Reino de Redonda: La caída de Constantinopla 1453 de Sir Steven Runciman

LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA 1453
Sir Steven Runciman

Nota previa de Antony Beevor
Epílogo de Javier Marías
Traducción de Panteleimón Zarín

Sir Steven Runciman (1903-2000) fue uno de los mejores historiadores medievalistas del siglo XX. Nacido en Northumberland y nieto de Lord Runciman, un magnate naviero, la fortuna que heredó de éste en 1938 le permitió abandonar su puesto de profesor en Cambridge, donde asimismo había estudiado, y dedicarse a la investigación y a los viajes. Volvió a la enseñanza durante un breve periodo (1942-1945), como catedrático de Historia y Artes Bizantinas en la Universidad de Estambul.

Sin duda el mayor experto de su tiempo en Bizancio, su conocimiento de numerosas lenguas (al parecer dominaba el latín a los seis años y el griego a los siete, a las que fue añadiendo el árabe, el turco, el persa, el hebreo, el siriaco, el armenio, el georgiano, el ruso y el búlgaro) le valió para consultar fuentes poco conocidas, durante la escritura de su obra más famosa, la extraordinaria Historia de las Cruzadas, en tres volúmenes.

Fue compañero y amigo de George Orwell, se codeó con el Grupo de Bloomsbury, tuvo amistad con la novelista Edith Wharton, se rumoreó que durante la Segunda Guerra Mundial había trabajado como espía en Bulgaria (aunque él siempre lo negó), y siempre se sintió atraído por lo sobrenatural, hasta el punto de atreverse a leerles la fortuna a varios reyes y reinas en las cartas del Tarot. Era un gran bromista, un excelente conversador y disfrutaba enormemente con el chismorreo, sobre todo -como buen historiador- con el de las épocas más remotas. Si la Historia de las Cruzadas es su libro más célebre, La caída de Constantinopla 1453 es probablemente el más intenso, apasionante, elegiaco y personal de todos ellos.

«La caída de Constantinopla 1453 describe la que quizá sea la mayor tragedia de todos los tiempos, y constituye uno de los mejores ejemplos de cómo debe escribirse una breve narración histórica.

Aquel invierno, Mehmet II reunió un ingente ejército. Contaban con e! apoyo de tres cañones de asalto. El mayor de estos cañones de bronce era enorme, necesitaba una dotación de setecientos hombres y sesenta bueyes para tirar de él […]. Mientras las fuerzas de Mehmet ascendían a más de ochenta mil soldados, la ciudad de Constantinopla contaba con menos de siete mil hombres, entre griegos y extranjeros, para defender sus murallas. No es acaso de extrañar que tamaña gesta de heroísmo condenada al fracaso haya inspirado a lo largo de los siglos a tantos narradores, el más celebrado de los cuales es sin duda Tolkien en su trilogía El Señor de los Anillos.

Hay algo en la historia de un asedio que parece hallar un eco en nuestros miedos más atávicos y crear una extraordinaria empatía. Secretamente nos preguntamos si habríamos seguido el cobarde ejemplo de los setecientos italianos que huyeron por mar al empezar el asedio, abandonando a sus camaradas, o si habríamos sido como los héroes que tanto impresionaron a Tolkien, como Don Francisco de Toledo, quien, invocando su lejano parentesco con el Emperador, acudió desde Castilla para morir a su lado. Es la sustancia misma de las antiguas leyendas, una lección moral en medio del gran desastre, y pocos lo han contado tan bien como Steven Runciman.»

Del Prólogo de ANTONY BEEVOR

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