Bibliotecas de escritores

Libros y soldaditos

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Últimamente he tenido ocasión de visitar algunas bibliotecas de escritores… la de Javier Marías, vigilada por soldados de plomo, a caballo y a pie, como un minúsculo ejército victorioso.

A Marías le gustan las estanterías de madera, que encargó a medida, del suelo al techo, con un diseño que él mismo dibujó: un estante, abajo, para los libros altos, y una balda más ancha donde acumula centenares de exvotos: una carta autógrafa de Conrad, tazas, coches en miniatura, fotografías… En las estanterías, de pared a pared, literatura inglesa –Pepys (se lee Peps), Swift, Stevenson, y mucho Burton, el capitán–, libros de colores llamativos: azul prusia, verde agua y rojo bermellón. Así que, cuando el encargado de la empresa llegó, tiempo después, para instalar, enfrente, otro cuerpo de baldas, y vio aquel tapiz colorista de libros, los lomos alineados, le propuso utilizar su librería para la publicidad de la marca, a cambio de un descuento.

Marías aceptó, y así, durante años, la biblioteca que aparecía en el cuadernillo que, a veces, encartaban los diarios, era la de Marías, ordenada cronológicamente, lo que le exige a veces consultar una lista de autores donde figura el año de nacimiento de cada uno, y por tanto su ubicación precisa en los estantes.

Me habló Marías, por cierto, de aquella casa paterna atestada de libros, que se extendían, verticalmente, en torres que crecían apoyadas en las paredes, y el invento que tuvieron que idear: una bisagra en los cuadros, en lugar de la hembrilla, de modo que cada uno de ellos era al tiempo una puerta secreta que ocultaba las baldas…

JESÚS MARCHAMALO

Mercurio, nº 128, febrero de 2011

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