Javier Marías dice que luchar contra el deterioro de la lengua “es una batalla perdida”

El escritor Javier Marías tiene “cada vez más la sensación” de que luchar contra el deterioro de la lengua “es una batalla perdida” y afirma que, “al ritmo que vamos”, dentro de cincuenta años los lectores tendrán dificultades no ya para entender el Quijote sino lo que escriben los novelistas actuales.

“Creo que es una batalla perdida la que todavía nos empeñamos en librar unos pocos, llamando la atención sobre los disparates que se dicen”, asegura Marías en una entrevista telefónica con Efe con motivo de la publicación del libro Lección pasada de moda, que reúne medio centenar de artículos de este gran escritor relacionados con el idioma español.

En ese libro, publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y con prólogo de Alexis Grohmann, responsable también de la edición, Marías trata de hacer frente a la “marea continua de disparates” que se oyen y escriben a diario y reflexiona sobre incorrecciones gramaticales y ortográficas, el lenguaje grosero e injurioso o el políticamente correcto, entre otras cuestiones.

Tradicionalmente, los hablantes han tratado de dominar la lengua, “unos con mayor soltura y otros con menos conocimientos”, le dice el escritor a Efe, pero “ahora da la sensación de que la lengua domina a los hablantes, de que es una especie de magma”.

“La lengua es una especie de sopa boba en la cual la gente chapotea. Todos los dichos, frases y modismos se utilizan indiscriminadamente”, asegura Marías antes de recordar que hace unos días escuchó la expresión “la relación de esta pareja va ‘miel sobre hojuelas’”. “Eso no significa nada. ‘Miel sobre hojuelas’ quiere decir una cosa buena sobre otra cosa buena, pero ya se confunde con ‘ir como la seda’”.

También oyó en un telediario que un determinado ciclista “se conoce los Pirineos ‘como anillo al dedo’. Será “como la palma de la mano”, dice con resignación.

Elegido académico de la Lengua en 2006, este novelista cuya obra está traducida a más de cuarenta lenguas no ve bien que la Real Academia Española acabe aceptando ciertas incorrecciones con el argumento de que “están muy extendidas”.

“Eso es un error”, afirma tajante. “Evidentemente, la Academia no puede imponer nada; su función es orientar, sugerir y responder dudas” pero, “si se rinde ante los usos incorrectos, la gente se siente con permiso para utilizarlos”.

Y es que, recientemente, Marías descubrió “con estupefacción” que la Academia ha aceptado la expresión “hacer aguas”, que “se emplea ahora continuamente en prensa y televisión para lo que es ‘hacer agua’”.

Como recuerda el novelista, tradicionalmente “hacer aguas menores sería hacer pis y aguas mayores, hacer caca”. Por eso, cuando en un partido de fútbol dicen que “el Barcelona empezó a hacer aguas a mitad de tiempo”, a Marías le suena “como si el equipo entero se hubiera puesto a orinar”. Tampoco “hace aguas” un bote ni la relación de un matrimonio.

“Pero me temo que es una batalla perdida”, insiste Marías a quien le preocupa la creciente pobreza de vocabulario que tienen los hablantes, para muchos de los cuales “empiezan a ser molestas y poco comprensibles las frases largas, con subordinadas o subjuntivos”.

“Un lector actual puede entender bien, con ayuda de notas a pie de página, el Quijote, un libro escrito hace cuatro siglos, pero creo que al ritmo de deterioro que lleva la lengua, sobre todo en España, dentro de cincuenta años más los lectores tendrán dificultades para entender, por ejemplo, mis novelas, las de Pérez-Reverte o las de Eduardo Mendoza”, señala.

A la hora de buscar culpables, Marías señala a la televisión y a los medios de comunicación en general. “La gente que interviene en ellos cada vez habla peor y se contamina todo”. “Hasta en los propios telediarios se dicen barbaridades continuamente”, añade.

Con frecuencia el escritor arremete en sus artículos contra la corrección política aplicada al lenguaje, que desaconseja emplear términos como “judiada” o “negro”, entre otros.

“Normalmente quienes están tan preocupados por ese tipo de cosas son los verdaderos racistas”, subraya el autor de Los enamoramientos, esa excelente novela, considerada la mejor de 2011 por medios especializados y que se está traduciendo a más de veinte idiomas.

Las lenguas, concluye Marías, “se han ido haciendo a lo largo de siglos y cada vez han sido más exactas y precisas, pero ahora tenemos la tendencia contraria: da igual matizar, da igual un término que otro, si al fin y al cabo nos entendemos”.

“Es cierto que nos entendemos, pero acabaremos haciéndolo como los hombres de las cavernas”, subraya.

ANA MENDOZA

Efe, 20 de febrero de 2012

Lección pasada de moda

Javier Marías, por César Pérez Gracia

En Lección pasada de moda, Javier Marías recopila sus artículos sobre el uso cerril del idioma. Casi podría asegurar­se que, salvo raras excepciones, se hace un uso penoso o lamentable de lenguaje, sobre todo, en su uso público, que es el que vulnera e intoxica más a las personas. Hace un siglo, todavía existían islotes rurales donde se usaba un léxico precioso,  pero me temo que eso ha pasado a la historia.

Para más inri, el nuevo académico Javier Marías, discrepa de las normas ortográficas de la Academia. De modo, que la plaga o peste del mal uso del idioma, va por barrios. Barrios doctos y barrios chungos. Un buen ejemplo es el nombre del emirato Qatar, que deviene en Catar, quizá para promocionar el Rioja en Kuwait y limítrofes. En el reciente volumen Ni se les ocurra disparar,  trata de un asunto nada banal. “El país que perdió el humor”. En su día, Juan Benet propugnó una Fe­deración española de Golpes de Estado. Humor negro de altísima calidad. Hay alianzas léxicas muy chuscas, dignas del Vocabulario de ideas cerriles de Flaubert.

Democracia cristiana o pensa­miento navarro, son ejemplos clá­sicos de oxímoron. Se diría, si ha­cemos caso a Javier Marías, que hemos per­dido la sal de la vida, el humor, la gracia, la zumba. Quienes soste­nían hasta hace cuatro días, confundiendo opulencia con somno­lencia, prosperidad con iniquidad, cultura sofisticada con cul­tura subvencionada, que España era la California de Europa, deberán corregir el tiro cuanto antes, no vaya a suceder que les salga por la culata, que hagamos la ri­sa, allá donde todavía distinguen de tan refinadas materias.

CÉSAR PÉREZ GRACIA

Heraldo, 16 de febrero de 2012

 

 

LA ZONA FANTASMA. 19 de febrero de 2012. Escuela de inmisericordes

Allá por el pasado septiembre, cuando todavía eran ocho o nueve los candidatos que competían por la nomina­ción republicana para las próximas elecciones a Presi­dente de los Estados Unidos, hubo en la prensa resúme­nes de sus respectivas posturas, que, a decir verdad, diferían poco o tan sólo en matices. Según el corresponsal Antonio Caño, para esos hombres y mujeres la solución a los problemas nacionales pasaba en todo caso por “menos regulación, menos control, más libertad a las empresas y menos impuestos o ninguno en absolu­to… Se presentaron propuestas como la de retirar a los policías de los aeropuertos y dejar la seguridad en manos de las compa­ñías aéreas, o la de negarle al Estado toda autoridad en materia educativa y entregársela plenamente a las familias”. Al parecer, la mayor ovación que se oyó en el debate que tuvo lugar enton­ces fue cuando alguien recordó que Texas había ejecutado hasta aquella fecha a 234 presos, un récord nacional. El Gobernador de ese Estado desde hace diez años (ahora ya retirado de la carrera, no sé si por suerte o desgracia), defendió con orgullo esa marca y apostilló, como si hiciera falta: “Eso no me quita el sueño”. Por supuesto, todos los aspirantes echaron pestes de la tímida reforma sanitaria de Obama -que intenta que no se mueran sin más quienes enfermen y no dispongan de medios para costearse la carísima atención médica privada- y juraron eliminarla en su hipotético primer día en la Casa Blanca.

Otra cosa en la que también coincidie­ron -y esto es lo más llamativo- fue en rechazar la teoría de la evolución de Darwin porque, “a su entender, el hombre fue creado por Dios”. Si digo que es lo más llamativo no es -o no solamente- por su primitivo e irracional repudio a la ciencia, sino porque, mientras negaban la selección natural de las especies, con sus propuestas intentaban impulsarla y desarrollarla, reim­plantarla entre los humanos y dejarle el camino expedito, sin fre­nos ni trabas. Si el papel del Estado y de los Gobiernos queda redu­cido al mínimo, como ellos pretenden; si las empresas deben campar por sus fueros sin control ni normas, y la educación de los niños depender tan sólo de los medios económicos y las peculiares creencias de cada familia; si la doctrina es que cada cual se las arre­gle por sí solo y el que sufra pobreza, o mala salud, o ancianidad desvalida, o impedimento físico o psíquico, o simplemente mala suerte, que allá se las componga o perezca, no me digan que esto no es una entronización de la ley del más fuerte, también llamada ley de la selva, a fin de que sobrevivan sólo los agraciados por la fortuna o por la naturaleza, los que nacen ricos y sanos, y -claro está- los depredadores más fieros. Una de las cosas que nos distinguen de los animales -a los hombres” creados por Dios”, según estos individuos-, es nuestra disposición a renunciar voluntaria­mente a parte de nuestro poder y de nuestra fuerza, a dotarnos de leyes que no condenen a la desaparición “natural” a los débiles y desfavorecidos, así como nuestra capacidad para sentir cualquiera de las palabras modernas -”empatía”, “solidaridad”- que han ve­nido a sustituir a otras más tradicionales, como “caridad” o “pie­dad” o “misericordia”. Pero, según buena parte de la actual dere­cha mundial, esos conceptos están de sobra, de tal manera que los que más dicen detestar a Darwin resultan ser, en realidad, los más fervientes partidarios de lo que él se limitó a describir y exponer.

Y esa no es la única contradicción o hipocresía flagrantes. Esa derecha que aboga por el “Sálvese quien pueda, y el que no púdra­se”; que se opone a la intervención del Estado para ayudar a la gente en apuros; que detesta la sanidad pública y la educación universales; que considera meros parásitos a quienes no se pueden valer por sí mismos o ya han nacido casi abocados a la margina­ción y la indigencia; que culpa a quienes enferman o se ven arruinados por el motivo que sea; esa derecha, digo, se reclama “cristiana” invariablemente. Y, o yo he olvidado mi catecismo, o el cristianismo predica con énfasis lo que sus supuestos representantes hoy repudian: la compasión, la piedad, la caridad y la misericordia.

Esperanza Aguirre, confesa admirado­ra del Tea Party que inspira y domina a los beatos candidatos republicanos, ha im­puesto recortes del salario a los funciona­rios madrileños que no puedan acudir al trabajo por enferme­dad. Se trata de luchar contra el “absentismo”, según ella, pero lo cierto es que un médico, un celador o un enfermero de hospi­tal público perderán el 40% de su sueldo a partir del cuarto día de baja; otros funcionarios, adscritos a otras consejerías de la Co­munidad de Madrid, tardarán más tiempo en perder y perderán algo menos. Pero a quien enferme de veras y durante largo tiem­po se le añadirá el castigo de ver muy mermados sus ingresos, precisamente cuando es probable que deba afrontar muchos más gastos. Sé de una maestra que lleva muriéndose varios me­ses, que no va a mejorar ni a volver al trabajo. Se está muriendo, ¿comprenden?, sólo le queda irse despidiendo y esperar a que suceda. Pero mientras agoniza y espera se ve condenada a ser mucho más pobre y a angustiarse más por la situación en que dejará a sus hijos. Si eso no es lo contrario de la piedad y la misericordia -si eso no es crueldad y ensañamiento con los desampa­rados y los desventurados y débiles-, que venga el Cristo al que adoran y que sea él quien lo vea.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de febrero de 2012

20 años de Corazón tan blanco

CORAZÓN TAN BLANCO

Reseñas de Corazón tan blanco

Javier Marías comenzó a escribir su novela  Corazón tan blanco el 3 de septiembre de 1990 en Madrid y la terminó en la misma ciudad a finales de octubre de 1991. La novela llegó a las librerías el 13 de febrero de 1992. Ganó el Premio de la Crítica en 1993.

En Francia, la FNAC seleccionó Un coeur si blanc entre las 20 mejores novedades de la rentreé de 1993. Ese mismo año se le concedió el Prix l´Oeil et la Lettre.

A raíz de los elogios de Marcel Reich-Ranicki en su programa de televisión, Mein Herz so weiß se convirtió en Alemania en un gran éxito de ventas y crítica.

La Biblioteca Pública de Nueva York eligió en 1997 A Heart So White como “uno de los 25 libros que recordar” de 1996 en Estados Unidos.

En 1997 Javier Marías recibió por esta obra el IMPAC Dublin Literary Award.

Especial sobre Corazón tan blanco

LA ZONA FANTASMA. 12 de febrero de 2012. Conque congresos, ¿eh?

A mi parecer, Esperanza Aguirre se ha quedado corta en su fervor por crear un “Las Vegas madrileño”, no se sabe si en la propia capital o en Alcorcón. Da lo mis­mo que luego, frenada o amonestada por el Gobierno central, de su partido, haya arriado velas momentáneamente: sus manifestaciones iniciales fueron tan escandalosas y serviles que no se comprende que no se la haya defenestrado al instante -como. al ejemplar Camps-, por representar un peligro público para los ciudadanos de la Comunidad que preside y una ame­naza para el conjunto de la nación. Que alguien tan lunático tenga tanto poder y responsabilidades resulta inquietante. A menos que se cambie de arriba abajo el modelo de Estado, y entonces ella sería una iluminada y una pionera a la que habría que vitorear, con la salvedad de que, como he dicho, se habría quedado corta en sus visiones.

Un multimillonario estadounidense cuyo inverosímil nombre parece salido de un spaghetti-western (Sheldon Adelson) se pro­pone crear en la región un gran complejo de casinos. Según las pueriles cuentas de la le­chera de la Presidenta, con ello se conseguirían 164.000 empleos directos y 97.000 indi­rectos (en total, nada menos que 261.000), y en un decenio se levantarían “12 resorts (36.000 habitaciones), seis casinos (1.065 mesas y 18.000 máquinas recreativas)”, amén de nueve teatros (?), hasta tres campos de golf y un escenario de 15.000 butacas (?). La alucinada codicia institucional de Aguirre la ha llevado a decir que “vamos a cambia toda la norma­tiva que haya que cambiar” para complacer al señor Adelson y al grupo Las Vegas Sands, lo cual supone instaurar una “isla legal” en el proyectado territorio lúdico. Según la crónica de Bruno García Gallo en este diario, las exigencias del multimillonario son, de en­trada: a) Cambiar el Estatuto de los Trabajadores para relajar los convenios, y la Ley de Extranjería para dar un trato especial a sus empleados. b) Dos años de exención en las cuotas a la Seguridad Social y en todos los impuestos estatales, regionales y municipales. c) Que el Estado garantice un préstamo de 25 millones de euros que solicitaría la UE. d) Nuevas infraestructuras (metro, cercanías, carreteras) y el traslado del vertedero de Valdemingómez y del asentamiento de la Cañada Real. e) Que se le ceda todo el suelo público en la zona, reubicando las viviendas protegidas y expropiando el suelo privado. f) Cambiar la ley antiblanqueo de capita­les e instaurar un sistema de intermediarios{que en los casinos de la empresa en Macao parece haber caído en manos de la mafia china). A todo esto se mostró inicialmente dispuesta Aguirre, ya que, según ella, no se trataba de instalar un complejo de juego con legislación especial, sino de una gran inversión en la Comunidad de Madrid … “para convertirse en el centro de congresos del sur de Europa”. Es decir, los casinos se construyen para que se celebren sesudos congresos en ellos, sobre todo para eso. Respecto a su afirmación de que “Novamos a vulnerar ni uno solo de nuestros principios y valores”, no es muy tranquilizadora, pues a nadie se le oculta que principios tiene pocos, o a la manera de Groucho Marx (ya saben su célebre frase: “He aquí mis principios; si no le gustan, tengo otros”).

Pero, ya puestos, no entiendo por qué la Presidenta se ha que­dado a medias. Tengo para mí que los Estados se equivocan en su cruzada contra las drogas. No sólo es una guerra perdida, como se demuestra a diario en México y otros lugares, sino que la prohibi­ción y persecución no hacen sino fortalecer y enriquecer, más y más, a las mafias de narcotraficantes. Por otra parte, los Estados renuncian a un verdadero aluvión de ingresos -ahora es todo dinero negro, el que mueve ese comercio- que podría resolver o paliar la crisis si la fabricación y distribución de drogas pasaran a depender de ellos. Al fin y al cabo, lo que la gente quiere lo acaba consi­guiendo de una u otra manera. Imagínense, además, la cantidad de empleos que, al igual que los casinos -perdón, congresos-,crearía ese negocio una vez legalizado: cultivadores, depuradores, transportistas, distribuidores, publicistas, empaquetadores, almacenado­res, directivos, vendedores, controladores de calidad, vigilantes para impedir la adultera­ción, sanitarios, desintoxicadores para quienes quisieran quitarse y qué sé yo cuántas figuras más. Y otro tanto podría decirse de la prostitución supervisada y legal: qué cantidad de puestos de traba­jo, qué riada de impuestos que hoy no se cobran. Ah, qué infinidad de congresos se celebrarían en una “isla” en la que no sólo pudiera apostarse a todo lo imaginable, sino comprar y consumir drogas libremente, alquilar sexo sin trabas… y hasta fumar bajo techo, lo peor de lo peor ahora mismo. Sí, Aguirre se ha quedado corta en realidad. Puestos a “cambiar toda la normativa que haya que cam­biar”, ¿por qué no incluir las relativas a lo que acabo de mencionar? Y es más, ¿por qué limitarse a una “isla”? La beneficiosa excepción podría convertirse en regla, en todo el territorio nacional. España entera se convertiría en un lugar tan próspero como Las Vegas, de eso se trata. Lo que Aguirre olvida es que todos hemos visto muchas películas sobre esa singular ciudad, desde Bugsy, sobre el gangster fundador “Bugsy” Siegel, hasta El Padrino y Casino. Y si bien es cierto que la realidad imita al arte, no lo es menos que el arte siempre se inspira en la realidad. Conque congresos, ¿eh? Voy a volver a ponerme esas películas, a ver cuántos salen en ellas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de febrero de 2012

[Imágenes de Robert de Niro y Sharon Stone en Casino de M Scorsese]

LA ZONA FANTASMA. 5 de febrero de 2012. De cómo M y F me han quitado del fútbol

Mi pareja es barcelonesa y muy del Barça, y durante años, cada vez que había un enfrentamiento entre su equipo y el Real Madrid, nuestra buena relación se veía momentáneamente en peligro. Alguna ocasión ha habido en que hemos evitado hablarnos un día o dos, hasta que se hubiera disipado el mal humor de quien hubiera saboreado la derrota, sobre cuya justicia o injusticia solíamos discrepar, como es natural. Eran fechas delicadas. Ahora ya no lo son, y me parece que ella echa de menos la antigua tensión, los viejos piques, tengo la impresión de que se divierte menos sin ellos, pese a los enfurruñamientos pasajeros a que daban lugar. “Hace mucho que no te concentras antes de los partidos”, me reprochó hace poco, justo antes del de ida de los cuartos de final de Copa, en Chamartín. “No es culpa mía, sino de Mourinho”, le contesté. “Con él ya sé lo que va a pasar”, y le pronostiqué un 1-2, de la misma manera que en el anterior choque de Liga le había vaticinado un 1-3. Ambos resultados se cumplieron, quizá debería jugar a las quinielas o apostar en Internet.

Hace casi nueve meses que publiqué aquí mi último artículo futbolero, titulado “Un chamán de feria” . Entre otras cosas, decía en él de Mourinho: “… un entrenador omnipotente, omnipresente y malasangre, un quejica que acusa a otros siempre, un individuo dictatorial, ensuciador y enredador, soporífero en sus declaraciones, nada inteligente, mal ganador y mal perdedor …” Más adelante, el excelente periodista John Carlin comentó que en su momento le había parecido excesivo lo de “nada inteligente”, pero al final de su columna tenía la gentileza de reconocer que me asistía la razón y que había visto esa carencia antes que muchos. Carlin, sin embargo, ha reivindicado más de una vez, con humor, la figura de Mourinho como fuente inagotable de entretenimiento y diversión, tanto para los periodistas como para los lectores y espectadores. Tal vez esté en lo cierto, pero no sé si compensa a quienes nos hemos tomado en serio el fútbol y al equipo de nuestros amores desde la infancia, con esa seriedad que los niños ponen siempre en sus juegos, como si supieran que en ellos empiezan a ejercitarse para la vida y las relaciones con los demás, también para la ética y la moral.

Sí, hace tiempo que no me “concentro” antes de los partidos, porque me cuesta anhelar la victoria no del Madrid, sino de quien se va a apropiar de ella si se produce, y con ella se va a fortalecer. Mourinho, lo habrán notado, habla sólo en primera persona de singular: “He ganado títulos en cuatro países …”, “He obtenido tantas Ligas y tantas Copas de Europa …”, como si él hubiera saltado al campo y los jugadores no contaran en absoluto. Es obvio que sólo le importa su palmarés personal, nunca el de los clubs que lo contratan, meros soportes suyos. A mí no me cabe duda de que sus pasados triunfos han sido a pesar de él, por la bondad de los futbolistas o por casualidad (del mismo modo que fue una casualidad que Grecia ganara una Eurocopa, hace no demasiados años, prueba irrefutable de que el azar también interviene en este juego, como en todos). No me cabe duda de que es muy mal entrenador y de que no sabe de fútbol, como queda demostrado en cada enfrentamiento con el Barcelona, y van … Escribo esto cuando aún no se ha disputado la vuelta de la eliminatoria de Copa en el Camp Nou, pero tanto da. Y me reafirmo en mi idea de que no es nada inteligente, o, si quieren ustedes convertir esta frase en afirmativa, no seré yo quien se lo impida.

Amén de todo esto, y en consonancia con ello, a Carlin no le falta razón: Mourinho resulta involuntariamente cómico, lo peor que le puede ocurrir a quien se tiene a sí mismo en un altar. Según crónica de Diego Torres en este diario, la cabeza visible del actual Real Madrid (no lo es Florentino, rebajado a Presidente más pusilánime y agravioso de la historia del club) acusó a su plantilla de haber vuelto en mal estado de forma de las vacaciones navideñas, de haberse dedicado a viajar y a comer en casa de los padres, los abuelos y los tíos, y la amenazó con denunciar en público a los culpables: “Daré los nombres a la prensa”, les dijo. Si aún les queda algo de sentido del humor en medio de tanto avinagramiento, me imagino que los futbolistas se debieron de tronchar de risa. “Huy qué miedo, mira cómo tiemblo”, pensarían todos y cada uno. Lástima que Mourinho no cumpliera su amenaza, porque habría sido de traca verlo sacar una lista y enumerar, por ejemplo: “Cristiano ha volado a las Maldivas y se ha atiborrado de turrón; Casillas fue a cenar con padres y primos y se excedió con los piñones; Ramos ha bailado en Triana y se hartó de pavo con sus abuelos”. Sí, definitivamente Mourinho es pueril, por no decir el adjetivo que todos ustedes tienen ya en la cabeza. Arrastra por los suelos la imagen del Madrid, embrutece a los jugadores, los obliga a comportarse como desalmados y a jugar mucho peor de lo que saben, los tontifica y los envilece. Entre él y su valedor Florentino -más bien ya su criado-, no me han quitado del fútbol (el título es una exageración), pero sí me han privado de la pasión por mi equipo. Y sin pasión, créanme, se evaporan tres cuartos del gusto y de la diversión. A este paso serán también los culpables de que mi pareja me considere un sin sangre y un soso. Otra cosa más que nunca les perdonaré.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de febrero de 2012

Acerca de Los dominios del lobo

MÍNIMA MOLESTIA. Los escritores perdidos (2)

Refiriéndose a su primera novela, Los dominios del lobo (1971), escrita cuando apenas contaba diecinueve años, Javier Marías dijo que era una reivindicación de la imaginación y el territorio del escritor frente “al daño que nos hizo el realismo social”. Lo dijo meses atrás, durante una conversación mantenida con Juan Gabriel Vásquez en el marco del último Hay Festival de Segovia; pero en ocasiones anteriores se ha pronunciado Marías en términos parecidos. Por mi parte, no terminan de salirme las cuentas.

Marías nació en septiembre de 1951. Aunque precocísimo escritor, cuesta pensar que como lector empezara a madurar antes de los catorce años. Para entonces, sin embargo, el realismo social que prosperó en España durante la década de los cincuenta ya había entrado en franco declive. En 1962, recuérdese, se publicó Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, novela de la que suele decirse que supuso la superación de la estética social-realista. Ese mismo año de 1962 Mario Vargas Llosa obtuvo el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros, y detonaba lo que se ha dado en llamar boom de la narrativa latinoamericana, que atraería la atención de los lectores españoles -y del mundo entero- sobre una avalancha de libros y de autores deslumbrantes, que trabajaban en coordenadas muy alejadas de las del realismo.

Sin restar a Los dominios del lobo un ápice de su osadía, de su gracia, de su frescura, cabe decir que cuando se publicó la novela hacía ya unos cuantos años que en España se escribían -y no sólo se leían- libros que se desmarcaban netamente de las prácticas del realismo social, cuando no las cuestionaban abiertamente. Por ahí Gonzálo Suárez ya había hecho de las suyas, y Juan Benet había trazado muy provocadoramente su muy exigente programa literario, ejerciendo un destacado magisterio entre los más jóvenes y prometedores escritores.

Fue Benet, precisamente, quien más contribuyó a difundir la idea de la que se hace eco Marías cuando se refiere al “daño que nos hizo el realismo social”. Pero si ya resulta difícil pensar que ese daño fuera grande en un caso como el de Marías -lector bien orientado desde sus comienzos, que no parece haber perdido mucho tiempo leyendo libros de esa cuerda-, es altamente improbable que se produjera entre lectores más jóvenes, como yo mismo, crecidos en un entorno cultural -el de los años setenta- de una extraordinaria potencia creativa. Y sin embargo, en los años ochenta se consolidaría esa idea de que, poco menos que hasta la muerte de Franco, la narrativa española fue un erial para la imaginación, un campo de berzas, un terreno esquilmado por el empeño de someter la literatura a imperativos de orden ético o directamente político.

[…]

IGNACIO ECHEVARRÍA

El Cultural, 3 de febrero de 2012

Si yo escribiera así

Leo en estos momentos un libro extraordinario, de esos que ya no llegan a Venezuela (mi ejemplar lo adquirí por Internet), de esos que uno como escritor desearía poder escribir, se titula Ni se les ocurra disparar (Alfaguara, 2011), del novelista y ensayista español Javier Marías. Se trata de un grueso volumen en el que se compilan 97 textos publicados por el autor desde el 8 de febrero de 2009 hasta el 6 de febrero de 2011. Y me atrevo a escribir sobre el libro sin terminar de leerlo, porque se trata de ensayos y artículos independientes, leídos con fervor por los españoles en las páginas del suplemento dominical El País Semanal, que sale todos los domingos (los podemos leer cada domingo a través de la página web del diario español).

No necesito conocer todos los escritos insertos en este tomo para tener la certeza de estar frente a una obra sincera y llana, que toma el pulso de la realidad española (a veces de la europea y la latinoamericana), discriminada en ejes temáticos tan diversos como política, cotidianidad, fiestas religiosas, gustos literarios, personajes históricos, cine, crítica a la crítica, autores, arte, denuncia, o las crónicas de su mayor afición (después de la literatura) como lo es fútbol. Me interesa de este libro, como de los publicados en años anteriores (que atesoro desde hace años en mi biblioteca: Literatura y fantasma, Vida del fantasma, Vidas escritas, Seré amado cuando falte, A veces un caballero, Demasiada nieve a mi alrededor y Lo que no vengo a decir, entre otros), no tanto lo que cuenta este incisivo hombre de letras (que a lo mejor puede resultarle extraño al lector de este lado del océano), sino cómo lo hace.

Su estilo es desenfadado, crudo, sin subterfugios ni adornos. Dice las cosas tal y como las siente, sin importarle para nada las posibles consecuencias de sus afiladas e incisivas visiones en torno a encumbrados personajes del mundo de la política española, europea y latinoamericana, del académico, o sencillamente del hombre y de la mujer del común. Ah, eso sí, con mucho humor salpicado de gruesa ironía, con algo de sarcasmo y ciertas pinceladas de crueldad, que en lugar de causarnos horror, nos hace sentir asombrados frente a situaciones francamente inverosímiles y colindantes con lo absurdo.

Si yo escribiera en la Venezuela de hoy (tan crispada por la escisión política y con la epidermis social tan susceptible) como lo hace el colega Javier Marías en España, estaría vetado, inhabilitado, o quizá preso. Su estilo (y dentro de él, el lenguaje, descarnado y sin concesiones de ningún tipo) aquí es sencillamente inadmisible (aunque de vez en cuando nos llegan algunos de sus textos menos comprometedores, que son publicados por un periódico de circulación nacional para llenar los vacíos de algunos de sus articulistas dominicales), a menos que se aplique la autocensura y pierda su prosa lo que de maravilloso posee: la plena libertad de conciencia, la inmensa capacidad dialógica, y el no inmutarse frente a sucesos que podrían crisparnos la piel y ponernos ante la disyuntiva de expresar a ultranza lo que sentimos, o perder inexorablemente los espacios conquistados en la prensa. ¡Envidiable su posición, no caben dudas!

Algún día alcanzaremos (o conquistaremos) en Venezuela esos estándares de libertad y expresión intelectual que disfrutan los europeos. Mientras tanto, recomiendo que esperemos sentados, por si acaso nos cansamos con las largas esperas…

RICARDO GIL OTAIZA

El Universal (Caracas), 3 de febrero de 2012

LA ZONA FANTASMA. 29 de enero de 2012. El senyor Martí i el seu pare

Cuantos escribimos en prensa estamos acostumbrados a recibir cartas de protesta y reproche. A menudo son agrias, u ofensivas, en ocasiones insultantes. Debe de ser cosa de estos tiempos, en los que ha disminuido la cortesía. A veces le afean a uno haber dicho lo que no ha dicho o callado lo que no ha callado, lo cual -todavía, lo reconozco- resulta un poco desesperante: “¿Qué diablos han leído o han creído leer?”, se pregunta uno. “¿Es defecto mío (tan mal me sé explicar) o de ellos (saben leer, pero no entender un texto breve)?” Hay quienes se la tienen jurada al columnista y no quieren atender a lo expresado por éste, sino que “deciden” cuál ha sido su postura o sus palabras, para así arremeter contra él. Un tipo de corresponsal con el que todos estamos familiarizados es el que toma invariablemente la parte por el todo, el ejemplo por la norma, el caso por la generalidad. Si uno cuenta su desagradable experiencia con un funcionario, o con un taxista, o con un policía, habrá funcionarios, taxistas o policías que se den por aludidos y vean la anécdota como un ataque global a sus respectivos gremios. A estos individuos susceptibles es a quienes menos atención hay que prestar.

Pero para todo hay excepciones, y hace unos días me llegó una carta que en verdad me hizo desear no haber escrito una frase que escribí aquí hace siete semanas, aunque sólo sea por haberle causado un sinsabor a mi gentil remitente, que me hacía su reproche “sin acritud” y con extremada educación. El señor Josep Martí Barberà, de La Masò (Tarragona), se quejaba de que en mi pieza “Adolescentes como bisabuelos” hubiera dicho de aquéllos (de los actuales, y a tenor de una encuesta reciente): “… en lo relativo a su concepción de las relaciones sentimentales o de pareja, son unas antiguallas, unos simples y unos catetos de mucho cuidado, y su visión es en esencia la misma que la que podían tener los campesinos más ignorantes y arcaicos bajo la Dictadura de Primo de Rivera …” (de ahí que los asemejara a sus bisabuelos, ni siquiera a sus abuelos).

Me cuenta el señor Martí que tiene ochenta y dos años, que desde los catorce ha trabajado en el campo, que su padre fue agricultor en tiempos de Primo de Rivera, “tenía libros, un diccionario y en el pueblo de cuatrocientos habitantes se ‘divertían’ con su grupo de teatro, y como él muchos más. No era un hacendado sino un humilde agricultor”. Amablemente, me incluye la fotocopia de un cartel del 8 de marzo de 1936 en el que se anuncia una de esas funciones (“Grandiós esdeveniment teatral”, se lee arriba), en cuyo reparto figura su progenitor. El señor Martí continúa (espero que no le moleste que lo cite; si sí, mil perdones): “No creo que usted pueda imaginarse lo feliz que me sentía, por los años cincuenta y sesenta, cuando ya antes de salir el sol me encontraba labrando la vinya, con mi esposa todavía en esta cama, cuidando a mi rubita niña y mi robusto hijo, y soñando un día poder comprar aquella huerta de avellanas, yo que sabía contabilidad y escribir a máquina, no podía imaginar que alguien del lejano Madrid pudiera equipararme de ‘cateto’, ‘ignorante’ y ‘arcaico’. He leído infinidad de veces, campesinos-ignorantes, como si otros obreros de las ciudades fueran más ilustrados…”

No hace falta decir que me apresuré a contestarle. Me permitía señalarle que mi frase, por fortuna, había sido “los campesinos más ignorantes y arcaicos”, y no “los campesinos ignorantes …”, lo cual habría sido imperdonable, pues habría dado a entender que todos lo eran, y jamás he pensado tal cosa. Aun así, le escribí, comprendía que hubiera leído el párrafo en cuestión con amargura, y me disculpaba por él. Pero no me ha parecido suficiente, y de ahí esta pública rectificación o matización.

El señor Martí y su padre pertenecen sin duda a esa clase de personas dignas y admirables que cada vez se dan menos en nuestro país. Aun a riesgo de ponerme cursi (creo que no suelo serlo), conmueve la gente que, sin tenerlo fácil, ha procurado instruirse y ha considerado un tesoro cuanto conseguía en ese terreno. Me conmueve en particular que el señor Martí destaque con orgullo que su progenitor tenía “un diccionario”, eso a lo que tantos individuos restan hoy toda importancia y a lo que otros se la han dado máxima, preocupados por saber con precisión lo que las palabras significan y por escribir sin faltas de ortografía y con propiedad, precisamente lo que demasiados desdeñan ahora con soberbia (“Qué más da”). Al lado de quienes alcanzan la Universidad sin saber redactar dos frases con sentido; de quienes tienen a gala exhibir su incultura en las tertulias de las televisiones y radios; de los numerosos políticos que, con sus carreras terminadas y sus puestos de responsabilidad, hablan como perros y son incapaces de construir una sola oración coherente y correcta ante un micrófono o en el Parlamento, campesinos como este señor Martí son dignos de alabanza y del mayor respeto. Si incurrí en el común error de atribuir más ignorancia y arcaísmo a la gente de campo que a la de ciudad, la verdad es que basta pasear por estas últimas para darse cuenta de que son incontables los descerebrados y cafres que pululan por ellas, algunos con títulos superiores y lo que ustedes quieran, pero que no parecen haberse asomado en la vida a un libro ni menos aún a un diccionario. Una vez más lo lamento de veras, mi querido señor Martí.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de enero de 2012

Javier Marías. Manual de literatura

Hubo una temporada, hace años, en que la biblioteca de Javier Marías (Madrid, 1951) aparecía con frecuencia en las revistas y suplementos de decoración.

El encargado de la empresa que instaló las estanterías a medida en el salón de su casa, cuando las vio rebosando de clásicos ingleses -el lomo de los libros alineado con los estantes; el color sutil de las encuadernaciones; Thackeray, Quincey, Dickens, en naranja, en la edición de Penguin-, le propuso utilizarlas para la publicidad de la marca manteniendo, eso sí, un discreto silencio sobre su propietario.

Así que hicieron las fotos y, durante un tiempo, una de esas bibliotecas de las revistas, improbables y anónimas, era la suya. De ahí que resulte desde el primer momento vagamente familiar. Remotamente recordada o entrevista: un estante inferior para libros grandes, diseñado por él mismo, y un cuerpo que llega prácticamente hasta el techo: Pepis, Swift, Stevenson, y mucho Burton, el capitán. Entre otros, la traducción de Las mil y una noches sobre la que escribió Borges, en edición ilustrada, sólo para suscriptores, difícil, dice, de encontrar.

Entre ambos cuerpos, una repisa en la que forman decenas de soldados de plomo, infantería y caballería, más o menos marciales. Hay postales, una carta autógrafa de Conrad enmarcada, fotos -Faulkner, Stevenson, su muy admirado Benet, John Wayne, también muy admirado, algunas familiares-, y objetos de todo tipo.

«Me gusta que las estanterías sean buenas, el metal me resulta deprimente, propio de biblioteca pública inglesa -dice, en medio del salón, con un cigarrillo entre los dedos-. Así que las elegí de madera, natural aquí, y lacada en blanco en el piso de abajo, donde tengo la literatura española. Por lo demás, soy bastante ordenado. Detesto las dobles filas, porque al final nunca acabas sabiendo lo que tienes detrás, y los libros cruzados.» Y es cierto que sólo en los estantes más bajos, los que quedan más a mano, se ve algún papel encajado entre los libros, un poco al acaso: recortes de periódicos, correspondencia y originales.

El orden y el concierto

Recuerda, claro, la casa de sus padres: pilas de libros en permanente crecimiento caótico, sofás impracticables, y aquel curioso invento, una especie de bisagra lateral que se ponía en los cuadros, en lugar de la tradicional hembrilla, para poder atornillarlos a las estanterías. Así, cada cuadro era, al tiempo, una puerta secreta, inesperada, una trampilla que ocultaba las baldas.

La biblioteca invasora, escribió en un artículo, exagerando, pelín, aquella casa tomada por los libros (y dos sótanos) en la que los niños tenían que hacerse hueco entre ellos para jugar a las chapas.

En esta biblioteca hay algo, también, de la paterna, invasora. Ocupa toda la casa, se interrumpe en cada habitación y sigue por el resto de los cuartos, en los pasillos, por los rincones, en otro piso…

Dicen los expertos que, en lo sustancial, existen dos tipos de personas: los que ordenan los libros, y los que los dejan sueltos por la casa esperando que ellos mismos encuentren acomodo. Marías pertenece, desde luego, a los primeros. Sus libros -calcula que pueden rondar los veinte mil, algunos con su nombre, fecha y lugar de compra en la página de cortesía- están colocados según un orden estricto que empieza, en el salón, con la literatura inglesa.

«Quizá sea porque es la parte más cuantiosa -comenta-. Cuando empecé a comprar libros nunca compraba literatura española porque mi padre lo tenía prácticamente todo: lo último que se me ocurría era buscar a Valle-Inclán porque estaba en casa. Luego lo he ido completando y ahora tengo mi propia obra completa de Valle y de Baroja. Pero tengo mucha literatura inglesa, y norteamericana, que ocupa todo el salón, y el estudio donde habitualmente trabajo.»

Mirar los estantes de Marías es hojear un manual, casi ilustrado, de literatura, un mapa. Los autores, colocados por orden cronológico, están al lado de sus contemporáneos, mezclados poetas y ensayistas, filósofos y narradores, como en la vida misma: Locke antes que Fielding y Quincey junto a Byron.

Para ser riguroso en esa adjudicación -accidental- de vecindades tiene desde hace años un listado alfabético, escrito a máquina con decenas de añadidos manuscritos, en el que figura junto a cada escritor el año de nacimiento y eventual deceso, y al que echa mano en caso de duda.

A partir de ahí, la biblioteca se extiende por el resto de las habitaciones, con idéntica estructura. Literatura francesa, alemana, italiana: Simenon, Diderot, Proust, Apollinaire, Larbaud, Mann, Kafka, Benjamin, Leopardi, mucho Calvino, y mucho Zeri, Federico, el polémico crítico e historiador de arte italiano en el que basó lejanamente uno de los personajes de Corazón tan blanco.

Libros dedicados

En su habitación, destaca una balda completa dedicada a Ellery Queen -una afición, la de la novela policiaca, heredada de su padre-, las obras completas de Henry James y todo Faulkner, o casi todo, de quien tiene un ejemplar firmado. «Me gustan los libros que no ocultan enteramente su pasado. Los que contienen alguna foto, algún papel, los que cuentan algo. También guardo algunos con firma o dedicatoria autógrafa: Mallarmé, Radiguet, Gombrovicz, Chesterton, Isak Dinesen, Mann… Pero no me considero bibliófilo, nunca compraría un libro que no estuviera dispuesto a leer.»

Sobre el cabecero, nada casual, nada original, Cervantes y Shakespeare, para las noches de insomnio.

Entre sus manías confesables, la de guardar la correspondencia que recibe de los escritores con los que se cartea entre las páginas de sus propios libros: Mendoza, Aleixandre, Magris, o Sebald, de quien conserva no sólo alguna carta, sino también un trozo de lápiz, el final, que le ofreció la familia a su muerte, y que guarda, también, junto a su obra.

Faltan sus propios libros. Amontonados, o casi, en el recibidor, en torres, tal cual los mandan de las editoriales. Y un ejemplar de cada uno en cuatro o cinco mueblecitos giratorios, repartidos por toda la casa, discretos, invisibles.

En el piso de abajo, el de las estanterías blancas, por orden alfabético, autores españoles e hispanoamericanos, chinos, japoneses, rusos: Nabokov, Pasternak, Pushkin. «Me encanta Pushkin», dice.

Y allí, en uno de los estantes, un libro de Neruda, Canción de gesta, que apareció, dedicado a Cabrera Infante, hace años, en el catálogo de una librería de viejo.

El propio Cabrera le encargó a Marías que averiguara de dónde había salido, pero en lugar de hacerlo, lo compró. Cabrera, que sabía el precio, no quiso aceptarlo, y acordaron que, ya que se trataba de un ejemplar robado de su biblioteca en Cuba, una nueva firma lo haría legal. Así que el libro tiene ahora una dedicatoria doble: de Neruda a Cabrera, y de Cabrera a Marías. Dice: «Para Javier… de todas las sabias letras». En medio, hay una frase que no se entiende. Vaya.

TRISTRAM SHANDY
Laurence Sterne

«Es uno de los nueve volúmenes de la primera edición, y éste en particular está firmado por el propio Sterne. Los libros del XVIII tienen una impresión muy nítida, y un tacto especial del papel».

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS
Eduardo Mendoza

«Creo que es uno de los grandes libros españoles de la segunda mitad del siglo XX, y también uno de los que a mí más me han gustado. Y el que más me sigue gustando de Mendoza».

TRAVESÍA DEL HORIZONTE
Javier Marías

«Es la primera edición de mi segunda novela. Tiene la particularidad de que, en la guarda posterior, aparece un fragmento del principio del libro en inglés. La letra es de Juan Benet, fingiendo un estilo de escritor decimonónico».

[Fragmento del libro de Jesús Marchamalo, Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores, Siruela/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2011]

Fotos de Jesús Marchamalo

Paul Harding-Javier Marías

  Paul Harding: “El estilo es una parte tan indeleble como la forma del cerebro”

P. En su novela el mundo natural tiene mucha densidad, está lleno de detalles. Eso le lleva a algunas reflexiones metafísicas sobre la condición humana. ¿Cree que, como sugiere Javier Marías, hay algo que puede llamarse “pensar literario”?

 R. Javier Marías me gusta mucho, estoy de acuerdo con él. El arte consiste en gran parte en ser testigo de las paradojas y contradicciones del corazón humano. El filósofo tiende a verse obligado a reconciliar estas contradicciones, mientras que el escritor puede ponerlas una al lado de otra, mostrarlas al lector. Eso le produce una satisfacción estética al lector, pues está viendo descrita una experiencia que reconoce como verdadera a pesar de su aparente imposibilidad.

EDMUNDO PAZ-SOLDÁN

El País, 23 de enero de 2012

LA ZONA FANTASMA. 22 de enero de 2012. La esfinge asiria

Cuando escribo esto, hace casi dos meses que se celebraron las elecciones generales con el aplastante triunfo del PP, y desde entonces tengo la extraña sensación de que toda la vida nacional estuviera en sordina, como si sobre ella se hubiera extendido uno de esos mantos de nieve que llevan a la gente a mirar caer embobada los sigilosos copos, resguardada tras las ventanas y miradores, con un respetuoso o pasmado silencio. El griterío permanente de los últimos años ha cesado como por ensalmo, lo cual es prueba irrefutable de que la vociferación viene casi siempre de la derecha, cuando no está en el poder. Así fue en la época de la crispación, entre 1993 y 1996: en la primera de esas fechas el PP creyó que se alzaría con la victoria, y, como no fue así, sus portavoces y conspiradores se pasaron tres años maldiciendo y calumniando a diario. Así fue también tras la victoria del PSOE en 2004: toda la legislatura fue un incesante escándalo, se puso en cuestión la legitimidad del Gobierno un día tras otro y se lo acusó de las más rocambolescas maniobras imaginables en relación con los atentados del 11-M. Supongo que será prioridad del nuevo director de la Policía, Cosidó, reabrir aquella investigación, ya que se contó entre los que no creían que la matanza hubiera sido obra exclusiva de terroristas islamistas. Espero con impaciencia el resultado de sus pesquisas, desde el cargo de máxima responsabilidad que ahora ocupa.

Sí, todo se amortigua cuando gana el PP. Los que pierden frente a ellos tienen mejor perder, es innegable. Pero también ha contribuido al silencio -al manto de nieve- la magnitud de la derrota socialista y el consiguiente aturdimiento de ese partido. Que se encuentra como un púgil noqueado, lo demuestra que muchos de sus responsables estén considerando ponerlo en manos de alguien tan engreído y vacuo como Chacón -cuya mayor capacidad de expresión son sus pucheros-, para así convertirlo en una fuerza residual, sin la menor posibilidad de volver a gobernar. Y la mayoría absolutísima del PP -también en las autonomías y ayuntamientos- ha dado lugar a una especie de fatalismo entre la población, y de parálisis en consecuencia: harán lo que quieran, nadie les podrá coartar ni discutir ni poner condiciones a cambio de apoyo, porque esta vez no precisan de ningún apoyo, se bastan y se sobran con sus escaños, no han de tener en cuenta a nadie. Quizá por eso no se rechista ni se les reprocha apenas que hayan subido los impuestos a toda velocidad -más a las clases medias que a las grandes fortunas- tras jurar que eso nunca lo harían, sino si acaso bajarlos; ni que hayan congelado el salario mínimo, y el de los funcionarios, y hayan reducido las pensiones (incrementarlas un 1% es reducirlas, dado el aumento superior del coste de la vida o IPC); ni que ya no prometan la creación masiva de empleo, ni que no digan palabra sobre la situación de una de sus Comunidades emblemáticas, la Valenciana, que amenaza precipitada ruina tras lustros de control del PP y fastos ridículos y corrupción endémica y destrucción del litoral.

Pero tal vez haya algo más para explicar este extraño enmudecimiento general. Hasta cierto punto, parece una réplica del Presidente del Gobierno Rajoy. Personalmente, siempre me ha parecido un cabeza hueca, y así lo he manifestado en alguna ocasión: un hombre sin ideas y desde luego sin ímpetu, sin capacidad para entusiasmar a la gente, ni siquiera para crearle ilusión o esperanzarla. Eso no quita para que, consciente de sus limitaciones, pueda poseer cierta astucia. La astucia clásica de las personas sin ideas consiste en hacerse la esfinge: permanecen calladas mientras los demás parlotean, se muestran enigmáticas e inescrutables, consiguen que los otros se mantengan a la expectativa de sus escasos pronunciamientos, a los que se acaba por dar valor sólo por eso, por su escasez. Siento decirlo -y con ello no insinúo en modo alguno que la política de Rajoy vaya a tener nada que ver con la de un dictador-, pero la actitud que hasta ahora está adoptando me recuerda, de lo que yo he conocido, más a la de Franco que a la de ningún otro gobernante posterior. Los jóvenes lo ignoran y los maduros lo van olvidando, pero aquel aciago individuo era así: hermético, imperturbable, cazurro, frío, taimado. Sólo hablaba en discursos memorizados, rutinarios, hueros. Lanzaba a sus ministros por delante, los hacía quemarse, los nombraba o destituía sin dignarse comunicárselo (eran famosas las visitas de un motorista con la notificación del cese). Y, por supuesto, jamás se rebajaba a dar explicaciones a nadie, y menos que a nadie a la prensa y a los ciudadanos, que eran meros sojuzgados. Rajoy -quién si no- ha tomado ya unas cuantas medidas duras y ha incumplido no pocas de las promesas de su larguísima campaña electoral. Él, sin embargo, anda desaparecido, no ha dicho “esta boca es mía” y se lo ha dejado todo a sus subordinados, como si nada fuera con él. Se está haciendo la esfinge asiria (éstas eran barbadas, a diferencia de las egipcias y griegas). Por culpa de Oscar Wilde, a la palabra “esfinge” le sigue a menudo la expresión “sin secreto”, casi sin querer. Lo que es más infrecuente es que se recuerde el significado original del término griego, que carece de traducción inequívoca. Según algunos, quiere decir “agarrador” o “anudador”. Según otros, “exprimidor”, o incluso “estrangulador”. En cualquiera de los casos, mejor no recurrir a la etimología, ¿verdad?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de enero de 2012

Nuevo libro de Javier Marías. LECCIÓN PASADA DE MODA. LETRAS DE LENGUA

LECCIÓN PASADA DE MODA
LETRAS DE LENGUA

JAVIER MARÍAS

Edición y prólogo de Alexis Grohmann
 
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores
Barcelona
Primera edición: enero de 2012

El medio centenar de textos que compone el presente volumen (cuarenta y nueve, seamos exactos) fueron publicados por vez primera en periódicos, en forma de columnas semanales en todos los casos salvo cuatro. Es precisamente como se ha ido gestando y ha ido adquiriendo relieve este libro, porque a lo largo de los años se ha perfilado muy claramente la preocupación de Javier Marías por el idioma español, tanto el escrito como el hablado; y llegó el momento cuando pareció preciso reunir estos textos en un libro que permitiera no sólo dibujarse con nitidez esa inquietud por el empleo del castellano contemporáneo sino, asimismo y sobre todo, contribuir a orientar a los hablantes del español y salirles del nuevo al paso a todos quienes lo están maltratando y menoscabando.

ALEXIS GROHMANN
 

 

 

 

LA ZONA FANTASMA. 15 de enero de 2012. Quién quiere reputación

Hablaba el pasado domingo del peligro de los finales aspaventosos, de cómo éstos -se los busquen los individuos o no- tienden a quedar como lo más verdadero de toda una vida, como lo configurador y definitorio e inamovible, a la manera en que lo hacen los desenlaces de las novelas, los cuentos, las películas y los dramas. De cómo lo que se recuerda de los seres reales se asemeja, más de lo razonable, a los destinos de los personajes de ficción que perduran en nuestra memoria. Las tempranas muertes de Kurt Cobain o Amy Winehouse los caracterizarán ya para siempre tanto como a Romeo y Julieta su tonto sino trágico, y que Elvis Presley muriera como murió -en el cuarto de baño y con vómitos, al parecer- condicionará tanto el conjunto de su figura como estará condicionada la de Madame Bovary por el veneno que ingirió y le provocó una muerte atroz, grabada en la mente de todo lector de Flaubert. En las creaciones literarias o cinematográficas -en las narrativas-, los hechos están abocados a ser los mismos durante toda la eternidad, es decir, mientras haya lectores y espectadores: Don Quijote y Macbeth murieron como murieron y no hay vuelta de hoja; no habrá nunca duda de quién fue el hombre que mató a Liberty Valance; nadie podrá alterar la última palabra del ciudadano Kane, que fue y será “Rosebud” sin remisión.

Ciudadano Kane

Solemos creer que las vidas reales no están tan atadas ni determinadas, que casi todo tiene remedio o mentís o enmienda o rectificación, fingiendo ignorar que nuestro término puede encontrarse a la vuelta de cualquier esquina y que puede ser -mala suerte- lo bastante dramático o espectacular para borrar o teñir cuanto hicimos antes, a veces con esfuerzo y dedicación. Pero, si aceptamos que el resumen de nuestras existencias será siempre breve -como corresponde a la palabra “resumen”- y destacará unos pocos elementos -los más llamativos o fáciles de recordar, no por fuerza los más dignos-, deberíamos llevar cuidado no sólo con nuestro final, que a menudo nos es imposible prever y controlar, no digamos escenificar, y detrás del cual no viene nada ni hay más oportunidades, sino con casi cualquier hecho escandaloso o chillón, porque puede acabar siendo lo único a lo que se nos asocie, mientras se guarde memoria de nosotros, claro está.

En este sentido resulta asombroso que tantos sujetos se arriesguen tanto. Nada de lo que hiciera o haga en el futuro Roldán, aquel director de la Guardia Civil, contará lo más mínimo al lado de su robo monumental, será esto lo que aparezca al instante unido a su nombre. Es probable que, con ser mucho menos grave, e independientemente de su condena o exoneración, a Camps lo persigan sus trajes hasta la tumba y más allá, como a Strauss-Kahn su camarera africana, si es que alguien se acuerda de esos dos más allá. Nixon tuvo una larguísima trayectoria política, pero su perjurio en el caso Watergate (un asunto en verdad nimio a la luz de tanto espionaje impune como ha venido después) es lo único que acude a la cabeza de la gente al oír o leer su apellido. Hay baldones y manchas que se extienden de tal manera que oscurecen, cubren, barren, aniquilan todo lo demás. Una persona puede haber realizado grandes obras y haber sido benefactor de la humanidad, que todo eso quedará tapado por una sola falta o tacha de envergadura; todo eso no contará y será como si no hubiera existido. ¿Injusto? Sin duda, con frecuencia. Pero así es como va el mundo, del que jamás se ha dicho que fuera justo.

¿Cómo es, pues, que alguien como Urdangarin, yerno del Rey -por mencionar un caso conspicuo, pero en España hay incontables más-, se haya arriesgado así, independientemente de que a la postre salga absuelto de cuanto se le imputa? A efectos de lo que hablo, poco importará que se lo declare inocente o culpable. Dado que no es un personaje “dinámico”, cuyos logros profesionales estén a la vista de todos y vayan a continuar (no es un deportista en activo, un Nadal cuyos futuros triunfos pudieran difuminar o disipar la mácula; ni un actor, o un escritor), su figura estática, mera comparsa de un símbolo, quedará, como mariposa, para siempre prendida con el alfiler del escándalo al que ahora da nombre, y en su biografía no habrá más para el común de las gentes, esto es, para la siempre despiadada y superficial memoria colectiva.

Se me ocurren sólo dos explicaciones, para correr tanto riesgo. Una es la conciencia que vamos teniendo de lo que acabo de exponer: si uno puede ser intachable a lo largo de su vida, y eso no va a contar ante el primer desliz llamativo o ante un final desdichado y espectacular del que acaso ni seamos responsables, ¿para qué tomarse molestias, para qué portarse bien si eso no nos asegura un relato póstumo satisfactorio? (Y además la calumnia acecha siempre.) La otra es la más probable, en mi opinión: a demasiada gente ha dejado de preocuparle cómo será recordada -lo que se llamaba su “buen nombre”-. Le trae sin cuidado lo que se piense o diga de ella, más aún cuando esté muerta. Eso es una bagatela en comparación con los beneficios obtenibles en vida. Cuando se habla de la falta de escrúpulos actual, o de moral, o de ética, no suele traerse a colación el siguiente factor que las propicia: estamos asistiendo al desprestigio y desaparición de algo que tuvo fuerza y frenó y disuadió de tantas conductas, al menos desde que se escribe la historia y hay registro de los hechos. Estamos asistiendo al fin de lo que acostumbraba a llamarse “la reputación”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de enero de 2012

UNED: Tesis doctoral sobre la obra periodística de Javier Marías

Recoge más de un millar de colaboraciones del autor de Todas las almas, Corazón tan blanco o Tu rostro mañana

La UNED ha publicado una tesis doctoral que estudia el conjunto de artículos que Javier Marías publicó en prensa desde sus inicios como escritor hasta el año 2008, fecha de su ingreso en la Real Academia Española. El trabajo, titulado Las colaboraciones de Javier Marías en la prensa. Opinión y creación, reflexiona sobre las relaciones que existen entre la creación literaria y la escritura periodística.

La investigación ha sido dirigida por la catedrática Ana María Freire López -especialista en la literatura española de los siglos XIX y XX- y realizada por Pablo Núñez Díaz, profesor de literatura y coordinador de Extensión Universitaria del Centro Asociado de la UNED en Asturias.

El primer texto de Javier Marías aparecido en prensa es el relato «La vida y la muerte de Marcelino Iturriaga», en el periódico barcelonés El Noticiero Universal el 19 de abril de 1968. En realidad lo había escrito en 1966, cuando sólo tenía catorce años. Su primer artículo periodístico lo publica en 1976 en la revista dominical del Diario de Barcelona. Se titula «El terreno sin confines», y en él reseña dos libros de historia de Steven Runciman (Historia de las Cruzadas y La caída de Constantinopla).

La mayor parte de las colaboraciones de Javier Marías en la prensa son artículos de opinión aparecidas en El Semanal, El País Semanal y el diario El País. Abordan asuntos relacionados con la política, la sociedad y cuestiones literarias. En total, hasta 2008 había publicado 1.158 colaboraciones en 86 periódicos o revistas, recogidas en su mayoría en una quincena de libros recopilatorios.

La lectura y defensa de esta tesis se llevó a cabo en la Facultad de Filología de la UNED ante un tribunal presidido por José Romera Castillo (UNED) e integrado por Francisco Gutiérrez Carbajo (UNED), Enrique Rubio Cremades (Universidad de Alicante), Ángeles Ezama Gil (Universidad de Zaragoza) y Pilar Vega Rodríguez (Universidad Complutense de Madrid). La calificación fue de sobresaliente cum laude por unanimidad.

Las colaboraciones de Javier Marías en la prensa. Opinión y creación, que supera las 400 páginas, se ha publicado como libro electrónico.

JOSÉ ANTONIO SIERRA

Xornal de Galicia, 11 de enero de 2012

 

 

Spain’s literary giants are lost in English translation

Three cheers for Javier Marías for making it into Penguin Modern Classics: the first Spanish writer to do so since Federico García Lorca. Isn’t it about time the English-speaking world woke up to the Spanish literature of the last 75 years?

An indisputable criterion of success for any novelist is when Penguin Modern Classics signs up your backlist, especially when it’s for a five-figure sum. Which is what has happened to Javier Marías. The 60-year-old Spanish writer, whose latest title, The Infatuations (Los enamoramientos), will be published in English in early 2013, joins an exclusive group of Spanish writers in Penguin’s catalogue: Cervantes, Quevedo, Jacinto Benavente, and Lorca.

Yes, that’s it. Four writers: the first two of whom died in the 17th century, the next in 1954; although he stopped writing long before that. For Penguin, and most US and UKpublishers, it seems that, until now, Spanish literature ended with the murder of Federico García Lorca in 1936.

But did literature inSpainreally cease with the outbreak of civil war and the ensuing four decades of military rule?

The impact of the Spanish Civil War on Spanish literature was devastating. When the military launched its botched coup in July of 1936, the country was enjoying a literary flowering unseen since the 17th century. Most of the main writers of the three major generations — 1898, 1914, and 1927 —were still at the height of their powers, and figures like Miguel de Unamuno, Antonio Machado, and Federico García Lorca, among others, were internationally celebrated. But within three years, by the war’s end in 1939, most writers had either gone into exile, or were dead.

The writers who emerged in the years after the destruction of the Civil War lived in a climate of fear engendered by the arrest and disappearance of tens of thousands of men and women with Republican sympathies. Fortunately many of them were brave enough to write about a society crippled by inequality and mired in petty corruption ruled over by the unholy alliance of the military, the Roman Catholic Church, the landed gentry, and the petty bourgeoisie.

Some writers from this period have made it into English: Nobel Prize winner Camilo José Cela’s The Family of Pascual Duarte, Carmen Laforet’s Nada, Rafael Sánchez Ferlosio’s El Jarama, but many, many more, have not, and notable among them Miguel Delibes.

As regular readers of Iberosphere will remember, we published an obituary of Delibes when he died in March 2010. While writing his death notice I looked for his titles available in English, and to my surprise, and disappointment, discovered that only one of his more than 50 titles, many of them best-sellers throughout the Spanish-speaking world and high-school texts, had been translated —The Heretic, his last novel.

At this point I should declare an interest. I approached Penguin last year with a proposal to translate three of Miguel Delibes’ novels for inclusion in their Modern Classics collection: his so-called rural trilogy, made up of El camino, Los santos inocentes, and Las ratas.

But the people at Penguin hadn’t heard of Miguel Delibes, as I would guess that they hadn’t heard of many other modern Spanish writers.

Would it be too much to hope that the inclusion of Marías’s backlist in the Modern Classics collection might prompt Penguin to think about including a few of his more recent predecessors, and in so doing, provide a better representation of the literary output of Spain over the last 75 years?

NICK LYNE

Iberosphere, January 11, 2012

LA ZONA FANTASMA. 8 de enero de 2012. El horror narrativo

Ahora que empieza un nuevo año, y además con un nuevo Gobierno que ni se ha estrenado, quizá no esté de más recordar la volatilidad y fragilidad de nuestras acciones y la desmesurada importancia de los finales. En mi novela Tu rostro mañana el personaje principal hablaba de eso, y lo calificaba de “horror narrativo” o de “repugnancia narrativa”, si no me equivoco, y se lo atribuía sobre todo a aquellos personajes públicos que tienen demasiada conciencia de serlo y que se preocupan por el conjunto de su historia y el acabamiento de su figura, por cómo lucirán una vez que su retrato esté completado (ninguno lo está hasta la muerte, y a veces incluso varía póstumamente, por ejemplo cuando se descubren secretos que en vida se lograron mantener a buen recaudo). Esos individuos son conscientes de que cuanto hagan y consigan a lo largo de su existencia, sus méritos, hazañas o servicios prestados, pueden quedar eclipsados e injustamente olvidados no ya por una felonía o desliz cometidos a última hora -que por supuesto-, sino por un final excesivamente espectacular, del cual acaso ellos no tengan ninguna culpa, sino sean meras víctimas. En aquella novela se hablaba también del “complejo Kennedy-Mansfield” para denominar ese temor. Poco importa lo que llevara a cabo el Presidente John F. Kennedy durante su breve mandato ni con anterioridad; poco las ilusiones y expectativas que despertó: su asesinato fue tan chillón que, por así decir, es lo primero que se asocia con su persona y tiñe o borra lo demás. A Kennedy se lo cargaron en Dallas, eso es lo único que, al cabo de tantos años (pero desde hace ya muchos), permanece en la memoria colectiva de la gente. Se podría afirmar que su biografía ha quedado reducida a su ultimísima escena a causa de lo llamativo de ésta. Sobre el caso de Jayne Mansfield (incomparablemente menos famosa y recordada ya sólo por mitómanos como yo), hay una larga explicación en esa novela, no toca repetirla aquí.

Son incontables más, desde luego, los afectados por ese “horror”. John Lennon, por mucho Beatle que fuera y aunque sea considerado un gurú por una multitud, es vinculado al instante con su asesinato a manos de un enfermizo fan, es lo que prevalece. A quienes aún recuerdan al actor James Dean su nombre les trae a la memoria, antes que sus pocas películas, el hecho de que muriera muy joven en accidente de coche, y algo parecido sucede con Marilyn Monroe, que dispuso de más tiempo y más películas: éstas no están olvidadas en absoluto, y su historia y sus vicisitudes son rememoradas y reconstruidas sin cesar, pero todo lo preside su suicidio, que no pocos han querido convertir en asesinato, para darle aún mayores misterio, dramatismo y relieve. La cosa se remonta más lejos: para el aficionado a la poesía, es imposible que Keats, Shelley y Byron no vayan unidos al conocimiento de sus prematuras muertes (sobre todo las de los primeros), y junto al apellido Rimbaud aparece en el acto la noción de sus precoces desdén y abandono de la literatura, su desaparición, y su oscura conversión en traficante de armas y seguramente de esclavos, es decir, en personaje novelesco, con apariencia de ficticio. Y el nombre de Larra invoca como un relámpago su pistoletazo a los veintisiete años. Hasta Jesucristo es indisociable de su final aparatoso, de su ejecución en la cruz. Es más, en su caso, de no haber muerto de forma violenta y temprana e injusta, no habría adquirido la trascendencia que tiene, ni siquiera sería una deidad; por mucho que se relaten y repitan sus dichos y hechos, lo fundamental es su manera de morir, su conclusión. Y otro tanto ocurre con quienes no fueron víctimas sino verdugos. Los libros del filósofo Althusser están tiznados por el hecho de que estranguló a su mujer; “tiznados” significa difuminados, ensombrecidos por su crimen. Y del novelista Céline no cabe articular tres frases sin que salgan a relucir su odio visceral a los judíos y su colaboración con los nazis.

Quienes no son personajes públicos también van construyendo, con mayor o menor deliberación, sus vidas como un posible relato, aunque éste vaya a ser sólo de consumo doméstico o circulación familiar. Quien más quien menos obra a veces -no siempre, claro está- de una u otra manera con el siguiente pensamiento en la mente: “De mí no se podrá decir … tal o cual cosa”, lo que quiera que nos horrorice que de nosotros pudiera decirse. Y sin embargo toda esa meticulosa construcción más o menos consciente de la propia historia o de la propia figura, así como los logros y merecimientos, pueden quedar arrasados por una sola desgracia o un solo oprobio de los que no tenemos ni que ser responsables, como no lo fueron Lennon ni Kennedy de sus asesinatos espectaculares, Jayne Mansfield o James Dean de sus truculentos accidentes automovilísticos. En realidad ni siquiera hace falta que el hecho determinante de la vida de alguien tenga lugar al final, aunque sin duda lo sea más -por irreversible y definitivo- si coincide con el término de esa vida y la clausura. Ya lo señaló Ferlosio hace muchos años: en las narraciones lo último se aparece siempre como lo verdadero. Y yo aún diría más y peor: como lo configurador. Pero de por qué puede venir a cuento todo esto en la actualidad, habrá que hablar quizá en otra ocasión.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de enero de 2012

El invisible amigo del sable

Desde que hace once años heredé el legendario y semiimaginario Reino de Redonda no son pocas las personas que han pasado a formar parte de mi vida sin presencia física alguna, o, dicho de otra manera, sin aportar un solo recuerdo material o real. Algunas de ellas, además, serán así ya para siempre, porque han muerto sin que nunca llegáramos a estar frente a frente, a vernos el rostro. Nos cruzamos tan sólo unas cuantas cartas, y por supuesto leí lo que habían escrito para ser publicado, y he visto —aún veo— sus fotografías.

Fue el caso del magnífico historiador del arte Francis Haskell, quien al poco de ser nombrado “Duke of Sommariva” del Reino, me escribió disculpándose con inverosímil delicadeza por haber aceptado el título sin saber que iba a disfrutarlo durante muy escaso tiempo: acababan de diagnosticarle una enfermedad incurable, lo cual, sin embargo, no hacía menguar su contento por pertenecer a una “aristocracia intelectual” ideada hacia 1945 por dos escritores extravagantes y oscuros, que dejaron a la posteridad más vidas singulares y dificultosas que una obra en verdad memorable. Fue también el caso del gran W. G. Sebald, quien en seguida me pidió que me olvidara del significado de sus iniciales y que lo llamara Max, y a quien en seguida atrajo la leyenda redondina. Estaba dispuesto, me escribió en una carta, a ocupar cualquier cargo “humilde”, por ejemplo el de “guardián de los dominios menores”, pero sus extraordinarios libros lo hicieron acreedor al título de “Duke of Vértigo”. Cuando murió inesperadamente, me enteré por un fax enviado por un librero de Londres, John de Falbe, que es el Real Librero de Redonda en el Reino Unido, y que por tanto se refirió a él por su “ducado”: “Stop-press”, rezaba: “Vértigo killed in car crash”, o, lo que es lo mismo: “De última hora: Vértigo muerto en accidente de coche”. Un íntimo amigo suyo desde la infancia, el pintor Jan Peter Tripp, me hizo llegar más tarde lo que podríamos llamar la “colilla” de uno de los lápices (al parecer los gastaba hasta casi consumirlos), que ahora guardo junto a sus libros: lo único material del hombre que nunca se materializó ante mi vista. Cada vez que veo en casa esa “colilla” de lápiz que sostendrían tantas veces sus dedos vivos, me viene indefectiblemente a la memoria —una asociación caprichosa— la empuñadura de sable que salió de la tumba de la que habló Claudio Magris en una de sus primeras obras, por la que siempre he tenido especial debilidad, Conjeturas sobre un sable. Fue cuando tres oficiales alemanes se presentaron en Villa Santina, en la región friulana de Carnia, en los años cincuenta, y exhumaron el cadáver de un soldado cosaco para llevárselo a otro cementerio: tal vez el del General Krasnov, que hacia el final de la Segunda Guerra Mundial había luchado en la zona, empleado y manipulado por los nazis, en la confianza de ver nacer allí, en esa fronteriza y montañosa parte del noreste extremo de Italia, una improbable y anacrónica Kosakenland o patria cosaca, esto es, un territorio no menos imaginario que el de Redonda, aunque se corresponda con éste una isla deshabitada de las Antillas. “Una empuñadura”, escribe Magris, “… que parece sugerir soledad, promesa de gloria y sello de vanidad, breve ilusión de seguridad y apoyo para la mano que la aferra y cree sentirse menos sola en el fluctuar de la cosas”. Acaso también mi mano se sienta así, menos sola, cuando empuño la “colilla” del lápiz de Sebald.


Cada vez que se otorga el Premio Reino de Redonda y a mí me toca escribir al ganador, explicarle la historia y preguntarle si tiene a bien aceptarlo, me recorre un temor a que el galardonado anual me tome por loco. No resulta fácil condensar en pocas palabras la leyenda de Redonda y de sus más bien malogrados reyes, la creación de su “nobleza literaria” y su actual pervivencia. Siempre tengo miedo de que el distinguido escritor o cineasta al que me dirijo arroje mi carta o mi fax a la papelera con un pensamiento displicente y breve: “Panda de lunáticos” o algo por el estilo. Es sin duda deseable —quizá necesario— que el premiado tenga sentido del humor y cierto gusto por los juegos estrafalarios. Cuando, en 2003, los “Dukes” del Reino decidieron otorgar el Premio que yo me limito a organizar y financiar a Claudio Magris, le escribí con el habitual temor y el debido respeto. Por lo que había leído de él, pensaba que una historia así no le parecería desdeñable, tantas son la comprensión y la simpatía que ha mostrado en su obra por personajes reales —convertidos por él en literarios— que se han desenvuelto mal en la vida, o que no han sabido medir sus capacidades o sus ambiciones, o en los que se ha cebado la desgracia, o que han salido perdiendo en las empresas que han acometido, o que han albergado la ilusión de ser más grandes de lo que eran: personajes, sin ir más lejos, como el propio Atamán Krasnov, el cosaco que pasó el penúltimo tramo de su ajetreada vida recorriendo y asolando el Friuli, bien lejos de sus orígenes. Pero, al mismo tiempo, Claudio Magris transmite una imagen de gran rectitud moral, la cual va acompañada demasiadas veces de una excesiva seriedad, por lo que asimismo temía que esa dinastía excéntrica de reyes nunca reinantes y literarios le pareciese una frivolidad excesiva.

Magris, sin embargo, no sólo aceptó de buen grado y divertido el Premio, sino que eligió, probablemente, el título más humorístico de la historia entera de Redonda, “Duke of Segunda Mano”. Desde entonces ha pasado a ser otra más de esas presencias exclusivamente epistolares*, aunque yo conozca bien su rostro aún juvenil y algo ingenuo, por las numerosas fotografías, y desde luego su obra admirable. Es la persona más atenta y amable que se pueda imaginar, porque jamás deja de contestar a ninguna nota o envío de libro, incluso cuando contestar no hace falta. Lo hace además a mano, aunque, eso sí, con una letra tan difícil de desentrañar que cada tarjeta suya es para mí como —de nuevo— la aparición de una misteriosa empuñadura de sable a la que, al faltarle la hoja, le falta también su historia. Como nos escribimos en italiano, y es esa una lengua en la que me manejo con osadía pero que jamás he estudiado —la aprendí “por deducción” durante unos años en los que parte de mi vida transcurrió en Venecia, no lejos del Trieste en que habita Magris—, a veces le he pedido a una amiga veneciana que me “transcriba” lo escrito por el autor del Danubio, porque lo que no soportaría es quedarme sin saber lo que en cada ocasión me dice, o que no apareciera la hoja del sable. En esas cartas, por fortuna, está a la altura del autor que se adivina en sus libros: generoso, agudo, pausado, sereno, curioso, con un sentido del humor muy fino. Lleno de comprensión y de afecto, y sin eso que es casi imposible no encontrar en los escritores españoles (y me incluyo): malicia, por no decir algo peor.


Todavía no nos hemos conocido personalmente, pero tengo la sensación, muy grata, de que eso poco importa. Hoy en día, con tantos viajes, con tantos “encuentros” entre escritores y “festivales literarios” a los que casi nunca acudo, parece extraño que pueda darse una amistad sin que los amigos se hayan visto la cara ni hayan compartido una conversación. No siempre fue así: antiguamente las personas solían estarse en su sitio, y se carteaban. Y era mucho más frecuente la existencia de “amigos invisibles”, que no por no verse eran amigos de una calidad inferior. Es más, esas amistades lejanas y lentas no están expuestas a vaivenes ni desgastes ni roces, y por ellas pasa el tiempo como debe pasar para los individuos, según las propias palabras de Magris: “… mientras que para un individuo doce años pasan como la espera bajo una marquesina, cuando se ha perdido un enlace de trenes y se aguarda allí sentado al siguiente sin perder de vista las maletas, para la historia una docena de años es una época, llena de grandes avatares y mutaciones decisivas…” Si un día por fin nos encontramos, para mí será un honor y un placer seguro. Pero no es necesario. No, por supuesto, para mi admiración literaria. Para mi estima personal, tampoco. Y al fin y al cabo, si se me apura, quizá esto sea lo más adecuado en el territorio que nos ha acercado: una isla que ni él ni yo hemos visto nunca, habitada sólo por alcatraces y cabras y serpientes y ratas, y por los fantasmas de los contrabandistas que en los siglos XVII y XVIII se refugiaban en ella aprovechando que era de difícil acceso para los barcos. Su fama en las Antillas, se cuenta, es equivalente a la que en Europa tiene Tansilvania: el de un lugar algo espectral, acaso poblado por monstruos y seres fantásticos. Tan fantásticos como un Atamán cosaco de frondoso bigote blanco, con sable, que cabalgó hasta consumirse y yacer durante doce años en una tumba sin lápida, quizá sólo en la imaginación de los hombres, muy cerca de donde vive Magris. Que él siga viviendo ahí largos años individuales, o hasta las eternidades de Redonda y de Trieste, mejor dicho.

JAVIER MARÍAS

Turia, n.100, noviembre de 2011-febrero de 2012

[*Este artículo se escribió en 2008 cuando JM y CM no se conocían personalmente, acontecimiento que tuvo lugar en enero de 2011, en la entrega del Premio Nonino a JM y a la que pertenecen estas fotos]

Todo haz tiene su envés

En un escritor de tan acusada personalidad literaria, forjada en una amplia y dilatada trayectoria, como es el caso de Javier Marías, en cualquier nueva obra afloran de inmediato algunos de los rasgos -axiales o no- que constitu­yen su singular mundo narrativo. Y así sucede en su última novela, Los enamoramientos, donde ya en las primeras líneas conocemos el hecho que desencadenará la intriga -el ase­sinato del empresario Miguel Des­vern o Deverne-, reaparecen perso­najes de anteriores novelas -en la escena cómica protagonizada por el profesor Rico o en el papel que jue­ga el impar Ruibérriz de Torres-, se ausculta y examina críticamente ciertos modos y conductas que reve­lan una mentalidad social, a veces contrastando pasado y presente -y en correlación con las crónicas sema­nales del Javier Marías articulista-, se introducen elementos autobiográ­ficos -básicamente trasladados al personaje de Javier Díaz-Varela- y digresiones de sesgo metaficcional que, sobre todo las referidas al acto de contar, propician reflexiones de sumo interés, además de hallarse también ironías y pullas en torno a ciertas maneras o modalidades de escritura y el retrato caricaturesco de un par de escritores que viene a ser contrahechura de modelos rea­les. Y desde luego, se reconoce el lenguaje del autor, aunque la novela esté narrada por una mujer, María Dolz, perceptible igualmente en otros personajes, como Luisa, «con no escaso vocabulario y con verbos que en el habla general son infre­cuentes» y Javier Díaz-Varela «y su sintaxis de encadenamientos a me­nudo arbitrarios». Y está asimismo el tema medular de la obra de Javier Marías, la indagación sobre el Tiem­po: el modo de sentirlo y su pasar e incidencia en nuestras vidas -en qué es capaz de convertirnos-, sus infini­tas ramificaciones o sus formas -la espera, el azar-, su carácter poliédri­co y su porosidad, los vínculos/alian­zas que establece con la vida y con la muerte y también con el amor, y que en su conjunto pautan la profunda dimensión existencial de la novela.

«Inverosímilmente logramos con­vencemos de nuestros azarosos enamoramientos», le dice Javier a María, pero «sólo somos lo que está disponi­ble, los restos, las sobras, los supervi­vientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos…». Estas líneas apuntan el te­ma central de una novela que indaga en el estado de enamoramiento y su naturaleza, en los factores que concu­rren en él y las estrategias que a él conducen o pueden forzarlo -el azar, un golpe de fortuna, una extraña transformación en la persona desea­da, la tarea del tiempo-. Pero tam­bién, al hilo de los sucesos, se agavi­llan otros temas no menos relevantes: la inconveniencia de que los muertos vuelvan, la impunidad de ciertos he­chos o la imposibilidad de saber nun­ca la verdad. Y en este punto es don­de Los enamoramientos, como novela, marca un punto de inflexión en la trayectoria del autor (y no tanto en tener a una mujer en el papel de na­rradora, que no tiene repercusión li­teraria alguna). Javier Marías confie­re ahora a la intriga un peso capital, no tanto para tenernos en vilo (que también, pues hay momentos de ex­trema tensión, cuando se revisan los hechos sucedidos y se analizan los po­sibles móviles atendiendo a los facto­res psicológicos y emocionales que entraron en juego) y sí para mostrar que todo haz tiene su envés, que la explicación de un acto puede contar con dos versiones, ambas impecables en su «verosimilitud». Al final de ese largo proceso -un verdadero y estre­mecedor asedio, modelo de pugilis­mo dialéctico- que ocupa la segunda mitad de una novela dividida al modo clásico en tres partes -equivalentes al planteamiento, nudo y ¿desenlace?- y un epílogo, tiene lugar una meditación de índole moral, cuando María Dolz, pasado cierto tiempo, ya había entra­do en un «proceso de atenuación» -indiferencia, olvido- y se reencuen­tra con Javier Díaz-Varela y la viuda de Miguel y se olvida de sus antiguas sos­pechas y propósitos y renuncia a dela­tar, convencida de que «No está de más que algunos hechos civiles, si es que no la mayoría, se queden sin re­gistrar, ignorados, como es la norma».

ANA RODRÍGUEZ FISCHER

Turia, n. 100, noviembre de 2011-febrero de 2012

Los enamoramientos, nuestro libro de 2011

Nuestros libros de 2011. Ficción

1. Solar (Anagrama/Empúries) de Ian McEwan.
2. El mapa y el territorio (Anagrama/Empúries) de Michel Houellebecq.
3. Libertad (Salamandra/Columna) de Jonathan Franzen.
4. Los enamoramientos (Alfaguara) de Javier Marías.
5. Némesis (Mondadori/La Magrana) de Philip Roth.
6. Ejército enemigo (Mondadori) de Alberto Olmos.
7. En busca de April (Alfaguara/Bromera) de Benjamin Black.
8. X (Blackie Books) de Percival Everett.
9. Caligrafía de los sueños (Lumen) de Juan Marsé.
10. Un momento de descanso (Tusquets) de Antonio Orejudo.

(En esta votación han participado, por orden alfabético, Jorge de Cominges, Antonio G. Iturbe, Milo J. Krmpotic’, Antonio Lozano y Begoña Piña)

Qué leer, enero de 2012

Lo mejor de 2011. Ficción

4. Los enamoramientos. Javier Marías

Sin llegar a convertirse en una obsesión, pero casi, cada mañana María Dolz iba a desayunar a una cafetería y contemplaba, en la distancia, a una pareja feliz. Como en el poema, “se querían”. Necesitaba verlos para empezar su trabajo en una editorial, para enfrentarse bienhumorada a la vanidad de sus autores y su director. Pero el hombre es asesinado, ella traba amistad con la viuda, y “lo que comienza como un crimen más va transformándose gradualmente”. Tras años de vacilaciones, “una novela excelente, digna de figurar entre las mejores de su autor”, según Ángel Basanta.

Las votaciones de los críticos

El Cultural, 30 de diciembre de 2011

Los enamoramientos, mejor libro del año en literatura castellana

1. Los enamoramientos, de Javier Marías

2. Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé

3. El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez

El Periódico

1. Jo confesso, de Jaume Cabré

2. Libertad , de Jonathan Franzen

3. Los enamoramientos, de Javier Marías

[Han sido encuestados: 10 críticos literarios, 5 miembros de la redacción del diario, 22 columnistas y articulistas relacionados con el mundo de la cultura y 17 libreros que colaboran cada semana en la elaboración del ránking de libros... A cada uno de los encuestados se les pidió que seleccionasen hasta 10 títulos, a los que se les asignaban puntuaciones decrecientes de 10 a 1 puntos. Cabré ha obtenido 257 puntos, procedentes de 34 de los consultados; Franzen, 168 y Marías, 132.]

 La Vanguardia

Heraldo

Ara

The Millions

LA ZONA FANTASMA. 31 de diciembre de 2011. Superculpable

Aún no he leído El intelectual melancólico (Un panfleto), de Jordi Gracia. No por falta de interés, sino porque no lo veo en ningún sitio (debe de estar mal distribuido). Así que no puedo discrepar de él ni mostrar mi acuerdo. Sí he leído, sin embargo, numerosas glosas y comentarios sobre ese opúsculo, la mayoría subiéndose al carro, celebratorios. De las glosas no hay que fiarse: a menudo son erradas, tergiversadoras o interesadas, y el glosador destaca sólo lo que afianza sus propias tesis u opiniones. En lo que no mentirán es en algo comprobable: al parecer, en el panfleto de Gracia no se citan nombres, lo cual ha permitido que ninguno de los intelectuales melancólicos o catastrofistas objeto de sus críticas se haya dado por aludido. Yo, en cambio -insisto, al leer las reseñas y exégesis-, no he sido capaz de no darme. Y no sólo eso: el rapapolvo me ha hecho pensar, dudar, y preguntarme si no me he convertido en lo que se llama un cenizo.

Por lo visto, la arremetida del autor va contra quienes ven la época actual como un periodo de decadencia cercano al desastre, al menos en los campos de la educación y la cultura. Contra quienes entonan “jeremiadas” por cualquier minucia y no perciben las incontables bondades de nuestro tiempo, dan la espalda a las innovaciones tecnológicas y lamentan el arrumbamiento de saberes y costumbres del pasado. Ignoro si los acusa de pertenecer a la viejísima casta -la ha habido en todos los siglos- de quienes creen que todo tiempo pretérito fue mejor. Espero que no lo haga, porque la acusación también sería viejísima, y aún peor, anticuada.

Sea como sea, me siento desde luego culpable de ver estos años -lo he dicho y escrito un montón de veces- como especialmente imbéciles, lo cual, sin embargo, no acaba de hacer de mí un melancólico o nostálgico, no al menos de las décadas que he conocido. Cumplí mis veinte años en 1971, y a buen seguro no añoro el periodo de mi juventud, como le ocurre a mucha gente: los setenta, ya en su momento, me parecieron majaderos y plastas, y es más, en gran medida los considero responsables de mucha deriva necia contemporánea. Pero, como no quería quedarme atrás entonces, me temo que me sumergí de lleno en no pocas majaderías y contribuí a ellas, pese a mis reservas. Algo, creo yo, por lo demás comprensible en un veinteañero. Lo que no encuentro tan comprensible es el mismo empecinamiento en quienes ya son del todo adultos y no soportan no ser “modernos” permanentemente. Si hay un intelectual “melancólico”, también hay uno “cronológico”. Es el que, con sentido acrítico, abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, aunque eso lo lleve a contradecirse cada pocos años. Es aquel que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe. Es aquel que con fe ciega sostiene que lo mejor es por fuerza lo más reciente, sin darse cuenta de que el orden cronológico no tiene mucho que ver ni con el progreso -salvo en lo estrictamente científico y técnico- ni con el progresismo. Ese intelectual, de haber vivido en el XIX, habría defendido que el reinado de Fernando VII en España fue más avanzado y mejor que el de Carlos III, puesto que vino después en el tiempo. O que la Revolución Francesa fue un atraso, vista desde 1825. Esa figura, dicho sea de paso, coincide a menudo con otra que jamás ha faltado y a la que alguna vez he llamado el “adulajóvenes”: el hombre o mujer maduros o ancianos, con frecuencia patéticos, que no soportan sentirse anacrónicos -cuando a la mayoría nos toca sentirnos así, antes o después- y reniegan sin cesar de sus convicciones y aprecios para no quedar “desfasados”; y elogian abyectamente lo que los jóvenes de cada decenio promocionan o adoran, con independencia de que sea un avance o un retroceso, una genialidad o algo estúpido.

Claro que esta época posee elementos estimables, quién osaría negarlo. Pero percibo muchos otros que no pueden gustarme, y eso que -repito- yo no he vivido ninguna que juzgue de esplendor o “dorada”. Pero, qué quieren, no soy capaz de celebrar la mediocridad palmaria de los políticos ni su idiotez ilimitada, y éstos acaban por influir en todo; ni que la lengua hablada y escrita sea cada vez más pobre y confusa, una sopa boba, con esporádica colaboración de la RAE a la que pertenezco; que haya más información pero también más ignorancia, y además ufana; no puedo soportar la entronización de los tópicos, y me sale urticaria cada vez que oigo o leo estas expresiones: “lo alternativo”, “lo mestizo”, “lo coral”, “era de la información”, “ideología dominante”, “capitalismo tardío”, “dictadura de los mercados”. Me cuesta interesarme por novelas fascinadas con Internet y demás, para mí es como haberse fascinado en su día con la aviación o el teléfono, seguro que hubo obras dedicadas a exaltarlos que en el acto pasaron al baúl de los olvidos. No me alegra que, como me cuentan todos los profesores que conozco, sean del país que sean, la mayoría de estudiantes lleguen a la Universidad con un nivel cercano al del analfabetismo técnico. Ni que la cortesía y la discusión razonada hayan sido casi desterradas de la faz de España, y en cambio crezcan el puritanismo y el prohibicionismo. Y desde luego me sonrojo ante las argumentaciones imbéciles e inconsecuentes que abundan en las prensas y pantallas, en las ondas y el ciberespacio. En fin, me reconozco superculpable (no sé si de “melancolía”; de lo que se tercie). Lo he dicho en más de una ocasión: me siento un anacronismo, y es justo que así sea. Rebelarse contra ello es tarea interminable, de Sísifo. Y encima la veo ridícula, las más de las veces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de diciembre de 2011

Mientras tú te rizas ese mechón

En verdad hace tantos años que me disculparán cuando la memoria me falle. Acababa de cumplir veintitrés cuando Claudio Guillén, entonces flamante director de la colección Clásicos Alfaguara, me citó en una cafetería y me propuso traducir para él La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, que durante sus dos siglos y pico de existencia jamás se había podido leer en español. Con la inconsciencia de las edades tempranas, me apresuré a aceptar el encargo, para contento de Juan Benet, recuerdo, al que parecía escandaloso que nunca se hubiera traducido esa novela, y espanto de Vicente Molina Foix, que me vaticinó el más absoluto fracaso en el empeño y me auguró: “No sólo te dejarás la piel en el intento, sino el prestigio que hayas podido adquirir”. No es que gozara de mucho, francamente. Había publicado dos novelas precoces y me había atrevido a traducir un cuento de John Updike, ‘Museos y mujeres’, y el volumen de sombríos y maravillosos relatos de Thomas Hardy titulado El brazo marchito, en los que ya me había dejado unas cuantas capas de piel.

Pero Tristram Shandy era otra cosa: la edición de la Penguin English Library que yo había manejado como estudiante de Filología Inglesa sumaba casi 700 páginas de letra apretada, y la de 1792 que había en casa de mi padre, 822 repartidas en dos tomos. Su autor había nacido en 1713 (dentro de dos años se cumplirá su tricentenario) y había muerto en 1768, luego su inglés era naturalmente algo arcaico. Además de eso, Tristram Shandy se consideraba la novela más cervantina posterior al Quijote y el precedente más claro y directo del Ulises de Joyce: por la complejidad de su estructura y su excéntrica ambición, su carácter innovador e irrespetuoso, la dificultad de su lenguaje, sus endiablados juegos de palabras y su disparatada erudición, por sus atrevimientos sintácticos, tipográficos y de puntuación, por su incesante humor para muchos “intraducible”. No le faltaban motivos a Molina Foix para mostrarse agorero. La confianza de Benet contaba aquí poco: en realidad era un hombre optimista, despreocupado e irresponsable en lo que se refería a sus amigos. Siempre pensaba que saldríamos de todo con bien.

Al poco de contratar mi traducción, me marché a vivir a Barcelona, y fue allí donde, durante un par de años o quizá más, conviví a diario con Sterne y su Tristram Shandy, que en efecto me dejaron sin piel. Quiso el azar -o no fue el azar- que en el piso de arriba de donde yo vivía -un sexto- viviera, en el ático, Félix de Azúa, al cual le había encomendado Guillén, a su vez, la traducción de La religiosa, El sobrino de Rameau y Jacques el fatalista. En esta última obra Diderot había copiado casi literalmente algunos párrafos de Tristram Shandy, y Sterne, por su parte, había saqueado no poco (reconociéndolo casi siempre, eso sí) a Cervantes, Montaigne y Rabelais, de manera que Azúa recurría a veces a mi traducción en marcha y yo a su mejor conocimiento del francés, en busca de la exactitud de las fuentes. (Así como al Quijote sin intermediarios, claro está.)

Aparte de la traducción misma, escribí un millar de notas, algunas innecesarias, otras imprescindibles. Muchas, desde luego, las saqué de las ediciones británicas o americanas con que trabajaba (no tenía sentido ponerme a investigar lo que ya estaba investigado), pero otras habían de ser de mi cosecha por fuerza, así que me entró el vicio de la erudición y quise “mejorar” o completar las de los estudiosos anglosajones. Recuerdo mi enorme y absurda satisfacción cuando descubría las fechas de nacimiento y muerte de un oscuro cirujano francés mencionado en la novela, que se les habían escapado a mis predecesores, o datos que éstos desconocían sobre un aún más recóndito relojero suizo. Asomarme al abismo de enfermedad tan incontenible y de tan poca consecuencia me hizo jurarme que nunca entraría en la Universidad, lugar en el que es fácil acabar zampándose siete volúmenes para incluir un detalle que a nadie le importa, en una nota a pie de página que casi nadie se molestará en leer, o sólo para criticarla. Por la misma razón, la experiencia me vacunó también contra la tentación de escribir algún día una novela histórica, ese género al que hoy se entregan con alegría e Internet hasta quienes jamás han abierto un libro de Historia.

Pero la traducción de Tristram Shandy me sirvió sobre todo -además de para ganarme muy modestamente la vida durante aquellos años barceloneses- para aprender. El traductor no es sólo un lector privilegiado, como se dice a menudo. Es también un escritor privilegiado si lo que le toca es reescribir en su lengua una obra maestra. Si lo hace aceptablemente bien, habrá ejercitado su escritura con mucho mayor provecho que redactando “a ciegas” varias novelas inventadas por él. Con “a ciegas” quiero decir que esas creaciones suyas no tendrá con qué compararlas, mientras que su traducción deberá compararla continuamente con el original, lo cual le permitirá preguntarse: “¿He sabido hacer esto? ¿He logrado reproducir aquello? ¿He salido airoso de este desafío, de este enrevesamiento, de esta extrema dificultad? ¿He conseguido conservar la música, la agilidad, el donaire? De haber sabido Sterne español, ¿habría optado por lo que yo he optado? Y es más, ¿habría reconocido como aún suyo este texto, en una lengua en la que él habría sido incapaz no ya de escribirlo, sino de concebirlo?”

Por una de esas frecuentes casualidades del mundo editorial -sospechosamente frecuentes-, hubo dos traducciones más de Tristram Shandy en aquellos años setenta del pasado siglo, cuando, como he dicho, nunca se había podido leer en español desde su aparición por entregas entre 1760 y 1767. No soy quién para juzgar esas versiones; o sí, pero mi juicio parecería interesado y parcial. No me importó, en todo caso, porque mi experiencia y mi aprendizaje eran intransferibles. Vi desde dentro, literalmente desde su interior, cómo se hacía la novela “más libre” de todos los tiempos, según palabras de Nietzsche. Asistí a su creación y me encargué de su recreación. Vi cómo se podía suspender el tiempo una y otra vez, cómo se podían aplazar o diferir los acontecimientos, la historia, sin perder por ello interés; cómo era factible incorporar al lector al texto e interpelarlo, crearle la ilusión de intervenir cuando en realidad se lo estaba llevando de la nariz en mayor medida que en cualquier novela tradicional; cómo cabía ser grave y bromista al mismo tiempo, declaradamente imitador y profundamente original; cómo el ritmo de la prosa lo es casi todo a la hora de envolver y arrastrar al lector, la mayor lección junto con esta otra: hay que ser osado, pero no por serlo gratuitamente y para llamar la atención, sino porque siempre es uno quien manda en lo que escribe. Hay que andarse con cuidado, sin embargo, en la frecuentación de Tristram Shandy, porque ese libro hace al instante viejas cuantas obras se presentan hoy como voluntariosamente innovadoras o “rompedoras”. Demasiadas las envía al desván, nada más nacer.

Se reedita ahora aquella traducción mía abocada al fracaso, que finalmente salió en 1978, cuando acababa de cumplir veintisiete años. Al revisarla para corregir las erratas y omisiones que se colaron entonces y han persistido hasta hoy, se me aparece como una de esas tareas que uno no entiende cómo pudo llevar a cabo, del mismo o parecido modo que uno no entiende cómo, de niño, salvaba de un salto un enorme tramo de escaleras de mármol en el edificio de su colegio. Sin darse un batacazo y romperse la crisma, quiero decir. Pero también siento, de pronto, lo que el propio Sterne acertó a describir mejor que muchos: “No voy a discutir sobre esta cuestión: el Tiempo se desvanece con demasiada rapidez: cada letra que escribo me habla de la velocidad con que la vida sigue a mi pluma; sus días y sus horas [...] vuelan por encima de nuestras cabezas como nubes ligeras de un día ventoso, para nunca más volver; todo se precipita: mientras tú te rizas ese mechón, ¡mira!, se hace gris; y cada vez que te beso la mano para decirte adiós, y cada ausencia que sigue, son preludios de esa separación eterna que pronto habremos de padecer”. Ya me doy por contento con que, al cabo de treinta y tres años, cuando tantas nubes ligeras han volado por encima de nuestras cabezas, este texto que reescribí de joven aún encuentre lectores y no esté caduco, aún se pueda leer.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 30 de diciembre de 2011

Los libros de 2011

Enamoramientos, sagas familiares, críticas irónicas a la sociedad y al arte contemporáneo, violencia y narcotráfico, madres prostitutas, mundos imaginarios o la belleza y dureza nórdica forman parte de las historias de los mejores libros que ha dado el 2011.

Estos son diez de los libros más destacados publicados en 2011, según la agencia de noticias Efe:

-Libertad, de Jonathan Franzen. Considerada la gran novela norteamericana del siglo XXI, y a la que la revista Time dedicó su portada, es una grandísima narración, de casi mil paginas, en la que este mago de la ficción reconstruye la memoria de toda una generación, plena en contradicciones, que luchó sufrió las secuelas de la guerra del Vietnam, la invasión de Irak, y los atentados del 11 de septiembre.

-El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq. Novela con la que el polémico y rebelde escritor francés ganó el premio Goncourt y libro que ha obtenido las mejores críticas y ventas de este año. La narración es un látigo contra muchos de los mitos de la sociedad contemporánea, como el arte y las nuevas tecnologías e introduce un elemento muy innovador que es la creación de un personaje que es el propio escritor, Michel Houellebecq.

- 1Q84, de Haruki Murakami. Es una de las obras más ambiciosas del autor japonés y uno de los libros del año, en los que la escritura poética del autor vuelve sobre las atmósferas oníricas, tramas en la frontera de la realidad y el sueño y personajes aislados, en este caso situados en el Japón de 1984.

-Los enamoramientos, de Javier Marías. Uno de los principales libros de este año. En esta novela, que va a ser traducida a veinte lenguas, el escritor explora el lado oscuro de ese estado “tan deseable” que suele ser el enamoramiento, pero que también puede llevar a cometer los actos más atroces.

- El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, galardonada con el Premio Alfaguara 2011. En esta novela el escritor colombiano, que creció en Bogotá en medio de la violencia del narcotráfico, los toques de queda y los asesinatos de políticos, reflexiona sobre el miedo y sobre la ansiedad que se siente al vivir en una sociedad vulnerable y amenazada.

- El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron. El escritor argentino da el salto a la escena literaria internacional con esta novela, que ha sido contratada por ocho países, entre ellos Estados Unidos, Francia, Alemania y Gran Bretaña. En el libro, el más personal, Pron se remonta a la dictadura argentina (1976-1983) para rescatar episodios dolorosos del pasado de sus padres.

- Hammerstein o el tesón, de Hans Magnus Enzensberger. El escritor alemán, uno de los intelectuales europeos más influyentes, reflexiona en este libro, a caballo entre la novela y la biografía, sobre el nazismo, y lo hace a través de la figura del barón Kurt von Hammerstein, jefe del Alto Mando del Ejército alemán en el momento de la ascensión de Hitler al poder, encumbramiento al que se opuso en todo momento.

- El cielo a medio hacer, de Tomas Tranströmer. El poeta vivo más importante de Suecia recibió este año el premio Nobel de la Literatura, un galardón que ha redescubierto a uno de los poetas más emocionantes e intensos de hoy. En este libro, que es una antología de su poesía, muestra la naturaleza apasionante y dura, a partes iguales, del norte de Europa y la complejidad del ser humano con sus sueños.

- Purga, de Sofi Oksanen. Llegó a España este año cargada de expectación, puesto que fue la novela más elogiada de la Feria de Fráncfort de 2010. El libro narra las huellas que dejaron en Estonia los nazis y luego los comunistas soviéticos. Todo ello en medio de un thriller con la mafia de la explotación sexual por medio.

- Cuentos completos, de Guy de Maupassant. La publicación, por primera vez en España, de los Cuentos completos del francés Guy de Maupassant, traducidos y editados por Mauro Armiño, constituye una excelente ocasión para adentrarse en el universo narrativo de quien reflejó con maestría en sus relatos la sociedad de su época, desde los estratos más humildes hasta los salones de la alta sociedad.

CARMEN MENDOZA

Terra/EFE, 26 de diciembre de 2011

Planeta ellas

La Huella Digital

PATENTE DE CORSO. Copartícipes secretos

Un cigarrillo en la puerta de Lucio, al salir a la calle. Javier Marías lo enciende apenas pisa el umbral. En la Cava Baja de Madrid hace un frío del diablo. Hemos despachado una de nuestras habituales cenas después de la Academia, algunos jueves: tomate aliñado para dos, escalope Javier, solomillo poco hecho yo, algo de vino. Siempre en la mesa de la esquina, a la que de vez en cuando se acerca alguien a decir buenas noches. Lectores suyos, lectores míos. A menudo -nos sigue sorprendiendo- gente que nos lee a ambos. Hoy gano yo por dos a uno, pero otras noches gana él. A veces llevamos la cuenta sonriendo silenciosos y cómplices. Celebrando que puntúe el otro. Suena poco español, pero es cierto. Algunas amistades serían imposibles sin maneras de caballeros. A fin de cuentas, para eso sirven las reglas.

Raras veces hablamos de literatura. La gente cree que los escritores pasan el tiempo citando a Proust o contándose lo del último libro. Quizá haya gente así, pero no es nuestro caso. Como mucho, cambiamos algún cromo sobre aspectos técnicos del mercado, más que del oficio. Tal o cual agente, tal cifra de ventas, tal traductor o publicación en el extranjero. Muy prosaico, todo. Muy profesional. La mayor parte del tiempo nos ocupamos de lo que todos: el paisaje, la gente, la señora que pasa, el último telediario o periódico; que no siempre es el de la jornada, pues vivimos en nuestro mundo de la tecla y no siempre vamos al día.

Hoy, sin embargo, es charla inusual, pues acabamos conversando sobre autores y libros. Caminamos despacio en dirección a la Plaza Mayor, y entre dos chupadas al cigarrillo Javier recuerda que ya somos sexagenarios los dos, y pregunta si noto el estrago psicológico de la cifra. Respondo que no. Que me siento igual que con cincuenta y nueve. Bromeamos sobre ello y acabamos parados frente al mercado de San Miguel -segundo cigarrillo de Javier- comentando lo singular de compartir un creciente desinterés por los libros recién publicados -salvo naturales excepciones- y una mayor inclinación a la relectura de lo que dejamos hace mucho atrás. «Ahora es otro mundo -comenta Javier-. Otros autores y otros libros». Y yo estoy de acuerdo. No mejores ni peores, quizás. Simplemente otros. Como pedirle, tal vez, a Nabokov que leyera con interés a Javier Marías. O, forzando mucho el ejemplo y la categoría correspondiente, a Stephen Crane o a B. Traven que echasen un vistazo a lo que teclea un tal Pérez-Reverte.

Comentamos, con pesadumbre, cómo nos flojean con los años Hemingway y Fitzgerald, por ejemplo, aunque lo de Suave es la noche o el Gran Gatsby seguramente no es culpa del autor, sino de que nuestro tiempo pasa; y como ocurre con Hemingway, a fuerza de leer y teclear terminas por ver más los trucos del oficio que la novela misma. Aunque eso no ocurre siempre. Ahí sigue el Gatopardo de Lampedusa, por ejemplo. Que mejora cada vez que lo lees. O el siempre enorme y más grande a cada relectura Joseph Conrad: la obra extraordinaria donde también convergen, desde lugares casi opuestos, la admiración de Javier y la mía. Las formas tan diferentes de contar, y contarnos. Con movimientos de las manos, intentando mostrar la posición del barco, recurro a lo que sé de maniobras a vela y viradas por avante para comentar la importancia del sombrero blanco flotando en el agua de El copartícipe secreto. Luego hablamos de que Nostromo ya no parece tan ágil leída por tercera o cuarta vez; y de Victoria, a la que Javier no ha vuelto desde hace mucho y que yo sigo considerando, en lo formal -en el contenido es superior Lord Jim, creo-, la más perfecta y conradiana de las novelas de Conrad.

Nos resistimos a despedirnos. Dos amigos recién sesentones, de pie en la calle, de noche y en mitad del frío, hablando con honradez de lo que aman y admiran. De aquello ante lo que atribuirnos las palabras escritor o novelista suena a vanidosa osadía. «¿Sabes algo? -dice de pronto Javier-. Tengo ganas de leer otra vez El conde de Montecristo». Le comento que lo abordé por quinta o sexta vez hace pocos años. «Es la obra total -opino-. Lo tiene todo: traición, venganza, lealtad, compasión, amor, tesoro escondido. Ahora la disfrutamos más que cuando éramos jóvenes». Javier abre con parsimonia su pitillera y elige un cigarrillo a la luz del farol cercano. «Y Hammet», añado. La llama del mechero alumbra su gesto de asentimiento. «Dashiell Hammet es perfecto -responde-. Tan bueno como cualquiera de los mejores. ¿Te acuerdas?… El perro movía las patas. El perro dejó de moverse». Sonrío, lector feliz. Recordando. «Mejor que muchos de los mejores», apunto. Y Javier asiente de nuevo, noble y humilde. Chupando su cigarrillo.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

XL Semanal, 25 de diciembre de 2011

LA ZONA FANTASMA. 24 de diciembre de 2011. ¿Gente tenebrosa, esquinada?

Si no me equivoco, hoy es el día de Navidad, en que se supone -el motivo no está muy claro- que la gente se llena de buenos sentimientos y deseos hacia los demás, brinda por su salud y fortuna y los mira, si no con simpatía, sí con benevolencia y espíritu de tregua. Como bien sabemos, todo esto es una mera convención y una falsedad en todas partes. Pero probablemente no haya país en el que la representación sea más falsa que España. Uno aprende desde pequeño su historia a menudo sombría y fratricida, y en las edades tempranas quiere creer que eso es pasado y que a lo largo de su vida asistirá a un cambio de signo o al menos a una evolución. En cierto sentido ha sido así, no se puede negar, durante los últimos treinta y seis años: no ha habido nunca un periodo tan largo de democracia y libertad y paz (a la famosa “paz de Franco” le faltaban los otros dos elementos, y en realidad sólo había paz para los que militaban en su bando o se sometían a él); hasta hace poco, también de empleo y prosperidad. En conjunto, y pese a todas las deficiencias, pese a la calamidad de nuestros políticos actuales, la corrupción ambiente, los asesinatos de ETA y los variados nacionalismos ramplones y reaccionarios -incluido el español-, no podemos quejarnos de esta época, o no mucho si la comparamos con cualquier otra anterior.

Y sin embargo parece haber algo malhadado y siniestro en el carácter de los españoles, que aflora antes o después. No en el de todos, por supuesto, pero sí en el de una considerable cantidad de ellos que además arman más ruido que los luminosos, tal vez porque su número sea mayor, tal vez porque lo que nos mueve a la palabra y a la acción es el enfado, la insatisfacción y el resentimiento, mucho más que el contento y la aprobación. Por lo poco que sé y lo bastante que me cuentan, si de algo han servido Internet, sus blogs, sus foros y las redes sociales, ha sido para hacer aflorar en su esplendor ese carácter antipático, malévolo, zahiriente y torvo que lamentablemente nos distingue. Si ustedes se fijan, cada vez que aparecen compatriotas en novelas o películas extranjeras, se los presenta -con excepciones- como gente tenebrosa, esquinada, cruel cuando no sañuda, vengativa y muy poco de fiar. Gente con muy mala leche, en todo caso. Sin duda el retrato es interesado en no pocas ocasiones, pretende dejarnos mal a propósito y alimentar la leyenda negra: antipropaganda, en suma. Pero, incluso en estos casos, da que pensar cuáles son los tópicos que se atribuyen a una nación, porque en ellos hay siempre una base de verdad que permite las posteriores caricatura y exageración.

Lo cierto es que hoy, en este mejor periodo, muchos de los españoles que más hablan lo hacen tan sólo para echar pestes y cagarse en los muertos de quien se les ponga delante. No hay individuo que destaque en algo que no sea inmediatamente vituperado por una turba furiosa que las más de las veces se ampara en el anonimato: “Ese escritor es una estafa editorial”. “Ese cantante es un soplapollas y un privilegiado”. “Tal director de cine ha triunfado porque está subvencionado, así también triunfaría yo”. “Ese futbolista que todo el mundo considera un genio es una puta mierda y un tramposo favorecido por los árbitros”. “Esa actriz con tantos premios los ha ganado porque es una vendida al dólar”. Cuando a alguien le sucede una desgracia, no es raro que los comentarios sean del tipo: “Me alegro, se lo tiene bien empleado por cabrón”. Si ha sufrido un accidente: “Ojalá se hubiera matado”. Si se le ha muerto un hijo o un hermano: “Ojalá hubiera palmado la familia entera”. Mi amigo Agustín Díaz Yanes, hijo de torero, entra a veces en webs o blogs taurinos y me cuenta su estupefacción ante el tono predominante de las aportaciones. Si a un diestro lo pilla un toro: “Lástima que no le haya reventado la femoral, así se habría quedado en el sitio de una puta vez”. Si fallece un anciano matador: “Ya era hora. Un pésimo torero y un cerdo que no merecía seguir respirando”. (Ojo, he dicho blogs taurinos, no antitaurinos.) Hace poco un grupo de tenistas jóvenes recaudó dinero para ayudar al viejo ídolo de su deporte Andrés Gimeno, con apuros económicos. Lo cual era digno de encomio o en todo caso de silencio: los jóvenes tenistas eran dueños de hacer lo que les pareciera y no se recurría a fondos públicos. Pues bien, el ciberespacio albergó, por lo visto, buen número de twits encabronados y amargos: “Por qué coño tienen que ayudar a Gimeno”. “Si ha perdido sus ahorros, que se joda. También los he perdido yo”. “Deja de dar la lata y muérete”.

De lo que les cae a los políticos ya ni hablemos, lo menos que se les desea es que los empalen a todos. Ahora, con la mala pinta de lo de su yerno, se ha abierto un poco más la veda contra el Rey y su familia: “Sexo y drogadicción”, hasta eso he leído en una revista “seria”, sin más explicaciones. Casi nadie parece acordarse de que ha sido durante el reinado de aquél cuando hemos disfrutado este mejor periodo de nuestra historia, tutto sommato. España sigue siendo un país gratuitamente iconoclasta, en el que se tiene a gala no admirar ni respetar a nadie, y en el que lo peor que le puede pasar a alguien es asomar la cabeza y destacar. Lo peor, naturalmente, después de ser también lo mejor, como en todas partes. Lo que ocurre es que en otros países el que tiene talento o fortuna no lo ha de lamentar, por lo general. Aquí sí, aquí es obligado, y más bien antes que después. Aun así, muy feliz Navidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24-25 de diciembre de 2011

Lo mejor de 2011. Los enamoramientos

Lo mejor de 2011

A punto de cerrar el año, los críticos literarios de Abc Cultural, así como los de arte y distintas personalidades del ámbito creativo, han aceptado el reto de elegir lo mejor de la cosecha 2011

Los enamoramientos, de Javier Marías

Los enamoramientos es, a mi juicio, la mejor novela publicada en español durante el año que termina. Es Javier Marías en su estado más puro. Ha logrado ser también un éxito de ventas. Que tal cosa ocurra con un libro que nada tiene que ver con los presupuestos y estrategias del best seller resulta esperanzador y, sin duda, señala que felizmente el público exigente en España puede tener muchos rostros.

Partiendo del gran tema del azar de la muerte, y a través de varios giros sorprendentes, la novela desarrolla la voz de una narradora, María Dolz, y contiene los recursos habituales de su autor: vaivén constante entre mundo exterior e interior y un modo de construir un discurso a la vez narrante y pensante en torno a la preocupación por el tiempo, la impunidad de los delitos y su caducidad, el duelo por la muerte del ser querido, el lugar de la casualidad, lo irracional del amor y las coartadas que genera.

Un manejo magistral del discurso interior convive con la tensión de los diálogos entre los tres protagonistas en un proceso de desvelamiento de una muerte cuya explicación se va resistiendo. Otra gran novela de Marías.

JOSÉ Mª POZUELO YVANCOS

Abc Cultural, 24 de diciembre de 2011

El informador

Semana

Los enamoramientos, libro del año

Ilustración. Eva Vázquez

Cincuenta y siete críticos y colaboradores de Babelia han elegido los mejores libros de 2011. Un año dominado por grandes escritores, novelas en diferentes idiomas y ensayos literarios. Los enamoramientos, de Javier Marías, ocupa el primer lugar. La obra ha conseguido reunir a un tiempo el reconocimiento de la crítica y el favor de los lectores.

Los 57 críticos, colaboradores y periodistas de Babelia que han participado en la en encuesta son: Jesús Aguado, Víctor Andresco, Jacinto Antón, Javier Aparicio Maydeu, J. Ernesto Ayala-Dip, Nuria Barrios, Miguel Á. Bastenier, Fernando Castanedo, Amelia Castilla, Manuel Cruz, José Luis de Juan, Patricia de Souza, Edgardo Dobry, Cecilia Dreymüller, Jesús Ferrero, Rocío García, Carlos García Gual, Carles Geli, Luz Gómez García, Javier Goñi, Jordi Gracia, José María Guelbenzu, Elena Hernández Sandoica, Daniel Innerarity, Fietta Jarque, Iury Lech, Paloma Llaneza, José-Carlos Mainer, Alberto Manguel, Winston Manrique Sabogal, Josep Martí Font, Ricardo Menéndez Salmón, Vicente Molina Foix, Rosa Mora Pous, L. Fernando Moreno Claros, María José Obiol, Antonio Ortega, José Luis Pardo, Edmundo Paz Soldán, Luis Perdices de Blas, Rodrigo Pinto, Álvaro Pons, Benjamín Prado, Ángel L. Prieto de Paula, Josep Ramoneda, Isidoro Reguera, Manuel Rico, Ana Rodríguez Fischer, Javier Rodríguez Marcos, Sergio Rodríguez Prieto, Manuel Rodríguez Rivero, Ángel Rupérez, José Manuel Sánchez Ron, Marbel Sandoval Ordóñez, Lluís Satorras, Francisco Solano y Fernando Vallespín.

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

Libros del año

Las votaciones de los críticos

Los mejores 25 libros de 2011

Terra

La Tercera

Algo que nos perturba


Tras terminar los tres volúmenes de Tu rostro mañana, en verdad creí que no escribiría más novelas. Que me había agotado en todos los sentidos y no tenía más que decir en ese campo. Por fortuna o desdicha, siempre hay algo que nos perturba lo suficiente para volver a sentarnos ante la máquina.

Como pasa a veces, la idea que me rondaba antes de empezar a escribir Los enamoramientos se quedó fuera de ella, o sólo entró sesgadamente. Era esta: una mujer se une al hombre que le causó la desgracia mayor imaginable, a sabiendas. Es una forma de reparación extraña. Es también una venganza extraña: se obliga al causante del mal a “restituir” la felicidad robada y a convivir con una de sus principales víctimas, la mujer que va a conservar siempre el recuerdo de su marido muerto. En la novela se bordea esta situación o idea, que sin embargo no está en ella, o no con la nitidez que me movió a darle de nuevo a la tecla.

Lo que ha resultado el núcleo de Los enamoramientos empezó siendo, en cambio, algo accesorio, instrumental. ¿Cuál podía ser esa desgracia? Recordé lo ocurrido a una amiga años atrás: su complacida contemplación de una “pareja perfecta”, el posterior descubrimiento de que el hombre había sido asesinado de manera absurda, pésima suerte. Por varias razones, la historia había de contarla una mujer. Con una excepción breve, mis narradores habían sido siempre masculinos. Miré a mi alrededor e hice memoria: conozco a un montón de mujeres reflexivas e inteligentes, cuyas cabezas no se diferencian apenas de las de los varones reflexivos e inteligentes que conozco. Más de una vez me he encontrado con este reproche respecto a esa narradora, María Dolz: “Una mujer no piensa así”. Para mí no hay mayor desprecio que hablar de “las mujeres” como si fueran uniformes, perros o gatos. En todo caso, y si no la había, ahora hay al menos una mujer que piensa “así”. Pues también cuentan -contamos con ellas- las criaturas que sólo existen en la literatura. Esa es la fuerza de la ficción, que se incorpora a nuestro conocimiento y a nuestra experiencia casi tanto como lo real. E incluso, cuando la realidad es pálida, a veces nos constituye un poco más.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

La ruta del doble éxito

No es insólito pero tampoco muy común el que una novela reciba una buena acogida por parte de la crítica y también del público lector. Los enamoramientos es uno de estos casos y, una vez manifestada mi alegría, trataré de desglosar las razones de este doble éxito.

Nacido en 1951, con una dilatada (por temprana, su primera novela apareció en 1971, Los dominios del lobo) carrera literaria a sus espaldas, un sólido prestigio nacional e internacional e incontables premios en su haber, Javier Marías acomete la escritura de Los enamoramientos después de haber concluido la trilogía de Tu rostro mañana, una obra titánica que seguramente tiene que haberle producido la sensación de haber saldado de una vez por todas cualquier debate sobre su capacidad y sus méritos, de no tener que demostrar nada ni a los demás ni a sí mismo; quizá también la sensación de haber agotado el capital productivo y las expectativas, de que todo cuanto pudiera hacer en el futuro no contribuiría en nada a su prestigio. Ignoro si fueron éstas las circunstancias que acompañaron la escritura de la novela, pero tanto si lo fueron como si no, el resultado es que Los enamoramientos parece una novela escrita sin presión externa ni interna, con absoluta libertad, una de las más claras y redondas de su autor, tal vez, por usar un término coloquial, la más suelta. Sólo así se explica que haya podido adoptar sin aparente esfuerzo ni artificio una voz femenina y la haya mantenido sin fisuras a lo largo de cuatrocientas páginas. Y lo mismo ocurre con la trama de esta singular historia, a la que me referiré enseguida.

Antes, sin embargo, quisiera detenerme en el título, que, a mi modo de ver, y de una forma muy típica de su autor, aclara y despista por partes iguales. Porque la novela no habla del amor, sino del enamoramiento. Y aunque nada se dice taxativamente al respecto, cabe la posibilidad de que el enamoramiento del título no se refiera a la turbulenta historia pasional que ocupa la parte central de la novela, sino a la atracción inicial, la que la protagonista contrae, casi como una infección, respecto de la pareja todavía anónima que coincide con ella por motivos triviales o, al menos, fáciles de imaginar en un mundo de hábitos triviales. Y es este enamoramiento el que lleva a María Dolz, apodada no sin ironía La Joven Prudente, a inmiscuirse en un asunto que en circunstancias normales sólo le habría afectado de un modo tangencial y pasajero y cuyo carácter oscuro, por no decir siniestro, resulta evidente desde el principio para el lector y también para ella.

Nada es convencional en la novela. El suceso desencadenante es un hecho violento de una gratuidad que roza lo inverosímil, un homicidio tan brutal como absurdo que choca con las convenciones no ya del género de la novela policial, sino de cualquier novela, un crimen sin móvil cuyo autor es conocido en todo momento y cuya culpabilidad nunca es puesta en duda. Y es precisamente esta dislocación de la lógica literaria y también de la lógica real la que mueve al escritor y a la protagonista del escrito a no dejar pasar el suceso como uno más de los hechos terribles pero ajenos que ocurren en la periferia de lo cotidiano. Un desconocido muere, otro aparece por causas razonables. “Fue entonces cuando decidí acercarme a ella”, dice la protagonista como si con esta frase justificara abrir la puerta a un mundo de misterios y peligros.

Nada más típico de la temática de Javier Marías a lo largo de toda su obra: no el azar, sino una elección, sólo a medias voluntaria, hecha a partir del azar. Algo que sintetiza a la perfección el célebre principio de Corazón tan blanco: “No he querido saber pero he sabido”. Esta elección azarosa lleva a la protagonista de Los enamoramientos a un estado de ánimo obsesivo, que le ciega pero al mismo tiempo le impulsa a indagar y penetrar en la verdad más opaca. De esta indagación surge el descubrimiento de algo que no es tanto engaño como doblez. No hay engaño por parte de las personas, sino de las apariencias tras las que se ocultan. Y si hay engaño, este engaño no va destinado a quien indaga, aunque en definitiva su descubrimiento le afecte de un modo profundo. Tal es el caso de María Dolz, La Joven Prudente, que, en contra de lo que parecerían indicar sus largas reflexiones, actúa de un modo absolutamente irreflexivo y a quien sólo la acción va relevando su sentido y sus consecuencias.

A este tema, que recorre toda la obra narrativa de Javier Marías, se une otro no menos recurrente: la obstinada persistencia de los muertos en la vida de los vivos; no sólo en el recuerdo, donde tienen reservado un alojamiento hecho de afecto y de pesadumbre pero circunscrito al territorio de la memoria, sino en todos los aspectos de la realidad cotidiana de los vivos, donde ejercen un influjo decisivo sobre la conducta y las emociones de éstos.

Como en un juego de espejos, se insertan en la novela dos referencias literarias: el asombroso y bárbaro episodio de la fallida ejecución en Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, y la maravillosa novela corta de Balzac El coronel Chabert. Las dos historias refieren casos de amor desmedido y en ambas uno de los protagonistas de la pareja amorosa regresa de un más allá falso desde el punto de vista clínico, pero no por ello menos real para el que permaneció en el mundo de los vivos.

Todo lo que acabo de decir es, por supuesto, una interpretación personal, no una clave para la lectura de Los enamoramientos. Las novelas de Javier Marías, como sus personajes, tienen varios rostros y admiten varias lecturas, en todos los sentidos del término. ¿Qué ha sucedido exactamente? ¿Qué hay de verdad en lo que los personajes han acabado revelando? ¿Qué saben cuando dicen saber y qué ignoran cuando pretenden no saber? Para obtener este efecto, Marías recurre a su habitual estilo. En esta ocasión, la contención es mayor que en otras novelas, quizá porque el tema es más patético y más doloroso. Dosifica el sentido del humor y lo utiliza con sordina, incluso en el habitual y esperado cameo del profesor Rico. En cambio no faltan las digresiones y el análisis minucioso y matizado de las emociones que lleva el relato más allá de la simple peripecia argumental. Como es habitual en él, Marías no escribe de un modo lineal ni ortodoxo: desparrama el texto, de tal modo que la narración no circula por canales bien trazados, sino por un cauce natural, accidentado, a lo largo del cual se producen meandros, remolinos y desbordamientos, sin perder nunca el rumbo ni el control último del discurso. Esta mezcla de caos y rigor requiere un envidiable dominio de la técnica narrativa, como demuestra el recurso al medido anacoluto como recurso literario, que tanto escandaliza a maestrillos e inspectores, pero que tan bien refleja la percepción de la realidad sobre la marcha, una percepción precipitada, a la vez sagaz y contradictoria, en la que intervienen la inteligencia, las emociones, los prejuicios y las limitaciones de un modo complementario y antagónico. Todo pertenece, en palabras del autor al “vagoroso universo de las narraciones, con sus puntos ciegos y contradicciones y sombras y fallos, circundadas y envueltas toda en la penumbra o en la oscuridad, sin que importe lo exhaustivas y diáfanas que pretendan ser, pues nada de eso está a su alcance, la diafanidad ni la exhaustividad”.

EDUARDO MENDOZA

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

Mejor libro de 2011: Los enamoramientos, de Marías

Foto. Danilo De Marco

Vídeo

Javier Marías desvela en este vídeo parte del proceso de creación de su novela Los enamoramientos (Alfaguara), elegida, por Babelia, como el mejor libro de 2011. La elección es el resultado de una encuesta con 57 críticos y colaboradores de la revista cultural de EL PAÍS. La edición anual y especial de Babelia con los mejores libros del año y los cinco más destacados en ocho géneros y categorías saldrá mañana, y no el sábado como es habitual, debido a las fiestas navideñas. Tras Los enamoramientos, las obras más votadas son:

2- Libertad, de Jonathan Franzen (Salamandra)
3- Némesis, de Philip Roth (Mondadori)
4- El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq (Anagrama)
5- El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara)
6- Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé (Lumen)
7- La obsolescencia del hombre, de Günther Anders (Pre-Textos)
8- Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad (1939-2010), de Jordi Gracia y José Domingo Ródenas. Coordinación de José-Carlos Mainer (Crítica)
9- La gruta de las palabras, de Vladimir Holan (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores)
10- Deshielo a mediodía, de Tomas Tranströmer (Nórdica Libros)

Seis novelas, dos ensayos y dos poemarios. La lista completa y lo que votó cada uno de los críticos la publicaré mañana en este mismo blog, como complemento a la edición impresa de Babelia que tendrá un artículo sobre cada uno de los diez libros más votados (por ejemplo, de Los enamoramientos escribe Eduardo Mendoza), la lista de los 25 títulos con más puntuación y un análisis del resultado.

Como adelanto, la entrevista en vídeo que he realizado al gran escritor español y académico Javier Marías (Madrid, 1951). Desde su casa madrileña, el autor lee el comienzo y algunos fragmentos de la novela ganadora, da claves sobre la concepción del libro, como el tratamiento de la voz femenina que narra la historia, y hace balance de los 40 años de su trayectoria literaria iniciada con la publicación de la novela Los dominios del lobo (1971). El autor madrileño también confiesa su inseguridad y su estado dubitativo constante ante cada nueva escritura. Incluso ha llegado a dos conclusiones: “Cuanto más ha escrito uno, más difícil resulta escribir y cuanto más ha escrito uno, menos claro tiene el juicio sobre lo que hace”.

En Los enamoramientos, Marías utiliza por primera vez una voz femenina para narrar una novela, que al final resulta ser una especie de prima de sus anteriores narradores masculinos, según sus propias palabras. En cuanto al proceso de creación general, el autor de obras como Tu rostro mañana, Corazón tan blanco, Cuando fui mortal y Mañana en la batalla piensa en mí, dice que hay dos tipos de escritores: los que escriben con mapa, es decir con todo planificado, y los que lo hacen con brújula, como él, con apenas una idea sobre la cual va cambiando e improvisando cosas porque de lo contrario sería “un mero ejercicio de redacción y hay que darle una sorpresa a la novela”. Si supiera toda la historia de antemano probablemente no la escribiría, quiero que sea una cosa viva.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País (Blog Papeles perdidos), 22 de diciembre de 2011

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