El novelista, académico, ensayista y traductor Javier Marías Franco (Madrid, 1951) se atrevió a criticar en dos artículos publicados las semanas pasadas en El País algunos aspectos de la nueva edición de la Ortografía de la lengua española (Espasa, 2010) editada recientemente por la Real Academia Española (RAE) -de la que es miembro numerario- y por la Asociación de Academias de la Lengua Española.

El que es para mí uno de los mejores novelistas españoles vivos inicia sus artículos señalando, con indisimulada ironía, que hasta ahora una de las grandes ventajas, o efectos, de la Ortografía española era permitir al lector saber no sólo cómo ha de pronunciarse una palabra al verla escrita sino también lo que significa (recuérdense los casos de “secretaría” y “secretaria”). Y los termina, con la misma razón y valentía, afirmando que “para mí nuestra lengua es ahora un poco menos elegante y menos clara”. No creo que la RAE haya conocido una crítica a su trabajo tan contundente como ésta, y además desde su propio seno.

Una de las normas de la nueva Ortografía que critica Marías se refiere a las mayúsculas y a las minúsculas al considerar el académico que la RAE pretende alterar los tradicionales conceptos de nombres comunes y propios para que a partir de ahora escribamos con minúscula palabras como “rey”, “papa”, “golfo” o “islas”, aun cuando nos refiramos al Rey Juan Carlos, a su Santidad Benedicto XVI, al Golfo Pérsico o a nuestras Islas Canarias. Cuesta entender qué necesidad hay de rizar el rizo ortográfico de esa manera.

El Libro de Estilo de El País recomendaba -no sé ahora- que con mayúscula se escribiera la primera letra del nombre de las instituciones y con minúscula el máximo cargo que las representaba (Alcaldía y alcalde, Presidencia y presidente, Consejería y consejero, Concejalía y concejal, etcétera) y bajo similar criterio el nombre de los topónimos y sus gentilicios (España y españoles, Canarias y canarios, Santa Cruz y santacruceros, etcétera). Salvando razones de estilo, creo que ese criterio sigue siendo pertinente.

De todas maneras, si uno lee la nueva Ortografía comprueba que tampoco la Academia pretende imponer estas normas, pues reconoce la imposibilidad de abarcar todos los contextos posibles e intencionalidades del escritor y, por consiguiente, la inconveniencia de hablar de usos correctos e incorrectos.

Y hace bien porque a la hora de utilizar mayúsculas y minúsculas el escritor debe disponer de cierto margen de libertad de estilo personal, y con mucha más razón si utiliza el lenguaje para hacer creación literaria. No debe olvidarse que en ocasiones la desviación de la norma constituye en sí mismo un rasgo estilístico.

No está de acuerdo tampoco Marías con que las academias consideren a partir de ahora falta ortográfica poner tilde (o acento gráfico) en palabras como “guión”, “truhán”, “guié”, “fió” o “crié”, pues según ellas son monosilábicas y éstas, como se sabe, no llevan tilde salvo en los casos en que sea diacrítica, es decir, distinguidora.

Esos diptongos, efectivamente, existen, al no romperse para constituir hiatos debido a que el acento prosódico recae sobre las vocales abiertas y no sobre las cerradas.

Pero es que la realidad del habla nos dice que “guion” no se pronuncia con un solo golpe de voz como sucede con “-cion” en “canción” o en “función”, por ejemplo, sino que el hablante realiza una pausa fonética (aunque leve) entre “gui” y “-on”, lo que no ocurre entre “ci” y “-on”. Tampoco se pronuncia igual “truhan” que “Juan” por mucha tilde que le suprimamos. Podría decirse que son monosílabas en teoría, en la lengua, pero bisílabas en la práctica, en el habla. Son fenómenos fonéticos diferentes y, por tanto, no deben considerarse sujetos a la misma norma.

Algunas cosas más habría que comentar de esa oportuna crítica de Marías pero el espacio disponible no da para más. No obstante, parece necesario, antes de concluir, volver a recordar, como también hace el novelista, y para seguir garantizando la buena comunicación entre lectores y escritores, que es la Ortografía la que debe adecuarse a la realidad del habla, de la Fonética y de la Ortología, y no al revés.

AURELIO GONZÁLEZ

Diario de Avisos (Canarias), 17 de febrero de 2011

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