trataba de un libro particularmente pesimista y sombrío, aunque no carezca de alguna breve escena humorística. Ahora, al leerla entera por primera vez para efectuar la revisión final, he observado con más claridad que el pesimismo no venía sólo dado por el asunto de su título: las cosas mezquinas que -además de las más nobles y desinteresadas, claro está- son capaces de llevar a cabo las personas enamoradas, y que, precisamente por estar dictadas por un sentimiento casi universalmente considerado deseable y positivo, “mejorador”, incluso salvífico y “redentor”, suelen encontrar fácil justificación, tanto para quien las comete como para quien asiste a ellas, a veces hasta para quien las padece. “Es que lo quería tanto”, se dice comprensivamente. “Es que ha sufrido mucho por amor”, se disculpa a menudo a quienes incurren en actos viles o imperdonables. Si no en un salvoconducto, el estado de enamoramiento se convierte con frecuencia en la mayor atenuante imaginable, aunque ese estado lleve a personas bondadosas a comportarse en ocasiones como malvadas; a personas generosas a ser ruines; a personas compasivas a ser despiadadas; a personas normales a actuar como criminales.

Pero, como he dicho, creo que el carácter más sombrío de esta novela que aún no sé ver con una mínima distancia (si es que eso nos resulta posible a los autores alguna vez), tiene que ver con otra cuestión, la impunidad que cada día más impera en el mundo, o esa es la sensación que muchos tenemos y que crece en nosotros a diario. No sé citar de memoria, pero en Los enamoramientos uno de los personajes dice algo parecido a esto: “El número de crímenes desconocidos supera con creces el de los registrados, y el de los que quedan impunes es infinitamente mayor que el de los que son castigados”. En contra de lo esperable, y de lo que debiera suceder, la justicia parece cada vez más impotente, o más indolente, o más corrupta o connivente, o más cobarde, o más manipulable, o más susceptible de tergiversación y de perversión. Las triquiñuelas para burlarla se multiplican, y hay políticos y empresarios -en España, en Italia no digamos- que celebran como un triunfo y una exoneración que el delito del que se los acusa haya prescrito, siempre conveniente o incluso calculadamente, cuando una prescripción en modo alguno equivale a una absolución, sino a una declaración de culpabilidad que sin embargo no se puede materializar. Sí, a eso equivale las más de las veces. Las dificultades de la justicia siempre han existido, y basta fijarse, para comprobarlo, en los poquísimos verdugos nazis que sufrieron condena. No nos engañemos: por un motivo o por otro, la inmensa mayoría se salió con la suya, se libró de todo castigo, incluso de toda amonestación y vergüenza.

De manera sorprendente, esta tendencia, estas dificultades han ido a más. Son numerosos los dictadores (me niego a hablar de “ex-dictadores”, como no se puede hablar de “ex-asesinos”) que, en el mejor de los casos, acaban abandonando su país con una fortuna en los bolsillos y jamás comparecen ante la justicia, los últimos bien recientes, Ben Ali de Túnez y Mubarak de Egipto (mientras nuestro Parlamento homenajea al sanguinario Obiang de Guinea). La proporción de asesinatos resueltos, entre los centenares o ya millares cometidos contra mujeres en Ciudad Juárez desde hace quince o más años, es ridícula, lo mismo que la de los habidos, también en México, en la llamada guerra contra el narcotráfico (algo así como el 3%). En tono comparativamente menor, los causantes de la actual crisis económica mundial siguen en sus puestos, la mayoría, y además dando órdenes, pese al inmenso daño ocasionado. O bien Bush Jr, Blair y Aznar, que desencadenaron una guerra ilegal e innecesaria que se ha cobrado más de cien mil víctimas, todas evitables, se pasean tranquilamente por el mundo, con frecuencia aclamados y embolsándose grandes sumas de dinero por sus libros, conferencias y “consejos” a grandes empresas (nadie fuera de sospecha puede requerir a semejantes consejeros).

La sensación de que la impunidad domina es inevitable en nuestras sociedades, y eso las lleva, gradual pero indefectiblemente, a tener una cada vez mayor tolerancia hacia ella; a juzgar que a los individuos particulares no les compete intervenir ni poner remedio, cuando ni siquiera lo hacen los jueces, y a considerar que dejar pasar un delito más del que tengan conocimiento o hayan sido objeto, un crimen aislado de la vida civil, no tiene mayor importancia ni cambia nada en esencia, ante la superabundancia de los crímenes públicos, económicos y políticos, que quedan y quedarán siempre impunes. Se trata de una de las más grandes desmoralizaciones de nuestro tiempo, y de ahí, supongo, mi pesadumbre al escribir sobre ello, aunque fuera lateral, indirecta y ficticiamente, en algo tan modesto como una novela.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de febrero de 2011